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miércoles, 30 de abril de 2025

Vida reflejada


Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) ocupa un lugar privilegiado en la narrativa española, y esto se debe en gran medida por ese dominio de lo diverso y ese hacer creativo tan fértil y genuino suyo, ya que es un escritor que está en la literatura para saber quién es e indagar sobre sus propios límites, con la voluntad de aventurarse a nuevos terrenos para experimentar. Algunos críticos inciden en que lo extraordinario de Vila-Matas es que hace ya tiempo dejó de ser un escritor a secas para convertirse en género literario. Y esto, que parece un elogio exagerado, toma cuerpo desde Bartleby y compañía, un libro efervescente, de literatura y vida, que viene a decirnos cómo rescatar de la memoria cada fragmento de vida que súbitamente vuelve a nosotros a través de la escritura.

Desde sus comienzos literarios, su obra, por tanto, sigue una estela que plantea persuasivamente un viaje interior a sí mismo, un trayecto que continúa a su Ítaca, a su mundo literario, como una infinita excursión circular. En cierto modo, obedece a una constante suya sobre idénticas inquietudes literarias en las que si hay algo notorio y distintivo en su escritura es que no hay ninguna novela suya encasillada en lo convencional. Cada una de ellas ofrece al lector el sesgo de que la vida artística tiene mucho de experimentación y creencia en su quehacer. Un autor, como él, tan literato, egregio y embaucador, con la única ambición de escribir siempre y no dejar de hacerlo, nos cautiva con sus libros a tantos lectores letraheridos, una y otra vez, para incidir y repetirnos que él escribe para escribir, no para haber escrito y publicado.

Vuelve ahora, para gozo de muchos, a ese cónclave literario suyo mediante el que pretende proseguir su ruta ascendente, ya consagrada, con una nueva novela que conecta, con rumbo y esplendidez, con obras capitales de su narrativa, como Historia abreviada de la literatura portátil, la citada Bartleby y compañía, El mal de Montano o París no se acaba nunca, y que, además, ensancha ese gran desafío persistente de su obra: literatura sobre la propia literatura. Al protagonista de Canon de cámara oscura (Seix Barral, 2025), Vidal Escabia, le ha quedado un mandato de su maestro y mentor, el escritor Altobelli, una tarea encomiable que consiste en confeccionar un canon singular e “intempestivo”, como así lo califica el narrador, llevado a cabo desde una biblioteca mal iluminada. Allí tomará cada día un libro que conforma el proyecto en marcha de seleccionar 71 volúmenes de dicho canon “desplazado”, tomando alguna cita o fragmento del mismo, unido a sus propias notas e impresiones que van sucediéndose una tras otra.

Y, una vez más, Vila-Matas pone su inventiva libresca en dirección a esa confabulación a la que nos tiene acostumbrados a sus lectores, en la que la vida y la literatura maniobran para buscarse y establecer vínculos entre sí. Este menester convierte a su protagonista en un idóneo precursor para resaltar el sentido de la escritura, como si se tratara de un insólito androide, un Dever-7, programado para forjar el meollo de la trama. A este hilo conductor se suma también la novia de dicho protagonista, la museóloga Violet, especialista en entrever las conexiones que se dan en los museos entre los visitantes y la obra artística, así como su reflejo en la realidad. Por otro lado, le importa a Violet saber en qué momento de la trayectoria de Escabia surge su vocación por la escritura, por ese lugar por donde fluye la imaginación con sus ficciones engarzadas.

Todo el despliegue narrativo del libro se afana en mostrar la pulsión literaria que promueve. Le importa subrayar su forma concebida de corte fragmentario: “¡Los fragmentos! –dice– No son, no son, como tanto se cree, una parte más del todo, sino una parte importantísima del todo. Por eso tienen que tener la potencia suficiente para que podamos abrir un libro por cualquier página y leer sin necesidad de saber qué ha sucedido antes o pasará después”. Por otro lado, la novela promueve un viaje literario a través de los libros, de lo recóndito a la luz, en pos de realzar la escritura como meta superior, pero necesitada del encendido seductor de la lectura.

Hay, además, otra idea alimentada, muy propia del escritor barcelonés, de ir creando una biblioteca más operativa y luminosa, más dispuesta a eliminar libros que a aumentarlos. Esta idea lleva aún más lejos: a subrayar que los libros no solo tienen valor por sí mismos, sino también en relación con otros y, en particular, con nosotros mismos. Se nos va el tiempo admirando los libros y autores que van apareciendo, clásicos y modernos, sin apenas darnos cuenta de que también reflejan que somos ficciones insertas en nuestro vivir, en nuestra conciencia. Nos bastaría leer al azar un párrafo cualquiera del libro para identificar este espíritu vilamatiano que tiene mucho que ver con la importancia de introducir citas en su narrativa.


Canon de cámara oscura es una novela-ensayo gozosa que posee el rango literario indiscutible e identificativo de su autor. Vila-Matas nos vuelve a engatusar y nos entrega otro libro para el disfrute de quienes encontramos eco y encomio gratificante en las confluencias literarias de un autor-libro, como es él, que mantiene siempre ese vaivén persistente y celebrado de escritor dispuesto a reafirmarse en que la realidad imita a la literatura, y en que toda historia es, a fin de cuentas, artificio y vida reflejada.

sábado, 12 de abril de 2025

Tras el rastro de Pavese


Pavese fue un escritor de culto, una de las plumas más privilegiadas de mediados del siglo XX, cuya imparable actividad cultural y literaria lo convirtió no sólo en poeta y escritor de novelas, sino también en traductor de grandes autores, como Melville, Dickens, Joyce o Hesíodo, e incluso, en dramaturgo y filósofo. Vertientes distintas todas ellas, pero comunes en un sentido muy determinado, que, a su juicio, viene a decir que tanto la literatura novelística, la poesía, la dramaturgia, la traducción o la filosofía son producidas por un cierto “ansia de realidades espirituales desconocidas, presentidas como posibles”. Se convirtió en un símbolo de una Italia soñada sin haber salido de su país. Dicen que sabía más que nadie de literatura norteamericana. Faulkner, Dos Passos, Sherwood Anderson o Steinbeck fueron llevados a Italia de su mano por la editorial Einaudi. La traducción que hizo de Moby Dick sigue siendo un referente insuperable.

