jueves, 19 de octubre de 2017

Cuentos crujientes

¿A quién no le gusta el pan crujiente y las patatas fritas, o el crujiente de almendras con azúcar quemada? Es innegable que asociamos algunos sonidos con alimentos, hasta el punto de que oírlos nos evoca el placer de sentirlos en la boca. Los sonidos crujientes en particular nos atraen sobremanera y tienen asociaciones con alimentos que anhelamos comer.

Pero, ¿qué sucede cuando nos alejamos de las papilas gustativas y nos centramos solo en el significado de crujiente como sonido externo, ajeno al sentido culinario? Inquietud, misterio, desasosiego podrían acudir sin más a nuestra mente para hablarnos de ello. Somos propensos a inquietarnos con determinados sonidos diferentes, ruidos que provienen de un chasquido o un crujido inesperados: una rama que se rompe en el silencio de la tarde, el traqueteo de una ventana mal cerrada una noche de viento, o el sonido despechado del bajante del cuarto de baño de tu vecino de arriba, o la lectura de unos cuentos que nos hablan de las novias cuando nos dejan, de la mejor mamá del mundo o de la muerte de Michael Jackson, historias capaces de dar la nota haciendo de las suyas, crujiéndonos las tripas, los oídos o el alma.

Uno no deja de preguntarse qué es lo que más interesa realmente de un cuento. Podría ser su trama, desde luego, pero quizá también aquello que debemos intuir porque se nos ha dejado de contar, el protagonismo de los personajes, el tono adecuado en que transcurre la acción; pero si hay algo que adquiere siempre un papel primordial no es más que la atmósfera crujiente, siseante o muda que se extiende por el relato. En Andar sin ruido (Páginas de Espuma, 2017), el aire que se respira en sus páginas transita por zonas domésticas en las que los seres que las habitan andan atareados en recomponerse de sus tropiezos que, con frecuencia, llegan a ser catástrofes sin hacer apenas ruido, pero muy atentos a que no se prolonguen más de la cuenta muchos de esos silencios que podrían llegar a ser más estridentes y molestos.

Carlos Frontera (Jerez, Cádiz, 1973) ha reunido diecisiete relatos en este su primer libro, que exploran el comportamiento de seres desolados y apremiados en salir del atolladero en que se encuentran, cada uno a su manera, aunque el ruido externo e interno les aceche y les condicione a todos casi por igual. Escribir es siempre un camino para averiguar algo e, incluso, descubrirlo, un modo de conocer los resortes y azares que activan o paralizan la conducta humana. Frontera rastrea en esa indagación urdiendo, con desparpajo, el potencial de las palabras, a fin de ajustarlas al relato, acorde al ritmo y a la atmósfera requeridos por sus personajes, apoyándose mucho en el sonido de estas a través del recurso de la onomatopeya, siempre presente en cada historia.

Estos cuentos, escritos todos en primera persona, se adentran en la vida cotidiana de personajes comunes que hablan de soledades y de traspiés, hombres, mujeres y niños que se irritan y se rebelan, que tratan de explicar sus azarosas existencias, en gran parte incomprendidas por sus semejantes. Frontera escribe sobre lo cotidiano de sus vidas, pero con la mirada y el oído dispuestos a ver y escuchar algo más allá de sí mismos, porque lo que parece a primera vista es que ninguno de ellos sabe quién es en verdad, ni por qué le ha tocado el desencanto que le ha sobrevenido. Son seres incompletos, conscientes de su fragilidad y de que algo esencial está en juego, que piden ayuda para llegar a ser algo más acorde con lo que un día atisbaron que pudieran ser sus vidas.

En muchos de los cuentos hay desconcierto, en otros se dan hechos repugnantes, pero en casi todos un velo humorístico se ocupa de cubrir los sentimientos heridos de las vidas de quienes los habitan. Algunos relatos rozan lo macabro, la ignominia y, sobre todo, destaca la tristeza soterrada que se palpa en muchas de sus historias provocada por estrepitosos fracasos. Son historias particulares que pudieran ocurrir en cualquier lugar, porque sus personajes son gente corriente, irrelevante, seres alelados que piden compasión más que venganza, como la mayoría de nosotros, dispuestos, como decía Beckett, a fracasar mejor, o con más gracia, en versión Carlos Frontera.

Andar sin ruido es un bautismo literario meritorio, escrito en una prosa efectiva y cuidada que no rehúye de la gracia e ingenio de jugar con las palabras y exprimirlas, un libro inteligente y seductor, en donde el lector encontrará rincones identificables en otras vidas ajenas, que a la postre se parecen mucho a la nuestra, pero que, mayormente, no nos gustaría protagonizar.


domingo, 15 de octubre de 2017

Un literato periodista

La literatura política española de los años treinta y posteriores lustros, leída hoy, resulta en general indigerible. Es rarísimo que nadie lea con gusto ni las lucubraciones de Ledesma Ramos ni las exaltaciones fascistas de Giménez Caballero o los discursos de Sánchez Mazas, viene a decir Andrés Trapiello en el prólogo de su ensayo Las armas y las letras (1994).

Al igual que ocurrió en Madrid en las primeras semanas de guerra, los escritores que en Barcelona estuvieron a favor del levantamiento o se sumaron a él o trataron de salir de la ciudad, o se quedaron camuflados como decía Orwell “en espera de tiempos mejores”, tampoco estuvieron a la altura para que en la actualidad se les pueda leer con un mínimo de complacencia. Entre los primeros, los que trataron de amparar y extender la rebelión, los más notables fueron los falangistas Luys Santa Marina y Félix Ros. Entre los que salieron, hay que hablar de Pla e Ignacio Agustí.

El escritor y articulista Ignacio Agustí (Llissá de Vall, Barcelona, 1913 – Barcelona, 1974) inició su carrera periodística antes de la Guerra Civil colaborando en cuatro de las publicaciones catalanas más significativas de la época: La Veu de Catalunya, L'Instant, La veu del vespere y Mirador. A partir de 1937 dejó de escribir en catalán para hacerlo en castellano. Tras la guerra, se dedicó a continuar por la senda del periodismo pero, también se volcó en la literatura, su vocación más secreta y apasionada, donde destacó con su saga La ceniza fue árbol, llevada, posteriormente, en 1976 a una serie televisiva, a la que pertenecen sus novelas más importantes: Mariona Rebull (1944), El viudo Rius (1945) y Desiderio (1957). También sobresalieron Diecinueve de julio (1965), y Guerra civil (1972), estas dos obras dedicadas por completo a la guerra civil española.

