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martes, 7 de noviembre de 2023

¿Por qué leer?


Para responder a esta pregunta podríamos hacerlo discrecionalmente, según el tipo de lector que seamos. La lectura, en sí misma, es una reafirmación de los motivos que impulsan la curiosidad del lector para llevarla a cabo. Nadie duda de que quien lee se siente acompañado. La lectura, paradójicamente, nos sumerge en nuestra subjetividad y nos da la posibilidad de descubrir nuestras emociones, afectos y aflicciones. En ese mismo trayecto acaba revelándose como algo que apenas nos redime de las incontables decepciones y reveses de la propia realidad. La lectura se convierte en un resquicio para sumar compañías y restar soledades, para entender un poco mejor el mundo o pensarlo de otro modo. Leer, como bien dice el poeta
Javier Sánchez Menéndez, provoca afectos y, también, efectos.

Ricardo Moreno Castillo (Madrid, 1950), autor siempre dispuesto a abordar los asuntos importantes de la condición humana, como así dejó escrito en sus anteriores libros Breve tratado sobre la estupidez humana (2018), Los griegos y nosotros (2019), Breve tratado sobre la felicidad (2021) o Qué hay de nuevo, Chesterton (2022), vuelve ahora con otro ensayo narrativo, comprometido y subyugante, para examinar las razones del por qué leer es bueno y para mostrarnos la multiplicidad del universo lector. La vida con libros (Fórcola, 2023) es, como indica la cubierta del mismo, una invitación a la lectura, sostenida, en esta respuesta elocuente de su autor: “Fundamentalmente, porque leer es muy entretenido. Y es además un entretenimiento silencioso y solitario, que no perturba a quienes están más cerca”. Y por eso mismo cobra pleno sentido su consideración de que “el buen lector pide paz y la siembra”.

Las metáforas y evocaciones que transitan por el libro son hermosas y provocadoras, dando a valer que en la lectura no hay leyes preestablecidas, sino que son los lectores quienes han de desarrollar sus propios métodos: “Ciertamente, un buen lector no aspira a mayor galardón que el poder seguir leyendo sin interrupciones”; “Para cualquier lector empedernido, un libro es un ser vivo”. Infiere Moreno Castillo en que “el libro es el arma para luchar contra la soledad, la rutina y lo prosaico”. Viene a decirnos también que la buena literatura brota de las buenas y constantes lecturas precedidas: “Todos los grandes libros cuentan la misma historia, la historia de cualquiera de nosotros, por eso nos reconocemos en ellos.” No persigue que su libro se convierta en académico, no. Lo único que le importa es que trate de despertar el amor a los libros.

Esa es la idea principal que recorre La vida con libros, alentar a la lectura como un acto de amor a la vida y a uno mismo, mediante un texto aparentemente pequeño, pero casi infinito en su capacidad de mostrar el caudal de experiencias literarias que alcanza la condición de ser un buen lector, aquel que “no lee para huir de la vida tranquila, sino que ama la vida tranquila que le permite dedicarse a la lectura”. Alguien dijo que leer es el vicio sin castigo por excelencia. Y alguien, como Moreno Castillo, apela a esta otra verdad añadida de que “ningún lector impenitente puede imaginar una eternidad feliz sin libros”. Nos deja sentir lo mucho que los libros tienen en común y el maridaje inesperado que producen, especialmente los clásicos: “Releemos a los clásicos porque cada relectura ilumina la anterior, y nunca terminan de decir lo que quieren decir”.

Necesitamos reflexionar sobre la relación que los lectores mantenemos con el objeto de nuestra devoción, los libros, para vislumbrar de qué manera y por qué razones convendría extender nuestro fervor, incluso para comprender las razones de quienes no leen. Como dice el poeta León Molina: “No pasa nada por no leer. Pero si lees pasa de todo”. De todo, y es frecuente, por otra parte, que no haya un factor determinante para establecer si la lectura de un libro nos va a encandilar o no, sino la suma de varios factores. Lo bueno es encontrar el eslabón para caer en la cuenta y gozar de su compañía, porque como señala Moreno Castillo: “La lectura no evade de la vida cotidiana, sino que le da un relieve que sin la imaginación sería plana”.


