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miércoles, 18 de diciembre de 2024

Otoño de 1939


Sin duda, la verdad fue la primera víctima de la guerra civil española, un conflicto que, mucho tiempo después de que acabara, ha generado controversias intensas y polémicas que aún perduran en la memoria colectiva española. El historiador, documentalista o escritor que se acerque a escudriñar los entresijos de aquellos terribles años, y los que continuaron tras el fin de la contienda, desde luego, no puede ser totalmente aséptico, no debe ir más allá de tratar de comprender los sentimientos y percances de los dos bandos, pero sí le compete ampliar las fronteras de lo que ya sabemos y dejar que los juicios morales que provocan lo narrado queden a expensas de la conciencia del lector.

Presentes (Alafaguara, 2024), el último libro del periodista y escritor Paco Cerdá (Genovés, 1985), responde a esta invocación, y lo hace desde el ámbito de la novela, mediante una crónica que muestra un retrato coral situado en la España de 1939. Cerdá pergeña un viaje de 467 km de once días, un viacrucis fascista que trasladó los restos de José Antonio Primo de Rivera de Alicante a El Escorial, entrelazado con una galería de víctimas anónimas del franquismo que, pese al empeño del régimen por borrarla del mapa de la memoria, están presentes. Entre el ostentoso e insólito anverso del peregrinaje de la comitiva, late por donde pasa el invisible reverso de tantos desaparecidos, tantas vidas perdidas que yacen ocultas en barrancos y cunetas.

La muerte de José Antonio no se dio a conocer oficialmente en la España nacional hasta el 20 de noviembre de 1938, exactamente dos años después, cuando la República acababa de perder la batalla del Ebro y el éxito de los nacionales estaba garantizado. Y es que a Franco le convenía la ausencia de José Antonio, no solo por el seguro obstáculo que habría supuesto el fundador para la domesticación de la Falange y su posterior conversión en el partido único del régimen, sino que la ocultación de su fusilamiento en Alicante alentaba en la Falange la esperanza de que aún estuviera vivo, lo que impedía el nombramiento de un sucesor definitivo.

Presentes es una estupenda evocación novelística al mismo tiempo que una elegía narrativa, trepidante y fantasmagórica, jalonada por la exaltación de un cortejo al que no le preocupa ya la verdad de la historia que llevan a hombros, sino demostrar quién manda en la nueva España. A Paco Cerdá le importa resaltarlo, con el rigor de un buen historiador y la eficacia de un cronista curtido, valiéndose de un relato ágil y magnético con dos planos contrapuestos, como el propio autor señala en las páginas finales del libro: “Uno es el traslado, la propaganda fabricada esos días, la vida de José Antonio, sus palabras, y la memoria de la guerra y la posguerra que latía en aquellos pueblos atravesados por un cadáver a hombros. Pues bien: el otro plano –el invisible y tenebroso reverso de aquellos once días– suponía el reto más apasionante de este libro: mostrar lo que el escaparate de la propaganda se esforzaba en ocultar”.

Entre jornada y jornada, el lector será testigo de mil historias de personajes que vivieron la contienda o los años inmediatos de la posguerra, historias en las que palpitan sucesos con protagonistas de renombres y otros, con gente sencilla y minúscula. Cerdá intercala estos episodios en los que resalta casos tristes y ominosos, con otros más paradójicos, como el referido a la devoción lectora de la hija de Franco por los libros infantiles de Elena Fortún. Destaca también el ejercicio del que hace gala el autor al evocar en algunos episodios versos de Machado, de Lorca, de Miguel Hernández o de Estellés, que parecen clamar al viento desazón y quebranto frente al repique de campanas al paso de la comitiva falangista.