El oficio de vivir supuso la creación esencial de su obra, un hito en el que el propio autor se desdobla, dando entrada al Pavese escritor que le escribe al Pavese hombre, para, así mismo, plasmarla en su biografía, a modo de un diario en el que el lector nota que se presta más atención a sus consecuencias que a los sucesos que las provocan. En sus páginas memorables dejó un testamento vital de mucha lucidez y, a pesar de toda su obsesión con el suicidio, rociada de esperanza. Deja dicho que a vivir se aprende viviendo, una obviedad a primera vista, pero que encierra el verdadero misterio de este oficio singular, como él lo llama: “La única alegría del mundo es comenzar. Es bello vivir porque vivir es comenzar, siempre, a cada instante. Cuando falta este sentimiento..., querríamos morirnos”. La obra alcanzó una extraordinaria resonancia entre los lectores de diferentes generaciones en todo el mundo. Pavese había dado su literatura al mundo, y, a los cuarenta y un años ya dio por terminada la literatura y la vida.

El joven escritor francés Pierre Adrian (Burdeos, 1991) es el autor de Hotel Roma (Tusquets, 2025), un viaje personal por la vida y obra de Pavese, un recorrido por el Piamonte y por la ciudad de Turín, para desgranarnos la esencia de su vida y la preponderancia que tuvo El oficio de vivir en el trágico final de su vida. Adrian bucea en sus páginas y en los lugares por los que deambuló el escritor para reencontrarse pronto con las paradojas existenciales que, a menudo, se convirtieron en nudos difíciles de deshacer para el propio Pavese, que subrayaba que: “Esperar también es una ocupación. Lo terrible es no esperar nada”. Pavese aparece por aquí como un paseante discreto y reflexivo, como un escritor experimental dispuesto a revelarnos su amor a la ciudad de Turín, dispuesto, a su vez, a desvelarnos cómo el amor y la construcción de la vida se encuentran mucho más en el poder de los hechos que en el de las convicciones.

Hotel Roma es un hermoso y melancólico viaje por el territorio vital y literario de Cesare Pavese, trazado bajo una poética en la que la indagación es el motor del relato, un modus operandi que lo convierte en una exploración amena, de gran sensibilidad, bajo el denominador de ensayo-ficción, una manera jugosa de establecer una conexión con el lector para que participe del desarrollo narrativo del mismo, gracias a un juego indagatorio, que le permite mezclar la realidad y la ficción, para establecer el acompañamiento y el desarrollo de contar la vida y obra del gran escritor Pavese, a través del tiempo y espacio, especialmente de la ciudad de Turín, de voces ligadas a él, hasta llegar a establecer el vínculo de su inventiva narrativa con la vida real de alguien tan taciturno y obstinado como él, que guardaba en su diario el misterio de su suicidio, acaecido posteriormente el 27 de agosto de 1950 en la habitación 49 del Hotel Roma.

Adrian nos acerca a Pavese, bajo el marco de novela-ensayo, para resaltar su figura intelectual, así como su perfil escurridizo de hombre solitario y triste, y desentrañar lo que trató de guardar para sí mismo: su calvario existencial, “aunque también cedió a la tentación de culpabilizar a los demás”. Vivir para él aparece aquí como lo más individual que cabe ser pensado, como la obra más reveladora de su existencia, pese a todo, si bien siempre anduvo amenazado por el acecho persistente del suicidio. Pero, insiste en su pensamiento y obra que no hay oficio más comprometedor y fascinante que el vivir. La tarea de vivir, como empeño, así deja dicho: “Hay un solo placer, el de estar vivos, y todo lo demás es miseria”.


Este es un libro audaz y ameno, todo un homenaje, en forma de viaje literario, un retrato biográfico también, para reencontrarnos con un Pavese redivivo y luminoso, escrito con sencillez y hondura. Hotel Roma convierte su figura en una exploración sutil de su herencia literaria y emocional, una lectura deliciosa que invita a otras lecturas que por aquí asoman: “Su literatura, dijo un crítico italiano, era como el diario íntimo de los demás; no solo el suyo, sino el de todos nosotros. Hay escritores que nos dan lo que ellos ya no tienen. Pavese me ofrecía todo lo que había abandonado a él: la despreocupación, la alegría de vivir en este mundo, el espíritu infantil, la fe, el consuelo…”

martes, 11 de febrero de 2025

Andar con uno mismo


Como decía el gran poeta
Eluard: «hay muchos mundos posibles, pero solo este es real». Y continúa razonando así: «a lo que hay, hay que sacarle el mayor jugo posible». Ahora bien, ese jugo no se extrae más que desde la experiencia, desde la percepción y el deseo, sin olvidarnos de las soledades, de las que uno va y viene: «Porque para andar conmigo / me bastan mis pensamientos», según lo versificaba Lope de Vega. Lo cierto es que no podemos pensarnos desde fuera de nuestro propio pensamiento, y eso convierte a la vida en un andar continuado con uno mismo, con nuestras soledades errantes, en busca de silencio e introspección, al propio tiempo que de compañía. Soledad y compañía se necesitan por ser interdependientes. Por muy solos que estemos, en la puerta de nuestro corazón hay siempre un resquicio latente para quien pueda llegar.

El nuevo libro de Juan Gómez Bárcena (Santander, 1984), Mapa de soledades (Seix Barral, 2024), transita por estos entresijos en los que la soledad, como caja de resonancia, se convierte en una cartografía de diferentes índoles, un viaje diverso por lugares y tiempos que invitan a considerar lo mucho que se nos ofrece a reflexionar sobre el sentimiento de soledad personal y social. Podemos constatar, a su vez, la existencia de una interesante paradoja: leer es algo que hacemos a solas, pero al mismo tiempo es una forma de conectarnos con los demás. Hay libros que exacerban nuestro sentimiento de soledad, otros, por el contrario, nos hacen sentir que hemos encontrado un lugar de pertenencia. Este ensayo conmovedor, de alto contenido confesional, podríamos decir que establece un armisticio entre ambas posiciones.