Una vez más, leer sobre leer nos conmina a entender la lectura como acto de posesión, de hacer nuestra las circunstancias que promueven el texto. Lo que leemos en La vida con libros contagia, gracias a su estilo directo y persuasivo, un libro que nos convoca al acto de leer, señalando que los buenos libros rebosan sus confines dispuestos a enunciar que la parcela que el buen lector prefiere labrar está entre lo leído y uno mismo. A ese fin nos conduce, como también a leer por intuición, saltando de un género a otro, buscando diversión, originalidad y vuelo a nuestra propia sagacidad imaginativa. Moreno Castillo no se corta en resaltar la importancia de leer, leer para tener la cabeza ocupada y siempre lista, leer para descorrer el mundo y sentirlo más vivo y reconocible, leer para mudarse a una casa más nuestra.



lunes, 7 de febrero de 2022

Chesterton revisitado


Uno de los empeños más notorios de este cascarrabias que medía 1,93 metros y pesaba 120 kilos llamado Gilbert Keith Chesterton, en muchas de las buenas páginas que escribió a lo largo de su vida, era refutar la perspectiva moderna, pero de raíces clásicas, que describe el mundo con tintes lúgubres y pesimistas. “Para Chesterton –como subraya Savater en un artículo publicado hace unos años en El País–, la verdadera herejía moderna no es haber rechazado o ignorar a Dios, sino rechazar o ignorar en qué consiste la alegría”. A Chesterton le importaba el sentido tragicómico de la vida y, por eso mismo, no se cansaba de esparcir en sus textos ráfagas humorísticas como paradojas de la propia existencia, tocando asuntos trascendentales con sumo desparpajo para provocar la discusión y alentar el sentido crítico de la vida.

Aunque es evidente que le chiflaba la diversión dialéctica, no buscaba tanto sorprender o desconcertar, como hacernos pensar dos veces y desde un ángulo menos trillado de lo que se supone tan obvio. Para Chesterton, la literatura es ese ámbito casi milagroso en el que tiene lugar el uso del lenguaje que, traducido en palabras suyas: “donde una persona dice realmente lo que quiere decir”. El autor de El hombre que fue jueves fue alguien desbordante, apasionado y ocurrente, que no rehuía de la polémica y, por tanto, no dudaba cuando se le presentaba la ocasión de arremeter contra aquellos a quienes juzgaba de andar equivocados.

Ricardo Moreno Castillo (Madrid, 1950) nos trae de nuevo a la palestra la personalidad de este prolífico escritor que cultivó todos los géneros literarios y que destacó especialmente en el periodístico, con un librito mordaz, fresco y jugoso de conversaciones en el que el autor y el genio se sientan a debatir sobre asuntos candentes de siempre. Qué hay de nuevo, Chesterton (Fórcola, 2022) es una especie de ensayo que brota de los propios textos del escritor londinense, una manera inventiva de plasmar con gracia y frescura conversaciones insólitas de un apasionado lector sobre el pensamiento literario e intelectual de Chesterton, cuya figura irónica y perspicaz se presta como pocos al debate de lo que acontece en los tiempos que corren.

El lector curioso encontrará, mucho más que un juego libresco e imaginario, un deliberado encuentro entusiasta, culto y divertido con alguien que, como se dice en la introducción del libro, “sólo intenta reproducir algunas de las polémicas y las conversaciones que tantas veces mantuve mentalmente con él. Y polemizar con Chesterton no es tarea fácil porque a veces usa argumentos que no convencen pero cuya brillantez le deja a uno sin respuesta”. No estaría mal recordarnos aquello que afirmaba Borges de que no hay página de Chesterton que no contenga un deslumbramiento. Lo mismo podríamos decir que, de aparecer hoy, que es lo que trata de decirnos este libro, su paradoja no solo encaja en el pasado por haber sabido identificar aquellas cuestiones de entonces, sino que presenta su validez ahora.

Inmune a las tendencias de antaño, el pensamiento de Chesterton suena perenne. Esa cualidad suya, viene a decirnos Moreno Castillo, se deja colar en nuestros días. Y a esas ganas de difundir sus palabras y controversias se presta, porque entiende que no dejan de lucir frescas y provechosas hoy por hoy, ya sea si habla de animales, de convenciones, de dinero, de educación y modales, como si se tercia desentrañar los entresijos de la felicidad o de la filosofía, o sencillamente si de lo que se trata es de opinar acerca de la vanidad de muchos de los conceptos aceptados mayoritariamente por las élites, de los propios intelectuales, de los libros y los lectores, de la tradición y la democracia, de la fe o de la sencillez, como aquí queda dicho: “Porque la humildad es madre de los gigantes. Uno ve las grandes cosas desde el valle. Desde la cumbre sólo se ven las pequeñas”.

