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martes, 15 de junio de 2021

Sonoridades y contrapuntos


Música de las esferas (Fórcola, 2021) es un libro en el que está muy presente el alma de la música. A su autor, el musicógrafo y comentarista de música clásica y ópera de Radio Nacional y Televisión Española, José Luis Téllez (Madrid, 1944), no le ha resultado impropio escribir un buen puñado de buenos relatos entre los que se encuentran muchos de ellos con la música como correlato narrativo para que opere con su magia y melodía en ficciones, en espejos de la vida, en referentes literarios o en leyendas mitológicas. Por este libro, por tanto, recala el amor a la música, a las artes y, cómo no, el amor a la lectura, cuya clave reside en la propia metáfora del título y, a su vez, en la pregunta no formulada por su autor, pero que resuena por sus páginas como banda sonora y que bien podría ser esta: ¿somos capaces de desear algo y de mantener viva la capacidad de asombro y emoción?

Por otro lado, los relatos de Téllez buscan sus claves y sintonías en cómo seguir y conectar con la vida en medio de la gran maraña del pasado y sus creencias para encontrar los cabos sueltos de los hilos que den sentido y respuestas a la realidad. Y así, por ejemplo, en el primero de sus relatos de título Babel y Luzbel, los ángeles muestran sus discrepancias en sus círculos celestiales. Discuten sobre el lenguaje y los sonidos, sus significados, resonancias y combinaciones. Tienen una misión conjunta que llevar a cabo en la tierra que consiste en introducir a sus habitantes en el laberinto de las palabras, y cuyo resultado, como sabemos, originará la Historia de Babel. En el siguiente, los libros hacen valer su protagonismo a través de la experiencia de un niño que desvela cómo su abuelo le abrió las puertas de su biblioteca para encontrar respuestas en los libros a través del cursor del tiempo, un cauce repleto de propuestas y perplejidades para seguir abismado en lecturas sin fin.

En todos ellos sobresale su corte de narración clásica, algunos de ellos parecen provenir de tiempos remotos, como también otros lo son más próximos al pálpito literario simbólico y fantástico representado por Borges y Cortázar. Tampoco faltan alusiones a temas relacionados con el cine, con la figura del laberinto, la fotografía, las fuerzas telúricas, las musas, el mito, o se adscriben a los libros, a menudo salpicados de gracia e ironía. Hay piezas que no dejan de sugerir su estrecha relación con el tiempo pasado y su reflejo en el presente. Otras examinan la historia o el discurrir de algún lugar, incluso proveniente del inframundo, por donde deambula, por ejemplo, una sombra impertinente y tenaz tras los pasos de un viajero. Cada narración en sí misma esconde, a su manera, un leve aire de amenaza, de tensión, con la sensación de que algo inminente se avecina. La extrañeza e inquietud se deja sentir mucho en La ciudad dormida, un relato que cuenta cómo una noche en una ciudad innominada sucedía algo insólito: “Cada hombre soñaba un sueño y cada sueño era una ciudad diferente y única”.

En Música de las esferas el lenguaje del tiempo es el que fluye con más intensidad y prominencia como elemento persuasivo. Su esencia e importancia universal se dejan ver acompañadas de la música, como un binomio persistente por los hilos argumentales de buena parte de sus ficciones, un ámbito con el que Téllez se esmera con sumo gusto para cautivar al lector. Dice el autor en el relato que cierra el libro y da título al mismo que “los hombres no pueden oír la Música de los Ángeles, pero sí alcanzar a intuirla... Los hombres miran el cielo en la noche, y sienten en lo más profundo de su ser el enigma de esas formas de la Música de los Ángeles..., y no saben que las múltiples formas de esas músicas están hechas para ellos”.