La editorial Fórcola recupera la figura de Agustí, escritor que ocupó un lugar destacado en la prensa de su época, con una nueva edición de una antología de sus artículos a cargo de Irene Donate, investigadora y profesora universitaria, licenciada en Filosofía Hispánica, bajo el título Ningún día sin línea, un volumen publicado con anterioridad, en 2013, conmemorando el centenario del nacimiento del escritor y periodista catalán. Donate destaca en el prólogo del mismo y en el capítulo dedicado a la biografía del autor de la saga de la familia Rius, la clara preferencia que Agustí mostró por los géneros periodísticos más cercanos a la literatura, el artículo y la columna, especialmente, en los que se aplicó y mostró una entusiasta voluntad de estilo. Como afirma la propia investigadora, “fue un escritor que siempre se acercó al periodismo con la actitud de un literato”, y así fue considerado también por sus coetáneos.

A lo largo de su dilatada trayectoria periodística, Agustí escribió más de un millar de artículos en los que su experiencia cotidiana conformaría el hilo conductor de sus columnas. La observación y la curiosidad sobre cualquier acontecer de la ciudad, un paseo por las calles o el comentario sobre una noticia leída, darían pie y sustancia a ese modelo periodístico de entonces al que González Ruano había contribuido con maestría: la presencia del yo del articulista, la divagación personal y el costumbrismo sobre noticias de la actualidad.

El lector curioso que se acerque a los artículos y crónicas literarias reunidos en Ningún día sin línea obtendrá como recompensa una visión histórica y sentimental de una época marcada por el lastre de una guerra y la imposición de un régimen autoritario que ocupó todas las capas de la sociedad, sobre todo la prensa escrita, un soporte por el que transitó la vida intelectual de algunos escritores que aceptaron la imperiosa realidad para seguir su senda literaria e impulsar proyectos periodísticos, revistas y galardones literarios. Agustí fue un colaboracionista del régimen, más que franquista, pero dada su condición burguesa y conservadora, se consideraba monárquico y tradicional. Se empeñó en cuerpo y alma tanto a su profesión periodística como a una labor cultural incesante. Fue cofundador del Premio Nadal de novela en 1944. Propagó la moderación como ideal de vida, defendiendo siempre el orden y la paz de su casa, de su ciudad y de su patria. El fondo de la mayoría de sus artículos desvela este sentir, donde se resalta la sencillez y la discreción como modelo social y personal, un ideal claramente burgués.

Irene Donate ha reunido un buen puñado de artículos intimistas y otros de carácter cultural, humanista y político de un digno representante del catalanismo español de aquellos años en los que el periodismo y la literatura conjugaron su influencia en el terreno de lo políticamente posible. Más allá de esta limitación, lo que legitima el valor de esta edición, enmarcada en una época gris de nuestra literatura, precisamente es que en ella es donde se gestó las bases de una forma de hacer periodismo todavía vigente.

Lo interesante de Ningún día sin línea viene dado por esta salvedad y por los diferentes textos seleccionados adscritos a un periodo opaco política y culturalmente de nuestra historia, en el que no faltó gente emprendedora en la literatura, en la cultura y en el fenómeno del columnismo, como es el caso de Agustí, uno de los más genuinos periodistas que formó parte de la llamada “literatura en periódicos”, como así la denominó en su momento González Ruano y que después de 1975, con la transición democrática en marcha, no se interrumpiría.


jueves, 5 de octubre de 2017

La vida en un mural

Cuando leo, mi aislamiento del mundo fenomenológico se produce demasiado deprisa para notarlo siquiera, escribe Peter Mendelsund en su libro Qué vemos cuando leemos (2014). El mundo que el lector tiene delante y el mundo que lleva dentro, lejos de estar equidistantes, se superponen solapándose, subraya el artista neoyorquino. Cada persona tiene una forma de ver la vida, un mapa de la misma, que es diferente al de los demás. Esto hace que nadie tenga, en realidad, la verdad de las cosas, sino que cada uno de nosotros tiene una verdad. Cada persona capta las cosas desde su mapa y, por tanto, no tiene por qué verlo como nosotros.

Pues bien, un libro, y este que traemos a este cuaderno de bitácoras más si cabe, de Sofía González Gómez (Pedro Muñoz, Ciudad Real, 1993), investigadora predoctoral en el Consejo Superior de Investigaciones Científicas, graduada en la Universidad de Alcalá en Estudios Hispánicos y con un Master en Investigación Literaria y Teatral, confirma que, ciertamente, ese mundo que se le presenta al lector delante de sus ojos, más que interferir con el que uno lleva dentro, propone un conducto, un puente, un pasaje entre ambos.

Una playa de septiembre (La Isla de Siltolá, 2017) es un puñado de relatos, un mural, que cuenta historias y experiencias, pero de alguna manera explica cómo leer esas historias desde la experiencia del narrador. La autora muestra escenas y detalles de la vida real con un pulso narrativo directo, casi proponiendo cómo imaginar y en qué medida los pasajes introspectivos que se desatan en el texto. Una de las tareas que llama más la atención de estos relatos, que tienen mucho de crónicas autobiográficas, es su condensación. Sus piezas narrativas surgen de sucesos cotidianos, y desde aquí el relato se proyecta para hablarnos de sentimientos espontáneos, perplejidades y anhelos que muchos de ellos han brotado como resortes desde la propia literatura y el cine.

Dice Virginia Woolf que para escribir uno tiene que combinar la soledad con la inmersión directa en el mundo, la percepción y la recreación de lo que se ha percibido. Sofía González parece tener bien en cuenta esta apreciación tan interesante, como por ejemplo en Todos los novios de mi vida, uno de los relatos más significativos, en el que la narradora, en apenas tres páginas, resume con eficacia esa combinación referida por la escritora británica. En Vértigo, en cambio, la sugestión del cine incide en la experiencia real, hasta el punto de que una exposición dedicada a Hitchcock puede alterar el curso de una tarde que solo parecía estar concebida para la curiosidad y el encanto. En Una playa de septiembre, relato que da título al libro, el cine y la literatura se funden de nuevo a través de una relación laboral universitaria que se gesta por correo electrónico entre dos compañeros, una joven e inquieta profesora de Lengua y Literatura y un catedrático de Arte Contemporáneo que, finalmente, se desvanece.

En estos textos hay muchos guiños literarios y cinematográficos que quedan plasmados con inteligencia y delicadeza, configurando un relato continuo de una mujer de letras que aspira, dada su juventud, a seguir indagando en las artes y, especialmente, en la escritura. González Gómez, con este debut, inicia una etapa que pone cuerda y sentido a ese reloj literario que parece forjarse en los latidos de su universo personal. Ha sabido desde el comienzo quién sería su interlocutor, y eso le ha facilitado el camino, le ha permitido encontrar el tono narrativo de sus relatos, y como muchos escritores afirman: una vez encontrado el tono, el camino se allana.

