jueves, 28 de enero de 2016

El Gran Cronopio

Descubrir que uno de tus autores literarios preferidos, ya desaparecido, haya coincidido en los gustos musicales que tú mismo has ido cultivando a lo largo de tu vida: la ópera, el tango y el jazz, y que, además, haya sido un entusiasta irredento del boxeo, es todo un hallazgo que obedece a esa clase de coincidencias del capricho matemático que se da ocasionalmente entre dos personas escogidas al azar. Pero si a esa casualidad se añade además el compartir las mismas referencias musicales: Duke Ellington, John Coltrane, Charlie Parker o Benny Carter, músicos varones y trompetistas, o las voces femeninas de Bessie Smith, Ella Fitzgerald y Billie Hollyday, entonces se puede concluir que, con este sumatorio casuístico, uno forma parte de ese club especial que anda disperso por ese laberinto universal donde, al final, los cronopios siempre se encuentran, como afirmaba Julio Cortázar.

A veces el azar, la cabalística, lo inesperado se producen de igual forma entre dos escritores a los que, inevitablemente, les conducirá a un encuentro, porque así lo tenía previsto el destino, en el que surgirá una relación mutua que culminará en una amistad intensa, llena de complicidades y confidencias. Cristina Peri Rossi (Montevideo, 1941) desvela en Julio Cortázar y Cris (Cálamo, 2014) cómo conoció al autor de Rayuela en París, en 1973, y cómo aquel extraordinario acontecimiento supuso una experiencia vital única y alargada en el tiempo, más allá de la muerte del novelista argentino. En aquellos once años de amistad, de literatura y de vida entre París y Barcelona, cuenta la escritora, creció el afecto, el respeto y el amor mutuo que se profesaban, tanto en la distancia, en los momentos de compañía, que no faltaron, como en la correspondencia que mantuvieron de forma prolongada.

El testimonio literario es un género de gran tradición entre muchos escritores. A veces por devoción o admiración mutua. Leer sobre los escritores, pararse en sus grandezas y debilidades, en sus hábitos cotidianos, manías y desasosiegos, aporta una dimensión de su literatura que enriquece el bagaje cultural que uno lleva consigo como lector, con todos esos rasgos, a veces complementarios, a veces contradictorios, de la vida de ellos. Peri Rossi nos acerca al universo literario e íntimo de Cortázar, un tipo alto, al que ella llamaba cariñosamente “piernaslargas”, un ser nostálgico y melancólico que siempre necesitó el amparo del amor y por el que siempre apostó. En estas páginas también está presente el exilio. Ambos amigos lastran esa carga sentimental de expatriados que fluye en sus corazones, así como el devenir de los infortunios amorosos que completan esos exilios íntimos producidos por la ruptura de una relación. Aurora Bernárdez, Ugné Karvelis y Carol Dunlop fueron los tres amores del escritor que completaron un ciclo encadenado sentimental y tumultuoso de esposo, amante, divorciado y viudo respectivamente.

Cortázar le dedicó a la poeta uruguaya quince poemas de amor recogidos en su libro Salvo el crepúsculo (Alfaguara, 1984). Peri Rossi rememora estos versos en la segunda parte del libro y se explaya sobre las sutilezas de la poesía y sus destinos. La poeta se convertía inopinadamente en musa, un cambio de papel repentino que trastornaba su identidad. “Los leí, me emocioné, los rechacé, los quise –subraya sin contención–, no se los enseñé a nadie, me sentí tan incómoda como cercana, maldito Julio, ¿por qué me habías elegido a mí, una sentimental, una romántica, como el objeto de tu dolor?” El gran cronopio, como le gustaba nombrarle, hizo de las suyas: fascinarla con versos.

Si hay alguna cosa que defiende la autora de Habitaciones privadas (Menoscuarto, 2012) por sí misma, por la escritura, por la literatura y por todos los lectores, es el respeto y cariño, no solo por la memoria de su admirado amigo, sino por la soberana libertad que como gran escritor desplegó, según su conciencia y dignidad personal.