No considero que Presentes sea una novela de no ficción, como tampoco creo que lo sea su anterior libro 14 de abril (2022). Diría que ambos son ensayos novelados de carácter histórico en los que el relato propio de la Historia se afina con el compromiso del narrador con lo narrado. Cerdà apunta a ese fin, que está siempre presente: la literatura comienza cuando todo se convierte en pregunta. Presentes es un jugoso ensayo-ficción que fija su mirada en la dirección de una fantasmagoría que atraviesa la España herida que aún sigue convaleciente y que indica que todo tiempo es irredimible, pero sus pisadas resuenan una y otra vez en la memoria de todos. La buena literatura siempre forja la memoria colectiva.


jueves, 14 de abril de 2016

Testigo de la contienda

A partir del 18 de julio de 1936 fueron llegando a España hombres de todas partes de Europa a combatir en el bando republicano contra los insurrectos golpistas. Muchas de las tropas que conformaron estos voluntarios extranjeros se integraron en las Brigadas Internacionales, pero otros tantos, por diversas causas, se mantuvieron al margen de ellas y prefirieron combatir en otras unidades del Ejército Popular de la República. La razón principal de que un gran número de ellos tomara esa opción se debía a que las Brigadas se promovieron y organizaron desde el Partido Comunista, lo que para muchos extranjeros de militancia socialista, anarquista o marxista, ajena al comunismo, fue determinante para sortearlas y alistarse en otras organizaciones militares. Uno de los países que más brigadistas aportó a la contienda fue Alemania, en su mayoría exiliados en Suiza, Bélgica y Francia. Entre ellos, cabe destacar un gran número de combatientes de origen judío, muy concienciado de la lucha contra el ascenso del antisemitismo que se estaba dando en Europa, sobre todo en Alemania y en Italia.

Luwdig Renn (Dresde, 1889 – Berlín, 1979) fue uno de aquellos sobresalientes luchadores que llegaron a España para socorrer militarmente a la República. Lo hizo por idealismo y decidida oposición al fascismo emergente. Venía del exilio perseguido por los nazis y nunca se alejó de la ortodoxia comunista. Ahí se mantuvo hasta sus últimos días. Su verdadero nombre correspondía a Arnold Friedrich Vieth von Golßenau, de noble estirpe sajona. En 1910 inició su carrera militar en el Regimiento Real de Granaderos de su país. Luchó en la Primera Guerra Mundial como jefe de compañía y, al acabar el conflicto, ostentó el cargo de capitán de la policía en su ciudad natal. Su fama internacional le vino con la publicación de Guerra (1928), un libro inmerso en aquel tremendo conflicto, narrado desde las trincheras, que interesó a muchos historiadores y lectores.

La editorial Fórcola, bajo la esmerada traducción de Natalia Pérez-Galdós, publica La Guerra Civil Española (2016), una obra que Renn había puesto en los escaparates hacía sesenta años, con el título Der Spanische Krieg. Se trata de un texto grueso y de formato bien cuidado, como nos tiene acostumbrados este sello, que refleja el testimonio de un destacado brigadista. Para Fernando Castillo, que firma un prólogo para enmarcar, el libro es más descriptivo que testimonial. Seguramente se le deba al prologuista el subtítulo de la obra: Crónica de un escritor en las Brigadas Internacionales, algo que no es desdeñable, ya que para él esto se puede considerar también una historia en sí de la XI Brigada Internacional, una de las más destacadas y con mayor historial bélico del Ejército Popular.

La llegada al frente de Luvirrén, como así le llamaban los milicianos, tuvo sus consecuencias organizativas en las trincheras, tanto por su carácter y experiencia en la guerra, como por su capacidad de mando. Renn sabía que la unidad del gobierno era una condición necesaria para dirigir la campaña de guerra, pero no suficiente para la victoria. En la guerra civil española el éxito militar dependía de dos factores: la cuantía y la eficacia del apoyo exterior en armamento, además del personal preparado disponible, y la rapidez relativa con que ambos bandos formaran una fuerza de combate eficiente. En ambos aspectos él era consciente de que los nacionales habían tomado la delantera a los republicanos. En poco tiempo se convirtió en un oficial carismático, a la vez que silencioso y observador. El prestigio entre los combatientes se lo ganó con diversas acciones militares donde brilló como estratega. Para él era primordial el que los milicianos no expusieran inútilmente sus vidas. Hay mayor heroísmo en ocultarse y estar listos para los combates decisivos –subraya en un episodio– que en exponerse sin sentido.

Hay muchos apuntes sobre personajes de renombre que Renn destaca, como la presencia de Rafael Alberti, agitador eficaz de los milicianos con sus soflamas líricas o Hemingway, al que acompañó a visitar zonas de combate, sin apenas intercambiar palabras con el americano. Con el líder anarquista Angel Pestaña mantuvo una relación discreta y fluida, compartiendo consignas organizativas para las milicias. El escritor tampoco se olvida de recoger diálogos vivos entre oficiales y milicianos corrientes pulsando sus inquietudes.

