martes, 19 de julio de 2016

Pesadillas góticas

Los escritores oyen el silencio, descubren lo invisible y lo extraño y, después, lo cuentan. Podríamos decir que en eso consiste el mecanismo intrínseco de la literatura. No hay nada más aparentemente. Aunque eso es tanto como afirmar que detrás de un reloj de pulsera no hay más que piezas metálicas diminutas y cierta continuidad de un tictac inalterable y quisquilloso. Todos sabemos que bajo esa apariencia monótona e insistente se alberga un orden establecido de tiempo del que los individuos nos proveemos para organizar nuestra efímera vida en relación al final que nos acecha día a día. En la misma medida, bajo la literatura bien escrita, se esconde igualmente la conflictividad existencial del hombre, así como la incertidumbre y el miedo inquietante que habilita su presencia.

Mariana Enríquez (Buenos Aires, 1973) nos sitúa en esa atmósfera inquietante con los cuentos reunidos en Las cosas que perdimos en el fuego (Anagrama, 2016), una colección de doce relatos en los que lo sobrenatural y escalofriante se incorpora casi con una naturalidad insólita en la realidad cotidiana para avivar su efecto convulso y aterrador en el propio lector. Su acierto radica en crear personajes maltrechos, de apariencia corriente, que arrastran consigo experiencias extremas por donde andan desquiciados entre lo real y lo fantástico, casi al borde de un ataque de pánico o abocados al sacrificio inminente de una muerte terrible.

Lo primordial en Enríquez son las frases y la manera de insertarlas en los párrafos, su empuje, el ritmo que adquieren dentro de los mismos. Para la escritora argentina, lo importante es el modo en el que las emociones y el estado de conciencia de sus protagonistas trascienden en el relato y son atrapados por el lenguaje.

En el primero de sus cuentos, El chico sucio, una joven vive en el barrio más peligroso de Buenos Aires, Constitución, en una casa familiar rodeada de edificios y de casas derruidas. Frente a ella una madre y su hijo pedigüeño se alojan como vecinos suyos. El chico, desastrado y sucio, de apenas cinco años, anda deambulando por diferentes zonas tratando de sacar algunos pesos para comer él y su progenitora. Aquí viven, conviviendo con la miseria y el crimen, la brujería, el maleficio y la santería que incita al sacrificio humano.

En La hostería, la amistad secreta de dos amiguitas las condenará a ser testigos de un suceso insólito y a revivir fantasmas de un pasado ignominioso.

En Los años intoxicados, se cuenta una historia que transcurre en un período de seis años. Unos amigos trapichean con ácidos y otros estimulantes. Se afanan con vinilos de Led Zeppelin y Pink Floyd para sobrevivir a los cortes de luz a los que el gobierno somete constantemente a la población para evitar un apagón mayor.

La casa de Adela es otro cuento terrorífico. La locura y el desasosiego campan a sus anchas. Lo mismo que ocurre en El patio del vecino, un relato espeluznante, en el que su protagonista, una asistente social, despedida por descuidar su trabajo, vive una especie de redención laboral escudriñando los rincones de la casa de un nuevo y misterioso vecino.

No es fácil destacar un relato por encima del resto. Cada uno guarda entre sus aristas tenebrosas una inquietante y, a la vez, sugerente historia con un final brusco y cruel. El libro se cierra con el cuento que da título a la obra y es, en cierta medida, una historia con mucha intencionalidad política y social sobre la violencia de género: las mujeres acuden beligerantes al llamado de prenderse fuego controlado para contrarrestar la escalada de crímenes machistas que sufren.

Las cosas que perdimos en el fuego es un libro de cuentos fantásticos de gran valor, que aprovecha los mecanismos del terror para trasladar al lector a ese ámbito por donde transitan las pesadillas extrañas y sorprendentes de sus protagonistas, sus vidas horribles, atrapadas por un destino maldito, anclado en sus miserias. Por sus páginas está implícita, además, la necesidad de redención de las almas que las habitan, dispuestas a socavar la maldición de sus vidas menesterosas.

