viernes, 28 de abril de 2017

Dentro y fuera de San Cayetano

El fundamento de todo escritor no es otro que contar una historia. Lo hace el poeta, el historiador, el biógrafo. Expresado con otras palabras, se puede decir que, incluso, para el ensayista, el motivo es penetrar en la parte más profunda de la conciencia. Y no creo, como diría Julio Ramón Ribeyro, que para escribir una historia sea necesario irse a buscar aventuras. La vida, nuestra vida, es sencillamente el foco más propicio para contar algo de lo que se fragua dentro y fuera del mundo en que vivimos.

La nueva entrega de relatos de Maite Núñez (Barcelona, 1966) tiene precisamente ese anhelo y esa determinación. La mayoría de la gente distraída no acierta a ver lo que sucede a su alrededor, pero para un escritor esta observancia conforma el laboratorio primigenio para extraer cualquier historia latente que aguarda su luz. Mantener los ojos abiertos es el modo imprescindible para que el milagro suceda y alumbre. Y en ese imaginario se encuentra San Cayetano, el escenario donde ocurre el drama de cada uno de los cuentos escritos por la autora catalana. En esta ocasión, a diferencia de Cosas que decidir mientras se hace la cena (2015), el lugar donde sucede lo que se cuenta es tan protagonista como los personajes que lo habitan. La razón fundamental es que si en el primer libro los relatos surgen todos dentro del ámbito doméstico, en Todo lo que ya no íbamos a necesitar (Editorial Base, 2017) el conflicto de cada relato tiene lugar en el exterior, fuera del hogar, aunque inevitablemente se aloje y crezca luego en su interior.

No son doce historias ante el patíbulo, no. Los relatos de Núñez deben su vitalidad enteramente a la expresión dramática de cada narración, donde el verdadero drama es el drama del alma de sus protagonistas, unos inadaptados al fin y al cabo ante la ausencia, la pérdida y la contrariedad sobrevenida. Doce historias que nos sumergen en un universo cotidiano en el que cabe todo tipo de personas, mayormente gente corriente, pero todas vulnerables ante lo imprevisto y lo malogrado. La autora incorpora con sutileza e intencionalidad el uso de los objetos en muchas de sus historias que determinarán en gran medida el devenir de las vidas de sus personajes: desde una cuna vacía en el tiempo o una lavadora averiada, hasta los acuciantes papeles contables de una empresa. Pero lo que verdaderamente se percibe entre los seres que habitan estos cuentos de Todo lo que ya no íbamos a necesitar ya es que hay madres, algunas ausentes, que desatienden a sus hijos, otras con la que es imposible contar para nada, y no pocas angustiadas por su trabajo. En otro relato encontramos a una mujer aturdida bajo la disyuntiva de ser madre o no. En No tengas miedo, el relato más breve y tierno de la colección, otra madre deplora haber mentido a su hija pequeña sobre la muerte de su gatito. En Es por tu bien un hijo se debate ante el dilema de llevar a su madre, una mujer trastornada y mayor, a un geriátrico o seguir cuidándola en casa frente a la oposición de su esposa.

Habría que comprender que hay cosas en la vida de los seres que transitan por estas historias que ponen en entredicho la validez de dichas vidas: desesperanzas, miedos, incertidumbres, dolor, conciencia y miedo. Sin embargo, están decididos a cambiar el rumbo de sus desdichas o, al menos, lo intentan. El lector percibe que lo que se entreteje en el sentido de cada una de sus vidas no consiste solo en asumir sus percances, sino en la actitud de sacrificarlas o relegarlas a un segundo plano.

Maite Núñez retrata una serie de mujeres jóvenes y no tan jóvenes de nuestro tiempo, seres solitarios y perdidos, aunque vivan en pareja. Mujeres al borde del abismo que tratan de aprender a sobreponerse de sus decepciones y pérdidas, casi siempre con la sensación de encontrarse en el lugar equivocado, de no ser las verdaderas artífices de su destino, como si la vida les hubiera escamoteado muchos de sus anhelos e ilusiones.

Se trata de doce relatos demoledores en los que la autora va alternando la voz narrativa en primera persona y la insinuante voz en tercera persona, dos miradas estilísticas que hablan mucho y bien de una autora de corta trayectoria, pero de sobrado oficio, que sabe manejarse con maestría en ese terreno del cuento, en el que la contención, la intensidad y la originalidad son tan determinantes.


La gran pregunta que subyace en Todo lo que ya no íbamos a necesitar, acudiendo a las preclaras palabras de la escritora Grace Paley, es “cómo tenemos que vivir nuestras vidas”. Desde esa convicción, desde la sinceridad aplastante con que concibe su forma de escribir y su particular visión del mundo, Maite Núñez se va haciendo un hueco en este bosque tan exigente y variado que conforma la narrativa breve. A los que nos gusta el género lo celebramos vivamente.

martes, 25 de abril de 2017

Taller Murakami

Conocí en la oficina del banco a un joven cliente español casado con una japonesa que solía venir una vez al año a visitar a su familia y que tenía una cuenta de ahorros abierta mucho antes de trasladarse a Kobe, la próspera ciudad nipona donde vivía con su esposa desde que se casaron hace unos años. Al tiempo de pasar unos días con sus allegados, solía acudir a hacer alguna que otra operación bancaria por ventanilla. En cierta ocasión se acercó a mi mesa a pedirme asesoramiento sobre sus yenes ahorrados, buscando una mejor rentabilidad de la que le ofrecían los bancos japoneses por aquellas fechas. Hicimos amistad y, como sabía de mi interés por los haikus y la cultura japonesa, me recomendó el libro de Ruth Benedict, El crisantemo y la espada (1946). Como ya conté hace casi cuatro años en una anterior reseña, a raíz de aquellos encuentros e intercambios de lecturas y de autores, descubrí a Haruki Murakami (Kioto, 1949), un escritor adorado por el joven matrimonio del que yo apenas había oído hablar. Comencé con Tokio blues (2005) y After Dark (2008), después llegaron a mis manos más libros suyos. Desde entonces y hasta ahora, la obra del japonés conforma parte del imaginario de lectura contemporánea de la que disfruto ininterrumpidamente.

Lo nuevo y último de Murakami publicado en nuestro país se aleja del género novelístico para aterrizar en el ensayo autobiográfico, en la misma senda que su anterior libro De qué hablo cuando hablo de correr (2010). En esta ocasión, el escritor quiere estar cerca del lector y mostrarle su escritorio, su taller, sus lecturas, sus influencias y, de paso, las cuestiones sociales que le preocupan de su país. Para poner título a todo esto acude igualmente al volumen de relatos cortos de su venerado escritor Raymond Carver, De qué hablamos cuando hablamos de amor (1981).