Gómez Bárcena logra con ello que su libro, en su desarrollo narrativo, también se convierta en una novela-ensayo bien urdida sobre la dimensión objetiva y la dimensión subjetiva que conlleva toda soledad. Analiza con detenimiento y asombro soledades de personajes y artistas diversos, como la maldición del escritor Horacio Quiroga y su familia, vidas marcadas por la fatalidad del suicidio de su padre, su primera esposa, sus hijos, varias de sus amistades y el de él mismo, hasta las ancianas japonesas que delinquen para no estar solas y poder refugiarse por un tiempo de la precariedad que le causa su aislamiento. Pone nombre a esa soledad de la muchedumbre y la denomina “soledumbre”, una manera hermosa de nombrar esa soledad percibida, proveniente de la gran ciudad: gente que viene y va en el Metro o por las grandes avenidas, gente sola rodeada de una multitud.

Conforme avanzamos en la lectura, nos percatamos de que en todo ese Mapa de soledades, la invisibilidad aparece como una de las mayores obsesiones del solitario. De ahí que entre los muchos motivos que tiene uno para estar solo, destacan las de aquellos solitarios forzosos y la de los solitarios por elección. También hay soledades pasajeras, incluso eternas. Hay soledades que llegan a la enajenación, y otras que alcanzan mejores estadios, por ejemplo, el placer de la lectura y de la creación artística. Se puede estar solo y reanimado en una isla, como el capitán Pedro Serrano, que inspiró la figura de Robinson Crusoe, tras un naufragio en 1526, como también lo está calladamente el ama de casa que plancha mientras espera, el escritor que se refugia en su cuarto con unas hojas en blanco. El autor nos viene a decir que la soledad no es, por tanto, un accidente del individualismo, sino su consecuencia circunstancial.

Por diferentes puntos recurrentes, Mapa de soledades es una singladura emotiva y hermosa. Gómez Bárcena nos concita a entendernos con esa parte intrínseca de la soledad referida a “un paréntesis, una cesura, un alto en el camino”, a hacer, sobre todo, incursiones en la selva, en el océano, en el desierto o en los mismos casquetes polares, así como en la ciudad y en el hogar, para participar de sus dispares estancias solitarias, o pararnos a analizar y a reparar la soledad de la propia piel, por lo que significa de tacto y de sentirnos vivos. No se olvida de resaltar que la soledad es un bagaje necesario que nos conduce a nosotros mismos, apoyándose en esta cita memorable de Petrarca tan reveladora: «La soledad es la única forma que tiene el hombre de contemplar».

Gómez Bárcena nos cuenta que recluirse en un convento sin conexión a internet es parecido a experimentar el vacío y a poner en valor lo que afirmaba el filósofo Nietzsche al respecto: «La grandeza de un hombre se mide por la cantidad de soledad que es capaz de soportar». Pero, en verdad, lo que impulsa al libro es dar pie a pensar que cada uno vive la soledad a su manera: “De modo que el problema no es la soledad sino lo que uno hace de ella”. Le importa marcar la diferencia entre sentirse solo y estarlo, la soledad como pandemia contemporánea pero también como bastión de retiro trascendente.


Llego al final del libro reconfortado, más consciente de que la soledad es una palabra importante, que junto al deseo quizás sean dos palabras que nos abren los ojos al sentido de la vida. Mapa de soledades es un estupendo debut en el género ensayístico del autor cántabro, con una obra muy bien enfocada y medida, que razona y confirma lo que decía Conrad, que «vivimos como soñamos: solos». Este libro es tan ameno como hondo, muy bien escrito, que empatiza y muestra la enseñanza secreta y silenciosa de la soledad que a todos nos circunda.


miércoles, 18 de diciembre de 2024

Otoño de 1939


Sin duda, la verdad fue la primera víctima de la guerra civil española, un conflicto que, mucho tiempo después de que acabara, ha generado controversias intensas y polémicas que aún perduran en la memoria colectiva española. El historiador, documentalista o escritor que se acerque a escudriñar los entresijos de aquellos terribles años, y los que continuaron tras el fin de la contienda, desde luego, no puede ser totalmente aséptico, no debe ir más allá de tratar de comprender los sentimientos y percances de los dos bandos, pero sí le compete ampliar las fronteras de lo que ya sabemos y dejar que los juicios morales que provocan lo narrado queden a expensas de la conciencia del lector.

Presentes (Alafaguara, 2024), el último libro del periodista y escritor Paco Cerdá (Genovés, 1985), responde a esta invocación, y lo hace desde el ámbito de la novela, mediante una crónica que muestra un retrato coral situado en la España de 1939. Cerdá pergeña un viaje de 467 km de once días, un viacrucis fascista que trasladó los restos de José Antonio Primo de Rivera de Alicante a El Escorial, entrelazado con una galería de víctimas anónimas del franquismo que, pese al empeño del régimen por borrarla del mapa de la memoria, están presentes. Entre el ostentoso e insólito anverso del peregrinaje de la comitiva, late por donde pasa el invisible reverso de tantos desaparecidos, tantas vidas perdidas que yacen ocultas en barrancos y cunetas.

La muerte de José Antonio no se dio a conocer oficialmente en la España nacional hasta el 20 de noviembre de 1938, exactamente dos años después, cuando la República acababa de perder la batalla del Ebro y el éxito de los nacionales estaba garantizado. Y es que a Franco le convenía la ausencia de José Antonio, no solo por el seguro obstáculo que habría supuesto el fundador para la domesticación de la Falange y su posterior conversión en el partido único del régimen, sino que la ocultación de su fusilamiento en Alicante alentaba en la Falange la esperanza de que aún estuviera vivo, lo que impedía el nombramiento de un sucesor definitivo.

Presentes es una estupenda evocación novelística al mismo tiempo que una elegía narrativa, trepidante y fantasmagórica, jalonada por la exaltación de un cortejo al que no le preocupa ya la verdad de la historia que llevan a hombros, sino demostrar quién manda en la nueva España. A Paco Cerdá le importa resaltarlo, con el rigor de un buen historiador y la eficacia de un cronista curtido, valiéndose de un relato ágil y magnético con dos planos contrapuestos, como el propio autor señala en las páginas finales del libro: “Uno es el traslado, la propaganda fabricada esos días, la vida de José Antonio, sus palabras, y la memoria de la guerra y la posguerra que latía en aquellos pueblos atravesados por un cadáver a hombros. Pues bien: el otro plano –el invisible y tenebroso reverso de aquellos once días– suponía el reto más apasionante de este libro: mostrar lo que el escaparate de la propaganda se esforzaba en ocultar”.