Los lectores asistimos perplejos a esta fiesta literaria con la inquietud y la disposición a sentir el pavor nunca gratuito con los que nos sorprenden cada una de sus relatos. En cada uno de ellos se describen parajes sórdidos, calles pestilentes y casas aborrecibles, habitadas por espíritus vengativos o seres casi inmundos. En todos subyace un trasfondo social, más allá del terror. La pobreza, la soledad, la dictadura, la violencia machista y la angustia social son algunas de las causas de infelicidad de los jóvenes que se cruzan por las esquinas marginales del Buenos Aires descrito por la autora.

Uno, que se atreve con casi todo, como es habitual en cualquier lector omnívoro, cuando encuentra entre la ingente cantidad de novedades literarias un libro tan gótico y singular como este, no sabe si pasará del primer cuento sin más. Pero cuando el resultado final confirma la plenitud esperada, entonces el gozo del hallazgo es inolvidable.


Mariana Enríquez firma un estupendo libro de pesadillas góticas, con un ingenio natural poco común en la narrativa femenina del momento, que cautiva y provoca a su vez estupor y escalofrío abundantes en quien lo lea. Compruébenlo.

miércoles, 13 de julio de 2016

Olvidar es imposible

Es nuestra imaginación la que construye en gran medida el mundo que nos rodea, nuestra mirada le da vida y nuestra inventiva una determinada forma en función de las propias inquietudes y de los muchos interrogantes, aún sin respuestas, que nos acompañan. Pero qué ocurre cuando uno acude a la memoria para buscar la verdad del pasado en nuestro foco familiar cercano y, a la vez, secreto, ávido de preguntas sobre qué paso en realidad con el destino de algunos de nuestros seres queridos a los que extrañamos y a los que por algunas circunstancias trágicas tuvieron que desplazarse, proscritos, a otros confines, hasta darlos por desaparecidos. Todo lo que conservamos de su memoria no continúa invariable. El recuerdo es mutable y no sabemos si lo que contamos sobre ellos fue cierto o nos llegó modificado.

Todas las familias tienen algún miembro enigmático o extraño del que se conserva solo un puñado de noticias dispersas y al que se alude en diferentes circunstancias por algún misterioso suceso, por su peculiar oficio o sencillamente por su singular carácter, lo que los obligó a separarse del núcleo familiar y al que todos citan o silencian elocuentemente por algún motivo.

Pablo Aguayo de Hoyos (Ronda, 1964), informático, escritor y guionista, se enfrenta a esta terrible paradoja. Tiene entre sus manos una historia familiar que contarnos, un relato que recomponer para dar sentido a las piezas rotas de la vida de un viejo republicano, masón, sastre y exilado en México que permanece olvidada en el cajón del silencio.

Un traje nuevo para el abuelo (Uno Editorial, 2016) es un relato conmovedor que desvela el estigma del olvido y rescata de la memoria a esa clase de gente comprometida con unos ideales y a la que la sinrazón de una guerra fratricida la abocó a una penosa huída dejando atrás familia, amigos y profesión.

El autor desvela en su dedicatoria que le debe a su abuela, “testigo de tantas idas y venidas familiares”, el origen y posterior impulso de su manuscrito. A continuación, en una sobria introducción, reivindica la reparación de la memoria colectiva que se les debía a tantos hombres y mujeres que lucharon por la libertad, que fueron perseguidos y muchos aniquilados impunemente.

Aguayo cuenta en esta novela breve las indagaciones llevadas a cabo por Feliciano sobre la vida de su abuelo Fernando a través de un narrador omnisciente. Ambos personajes conforman el eje de la historia: de un lado, un joven inquieto e insatisfecho sobre lo poco que conoce del entorno familiar, dispuesto a arriesgarse y a sumergirse en el pasado, y de otro, la historia de un hombre olvidado, intrépido y artesano que sucumbió ante los acontecimientos de una guerra incivil, pero que, como buen masón, no renunció a trasladar sus ideales solidarios de fraternidad al exilio mejicano que lo acogió, como a tantos otros cientos de compatriotas, con los abrazos abiertos. Llegaron con el dolor y la desazón de haber abandonado a su familia y siguieron luchando desde la lejanía, desde su otra nueva patria, con la esperanza de volver algún día a reunirse con los suyos.