La gracia del libro está en la entente cordial dialogada que se establece entre el autor y el genio, en sus resonancias morales y en la chispa que resulta de ese fluir contagioso que dimana de la conversación fértil y ventajosa que lo agita. Y es desde ese engranaje donde surge uno de sus momentos estelares en el que el autor rescata de Chesterton su verdadero sentir sobre los libros y la literatura, una declaración ferviente que firmaría cualquier lector que se precie de serlo: “...Los seres humanos no pueden ser humanos si no tienen un campo para la fantasía o la imaginación, alguna vaga idea de lo novelesco de la vida... Cualquier persona necesita, alguna vez, nutrirse de ficción tanto como de realidad. Porque la realidad es algo que el mundo le da, mientras que la ficción es algo que ella le da al mundo”.


Moreno Castillo sabe hurgar en el pensamiento y en el alma de Chesterton, dejando su poso, entreabriendo lo que le importa de su manera de entender la historia y su discurrir por el tiempo, como parte fundamental del conocimiento y del aprendizaje. Esto, por otra parte, apuntala la idea que tenía el británico de entender lo esencial de la democracia, que, para el bien de todos, no es más que alcanzar lo que tienen en común los hombres y no lo que los separa.

Una vez más, Moreno Castillo acredita con suma audacia su carácter persuasivo al incitarnos a la lectura de los clásicos, algo que, en esta ocasión, lo hace, como indica Ignacio Peyró en el prólogo del libro, con una maravillosa antología chestertoniana, o lo que es lo mismo, con un pequeño compendio de buena parte de su universo personal que responde a un fecundo artificio de lectura ágil, perspicaz y amena para el sosiego y disfrute del lector.


jueves, 18 de febrero de 2021

Como el aire que respiramos


Sopesar si la vida vale o no la pena vivirla equivale a responder a una de las claves filosóficas de nuestra existencia. Cuando se es joven, uno está expuesto, a menudo sin saberlo con claridad, a dos posibles tendencias a la hora de tomar partido en la vida. Estas dos tentaciones podrían resumirse así: o bien la pasión de quemar la vida como venga, o bien la pasión de construirla. Pero en ese trayecto nada parece tener un efecto duradero, el tiempo lo devora todo en la lucha de estas dos pasiones: el deseo de una vida que se consume en su propia intensidad y el deseo de una vida que se construye piedra a piedra. La idea de felicidad sigue siendo, como antaño, un afán descomunal e inagotable de búsqueda, un espejismo que retrocede según avanzamos con la edad, pero también es una maravillosa argucia de la inteligencia para mantenernos en vilo y en vuelo.

Esa es la idea que se agita en el nuevo libro de Ricardo Moreno Castillo (Madrid, 1950), mantenernos en vilo y en vuelo. Su Breve tratado sobre la felicidad (Fórcola, 2021) es un texto dinámico, una reflexión personal desde el apunte y la anotación de muchas voces de la Historia del pensamiento que hicieron valiosas aportaciones a este asunto milenario en el que los filósofos griegos, por ejemplo, pensaron con mucha insistencia. De esta idea primigenia de pensadores como Demócrito, Platón o Epicteto parte este ensayo, de cómo “la fortuna es la materia prima de la felicidad”, sí, pero escoger cómo vivir también cuenta mucho en alcanzarla. El libro prosigue su cauce a través del tiempo y así va convocando hasta un total de cuarenta y dos nombres, escritores y pensadores importantes, que centraron parte de su discurso hacia esa aspiración innata del hombre de contentar su existencia.