Entre jornada y jornada, el lector será testigo de mil historias de personajes que vivieron la contienda o los años inmediatos de la posguerra, historias en las que palpitan sucesos con protagonistas de renombres y otros, con gente sencilla y minúscula. Cerdá intercala estos episodios en los que resalta casos tristes y ominosos, con otros más paradójicos, como el referido a la devoción lectora de la hija de Franco por los libros infantiles de Elena Fortún. Destaca también el ejercicio del que hace gala el autor al evocar en algunos episodios versos de Machado, de Lorca, de Miguel Hernández o de Estellés, que parecen clamar al viento desazón y quebranto frente al repique de campanas al paso de la comitiva falangista.


No considero que Presentes sea una novela de no ficción, como tampoco creo que lo sea su anterior libro 14 de abril (2022). Diría que ambos son ensayos novelados de carácter histórico en los que el relato propio de la Historia se afina con el compromiso del narrador con lo narrado. Cerdà apunta a ese fin, que está siempre presente: la literatura comienza cuando todo se convierte en pregunta. Presentes es un jugoso ensayo-ficción que fija su mirada en la dirección de una fantasmagoría que atraviesa la España herida que aún sigue convaleciente y que indica que todo tiempo es irredimible, pero sus pisadas resuenan una y otra vez en la memoria de todos. La buena literatura siempre forja la memoria colectiva.


miércoles, 9 de octubre de 2024

Explorar el abismo


Hay un desafío literario para todo escritor cuando postula que recordar es inevitable y tal vez necesario. Pero si el escritor añade a esa historia lo más íntimo y lo expone en público, el desafío es aún mayor. Todo depende del modo y del grado en que se lleve a cabo, pues la intensidad y la forma van unidas a la literatura autobiográfica, que, al fin y al cabo, como indica Manuel Alberca en su ensayo La máscara o la vida, “pretende ser literatura de lo vivido y conocimiento de lo humano”. Todo depende, como en cualquier texto literario, del qué y del cómo. De que lo que se cuenta sirva para alumbrar la vida de los lectores, y de que se haga de una forma acorde con lo contado. Importa especialmente que el texto no enmascare la verdad, sino, al contrario, que la reproduzca con destreza narrativa, mediante un conjuro implícito de cercanía y complicidad del autor con el lector.

Ese es el reto que mueve a Neige Sinno (Vars, Francia, 1977) a escribir Triste Tigre (Anagrama, 2024) y tiene que ver con toda esa idea de encontrar un cauce propicio para contar lo indecible y que encuentre resquicio, comprensión y acogida en el lector para hacérsela vivir con la máxima intensidad y, de paso, que entrañe un gesto de insumisión ante la violencia sexual y, en concreto, ante los abusos sexuales a menores. Sinno, que ahora vive en su casa de Guéthary, en el País Vasco francés, tras haber dejado atrás su estancia en Estados Unidos y sus casi veinte años en el Estado de Michoacán, en México, y que, ella misma es la traductora de su libro al castellano, explora con mucha valentía su descenso al abismo, sin caer en sentimentalismos, para contarnos cómo su padrastro, de veinticuatro años, comenzó a abusar de ella cuando apenas tenía siete años.

Sinno fabula Triste tigre sin otros límites que lo que le dicta su conciencia creadora y la coherencia de su memoria, como respuesta a una necesidad de escribir sobre un lastre personal y, también, sobre el alcance de lo vivido como proyección colectiva. Aunque la autora, durante mucho tiempo, permaneció callada, ya que había decidido no poner por escrito esta experiencia, hasta que un día lo acabó haciendo, consciente de que su historia es una historia difícil de contar a los demás, pero que había llegado ya el momento de darle visibilidad. Según ella misma cuenta: “Eso no quiere decir que la palabra, o la literatura, haga el papel de una terapia. Al contrario, la escritura solo puede surgir cuando el trabajo ya está hecho, o al menos una parte del trabajo, la que consiste en salir del túnel”. Hay, por tanto, en el libro una tensión permanente entre la experiencia vivida, el recuerdo de la misma y la interpretación de los hechos desde el presente, dirigido a un lector y a una sociedad dispuestos a escuchar y a discernir lo que había sufrido.

Por eso mismo y por la razón que la propia narradora destaca en asumir que “Un hecho se vuelve real cuando se puede retomar a través del lenguaje”. Neige Sinno desvela que lo que la mueve a escribir este libro no encaja en presentarse como víctima, sino que propone una catarsis: estar dispuesta a elegir qué hacer con lo que nos han hecho: “Escribo este libro en busca de la verdad. Una verdad difícil de determinar, difícil de formular, una verdad más allá de las apariencias”. Y todo eso lo consigue subrayando que “La depredación sexual no tiene tanto que ver con el poder físico como, sobre todo, con una relación de dominación, es decir, con el poder”. Conmueve leer cómo el hecho de vivir a diario consiste en aprender a vivir, en entrenarse para vivir, en cómo procurar encontrar la forma, la manera de hacerlo pese a cualquier despropósito: “Crecí en la mentira –nos dice. Esa mentira me constituye. Incluso está relacionada con el descubrimiento de mi identidad... Descubrí mi identidad al mismo tiempo que tenía que ocultar lo que me ocurría”.

Triste tigre es un libro punzante de no ficción y al mismo tiempo plenamente literario, entre la autobiografía y el ensayo (calificado por algunos como libro-acontecimiento), un texto armado de franqueza y talento narrativo, bajo la esencia y dignidad de una mujer que se presenta ante el lector con respeto, dignidad y frescura: “¿Por qué pensar que solo la ficción puede aventurarse en el territorio de lo indecible? El testimonio es una herramienta de análisis. Pero una herramienta bien afilada llega al hueso. Y, cuando se llega al hueso, el arte nunca está lejos”. Todo el libro en sí es una conversación interior con un interlocutor imaginario que está ahí presente todo el tiempo. Quizás para Neige Sinno alcanzar dicho objetivo obedezca a lograr una confabulación con el lector, como forma de entendérselas con ese obsesivo sentimiento que ronda por la cabeza de la víctima de hacerse preguntas, de saber: ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué a mí? Preguntas que, con los años, ha de asumir y que no siempre tienen respuestas.