Este es un documento histórico interesante para conocer mejor el papel que representaron las Brigadas Internacionales en los diferentes frentes de batallas de la España en guerra. Un libro que guarda entre sus páginas la épica comunista empeñada en llevar a cabo el mando único conjunto, por encima de la utopía anarquista de hacer la guerra sin cuartel.

Renn deja para el lector curioso un testimonio extenso y capital, el de un historiador comunista, actor y testigo comprometido en la defensa de los valores republicanos, narrado sin dramatismo, con las armas propias que debe manejar un buen cronista: la verdad, la observación y el detalle.


La Guerra Civil Española de Ludwig Renn es un libro a tener en cuenta, dictado con sobriedad y aplomo, desde la convicción de un hombre fiel a las consignas de su partido, disciplinado, exigente y en primera línea de fuego, que no le importó jugarse la vida por unos ideales.

miércoles, 5 de noviembre de 2014

Memoria imaginada


En una novela lo que da sentido a la historia no es la historia misma, sino la manera de contarla. Por eso traigo a esta bitácora de lecturas el último libro de Sergio del Molino (Madrid, 1979), porque Lo que a nadie le importa (Random House, 2014) es un relato íntimo y bello que posee la virtud infrecuente del cultivo de la metáfora inesperada y sorprendente, afilada y hermosa que tanto subyuga al lector. Aunque su título parezca una evasiva, en el fondo de esta novela hay un descalabro, una derrota que se convierte metafóricamente en esperanza, en indagación, en diálogo de un silencio brillantemente narrado.

Para un joven de dicisiete años, en plena efervescencia de saberlo todo, escuchar la frase terrible de su abuelo en el lecho de muerte que le lanzó a su afligida abuela: Calla, que de ti no quiero ni que me cierres los ojos, es todo un enigma escalofriante que incita a averiguar qué amargura y resentimiento hay en esa última frase tremenda y sobrecogedora de un moribundo. Sergio del Molino trata de rellenar lo que hay detrás de esa frase con su libro Lo que a nadie le importa, un relato donde el autor explora qué había pasado en la vida de aquel anciano, su abuelo, para sentenciar lo que dijo, algo que le da pie para reconstruir la historia de José Molina y buscar lo escondido o silenciado de su pasado. Por ese camino transita la novela que el escritor maño de adopción traza para comprender a su abuelo y reparar en él mismo, como un juego de espejos que se miran, en un diálogo narrativo que nunca existió entre ambos.

Lo que a nadie le importa es una historia que contiene elementos biográficos, ya que mayormente la personalidad del protagonista, José Molina, está construída sobre la memoria de un allegado directo del propio autor. La semblanza que dibuja el narrador sobre su ascendiente no es nada simpática ni amable, porque, según vamos conociendo al personaje, un herido que nunca se recuperó en vida de los estragos de la Guerra Civil, es un hombre rancio, austero y solitario, más preocupado en hilvanar el día a día de una dura posguerra que olvidar lo imposible de su memoria, a pesar de haberle tocado  el bando de los vencedores. José Molina solo era un superviviente más que tenía que sobreponerse a la cruda realidad de unos años muy difíciles, un hombre apocado y empeñado en sobrevivir sin estridencias y sin asomo de mostrar sentimentalmente debilidad ante su familia.

Desde su anterior obra, La hora violeta (Mondadori, 2013), del Molino se instala en una literatura narrativa anclada en la no-ficción, primero con aquella conmovedora historia personal de la que como lector salí trastornado, una experiencia memorable de sentir el dolor de un padre por la pérdida de un hijo de dos años. Después, en Lo que a nadie le importa aflora también la confesión personal del narrador que, además, relata la historia de su familia y, principalmente, la de su abuelo, José Molina. Los hechos personales y familiares, en ambos libros, son un trasunto donde su autor se encuentra cómodo escribiendo, a pesar de que para del Molino “la literatura se parece más a un accidente geológico que a un oficio artesano. Los libros son estalactitas maduradas letra a letra, hasta que la acumulación de sedimento fabrica una roca. Un escritor -subraya- está hecho de paciencia, su trabajo consiste en perseverar la cueva que gotea” (pág. 58).