Cita a Gracián, a Voltaire, a Hume, a Stevenson, a Unamuno, a Cunqueiro a Todorov y a otros tantos ilustres autores que trataron de dar sentido a sus vidas en pos de la felicidad, pensadores sabios que asumían que la realidad es a veces un cúmulo de desgracias a las que no nos queda más remedio que afrontar con dignidad. Todos llegan a una misma conclusión: en la vida hay cosas cuyo cambio depende de nosotros y otras que no. Para saber afrontar esta evidencia, Moreno Castillo acude a esa idea de perseverar en el ser, dar de sí todo lo que se puede para lograr la alegría, el gozo sostenido de vivir y no cesar en el empeño. También cuenta en esto la pasión por estudiar y aprender: “Pero precisamente esa es una aventura que requiere una vida plácida y sosegada”, subraya.

Ese es el propósito del libro y, en su interés deja claro desde la introducción del mismo que conviene apartarse de cualquier ligereza sobre el asunto, para que nadie se lleve a engaño, ya que es difícil definir la felicidad: “nadie la sabe definir aunque podemos reconocerla, igual que sucede con el tiempo y el espacio”. Y añade: “Pero a diferencia del tiempo y el espacio, en los cuales estamos irremediablemente sumergidos sin buscarlo, a la felicidad la perseguimos con afán”. Más adelante, y a medida que van apareciendo abundantes razones sobre cuáles son las limitaciones de quienes aspiran a ser felices, Moreno Castillo viene a decirnos que más que una meta, la felicidad se fragua en el propio estado de ánimo, en el anhelo de una vida plena.

La libertad, la fortuna, el éxito, el humor, la amistad o el amor conforman un arsenal propicio para que se anude al bienestar que procura la felicidad. Pero no todos los que tienen esa suerte son felices. Se precisa una inteligencia que gestione los momentos álgidos y atempere los contratiempos que vengan. Esta idea argumentativa la explica aún mejor el autor tomando para el caso unas reveladoras palabras de Somerset Maugham, de su libro de viajes El caballero del salón: “...una vida extraordinaria no hace extraordinario a un hombre. Es al contrario, un hombre extraordinario hace extraordinaria una vida aunque ésta sea monótona como la de un párroco rural”.

Este es un ensayo bien armado de argumentos, como nos tiene acostumbrado su autor, de la misma estirpe y condición que sus dos libros anteriores, Breve tratado sobre la estupidez humana (2018) y Los griegos y nosotros (2019), esto es, un texto conciso y jugoso, expositivamente claro y al alcance del lector de a pie, escrito con sencillez y destreza. Pero, además, el que nos ocupa es un libro rico en lecturas, que indaga, a su vez, en otras obras y nos sitúa frente a una serie de reflexiones profundamente realistas que viene a decirnos que esa idea de anhelo de felicidad consiste, básicamente, en saber escoger el sentido que le demos a nuestra propia vida.

Digamos que todo lo que transcurre por este sugerente Breve tratado sobre la felicidad tiene mucho que ver con la propia razón de vivir, con lo que verdaderamente la vida nos interpela y con lo que somos cada uno. Porque, en el fondo, lo que destaca del texto y alumbra no son preguntas en abstracto sobre el sentido de la vida y la felicidad, sino más bien un diálogo vívido de lo que cada uno tiene que labrarse en esa dirección, o renunciar a hacerlo. A fin de cuentas, y como decía Jorge Wagensberg, la felicidad es como el aire que respiramos: su falta es más notoria que su presencia.


domingo, 6 de octubre de 2019

Volver a los clásicos


Hay muchas cosas formidables en la historia de la humanidad, pero seguramente, ninguna de tanta importancia como la que representa a la civilización como una creación humana. Sobre este punto cardinal el historiador británico Tony Spawforth, en el primer párrafo de su reciente libro, Una nueva historia del mundo clásico (2019) resalta de dónde procede: “Hace más de dos mil quinientos años, quizá a finales del siglo VIII a.C., un poeta relató unos acontecimientos que tuvieron lugar durante el asedio de la ciudad de Troya, que duró diez años. Este poema, La Ilíada, marcó el inicio de una de las principales y más antiguas tradiciones narrativas, cuya influencia se deja sentir hasta hoy. Así como el propio término «historia», esa tradición es un regalo que los antiguos griegos nos legaron”.