Todos los libros tienen una peripecia, una historia que contar, pero la de este, además, no deja de ser especial y recóndita, una crónica sentimental de una amistad intensa que constata que las historias tienen dueño y destinatario. Las historias y la realidad, en definitiva, se mezclan para que el lector tenga la oportunidad de descubrir y compartir momentos únicos y reservados, como las revelaciones que despliega este hermoso testimonio, bajo un título tan íntimo y entrañable como Julio Cortázar y Cris, tan pletórico de literatura, poesía y vida.

lunes, 18 de enero de 2016

Ver vivir

Hay una frase de Julián Marías, que resume en buena medida su trayectoria intelectual y su manera de entender cualquier oficio, que dice lo siguiente: “vocación y entusiasmo son dos cualidades esenciales para emprender algo valioso en la vida”. Para el pensador vallisoletano, la vida humana no nos viene dada, sino que va aconteciendo y se la va descubriendo. Por esto mismo solo se puede entender lo humano mediante su acontecer, determinado por el carácter convivencial, social, histórico y representativo que la vida del hombre significa. En una de sus obras fundamentales, La educación sentimental (1992), puntualiza sobre esto último, fijando su atención en la relación que guarda el hombre con el cine: “El cine acapara en nuestro tiempo gran parte de ese potencial educador de la sociedad”. Y explica que esta dimensión universal se debe a su eficacia didáctica y, sobre todo, a su extraordinario poder de entretenimiento. El cine en su conjunto, según él, ha hecho posible la visión del mundo lejano y tiene, además, esa posibilidad ilimitada de trasladar al espectador a una convivencia virtual sin parangón con los personajes fugaces que desfilan por la pantalla.

La editorial Fórcola publica un interesante ensayo sobre la relación de este intelectual con el séptimo arte a cargo del escritor Alfonso Basallo (Zaragoza, 1957), experto periodista y colaborador de diversas revistas culturales, además de gran entusiasta del cine y admirador de la obra de Julián Marías sobre el que presentó su tesis doctoral en la Universidad de Navarra.

Bajo el título de Julián Marías, crítico de cine y como subtítulo: El filósofo enamorado de Greta Garbo, el periodista maño se adentra en el excitante mundo del celuloide, que tanto entusiasmó al filósofo, a través del estudio y análisis de los casi 1500 artículos que escribió y publicó el gran discípulo de Ortega y Gasset en Gaceta ilustrada y en Blanco y Negro. No sería excesivo añadir que este minucioso y sesudo trabajo conforma el corpus de lo que Marías sostenía hace veinticinco años sobre este arte: “el cine es el instrumento por excelencia de la educación sentimental en nuestro tiempo”. Para un pensador como él, uno de los baremos fundamentales para conseguir calibrar una película se halla en la inteligibilidad del filme, porque, precisamente, el cine es el “ejemplo claro de la comprensión visual, del pensar con los ojos”.

El texto de Basallo disecciona todos los entresijos de los artículos sobre cine publicados por Marías, llegando a la conclusión de que estos pertenecen a un autor híbrido, a partes iguales, entre crítico y filósofo. Más bien –señala el autor– el cine descansa en la realidad de los actores y para juzgarlos exige que el papel encarnado por ellos sea el de una persona única e insustituible, y no un estereotipo. Se pregunta el periodista cuál es el criterio utilizado por el pensador para calificar o para descalificar películas. Sin duda, para una mente acostumbrada al rigor y a la argumentación como la de Marías, su método se encamina a lo que considera imprescindible a la hora de juzgar una película: visualidad, carácter personal e imaginación, sin los cuales el cine no sería fiel a su vocación.

Los siete capítulos que componen este ensayo conjugan y acomodan el sentir y razonar del pensador y ensayista, un análisis que Basallo va extrayendo de la riqueza de todos sus artículos de prensa. Antes que nada, deja claro que Julián Marías se considera, por encima de todo, espectador entusiasta. No hay prácticamente, género, director o actor relevante sobre los que no haya trazado algunas líneas en los casi treinta y cinco años que dedicó a esta experiencia periodística. En la sección quinta, el libro se detiene en la forma que tiene el filósofo de estructurar, como crítico, sus reseñas cinematográficas. Las huellas de la literatura y de la filosofía también están presentes cuando valora tanto a los directores como a sus intérpretes, los actores, en un capítulo que nos revela su bagaje literario y el conocimiento exhaustivo que poseía sobre las grandes obras de la literatura, y, no digamos, del pensamiento. Sin duda, sus artículos en prensa no solo hablaban de películas y actores, sino que en ellos sus lectores encontraban, además, una fuente continua de conocimientos literarios y apuntes filosóficos. El libro se complementa con un apartado extenso de notas aclaratorias y un magnífico índice de 347 películas, clasificadas por orden alfabético, desde Adiós, muchachos, de Louis Malle, hasta Zorba el griego, de Michael Cacoyannis, una interesante lista, nada desdeñable, para revisar la historia del cine a través de sus mejores películas y directores.