En resumen: Sergio del Molino ha escrito un relato de memoria y auto-ficción intenso y jugoso, una metáfora sobre el silencio de los supervivientes de una generación marcada por la Guerra Civil. Lo que a nadie le importa es la obra de un narrador brillante, con un léxico preciso y hermoso que confirma la trayectoria ascendente de un escritor que promete todavía más.

jueves, 24 de abril de 2014

Una historia colectiva


El impertinente lector que se mete en las entrañas de la novela La malamemoria, de Isaac Rosa, lo hace, dice el autor, para boicotear su publicación, pero lo cierto es que la guerra, la memoria y las víctimas se convierten en un pretexto narrativo que, en cualquier caso, tienen que estar a la altura de lo esperado, si no puede ocurrir lo que advertía el escritor sevillano, que el asunto llame a la insumisión de los lectores.

El escritor melillense Antonio Rivero Taravillo (1963) afirma que Los huesos olvidados (Espuela de Plata, 2014) no es otra novela maldita sobre la Guerra Civil, sino una novela sobre la memoria y sus consecuencias por el transcurso del tiempo en la que está presente el exilio, el amor a la libertad e, inevitablemente, los estragos de la guerra. Taravillo entreteje en este libro la historia y la ficción para reconstruir la vida de Juan Bosch, un catalán que creció y se forjó en México donde participó en múltiples algaradas y revueltas estudiantiles con Octavio Paz, y que se vio obligado a regresar a España, por las amonestaciones y persecusiones policiales a que fue sometido, en un momento en que se vislumbraba el levantamiento militar en la península. Nada más pisar suelo en Cataluña, se alista en el POUM, partido radical marxista, y combate en diversas contiendas durante la incipiente guerra, hasta su desaparición fulminante, que nos recuerda a otra ocurrida al histórico José Robles en un relato impresionante contado por Martínez de Pisón en su novela Enterrar a los muertos, que fue eliminado por orden de la dirección del Partido Comunista.

En Los huesos olvidados hay dinstintos personajes, pero el fundamental para que esta historia tome impulso es el que protagoniza Encarna Expósito, profesora jubilada que emprende un viaje a México en busca de datos históricos sobre su padre y logra entrevistarse con el nobel Octavio Paz, por entonces muy enfermo, y también con Elena Garro, primera esposa del poeta mexicano. Y en ese empeño de búsqueda de la verdad del destino fatídico de su padre, muerto quizá a manos de los mismos de su bando, según se intuye en el poema que recitó Paz a la memoria de su amigo en un verso rotundo y sobrecogedor: “Has muerto entre los tuyos, por los tuyos”, Elena va rastreando las peripecias de su desgraciado ascendiente a través de los testimonios que va recopilando. En la novela, los recuerdos de Paz y su esposa, sobre su amigo común Bosch y su aventura española, no siempre son coincidentes y en algunos pasajes recordados se presentan contradictorios.

Narrada con una amenidad meritoria, Los huesos olvidados es el arrojo obsesivo de la huérfana de un miliciano republicano y cabal, empeñada en dar voz a la memoria de su padre y que tiene el propósito de dar luz a unos hechos silenciados o dormidos en una parte de la historia reciente. La historia conforme avanza crece en intensidad y luce con destellos cuando se adentra en los jalones históricos recreados en la parte final del libro al tiempo que se pierde el rastro de Juan Bosch, igual que otras desapariciones enigmáticas sucedidas en Homenaje a Cataluña de Orwell en la que el cainismo de los milicianos se sucede en un sinfín de depuraciones.