La huella histórica de nuestra civilización hay que encontrarla en los clásicos, nos vino a decir Italo Calvino en su inolvidable obra póstuma, Por qué leer los clásicos: “Los clásicos son esos libros que nos llegan trayendo impresa la huella de las lecturas que han precedido a la nuestra, y tras de sí la huella que han dejado en la cultura o en las culturas que han atravesado (o más sencillamente, en el lenguaje o en las costumbres) […] Los clásicos son libros que cuanto más cree uno conocerlos de oídas, tanto más nuevos, inesperados, inéditos resultan al leerlo de verdad”.

Pues de esto trata Los griegos y nosotros (Fórcola, 2019), el nuevo libro de Ricardo Moreno Castillo (Madrid, 1950), matemático y doctor en filosofía, especializado en historia de la ciencia, autor del Breve tratado sobre la estupidez humana (2018), un alegato contra la estulticia que nos encandiló a tantos lectores. En esta ocasión, con la misma proporción, en cuanto a brevedad y eficacia, Moreno Castillo diseña un plan para acaparar nuestra atención lectora basado en un procedimiento que ya dio sus frutos con su anterior ensayo en el que la agilidad, el sentido del humor, el tino de las citas y la audacia de sus reflexiones conforman el ideario de la argumentación del texto.

Los griegos y nosotros es un jugoso manifiesto, tan sentido como apasionado, que responde a señalar el valor de los clásicos y su utilidad legendaria como constante fuente de conocimiento y de saber de lo que verdaderamente nos importa y nos sacude en la vida, una despensa que provee y nos ayuda a vivir nuestra vida contemporánea, gracias a la vigencia de sus textos filosóficos, históricos y literarios. El prólogo, a cargo del helenista Carlos García Gual es un estupendo pórtico, un aperitivo para abrir boca de lo que el ensayo promete como plato elaborado. Añade que el autor pone buen cuidado y esmero “en el arte de espigar y comentar textos de escritores y pensadores, generalmente de fino estilo y talante ilustrado”. Y uno, conforme avanza en la lectura, percibe que el prologuista no exageraba en su aserto, porque la pericia del libro tira de ese afán persuasivo, de ese empeño entusiasta y decantado en el extenso poso, tan sugerente, de pensadores y escritores ilustres para refrendar la verdad que anima el objetivo del libro: la defensa del humanismo clásico.

Dicho más escuetamente –en palabras suyas–: no es que nosotros pensemos como los griegos, es que somos griegos. Así de fácil y sencillo”. La memoria inteligente es un sistema dinámico, algo que Moreno Castillo insinúa en su exposición de motivos. Viene a decirnos que esta memoria no es un almacén, ni un destino, sino una riquísima fuente de operaciones. Los griegos mostraron una vez más su perspicacia al descubrir que las Musas eras hijas de la Memoria. “Las alforjas que llevamos en nuestro deambular por la vida son nuestra memoria y nuestros recuerdos”, subraya. Al propio tiempo concita a mirar hacia atrás de vez en cuando, para recuperar las cosas que se nos han caído por el camino.

Moreno Castillo centra la relación del sujeto con el saber en el desempeño educativo que tienen las humanidades e insiste en que sin deseo de saber no hay posibilidades de aprendizaje. Y para que haya deseo de saber es necesario un contagio, un encuentro con el testimonio de este deseo: “aprender a aprender”, lo llama. “El conocimiento de los mitos griegos –sostiene– puede ser más útil para entender lo que nos rodea que el libro de sociología más reciente y vanguardista, porque esos mitos han superado sus casi tres mil años de vida sin perder su frescura ni su vigor”.

La gran compañía que se percibe al leer Los griegos y nosotros se la debemos a su autor por su habilidad y eficacia fecunda de acercarnos a la voz de los clásicos, y esto lo consigue sin acudir a un mamotreto ni a la grandilocuencia académica, tan solo con un librito enorme, ameno y certero con el que logra mostrarnos el sentir del mundo griego como soporte narrativo para la educación y la vida.

Volver a los clásicos nos sirve para comprender el pasado, nuestro presente, aprender para el futuro y, desde luego, para considerar la vigencia de la cultura griega y romana como antorcha olímpica que va de mano en mano alumbrando los siglos. Hay que agradecerle a Moreno Castillo su carácter persuasivo por incitarnos a la lectura de los clásicos, algo, como demuestra en su libro, imprescindible y duradero. Nos apremia a ello, a volver con urgencia a los clásicos, lugar común de nuestra cultura de donde nunca debimos habernos ido.


martes, 30 de octubre de 2018

Microbiología de la estupidez


Una de las observaciones que el historiador Carlo M. Cipolla dejó bien plasmada en su ensayo Las leyes fundamentales de la estupidez humana se refiere a subestimar el potencial nocivo que conlleva tratar o asociarse con individuos estúpidos, algo que parece difícil de evitar y, peor aún, casi imposible de eliminar de nuestras vidas.

