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martes, 12 de abril de 2022

Vidas Menores


En la escritura de
Isabel Bono (Málaga, 1964), autora al menos de una veintena de libros, entre ellos los poemarios Los días felices (2003), Pan comido (2011), Lo seco (2017) y Me muero (2021), los libros de aforismos Hielo seco (2015) y Caballos que cantan (2021, o las novelas Una casa en Bleturge (2017) y Diario del asco (2020), en la mayoría de ellas se deja ver el desasosiego, el dolor íntimo, el desafecto y todo un amplio territorio desconcertante en el que cabe la vida real de lo cotidiano como trastienda particular que guarda no pocos restos de sueños rotos, desacatos, resignación y dulzura amarga. Cada libro suyo se entiende y discurre con facilidad por ese lado seco y nihilista de la vida en el que la experiencia arrolla como una apisonadora y solo comprendemos una vez pasado el tiempo.

Fijando nuestra atención en su producción narrativa, digamos que Isabel Bono posee una prosa seca, limpia y afilada, como así pudimos comprobar con el debut de su primera novela, Una casa en Bleturge (2017), una historia tierna y cruel que discurre precisamente por ese lado trágico de la vida de una familia en la que cada uno de sus miembros pone su voz para que se le oiga. Intervienen todos y tratan de pasar páginas de su pasado, de los miedos y odios soterrados que padecen, en especial, los que revela la madre, una mujer abatida, pero con suficientes agallas, que trata de poner orden y concierto a su vida ajada, una mujer introspectiva y nada indiferente, de ojos bien abiertos, que pasea y lee para encontrarse consigo misma, buscar sentido a su existencia y sobreponerse.

Después con Diario del asco (2020), su segunda novela, vuelve a ese mismo ámbito con otra historia familiar trágica, un relato descarnado que presenta con precisión de detalles y sin tapujos la vida y trasiego de un hogar en el que el tema tabú del suicidio sobrevuela toda la novela. Nos cuenta esa conexión adversa de aprensión y destino de la vida de sus protagonistas, vidas en las que parece que no hay un argumento predeterminado, sino que son una suma de sucesos traídos a la página para hablarnos de quienes rivalizan en sus vínculos, como queriendo esclarecer el mundo interior de cada uno a través de la observación del narrador, como si procediera a despojarlos del dolor, de la inquina, y de las náuseas que padecen.

Y ahora, como si el latido de su novela anterior permaneciera en vilo, vuelve a retomar el hilo de la misma, pero en esta ocasión poniendo el foco narrativo en dos personajes esquivos, que en el anterior libro pasaron desapercibidos y ahora resurgen para contarnos cómo detrás de toda historia familiar hay un sesgo, un margen recóndito por el que algunos de sus componentes transitan en segundo plano, pero que son gente tan singular como los demás, quizá más, aunque muy suyas, tan apartadas como necesitadas, tan vulnerables como incomprendidas, que sobrellevan sus fragilidades a solas, sin apenas ruido.

Los secundarios (Tusquets, 2022) ponen voz a Rubén y Amalia, sus dos protagonistas que permanecieron rezagados o, más bien, en segundo plano en Diario del asco, un resarcimiento del anonimato de dos miembros de una familia desgajada por la tragedia, convertidos en narradores de su propia historia, una ocasión que les sirve para dar testimonio de sí mismos y liberarse de ese nudo familiar que tanto cuesta deshacer. La novela deviene en un monólogo interior que se intercala con diálogos muy vívidos y reveladores.


Destaca la estructura de la novela. La ordenación de la trama en siete capítulos encabezados con el nombre de Rubén o Amalia obedece a un propósito claro y determinado por la autora para esclarecer y encajar la verdad silenciada de las vidas de sus dos protagonistas, dos seres marginados con un vínculo común que vienen de lazos familiares ya deshechos. En esa disposición formal de la historia se encontrarán ambos por casualidad, después de muchos años, en el portal del edificio donde viven, cuñados en un tiempo pasado y, ahora vecinos sin saberlo, un descubrimiento que les permitirá mantener una conversación provechosa y liberadora, una oportunidad de oro para afianzarse en sus respectivas vidas independientes, así como una ocasión valiosa para conjugar sus recuerdos y secretos, muy definidos en ambos por el menoscabo de no haberse sentido ninguno de ellos protagonistas en sus vidas paralelas.

Isabel Bono firma un libro audaz, bien escrito y dispuesto en una prosa limpia de retórica, contada en presente, un tiempo verbal que es como un estrecho haz de luz para despejar la oscuridad persistente de un pasado que sigue dañando.