Los huesos olvidados es una novela conmovedora en la que los hechos históricos contados no debieron ser muy distintos a la realidad. Rivero mantiene, sin artificio, una mirada neutral sobre el escenario que recrea y eso es destacable y meritorio, especialmente en estos tiempos que corren, después de una inacabable Transición edulcorante que todavía no ha enterrado a sus miles de desaparecidos y sigue sin reparar la memoria colectiva de nuestros muertos.




jueves, 26 de septiembre de 2013

Relatos de la guerra sin peroratas


Se van a cumplir próximamente veinte años de la publicación de un libro esencial de la historia de literatura contemporánea española, gracias a la pluma del gran escritor Andrés Trapiello. Debo mucho a Las armas y las letras, un ensayo cuidadosamente documentado y entretenido, entre los límites del 18 de julio de 1936 y el 1 de abril de 1939, que trata de la literatura que se escribió durante esos tres años de guerra. Trapiello descubre a autores extraordinarios, olvidados e, incluso, denostados, como: Bergamín, Max Aub, Pedro Luis de Gálvez o Manuel Chaves Nogales. Escritores, casi desconocidos, que despertaron gran interés en mí, merced al despliegue crítico que el escritor leonés expuso en su libro sobre los aciertos literarios de las obras de estos.


Manuel Chaves Nogales (Sevilla, 1897 – Londres, 1944) escribió en Francia, entre 1936 y 1937 A Sangre y Fuego, un libro de relatos sobre la guerra civil española que se publicó por primera vez en Chile en 1937. Una publicación de la que no se tenían noticias y que Abelardo Linares, poeta y librero de viejo, localizó en uno de sus viajes a América. Fue una conmoción, un hallazgo necesario, de otra naturaleza. Hasta entonces nadie había escrito con semejante coraje sobre la guerra civil. Chaves Nogales nos muestra en esta colección de relatos su inteligencia preclara y coherencia intelectual, que eleva aún más su escritura, obsequiando al lector con un prólogo magistral, de valor incalculable, sobrado de talento e integridad. El motivo del olvido del escritor andaluz era evidente: no tenía un bando que lo reivindicara. Fue un tipo íntegro hasta para eso. Dice Trapiello que “A sangre y Fuego es excepcional, tal vez, de cuantos haya leído uno sobre la guerra española, el más sorprendente de todos. El título le echaría a uno para atrás. El subtítulo es aún más imposible: “Héroes, bestias y mártires de España”. Pero cuánta belleza, cuánta verdad en esas páginas. Son historias, novelas cortas sobre la guerra y la revolución escritas y publicadas en el mismo año 37 con una libertad que es infrecuente encontrar en uno o en otro bando.

A sangre y Fuego es una insólita y original reflexión sobre la crueldad, la estupidez y la masacre que se estaba fraguando entre los contendientes de ambos bandos. Chaves Nogales tiene el mérito de relatar desde la mirada imparcial de un cronista, pero con la pluma bella de un literato, lo que estaba ocurriendo en España. Once historias inmersas en la tragedia de la guerra: terratenientes andaluces que van a la guerra a caballo, mercenarios marroquíes, asesinos rojos y falangistas que se toman la justicia por su mano, traidores en la retaguardia... En estos relatos hay muerte, dolor, terror e injusticia, pero también heroísmo. El autor de la magnífica biografía de Juan Belmonte critica con igual dureza a unos y a otros, a los reaccionarios y a los revolucionarios, porque además estos sucesos fueron conocidos y vividos directamente por él. Cada uno de ellos extraído de un hecho verídico y cada uno de los protagonistas tiene una existencia real. No hay en ellos juicios de valor, ni peroratas. Chaves Nogales solo se muestra con una visión clara, como notario que asiste atónito al infierno, pero eso sí, con la magia de la literatura. Andrés Trapiello en el soberbio prólogo de esta edición lo resume de esta manera brillante: “todo en estos relatos es inesperado”.

Manuel Chaves Nogales

Si la guerra civil española se ha convertido en las últimas décadas en casi un subgénero narrativo en la literatura contemporánea de nuestro país, no cabe dudas que A sangre y fuego es uno de los referentes inequívocos en este terreno, y lo es gracias a la actitud del propio Chaves Nogales que muestra el lado humano del conflicto, desde el sufrimiento y el desgarro, antes que desde el enfoque propagandístico y político. Y lo es también gracias a la aptitud literaria del sevillano: agilidad afilada del cronista y belleza del escritor grande que fue.

A sangre y fuego es un libro que hay que leer. Una obra imprescindible, que combate atinadamente, desde la imparcialidad, el mayor pecado del ser humano: la estupidez. Un libro impresionante, valiente, triste y resignado a la vez, destinado a mostrar la barbarie e irracionalidad de la guerra. Chaves Nogales pagaría con el olvido su osadía.