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jueves, 31 de octubre de 2024

Las marcas del amor


Ciento veinticuatro huecos (H&O Editores, 2024), el nuevo libro de Begoña Méndez (Palma, 1976), posee un mantra distintivo en su relato, un latiguillo que se repite entre sus páginas que invoca lo bien que le sentaba el matrimonio a la narradora. Pero, en verdad, lo que promueve su repique no es otra cosa que establecer una consigna: la indagación literaria del amor, su valor y lo que esta palabra compromete y ocupa mientras está viva y presente su llama, o cuando queda a merced del pensamiento, del recuerdo y de la rebeldía de su extravío, valiéndose de una voz narrativa íntima y veraz que aspira a salvaguardar lo que ya dejó de ser una realidad, pero aún está ahí, vinculada a la propia complicidad literaria de leer y de escribir.

Confiesa Méndez al principio que, en buena medida, su libro se erige bajo el impulso de las lecturas de las obras de la poeta Anne Carson y la filósofa Simone Weil, dos escritoras decisivas que le ayudaron a encontrar la voz y el tono de lo que quería contarnos que, según sus propias palabras: “no es otra cosa que un ensayo-ficción alrededor del amor. Aquí hablan las palabras, los cuerpos y los deseos; hablan las presencias y las ausencias, las huellas de los recuerdos y las marcas del olvido”. Todas estas motivaciones y resonancias suyas, que apelan al amor, encajan bien en esta forma narrativa elegida, que toma en consideración características de la novela, de la autobiografía, de la autoficción y, por supuesto, del ensayo.

Digamos pues que Begoña misma es la verdadera materia del libro. En Ciento veinticuatro huecos encontramos territorios suyos de encuentros entre vida personal y vida literaria, entre oquedales de la memoria y umbrales del amor. Todas estas formaciones de huecos que van apareciendo en sus páginas nos deja ver que el amor es trance y dádiva, un surco de afectos y efectos, pero también aparece el amor como un paisaje con múltiples pliegues. Begoña Méndez explora la naturaleza de estos intervalos y de sus cavidades para mostrarnos a una mujer que devora libros sobre el amor y su entramada compostura, una mujer que siente y vive estas mudanzas afectivas dejando que hablen las palabras: “La palabra escrita –sostiene– es también la organización de huecos, la búsqueda de una voz que sostenga las ausencias y les confiera un peso”.

Hay un asombro cósmico, encendido y veraz de alguien que se implica consigo misma porque tiene que contar la verdad más íntima de alguien a quien le importa anunciar que “Las cosas que no decimos porque no nos atrevemos se mantienen indelebles entre huecos de memoria”. Méndez va más allá a la hora de descifrarnos que la forma de su texto también debe dar la clave, obligando a sus lectores a poner toda su atención en aspectos como el tono, el estado de ánimo, la cadencia, la gramática, la estructura narrativa y, en definitiva, todo lo que podríamos considerar forma. Nos conduce a ese cómputo literario a partir de sus vivencias emocionales en las que entrelaza vida y literatura, avivadas por lecturas de Carson, Dante, Weil, Williams, Duras, Ovidio, Ernaux o Ajmátova.

Podemos afirmar que estamos ante un texto en marcha, un relato que se va armando ante los ojos del lector, que muestra sin tapujos el proceso de su creación. El lector entiende que la autora escribe al mismo tiempo que reflexiona, dentro de un marco referencial que justifica el propio acto de escribir: “Para que haya narración algo tiene que moverse. Es suficiente algo leve.[...] Para que haya relato algo tiene que romperse, algo tiene que entrar, algo tiene que salir. [...] Porque el amor siempre empieza y vuelve a recomenzar por los ojos que se miran y que después se agachan. Por los latidos del pecho”. Méndez escribe su particular poética del amor mediante un texto fragmentario donde es posible encontrar destellos y huecos que invitan a la reflexión para dar validez a esto que decía Christopher Isherwood: «Todo lo que uno recrea sobre uno mismo forma parte de su mito personal y, en consecuencia, es verdad».


Ciento veinticuatro huecos es un libro breve, de apenas cien páginas empapado de literatura, un ensayo narrativo hermoso y hondo que alumbra las marcas del amor y sus conjeturas disonantes, ambiguas y ambivalentes, bajo el pulso de una escritura centrada en la propia materia íntima de quien las escribe, desde el deseo ineludible de dejar que hablen las palabras, que tomen la voz del cuerpo y muestren que vivir es inventarse, que en la vida lo más importante es lo indecible y, en eso, el amor es inconmensurable.


jueves, 25 de mayo de 2023

La asfixia del Mar Menor


Por qué me apela tanto el ecocidio murciano. Ocurre que necesito nombrar entornos dañados y ambientes menoscabados, que preciso entender por qué tanta crueldad sobre cuerpos vulnerables que debieran protegerse, que yo quiero comprender cómo se ha permitido que la laguna Menor sufra una de las agresiones ecológicas más funestas y ofensivas de nuestra historia. Pero sé que hay algo más que me concierne. La condición marginal del humedal y su cuenca. Cuerpo roto de mujer en persistente mudez. El campo de Cartagena es un espectro aquejado de inexistencia”.