Dice el novelista nipón en los inicios del presente libro que “escribir novelas no es un trabajo adecuado para personas extremadamente inteligentes”. Según su experiencia, el que lo haga tiene que ser consciente de que escribir una novela es ciertamente afrontar un trabajo lento y sumamente fastidioso, y lo que es más duro, con un rendimiento muy escaso. De qué hablo cuando hablo de escribir (2017), editado por Tusquets bajo la impecable traducción de Fernando Cordobés y Yoko Ogihara, es un texto confesional y tiene por objeto abrirle al lector de par en par las puertas del despacho del mundo literario de su autor, una oportunidad de conocer de cerca cómo y por qué escribe, cuál es el mandato interior que le impulsa a ponerse a escribir, y sus razones para no dejar de hacerlo, un texto 

Hay una cosa imprescindible y reveladora entre las muchas confesiones que se desvelan en este libro tan personal y sincero, algo que otros escritores contemporáneos, como Stephen King o Orhan Pamuk, también lo han subrayado en sus escritos: la lectura constituye un entrenamiento que no debe faltar de ningún modo en la tarea de todo escritor. Probablemente, advierte Murakami, la lectura sea el factor más determinante a la hora de emprender la elaboración de una novela y ponerla en pie, pues para hacerlo “hay que entender, asimilar desde la base cómo se forma, cómo se articula y cómo se levanta”.

Incide también el autor de Kafka en la orilla (2006), cómo fueron sus inicios narrativos escribiendo en primera persona del singular masculino, algo que no dejó de hacer en su carrera literaria durante dos décadas, aunque en algunos relatos sí se sirvió de la tercera persona. Llegar a escribir novelas en tercera persona le llevó su tiempo pero, como bien dice, supuso un aumento exponencial de sus posibilidades narrativas.

De qué hablo cuando hablo de escribir tiene su origen hace seis años, y es un libro fragmentario a modo de textos para ser leídos en una conferencia, en palabras del propio autor. Sin embargo, el lector no va a encontrar ese revestimiento tan academicista que supone asistir como espectador a una conferencia en un aula magna. Aquí impera lo cercano, y el tono utilizado por el escritor japonés es el de una conversación privada donde no se requiere ningún tipo de protocolo ni de artificio, sólo tiene como objetivo revelar opiniones personales sobre el hecho concreto de escribir novelas. Los primeros seis capítulos se publicaron por entregas en la revista Monkey, el resto lo escribió más recientemente, incorporando otras perspectivas y rituales propios, para explicar su taller narrativo.

Podría afirmarse que Haruki Murakami es un escritor que levanta pasiones o tibiezas. El lector que se aproxime a su obra quizá obtenga más dudas que certezas al terminar sus narraciones. No siempre encontrará mensajes cortos, ni reflexiones de calado, ni  un final que dé sentido a lo disperso en sus páginas, pero sí encontrará siempre una suerte de inquietud, de comezón, una especie de sospecha de que todo lo contado nos ha tocado la piel y de que sigue resonando el tañido de su enigma, incluso cuando escribe fuera de los límites de la ficción.

Murakami encarna el prototipo de escritor solitario y reservado, capaz de romper excepcionalmente ese molde para acercarse al lector de su obra con una deliciosa propuesta autobiográfica llena de frescura, un texto inteligente y sencillo que desvela lo que se cuece en el universo creativo de uno de los autores más controvertidos y leídos del panorama literario mundial.


miércoles, 19 de abril de 2017

Fervor barojiano

Se cumplen cien años de la publicación de este memorable libro, un texto al que muchos barojianos declaramos un fervor especial, una obra a la que llegó Baroja casi por sorpresa, en un momento de su vida en el que se encontraba atrapado bajo una melancolía existencial profunda que derivó en un libro muy celebrado en su época por la crítica y el gran público, considerándola muchos de ellos como su mejor obra de no ficción, una auténtica revelación que contribuyó de manera muy notable a forjar aún más su leyenda literaria imparable.

A Pío Baroja (San Sebastián, 1872 – Madrid, 1956) le fue muy difícil salir del personaje literario que fue creando a lo largo de toda su vida como escritor, algo que fue creciendo de manera inconsciente y exponencial, no solo en sus novelas, sino, especialmente, en su extensa obra memorialística aparecida al final de su carrera. En 1917, cuando escribe Juventud, egolatría, cuenta con una edad suficientemente experimentada que le ha llevado a sentir que su vida atraviesa por unos momentos nada complacientes. No está contento con nada. Piensa en el pasado o en el porvenir. El presente se diluye ante sus ojos de manera irrelevante. Tiene cuarenta y cinco años, ya ha publicado una buena parte de sus novelas mayores, vive en Madrid y pasa los veranos en Vera de Bidasoa, el municipio navarro donde se instala para sus paseos y lecturas en solitario. Se considera un hombre mayor y en declive.

Valorar los méritos propios de la nueva edición de este libro viene dado por un empeño encomiable del centenario sello editorial Caro Raggio que quiere así rescatar un texto fundamental de la factoría barojiana para mostrarlo al lector que no haya curioseado en esta obra del novelista vasco, no solo por su estilo inigualable y descuidado sino, sobre todo, por la riqueza intelectual de las confesiones que guardan las páginas de este admirable libro. Al igual que en anteriores entregas, la reedición de Juventud, egolatría (Caro Raggio, 2017) cuenta con las palabras preliminares de su sobrino Julio Caro Baroja, que nos introduce en la esencia vital e intelectual de su tío en el momento de emprender la aventura de escribir la obra para poner en sobre aviso al lector a cerca de las vicisitudes por las que atravesaba su espíritu. Ahora, en este rescate editorial, el lector encontrará además, al final del libro, un añadido breve, como coda, a cargo del escritor Ramón Eder, quien afirma con desparpajo que “Con escritores como Pío Baroja no hay que estar de acuerdo con sus opiniones para disfrutar de su indiscutible encanto”.

Este es un libro esencial a la hora de conocer a ese Baroja que se pone en entredicho de manera tan marginal. Juventud, egolatría supuso su primera introspección e incursión activa, después vendrían más, en los moldes genéricos del dietario, la autobiografía y el ensayo, así como una oportunidad de constatar lo que Baroja siempre presumió públicamente: decir siempre la verdad. Por supuesto, Baroja no dijo siempre la verdad, o si la dijo, lo hizo a medias, pero procuró ser sincero. Lo individual, además, es algo que le es tan propio e inapelable, que no cesa de referirlo aquí, al igual que en su novela César o nada (1910). Esa egolatría o individualismo, viene a decirnos, no es más que la única realidad en la naturaleza y en la vida de cualquiera que se precie.