En suma, lo que destila Triste tigre es un ejercicio narrativo admirable y descarnado, guiado por la veracidad, convertido en un implacable espacio de verdad con sus entresijos literarios, tan potente y cercano como personal. Este es un libro inteligente y nada condescendiente, que se lee con intensidad, con una prosa de muy buena hechura y muy bien armado literariamente, un relato que sacude por lo que cuenta y cómo lo hace quien lo ha escrito, una autora que realza el hecho de que la literatura nace de la vida y es inseparable a ella, aunque lo que se cuente sea terrible.

sábado, 21 de septiembre de 2024

Hijos de la siembra


Mario Cuenca Sandoval (Sabadell, 1975) es profesor de Filosofía, poeta y novelista, autor de varias novelas, entre las que destacan LUX (2021) y El don de la fiebre (2018). Publica ahora Aurora Q. (Galaxia Gutenberg, 2024), obra galardonada con el XVII Premio Málaga de Novela, una novela-ensayo que indaga sobre un caso real ocurrido hace ya más de cuarenta años, con el propósito de rastrear el origen de unos hechos trágicos, así como la crueldad de los mismos, sus posibles causas, sus detalles y la agitación que provocó el suceso. Se aparta de cualquier asomo de interpretación, ciñéndose a relatar, por medio de la singular voz narrativa, la del doctor Mateo Jiménez-Irisarri, que será la que va a sostener todo el relato a modo de un informe clínico sobre todo lo que aconteció con los niños David y Raquel S. en 1981, declarados unos “niños salvajes”, que vivían al margen de la sociedad y cometieron unos crímenes.

El riesgo que asume el autor en esta nueva tentativa literaria es dejar en manos de esa voz experta, neutra, clara y determinista el relato como un caso clínico. Lo cierto es que la novela, a medida que vamos avanzando, estremece. La manera de contarlo, nada convencional, queda dispuesta en sesenta capítulos, de apenas dos páginas cada uno, a modo de reportaje, enlazado con notas a pie de página, y dividido en seis secciones, o mejor dicho, sesiones, ya que todas ellas conforman el ciclo del seminario, que encaja mejor al discernimiento establecido por el autor para contar la historia. Tanto por lo que hicieron esos niños de doce años, como por la manera en que fueron tratados por el sistema judicial y por los medios de comunicación, el libro, en buena medida, es la contraposición de un relato que aboga por exponer una radiografía de la condición humana, con muchas referencias de autores padres de la psiquiatría, como Sigmund Freud y Jacques Lacan, los más nombrados, además de alusiones a escritores, como Allan Poe y Julio Cortázar, y a pensadores, como Foucault y Wittgenstein.

Si la literatura es un remedio contra lo real, como afirmó Antonine Compagnon, Mario Cuenca recrea, a modo de ensayo-ficción, una narración concéntrica para rescatar los hechos acaecidos en 1981 referidos a aquellos dos niños que caminaban descalzos y cubiertos de sangre por el arcén de una autopista, mediante un narrador veraz, el doctor que imparte un seminario en el que se aborda el caso de “los niños del Arca”, para alumbrarnos en algún campo introspectivo del conocimiento relacionado con el suceso, como apostilla el propio conferenciante: “Porque no estamos aquí para regodearnos en lo macabro, sino para interpretarlo con las herramientas del análisis”. El autor pone en manos de esta voz experta en la materia la incursión narrativa, planteando dudas y conjeturas, con el fin de explicar el sentido y motivo de los hechos, y avanzar la trama para llegar a acercarnos a un resultado lo más imparcial posible.

Este planteamiento ingenioso de novelar permite que Aurora Q. parezca una novela de intriga o, más bien, una novela en marcha que se arma ante los ojos del lector y le invita a participar, a rellenar los huecos dejados por el autor, para que la experiencia de la lectura se convierta en cómplice. Diría que, en esta operación, Cuenca Sandoval atina en su lance narrativo, pese a la dificultad formal de acometer ficcionalmente la historia, dando cancha al conferenciante con sus argumentaciones, para que sea él quien incorpore a su audiencia al análisis y circunstancias de la fiereza de los niños, y a las claves para comprender por qué estaban solos y abandonados: madre psicótica, autismo hereditario, vacío paterno, y otros motivos más intrincados. Todo ello a pesar de que la investigación posterior descubriera que, en realidad, los niños pertenecían a una secta aislada en el bosque.


De manera eficaz, sin abandonar ciertos rasgos de ironía, Cuenca Sandoval pone su prosa directa y clara con la voluntad de construir un relato en el que los antecedentes y el devenir de unos sucesos se interponen al designio de un misterio, eligiendo las palabras exactas para contarlo de la forma más concisa posible, y colocando las partes al servicio de un juego narrativo lleno de piruetas jugosas y retóricas, pero a la vez, convincentes. Aquí hay un compendio de comportamientos humanos que despiertan la atención del lector, no solo por la sensación de proximidad ante los hechos relatados, sino también por la verosimilitud de la realidad representada y su verdad innegable.

viernes, 12 de julio de 2024

Sentimiento de pertenencia


El escritor se enfrenta constantemente a la necesidad de visualizar una escena, una secuencia, un sentimiento para, a continuación, de la manera más cabal que puede, ponerlo en palabras. No necesita nada más para empezar a contar lo que ronda por su cabeza, salvo las palabras. Pero, como dice James Salter, “¿cuál es el impulso? ¿Por qué se escribe? Ahí está la esencia”. Para los que no conozcan las entregas anteriores de lo que hasta ahora ha venido configurándose en la narrativa de Eduardo Halfon (Guatemala, 1971), les diría que para el escritor guatemalteco la memoria y la identidad conforman la esencia de su escritura y de su universo literario, asentada en la niñez, la vida familiar y la cultura judía.

