lunes, 29 de enero de 2018

Vivir, viajar, escribir


Escribir es procurar entender, es procurar reproducir lo irreproducible, diría Clarice Lispector. Escribir es, también, sentir la necesidad de contar algo relevante que anda fraguándose en el alma de todo escritor. La literatura es, en gran medida, causa de esa necesidad y espacio propicio de donde se surte el escritor para extraer recuerdos, realidad y sueños, por medio de los cuales tira del hilo de lo que se fue gestando dentro de sí mismo. Pero al escritor comprometido con su oficio lo que le interesa es que esa pulsión obedezca a una irresistible revelación, imposible de callar.

Los escritores, a su vez, disponen de diversos medios para orientar al lector sobre el sentido de su libro. El título es el más inmediato. Lo mismo pasa con las citas de otros autores que anteceden al texto. A todo esto, el lector ávido de signos y pistas celebra que algunos autores se preocupen de poner más referencias acerca de sus libros, añadiendo información en alguna página preliminar sobre lo que viene a continuación.

Marta Rebón (Barcelona, 1976), a la que debemos extraordinarias traducciones de grandes obras maestras de la literatura rusa, como Doctor Zivago, de Pasternak, Vida y destino, de Grossman o El Maestro y Margartita, de Bulgakov, entre otras, se acerca al lector por primera vez con un título sugerente al que acompañan dos citas reveladoras de Filipa Leal y Joseph Brodsky, que dan sentido al título elegido y a la forma de cómo se supone que fue concebido el texto, mientras los viajes, las lecturas y las traducciones se sucedían durante años en su quehacer diario.

En la ciudad líquida (Caballo de Troya, 2017), precioso epígrafe, cohabitan muchas voces y muchas vidas a lo largo de todos sus capítulos. Estamos ante un libro que es un viaje, una crónica, una biografía colectiva de grandes escritores rusos, pero escrito desde la experiencia de una vida entusiasta dedicada a la traducción, que pone voz y mirada propia al mundo que la rodea a través de sus vivencias literarias y desplazamientos por las ciudades líquidas que fluyen por sus páginas, desde la fría y moderna San Petersburgo, a la cálida y milenaria Tánger. El yo que sustenta al relato es sutil y modulado en su intimidad. Rebón comparte con su compañero de viajes estancias e instantáneas fotográficas que ilustran y ponen significado al libro, al tiempo y al espacio recorrido durante ese trecho importante de su vida dedicada a la lectura, a la traducción y a la escritura. En realidad, según cuenta ella misma, siempre vio “la traducción como antesala de la escritura”.

El traductor, nos dice, es un escafandrista al que le gusta enfundarse a diario el equipaje de buzo, “un hombre rana que, pertrechado de diccionarios a modo de linterna y de fusil submarino para alumbrar y cazar palabras, trabaja en las entrañas de un mar de letras, perdido en remolinos de frases o sumido en un pozo de dudas”. A Marta Rebón le gusta su oficio y la literatura que lo sustenta, y aquí se aúpa para contárnoslo en primera persona, desde los lugares donde forjaron sus vidas sus escritores predilectos y transcurrieron sus ficciones, para hablarnos de sus obras y de sus azoradas peripecias.

Por estos pasillos literarios transitan clásicos fundamentales de la literatura rusa como Tolstói, Dostoievski, Chéjov o Nabokov, pero también nos cruzamos con otros nombres grandes de las letras soviéticas como Tsvietáieva, Tsypkin, Dovlátov o Chukóvskaia, un amplio elenco, que parte de San Petersburgo y que se trasladan con ella a otros escenarios como Quito, Oporto, Moscú y Tánger, con el propósito de trazar un relato de vida y experiencia personal a través de la lectura de sus obras.

En la ciudad líquida se edifica un tránsito, una autobiografía, desde el cimiento de una vida iniciada en las trincheras del mundo de la traducción hasta desplegar el sueño de contar la experiencia de escribir un relato propio, de sentirlo reflejado en una historia alentada por esa facultad arrebatadora e imparable que posee la literatura para interpretar los asombros cotidianos de la vida, como si no bastará con lo que uno se apura en hacer cada día. La vida, se deduce del texto, consiste precisamente en el paso del tiempo, en el cambio, en la alteración de lo que rodea a su autora. Lo que hay en este libro no es solo una historia, es un microcosmos significativo de otras muchas vidas reflejadas por quien las ha escrito en estado de gracia.

Lo que hay, en definitiva, En la ciudad líquida son vivencias, lecturas y viajes que nos revelan esa condición de nómadas que solemos llevar íntimamente. Leer es siempre un trayecto, y no es casual que los libros tengan esa forma de maleta que hablaba Dovlátov. Pero también, leer no es simplemente leer. Leer es interpretar lo que se lee. A veces, otros lo hacen por ti. Marta Rebón pertenece a esa estirpe, y aquí, lo hace desatadamente, con mucho talento y buen gusto, reinterpretando su mundo y la literatura que le es afín, en este libro sorprendente de hermosa edición.