Para un escritor laborioso como él, capaz de reescribir la prosa hasta conseguir el efecto emocional buscado, empeñado, como norma, a escribir con sencillez, claridad e independencia, un libro fragmentario, como este, era una ocasión de dar a conocer tanto su pensamiento, sus gustos literarios, sus contradicciones, sus resquemores, así como también un motivo para explayarse con determinación y singularidad sobre asuntos particulares y sociales, con esa provocativa fuerza, tan propia suya, de no esquivar lo personal y lo público, con ese aire nietzscheano y anarquista que tanto le gustaba exhibir.

No cabe dudas de que Juventud, egolatría fue un libro escrito en estado de gracia, no exento de polémica. La vida de Baroja contada por él mismo resulta interesante desde casi todos los puntos de vista, porque, como dice Trapiello, tiene siempre por objeto a un individuo de ideas originales, poco dado al enjuague social, con una clarividencia sobre las cosas y personas excepcional, que le hace ser poco solemne y retórico. Baroja es por antonomasia antirretórico, y aunque se cuestione su estilo, uno de nuestros escritores más originales de la historia de nuestro país, tanto en la literatura como en la vida que llevó con orgullo vasco.

La literatura barojiana está llena de personajes memorables, como Andrés Hurtado, Eugenio de Aviraneta, Shanti Andía o César Moncada, pero sin duda el personaje mayor es el representado por el propio Pío Baroja dentro y fuera de su escritura, como se puede comprobar en esta obra de la que hablamos, más encarnado que nunca y para regocijo de sus lectores.

Montaigne sostenía que no puede decirse lo que no se siente, y Baroja, a lo largo de toda su vasta obra, hace buenas las palabras del pensador francés, porque no sabe escribir de otra manera. Juventud, egolatría es el libro idóneo para entender ese sentir barojiano, lo que lo hace un libro imprescindible.


sábado, 15 de abril de 2017

Los artistas y sus criaturas

Las lecturas que se hacen para saber no son, en realidad, lecturas, decía Azorín. Las buenas, las fecundas, las placenteras son las que se hacen sin pensar que vamos a instruirnos. Este libro del poeta, novelista y artista plástico Miguel Ángel Ortiz Albero (Zaragoza, 1968), tiene ese magnetismo fecundo y gozoso que insinuaba el escritor alicantino, un pequeño tratado sobre la particularidad artística de la creación y la imposibilidad de concluir la obra ideada, un ensayo sobre la concepción de la obra artística, bajo un despliegue de citas y entradas ante las que el lector ávido y atento no sucumbirá. Diría que el lector se activa ante la perplejidad de lo que revelan tantas voces reunidas, y hábilmente condensadas, en torno a un libro nacido de otros libros previos que lo hicieron posible.

En Variaciones sobre el naufragio (Fórcola, 2017) encontramos una poética acerca de la creación y de la dificultad de concluir la obra de todo artista. El escritor, el pintor, el artista, viene a decirnos Ortiz Albero a lo largo de las ciento treinta y ocho entradas que conforman el volumen, reduce la realidad cuando crea. Los lectores la reducimos igualmente cuando leemos. Hasta el mismo cerebro está concebido para esa tarea común: reducir, reemplazar, entender algo como símbolo, como metáfora, como necesidad o anhelo. La verosimilitud total no solo es una entelequia sino, sobre todo, una imposibilidad. Así que el escritor, el artista, el lector, el espectador, cada uno ha de reducir lo que hace: lo que escribe, lo que pinta, lo que lee, lo que ve. Y hacerlo no es ninguna simpleza. Es así como captamos el mundo. Es así, a pesar del sentido inacabado de las cosas, como funcionamos los seres humanos. Mediante la reducción y el extracto generamos sentido a lo que nos rodea y encontramos explicación a la obra escrita o creada.

Por este cauce incesante de reflexiones y evocaciones, aparecen escritores y artistas que sueñan y aspiran a completar y culminar su obra inacabada como Balzac, Baudelaire, Benjamin, Cézanne, Giacometti, Kafka, Mann, Quignard, Steiner, Valéry o Vila-Matas. A través de sus testimonios, de sus inquietudes y de sus observaciones, Ortiz Albero va haciendo hueco en el discurrir de su libro para llevar al lector el sentir de lo que dicen sus autores sobre la creación artística y sus ataduras, sobre sus logros inalcanzables, poniendo el acento y la pasión en sus comienzos como fuerza y justificación de toda obra artística. Ejemplos como el de la lucidez de Giacometti, un artista apto no solo para percibir cómo es el cuadro que va a pintar, sino también cómo podría llegar a ser, o la impresión literaria, como dice Vila-Matas, de surgir de lo escrito como la serpiente surge de la piel que deja, necesariamente, atrás, son dos claros exponentes de esa persistente duda alrededor de la obra creada y de su proyección.

Los libros nos permiten ciertas libertades. Podemos mantenernos mentalmente activos mientras leemos. Podemos participar plenamente y acrecentar la elaboración del mismo con nuestra propia lectura del mismo. Podemos reducir su compendio mediante el subrayado de lo que nos llama la atención. En Variaciones sobre el naufragio hay mucho para ejercitarse en todas estas tareas. “El autor se atribuirá lo dicho, escrito o pintado pero–como se dice en el libro por boca de Méndez Baiges–, no es ya más ni su propietario ni su mejor intérprete”. Nos corresponde a los lectores una vez que la lectura está en marcha interpretar la obra, su tono, su melodía, su composición.

Este es un libro imposible de concebir sin las lecturas que lo conforman. Miguel Ángel Ortiz Albero, artista experimentado en diferentes disciplinas, ha escrito un compendio hermoso y sabio de sus lecturas sobre la tarea del artista, sobre la génesis de la obra y sobre la incertidumbre de su conclusión de la que parece no resarcirse nunca. Esa incertidumbre que recae sobre toda obra acabada o abandonada, esa posibilidad de naufragar, también puede conducir al artista a la salvación inesperada, concluye. “Hundirse” es el verbo, dice en los prolegómenos del libro por boca de Bertolt Brecht. En el fondo, sostiene, hundiéndose, le espera a uno la enseñanza y la posibilidad de emerger a la superficie.

Necesitamos libros no solo para que nos entretengan o nos cuenten una buena historia. El lector necesita también reflexión, visiones, perspectivas, vida intelectual, complejidades morales y estéticas. Esta obra de Ortiz Albero posee material y rescoldo necesarios para prender nuestra curiosidad y alumbrarnos.