Con este clamor recurrente, la escritora Begoña Méndez (Palma, 1976), autora de los ensayos Heridas abiertas (2020) y Autocienciaficción para el fin de la especie (2022) se adentra ahora en las entrañas del Mar Menor para señalar su degradación y desamparo ecológico al que ha sido sometido, de forma impune, durante tantos años, convertido ya en una tragedia ambiental, como todos pudimos ver en agosto de 2021, cuando aparecieron en la televisión imágenes desoladoras de miles de peces muertos flotando en sus costas, asfixiados por la falta de oxígeno, debido al exceso de algas en la superficie, todo ello ocasionado por vertidos tóxicos permanentes de cultivos intensivos y deshechos de ganadería.

Lodo (Lengua de Trapo, 2023) es una crónica-ensayo con alma de diario, un libro en el que quien lo escribe pone en valor aquello que decía Kafka: “En la lucha entre tú y el mundo, defiende al mundo”. Ese es el afán que lo impele. Y, por eso mismo, este libro tiene tanto de crónica analítica como de ejercicio autobiográfico. Porque a su autora, Begoña Méndez, le importa hablar de su relación familiar murciana y, más aún, de su actitud frente a la realidad persistente del Mar Menor, no sólo en cuanto a denunciar el desastre de su ecosistema, sino también a responsabilizar al modelo de sociedad que lo consintió y, deliberadamente o no, lo fomentó.

Más allá de los derroteros políticos que no han puesto freno a esta agresión, el libro pone énfasis en no olvidar que el mundo, la Naturaleza, no nos pertenece a los que ahora lo habitamos, sino que tiene que ser protegido para los que vienen después, nuestros hijos y nietos, que es necesario detenernos y tomar conciencia de proteger su vitalidad y energía: “Decir que el Mar Menor tiene derecho a existir equivale a afirmar que la vida es un tejido ecosistémico, un intercambio afectivo entre especies y ambientes”. Razones más que suficientes para no olvidar que sin esa atención programada, sin esa gramática de continuidad, de que no todo puede ser sometido a nuestros intereses, el latido del mundo clamará por su fragilidad.

El libro constata una atmósfera desgarrada y desesperanzada con sus secuelas, parecido a un cuerpo que es violentado e infectado, maltratado, vejado y sometido. A lo largo del mismo, la autora activa el propio cuerpo, la conciencia de habitar el mundo, el sentir de la terrible tristeza con la que la mano del hombre amenaza de muerte al medioambiente y, pese a ello, ver que el mundo no es lo que es, sino lo que importa y significa: “¿Qué significa decir que todo entorno es digno de ser protegido? ¿Qué significa decir que toda vida merece ser respetada? Significa comprender que los ambientes son cuerpos, cuerpos frágiles y vivos... Significa destronar al humano como rey de los suelos y las aguas, de los fuegos y los aires, del oxígeno y los cauces, de raíces y de incendios”.


Queda claro, pues, que, desde la perspectiva que aquí abraza Méndez, la gramática literaria que adopta Lodo no es otra que establecer un pálpito de esperanza ante la fragilidad de lo que nos rodea y su menoscabo. Hay, a su vez, un deseo de poder pensar la vida y habitar el mundo como intento de establecer un lazo cordial con él, un respeto del hábitat. Lo que significa aprender a vivir en permanente vigilia con el entorno, con la propia inquietud y extrañeza de lo que somos y nos conforma: “nuestros lazos con los otros, la salud de los ambientes, todo cuerpo y sus afectos y el derecho a existir de toda vida nacida”.

Lodo es un libro afilado, escrito con brillante pulso literario en apenas noventa páginas, un ensayo que hiere, sobrecoge y solivianta; una inmersión narrativa nada amable, pero fácil de sintonizar con el llamamiento que la promueve y agita: una investigación política en torno al desastre ambiental del Mar Menor que conviene no dejar pasar por alto. “He escrito un relato afligido –dice su autora–, casi una distopía, con rabia y con derrotismo y apenas sin esperanza”. Una lectura que sacude lo indecible.