La sencillez de sus historias, además, es su estela, y la claridad y la honestidad, sus señas más reconocibles. Pero si hay que destacar el rasgo más característico y significativo suyo, no encuentro otro más propio que el de la memoria, como ámbito y fuente de inspiración, como mapa por el que transcurre la esencia que mejor justifica su narrativa. Y así lo recalca en Biblioteca Bizarra (2018), un libro interesantísimo de doble bifurcación y dialéctica entre el oficio de ser escritor y el oficio de vivir, con estas palabras: “Pues un escritor escribe desde allí: desde lo que ha visto, desde lo que ha escuchado, desde los olores y sonidos que revolotean como mariposas en su memoria. No escribe su memoria. Escribe solamente a partir de ella. Desde ella”.

En Tarántula (Libros del Asteroide, 2024), su nuevo libro, vuelve a esa misma génesis: el pasado. Regresa a la memoria de su infancia para recrear unos hechos vividos a finales de 1984 cuando tenía trece años y fue enviado por sus padres, junto con su hermano más pequeño a un campamento de adoctrinamiento en el altiplano boscoso de Guatemala. El narrador, que no es otro que el propio Halfon, reconoce que, tanto él como su hermano, apenas conocen el lugar donde nacieron. Muestran dificultad con la lengua, debido a que hace ya algunos años viven en Estados Unidos, y cierto desconcierto con la experiencia impuesta de recuperar sus raíces y, aún más, entrelazándose en la convivencia con otros niños judíos en un paraje que, como les dicen, será propicio para aprender técnicas de supervivencia adaptadas a la naturaleza judía de sus participantes.

Halfon arma toda esta historia bajo un denominador común en el que el odio es el protagonista desafiante y perverso que transita por el lugar. Está presente como símbolo también, un odio al paradigma judío y a los judíos, un odio a la atrocidad nazi y a los nazis, un odio, en realidad, a toda imposición, a toda demostración marcada por la fuerza, a toda esa locura que las guerras han justificado siempre. El tiempo narrativo del libro, por otro lado, discurre al capricho del narrador que opta, según interfieren hechos, personas y significados, a pasar del pasado al presente, con soltura y dinamismo, ocurre lo mismo con los enclaves: desde el bosque guatemalteco donde tienen lugar las andanzas infantiles en el peliagudo campamento, hasta escenas del presente en un café parisino o en un bar tailandés de Berlín.

Como ya comenté en otros libros suyos anteriores, todos y cada uno de los relatos de Halfon conforman una novela en marcha. Tarántula es otro eslabón más de ese encadenamiento narrativo por el que transcurre su travesía literaria. Todos y cada uno de sus escritos están conectados entre sí, incluso vuelven a escena recuerdos familiares, como el del abuelo polaco que anduvo prisionero en Auschwitz o el del niño Salomón que murió ahogado en un lago, y más recuerdos y vivencias que el autor toma en consideración para hacer que algunos de los pensamientos o imágenes que pueblan dichos escritos salten libremente de un tiempo a otro, con el fin de explicar algo que facilite su avance por la trama. Esta manera que tiene Halfon de contar las historias toma la forma de la novela, de la autobiografía, de la autoficción y, también, del ensayo, algo muy característico y singular en su narrativa.


Las novelas de Halfon tienen el don de dejar en el lector ese rastro rebosante de vivencias y memoria en las que encontramos la naturaleza de lo humano. Y eso se debe a su prodigiosa aventura literaria de indagación emprendida hace tiempo por el pasado de su estirpe familiar, sustentada en una prosa precisa, antirretórica y muy eficaz. Así es su literatura, recia y sincera: un proyecto narrativo de seguir explorando en la memoria y en la genealogía familiar, una búsqueda perpetua por encontrar hallazgos literarios.

Todo lo que escribe Halfon sobre sí mismo forma parte de su mito personal. Tarántula es otra estupenda pieza más de ese ejercicio constante e indagatorio de un proyecto literario en marcha que va en una misma dirección, que continúa con igual calidez narrativa y prestancia a la que nos tiene acostumbrados. Somos muchos los que seguimos fascinados con el imaginario de su literatura y su sentimiento de pertenencia a una identidad histórica, compleja y trasnacional como la judía.


lunes, 25 de septiembre de 2023

Encrucijada personal


Todos tenemos una mente gradualista: si las cosas siempre han sido de un determinado modo, ¿por qué van a cambiar de pronto? La humanidad lleva doscientos mil años viviendo en el mismo planeta, ¿por qué tendría que hundirse todo precisamente en este momento? Parece improbable, en efecto. Incluso los científicos tienden a pensar así, y por eso nos cuesta creer en las grandes catástrofes, como la extinción de los dinosaurios. Pero resulta que precisamente vivimos en una época en la que todo está cambiando. Y de manera drástica. Nos pasa justamente a nosotros. Los fenómenos que veremos en los próximos años serán cada vez más extremos. Cuanto antes lo aceptemos, mejor para todos.”

En esta elocuente y severa reflexión que expone el protagonista de Tasmania (Tusquets, 2023), la nueva novela de Paolo Giordano (Turín, 1982), autor de La soledad de los números primos (2008), se podría resumir, en buena medida, el estado de malestar global por el que transitan los personajes de su obra más reciente. Y aunque estos renglones aparecen al final de la primera parte del libro, y responden a un sentir de que el progreso sigue hasta ahora ciego, sin saber adónde va, la novela arranca desde una perspectiva de encrucijada personal en la que el narrador anda angustiado con su pareja ante la dificultad de tener hijos. Las dudas persisten cuando plantean su conveniencia para traerlos a un planeta castigado por tantos desastres medioambientales y amenazado por un cambio climático sin freno.

El libro nos sitúa en noviembre de 2015, un año en el que el narrador, trasunto de Giordano, que escribe artículos para el periódico Corriere della Sera y tiene un doctorado en Física, acude a París, como enviado especial del rotativo italiano, a una cumbre sobre el cambio climático, pocos días después de los atentados yihadistas de ese año, llevando consigo su crisis existencial, sin poder aparcarla, en búsqueda de poner sentido a todo lo que le concierne: su mundo, su yo y Lorenza, su pareja, mientras prepara un libro sobre los efectos radiactivos de la bomba atómica. La escala de observación suya le permitirá vislumbrar que su preocupación es similar a la de otros muchos: “en la necesidad de encontrar, en cada trance difícil de la vida, algo aún más difícil, más urgente y amenazador en lo que podamos diluir nuestro sufrimiento personal”.

