miércoles, 27 de diciembre de 2017

Un trayecto de largo recorrido

Hay poetas que nunca tienen que preguntarse cuándo y dónde comenzará el poema. Su intuición los orienta, van de la mente al papel y del papel al mundo exterior para volver a pasar por el filtro de la mente. De allí, surge natural el primer verso o el poema en ciernes. Saben que todo lo que pasa frente a sus ojos y por sus emociones es digno de ser apuntado. Incluso lo más irrelevante: unas palabras escuchadas en un bar, la vaga sonrisa de una mujer, una calle desierta, un banco vacío de una plaza, la niebla que está entrando en la ciudad, una farola encendida o la lluvia que cae sobre la acera, pueden dar pie a la aparición del poema.

La poesía de Karmelo C. Iribarren (San Sebastián, 1959) encaja perfectamente en ese prototipo de creación. El poeta vasco frecuenta esa manera de indagación creativa, esa forma de ver la parte oculta de lo que está delante de sus ojos. A este respecto, el profesor de literatura Pablo Macías en su reciente libro Otra manera de decirlo (Renacimiento, 2017), un estudio riguroso sobre la trayectoria y obra del escritor donostiarra, indica que a esa pulsión creadora suya hay que añadir lo que el propio poeta dice acerca de lo que su poesía persigue: “Contar mi vida, o la de alguien muy parecido a mí, de manera que el lector pueda creer que le estoy contando la suya”.

La trayectoria literaria de Iribarren lleva consigo unas referencias que se han de situar en poetas como Bukowski y Carver entre los maestros del realismo sucio y en Ángel González, Jaime Gil de Biedma, Luis Alberto de Cuenca, Luis Antonio de Villena y en los poetas de la experiencia, de entre los que sobresale Roger Wolfe. Pero, en realidad, su quehacer poético no se ajusta a ninguno de los patrones antes citados, ya que sus poemas llegan más allá de los poetas americanos nombrados y su estilo es más condensado y con un registro rítmico más acentuado que la mayoría de los poetas españoles afines.

El poeta ha seguido por esa senda realista que ya inició con Bares y noches (1993) y La condición urbana (1995). En el volumen Seguro que esta historia te suena (2015) se encontraba toda su obra completa hasta el momento de su publicación, donde se puede comprobar la estela invariable seguida por el poeta a lo largo de más de veinte años. Sus poemas siempre han tenido una historia que contar, un argumento, un relato esbozado. Y hay que decir que pocos poetas tienen tan presente en su obra su propia vida como Iribarren. Cada poema suyo es un trozo de su piel que ha ido trasplantando a la página en blanco de su biografía. Por eso es tan importante hablar de su vida cuando intentamos analizar su obra, ya que su temática le llega de la propia experiencia cotidiana.

Sabemos que tuvo una infancia muy dura, huérfano de padre pasó por un orfelinato, y que se refugiaba en la lectura para escapar de sus días tristes y anodinos. Contemplando lo que le rodeaba se evadía en la realidad más hiriente, para viajar a un mundo de aristas más amables de las que estaba viviendo en aquellos momentos. Después se dedicó a las actividades laborales más diversas: albañil, fontanero, vendedor de enciclopedias y camarero.

Sus poemas siempre tienen un paisaje, un escenario: los parques, el paseo marítimo, el río, la playa, la noche, las calles de su ciudad, las aceras, el tren y el bar, y sus temas giran en torno a la soledad, el amor, el deseo, el desamor, la infancia, la condición urbana, el paso del tiempo, todo ello desde la perspectiva de un camarero que, con visión ácida e irónica de la vida, escribe tras la barra del bar en sus ratos libres. El bar es el mirador perfecto para un observador agudo como él.

En Mientras me alejo (Visor, 2017), su última publicación, el protagonista de sus poemas sigue siendo ese paseante urbano que recorre atento e insistentemente las calles de Donosti a la espera de que una escena, una estampa o una anécdota salten ante sus ojos y le ayuden a discernir el significado de su existencia, pero ahora desde la perspectiva que da la edad tardía: más melancólica, serena y atemperada por el paso del tiempo.

Su nuevo poemario consta de cincuenta y cinco piezas, de entre las que se separa la última, Un mal ejemplo, un poema en el que se resume su tarea poética y la brújula vital que le ha traído hasta la aceptación de ser el hombre maduro que ahora es, exiliado en su interior, como afirma en uno de sus versos. Los poemas del libro denotan la evolución del escritor que ahora tiene una visión más resignada, aunque sin perder el punto de rebeldía que siempre le acompañó. En este libro habla más de la familia, de su mujer, el alcohol queda más distante, los ancianos del parque nos muestran las miserias de la edad que el poeta siente como suya, el amor y el desamor, que tantas veces vienen a ser lo mismo, no deja de estar tamizado por la ternura, y la soledad de antes se ha hecho como más colectiva.

Iribarren sigue todavía con mucha cuerda, haciendo gala de esa forma singular de concebir su poesía despojada de toda retórica y, a su vez, bien armada de nihilismo, pero más apacible, con ese toque de cierta tristeza y melancolía, la de un hombre que se ve afectado por la lenta derrota de los años que todo lo atemperan, y acepta su destino.

Dice Luis Alberto de Cuenca en el prólogo que el nuevo libro de Karmelo es “tan sabio, sencillo, efectivo y emocionante como los anteriores”, y opino, como lector y seguidor de su obra, que lo dicho por el prologuista resume perfectamente su quehacer literario, pero me atrevo a añadir que Mientras me alejo es su libro más hermoso, profundo y emotivo. Quizá, lo mejor que he leído suyo.