Este es un libro afinado y emocionante, un conjunto de artefactos narrativos breves y armoniosos que proponen una suerte de juego de adivinanzas y evocaciones sobre el gran misterio que representa el tiempo, con el propósito de ser capaz de convertir lo real y lo inventado en resonancias de la memoria como recipiente en el que está muy presente la música, las artes y los libros. Veintiuna piezas bien urdidas que, como subraya Andrés Amorós en el prólogo, “se leen fácilmente, con auténtica fascinación, pero exigen una atención demorada, para ir más allá de la anécdota e intentar captar su significado”.

La buena literatura somete a la escritura a continuas revelaciones. No hay manual, ni maneras que se le resistan cuando la toma en serio quien la ejerce. Estos relatos de Téllez contienen la cantidad necesaria de oficio, esmero y asombro para seducir al lector más exigente.


martes, 15 de enero de 2019

Una mujer admirable


Un libro de conversaciones no tiene el rigor hermético de un ensayo. En su favor, la conversación cobra un interés inusitado cuando, bien dirigida, alcanza límites que llegan a sobrepasar las expectativas del lector. Y eso solo ocurre si la conversación campea a sus anchas, expone la curiosidad del que pregunta, la frescura del que contesta y, además, tiene la virtualidad de expresar el instante de un estado de ánimo, de una manera de ver la vida en un momento concreto de la existencia.

Bruno Monsaingeon (París, 1943), director de cine, violinista de formación y escritor, ha realizado y producido documentales de temática musical, especialmente de intérpretes del siglo XX, de los que destaca uno dedicado a Glenn Gould. Igualmente, es autor de un libro sobre Sviatoslav Richter y este del que vamos a hablar dedicado a la profesora Nadia Boulanger, en forma de diálogo, bajo el título contundente y persuasivo de Mademoiselle, editado hace un par de meses en Acantilado y traducido del francés por Javier Albiñana.

Este no es un libro de conversaciones sin más. Dice Monsaingeon al principio del libro que con Nadia Boulanger no cabía armar guion alguno, y mucho menos para una mujer de su talla y valía. Tampoco es un libro de memorias ni, mucho menos, un ensayo sobre la figura de esta excepcional mujer, profesora por vocación. Lo que el lector se va a encontrar aquí es con un libro personal, fresco y expresivo sobre una mujer admirable y vitalista que se entregó en cuerpo y alma al magisterio de la música, un texto vívido y ágil por donde transcurren los mejores momentos de aquellos encuentros que el autor mantuvo con ella en París, a lo largo de los años.

Asistimos atónitos al testimonio de una mujer de arrebatadora personalidad, y al descubrimiento de una entusiasta lectora, muy experimentada en los clásicos griegos, en Shakespeare, en Montaigne, o en pensadores como Bergson y Cocteau, a los que cita con soltura. Boulanger (París, 1887-1979) había nacido en el seno de una familia de larga tradición musical. Era hija de un compositor y nieta de una cantante. Tanto ella, como su hermana Lili, se impregnaron de ese clima musical que ya ninguna de las dos abandonaría, cada una por su lado. Estudió con el gran compositor Fauré y empezó, desde muy joven a dar clases de piano elemental y acompañamiento al piano. Más tarde se inició en enseñar armonía, contrapunto, fuga y órgano, y ya desde entonces se instaló para siempre en esa parcela de la enseñanza de la música.

Dicen muchos de sus acreditados alumnos, como Menuhin, Bernstein o Berkeley, que su estilo era su propio método, o, mejor dicho, su método consistía en enseñar a partir de un estilo que la distinguía. No se trata de una técnica ni de un método, el estilo de Boulanger siempre fue la relación que mantenía y sabía establecer con lo que enseñaba, a partir de la singularidad de trasladar al alumno el deseo de saber e interpretar. Paul Valéry decía de ella: “Es la música personificada”, y, para el poeta, la música se coronaba siempre con la inteligencia.