Variaciones sobre el naufragio es un libro ameno y fecundo en ideas, en reflexiones y en sabiduría, un pequeño tratado acerca de la poética de lo inacabado, una invitación amable y lúcida para que el lector comparta las agudezas escritas por los propios moradores que lo habitan: los artistas y sus criaturas.

martes, 11 de abril de 2017

El mal oculto

El escritor de suspense puede mejorar su suerte y la reputación de este género, escribe Patricia Highsmith, autora de referencia de la novela negra, utilizando en sus libros las cualidades que siempre han hecho que la novelas sean buenas: intuición, carácter, y apertura de nuevos horizontes para la imaginación del lector.

Canción dulce (Cabaret Voltaire, 2017), galardonada con el Premio Goncourt de 2016, reúne esas características señaladas por la maestra norteamericana del género, un thriller psicológico muy bien construido donde lo aciago lo pervertirá todo en tragedia. Su autora, la escritora y periodista Leila Slimani (Rabat, 1981) aborda en este estupendo libro de suspense los entresijos de un hogar habitado por una pareja de jóvenes casados y con dos hijos: un bebe y una niña pequeña, que buscan denodadamente una niñera para el cuidado de sus pequeños y, así, poder dedicarse sin límite al trabajo que ambos profesan. Paul es agente y productor musical y Myriam, de origen marroquí, ejerce de ayudante de un prestigioso bufete de abogados. Después de algunas entrevistas, habiendo descartado de común acuerdo cualquier prototipo de niñera de origen africano o magrebí, la pareja decide contratar los servicios de Louise, una candidata de tez blanca, de apenas cuarenta años y aspecto juvenil, cuya aparición milagrosa les encandila totalmente a los dos. El destino parece que les ha complacido y los niños lo celebran igualmente.

Desde el primer momento Mila simpatiza con la niñera y el pequeño Adam parece aceptar con regocijo la presencia de la intrusa que sus padres han traído a casa. Louise, por su parte, no solo se dedica a los cuidados precisos de los niños, sino que atiende con diligencia y primor los menesteres propios de la casa, como la comida y la limpieza del hogar. Saca tiempo para arreglar los desperfectos domésticos e, incluso, se atreve a trastocar el orden establecido de las cosas para extrañeza y júbilo del matrimonio, sin echar cuenta del horario ni del dinero pactado. Poco a poco, la narradora irá desvelando secretos íntimos de la niñera. Nadie sospecha a qué obedece esa pena oculta que guarda dentro de sí, esa insatisfacción que la inunda. Louise recela de su entorno. Enviudó hace tiempo y su hija de veinte años anda perdida y alejada de su vida. En el apartamento donde vive, el desorden es un hecho aceptado y la desolación su misma consecuencia. El lector está preparado para todo lo que puede venir porque ya conoce desde el inicio de la novela el crimen perpetrado. Slimani juega con la intriga y la administra eficazmente para que se vaya conociendo mejor la mente criminal que encierra el alma de su personaje y, consecuentemente, Louise ya no pondrá reparos en dar rienda suelta a su lado oscuro, hasta precipitar su delirio al abismo de la fatalidad que se le aproxima.

Esta es una novela que atrapa y se lee casi sin aliento, un relato implacable que sobrecoge. Contrariamente a lo que estamos acostumbrados como lectores en el desarrollo de una novela negra, aquí no hay investigación que se lleve a cabo, porque el crimen está servido desde el principio. A partir de esa terrible presentación, la autora hábilmente utiliza como vuelta al pasado el recurso del flashback para desarrollar la trama narrativa establecida.

Canción dulce, por otra parte, es un relato poderoso y ameno, bajo una traducción primorosa a cargo de Malika Embarek, escrito con una prosa seca, desnuda y precisa en el que se describe también, con sutileza, el lado equivocado del funcionamiento sociológico de cualquier matrimonio moderno y pequeño burgués cuyos miembros andan enredados y sujetos a la dependencia y subordinación de sus carreras profesionales. En medio de un escenario parisino y de aparente normalidad, tan propio de los tiempos que corren, la novela analiza las contradicciones y prejuicios de la sociedad actual a través de una historia pavorosa protagonizada por una niñera atormentada y asesina.


Leila Slimani firma un brillante relato de intriga que da oxígeno a un subgénero literario tan prolífico en la actualidad y, a su vez, tan denostado y cuestionado por la crítica y un sector importante del público entusiasta de la novela negra, debido a la reiteración argumentativa y a la dudosa calidad artística de muchas de sus propuestas, lo que viene a confirmar que, cuando la calidad literaria se impone, no hay razón alguna para desconfiar del género, algo que siempre agradece el lector exigente, tan contrario a que le den gato por liebre.

miércoles, 5 de abril de 2017

Dolor irradiado

Siempre hay algo que nos duele, y todo dolor es irradiado, apunta Trapiello en El arca de las palabras. Todo dolor y toda enfermedad tienen algo de ajeno a nosotros, sostiene Siri Hustvedt en La mujer temblorosa, e implica una sensación y pérdida de control que se evidencia en el lenguaje que utilizamos para referirnos a ellos. Marta Sanz (Madrid, 1967) afirma en su último libro que su dolor es entre otras cosas: Nudo, corbata, calambre, ausencia, hueco invertido, vacío de hacer al vacío, blanco metafísico, succión, opresión, mordisco de roedor... carga, mareo, ardor, bola de pelusa, sabor a sangre y metal, electrocución, disnea o boca árida.

Clavícula (Anagrama, 2017) es un viaje interior a ese umbral del dolor, un libro fragmentario e íntimo, henchido de autobiografía, bajo una narración obsesiva, en el cual el miedo al dolor lo inunda todo, hasta el punto de que la escritura se convierte en el auténtico paliativo del malestar descrito por la voz de la autora y narradora, fustigada por los desajustes hormonales propios de su edad y por las estrecheces económicas que atraviesa su vida familiar. Dice Unamuno en Niebla que el hombre no hace sino buscar en los sucesos, en las vicisitudes de la vida, alimento para su tristeza o para su alegría nativas. La vida es la única maestra de la vida, no hay pedagogía que valga. Sólo se aprende a vivir viviendo. A Sanz le gusta asumir riesgos y en esta ocasión prosigue con esa filosofía unamuniana desde la propia experiencia, desde su yo, la palabra tajante que decía Canetti, desde ese yo doliente del que trata de superarse o, al menos, gestionar su deriva para no hundirse.