Marías continuó viendo y escribiendo sobre cine hasta el final de su vida. Todas sus reseñas, juicios y pensamientos sobre el cine siempre se encaminaron a una forma reflexiva de ver más como espectador entusiasta, que como crítico formal.

Alfonso Basallo firma un riguroso trabajo ensayístico, en el que nos desvela al detalle todo lo que el filósofo enamorado de Greta Garbo gozó como espectador en las salas de cine, cómo lo trasladó después, con honradez intelectual, a cientos de artículos e hizo partícipes de ellos a sus lectores.

Cualquier lector curioso de hoy, el aficionado al cine, y no digamos el cinéfilo, no debería perderse este estreno literario ya en cartelera.


sábado, 16 de enero de 2016

Epifanía americana

Dicen algunos que el diario podría ser como la huella dactilar del escritor. Por mucho que trate de fingir, un diario siempre dice mucho de la realidad de su autor, tanto con la palabra escrita como con los silencios guardados entre líneas. En todo caso, el diario de un escritor conforma una inagotable miscelánea origen de sorpresas y, también, una experiencia vital de autoficción de aquellos momentos vividos de modo favorable o de aquellos otros inexplicablemente desaprovechados.

Elvira Lindo (Cádiz, 1962) publica esta vez un compendio de experiencia vital en este formato que resume unos años inolvidables vividos en la Gran Manzana, un diario escrito entre el 16 de enero y el 16 de mayo de 2015. Son los recuerdos de su último invierno neoyorquino pasados al papel en noches de insomnio entre las ventanas del apartamento número 106 del barrio de Upper West Side, donde vivió una larga década con su marido Antonio Muñoz Molina en su etapa de director del Instituto Cervantes y como profesor de Literatura en la Unversidad de Nueva York.

La mayor parte del observatorio literario de Noches sin dormir (Seix Barral, 2015) se cuece en el hervidero de las calles de Nueva York, aunque también da cuenta de algunos detalles de su vida social de pareja asistiendo a algunas conferencias políticas, conciertos, cenas y reuniones con amigos. Pero lo que de verdad le apasiona a esta mujer es caminar por las avenidas y tomar el metro para desplazarse por los barrios de esta inabarcable metrópolis. Su mirada atenta no desaprovechará las oportunidades que le ofrece la gran ciudad para tomar fotos a tipos extravagantes que entran y salen por las bocas del metro, que se sientan en sus vagones o que atraviesan pasos de cebras y se dejan caer en la esquina de un edificio.

La sensación para el residente e incluso para el visitante es que el presente es tan poderoso en Nueva York que el pasado parece que no cuenta, que no tiene importancia, como si se extinguiera superado por el trajín de los días. Estas sensaciones son todo un espectáculo de contrastes cuando te desplazas por el paisaje urbano entre el fluir inextinguible de sus habitantes. La ciudad es un delirio de escenografía, de rostros y situaciones inverosímiles. Cualquier vida neoyorquina, desde la más solitaria y retraída, hasta la más mundana y ajetreada, se vislumbra entre las líneas de este ameno diario. Da la impresión, por lo que cuenta, de que el neoyorquino, además, es un tipo que habla mucho, aunque pertenezca a una “ciudad de orgullosos solitarios”, (pág. 202).

En Noches sin dormir hay cabida no solo para seres anónimos y extraños, sino también para escritores vinculados a esta inmensa y maravillosa urbe como Henry James, Bashevis Singer, John Cheever o Tom Wolfe. Hay pasajes con amigos y admirados novelistas, como Colm Tóibín y Philip Rooth, al igual que cantantes y poetas, como Suzzane Vega o Nick Drake... “Me gusta entender la vida así –confiesa la autora– cosida por un hilo invisible que entrelaza relaciones caprichosas pero posibles, no forzadas por las fantasías a las que tan aficionados son algunos literatos, sino basadas en condiciones reales”, (pág. 145).

