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jueves, 6 de marzo de 2025

Subsistir


Le atrae a Pilar Adón retar al lector de sus relatos a romper sus convenciones y para tal fin le interesa escribir con cuidadosa lupa que tome nota del detalle o del pequeño gesto, de tal manera que tengan cabida en sus historias esas pequeñas anécdotas y mínimos detalles para que aparezcan reflejos y resonancias de asuntos más grandes para que generen imágenes vívidas en la mente del lector más allá de la realidad. Para ella, el secreto de todo es ser capaz de convertir ese primer embrión en una historia que sea perceptible, visible, que alcance esa necesidad de experimentar y comprender algo que el lector, en su subconsciente, le demanda. De este empeño no se aparta Adón para que sus cuentos se vuelvan plásticos, vivos, y a la vez simbólicos, sin olvidarse de que para conseguirlo hay que tener en cuenta ese lado insospechado, no solo de lo extraordinario, sino también de los sucesos corrientes, los objetos humildes, los gestos cotidianos y el tiempo suspendido.

Todos estos atisbos y convicciones conforman el trasunto de los dieciocho relatos de Las iras (Galaxia Gutenberg, 2025), un volumen en el que sus personajes femeninos, niñas y jóvenes, son seres atrapados en busca de una libertad acuciada por la conciencia abrumada de cargar con un horrible secreto y una culpa insondable. Pero aquí el extrañamiento de sus criaturas también se manifiesta a través de ese mundo turbador que las atrapa. Lo importante para la escritora es reflejar la inquietud, su ritmo y ambigüedad, y las circunstancias difíciles por las que atraviesan sus personajes. Porque de lo que se trata es de la supervivencia de cada uno de ellos, de ponerle voz a personas atrapadas en una existencia inquietante, y de permitirle modular sus miedos y sus anhelos, sus arrebatos y sus angustias, buscando zafarse de ellos, como así refleja en el primero de los relatos su protagonista: “Intento repetirme que no hay de qué preocuparse, que lo que sucede ahora no es lo que va a suceder siempre, pero no me resulta fácil estar aquí”.

Estos cuentos de Adón proponen, además, una mirada distante de la realidad, porque no todo lo que ocurre alrededor de la vida visible de sus personajes es visible, ni está presente, ni acaso se explique con la única ayuda del sentido común. En Las iras están palpables los temas que tienen prioridad en su universo literario. Me refiero al aislamiento, a lo singular y, desde luego, a lo espiritual por encima de lo corporal o físico, sin olvidarse de que sus personajes andan inmersos en la naturaleza, más allá del mero jardín hogareño. La inquietud no se aparta en la forma de cómo está conformada cada historia, en concordancia con la propia edad de sus protagonistas, seres nada conformistas que aspiran a ser únicos y que, a su vez, anhelan ser queridos y aceptados: “Todos necesitamos pensar que los demás nos quieren, que nos miran con los ojos del cariño”, como sostiene la narradora del relato Empieza dulce mundo.

En la misma medida, se esconde, igualmente, la conflictividad existencial de quienes transitan por estas historias, así como de la incertidumbre y el miedo inquietante que habilita su presencia. Todo este encomio perdura a lo largo del libro en las diferentes historias que van surgiendo. Nada queda indiferente, más bien inalcanzable, de difícil aprehensión en muchos casos, haciendo hincapié en la mirada curiosa y ávida tan propia del alma femenina, como deja ver las palabras de la narradora de Roca blanca, fondo azul: “Lo primero que hace una mujer cuando llega a una tierra que es suya pero no lo ha sido hasta entonces es medirla... Hacerla suya con la certeza de que lo será para siempre... Aunque la abandone... Y no porque sea una idealista o una arrogante, sino porque es necesario. Lo hace para conocerla y asimilarla”.

Se nos antoja afirmar que el territorio literario es un campo de transformaciones, un laboratorio desde donde la realidad se configura en moldes de misterio, de conciencia y de lenguaje. El agente capaz de llevar a cabo estas transformaciones es la palabra, el orden de su disposición y, desde luego, su inventiva. Y en esa voluntad se conjura todo el discurrir de estos cuentos de Pilar Adón, una escritora que cuenta con una imaginación sutil conformada de tiempo e inventivas. La intervención del tiempo no es gratuita, la hace necesaria y fundamental. El tiempo es el motor que vuelve operativo al mito de sus relatos, el que contribuye a resaltar y reinventar su misterio. Es la dimensión que apela a contar la realidad del mundo de quienes las llevan a cabo, sus rarezas y sus abismos.


La literatura de Pilar Adón está apartada del realismo de lo más cercano, se adentra en ese mundo que le interesa tanto a la propia escritora, esto es, el de la fantasía y lo simbólico, el de la imaginación. Sus personajes se parecen más a muchos de los antiguos cuentos: abandona la protección del hogar para internarse en las sombras, en sus entresijos, pero sin la protección de la magia, sin príncipes ni duendes que los amparen, sin mediadores que vengan a salvarlos de su encierro. En sus historias destaca su relación con la madre Naturaleza tan poderosa y causal. Lo que sorprende más es ver cómo las mujeres que protagonizan estas incursiones sean frágiles y vulnerables, sensibles y valientes, sin miedo a arrojarse desde su propio desamparo a la búsqueda de la verdad, sin garantía de encontrarla.