Una playa de septiembre es un libro sentido, escrito con sencillez y eficacia, con diálogos vívidos que dan cobijo a vivencias y que reflejan mucho el alma de quien lo ha escrito, una escritora en ciernes a la que habrá que seguir la pista, y que hoy nos entrega este librito encantador donde la realidad y la ficción se mezclan para gozo del lector. ¡Que lo disfrute!

jueves, 21 de septiembre de 2017

Lo que guarda el silencio

Al final de la novela, o mejor dicho, de la no-novela de La mirada de los peces (2017), de Sergio del Molino, dice el autor, en el apartado de gratitudes, que entre ese puñado de personas que le influyeron en la manera de mirar las cosas que se relatan en las páginas de su libro se encuentra Edurne Portela (Santurce, 1974), pues en su obra El eco de los disparos (Galaxia Gutenberg, 2016) le enseñó que “el relato generacional nunca está en los blancos ni en los negros, sino en esa maraña inmensa de grises donde todos somos culpables e inocentes a la vez”. Esta declaración tan soberbia y contundente de Del Molino me pareció suficientemente seductora para subrayarla y no olvidarme que iría de inmediato al rescate del libro de la escritora vizcaína para su posterior lectura.

Precisamente hoy hablamos en este diario de lecturas de El eco de los disparos, un libro híbrido que lleva como subtítulo Cultura y memoria de la violencia, una nomenclatura que aglutina a su vez relato, pasajes autobiográficos, crónica, memorias y ensayo, un texto reflexivo y comprometido que aborda el lenguaje de la violencia y del silencio de parte de nuestra historia más reciente en la que las acciones terroristas de ETA y sus consecuencias causaron tantas víctimas y dolor en el País Vasco y, también, más allá de sus fronteras.

Nadie opina acerca del silencio, porque el silencio es una ausencia, dice uno de los personajes de La historia del silencio (1994), una novela de Pedro Zarraluki que indaga sobre toda esa nebulosa que envuelve el significado del silencio. “¿Por qué se dice romper el silencio y no liberar el silencio, o acallarlo, que sería más poético y nos remitiría a ese zumbido en los oídos, que tan incómodo nos resulta?”, se pregunta el propio narrador. Quizá el silencio sea solo eso, un ruido continuo e interior al que nos hemos habituado. Pero hay silencios que no podemos perdonar o consentir, ni tampoco debemos olvidar. Solo tienen interés si nos afectan de alguna manera, sean reales o imaginarios. El silencio, ciertamente, puede ser personal o colectivo, está en el dormitorio de nuestras casas y en las aceras de las calles, agazapado, y posee una espantosa capacidad para devorarlo todo.

Edurne Portela, especializada en estudios de la violencia en distintos marcos históricos, dirige, en esta ocasión, su mirada crítica al lugar donde nació y creció: Euskadi, y abre un cauce analítico e indagatorio sobre lo cotidiano de la violencia, metabolizada en el seno de la sociedad vasca durante décadas en las que la amenaza, la extorsión y el miedo se adueñaron de la atmósfera de la calles, como si la condición de víctima y verdugo la tuvieran otros, ajenos al resto. Lo que debe hacer la literatura, desde cualquier género, según despliega la propia autora, y en palabras de Milan Kundera, es “mostrar la complejidad de la realidad”. Hacia esa dirección apunta su trabajo, consciente de que el silencio, en el ámbito social vasco, ha sido en gran medida el caldo de cultivo del odio, el resentimiento y la indiferencia, esa misma que, como se subraya en el libro, “nos aísla y nos protege del sufrimiento ajeno”.

En El eco de los disparos el lector encontrará mucho de ese sentimiento ajeno y a la vez propio, evocado por los mismos fantasmas del miedo y de la violencia que impregnaron el ambiente de la sociedad en la que la autora creció. Aquí se analizan documentos literarios y cinematográficos que ayudan a entender y reflexionar sobre el conflicto vasco tratando de sacudir la comodidad de la indiferencia y el silencio de muchos. Muchos de los relatos, películas y exposiciones fotográficas desmenuzadas por Portela puede que incomoden, pero nos acercan a la complejidad de esa realidad por la que muchos optaron impunemente y otros tantos se inhibieron.

Este es un libro que no trata de hegemonizar ningún relato acerca de la lucha ni de la resistencia sobre el terrorismo, de verdugos ni de víctimas, sino que procura acercarse a ambas orillas desde una óptica ética y civil en busca de comprender sus entresijos, más allá del discurso político y mediático acostumbrado.

El eco de los disparos es en sí mismo un relato generacional de mucho alcance moral, un ensayo, aunque desigual en su estructura, brillante y bien documentado que incide en la verdad perniciosa del silencio y sus contradicciones, así como en el terrorismo y la contaminación del lenguaje que lo ampara. Es un libro que nace de la necesidad de entender sus consecuencias y mostrarnos el lado menos amable de la indiferencia pasiva general, un libro armado de razones que duelen y sonrojan.


Dicen que los buenos libros te llevan a otros. Si Patria (2016) de Aramburu ya nos dio razones de asumir sin prejuicios el drama colectivo del terrorismo con un relato denso, conmovedor e impecable, El eco de los disparos añade otras perspectivas para examinar con detalles el mismo asunto en el que culpables e inocentes tuvieron su protagonismo activo o pasivo, según su rol adoptado, a la hora de compartir un mismo espacio de convivencia minado por tanto resentimiento, hostilidad y dolor.

miércoles, 13 de septiembre de 2017

Hijos del exilio

Siguiendo la estela de Monasterio (2014) y Signor Hoffman (2015), sus dos anteriores novelas, Eduardo Halfon (Ciudad de Guatemala, 1971) publica Duelo (Libros del Asteroide, 2017), otra indagación, como ha venido haciendo en estas y otras obras predecesoras suyas, sobre sus raíces identitarias, un viaje permanente a sus orígenes y a su estirpe judía. No cabe duda de que el autor asume esta dimensión narrativa como proyecto literario en pos de seguir explorando en la memoria y en la genealogía de sus antepasados, hasta el punto de que dicha obsesión personal le propiciará inopinados encuentros con hombres y mujeres variopintos por diferentes países y lugares relacionados con el origen y con el éxodo de sus abuelos. Esa búsqueda perpetua por encontrar respuestas a su pasado, conducirá al narrador a estrechar vínculos sorprendentes con la historia reciente, y a nosotros, como lectores, a relacionarnos con personajes curiosos que recobrarán protagonismo, añadiendo lustre y significado a la existencia escrutadora implícita en la narración que nos acerca a su linaje.