En el libro hay una propensión a desdramatizar la dureza que de por sí supone vivir en una gran ciudad. El vagabundo forma parte del paisaje nocturno. Lidiar con la soledad y el desarraigo de tantos seres atrapados en las costuras marginales de los barrios es el verbo más común que se conjuga en esta ciudad tan efervescente y llena de contradicciones. Nueva York es de las ciudades del mundo mejor dotada para escribir sobre su ambiente, sobre sus barrios y edificios; su hechizo es imponente para cualquier visitante, sin distinción de edad. El celuloide de nuestra memoria nos la hace tan conocida que forman parte de nuestro archivo vivo de espectador: Brooklyn, Times Square, Manhattan, los muelles del Hudson, la Quinta Avenida, el Empire State Building... Cuando pisamos por primera vez sus avenidas, se activa toda esa memoria cinematográfica que hace que esos lugares nos resulten inconfundiblemente familiares.

Noches sin dormir es un testimonio literario fluído, narrado con una prosa sencilla, en el que su autora comparte vivencias y experiencias íntimas plasmadas en la verdad de sus fotos. Con esta epifanía americana disfrutarán sus lectores incondicionales, lo celebrarán con la misma inmediatez acostumbrada; para el resto, pensando en el lector curioso, más propenso a rendirse al hechizo de la gran ciudad de Nueva York, no lamentará haberlo leído.


lunes, 11 de enero de 2016

El hombre verde

Un buen libro se basta a sí mismo para decirnos todo lo que tiene que decir. Por mucho que interpretemos, por mucho que busquemos, todo lo que tiene que revelar está ahí escrito, a la vista de todos. No necesita de un manual de instrucciones que nos guíe cómo debe ser leído o interpretado. Solo precisa de un lector entusiasta ávido de curiosidad, imaginación, memoria y cierto sentido tanto práctico como artístico.

Para John Fowles (Leigh-on-Sea, Exxex, 1926 – Dorset, 2005), admirador de Camus y Sartre, todo buen lector busca, además, sobreponerse a las derrotas cotidianas. Sin la esperanza de esa victoria a su alcance, por muy imposible e ilusa que sea, la literatura dejaría de tener sentido. Con este propósito íntimo, el novelista inglés, autor de El Mago (1965) y La mujer del teniente francés (1969), decidió irrumpir en el género ensayístico con El árbol (1979), una obra que viene a reforzar esa inquietud de la conexión ancestral y milenaria del hombre con la naturaleza.

El sello Impedimenta (2015) rescata este luminoso ensayo, bajo el cuidado primoroso de la traducción de Pilar Adón, para deleite de lectores predispuestos a entablar un diálogo con ese mundo salvaje y hermoso que conforma el bosque. El árbol responde a una inquietud vital de su autor para reflejar el sentimiento personal que le une con la naturaleza, valiéndose del recuerdo de su infancia en Inglaterra y de la obsesión que tenía su padre con la explotación comercial de los frutos que le proporcionaban los manzanos y perales cultivados con esmero en su pequeño huerto urbano.

Fowles se las ingenia para hablar de las plantas, de la naturaleza y del sentimiento de hombre verde que lleva marcado desde su niñez, pero discrepante con el proceder de su padre. “En un principio –confiesa el autor–, todos tratamos de atribuir a nuestros padres lo que se le suele atribuir solo a Dios: un poder ilimitado para interceder por nosotros, una sabiduría indiscutible”, (pág. 23). Esos árboles mimados y podados eran para su padre la filosofía más próxima y verdadera. Sin embargo, para su hijo, más propenso a la libertad del brote agreste que a la intervención obsesiva del hombre en modificar la conducta natural y salvaje del mundo de las plantas, socaba el comportamiento obstinado de su progenitor. Si el padre insiste en que no habrá frutos para quienes no poden, él proclama, en cambio, que no hay frutos para aquellos que cuestionen el conocimiento ancestral de la naturaleza: ningún árbol sano –subraya– trata de ocupar con sus ramas el territorio de otro.

El árbol tiene en su espíritu resonancias del sentir literario de Thoreau. El inglés escribe con la misma frescura y vigor que el americano sobre la naturaleza y la relación del hombre con ella. Fowles sigue por esa misma senda para fijar su atención en el bosque y sus árboles como compromiso del individuo con ese entorno esencial y misterioso para ajustar sus aspiraciones de vida en común con el medio ambiente. Para él, el verdadero bosque no es más que el resultado de sumar los fenómenos que se originan y transforman en el interior de sus lindes, según las leyes naturales, un laboratorio maravilloso de ensayo que surge espontáneamente entre los seres vivos de la espesura.