Al igual que en su anterior libro, La lección de anatomía (RBA, 2008, nueva edición en Anagrama, 2014), la novelista se desnuda en esta ocasión, más si cabe, para que el lector la mire y la calibre. En ambas obras el cuerpo se convierte en el texto que contiene su biografía. Sin embargo, aquí en Clavícula, no se echa la vista atrás, sino que el relato se ciñe sobre el presente acuciante en la edad madura de una mujer expuesta a los estragos del dolor, la soledad y el desamparo, como bien anuncia la narradora en los prolegómenos del libro: Voy a contar lo que me ha pasado y lo que no me ha pasado. La posibilidad de que no me haya pasado nada es la que más me estremece.

El escritor, en palabras de Grace Paley, no es una especie de historiador hipócrita que va por ahí uniendo cabos sueltos e inventando para responder a las preguntas del mundo. Marta Sanz, en este libro tan personal, no pretende más que cuestionar su revés íntimo, su rechazo a lo que le pasa, tanto con su dolor corporal como con el que proviene fuera de su ser. Escribir sin ambages sobre el dolor y el malestar interior no llevará a la autora a resolver su desasosiego, pero sí que la pondrá en el camino de entenderlos, como si acudiera a aquello que decía Antonio Machado en uno de sus proverbios de que conviene saber que los vasos son para beber, pero que no debemos olvidar para qué sirve la sed.

Este es un libro que explora cómo la literatura es capaz de convertirse en bálsamo para entender mejor qué diablo nos duele. Clavícula es una novela extraña en su hechura, más cerca de un diario o de un viaje introspectivo al epicentro del dolor físico y su irradiación al ámbito social, un texto ávido de respuestas ante el insólito fracaso de dominar ese miedo al dolor y a la enfermedad, tan propios de la especie humana, que viene impulsado tras muchas consultas médicas, escenas familiares, amigos e incluso la presencia importante de un marido cómplice y presto en sus malos momentos. También el amor tiene cabida en sus páginas, el amor como barandal que protege del abismo.

Los lectores necesitamos escritores incendiarios, impertinentes e intrépidos, que nos saquen de nuestras casillas, del confort y de la rutina, que nos sometan un tiempo al desacato, a la incomodidad, a la intransigencia, y que nos muestren el lado menos amable de la vida, ese que también nos es afín a todos. En ese sentido, este es un texto propicio que encaja con esa línea literaria comprometida y exigente, un libro inteligente y veraz, de escritura ágil y eficaz, que lleva al lector al terreno indómito de la experiencia del dolor y de sus inmensos desajustes.


Es malo sufrir, pero es bueno haber sufrido, decía Agustín de Hipona, y ahí está la buena literatura para hacerse eco de ello. Clavícula sigue esa senda, y lo hace con valentía y autocrítica, un libro en el que la autora ni se ruboriza, ni se contiene frente al lector, como tampoco camufla el lado patético de su propia vida.

viernes, 31 de marzo de 2017

Atreverse a comprender

Estamos habitados, ocupados, somo seres plurales y siempre vivimos en relación con ese mundo exterior que percibimos como seres corporales y no solamente como mentes inquietas e insatisfechas. Ramón Andrés (Pamplona, 1955) en sus escritos místicos sobre el silencio, dice que el ser humano no sabe justificarse sin un destino, sin un objeto, sin una idea que le mueva, no puede existir en ese mundo sin la certeza de que está facultado para oír más allá de lo audible, ni tampoco reconocer que algo le está llamando a la espera de ser nombrado.

Pensar es reflexionar, volverse hacia el sí mismo y hacia el origen y sentido de la vida. Pensar es una experiencia que no deja las cosas como estaban. Atreverse a pensar, estar atento a lo que nos rodea, atreverse a comprender hacia dónde va el mundo que nos ha tocado vivir tiene mucho que ver con el sentir de esta nueva obra ensayística del poeta y músico navarro, de tan sugerente título: Pensar y no caer (Acantilado, 2016).

Andrés es un escritor capaz de convertir un poema, una pieza musical, un aforismo o una evocación en un tratado de reflexión. Para alguien como él, habitante de bibliotecas, que precisa escarbar en los libros para sobrevivir, predispuesto al silencio filosófico, a la indagación del conocimiento, a estar solo en esa tarea que facilita caer en la cuenta de que uno es ante todo, y muy íntimamente, la relación que guarda con lo que ignora. Desde esa mirada suya escrutadora y silenciosa, según descubrimos en su pensamiento, nos acerca a temas de permanente actualidad para advertirnos que, al distanciarnos de ellos, todo se aprecia mejor. Nada se halla totalmente en lo que aparece como inmediato. El entendimiento, viene a decirnos, procede de una contemplación y de una espera que lo transforma todo en conocimiento y en experiencia.

Estructurada en diez piezas, la obra recurre a la historia para interpretar nuestros días, acudiendo al reclamo inicial del alimento, del pan como historia social y conquista moral de un nutriente básico, remanso del hombre hambriento, hasta acabar en el último capítulo del libro que nos conduce a un lugar de reclusión, a la nada, al fin último, como puerta de reflexión para inquirir qué hacemos aquí, necesitados siempre de la finalidad de comprender el sentido de las cosas y de la propia existencia.

Entre este primer capítulo sobre el pan y el último sobre la inanición o finitud, Andrés evoca y esboza reflexiones sobre el cuerpo y la enfermedad, sobre la exclusión histórica del hombre y la desazón de su desamparo, a través de distintas fuentes de inspiración como la historia, la música, el arte, la filosofía o el cine. El hombre y su configuración animal subyacen a lo largo del desarrollo de gran parte de las reflexiones que abordan los conflictos que le obligaron a transhumar en busca de asentamiento. En el capítulo Europa hay un alegato a cómo se fraguó e idealizó el humanismo y cómo se propagaron las ideas del bienestar, la música y el pensamiento frente al pavor de la guerra y sus nefastas consecuencias.

Pensar y no caer es un libro fecundo en intenciones e ideas, un texto contenido y riguroso, sin alardes, un ensayo legible y humanizado en el que el lector se sentirá huésped de la contemplación y del asombro de lo escrito. Es difícil hallar la verdad en tiempos en los que todo puede ser verdad, advertía Stanislaw Jerzy Lec. Ramón Andrés es de esos autores eruditos que indaga en las fuentes del saber, en su esencia verdadera, en el detalle de su origen y transcendencia para apartarse precisamente del peligro de la posverdad a la que aludía el escritor polaco, tan frecuente en los días que corren.

Los libros de Andrés reafirman a los de otros maestros que le precedieron, como Montaigne, Pascal o Nietzsche, para seducir y alumbrar nuestra curiosidad vital. Pensar, según él, significa, casi siempre, apropiarse. Quien se precie del deseo de esto mismo, en su obra encontrará afinidades y sabiduría.