La persona inteligente –dice Cipolla–, sabe que es inteligente. El malvado es consciente de que es un malvado. El incauto anda muy imbuido del sentido de su propia candidez. Pero el estúpido, al contrario que todos estos personajes, no sabe que es estúpido. Y ahí reside el mayor de sus peligros. Esto contribuye poderosamente a dar mayor ímpetu, incidencia y resultado a su inconsciencia devastadora.

Si nos fijamos en la portada del libro que ahora publica Ricardo Moreno Castillo (Madrid, 2018), titulado Breve tratado sobre la estupidez humana (Fórcola, 2018), vemos el famoso cuadro de El Bosco que lleva por título Extracción de la piedra de la locura, una alegoría burlesca y jocosa sobre la estupidez humana, en el que se plasma con suma intencionalidad su poder peligroso y maléfico. La temática del cuadro retrata la creencia de un antiguo dicho holandés que afirmaba que si una persona es estúpida se debe a que tiene incrustada una piedra en la cabeza.

Se supone que el propósito de tan extravagante operación no es otro que liberar a la persona de esa estupidez que se aloja en su cuerpo de manera tan ostensible y perversa. El embudo invertido que luce el cirujano en su cabeza, un grotesco capirote, nos indica lo inconsistente de su método científico. Hay también una crítica implícita a esa fe ciega de antaño en los curanderos, unida a un ataque al clero que se desentiende de la víctima, dejándole como único recurso un vago consuelo de confiar en dios todopoderoso.

Al igual que el cuadro simboliza no solo una farsa popular, sino un indiscutible fresco social que encarna esa proliferación histórica de tontos, necios e idiotas, en este tratado, Moreno Castillo, licenciado en matemáticas y doctor en filosofía, viene a presentarnos un trabajo ensayístico escrito con mucho desparpajo y perspicacia, cuyo título proclama ese maleficio abundante que, tanto antes, como ahora, nunca ha dejado de ser un agente activo y muy frecuente del que jamás hemos podido librarnos. Este librito se apoya en esa casuística histórica y lo hace desde un pensamiento crítico y argumentativo. La estupidez, nos viene a decir, es estruendosa y temeraria, y hasta más dañina que la maldad. El porcentaje de estúpidos se mantiene constante a lo largo de la historia, en gran medida por ese cúmulo de ideologías dedicadas a fomentar la estupidez: “Las ideologías sirven para disimular la ausencia de ideas, como las pelucas a los calvos”.

El libro en sí es un centón avispado por donde se enumeran muchas afirmaciones y citas bien ajustadas al caso, para sostener la afrenta que su autor lleva a cabo contra la estupidez, como por ejemplo esta de Girolamo Cardano, filósofo renacentista: “Ten presente ante todo que la estupidez consiste, enteramente o casi, en tener un concepto exagerado de sí mismo”. Y en esa misma línea, esta otra cita de Montaigne que viene a hacer hincapié en lo mismo: “Nadie está libre de decir estupideces, lo malo es decirlas con énfasis”.

A lo largo de todo este tratado en miniatura, Moreno Castillo, como anticipa en la introducción, pone en juego ese principio de Hanlon, según el cual no se debe atribuir a la maldad lo que pueda ser explicado por la estupidez. De ahí que el propio autor afirme que solo la estupidez se alista a otro orden contrario al entendimiento. “Si pudiéramos suprimir la maldad –dice–, el mundo sería un poco mejor. Pero si pudiéramos suprimir la estupidez, el mundo sería muchísimo mejor”. En otro lugar del libro incide en eso mismo, señalando que la imposibilidad de alcanzar una sociedad completamente justa no vendrá tanto por la maldad humana, como por la estupidez humana: “Si para Unamuno no hay tonto bueno, para Sócrates no hay inteligente malo”.