Esta relación que mantuvo, reflexionando por los entresijos del mundo salvaje de las plantas, fue clave para su producción literaria, según propia confesión del autor, quien sostenía que hay una cierta analogía entre los árboles, el bosque y la prosa de ficción, (pág. 86). Fowles insiste en que la naturaleza se diferencia del arte, sobre todo, en sus obras. La diferencia reside en que la primera sigue su curso creando el presente tal como lo percibimos, en cambio, el arte recrea, reescribe, reformula y reinterpreta el momento de la vida y, especialmente, su pasado.

El árbol es una obra vívida, experimental y curiosa, que plasma en tan solo cien páginas todo un recital filosófico, reflexivo y equidistante entre el individuo y la naturaleza, entre la ciencia y la creación artística. John Fowles nos deja un valioso ensayo en el que vindica el curso libre de las arboledas y los bosques olvidados de la mano inclemente del hombre; un libro, a su vez, cargado de lirismo y esperanza.

Los aficionados a los libros, que leemos por muchas razones, incluso, porque el mundo no nos basta, aspiramos también a leer libros que reten las leyes de la naturaleza, que cuestionen la ciencia, que viajen en el tiempo o regresen a la infancia perdida. El árbol resume todos estos anhelos y nos concita a desafiar al tedio.


jueves, 7 de enero de 2016

La visibilidad de la muerte

La muerte permea la vida. Morir lleva su tiempo. El dolor y el duelo, por añadidura, también. Hablamos constantemente de muertes inevitables, como si estas pudieran prevenirse en lugar de asumir que lo único que hacemos es posponerlas. Sin embargo, cuando las muertes llegan antes de tiempo todas nos resultan violentas. No importa la edad que se tenga. En cualquier caso, parece que la tarea de la muerte no es otra que obligar al hombre a abordar los asuntos esenciales de la vida y una oportunidad inevitable de completar su existencia.

En su debut literario, Gabriela Ybarra (Bilbao, 1983) acomete la conexión de dos muertes en un lapso histórico familiar de casi cuarenta años, dos historias reunidas en un mismo relato bajo sendas variantes del dolor: la violencia terrorista y la terrible enfermedad del cáncer. Ponerse a escribir sobre dos hechos terribles acaecidos en la intimidad de su familia: el secuestro y asesinato de su abuelo Javier de Ybarra a manos de ETA en 1977 y la muerte de su madre, víctima de un cáncer en 2011, ha sido todo un empeño humano necesario para su redención. El lector lo descubre en cada pasaje descrito en la reconstrucción de los hechos y en las consecuencias que determinaron esta aventura literaria en la que se embarcó la novel escritora, para los que se valió de su propia indagación y de su imaginación para entender mejor estos dos sucesos tan dramáticos y dolorosos que todavía perviven en el seno familiar. Seguramente, la publicación de este libro tan revelador y emotivo, que toca los grandes temas de toda existencia humana: la muerte, el dolor, la esperanza, el amor, la familia, la sociedad y la política, ha podido aliviar esa rémora íntima de tantos años de silencio y abatimiento.

El comensal (Caballo de Troya, 2015) es un libro sobre el tránsito del duelo, una crónica narrativa en la que la voz de su protagonista hace un viaje desde el pasado lejano hasta el más reciente de su familia, por medio de la indagación en prensa, en google y en documentos íntimos, como el diario de su padre, para llegar a esclarecer y asumir, posteriormente, la memoria familiar. Todo sirve para encajar la realidad histórica y particular de su entorno. Lo que sobresale y fascina de esta singular narración autobiográfica es el tono en el que está escrita la novela, tan desnuda de artificios, sin cursilería sentimental, ni afectación, sino más bien todo lo contrario, con una escritura eficaz y honesta. Dice Ybarra que haber escrito sobre la muerte de sus seres queridos ha sido terapéutico porque este ejercicio literario le ha otorgado el rédito personal buscado: conseguir dar sentido a la historia y existencia de su familia, aunque la tarea no haya sido nada placentera.

La silla vacía que acompaña a la familia en cada comida conforma un rito familiar para advertir a todos los congregados de que hay un comensal que se retrasa, un maldito contratiempo que se repite permanentemente. La visibilidad de esta ausencia se siente y se comprende mejor desde la escritura, desde la evocación y el recuerdo. Poner fin a un duelo que se resiste, pero que pide liberación, constituye el objetivo de esta sorprendente novela.