Ramón Andrés nos convoca a reflexionar sobre el mundo de hoy con las armas del pensamiento para resistir y no caer, para rearmarnos moralmente y hacer frente al nihilismo imperante.


Pensar y no caer es un estupendo ensayo que enseña a leer el mundo. La recompensa de su lectura es altamente gratificante, tanto estética como intelectualmente.

domingo, 26 de marzo de 2017

Estampas de Venecia

A la capital del agua, a la ciudad de los canales, le sienta bien la decrepitud, escribe Josep Pla en sus Cartas de Italia (1955). Un punto de vejez y decadencia parecen estar profundamente ligados con la prodigiosa y única personalidad de esta ciudad, subraya el escritor catalán, tan especial con su color rancio y característico. Venecia está presente en la obra de los grandes escritores: Byron, Henry James, Melville, Proust, Pound, Gautier o Mann, autores fundamentales e imprescindibles para entender la literatura moderna y el mundo en que vivimos. Venecia es un universo de deseo, así lo entendieron estos autores, cada uno desde el contraste de su perspectiva: Marcel Proust la vio como un mosaico eterno y Thomas Mann como la encrucijada del amor y la muerte. Para Gautier, infatigable viajero, Venecia es una de esas pocas ciudades dotadas de embrujo y misterio, capaz de engatusar a cualquier hombre, poeta o no, para tenerla como patria ideal de sus sueños.

La historia de la Serenissima, su arquitectura, sus pinturas, sus dirigentes, la música, sus jardines y plazas, el mar, se articulan en las creaciones de muchos de los escritores que revisitaron sus canales, palacios y plazas, de tal manera que siempre que pensamos en Venecia la encontramos dispuesta y capaz de inspirar una literatura original y propia.

El poeta y ensayista Juan Lamillar (Sevilla, 1957), atraído por la onda expansiva de sus predecesores, publica unas variaciones literarias sobre la perla del Adriático bajo el título de Notas sobre Venecia (Fórcola, 2017) en una edición cuidadosa, como nos tiene acostumbrados este sello, dentro de su colección Singladuras, un libro fragmentario y poroso que mira la Venecia actual y su trayectoria centenaria por medio de los apuntes que su autor ha ido recopilando a lo largo de su experiencia y de sus lecturas.

En el frontispicio del libro, Lamillar presenta cuatro citas de ilustres viajeros fascinados por Venecia, cuatro instantáneas que predisponen al lector a incorporarse a revisitar esta memorable ciudad a través de sus notas como viajero y lector atento. Podríamos recomponer lo dicho por Gautier, Rilke, Ruskin y Morand en que Venecia, la princesa del Adriático, ciudad de ensueño e inspiradora eterna, está concebida para mirones y curiosos. A golpe de entradas breves, el poeta sevillano se desliza con pulso de cronista de época por el trazado laberíntico de la ciudad, desmenuzando su historia, sus secretos, su melodía, sus espejos y lienzos, evocando las voces de algunas figuras de las letras y las artes que volcaron sus creaciones sobre la magia de esta ciudad-estado, tan atractiva y misteriosa. El gran Goethe, cuando visitó Venecia por primera vez en 1786, asombrado por sus canales, sus puentes y las góndolas que surcaban sus aguas, la llamó “república de castores”.

Notas sobre Venecia es un libro fecundo en detalles y ameno, que se deja leer gratamente porque contiene esa salsa picante que tanto gusta al lector curioso de redescubrir lugares, detalles históricos y perspectivas particulares, a través de la mirada e impresiones de alguien propenso al asombro, como es la voz del poeta, con las palabras justas y necesarias para atraparnos en sus hallazgos e involucrarnos con su crónica en un paseo intemporal por una ciudad única y asombrosa como Venecia. Dice Juan Lamillar que aquí se cumple, como en ningún otro lugar, la intencionalidad del famoso aforismo de Oscar Wilde que implora lo siguiente: “A mí dadme lo superfluo, que lo necesario todo el mundo puede tenerlo”. De hecho, esta decantación tan veneciana por lo aparente y refinado, subrayada en estas notas, dio lugar a inventos singulares originados allí, como la diplomacia, el impuesto sobre la renta, la estadística, la deuda del Estado, la lotería, el ghetto o los espejos de cristal.

Lamillar se prodiga, sin tener que acudir a los excesos retóricos, en rescatar datos y citas literarias para ilustrar sus notas y llevarlas a su bitácora, haciendo de su propia lectura una guía sentimental veneciana con sus realidades y espejismos, sin ocultar su miedo a la vorágine turística que origina este punto de destino universal tan anhelado para el viajero, como vaticinando lo que Dickens ya aludía en sus Estampas de Italia: “He pensado en este extraño sueño en el agua, preguntándome si seguirá aún allí y se llamará Venecia”.

Estamos ante un jugoso texto, un libro hermoso, elaborado con destreza y mimo sobre la Venecia de la pintura, la Venecia de la música, la Venecia de los libros. El lector amante de la curiosidad histórica o de los ecos literarios sobre escritores viajeros, encontrará en estas notas de Juan Lamillar un territorio propicio para el deleite intelectual gracias a la sutil erudición que lo sostiene y a la eficacia narrativa de su autor, capaz de suspender el tiempo a tu alrededor en torno al hechizo de esta ciudad que hace que todo el mundo se enamore de ella.


martes, 21 de marzo de 2017

Una pinche historia de enredos

Según José Emilio Pacheco, “pinche” es la palabra más autóctona de México. Pinche puede ser un policía, una camisa, un regalo, una comida, un primo, el mundo entero o bien lo que a uno se le antoje. Se trata, pues, de un epíteto que degrada todo lo que toca. Normaliza y vuelve aceptable una furia sin límites contra algo que nos ofende y humilla, pero que no podemos cambiar.

Lo que Juan Pablo Villalobos (México, 1973) viene a contarnos en su último libro, No voy a pedirle a nadie que me crea (Anagrama, 2016), galardonado con el Premio Herralde de Novela, contiene mucho pinche mexicano en todo su acontecer narrativo, pero en esta ocasión en un escenario circunscrito a la ciudad de Barcelona. Villalobos se deja caer con una novela paródica y divertida en la que la mayoría de los personajes que transitan por ella no saben qué es lo que se está cociendo y va a sucederles a continuación. A esta comedia de enredos llevada a los límites de una tragicomedia, el lector, que tampoco sabe hacia dónde se encamina el juego propuesto en este embrollo narrativo, se incorpora igualmente aturdido, como espectador atónito y desorientado, ante lo que parece una trama criminal extravagante y rocambolesca.