Un traje nuevo para el abuelo es una historia amena y emotiva por donde transita el testimonio de una voz que representa al colectivo de refugiados y exilados que siguen vivo en la memoria de muchos corazones, una novela sentimental con la pujanza de incidir en la necesidad de rescatar del olvido la historia personal y colectiva aún presente de muchos, tantos que, como dijo Max Aub, olvidarlos resulta imposible.


lunes, 11 de julio de 2016

Cartografía ibérica

Decía La Rochefoucauld que, probablemente, lo que damos con mayor generosidad suelen ser consejos. De ahí que ese mismo orgullo de darlos nos haga censurar los defectos de los que nos creemos libres y que nos lleve a defender las buenas cualidades de las que carecemos. Pero cuando se trata de conectar con el extrarradio de las ciudades, de los pueblos de la periferia que se han quedado al margen y que se han convertido en lugares inhóspitos, en aldeas en las que nunca pasa nada, y que solo saltan a los noticieros del país cuando se produce alguna tragedia, entonces uno no sabe si rasgarse las vestiduras o acudir de nuevo a las máximas y sentencias del francés para entender mejor, no solo el mundo que nos rodea, sino para saber cómo somos, sin tener que escandalizarnos del país en que vivimos.

El escritor y periodista Sergio del Molino (Madrid, 1979) acaba de publicar un libro soberbio, que profundiza en esos márgenes nombrados anteriormente, y que desentraña la España desierta y desdibujada que conforma más de la mitad de la superficie de su territorio: La España vacía (Turner, 2016), un ensayo sobre la España interior y mesetaria en el que se analiza el continuo éxodo rural y, por otro lado, se desmontan los mitos lastrados por sus habitantes, sin tener por qué esconder los iconos tradicionales que siempre les acompañaron. El autor nos propone un viaje histórico, imaginario y sentimental por un país que nunca fue, como subraya él mismo al completar el título de la obra, que la convierte para el lector en una experiencia reveladora y bien documentada de lo sucedido en los últimos cincuenta años en una buena parte del territorio español.

Del Molino cataliza y mira en los rincones de la España despoblada de la que procede gran parte de nuestra historia oculta y el mundo perdido de nuestros abuelos y bisabuelos. Da pábulo también a las historias violentas y recientes surgidas en las pequeñas comunidades, como el crimen de Fago, que vivió como cronista. Allí, en aquel municipio de Huesca, vive gente, apenas treinta habitantes, pero hasta que un vecino no asesinó al alcalde, nunca había ocupado un lugar trascendente en la prensa ni en la radio. La España vacía de la que nos habla es esa España interior formada por las dos Castillas a las que se unen Extremadura, Aragón y La Rioja.

Es en esos límites donde sucede el gran éxodo que dejó deshabitadas para siempre las zonas rurales de estas comunidades. A este trasiego migratorio lo llama el autor “el Gran Trauma”, una carga generacional que arrastra todavía un lastre sentimental y político considerable. La España actual es un país en gran parte deshabitado. Ya lo detectaron los viajeros románticos del siglo XIX e, incluso, lo contaron emisarios extranjeros en épocas anteriores. España es el país de Europa menos poblado y, a su vez, el que más bruscamente cambia la decoración de su paisaje urbano, pasando de una superpoblación al puro desierto de sus aldeas. Estas alteraciones radicales de la cartografía ibérica vienen bien sopesadas y analizadas en este ensayo histórico, que tiene mucho de crónica de viajes a lo largo del tiempo y de recorrido en coche por carreteras secundarias en la España de ahora.

Del Molino abunda en su libro sobre los mitos que adoban esa extensión vacía que conforma la España despoblada a través de la literatura y del cine. El documental de Buñuel sobre Las Hurdes está presente con todo su significado de denuncia social o de testimonio, como la película Surcos de 1951, dirigida por José Antonio Nieves Conde, considerada una muestra del neorrealismo español, en la que se refleja la dificultad de adaptación del campesino a la vida urbana. El mundo rural y su visibilidad política vienen a colación en obras literarias como: Tiempo de silencio, de Martín-Santos, El disputado voto del Sr. Cayo, de Delibes, Viaje a la Alcarria, de Cela o La lluvia amarilla, de Julio Llamazares. Todas ellas resumen esos mitos domésticos donde La España vacía no sólo aparece en el cine y en la literatura, sino también en el estado mental de sus propios habitantes.