En esta ocasión, Halfon se enfrenta a la autoridad paterna incumpliendo su orden de no escribir acerca de un tío suyo desaparecido hace décadas. Esta insistencia indagadora le llevará a rastrear los entresijos secretos de su familia a través de contactos de parientes por diferentes escenarios y hogares. También en las pérdidas se fundamenta la vida, viene a decirnos, aunque en silencio, el narrador de Duelo, su alter ego, un joven judío nacido en tierras caribeñas, crecido y educado en Norteamérica, que rastrea la muerte de aquel niño llamado Salomón, a orillas del lago Amatitlán, tratando de esclarecer, ante tanta nebulosa sin despejar y ante tantos puntos suspensivos sin acotar, cómo sucedió en verdad aquel infortunio.

Duelo continúa, además, con ese ciclo autobiográfico emprendido en sus inicios con Saturno (2003) y El boxeador polaco (2008) en el que el narrador recurre a personajes de su álbum familiar, deshilando sus historias errantes para explorar en esa condición de permanente desarraigo histórico a la que pertenece, judíos emigrados llegados a Guatemala antes de trasladarse a Estados Unidos, y poner marco a ese sentimiento de búsqueda de sus raíces. La novela arranca con un recuerdo infantil acerca de un secreto familiar que el narrador le oyó contar a sus padres. La muerte del hermano mayor de su padre, el tío Salomón, es el eje de esta autoficción, un engranaje literario habitual en el imaginario de Halfon, para conducirnos al territorio deslocalizado, sin asentamiento, de su gente. En esa peregrinación transversal al pasado, el narrador, después de recorrer la ruta de los suyos, desde tierras libanesas y polacas, pasando por el internado de uno de sus abuelos en el campo de concentración más fatídico de la historia, Auschwitz, regresará de nuevo al enigma de aquel accidente fatal para tratar de hilar sus cabos sueltos.

Tener una voz propia es un ejercicio que lleva toda una vida. De alguna manera, escribir es un ajuste de cuentas con la realidad y sus confluencias. Para Halfon la vida es un relato del que penden distintos argumentos cuyos desenlaces vienen del pasado y a esa memoria acude con inusitado empeño, para dialogar y buscar respuestas al presente.

Duelo es un libro hermoso y sentimental, ligero y profundo, escrito con una prosa destilada, sin adornos, pero muy emotiva, que bucea en los mitos familiares. Desde su sencillez narrativa, Halfon conmueve y seduce, llevando al lector al territorio de sus ancestros y de su linaje, tocando el alma de las cosas, alentado por la conciencia de saber que todo bagaje personal se fragua en lo que hemos sido y lo que nos resta por vivir y que nos empuja a seguir indagando.


Si como dicen algunos, la primera obligación de un libro es ofrecer hospitalidad al forastero que decide entrar en su posada, esta premisa no le resultará peregrina ni extravagante al lector que pruebe con la obra de Halfon. Porque si hay algo propio y singular en la escritura del escritor guatemalteco es, precisamente, esa calidez narrativa y esa prestancia para agarrar al lector hasta una prometedora estancia por el imaginario de su literatura. Duelo es buen ejemplo del aprovechamiento de esas facultades naturales que posee su autor. El pacto se establece no tanto con una realidad exterior fabulada, sino con una voz sutil, persuasiva y, a la vez, indagatoria, a través del universo definido que esa voz transporta y relata emotivamente para nuestro gozo.

martes, 5 de septiembre de 2017

Cuentos radicales

Javier Salvago (Paradas, Sevilla, 1950) ocupa, desde hace tiempo y por méritos propios, un lugar destacado entre el grupo selecto de la poesía española actual. Con más de una decena de libros de poemas publicados desde aquellas Canciones del amor amargo (1977), pasando por Volverlo a intentar (1989), con el que obtuvo el Premio Nacional de la Crítica, hasta su poemario último, Una mala vida la tiene cualquiera (2014), el escritor andaluz representa, además, a uno de los más significativos integrantes de la poesía de la experiencia, nacida entre la década de los ochenta y noventa, que tantas alegrías y savia nueva trajeron al panorama lírico de nuestro país en las postrimerías del siglo pasado. Pero a esta vocación y a su inclinación poética intensa también se unen dos amplias facetas: de un lado su producción narrativa expuesta en dos volúmenes de memorias, y de otro su extensa tarea en el campo de la radio y la televisión como guionista, a la que hay que añadir su labor de articulista durante mucho tiempo en varios periódicos, como lo hizo en su día en Diario 16 y más recientemente en Diario de Sevilla.

Salvago no pone freno a su actividad retándose a sí mismo. Ahora toca otro palo cambiando de traje literario. No sueñes conmigo (La Isla de Siltolá, 2017) viene a ser un cambio de registro en su producción artística, ya que se trata de una colección de cuentos y microrrelatos de carácter vengativo, fantasmagórico y paranormal donde lo inexplicable tiene un punto de inflexión con la realidad cotidiana de los seres que la habitan. En esta nueva singladura hacia este territorio narrativo tan poco conocido en su trayectoria literaria hasta ahora, como es el cuento, un género que por su brevedad y exigencia nunca descartó, según cuentan algunos de los que le conocen bien en su pueblo, Salvago no parece flirtear como un mero diletante, sino que se exhibe con destreza y oficio, apoyado en un humor negro nada desdeñable y provocativo con el que construye un conjunto de historias concisas y bien armadas en un volumen estructurado en dos partes, la primera con diecisiete cuentos y la última con veinticinco microrrelatos.

Inmerso en ese imaginario de los relatos extraordinarios que conforman No sueñes conmigo, uno quiere entrever las obsesiones del autor que, hábilmente, cuida no mostrarse intrusivo en sus historias con consideraciones morales, esto lo deja mejor para el final del volumen en las que da rienda suelta a sus miniaturas narrativas para que deriven, sin menoscabo, incluso, hacia el género aforístico. En cualquier caso, la peripecia narrativa de estos cuentos se encuentra entre las propias esquirlas del texto y la elipsis que buscan su propia justicia y razón en sus argumentos.

Salvago no es cruel, pero tiene claro quién es el malvado en un cuento, y no muestra ningún interés en comprenderlo, aunque en ocasiones esté del lado del protagonista. Desde el primero de dichos cuentos, surgido de un tormento premonitorio, No sueñes conmigo, que pone título al libro, pasando por Lo que ha de ser, siguiendo con Terrores nocturnos, hasta finalizar con Dioses y demonios, la maldad, la venganza y sus consecuencias fatales se esparcen por cada una de sus piezas, como una característica que define por completo al personaje que encarna la historia y al que el autor no trata de justificar ni moral ni psicológicamente. Para que exista el bien ha de existir el mal, eso queda probado. Para que haya un vencedor tiene que haber un vencido. Y el autor también tiene claro que, para provocar inquietud en el lector, ha de poner a sus personajes en situaciones extremas.