En la novela, un mexicano, que lleva por nombre el mismo que el del autor del libro, viaja a Barcelona después de haber obtenido una beca para hacer un doctorado en Literatura en la Universidad Autónoma bajo el auspicio de una compleja banda de malhechores que opera en ambas orillas del Atlántico, a la que tendrá que corresponder siguiendo las instrucciones que le irá dando un primo suyo. Que el doctorado en cuestión se ciña sobre los límites del humor en la literatura latinoamericana del siglo XX y que el mecenazgo becario lo ostente una red criminal, no es más que otra de las muchas parodias con que está labrada la novela. La retórica del humor es un asunto que no tiene límite en el universo literario de su autor, como ya pudimos comprobar en su primera novela Fiesta en la madriguera (2010), una crónica de un viaje delirante por tierras extrañas para cumplir el antojo del hijo de un narcotraficante mexicano.

El título del libro es una clara advertencia de lo que irá sucediendo vertiginosamente en esta hilarante historia por medio de sus cuatro narradores. No voy a pedirle a nadie que me crea es por tanto la muletilla que va soltando cada uno de ellos: Juan Pablo, el personaje principal, su novia Valentina, la madre de Juan Pablo y, por último, su primo. Cuatro voces narrativas a las que hay que sumar una variopinta fauna de singulares personajes raros y mafiosos, como resultan ser el licenciado, el Chucky, el chino, el pakistaní, un italiano okupa o las dos Laia: la una, hija de un alto cargo de la política catalana, la otra, agente de los mossos d'escuadra.

La novela irrumpe con la figura del primo, un tipo que, ya de pequeño, destacaba en su faceta de cabecilla, y que ahora capta al protagonista para meterlo en un lío descomunal, en un negocio oscuro de blanqueo de capital en las estancias políticas catalanas. Sin embargo, todo se precipitará en un desconcertante enredo que derivará en un desborde con mucho humor, hasta arrastrar al lector a un final impredecible.

No voy a pedirle a nadie... es una novela mexicana que se desarrolla en Barcelona o una novela barcelonesa de marcado cariz mexicano, una obra paródica con resonancias literarias de autores de ámbitos equidistantes en el espíritu humorístico de sus obras, como Jorge Ibargüengoitia o Sergio Pitol por el lado mexicano, o como el acento granuja, irónico y burlesco de Juan Marsé o Eduardo Mendoza, por el lado barcelonés; cuatro autores muy leídos y apreciados por Villalobos.

Estamos también ante un libro con mucho juego metaliterario, una novela mestiza de tonos y registros lingüísticos, como se aprecia en cada una de las voces narrativas que intervienen a lo largo de los diálogos vívidos que se originan, dando mucho ritmo y dispersión a todos los personajes que van surcando la trama.

Villalobos firma una inteligente novela híbrida en géneros: novela negra, en la que no falta el diario, la auto ficción y la tragicomedia, un artefacto literario que concuerda en gran medida con la simbiosis de cultura inmigrante que encierran sus páginas, algo propio de una ciudad tan cosmopolita y global como Barcelona, una metáfora sarcástica e hilarante sobre el crimen que traspasa fronteras y anda a su aire por el pinche asfalto de nuestras calles.


jueves, 16 de marzo de 2017

Cuentos malsanos

El miedo en el hombre es ancestral y arranca históricamente en el origen evolutivo de nuestra especie. Gran parte de los males que le suceden al hombre le ocurren por miedo. El corazón humano está lleno de angustia y pavor. El miedo es un lastre que nos aterra, que nos mengua y, con su perseverancia, nos devora. No hay más que leer la prensa o encender la televisión para acrecentar esa inquietud e inseguridad. El hombre tiene miedo a perderse, igual que tiene miedo a perder cosas. Hay como una amenaza invisible exterior que con frecuencia aflora y crece. De hecho, estamos viviendo, si es que no hemos vivido siempre en todas las culturas que se han sucedido desde que somos propiamente humanos, bajo el manto cultural del miedo.

Los cuentos reunidos en Entre malvados (Páginas de Espuma, 2016), el último libro de relatos de Miguel Ángel Muñoz (Almería, 1970), se centran en la época actual y giran temáticamente en torno a la violencia que ejercen los malvados sobre sus timoratas víctimas. El miedo es su arma de destrucción masiva. Las diez historias del libro muestran, desde distintos ámbitos de la vida, la progenie de la maldad y sus efectos. Son el miedo y la maldad los que conforman el binomio narrativo de la totalidad de sus relatos. El primero que abre la colección, Somos los malvados, y el último de ellos, Donde el Borgión se esconda representan el alfa y omega de ese tipo de violencia cotidiana que se inicia en los primeros años del niño, cuando la manipulación y el miedo se convierten en el sistema educativo implacable para reconducir su vida social. Estos dos cuentos son fundamentales para entender el tema principal que recorre el libro, y que se traduce en que, para que todo siga su curso y funcione como es debido, es necesario que nos asusten con ideas o con seres fantásticos, reales o inexistentes. El objetivo es el control de un individuo superior para conseguir el sometimiento, inducido por un miedo al daño indefinible.

El cuento es un género exigente que demanda un lector involucrado, y no un lector pasivo y distraído, algo que conoce y promueve con solvencia nuestro autor. Es más, según él, el cuento es por naturaleza una criatura que tiene apariencia engañosa y, después, puede resultar ser otra cosa. En estos relatos, el lugar desde donde el narrador se cita es tanto o más importante que lo que dice, porque esa mirada es la que postula el mundo cruel que pone a la vista del lector, sea en la violencia propia de las aulas, en una sórdida dependencia policial, en las postrimerías de la barbarie de un atentado terrorista, en la cabeza de un asesino célebre o en la trascendencia de enfrentarse al mítico monstruo ancestral dueño y señor de un extraño lugar al que cada joven ha de combatir.

Muñoz no pone límite al lenguaje para hacer visible la maldad en sus relatos, hasta el punto de conducir al lector al meollo de la experiencia turbadora que describe en sus historias y contagiarlo de esa cadencia hostil y exasperante que se precipita ante sus ojos. Su habilidad se refleja en narrar las angustias y vivencias obsesivas de sus personajes, exponiéndolos desnudos frente a sus verdaderas ataduras: el miedo, el dolor, la crueldad, el terror, la incertidumbre. El personaje ante ese despojo forjará, a su modo y manera, lo que quiere o debe o le obligan a ser la realidad trastocada por los que le amenazan. En todo ello hay como una herencia biológica de miedo y violencia que los padres entregan a su prole.