Decía Einstein que el universo y la estupidez son lo más expansivo que se conoce. Moreno Castillo propone en su epílogo, cuidando de no pasarse de listo, un recetario para combatir ese determinismo histórico expansivo de la estupidez, pese a que no confíe en el éxito de sus propuestas. Sin embargo, leer, leer y leer, según él, puede que sea el filón y el refugio necesarios para tener la mente despierta y la cabeza en su sitio: libros de toda índole, de ficción, de humor, de filosofía, de historia.

Este breve tratado es un alegato contra la estulticia, un ejercicio inteligente e incisivo para descifrar e interpretar su lado opuesto, el del conocimiento. Hay, por tanto, mucho de instrucción e inquietud en el mismo, que cobra rabiosa actualidad, y que su autor expone con mucha audacia y tino. Somos víctimas de la estupidez y convivimos con ella sin remedio.


viernes, 12 de septiembre de 2014

Hondura luminosa


Al abrir un libro de poesía siempre tengo la sensación de adentrarme en un mundo simbólico, un mundo de ficción donde lo importante no es lo que se dice sino el significado de ello. El viaje de la luz (Renacimiento, 2014) de Antonio Moreno (Alicante, 1964) reúne una antología de poemas surgidos en los años comprendidos entre 1990 y 2012 en los que el poeta levantino se esmera para convencernos de algo, para llevarnos a alguna parte suya por medio de la hondura luminosa de su sencillez compositiva.

Con la literatura ocurre lo mismo que con la cocina, y es que la suma de ingredientes no equivale por fuerza al manjar, una premisa que Moreno aplica, porque él no confía en los moldes, él sabe que hacer un buen poema no es más que revelar un misterio.

Antonio Moreno compone una poesía claramente mediterránea cuyas líneas expresivas están impregnadas de claridad expositiva y sosegada luminosidad. El viaje de la luz responde a una poesía meditativa en formato corto, donde el ritmo del endecasílabo coquetea con el verso libre y la frase feliz del aforismo lírico: Tu yo es también un tú, y un él disuelto / en el nosotros de cualquier persona, / no es espacio ni en tiempos sucesivos/ sino en el breve fuego de tu ahora (pág. 81); No es la muerte el misterio; es la vida (pág. 82); La verdad siempre duele. No la pidas (pág. 87); Vivir es aprender a andar delcalzos, / yendo con gratitud hacia el misterio (pág. 179)...

En todo el poemario de esta obra late un diario poético que recoge el sentir y discurrir del poeta valenciano a base de juntar palabras, una manera que responde a elevar su experiencia vital en derroche emotivo y una forma poética que trata de contagiar al lector de su estado de ánimo, sin remilgos. Moreno quiere contar lo que siente y, a veces, lo hace callando, como marca el canon poético trazado por el maestro Jorge Guillén que decía: “Escribir es el arte de combinar las palabras con los silencios”.

No puedo dejar de mencionar el prólogo de esta antología que lleva la firma lúcida de Vicente Gallego, poeta contemplativo y zen, que destaca la fidelidad para consigo mismo que exhibe Moreno en su creación poética, construída (cito textualmente) “con la piedra de la paciencia y con las manos limpias de toda espuria expectativa... No hay en su poesía destino ni figura, sino entorno y alrededores que florecen”.

Intentar escribir buena poesía es un trabajo duro. Conseguirlo, como lo hace Antonio Moreno, es un placer incomparable, una bendición. Moreno es un maestro de la intensidad de lo sentido y la delgadez del verso, un poeta meditativo y depurado pero, sobre todo, cercano, que alienta y emociona, como lo hace en este fragmento del poema titulado Intervalo:

No pretendo llegar a ningún sitio,
y sin embargo escribo cada noche.
Decir es dirigirse a algún lugar,
marchar a alguna parte, a un destino
al que uno se encamina con palabras
crecidas, luminosas como el cielo
de originaria y blanca luz nocturna.
Mi meta no es llegar, pues, sino ir
no sé adónde, cuando se extingue el día...

El viaje de la luz es un libro intenso y conmovedor que cayó en mis manos como maná del cielo, tras coincidir una mañana de agosto, en mi librería habitual, con José Mateos, poeta amigo y notable aforista, que me lo recomendó con la generosidad sentida de su alma lectora. Gracias, Pepín.