En No sueñes conmigo hay seres impávidos, canallas, arrogantes, despreciables, gente corriente con oscuros sentimientos o trastocados por vicios y perversiones, así como espectros, con sus luces y con sus sombras, para darle a cada relato un aire de misterio necesario hasta conseguir un resultado final meritorio. Cuentos que parecen fantásticos, pero surgen del tamiz de la propia realidad. Cada una de sus piezas desvela sus secretos, sus ruidos extraños, sus sombras no exentas de terror y hechizo, un mundo atormentado bajo la mirada de seres humanos que no paran de interpretar los sueños y la realidad como resultado de la zozobra en la que están inmersas sus vidas. Y, por poco empeño e imaginación de que dispongan, ven signos por todas partes: premoniciones, fantasmas de gente querida, ajustes de cuentas, miedo a la locura, celos, francotiradores apuntando a sus víctimas, caídas al vacío, muertes...

Con un estilo directo, elocuente, preciso, vivo, seco y salpicado de humor, No sueñes conmigo es, en su conjunto, un buen puñado de cuentos radicales en la que el lector encontrará a gente que palidece, incluso haciéndose el muerto por un tiempo, gente con intención de devorar al más pintado que se le acerque. No son criaturas informes, ni extravagantes, surgen de la propia reminiscencia del tiempo, pero, en cuanto se acercan a nosotros con su plan de acción, el narrador, con maestría, deshace el olor a azufre que traen consigo, disolviéndolo en la nada, y por un instante, nos sentimos confiados y a salvo.

Parafraseando a Ambrose Bierce, si estos relatos pasmosos de Javier Salvago fueran ciertos es para volverse loco; si solo imaginarios, es para estarlo.



miércoles, 30 de agosto de 2017

La vida como propósito

La literatura española de este siglo tiene en Sergio del Molino (Madrid, 1979) a uno de sus talentos más prósperos, sólidos y brillantes. En poco menos de cinco años, su creación literaria ha dado títulos trascendentes, de mucho calado y eco, tanto en la crítica como en un amplio sector del público lector. Libros como La hora violeta (2013), un testimonio conmovedor y hermoso, escrito con una prosa tersa y punzante, donde se narra una historia de amor y de luto, o como el que vino inmediatamente después, Lo que a nadie le importa (2014), otro testimonio de ámbito familiar, bellamente contado, un relato entre la memoria y la autoficción que desvela toda una metáfora sobre el silencio de los supervivientes de una generación marcada por la Guerra Civil, han hablado por sí mismos del oficio literario tan asentado y maduro que profesa este joven autor.

En esta línea narrativa de no ficción tan propia suya, Del Molino da turno a su nuevo libro, La mirada de los peces (Random House, 2017), una historia que justifica a la literatura como retrospección, como medio de ponderar la vida pasada desde la experiencia personal y colectiva. Aquí en esta novela no está sólo la voz de Antonio Aramayona, un activista beligerante, un profesor carismático y reivindicativo que representó la vanguardia en pos del derecho a una muerte digna y de la defensa a ultranza del laicismo y de la educación pública, ni tampoco la voz del narrador que rescata su vida y mensaje, sino que también se expone la voz de un colectivo que exhibe los asideros de su realidad, gente joven que habita un espacio intentando dar sentido a sus vidas precarias e inciertas.

Del Molino pone historia y geografía a su novela bajo la moral implícita de Aramayona, profesor suyo de instituto en Zaragoza, para trazar un tiempo generacional e interpelarlo a través de la figura y de los ideales de este hombre cabal y comprometido socialmente. Y como toda historia, La mirada de los peces trata también de detalles, luchas de una u otra clase que terminarán, como le ocurre a tantas otras historias, en victorias y derrotas simultáneas. Todo se dirige a un final, a una determinación que exige un resultado. A todo final de una novela, y esta no es menos, se le confiere una suerte de libertad que la vida acostumbra a negarnos obstinadamente.

Para el escritor aragonés sus novelas surgen del pozo de la experiencia vivida, y desde ese imaginario personal construye su inventiva. La tarea del escritor, como diría Susan Sontag, es hacernos ver el mundo tal cual, desde su óptica, lleno de muchas reivindicaciones diferentes, papeles y vivencias. En este sentido, Del Molino es un excelente promotor de estas prerrogativas literarias. Aunque, por supuesto, la tarea más importante del escritor sea escribir bien, no se queda sólo ahí, sino que precisa la complicidad del lector, hasta el punto de que este es el que determina si lo que lleva entre manos merece la pena o conviene abandonarlo. Un buen narrador como él sabe que no se escribe para uno mismo, sino para otros y, por tanto, cuida de acaparar la atención del lector para que reflexione sobre ideas y problemas morales: sobre lo justo y lo injusto, lo mejor y lo peor, la vida y la muerte, lo lamentable y lo que inspira alegría e ilusión. Detrás de La mirada de los peces hay un narrador serio que tiene muy en cuenta los problemas morales de un modo práctico. Relata una historia, narra unos episodios para evocar una común hermandad con la que poder identificarnos, aunque las vidas expuestas puedan ser distantes y ajenas a las nuestras.

La literatura casi nunca consiste en hacer literatura”, subraya con cautela el narrador (autor) en el primer párrafo del segundo capítulo, para después, en el siguiente capítulo, advertirnos que: “la vida se vuelve insoportable si no se pone en forma de novela”. La nobleza de las reflexiones dispuestas en estas citas, y en el conjunto de la narración, encaja perfectamente con la nobleza del estilo directo que la impulsa. Estamos ante una pieza narrativa que da una idea novedosa de una vida interior plagada de ambiciones, interrogantes y libertades, frente al canon establecido de la sociedad estática y conformista española de aquellos años finales del siglo pasado y principios del siguiente. Declara el autor: “no me interesa la dimensión política del personaje, pero sí me intriga la forma en que la disfrutaba”, (pág. 117). En cambio, la muerte sí le interesa y mucho, “porque las muertes nos son propias y todas las muertes de los que queremos son también la nuestra”, (pág.197).

Sin duda, Sergio del Molino nos entrega la novela más desnuda, más política y más comprometida socialmente de su producción. La piedra de toque para esta afirmación también se halla en el lenguaje utilizado. No hay rastro en el texto de ningún escrúpulo lingüístico, de tal manera que la autoficción discurre con maestría probada por ese relativismo de verdad y admiración por quienes enseñaron a mirar el mundo de otra manera, y por el sentido de análisis basado en la experiencia vivida. La vida son dilemas y hay que resolverlos de alguna manera, se dice en sus entrañas, y no puedes inhibirte, ya que estos son insoslayables.