Tasmania es un título simbólico que señala un lugar en el mundo propicio para la resistencia y el amparo del resquebrajamiento mundial, una isla situada lo bastante al sur como para alejarse de las temperaturas extremas, que posee además grandes reservas de agua dulce y abundante flora. La novela responde a esa necesidad de esperanza ante la fragilidad del mundo, y nuestra condición de sujetos finitos y precarios, que somos más lo que nos pasa que lo que decidimos, que sospechamos que habitar el mundo es existir siempre en un trayecto, en una encrucijada en la que los cataclismos y la acción trágica humana han propiciado desastres tremendos como la bomba atómica, la peor devastación que la humanidad ha podido soportar a lo largo de la historia. Aquí está presente la memoria de Hiroshima y Nagasaki. Aquí se da valor a los datos: “En los datos no hay más que la verdad sobre el mundo”.

Giordano responde a todo este sentir con su relato, tal vez el más personal de todas sus novelas, en el que vuelca que existir es habitar un juego de disonancias. En ese malestar que deambula por las voces de sus protagonistas, también hay vislumbres para la esperanza que está del lado del futuro. En ese umbral de espera, el autor inscribe a la ética científica como salvaguarda para habitar responsablemente el mundo que vivimos. Ser y estar en el mundo, viene a decirnos, es habitar un tiempo, una tensión y un vínculo tan complejo que obliga a no desentendernos de su continuidad y abandonar la inacción generalizada de los gobiernos ante el peligro real del cambio climático.

Esa es la cuestión que merodea por toda la novela: el mundo y su cuidado como algo inseparable. El libro de Giordano posee una dimensión no solo moral, sino también de gestos. Por eso rinde tributo en diferentes pasajes a la tragedia que devino tras el estallido de las bombas atómicas que cayeron en Japón en 1945: un clamor que sigue percutiendo en las meninges de todos y que busca dimensionar el alcance irracional de la condición humana. Resuenan palabras que hablan de la incertidumbre y vulnerabilidad del planeta, al igual que la de nosotros mismos. El libro no pierde en ningún momento su hilo reflexivo en lo personal ni en lo colectivo. No hay otro elemento que destaque más que este. Eso sí, en los diálogos encontramos un rasgo de honestidad con la que pretende obtener una resonancia con el mundo que habitamos que se ajusta perfectamente con las propias vivencias de los personajes.


Tasmania es una novela vivencial y de tesis que congrega en sus páginas reportaje, autoficción y ensayo, y nos brinda una lectura sugerente y amena sobre la complejidad del mundo, con un radiante pasaje final en el que el narrador da vuelo a su imaginación recordando el fluir de millones de átomos por el espacio exterior, cuando nuestros cuerpos se conviertan en polvo errante por las alturas durante miles y miles de años: “¿Será lo que, en otros contextos, llamamos “alma”? ¿Y será posible entonces que todos los muertos sigan existiendo así, en forma de radiación?”

miércoles, 13 de septiembre de 2023

El dolor de las madres



El 20 de diciembre de 2015 me convertí en madre y enloquecí. [...] En el momento en que el doctor puso por primera vez a mis hijos contra mi pecho, cuando lo que no era se tornó hueso, carne y sangre, lo supe: un día las tijeras de Átropos cortarían el hilo y la separación de mis hijos sería inapelable. Y eso yo no era capaz de aceptarlo. “¡Que no me vuelva loco, loco no, dulces cielos!”, vociferaba el rey Lear, golpeado por la tormenta, la traición y la culpa en su camino inexorable a la locura. [...] ¡Yo no quiero estar loca!, grité en silencio, pero ese cielo sin estrellas no estaba dispuesto a escucharme.”

En estas líneas extraídas del arranque de la novela La historia de los vertebrados (Random House, 2023), se condensa el alma herida de su narradora, una mujer trastocada inesperadamente por el hecho de asumir el cuidado de sus mellizos recién llegados al mundo, el mismo día que acaba de obtener su acta de diputada en el Congreso. Pese a todas sus repercusiones físicas, emocionales y psicológicas, Mar García Puig (Barcelona, 1977) ha querido contarnos, mediante un potente texto narrativo y ensayístico, esa quiebra personal, ese colapso sobrevenido tras el parto que pueden tener muchas madres, y que, hasta hace poco, ha estado acotado por un consentido silencio durante siglos de ciencia, mitos y conductas sociales, sujeto a la idea de que, fuese como fuese, así tenía que ser y así debía de aceptarse: sin quejas.

García Puig se vale de su experiencia personal para convertir su relato en una historia íntima nada complaciente que refleja también lo que la sociedad está cambiando, pero que aún no parece suficiente como para confirmar que el posparto, feliz o amargo, deba ser algo de lo que se puede hablar con libertad, atenciones y sin complejo de culpa. Y a este respecto va más allá al señalar que: “No hay curación total posible para el que no asume la incertidumbre como parte de la existencia”. Sitúa su examen de la maternidad en otro posible espacio en el que circunscribir a la mujer en ese rol determinado al que Virginia Woolf daba el nombre de «ángel del hogar» y fija su atención en la llamada «locura puerperal», «manía láctea», «melancolía de embarazo» o «locura de lactancia», términos que aluden a la salud mental y al discurrir de esta realidad propia de la mujer a lo largo de la historia.

Rastrea precisamente, a lo largo de lectura de libros sobre la salud mental, desde un punto de vista filosófico o historiográfico, el rol de madre en sus dolencias posparto dentro del ámbito del hogar. La realidad es que hoy se vive esta dolencia en la maternidad con mucha más soledad que antes. Quizás tenga que ver cómo asumían en generaciones pasadas la crianza de los hijos, de forma más parecida a una tribu, más enraizada con el vínculo ancestral de sus miembros. Parece que los cambios sociales y laborales del pasado siglo han propiciado que todo ese arraigo solidario de antaño se haya resquebrajado y se haya convertido en una encomienda de asunción individual, manteniendo su misma lógica e impacto, aunque menos solidaria.