En cada relato de Entre malvados el lector percibe cómo cada historia se presenta ante él de diferentes hechuras para mostrar a sus víctimas y verdugos. El cuento Intenta decir Rosebud nos pone ante una inminente ejecución, a manos de unos terroristas, con toda su simbología: secuestro, humillación, martirio, miedo escénico... En Aguantar el frío, la labor policial en aclarar la desaparición de una niña de corta edad provoca la tensión y zozobra en el equipo de investigadores que lleva el caso, en un interrogatorio infame de maltrato y violencia, llegando a un clímax irrespirable de sometimiento y degradación para el sospechoso al que no le dan ninguna salida.

En los dos únicos microrrelatos de la colección, Modos de pasar la tarde y Pretty Girl, la atmósfera se condensa de manera perversa desde los confines delimitados del hogar donde el protagonista vive o desde un edificio abandonado y fantasmal apto para el crimen en el que vive el otro.

Las relaciones de padres e hijos también aparecen bajo ese círculo de violencia oculta y perpetua en el relato Los hijos de Manson, un cuento que contiene varias historias narradas en formato de crónicas reducidas extraídas de la historia real y familiar de sus protagonistas, como la del psicópata Charles Manson, el filósofo Rousseau o el dramaturgo y guionista Arthur Miller.

Estos cuentos, podríamos resumir, conforman en sí mismo un catálogo del mal, un tratado sobre la maldad y la violencia de lo que sucede con muchas de las personas que transitan por el mundo que nos ha tocado vivir, bajo ese manto de miedo consustancial que nos acecha permanentemente.

Entre malvados es un libro incómodo y nada complaciente, escrito con la garra y eficacia de un escritor curtido en este género narrativo tan exigente y complicado que requiere del atajo, y para desbrozarlo, como él mismo subraya en el prólogo de su anterior libro de cuentos El síndrome de Chéjov, no sirve el machete, sino la navaja.


jueves, 9 de marzo de 2017

Puntos de fuga

En el estupendo ensayo La levedad y la gracia (2016), Manuel Neila escribe lo siguiente acerca del aforismo y sus formas: “La escritura aforística es una modalidad expresiva que, debido a su situación en el campo de la cultura, una situación esencialmente fronteriza, está de continuo bajo sospecha. Su carácter sapiencial la acerca al discurso filosófico, mientras que su forma discontinua la aproxima al discurso poético”. Básicamente, entre estas dos orillas: la filosófica y la poética, podríamos decir, sin enredarnos mucho en la retórica tan amplia que hay de definir esta modalidad literaria, discurre esta forma breve, en su concepción y en su calado, para contarnos desde la brevedad de su forma la veracidad o agudeza de su contenido.

Quizás su carácter poético constituya la cualidad más destacada y extendida de esta forma expresiva tan en boga en la actualidad. Antes, el lector entusiasta de aforismos tenía que acudir a ediciones esporádicas para leerlos, hasta que llegó la editorial Edhasa con aquella maravillosa colección que inició allá en 1992 de grandes autores clásicos universales del género. Hoy, afortunadamente, son muchos los sellos españoles que apuestan sin ambages por el género, como: Tusquets, Pre-Textos, Renacimiento, La Isla de Siltolá o Cuadernos del Vigia, que han abierto un canal, algunos desde hace años, por donde fluir estas publicaciones, con premios, inclusive, para animar a nuevos autores al envite. Toda esta dinámica editorial muestra la importancia que está teniendo esta modalidad literaria y su demanda lectora creciente, cada vez más compartida en las redes sociales.

Precisamente, a ese llamado han irrumpido especialmente muchos poetas, como Sergio García Clemente (Santa Cruz de Tenerife, 1974), ganador en 2013 del I Premio Internacional José Bergamín de Aforismos, auspiciado por Cuadernos del Vigía, con su obra Dar que pensar. Ahora, la misma editorial que lo dio a conocer publica su segundo libro de aforismos bajo el sugerente título Mirar de reojo (2017), una colección de doscientas treinta brevedades que insinúan, sugieren o apenas esbozan pensamientos suyos, miradas oblicuas, para mostrar, hasta con humor, la perplejidad de seguir vivo y sus consecuencias.

Viene a decirnos el autor que la mirada de reojo la hacemos con más frecuencia de lo que creemos. La utilizamos cuando fijamos la atención en alguien que no está directamente frente a nosotros y no pensamos girar la cabeza para mirarle, tan solo nos basta mover los ojos para clavar nuestro interés o aprensión en ese alguien o en ese algo común a todos. Pero el poeta también lo hace para alumbrar lo escurridizo o para mostrar lo insólito y lo sorprendente que se nos escapa en el anodino discurrir de nuestras vidas.

García Clemente propone en su obra diferentes puntos de fuga para su mirada aforística de la vida, de las emociones, del tiempo que corre, de la multitud que atosiga, del amor propio, de los cortocircuitos cotidianos, de los días que se nos mueren, de los libros que nos esperan, de la recompensa de algún alivio imprevisto, de las noches en las que, subraya, nos solemos acostar con el pie izquierdo..., o lo que podría resumirse en la lectura del aforismo oculto que recoge propiamente el espíritu del título del libro: aquellas cosas que nos importan e inadvertidamente solemos mirar de reojo.

No hay pensar solitario o atrevido que no tenga su aforista o anotador, decía Cristóbal Serra. A ese deambular reflexivo se adscriben estos aforismos que el escritor canario reúne en su libro, un conjunto de brevedades errantes que surgen de la experiencia propia de ver el mundo y sus partículas desde los ángulos oblicuos que la propia realidad nos permite, tocando y lindando con la verdad que los define, incluso mirando las aguas cenagosas del mundo, sin perder de vista las aguas claras que también corren, aun sabiendo, como dice, que si Todos los días alguien nos arroja al olvido, también hay momentos en el que Abrazar simplifica mucho las cosas.

El aforismo es la voz del hombre a solas, su yo frente al otro. La clave de la compasión del individuo se halla, viene a decirnos el autor, en su relación con el mundo y los demás individuos. De ahí que el grueso de sus aforismos, como vemos en estos ejemplos, oscila en torno a dos ejes: la soledad y las relaciones:

El silencio también puede ser una trinchera.
Observar a los demás es una forma de espiarme a mí mismo.
A veces evitamos a ciertas personas para no encontrarnos con nosotros mismos.


Todo aforismo, como dice el poeta José Mateo, pretende ser, más que un alimento, un excitante; más que una cosmovisión, una cierta mirada, aunque sea de reojo, como propone García Clemente, oblicua, si es preciso, porque todo aforismo aspira a contemplar y a mirar la realidad desde otros ángulos, desde otros puntos de fuga. Este Mirar de reojo, desde luego, tiene su enjundia.