La mirada de los peces es un testimonio resuelto con eficacia, un relato generacional contundente, a la vez que tierno, que no escapa de la controvertida interpretación de la realidad, de sus hipérboles y espasmos, y de la porosidad de los recuerdos que convergen en un diálogo de la memoria con los latidos del presente.

miércoles, 23 de agosto de 2017

Secretos y evidencias

Vargas Llosa sostiene en su ensayo La verdad de las mentiras (1990) que la ficción es un sucedáneo transitorio de la vida. La vida de la ficción es un simulacro que necesita un narrador para contarnos ese tiempo inventado. En efecto, como dice el nobel peruano, las novelas mienten, pero esa es sólo una parte de la historia. La otra, la más importante, es que, aun mintiendo, expresan una curiosa verdad que pone en vilo el interés del lector.

En la no ficción se sobreentiende que lo que se propone está bajo el epicentro de la verdad, aunque las herramientas literarias de las que el autor se valga sintonicen con los mismos recursos utilizados en la ficción: personajes, pasajes narrativos y hasta diálogos, y todo ello orientado, mayormente, a crear expectativas, indicios que despierten la curiosidad del lector. El lector es, por definición, ese curioso entrometido que tiende a fisgonear, a poco que el escritor le ofrezca un cebo razonable o apetecible, sin considerar si lo que tiene entre sus manos es una novela o un ensayo personal. El problema viene cuando el escritor no sea consciente de que esté creando expectativas. Es, por tanto, difícil de imaginar un estadio en el que el escritor de no ficción no esté en un devenir hacia la condición de escritor y en el que la escritura no sea una herramienta de exploración de esa condición.

Cuando leemos un texto literario inteligente y seductor como este de Mostrar y decir (Alba, 2017) del poeta, crítico y ensayista Phillip Lopate (Nueva York, 1943) mucho de lo insinuado en los párrafos anteriores se vuelve, incluso, más profano, en el sentido de hacer entender la literatura más cercana al lector no erudito. La no ficción comparte también con la vida su esencia ambigua y polifacética. Las ideas expuestas en este luminoso libro parte precisamente de esa ambivalencia literaria que se corresponde entre la ficción y la no ficción: “Cuando escribo ficción, lo que intento es llegar a la verdad; cuando escribo no ficción, mi objetivo es tanto la verdad literaria como la verdad literal”, (pág. 105).

David Shields en Hambre de realidad (2010), otro libro audaz y bastante polémico, habla del futuro de la escritura de ficción y de su relación con la no ficción, enarbolando lo siguiente: “Los escritores de no ficción imaginan, mientras que los de ficción inventan”. Lo cierto es que, como subraya Lopate, la ficción no obliga ni insta al lector a creer. En todo caso, le ofrece la oportunidad de asistir a una experiencia sin tener que creer en ella. Shields se posiciona en la misma dirección que su paisano cuando afirma que la ficción nos ofrece la posibilidad de preguntarnos: “¿Y si esto pasara?” En cambio, apunta que la no ficción nos ofrece una afirmación como la que sigue, más compleja: “Puede que esto haya pasado”.

El arte de escribir no ficción es el subtítulo y el tema principal que aborda Lopate en su ensayo, una clara determinación expuesta en el prólogo del libro de lo que se propone como profesor de escritura creativa y literatura, un propósito entre cuyos destinatarios no solo incluye a los alumnos que acuden con entusiasmo a sus talleres de escritura, sino que, especialmente, se dirige a los colegas que se dedican a esta tarea de enseñar a escribir: “No solo deberíamos enseñar a los chicos a defender una tesis o a usar palabras cultas, sino también a desarrollar un pensamiento crítico, a pensar contra sí mismos”.

Mostrar y decir es un compendio de reflexiones e interrogantes sobre el ensayo literario y también sobre el ensayo personal y autobiográfico. En uno de sus capítulos más brillantes, que lleva por título: El ensayo: ¿Exploración o argumentación?, Lopate comparte lo que supone para él la necesidad de libertad que tiene el ensayo para explorar asuntos sobre los que el propio autor aún no está del todo convencido. Lo importante, dice, es seguir los pensamientos de uno, aunque lleven a la contradicción. Pero, insiste, que el escritor de no ficción, el ensayista personal, trata siempre de aproximarse a la verdad, y no solo a la verosimilitud literaria, sino a la verdad propiamente dicha.

En suma, este es un texto jugoso y preclaro, solícito y muy bien documentado, con una adenda final de lecturas sugeridas encomiable, un libro preocupado en desmontar ese tópico cliché de los talleres de escritura sustentado en que mostrar es la esencia de la escritura y decir, su fatalidad. Lopate conjuga en Mostrar y decir a estos dos verbos que dan título a su obra como importantes y complementarios para la escritura creativa, hasta el punto de que, en la no ficción, ambos forman un binomio eficaz y sostenido para su buen fin.

Pero un ensayo, como el mundo, es una forma viva. Y en su forma reside su realidad. Este libro se ocupa admirablemente de desvelarnos algunos de los secretos más significativos del arte de escribir no ficción y de su imaginario.

viernes, 18 de agosto de 2017

Riego por aspersión

La literatura, en todo su ámbito, discute los mismos problemas que discute la sociedad, pero de otra manera, a veces lo hace por inundación, otras por aguacero o por goteo, pero también, por aspersión, y esa manera de hacerlo es, ciertamente, la clave de todo. La literatura tiene mucho que enseñarnos sobre la vida y sus consecuencias.

El libro que traemos hoy a esta bitácora de lecturas destila mucha sintonía con esa idea de riego literario. Daniel Monedero (Valladolid, 1977) traza en diez relatos un fresco narrativo gozoso y perspicaz por donde transitan vidas anodinas que, a modo de riego por aspersión, deciden salir de ese anonimato en el que viven, como se puede entrever en la intermitencia de este subrayado obtenido de sus páginas: En la vida existe algún orden secreto, alguna narración coherente en la sombra, para no perder la cabeza... La gente teme lo que ignora... Qué difícil creer que un mismo libro pueda servir para tantos hombres y mujeres diferentes, cada uno con su páncreas y su dolor intransferible de vértebras... Las palabras son capaces de agrandar la propia geografía... Vivir es reunir valor... Por mucho que se viva no hay quien descifre la vida... La vida es una sucesión de lavadoras de ropa sucia... Todas las historias prometen cosas que nunca cumplen.

Todas estas conjeturas y reflexiones extraídas de Manual de jardinería (para gente sin jardín) (Editorial Relee, 2016) podrían avistar, a vuelapluma, de qué va esta ópera prima. ¿Para qué sirve un manual? A este respecto, el Diccionario de Uso del Español de María Moliner dice que un manual es un tratado breve de alguna materia, un prontuario, un vademécum, o también, un libro en que se compendia lo más sustancial de una materia, según el Diccionario de la RAE. Esto sería el concepto y el significado que justificarían la esencia de cualquier manual, menos de este. El guion narrativo de Monedero no propone ningún procedimiento didáctico, ni de vida ni de literatura para explicar lo que el lector presupone deducir del título, pero sintoniza con la poética de Sábato que no se cansaba de decir que la literatura no es un pasatiempo ni una evasión, sino una forma, tal vez la más completa y profunda, de examinar la condición humana.

