viernes, 5 de enero de 2018

El poder de la infancia

La infancia posee sus matices oscuros y crueles. Por ese trayecto de vida hemos pasado todos y sabemos que es un territorio ingenuo y alegre, fuera de toda moralidad, donde también se cuecen fechorías y desmanes. Precisamente, para velar y poner coto a cualquier comportamiento fuera de lo trazado están los adultos, los valedores de la educación. Al niño no le queda más remedio que adaptarse, obedeciendo la norma diseñada por sus padres y educadores. Desde pequeño se le inculca que no puede escapar de estas pautas por el bien de la familia y de la comunidad: debe ser bueno para merecer. Pero, ¿qué sucede cuando un grupo de niños se unen y rompen este esquema atávico?, ¿cómo reaccionan los adultos cuando esa infancia se rebela contra lo ya establecido?

La literatura no es ajena a este asunto. El poder de la infancia y su desvarío no ha dejado de estar presente en los libros. Por ejemplo, en El señor de las moscas (1952), la obra más emblemática de William Golding, es la locura surgida como diversión, como elemento propiamente humano y grotesco, la que se impone en un grupo de niños aislados en una isla que tratan de organizarse como adultos, un tributo o parábola, más allá del significado de la desobediencia como símbolo del pecado original que pondrá en juego ese miedo a romper con los atavismos de los padres. El gobierno de estos niños no tiene lógica, pero sí fantasías. En ellos, la lógica es algo incipiente, y todavía no distinguen entre el juego y el deber. Hacen un esfuerzo por comprender, pero son niños, y no lo mantienen mucho tiempo.

Los prejuicios que uno sostiene durante años acerca de la infancia se evaporan en el instante en que un niño real entre a formar parte de nuestra vida”, dice el narrador de República luminosa (Anagrama, 2017), una reflexión en la que viene a confirmar esa relación ancestral que la infancia mantiene con la lógica adulta y el desafío que conlleva su adaptación a la realidad.

La novela, con la que Andrés Barba (Madrid, 1975) ha ganado el reciente Premio Herralde, es una historia angustiante y reveladora sobre el impacto que un grupo de niños indomables y fieros ocasionan en una tranquila ciudad de provincias, una magnífica indagación en torno a ese mundo infantil, solapadamente transgresor, que, en esta ocasión, hace saltar por los aires la convivencia de los vecinos. Lo que sucede en San Cristóbal, una ciudad tropical encasillada entre el río y la selva, donde nada era noticia, más allá de lo común que suele acontecer a cualquier población de similares características. “La vida de las pequeñas ciudades parece tan reglada y previsible como un metrónomo”, dice el narrador, pero eso no quita para que surja algo monstruoso e impensable que el lector conoce ya de antemano: la muerte de treinta y dos niños en extrañas circunstancias.

Hasta esta población llega un 13 de abril de 1993 el narrador de esta crónica intensa, un joven recién casado con una profesora de violín de San Cristóbal y madre de una niña de nueve años, para ocuparse en el ayuntamiento de las tareas de integración de las comunidades indígenas, dentro de un programa desarrollado por él en el departamento de Servicios Sociales. Veintidós años después, decide contarnos con detalle lo que ocurrió con aquel grupo de niños extraños y marginados entre nueve y trece años que produjeron tantos disturbios y desasosiego entre los vecinos. “Uno cree a veces –dice el narrador– que para descender a la sima del alma humana tiene que subirse a un poderoso submarino y al final se sorprende vestido de buzo tratando de sumergirse en una bañera doméstica”.

El desasosiego, la incomodidad y el malestar se van extendiendo por toda la ciudad. La amenaza es sentida por los adultos, tanto fuera de sus casas, como dentro. Tienen hijos y temen que estos se unan al grupo. “La infancia es más poderosa que la ficción” y esta premisa inquieta a todos, porque así nos lo cuenta su cronista cuando traslada al lector el sentir de los niños: “Para los niños el mundo es un museo en el que los celadores adultos puede que sean amorosos la mayor parte del tiempo, pero no por eso dejan de imponer las reglas”.

República luminosa es una vuelta al mundo misterioso de la infancia en el que la ambigüedad, el miedo y el lado oscuro del alma de unos niños salvajes movilizan a todo un pueblo al mismo tiempo que asolan la conciencia de sus propios habitantes, aturdidos ante la violencia insólita sobrevenida. Queremos ver la infancia como el paraíso irrenunciable, pero solo una cosa necesita el niño: querer con independencia, sin reglas, y eso lo complica terriblemente todo.

Andrés Barba traza una historia de amor y miedo con mucha argucia narrativa, en la que se entrecruzan la amenaza y la intriga, pero con ese punto de vista propio que la convierte en una consistente fábula mítica, escrita con una prosa ágil, dotada de mucho talento y un gran poder de convicción. Sencillamente, una buena novela.