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miércoles, 9 de junio de 2021

Los lazos secretos de lo cotidiano


“¿Por qué la había comprado? ¿Qué iba a hacer con aquella casa enorme de cuyo estuco rosado sólo quedaban restos, la sombra borrosa de su antigua belleza? ¿Necesitaba aquella casa?

No estaba cansado, pero se sentó en un bordillo al lado de la carretera y, con el impermeable doblado sobre las rodillas, se quedó mirando hacia la casa rosa que desde la colina dominaba el valle. Era un día frío de abril; un límpido y nervioso viento del norte batía la hierba, que se ondulaba como las olas del mar”.

Así arranca La casa del tiempo (Periférica, 2021), un relato intimista y sensitivo en el que su autora, Laura Mancinelli (Udine, 1933 - Turín, 2016), nos cuenta el viaje al pasado de su protagonista, un pintor maduro que atraviesa un momento de poca inspiración creativa y decide regresar al lugar de su infancia para airearse y recobrar sentido al presente anodino que cercena sus días. Orlando, por tanto, retorna a ese lugar que le vio nacer atraído por la consistencia del pasado de una vieja casa abandonada a la que se siente ligado emocionalmente. Con la ayuda de Placido, un viejo compañero del colegio, ahora propietario de la fonda del pueblo, Orlando irá resolviendo los misterios que envuelven a esa misteriosa propiedad, una casa que perteneció a su antigua maestra, a la que adoraba. Acaba comprándola, una decisión que despertará recuerdos de antaño, además de descubrir algunos episodios latentes de su propia existencia.

Con estos alicientes, la autora, profesora de literatura medieval alemana, traductora del Cantar de los nibelungos, y autora de otras novelas destacadas, como su opera prima I dodici abati di Challant (1981), Il miracolo di Santa Odilia (1989) o I casi del capitano Flores (1997), nos cuenta una historia sencilla y vívida, trenzada en capítulos cortos con el recuerdo persistente que justifica los lazos secretos de lo cotidiano que afloran de la memoria circunspecta de Orlando, que plasma todo un recital reflexivo con mucha agudeza para desvelarnos todo ese mundo que lleva consigo el protagonista lleno de matices, entre lo personal y su relación con los demás, entre la memoria y el curso libre del presente que viaja en el tiempo y regresa a la infancia perdida.

Toda la trama contiene esa evocación fascinante que nos lleva a revivir para que sintamos todo cuanto aquel niño de entonces amaba de su maestra. En dicha evocación se sostiene el eje narrativo de La casa del tiempo, y es de ese hilo, que amarra al lector hasta el desenlace, del que va tirando Mancinelli, urdiendo la disposición de la trama, contando para ello con la intensidad emotiva del personaje y con toda una serie de perplejidades que acumulan la complejidad de la vida de las gentes del lugar en relación con él y con las cosas que le rodean e importan. Viene a decir que la memoria de cada uno es, en el fondo, una memoria colectiva, una memoria conformada respecto a otros, un compendio de detalles y situaciones múltiples, con voces y con dudas, con revelaciones, creencias y titubeos, con alegrías y miedos, es decir, con todo lo que configura el relato de una vida entera.

La casa del tiempo es una novela hermosa, que no se encoge pese a su sencillez y extensión, sino que expande sus pálpitos a través del recuerdo, del paisaje, del hogar y de los sucesos cotidianos. Todo esto conforma en sí mismo un personaje adicional como resultado del acontecer de los hechos y, también, un desencadenante con los que se vale su autora para plantear las preguntas más trascendentales en el deambular de su protagonista por la realidad y recuerdos de su entorno. Mancinelli nos toma de la mano para apartarnos a la campiña y ser testigos presenciales de lo que acontece en la historia de una casa, sin necesidad de que hagamos mucho más que observar, sentir y dejarnos llevar por las remembranzas de Orlando a plena luz del día.


Bajo el cuidado de la traducción de Natalia Zarco, esta es una obra que da gusto leer por su prosa ágil y sencilla, una historia de sugerentes retazos líricos donde lucen más los susurros que los gritos, donde destacan más los detalles que lo profuso, un relato que, a su vez, es una oda, un canto a la vida y a la memoria, en el que el lector experimenta la sensación de encontrarse bien acogido, en un lugar que se nutre de vínculos, de reminiscencias entrañables y fascinantes donde las cosas permanecen más o menos en su sitio original, pese haber transcurrido mucho tiempo.