Todas las historias que se cuentan aquí se tejen con la trama de los seres que la habitan, enredados en sus quehaceres, y que tratan de tirar de su propio hilo para desmadejar el ovillo de sus vidas inconsistentes. Cada una de ellas pertenece a ese mundo que aglutina a tantas vidas paralelas e insólitas. Todas son vidas dispares igualmente, laboratorios donde sus moradores experimentan fracasos y pasiones en ciernes. Precisamente en el primer relato, el más breve de todos, que lleva por título Universos paralelos, el narrador, valiéndose del modo subjuntivo, vuelca con viveza, y en un sólo párrafo de cuatro páginas sin puntos seguidos, un monólogo interior desatado que evoca el desamparo de un amor ausente.

Manual de jardinería presenta un microcosmos de vidas inciertas que buscan resarcirse de un destino que no le es propicio, gente que prueba salirse de las ataduras de su existencia anodina. Llamadme Mississippi, Manual de jardinería y Sylvia & Ted quizá sean sus mejores relatos, tres homenajes literarios que van desde Mark Twain, pasando por Wislawa Szymborska, hasta Sylvia Plath. En el primero de ellos hay un monólogo escénico donde el amigo de Tom Sawyer se explaya sobre el vacío de su alma anhelante de felicidad, resumiéndola en que ésta solo consiste en “unas sílabas que burbujean en la lengua”. En el siguiente relato que pone título al volumen, su protagonista es un joven negro de cien kilos de peso que vive en el barrio de Queens de Nueva York y que ha sido inoculado por la poesía de Szymborska, siente ese prodigio, hasta el punto de creerse reencarnado en la propia artista polaca. Ray creía que el conocimiento se poseía viajando, pero tras llegar a Cracovia revela que los mapas del saber se amplían de un modo inimaginable con el conocimiento del idioma: Las palabras están habilitadas para ensanchar la propia geografía, viene a decirse. Y la última de estas tres piezas, la más trascendente, a mi juicio, Sylvia & Ted, es un cuento con aire cinematográfico en el que no falta nieve en la calle, fuego en el hogar y mucha literatura. “La vida es así –dice la protagonista del cuento–, uno se pasa el tiempo haciendo cosas horribles por temor a vivir otras cosas horribles”.

Daniel Monedero, con este destacado debut literario, gracias a la prosa poética exhibida, escrito, además, con mucha audacia, humor y frescura consigue atrapar a ese lector entusiasta e incondicional de la literatura breve. En ese sentido, lo que hay en este jardín es humus literario abundante en cada una de las historias subterráneas que esconden sus cuentos, ricos nutrientes narrativos que conviene probar y no perderse.

La buena literatura puede con todo. No hay manual ni maneras que se le resistan cuando la toma en serio quien la ejerce, con oficio y esmero, contando historias que pinchen, que atrapen y que arriesguen, propiciando la feliz tarea de seducir de lleno al lector más exigente. Esa es la tarjeta de presentación de Daniel Monedero, un escritor que, como afirma Matías Candeira en su sentido prólogo del libro, no es nuevo y sabe lo que se lleva entre manos.



martes, 8 de agosto de 2017

Punto de alcance

Escribimos lo que deciden las palabras, decía Carlos Pujol. Las palabras son, en verdad, las que determinan la validez de lo escrito, su trascendencia. En literatura las buenas ideas, los buenos poemas se reconocen enseguida: tienen ese hálito trazado, ese cauce de palabras que sorprenden y despiertan nuestro letargo. El poeta se juega la vida en cada palabra. Además, el poeta está para mirar y ver lo que no se ve. Para lo que se ve, como afirmaba el autor de Cuadernos de Escritura, ya está el resto de la gente. El lector, al fin y al cabo, es el punto de alcance de todo libro, su propósito y su sentido.

Hablar sobre lo leído es interpretar el juego de palabras propuesto por el escritor. Pero cuando se trata de hablar de poesía es, además, descifrar un enigma, un misterio. Es aventurarse a seguir la cartografía trazada por su autor en sus poemas, andar por sus rutas sin intención de tomar atajos, solo con ánimo de explorar sus entresijos. Leer es ensanchar el mundo, dice el poeta; escribir es escarbar en él. Al poeta Alfonso Brezmes (Madrid, 1966) le gusta ese verbo transitivo y todas sus acepciones para definir, o mejor dicho, para hacer su poesía: escarbar en el mundo, removerlo, ahondarlo, cavarlo hasta horadar repetidamente su superficie y extraer sus partículas.

Ultramor (Renacimiento, 2017) es el tercer poemario suyo publicado tras la senda emprendida con La noche tatuada (2013) y Don de lenguas (2015). Para un poeta tardío como él, secreto y ágrafo en su juventud, el bagaje de su alma poética se ha tenido que ir forjando a través de lecturas y referencias clásicas. Seguir la tradición, a fin de cuentas, consiste en recibir la herencia del ayer y entregarla con la otra mano al presente y al mañana, pero no sin antes haberle añadido algo propio: un matiz, un tono, una particularidad, un suspiro... En se sentido, Brezmes pertenece a ese prototipo de poeta que ha sabido esperar el paso de los años para emerger, desde su larga experiencia vital, y dar luz a ese mundo simbólico lleno de significados, escalofríos, temblores y perplejidades que le han acompañado durante décadas. Si en la primera entrega el poeta andaba sumido en contornos góticos y sentimentales, en el segundo poemario hay un propósito creativo de ensalzar el lenguaje. Ultramor es una puerta más amplia y más ambiciosa que sus dos obras anteriores, que pende del propio título e invita al lector a una travesía desde lo irracional a la reflexión, desde el asombro a la paradoja, desde el misterio al razonamiento: No sé bien por dónde empezar./ Verás, la realidad no existe,/ pero existe su posibilidad y eso/ es lo que mantiene al mundo en vilo (pág. 15). En realidad el que escribe nunca va solo, siempre lleva consigo al “otro”, que como decía Proust es el que sabe escribir de veras: Qué insensatez la tuya de leerme,/ pudiendo ser penumbra o muchedumbre/ haber caído aquí, y aquí soñar (pág. 17), se dice en los primeros versos de uno de sus poemas en el que homenajea con sutileza al novelista francés.