Los secundarios posee esa correspondencia que confirma que la literatura nunca debe dejar de ser el lugar donde se disputa la forma de escribir una buena historia, que, en su caso, además, es una historia punzante a la vez que conmovedora.


jueves, 21 de mayo de 2020

El sentido de vivir

Escribir es siempre un acto de reafirmación, una forma de expresar la diferencia frente al otro y de buscar un sentido a nuestra azarosa existencia. Dicen que la adversidad fortalece el carácter. En gran medida esto también se da en la escritura. Sobre todo, cuando la historia que se cuenta parece que toda ella se convierte en una serie de episodios que ya pertenecen al pasado, atrapada en una red de instantes como alguien que se ha perdido en un laberinto y no encuentra una salida mejor para expresarse.

La gente no se desprende de su vida a la ligera o por capricho. Decía David Hume en su brillante opúsculo sobre el suicidio publicado póstumamente: "No creo que nadie haya tirado su vida por la borda mientras valiera la pena conservarla". La vida humana, dada su brevedad, no debía ser fuente de aflicción. Nadie elige la muerte como un fin en sí misma, suelen ser otros los motivos. El suicidio, como alguien sentenció, entristece el pasado y cancela el futuro.

La obra reciente de Isabel Bono (Málaga, 1964) se enmarca en un contexto en el que está muy presente la muerte, el dolor, el vacío y el desatino por vivir o dejar de hacerlo. Su anterior libro Una casa en Bleturge (2016) narraba una historia familiar y hablaba de la muerte de un hijo, su nueva novela, Diario del asco (Tusquets, 2020) está marcada también por padres e hijos y el tema tabú del suicidio sobrevolando toda la obra. Esta es, además, una novela conformada en textos breves, a modo de entradas de diarios, en la que no faltan relaciones venenosas ni desafectos entre los personajes que actúan con un denominador común: cada uno sale siempre a desgana de su propia soledad, cada uno porta un dolor íntimo y contradictorio en su modo de hacer frente a la vida.

Mateo, el protagonista y narrador de Diario del asco, tiene cincuenta y un años cuando regresa a su casa tras la noticia del suicidio de su madre para hacer compañía a su padre. La noticia de esa muerte le ha salvado también de la suya propia, pues cuando recibió la terrible llamada andaba abatido queriendo quitarse la vida. Mateo se enfrentará otra vez a la difícil tarea de convivir con su padre, a las viejas disputas con su hermano e, incluso, comenzará una secreta y prometedora amistad con su vecina adolescente, Micaela. Ese propósito narrativo de llevar un diario viene prescrito por su psiquiatra como terapia, un ejercicio mediante el cual sobreponerse al dolor y "el asco por vivir" del que apenas se libra.

Diario del asco es una novela que presenta con precisión y sin tapujos la vida y trasiego de una familia corriente de cuatro miembros en la que uno se ha suicidado y otro está continuamente pensando en hacerlo. Con una prosa vívida y seca nos cuenta esa conexión adversa de aprensión y destino entre las inconsistentes vidas de sus protagonistas, una historia en la que parece que no hay un argumento predeterminado, sino que son una suma de sucesos traídos a la página los que rivalizan sus vínculos, como queriendo esclarecer el mundo interior de cada uno a través de la mirada del narrador y vaciarlos de dolor, de inquina, de náuseas.

Conforme vamos avanzando en su lectura se percibe un desvelamiento paulatino del terreno íntimo de los personajes que van siendo convocados. A todos ellos les corresponde un destino común trágico, como de oráculo griego. Todos van desapareciendo: la madre por una ventana, el padre, víctima de Alzheimer, el hermano se irá lejos a rehacer su vida. Pero también, Amalia, la esposa del protagonista, dura poco a su lado. Y Micaela, la chica desinhibida con la que Mateo vive una efímera relación, pone fin a su vida el mismo día en el que se convierte en mayor de edad.

En verdad, Bono viene a decirnos, a través de todas estas ausencias trágicas, que los seres que transitan por estas páginas están marcados por la tragedia, que no tienen una verdad a la que agarrarse en el tiempo, sino simplemente existen como lo hace una hoja a merced del viento. Denotan poca plenitud y mucho vacío, apenas un vislumbre crudo del drama de seguir vivo y predestinados a una fatalidad incierta, que no han sufrido por haberse equivocado, sino por no haber gozado, ni haberse atrevido a cambiar sus vidas insípidas y tristes. Se observa en todo lo que se nos va revelando que hay una terrible desproporción entre la soledad y la vida en compañía, entre la intensidad de los recuerdos, el tiempo transcurrido y la cruda realidad de un presente poco halagüeño que, finalmente, dará asomo a un ligero soplo de oxígeno más esperanzador. 
Diario del asco
despliega una escritura áspera, escueta y contenida, con tramos de intensidad poética que escarba en las costuras del alma humana. Todo transcurre en una triste concatenación de sucesos y retratos conflictivos de unos personajes que están entrelazados entre sí fuera de toda zona de confort, porque aquí lo que trasciende es la problemática existencial, esa que advierte que "La vida y el mundo no son lo mismo", por eso cada uno ha sido lo que ha podido ser, destino y fatalidad de sí mismo, y no una elección deliberada o fruto de un deseo indomable, aunque sea por momentos, de vivir otra vida y comerse el mundo. Un libro descarnado y bien escrito que dejará huella en sus lectores.




