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jueves, 21 de diciembre de 2023

Una ciudad múltiple


La relación de quien camina por su ciudad, por sus calles, por sus barrios, ya les sean conocidos o los descubra al hilo de sus pasos, es primeramente una relación afectiva y una experiencia corporal que deja sus marcas. Porque la ciudad no está fuera de uno, sino dentro, impregnando nuestra mirada, nuestro oído y el resto de los sentidos, que, en su conjunto, se ven alumbrados por su cartografía. Uno se la apropia y actúa según los significados que la propia ciudad le va dando. Alrededor de cada habitante de la ciudad se traza una miríada de caminos vinculados a su experiencia y quehaceres cotidianos: el barrio donde trabaja, la calle donde queda con los amigos, la avenida de los cines y librerías, o los lugares a los que nunca va porque no se asocian a ninguna actividad ni estímulo. Y así, sucesivamente.

Lo que propone Álex Chico (Plasencia, 1980) con su nuevo libro, Barcelona mapa infinito (Ediciones Traspiés, 2023) no es más que acercarnos a toda esa idea de relación afectiva, de significados y de experiencia vital con cada espacio que confluyen en el hecho de habitar una ciudad múltiple como es Barcelona, “una ciudad geométrica rodeada de laberintos”, en palabras suyas, para contarnos una historia de vecindad y múltiples revelaciones, una travesía consentida y auspiciada por esta memorable frase de Calvino de que «Una ciudad se pierde si alguien no la escribe». Consciente de que siempre habrá cosas que se escapan inevitablemente al delimitar nuestra vida en la ciudad y jugando con la conjetura de sus enigmas, Chico reflexiona y señala que “Las ciudades en las que vivimos van permeando en nosotros y a fuerza de un tránsito constante, a fuerza de ir recorriéndola año tras año, acaban determinando nuestra forma de ver y comprender el mundo”.

Por encima de todo, este libro nos depara una andanza sintiente por Barcelona, una suerte de linterna portátil que alumbra las coordenadas que conforman sus puntos de fuga y contradicciones, desde la propia vivencia de quien la describe, que responde de su experiencia hablando de todo lo que se superpone y acumula la ciudad donde vive: “Así es como juzgo a esta ciudad, como un mapa infinito”, nos dice. Ya, desde el frontispicio del libro, Chico nos presenta tres citas que predisponen al lector a recorrer la ciudad desde el soplo literario y la observación con todo aquello que pueda llevarnos a una aventura distinta. Se hace cómplice de la primera de ellas: «Hacer el retrato de una ciudad es el trabajo de una vida y ninguna foto es suficiente», una frase memorable de la fotógrafa estadounidense Berenice Abbott. En la siguiente, evoca a Roberto Bolaños que alude a que también en una ciudad civilizada, como Barcelona, aúlla el lobo, hasta llegar a la tercera cita de la escritora argentina Verónica Nieto que más bien parece un microrrelato: “Y, entonces, te vas quedando en Barcelona”.

Y así echa a andar Barcelona mapa infinito, como una historia que contar, con sus calles y protagonistas, con su esencia literaria de quienes las hicieron vívidas, con sus espacios reconocibles y apuntes suspendidos en la memoria colectiva. Para Álex Chico, “la ciudad es un asunto demasiado complejo, un tema que se enmaraña más a medida que le añadimos capas y capas de memoria”. Se prodiga, sin tener que acudir a los excesos retóricos, en rescatar datos y citas literarias, haciendo de su propia lectura una guía sentimental barcelonesa con sus realidades, espejismos, puntos cardinales de la montaña y el mar, y con sus márgenes, sin ocultar su miedo a la vorágine turística. También hay lugar para nombrar las novelas sobre Barcelona, como La ciudad de los prodigios, de Eduardo Mendoza, al igual que espléndidas narraciones y entresijos como las que escribieron Pla, Marsé, Vázquez Montalbán, Mercé Rododera o Joan Margarit, entre otros.