En suma, diría que los encierros y redenciones que andan sueltos en este estupendo libro, de mucho tono lírico y atmósfera hipnótica, se sitúan en un contexto con aire de extrañamiento, un mundo inquietante en el que sus protagonistas entran en conflicto con la exigencia de vivir, más con ellos mismos que con los demás, todos en busca de consuelo y de una una subsistencia libre de ataduras.

lunes, 16 de febrero de 2015

Extraños y solos


Pilar Adón (Madrid, 1971) subraya en una entrevista de hace unos meses que, para ella, el libro es un compañero maravilloso que habla, escucha, aconseja, anima, relaja, se deja llevar, es paciente y está siempre disponible. Suscribo plenamente todos esos eslabones verbales que la escritora madrileña otorga al libro, pero añado uno que suele darse en determinadas obras y produce extrañamiento e incertidumbre, porque hay libros que también inquietan.

El mes más cruel (Impedimenta, 2010) es el segundo libro de relatos de esta narradora, poeta y traductora que se encuadra en esa tesitura de la ansiedad y de la turbación: catorce cuentos inquietantes donde, en la mayoría de ellos, sus protagonistas leen por distintas razones, todos se refugian en las páginas de algún libro, a modo de protección. Si no leyeran se volverían locos. Es la manera que tienen de huir del miedo, la única forma de salvarse del ahogo de sus existencias desesperadas. Dice Marta Sanz, en la introducción al libro, que el lector queda perplejo con la resolución de los relatos de Adón, con la duda de no saber exactamente qué ha sucedido en las historias leídas. Esas incertidumbres –añade– dejan resquicios para volver a pensar sobre lo leído. Lo cierto es que esta antología encierra misterios en los que hay que buscar su sentido rastreando detalles dejados entre líneas por sus protagonistas, muchachas que se pierden y jóvenes que se adentran en la espesura de un bosque o viven entre las paredes de cristal de una casa aislada. Lo fantástico se manifiesta. Cada relato de El mes más cruel finaliza con un poema, como sustituto de aquellas moralejas de la tradición propias del cuento. Da la impresión de que el lector asiste a la revelación de una intuición, a la contemplación de una estampa borrosa a la que se le invita a enfocar. Unos cuentos que parecen concebidos desde el interior de una habitación cerrada por la que se encienden luces que debemos descubrir detrás de sus puertas. Son historias que vienen con un ropaje que nos obliga a deshacerlo poco a poco, para adentrarnos en ese secreto tapado e ignoto. Pilar Adón despliega una prosa sutil y medida en toda su mecánica narrativa para hablarnos de cosas sin nombrarlas: de la muerte y la pérdida, del dolor y el destino inevitable.

Cada una de las historias referidas en esta antología es parcial y por eso resulta más interesante, porque no ha sido resuelta del todo, ni despojada de todo su misterio. Los cuentos de Adón proponen una mirada distante de la realidad, no todo lo que ocurre alrededor de la vida visible de sus personajes es visible, ni está presente, ni acaso se explique con la sola ayuda del sentido común.

Pilar Adón es una formidable narradora que escribe con escasos elementos, sin que el lector quede a oscuras; sus cuentos se adentran en las anomalías del comportamiento humano. Los personajes de El mes más cruel aparecen frágiles, inquietos e inevitablemente melancólicos: jóvenes arrastrados por su pasado traumático, gente apabullada, víctimas de sus miedos. Huyen inquietos, pero necesitados de ayuda, y al lector les sobrecoge porque no da con la clave de sus extraños comportamientos. En El fumigador no sabemos a qué obedece la deformidad del niño, solo conocemos que el chico vino al mundo “inacabado”, pero nos irrita cómo es eliminado. Hay otros episodios escabrosos y turbios como éste. En otro cuento, una acogedora anfitriona abandona a sus invitados y se oculta en un escondite, sobrevenida por un achaque extraño que arrastra sin ser desvelado al lector. En Clara, un relato esquivo de una joven que decide encerrarse en su habitación, donde no se aclara si escribe o lee a deshoras, se prolonga esa icertidumbre entre la realidad y lo imaginado.

El mes más cruel es una recopilación brillante de relatos, con mucho tono lírico y atmósfera hipnótica, con una voz narrativa cercana e íntima, absorbida en lo que está contando. Da igual que el cuento esté narrado en primera persona o en tercera, a Pilar Adón lo que le interesa es la virtud de esa voz modulada y su capacidad de provocar el ensueño en el lector, sin tener que recurrir a finales redentores.

En suma, El mes más cruel es un libro extraordinario que transita por el silencio y el secreto de las vidas extrañas y solitarias de sus protagonistas, bajo la duda de lo que realmente les sucede, un libro habitado por almas truncadas que deambulan en la desolación, machacadas por sus miedos constantes.