jueves, 4 de mayo de 2017

Una pena en observación

Nadie me había dicho nunca que la pena se viviese como miedo”, confiesa el narrador de la novela de C. S. Lewis que lleva este título. Con este arranque y encabezamiento del libro del escritor británico despliego mi lectura de Una casa en Bleturge (Siruela, 2017), la novela de la poeta, narradora y aforista Isabel Bono (Málaga, 1964) galardonada con el Premio de Novela Café Gijón 2016, por ese hilo conductor establecido en ambas historias, distantes en el tiempo, pero análogas respecto al vacío, a la soledad, al recuerdo, al dolor y al amor que transitan por sus páginas. Aunque en el libro de Bono el miedo esté compartido por más gente y casi en silencio, la angustia y la pena menudean clamorosamente igual que en el emotivo texto escrito por el autor anglosajón a la muerte de su esposa.

Solo en los nacimientos y en las muertes se sale uno del tiempo, escribe Rosa Montero en La ridícula idea de no volver a verte (2013), y es que cuando el dolor cae extraordinariamente sobre uno, como vienen a decirnos los sentimientos afines y contrapuestos de los personajes que habitan en la novela de Isabel Bono, lo primero que te sacude es la palabra. Pero aquí, en Una casa en Bleturge, hay, sobre todo, una voz que tira del carro desvalido de una casa malograda, que sabe que para vivir es necesario narrarse, que sabe que uno es producto de lo que se cuece en su cabeza y que intuye que toda identidad acude a la ficción basándose en los hallazgos de la memoria y en los golpes rumiados en el silencio de la noche. Un niño ha muerto por un descuido y no hay consuelo para superarlo. Esa tragedia sobrevenida ha sido un mazazo para los padres y la hermana del pequeño. El padre nunca perdonará a su hija su falta de celo en el cuidado de su hermano. La niña, a la que éste culpa constantemente, cargará aturdida con ese peso. La madre, centro de la historia, tendrá que manejar el gobierno de un hogar que hace aguas, sin descuidar otras responsabilidades, como las de cuidar de su padre enfermo en el hospital y rescatar de la incomprensión a la condena en la que se encuentra su hija bajo el dedo admonitorio de su esposo. La narración fija su anclaje en la figura de esta mujer abatida, pero con agallas, que trata de poner orden y concierto a su vida ajada, una mujer introspectiva y nada indiferente, de ojos bien abiertos, que pasea y lee para encontrarse consigo misma y buscar sentido a su azarosa existencia.

Una casa en Bleturge posee una prosa poética intensa y contenida gracias a ese peculiar ritmo narrativo, apoyado en repeticiones y asombros líricos, que se hacen ver a lo largo de su escritura fragmentaria y elíptica. Bono combina, además, la soledad de su protagonista con la inmersión directa de un alma en pena dispuesta a tejer su paño existencial, ribeteado por la insistente presencia de sus seres queridos, cada uno con sus miedos y manías, y sin atisbo de salir indemnes del dolor que los atormenta.

Lo decisivo de esta novela, lo que proporciona novedad al texto, no es lo que cuenta, al fin y al cabo las penas y desgracias para el lector suelen sernos familiares o muy cercanas a nuestras propias vidas, sino el modo de decirlo, la forma de contarlo. La novedad de una obra, como apuntaba el gran maestro de la crítica Ricardo Senabre, no reside tanto en su contenido como en lo que despreocupadamente denominamos su forma, es decir, en el modo particular de abordar y desarrollar ese contenido. Lo más importante de este libro se agolpa ciertamente en las elipsis que afloran por el texto, en el aire que circula entre los personajes, en las frases cortas que se suceden, en las esquinas de las palabras que nos hacen sospechar algo más que lo dicho.

Toda tragedia familiar supura culpa, responsabilidad e incomprensión. El dolor es una realidad misteriosa que no es solo individual, sino una consecuencia colectiva. En el dolor conviven la evidencia y el misterio de quien lo padece y de quienes lo irradian. Todos acabamos por ser seres dolientes.

La sensación que tiene uno al terminar de leer esta hermosa novela es haberse impregnado de un desatino contenido, propiciado por ese enigma del dolor transversal que surcan las páginas del libro, como si el primer indicio válido para sortear la desgracia familiar sobrevenida a sus miembros lo proporcionara la idea de que ni la desgracia ni el dolor tienen la última palabra.


Leer, dicen muchos, da más felicidad que escribir. Pero el lector, ávido de historias, necesita de esos seres con vocación y talento que no cesen de suministrar esa medicina sin contraindicaciones que es la lectura para consuelo suyo. Una casa en Bleturge no es indolora, como tampoco resulta un placebo narrativo, se basta con ser solo literatura, pero eso sí, de la buena.