Retratar la ciudad en la que uno vive es una aspiración permanente en la vida de un escritor, nos dice. Alude a las vanguardias para asentar su idea de que no existe una sola forma de retratar a una ciudad, sino múltiples maneras de hacerlo, dependiendo del rincón o viaducto que elijamos para observarla: “Todo paseo es infinito”. Barcelona se presta a ello, y mucho, nos viene a decir, desde La Rambla a Montjuic, desde la Torre Castanier a la Sagrada Familia o desde los pasajes de l’Eixample a los del Raval: “Barcelona es una gran ciudad pequeña, y sin embargo llena de puntos de fuga capaces de desplazarnos a cualquier parte”. Bajo este predominio de vivencias y analogía entre la ciudad y sus confluencias literarias, nos anima a percatarnos de que “En las ciudades, como en las novelas, cabe todo” y cómo un paseíllo tras otro concitan a entendernos con su mapa y a reverberar la memoria de sus rincones.


Barcelona mapa infinito no es una guía de la ciudad, ni un libro de viaje, es un relato de reminiscencias personales y de evocaciones transmitidas libro adentro, tan solo para saber que quien escribe sobre su ciudad perpetúa su estancia, recicla sus pasajes y recuerdos, se apropia de su mapa, lo revive, lo reinventa, como la vida misma, como un trazado en el que cada instante es resonancia y continuidad. Y esa conexión fluida pone su guiño a la concepción borgeana, digamos laberíntica, que ha querido establecer el autor en la construcción de este mapa sobre Barcelona, un paseo narrativo ilustrado con dibujos de Joan Ramon Farré Burzuri, cuyo resultado final es un recorrido por el espacio y el tiempo de alguien que deambula por sus calles, según decía Walter Benjamin, «como lo haría por un bosque: dispuesto al descubrimiento».

Lo que nos llama la atención de Álex Chico, es su destreza narrativa, su capacidad de escritor todoterreno, un talento poco común que cada vez a más lectores nos cautiva, por su verdad y oficio. Y ahora también, con esta hermosa semblanza sobre Barcelona, un libro ameno, jugoso y sincero, escrito sin más límite que su atracción por el magnetismo de una ciudad que padece, disfruta y ama.


miércoles, 22 de marzo de 2017

Una pinche historia de enredos

Según José Emilio Pacheco, “pinche” es la palabra más autóctona de México. Pinche puede ser un policía, una camisa, un regalo, una comida, un primo, el mundo entero o bien lo que a uno se le antoje. Se trata, pues, de un epíteto que degrada todo lo que toca. Normaliza y vuelve aceptable una furia sin límites contra algo que nos ofende y humilla, pero que no podemos cambiar.

Lo que Juan Pablo Villalobos (México, 1973) viene a contarnos en su último libro, No voy a pedirle a nadie que me crea (Anagrama, 2016), galardonado con el Premio Herralde de Novela, contiene mucho pinche mexicano en todo su acontecer narrativo, pero en esta ocasión en un escenario circunscrito a la ciudad de Barcelona. Villalobos se deja caer con una novela paródica y divertida en la que la mayoría de los personajes que transitan por ella no saben qué es lo que se está cociendo y va a sucederles a continuación. A esta comedia de enredos llevada a los límites de una tragicomedia, el lector, que tampoco sabe hacia dónde se encamina el juego propuesto en este embrollo narrativo, se incorpora igualmente aturdido, como espectador atónito y desorientado, ante lo que parece una trama criminal extravagante y rocambolesca.

En la novela, un mexicano, que lleva por nombre el mismo que el del autor del libro, viaja a Barcelona después de haber obtenido una beca para hacer un doctorado en Literatura en la Universidad Autónoma bajo el auspicio de una compleja banda de malhechores que opera en ambas orillas del Atlántico, a la que tendrá que corresponder siguiendo las instrucciones que le irá dando un primo suyo. Que el doctorado en cuestión se ciña sobre los límites del humor en la literatura latinoamericana del siglo XX y que el mecenazgo becario lo ostente una red criminal, no es más que otra de las muchas parodias con que está labrada la novela. La retórica del humor es un asunto que no tiene límite en el universo literario de su autor, como ya pudimos comprobar en su primera novela Fiesta en la madriguera (2010), una crónica de un viaje delirante por tierras extrañas para cumplir el antojo del hijo de un narcotraficante mexicano.