La literatura es el país de las maravillas, y a las buenas historias, como esta de Mancinelli, les ocurre que van más allá de sí mismas, incluso desbordan lo que quizá su autora pretendía. Aquí hay, sobre todo, un lenguaje sutil y envolvente que desborda por su empatía y por su verdad literaria.


martes, 4 de febrero de 2014

El deseo infinito de vivir


Susan Sontag compartía la adoración de Virginia Woolf por los libros, su idea del paraíso como lectura eterna. Quería que todos compartieran sus pasiones y responder con igual intensidad a cualquier cosa que a ella le encantase era proporcionarle uno de sus mayores placeres. En el fondo era una mujer de corte didáctico y moralista, quería ser una influencia, mejorar las mentes y refinar los gustos. Le exasperaba darse cuenta de que la compañía de mujeres, por inteligentes que fueran, no eran habitualmente tan interesante como la de los hombres inteligentes. Todos estos recuerdos de esta excepcional intelectual están muy bien recogidos en el libro Siempre Susan, unas memorias preciosas e íntimas que leí hace poco y que reseñé en este blog, de Sigrid Núnez, esposa que fue de su querido hijo David Rieff.

Este acercamiento nuevo que tuve hacia la escritora neoyorquina, con la publicación de los recuerdos de su nuera, me hizo mella, y, a continuación, leí sus diarios tempranos que editó su hijo, bajo el título Renacida, que de igual manera me hizo intimar más con el pensamiento y las ideas de esta irrepetible ensayista. Hice acopio de otras lecturas suyas, hasta que cayó sobre mis manos Un mar de muerte (Edit. Debate), un libro desgarrador sobre la última fase de la enfermedad de Susan Sontag, escrito por su hijo David en el 2008. El libro de Reiff va más allá de estos últimos días finales de su madre y se introduce en la relación madre e hijo, y si al lector le parece una escritura cruda es claro que David lo hace controladamente, impidiendo la espontaneidad de la compasión, porque quiere hacer tributo a una madre que vivió entregada en cuerpo y alma a un ambiente exigente y crítico. Susan no se rendía y murió sin reconciliarse con la idea de morir. Estaba tan llena de proyectos, tenía tantas ideas en mente y tanto trabajo por delante, que no cabía en su cabeza doblegarse a desaparecer, a extinguirse. A pesar del cáncer sanguíneo que la mató el 28 de diciembre del 2004, hasta solo unas cuantas semanas antes de su muerte, estaba convencida de que sobreviviría.

Rieff ha escrito un libro entre los recuerdos y la investigación, como tributo a su madre. Un testimonio implacable sobre una mujer arrolladora y obsesionada por su enfermedad con la que se batió el cobre hasta el último céntimo. Morir es difícil y para un hijo que no pudo ejercer de ayudante de cámara, como tendría que haber sido en ese final inevitable de la vida de su madre, dejan cicatrices. Por eso rinde culto a su madre, cuatro años después de su desaparición, desde la revisión de aquellos últimos días que Sontag estuvo ingresada y postrada en el hospital. Una confesión bastante despiadada, que revela cómo tuvo que acallar la piedad y compasión que la agonía de su madre requería por respeto a la forma que ella decidió morir, y, también, empujado por el carácter tan arrollador que Susan ejercía. Se lamenta del autoengaño de una mujer tan racional, capaz de agarrarse a sentimientos imposibles de optimismo. En aquellos días aciagos, Susan decidió amarrarse a la vida rechazando cualquier consuelo.



David Rieff deja una elegía contenida, alejada de patetismo, para acercarla a una muerte literaria llena de latidos, pero sin la calidez que aquellos momentos vividos requerían de alivio de espíritu. Ese es su lamento y desconsuelo.

Un mar de muerte es un emocionante relato de David Rieff, una crónica íntima que cuenta la lucha desesperada de su madre por la vida y no por la verdad de su fatídica enfermedad; un relato sincero y conmovedor que desvela, por la experiencia propia de un hijo afligido, que la vida es finita, pero los sentimientos y los pensamientos que provoca, parecen infinitos.