lunes, 11 de julio de 2016

Cartografía ibérica

Decía La Rochefoucauld que, probablemente, lo que damos con mayor generosidad suelen ser consejos. De ahí que ese mismo orgullo de darlos nos haga censurar los defectos de los que nos creemos libres y que nos lleve a defender las buenas cualidades de las que carecemos. Pero cuando se trata de conectar con el extrarradio de las ciudades, de los pueblos de la periferia que se han quedado al margen y que se han convertido en lugares inhóspitos, en aldeas en las que nunca pasa nada, y que solo saltan a los noticieros del país cuando se produce alguna tragedia, entonces uno no sabe si rasgarse las vestiduras o acudir de nuevo a las máximas y sentencias del francés para entender mejor, no solo el mundo que nos rodea, sino para saber cómo somos, sin tener que escandalizarnos del país en que vivimos.

El escritor y periodista Sergio del Molino (Madrid, 1979) acaba de publicar un libro soberbio, que profundiza en esos márgenes nombrados anteriormente, y que desentraña la España desierta y desdibujada que conforma más de la mitad de la superficie de su territorio: La España vacía (Turner, 2016), un ensayo sobre la España interior y mesetaria en el que se analiza el continuo éxodo rural y, por otro lado, se desmontan los mitos lastrados por sus habitantes, sin tener por qué esconder los iconos tradicionales que siempre les acompañaron. El autor nos propone un viaje histórico, imaginario y sentimental por un país que nunca fue, como subraya él mismo al completar el título de la obra, que la convierte para el lector en una experiencia reveladora y bien documentada de lo sucedido en los últimos cincuenta años en una buena parte del territorio español.

Del Molino cataliza y mira en los rincones de la España despoblada de la que procede gran parte de nuestra historia oculta y el mundo perdido de nuestros abuelos y bisabuelos. Da pábulo también a las historias violentas y recientes surgidas en las pequeñas comunidades, como el crimen de Fago, que vivió como cronista. Allí, en aquel municipio de Huesca, vive gente, apenas treinta habitantes, pero hasta que un vecino no asesinó al alcalde, nunca había ocupado un lugar trascendente en la prensa ni en la radio. La España vacía de la que nos habla es esa España interior formada por las dos Castillas a las que se unen Extremadura, Aragón y La Rioja.

Es en esos límites donde sucede el gran éxodo que dejó deshabitadas para siempre las zonas rurales de estas comunidades. A este trasiego migratorio lo llama el autor “el Gran Trauma”, una carga generacional que arrastra todavía un lastre sentimental y político considerable. La España actual es un país en gran parte deshabitado. Ya lo detectaron los viajeros románticos del siglo XIX e, incluso, lo contaron emisarios extranjeros en épocas anteriores. España es el país de Europa menos poblado y, a su vez, el que más bruscamente cambia la decoración de su paisaje urbano, pasando de una superpoblación al puro desierto de sus aldeas. Estas alteraciones radicales de la cartografía ibérica vienen bien sopesadas y analizadas en este ensayo histórico, que tiene mucho de crónica de viajes a lo largo del tiempo y de recorrido en coche por carreteras secundarias en la España de ahora.

Del Molino abunda en su libro sobre los mitos que adoban esa extensión vacía que conforma la España despoblada a través de la literatura y del cine. El documental de Buñuel sobre Las Hurdes está presente con todo su significado de denuncia social o de testimonio, como la película Surcos de 1951, dirigida por José Antonio Nieves Conde, considerada una muestra del neorrealismo español, en la que se refleja la dificultad de adaptación del campesino a la vida urbana. El mundo rural y su visibilidad política vienen a colación en obras literarias como: Tiempo de silencio, de Martín-Santos, El disputado voto del Sr. Cayo, de Delibes, Viaje a la Alcarria, de Cela o La lluvia amarilla, de Julio Llamazares. Todas ellas resumen esos mitos domésticos donde La España vacía no sólo aparece en el cine y en la literatura, sino también en el estado mental de sus propios habitantes.

La España vacía es un texto valiente, intenso y brillante, escrito en un tono donde el reportaje y la narración se convierten en una crónica ensayística de indudable calidad literaria, que pone luz y voz al campo, esa otra mitad del país, despoblada y ninguneada por un destino político, arbitrario y áspero donde viven, casi desperdigados, más de cuatro millones y medio de paisanos en un mar extenso de páramos y mesetas.