El título del libro es una clara advertencia de lo que irá sucediendo vertiginosamente en esta hilarante historia por medio de sus cuatro narradores. No voy a pedirle a nadie que me crea es por tanto la muletilla que va soltando cada uno de ellos: Juan Pablo, el personaje principal, su novia Valentina, la madre de Juan Pablo y, por último, su primo. Cuatro voces narrativas a las que hay que sumar una variopinta fauna de singulares personajes raros y mafiosos, como resultan ser el licenciado, el Chucky, el chino, el pakistaní, un italiano okupa o las dos Laia: la una, hija de un alto cargo de la política catalana, la otra, agente de los mossos d'escuadra.

La novela irrumpe con la figura del primo, un tipo que, ya de pequeño, destacaba en su faceta de cabecilla, y que ahora capta al protagonista para meterlo en un lío descomunal, en un negocio oscuro de blanqueo de capital en las estancias políticas catalanas. Sin embargo, todo se precipitará en un desconcertante enredo que derivará en un desborde con mucho humor, hasta arrastrar al lector a un final impredecible.

No voy a pedirle a nadie... es una novela mexicana que se desarrolla en Barcelona o una novela barcelonesa de marcado cariz mexicano, una obra paródica con resonancias literarias de autores de ámbitos equidistantes en el espíritu humorístico de sus obras, como Jorge Ibargüengoitia o Sergio Pitol por el lado mexicano, o como el acento granuja, irónico y burlesco de Juan Marsé o Eduardo Mendoza, por el lado barcelonés; cuatro autores muy leídos y apreciados por Villalobos.

Estamos también ante un libro con mucho juego metaliterario, una novela mestiza de tonos y registros lingüísticos, como se aprecia en cada una de las voces narrativas que intervienen a lo largo de los diálogos vívidos que se originan, dando mucho ritmo y dispersión a todos los personajes que van surcando la trama.

Villalobos firma una inteligente novela híbrida en géneros: novela negra, en la que no falta el diario, la auto ficción y la tragicomedia, un artefacto literario que concuerda en gran medida con la simbiosis de cultura inmigrante que encierran sus páginas, algo propio de una ciudad tan cosmopolita y global como Barcelona, una metáfora sarcástica e hilarante sobre el crimen que traspasa fronteras y anda a su aire por el pinche asfalto de nuestras calles.


lunes, 19 de mayo de 2014

Crónica de otro tiempo


Toda lectura de ficción constituye un acto simbiótico. Los lectores sumamos nuestra imaginación a la del escritor cuando nos adentramos con entusiasmo en su universo, participamos de las vidas de sus personajes y nos formamos, a partir de sus palabras y descripciones, nuestra propia imagen mental de las personas y los lugares que irrumpen por las páginas del texto. En El adoquín azul, publicado por Menoscuarto Ediciones, se cumplen estos presupuestos anteriores para satisfacción del lector. El sello palentino recupera esta novela corta de Francisco González Ledesma (Barcelona, 1927) en la que la química narrativa produce la reacción necesaria llevando al lector en volandas hacia ese mundo propio del creador que, en este caso concreto, se desarrolla en la posguerra de Barcelona alrededor de unos personajes que tratan de escapar de la represión política poniendo en juego sus vidas.

González Ledesma es capaz, en apenas setenta y cuatro páginas, de que el lector simpatice con los dos protagonistas de esta historia de amor frustrado que surge en la intersección de una persecución policial y la aparición milagrosa de una mujer salvadora. El veterano escritor barcelonés, considerado el gran maestro de la novela negra en España, regresa con un relato algo alejado del género policiaco. Con El adoquín azul, Ledesma, periodista consagrado, despliega una crónica para contar la historia de un traductor y poeta que en 1945 es herido en el centro de Barcelona en una redada policial, pero consigue escapar gracias a la ayuda anónima ofrecida por una mujer con inquietudes literarias, que resiste con agallas los malos tratos de su marido, un destacado inspector de policía encargado de las duras represalias que en aquellos años del franquismo eran tan frecuentes. A raíz de ese encuentro fortuíto y afortunado, la buena samaritana cuidará por unos días de la salud de Montero. El autor de Crónica sentimental en rojo narra con maestría esta historia que contiene un tinte lírico deliberado por donde transita un amor que se frustra por la huída de Montero. González Ledesma sostiene el pulso narrativo con una expresiva voz en segunda persona que se eleva a Dios para contar la peripecia del protagonista que parte desde Francia a Nueva York, herido de amor, y sus viajes, al cabo del tiempo, a Barcelona tratando de encontrar a la fascinante mujer que le salvó la vida, Ana Ferrán.