El poemario, tras una cita de Kafka, que pone el punto de inflexión hacia donde se encamina el poeta, inicia su andadura con una declaración al dictado de su propósito: No es mucho lo que pido:/ oblígame a decir lo que no sé,/ enséñame a escribir mi nuevo nombre/ (pág. 9). Tras esta apertura, el libro está divido en dos partes: en la primera, bajo el epígrafe de Ojos que no ven, el autor despliega treinta y cuatro poemas para mostrar sus latidos y preguntarse por qué está de nuevo aquí, como hacen los nadadores que se adentran en el infinito mar: por el puro placer de deslizarse,/ inmunes al abrazo de la lluvia (pág. 18). Pero también dice el poeta que está aquí para contar que: lo perdido me llama/ y algo de mí llama a lo perdido (pág. 21). Como lo está igualmente para acudir con cautela a la memoria: Me dan miedo los espejos, esos seres/ que, después de hechos añicos,/ siguen siendo uno en cada trozo (pág. 32); o desvelarnos el secreto de Las cosas impares: Lo impar se nos revela a cada instante/ y sólo es en su esencia indivisible/ que el ser se manifiesta sin su doble (pág. 51).

La segunda parte reúne treinta y dos poemas en torno al mantra Corazón que presiente, por donde transita mucho el tiempo, el sueño y la noche: Somos/ lo que cobra vida/ tras apagar los libros (pág. 65), dice en uno de ellos. En los versos siguientes: La droga de la noche vuelve/ con su dosis exacta para hundirse/ en la tinta sedienta de palabras (pág. 69), el poeta continúa desvelado en pos de sus exploraciones.

Quien se disponga a adentrarse en la lectura de Ultramor le resultará una experiencia poética provechosa: poemas con predominio del endecasílabo, bajo una mirada metafísica y escrutadora que no impide que la claridad de sus versos trascienda a pesar de su simbolismo. Hacer poesía es un ejercicio de tiro que exige tino y temple. No importa tanto lo que se dice como lo que se significa, pero se necesita puntería, y Brezmes es fiable y certero en sus lances. Para ello, solo basta que la tarea del poeta, como dice Claudio Rodriguez, esté del lado de lo que él entiende por poesía, más que preocuparse de explicárnosla y de adornarla.



martes, 1 de agosto de 2017

El juego de la escritura

La verdad, aunque solo sea la verdad literaria, es una suerte de compromiso, dice Danilo Kiš, pero con la condición de que sobre el juramento siempre planee una sombra de duda. La función del escritor, según Sartre, consiste en obrar de modo que nadie pueda ignorar el mundo y que nadie pueda ante el mundo decirse inocente. El escritor debe convencernos de que sabe más que el resto de nuestros congéneres y de que, a pesar de ello, duda más que todos. Uno se convierte en escritor tan solo cuando comprende la segunda parte de la definición sartreana: que escribir significa decir las cosas de cierta manera, que escribir representa una búsqueda en pos de la propia identidad, porque ya somos conscientes de que la literatura es una revelación, aunque mediante ella no se consiga nada.

Tal reflexión viene a cuento porque La vaga ambición (Páginas de Espuma, 2017), de Antonio Ortuño (Zapopan, Jalisco, México, 1976), ganadora del Premio Ribera del Duero de este año, propone mucho de esa suerte de compromiso verdadero que supone escribir, así como los mimbres que conforman el juego de la literatura dentro y fuera de su laboratorio. El hilo conductor que sostiene la inventiva de sus seis relatos lo pone el personaje Arturo Murray, un escritor ya instalado en su madurez y que indaga en la propia naturaleza de su oficio. A partir de los proyectos de su carrera literaria y existencial, el narrador conecta sus piezas en las que su pasado, con sus luces y sombras, va desplegándose por diferentes etapas, apegado a su condición de vivir en pareja y con dos hijas, una tarea de resistencia en la que no solo se sobrepone al desgaste de la convivencia y a sus penurias económicas, sino que, además, se atrinchera en su condición de escritor para no cesar en el empeño de escribir y fabular, tal como le decía su madre: escribir es una batalla, escribir es pelear, escribir es “la vaga ambición de guerrear contra mil enemigos y salir vivo”.

El lector precisará concebir el libro en su lectura total para percatarse de la intencionalidad de Ortuño que no es otra que romper con lo establecido. Cada relato va dirimiendo las batallas artísticas y vitales del personaje, triunfos y derrotas desde la infancia a la actualidad, la existencia de un padre desastroso, un matrimonio en la cuerda floja, una vida laboral en la misma tesitura, pequeñas éxitos literarios, vanidades artísticas, recelos, tropiezos, burlas...

La vida azarosa en la literatura y su derivación en la vida propia son dos existencias interconectadas y concomitantes en la cadena narrativa de estos relatos. La vaga ambición es como los coches de hoy en día, un híbrido literario que alterna el combustible con la batería, en función de la marcha del vehículo, su historia, y en relación con la propia ignición que formula el relato, su gasolina, pero también necesitado deliberadamente de la corriente eléctrica repartida en el conjunto del libro: el juego de la escritura. Además de los asuntos, las situaciones y los percances que se presentan en estos cuentos, la idea matriz que desarrolla Ortuño es preguntarse cómo se conforma un escritor. Para ello, el autor mexicano recurre a la fabulación para exponer esa experiencia literaria que, desde su origen, parece sesgada por la relación con el poder establecido que todo lo contamina y, por otro lado, desde la vocación y el destino propiamente del oficio, no exento de desencanto e insidia.

La creación del personaje de estos relatos permite a Ortuño desplegar su experiencia, su poética narrativa y el sentido literario del oficio desde el lado del que escribe, un ser que convive en una realidad resbaladiza y pintoresca alrededor de una literatura extendida que fija estereotipos y servidumbres. El libro, en definitiva, rastrea en la zona tragicómica que rodea al mundillo cultural de las letras y la vanidad existente alrededor suyo. Murray se ocupa, en su terquedad, de encontrar sentido a su vida en el propio seno de la escritura y lo hace desde sus primeros pasos como autor, con apenas doce años, cuando ganó un concurso de cuentos según leemos en el primero de los relatos: Un trago de aceite, una historia de abusos y, así mismo, descarnada, hasta llegar al último de la colección: La batalla de Hastings, quizá el mejor de todos, un cuento primoroso, intenso, contundente y brillante sobre el fondo y el sentido de la escritura.

En el libro, confiesa su autor en una entrevista reciente, hay referencia a su experiencia personal pero siempre –subraya– al servicio de la ficción. “Escribir es caer en una telaraña y no salir más –dice el narrador en las postrimerías del libro–, pero a veces uno cae y se queda paralizado, sin nada que agregar”.

Si todo lo que dice Ortuño o Murray no estuviera dicho de cierta manera, entonces sería una mera confesión de Murray o del propio Ortuño. De este modo en el que se cuenta aquí es prosa de gran alcance: una prosa de la vida, una prosa del mundo, y además, de franca poética.