La España vacía es un texto valiente, intenso y brillante, escrito en un tono donde el reportaje y la narración se convierten en una crónica ensayística de indudable calidad literaria, que pone luz y voz al campo, esa otra mitad del país, despoblada y ninguneada por un destino político, arbitrario y áspero donde viven, casi desperdigados, más de cuatro millones y medio de paisanos en un mar extenso de páramos y mesetas.


miércoles, 6 de julio de 2016

Minicontiendas

No es lo mismo lo breve que lo corto –subraya Andrés Neuman–: lo breve calla a tiempo, lo corto antes de tiempo. El microrrelato es un género omnívoro, claramente breve y elíptico en el que el lector es parte activa del texto y deberá resolver el misterio que se le plantea completando lo que no está escrito.

Como decía Monterroso, “en literatura no hay nada escrito. Lo que puedas decir con cien palabras dilo con cien palabras; lo que con una, con una. No emplees nunca el término medio; así, jamás escriba nada con cincuenta palabras”.

Todo es susceptible de convertirse en literatura, y a la hora de plasmarlo, más allá de las indicaciones del escritor guatemalteco, no hay género ni medida que se le resista.

Javier Puche (Málaga, 1974) viene a constatar con Fuerza Menor (La isla de Siltolá, 2016) la notoriedad que va adquiriendo en los últimos años esta forma narrativa, como es el microrrelato, algo parecido al auge repentino del aforismo. Y es que el género breve tiene ahora, más que nunca, esa irrupción imparable, acorde con la nueva era tecnológica del twitter y del whatsapp, en la que la concisión y la hiperbrevedad a la hora de comunicarnos forman parte del vertiginoso trasiego de nuestras ajetreadas vidas.

En esta ocasión, al lector de este libro no le va a quedar más remedio que leer dos veces el título de cada historia, la primera antes de entrar en el cuento y, después, al salir de él. Quizás sea lo que conviene al leer cualquier libro de microrrelatos. Puche reúne una colección de cien minificciones estructurada en dos bloques: cuarenta cuentos mínimos, que requieren esa pauta de lectura señalada anteriormente, y sesenta “seísmos”, que son historias diminutas escritas en seis palabras. En la primera parte del texto encontramos relatos cortos de hechos insólitos en los que incertidumbres y fantasías se conjugan con insectos, mascotas y animales acuáticos, infiernos y obstinaciones o con la posibilidad de conseguir una formidable máquina de abrazos para sobrellevar la soledad de seres extraños. En la otra parte, consagrada al microrrelato de una sola línea, su concisión y síntesis verbal producen aún más inquietud y pasmo que sus predecesores. El autor sabe unir lo estridente con lo bello, la ironía con lo siniestro. Los textos enseñan sus huesos, unas veces nos hacen vacilar y otras nos sacan la mueca de una sonrisa:

Nació el bebé con dentadura postiza.

Sonríe el ciego ante la stripper.

No vio la hormiga el precipicio.

Llora en la celda el inmortal...

El lector de estas minicontiendas narrativas se encontrará en un campo abierto a la parodia, al humor y a la metaficción por donde transita un cazador furtivo, sin plomo, armado de un amplio arsenal de invenciones que le invitará a asistir a un espectáculo reducido, microscópico, en el cual caben pocas palabras pero trascienden para nuestra sorpresa . Fuerza menor es, por decirlo en seis palabras: un artefacto insólito, pequeño y delicioso.



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lunes, 4 de julio de 2016

De vita beata

La rapidez es un requisito indispensable para que las cosas sucedan al momento. En estos tiempos la paciencia parece ser que ha pasado a la historia. Podemos soportar muchos tropiezos, errores, contradicciones, pero en ningún caso estamos dispuestos a esperar. La velocidad forma parte de nuestro modo de ocupar la realidad en esta era, y la literatura no se salva tampoco de esta coyuntura repentina.