Nadie puede enseñar a enseñar, al igual que nadie, en el fondo, puede enseñar a aprender, subraya el psicoanalista Massimo Recalcati. No se sabe cómo se aprende, no existe una técnica para el aprendizaje. Sin embargo, Nadia Boulanger pertenece a esa estirpe fascinante de elegidos poseedores de ese carisma capaz de transmitir el misterio del aprendizaje, de mostrar y facilitar el camino. Y en ese sentido, más que preocuparse de enseñar música a sus alumnos, se obstinaba por enseñar a oír. Insistía mucho en que la base fundamental de su pedagogía se resumía en: “oír, mirar, escuchar y ver”. Para ella, el enorme privilegio de enseñar consiste, precisamente en eso, en “incitar a quien se enseña a mirar abiertamente lo que quiere y a oír claramente lo que oye. Ello requiere un entrenamiento muy amplio de la vida: el conocimiento de las palabras”.

A lo largo del libro no ceja en volcar toda su sabiduría sobre el aprendizaje permanente de la vida: “Desde mi infancia estuve convencida de que había que mostrar curiosidad e interés, pues sin ambas cosas no existe conciencia posible de uno mismo”. Y añade más adelante: “Ignoro si es posible enseñar a alguien a mantenerse despierto. Lo único que sé es que toda persona que actúe sin sentir interés por lo que hace malogra su vida”.

Yo no diría que este es un libro de recreación de la vida y pensamiento de una extraordinaria profesora. Es mucho más. Por estas páginas recala el amor a la música y, a su vez, la pasión desatada por la vida, cuya clave reside en la pregunta que Nadia Boulanger nos lanza: “¿Somos capaces de desear algo y de mantener viva la capacidad de asombro?” Este es un libro hermoso, profundo y emocionante que amplifica el calado de estas dos ideas, un diálogo repleto de experiencias y pasajes de la vida transferida de una mujer brillante, un hallazgo que celebro y recomiendo.

jueves, 21 de marzo de 2013

El gurú español del rock


Recuerdo que cuando tenía mi casita veraniega de Costa Ballena, guardaba en mi dormitorio un libro sobre la historia del rock editado en un coleccionable por El País a finales de los ochenta y coordinado por Diego A. Manrique. Aquel ejemplar lo extravié en una de mis mudanzas y sigo todavía lamentando su pérdida. Gracias a sus páginas adquirí conocimientos  sobre las estrellas del rock, así como anécdotas sobre las bandas más punteras de entonces. Ahora sigo con interés los artículos que el crítico y periodista escribe en El País bajo el paraguas de sus “Universos Paralelos”.

Mi amigo El Metralleta, gran popero y rockero, me habló mucho y bien de Diego A. Manrique. Para él es un referente fundamental en la crítica musical del rock y también de la música negra. Él, que es un gran coleccionista de vinilos, me confiesa que le encantaría conocer la colección discográfica de Manrique, quizás la discoteca particular española más importante que se conoce.

Acabo de leer con devoción el último libro de Diego A. Manrique: Jinetes en la tormenta, editado por Espasa. El título debe su nombre a la canción de The Doors y es un recopilatorio de artículos y entrevistas publicadas anteriormente en El País. El burgalés tiene acreditado un nombre en la crítica musical, no solo por su reputación internacional, sino también porque escribe muy bien. El libro está lleno de semblanzas, entrevistas y anécdotas en las que consigue un resultado que rompe la imagen tópica de algunos artistas. Además, y esto es muy propio en la pluma de este crítico, muestra el rostro más auténtico y genuino de los gigantes de la música y de sus secretos.

Sin Diego A. Manrique nuestra percepción del rock sería distinta. Desde las páginas de la prensa o los micrófonos, ha ido construyendo un paisaje sonoro que ha conseguido edificar una biografía sentimental de muchos aficionados españoles, como la de mi amigo El Metralleta: un musiquero jerezano, curtido y documentado en el rock; una “wikipedia ambulante”.

Jinetes en la tormenta es todo un manual que nos lleva desde la música negra hasta nuestros días, imprescindible para rockeros y poperos de todas las edades.