La historia de los vertebrados es un libro vivencial escrito en capítulos breves, con una prosa admirable, con páginas tremendamente impactantes, un relato ensayístico que sacude de arriba a abajo a cualquiera. La documentación de libros consultados por la autora, además de extensa y erudita, es sometida a un análisis profundo, y traída a colación mayormente de acontecimientos del siglo XIX, como referente de situaciones que aún siguen vigentes y conservan la memoria de tantas mujeres que, al igual que su autora, han tenido que forjarse con los trastornos del posparto, hasta combatir y superar su bloqueo mental. Algunos de sus textos le han valido “para contribuir a eliminar el estigma que rodea a menudo esta temática y reclamar su universalidad más allá del sexo de quien lo lea y de su identidad como madre”.


Es esto último lo que mejor saca a relucir Mar García Puig en su estupendo debut literario: trasladar al lector no solo la historia de sí misma, sino extendida a más mujeres, trayéndola así como testimonio individual y colectivo, y como acto narrativo que aspira a convertirse en una secuencia temporal vívida y mutante de lo que significa perder la cordura sin tener que renunciar y olvidarte de los tuyos. Por eso, y por más razones que aquí se dicen, las madres siguen siendo quienes son, seres combativos y tenaces pese a la adversidad.



martes, 18 de abril de 2023

Desafío íntimo


Es clásico e indicativo el aviso, que encontramos en El Buscón, de Quevedo: «Nunca mejora su estado quien muda solamente de lugar y no de vida y costumbres». Algo parecido viene a decir Proust cuando escribe que «el único verdadero viaje de descubrimiento consiste, no en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos». También se acerca a este sentir Henry Miller, que lo ve así: «Nuestro destino nunca es un lugar sino una nueva forma de ver las cosas». Desde luego, no se me ocurre nada mejor para aclarar todo este embrollo existencial que acudir a la sensatez de esta otra cita de Carmen Martín Gaite, tan propicia y cabal: «La rutina no está tanto en las cosas como en nuestra incapacidad para crear en cada momento un vínculo original con ellas».

Diría que Gozo (Siruela, 2023) es un texto híbrido entre la autoficción, el diario y el ensayo. En él, la poeta y aforista Azahara Alonso (Oviedo, 1988) recoge muchas de estas ideas y reflexiones en las que están muy presentes el paisaje, el azar de lo cotidiano, la forma de ver las cosas, su contrapunto y, como también veremos, la identificación entre la persona y el trabajo, y cómo gestiona su tiempo y su ocio: “Cuando me pregunto por qué solo accedo a mi verdadera vida en vacaciones, hablo de una reconquista del tiempo. ¿Cómo diría: descanso, ocio, libre albedrío? Aun no lo sé, y quizá esto que escribo consista en abrir camino para encontrarle un nombre...” Desde esta senda interrogativa, de mixtura literaria, Alonso se impone un reto personal en el que trata de escribirse y representarse de una manera fiel y sincera. Consciente de ponerse a prueba frente a sí misma y frente al lector, como un desafío íntimo, recala en su experiencia de la vida cotidiana para abordar los dilemas del trabajo, de la inactividad y el tiempo libre, desde la verdad que impone la realidad en cada momento.

El título del volumen no solo alude al significado en sí de la palabra gozo, como emoción placentera o alegría intensa causada por algo que gusta mucho, sino que señala y hace referencia a una de las islas del mar Mediterráneo que conforma junto a otras el archipiélago de Malta. Desde allí, la autora nos conducirá, mediante su escritura mimética y fragmentaria, a un deambular por la isla y sus espacios, un peregrinar de reflexión y diálogo consigo misma, al propio tiempo de puntualizar en las lecturas de referencia a sus complicidades literarias, en las que se dan cita escritores y pensadores, como Susan Sontag, Carmen Martín Gaite, Georges Perec, Walter Benjamin, Séneca, Chantal Maillard y otros muchos. Merodear por sus páginas le valen para sostener que “esta vida que obliga al tránsito nos abre la posibilidad de la extranjería relativa. Habitamos intermitentemente con la habilidad de quien mantiene algunos secretos, pero también con una mirada un poco perpleja”.

A partir de su estancia en la isla de Gozo, Alonso irá desplegando su manera de entender el trabajo como sostén de vida, con todo lo que conlleva de estrés, frustración y dependencia, y cuyo excesivo protagonismo incide en el valor social que representa, tanto por no tenerlo, como por tenerlo, sin que nos complazca. La narradora refrenda ambas situaciones apuntando a la precariedad del mercado de trabajo que la lleva a pensar en la conveniencia de gozar de más tiempo para sí misma, para más lecturas y para mantener distancia durante un tiempo con la realidad laboral. Por eso, decide tomarse un año sabático con su pareja en aquella isla apartada, desocuparse y rebajar las prisas: “Yo quería frenar porque a mayor prisa –como dice Martín Gaite–, mayor ofuscación, ¿y quién quiere cumplir la fatalidad de una conciencia tardía, caer en la cuenta cuando es demasiado tarde?”.

Otro punto destacable del libro es el que responde al binomio: turismo y ocio, dos asuntos entrelazados que, bien visto, poco o nada tienen por qué coincidir en su acontecer. El turismo, viene a decir Alonso, parece haberse instalado en una participación global atosigante en la que predomina el escapismo, el viajar por haber viajado, o lo que es lo mismo: “La ficción turística que supera y absorbe la realidad [...], desde hace unos años todo el mundo visita parques y museos, los ateos sin interés en el arte acuden en masa a las iglesias y nadie olvida los mercados, incluso quienes no tienen maña culinaria y se alimentan habitualmente a base de platos precocinados”. El turismo, al igual que el trabajo y el ocio es llamado a capítulo para tomarle medidas y descabalgarlo de sus excesos.


Gozo es un diario ensayístico que suscitará adhesiones en quien lo lea. Aquí se ponen en solfa algunos conceptos de ahora que conviene revisar, muy ligados a nuestra condición humana, al disfrute del tiempo libre, que repara también en esa perversidad oculta del trabajo por cuenta ajena y sus efectos perniciosos, así como la experiencia particular de verse sumido en el sentir y visión de su narradora, bajo la cartografía propia del lugar, empatizando con ese aire de vida isleña que trastea, sin lamentos, solo por tanteo y proximidad, en temas seleccionados que importan de verdad, con la esperanza de que algún día las cosas puedan ser mejores. Un libro inteligente, de vuelo literario, son poético y asuntos cruciales que dicen mucho sobre el arte de vivir y de mirar las cosas con nuevos ojos.