Mantener una postura clásica ante la vida y expresarla en una obra literaria es tarea difícil en el mundo de las prisas que nos ha tocado vivir. Hoy importa mucho dar a una obra la impronta de la novedad por encima de su perfección y reposo. Prima lo frívolo y ligero más allá de la profundidad y el sosiego. Interesa más la cantidad y la sorpresa que la calidad. ¡En cuántas páginas de un libro nos perdemos sin encontrarle un sentido a lo que nos están diciendo! Y no es que seamos tan distraídos que no lo veamos, es mucho más sencillo: nos encontramos ante la fugacidad de una época en la que todo debe transcurrir en el menor plazo posible; nos hallamos ante el rey desnudo del cuento.

Todo esto viene a cuento después de haber leído el libro Pasión y paisaje. Poesía reunida (1974-2016) de Jacobo Cortines (Lebrija, 1946) editado por la Fundación José Manuel Lara en su colección Vandalia. Y es que su autor nos llega con toda una tradición poética debajo del brazo, desde Horacio a Petrarca, pasando por Fray Luis, Bécquer, Leopardi, Juan Ramón y Antonio Machado, hasta compartir muchos aspectos de sus poemas con sus contemporáneos Brines y Corredor-Matheos.

Pasión y paisaje es un libro que recopila toda la trayectoria poética de su autor: seis libros de poemas, con textos tan capitales como Carta de junio y otros poemas, Consolaciones y Nombre entre nombres, más la inclusión de un poemario inédito bajo el título de Días y trabajos. En este estupendo volumen, el lector se va a encontrar al principio con un prólogo ilustrativo y minucioso sobre la tendencia y trayectoria de su poesía, y al final con una sorprendente adenda que recoge las huellas de la creación de sus versos, un dietario en el que el autor nos va dejando unas anotaciones útiles para tener una idea de cómo y de dónde se gestaron algunos de sus poemas y de los retoques que experimentaron muchos de ellos antes de llegar a nuestras manos. Esta adenda, además, está escrita con una prosa pulcra y medida, a la que ya nos tenía acostumbrados con aquel libro de memorias Este sol de la infancia (1946-1956) que publicara Pre-Textos en 2002.

Los temas abordados por Jacobo Cortines en sus poemas son variados: recuerdos, paisajes, amores, el hogar, el hombre, la muerte, el paso del tiempo... Pero para el poeta andaluz no hay nada más importante en su poesía como la presencia concreta de lo absoluto a través de la proximidad del paisaje como realidad, una dualidad que encarna al sujeto y a la trascendencia de la naturaleza en ese sentido de pertenencia del mundo que le rodea, hasta convertirse en lenguaje y símbolo de la expresión poética y de la vida. A esto se añade también algún que otro poema estremecedor, como el titulado Europa, en el que vemos a una joven bosnia colgada de un árbol, símbolo del fracaso de toda una civilización ante la barbarie que origina la guerra y el odio étnico. También es destacable y conmovedor el poema Carta de junio, una larga epístola consoladora dirigida a su padre. En los poemas de su Vita beata llama la atención la forma de enfocar la vida retirada en la que el sujeto biográfico y vital se aúnan para expresar su propia subjetividad a través del paisaje, como el que abre la serie, con el mismo título: “El sueño de un jardín/ sin árbol de la ciencia/ sin normas ni serpientes,/ sin crueles expulsiones”.

Leer a Jacobo Cortines es, como se ha venido diciendo, leer a un clásico en textos de una belleza y de una coherencia admirables, que nada tiene que ver con leer algo que ya pasó de moda, que se detiene en el pasado histórico y que pesa en las manos, sino muy al contrario, como leer a un autor que sobrevuela todo el saber de una tradición, que escribe con la serenidad y con la maestría de los clásicos y con su paciencia, pero que trata de asuntos que nos atañen y que nos ayudan a vislumbrar un camino para encajar mejor los conflictos y los sentimientos que apuran nuestra existencia, una aspiración de toda la sabiduría que llamamos clásica.

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