El adoquín azul es una delicada miniatura que habla del amor hecho a base de silencios en la dimensión de un exilio obligado y de los sentimientos condenados a no poder ser vividos por unos personajes castigados por el paso del tiempo. En definitiva, es una novela donde la intriga y el amor se entrecruzan para mostrar la nostalgia que dejan las cosas de otro tiempo, simbolizada en la imagen de un adoquín pintado de azul, en una calle de Barcelona.


Lo grandioso de este relato radica en la exquisitez de su economía de medios. Y es ahí donde se luce González Ledesma, que parte del suspiro mínimo de una detención para proyectar una historia trepidante en la que no falta misterio y tensión, ingredientes mágicos de la buena literatura. La historia de Montero y Ana atrapa desde la primera línea hasta su punto final; un disfrute intenso, pero corto, de apenas  una hora de duración.

En suma, El adoquín azul es una crónica sentimental, técnicamente irreprochable, con una prosa concisa y ágil, que tiene el mérito de dejarte unas sensaciones de complicidad al aceptar el desenlace de un hombre vacío que, de vueltas a casa, no es consciente de  que ha perdido la memoria.

sábado, 13 de abril de 2013

Historia de sentimientos e intrigas


La semana pasada mi mujer me encargó unas compras en el Hiper y me entretuve en el stand de libros hojeando la novela Estaba en el aire, de Sergio Vila-Sanjuán. Tenía tiempo ya que el encargo consistía en reponer un par de desavíos domésticos, así que me demoré leyendo las primeras páginas del texto. Lo cierto es que me interesó tanto el libro que lo eché, con determinación, en el carrito de la compra.

Estaba en el aire es una historia de la Barcelona de los 60, anclada en el despegue económico de la era franquista, donde se cuenta la implicación de varios personajes alrededor de un programa radiofónico, Rinomicina le busca, Barcelona llama a España, que fue un éxito real en nuestro país. Un programa donde se daba cuenta de búsquedas y reencuentros de personas que desconocían el paradero de sus seres queridos. (Este programa fue un antecedente de Quién sabe dónde, de TVE, presentado por Paco Lobatón entre 1992 y 1998).

Dice Vila-Sanjuán, en una de las entrevistas que tuvo recién obtenido el Premio Nadal 2013 que: “Estaba en el aire da título a una doble alusión, porque, por una parte, la novela va de un programa de radio, y, por otro lado, lo que estaba en el aire es la idea de que la sociedad española de ese momento se estaba transformando, estaba haciendo la gran revolución de la prosperidad y de la clase media”.

La novela no solo explica la vida de sus personajes: Juan Ignacio, Elena y Tona, sino que también pone voz a todos aquellos que durante la guerra civil tuvieron que emprender viaje al extranjero para salvarse de la represión franquista dejando a sus seres queridos. El programa de innovación publicitaria Rinomicina le busca serviría para que esa gente, que tuvo que huir, se reencontrara.

La obra está llena de intrigas urdidas por las voces que están en el extrarradio de la emisora: empresarios, ejecutivos, clase alta barcelonesa y también las de los propios protagonistas de Rinomicina le busca. Es destacable la verosimilitud de la historia que narra Vila-Sanjuán, y lo logra gracias a su prosa sin fisuras y con un tono directo y sincero. Y esta naturalidad permite al lector presenciar con gran interés cómo evoluciona la vida de los personajes. La dramatización de los protagonistas de la novela está muy conseguida, como en una comedia ligera, de forma amena y entretenida, para pasar un buen rato con su lectura.

Estaba en el aire es una novela fresca y recomendable, donde el escritor catalán describe detalladamente los vértices de aquel tiempo con una prosa efectista. Quizás deja ganas de más páginas, de más historias, pero el autor lo zanja con el epílogo con el que el narrador omnisciente cierra la novela y las principales historias contadas, ciertamente, con poderosa eficacia.