El comensal es un relato tan breve como intenso, tan emotivo como sereno, muy bien escrito, una reflexión sobre la pesadumbre de la pérdida de un ser querido, desde la experiencia y el devenir de la historia, desde el desgarro y la tragedia familiar, hasta el consuelo que otorga la escritura liberadora para atemperar los daños colaterales. En este libro encontramos la crónica de una supervivencia, en la misma senda de otras dos buenas historias anteriormente publicadas también por dos escritoras: La ridícula idea de no volver a verte (Seix Barral, 2013), de Rosa Montero y El año del pensamiento mágico (Random House, 2015), de Joan Didion. Ybarra, Montero y Didion contemplan el duelo y el luto en línea con lo que decía el viejo pensador Kierkegaard: “La vida hay que vivirla hacia delante, pero solo se puede comprender hacia atrás”.

Al lector, después de poner punto final a este soberbio relato, no le importará incorporarse al pensamiento marcado por el filósofo danés, como tampoco le importó en su momento a la autora del libro, que no tuvo que acudir a la autocompasión para afrontar la tempestad del duelo, con la convicción de que el tiempo siempre amaina y es la verdadera escuela donde aprendemos a superar nuestras zozobras. 

lunes, 4 de enero de 2016

Vidas minúsculas

Todos somos hijos de nuestra educación familiar, nuestro entorno y nuestra época. En la ficción narrativa, la voz de la infancia siempre tuvo un lugar especial para el escritor. El personaje infantil añade, incluso, una perspectiva de fragilidad en manos de un autor adulto, hasta el punto de empujar al propio lenguaje y a la imaginación a límites insospechados, a zonas turbias y amorales.

Dice Andrea Jeftanovic (Santiago de Chile, 1970), socióloga y doctora en literatura hispanoamericana, que los niños son seres perturbadores. Todos hemos pasado por esa etapa y, sin embargo, hay todo un agujero negro en torno a esa edad. “Es un periodo –añade la escritora de ascendencia judía– en el que todo se moviliza y está en permanente formación: el cuerpo, los afectos, los valores, la relación con el entorno y los objetos, la acumulación de datos, los sentimientos...” Los niños, como personajes literarios, ofrecen la oportunidad y el misterio de esa ingenuidad difícil de encontrar en los adultos. Son testigos silenciosos que dan mucha fuerza a la narración literaria, sobre todo, en el género breve.

Los once cuentos reunidos en No aceptes caramelos de extraños (Editorial Comba, 2015) indagan precisamente en ese universo particular que conforma el hogar familiar en el que los niños protagonizan historias que por nada del mundo desearíamos que fueran reales, sino que pertenecieran exclusivamente a la ficción. La autora se adentra en la tierna infancia de sus personajes e incorpora a la trama de sus relatos el papel corrosivo y sombrío de los mayores para hacer saltar por los aires los tabúes y los secretos indecibles que guardan las paredes de sus casas.

La familia aparece como el laboratorio fundamental de las interrelaciones entre padres e hijos. En esa célula íntima y primaria también suceden muchas situaciones complejas y realidades subterráneas que se tapan hacia el exterior y se evitan comentar. El libro comienza con un relato embarazoso y transgresor que pone de manifiesto toda esa disputa existente en la sociedad alrededor de estos cuerpos incompletos propios de los niños. Árbol genealógico es una historia incómoda y escabrosa sobre el incesto. En Primogénito surgen también los miedos ancestrales de los celos entre hermanos. En el relato que da título a la obra, No aceptes caramelos de extraños, se narra ese miedo permanente sobre el peligro que acecha a los hijos fuera del hogar, preocupación tan común y al mismo tiempo tan exclusiva de los padres, pero en este caso no será suficiente para que una niña sea secuestrada y el dolor de una madre acabe en la desesperación más atroz. Todos los cuentos van cargados de fuerte intensidad narrativa, desde el inicio hasta el desenlace, reforzado por una coda como síntesis y aliteración de la historia, un recurso muy original y efectista en cualquier caso.

Jeftanovic no da respiro al lector. Cada relato provoca intranquilidad e incertidumbre mientras discurre. Son historias complejas y oscuras sobre la infancia en un clima familiar de aparente normalidad, que traspasan lo políticamente correcto, que socaban en las extrañas mismas de la sociedad y sus instituciones, como si todo el mundo quisiera apoderarse de sus pequeños: la familia, el estado, la religión, el mercado, la escuela... Todos parecen mostrar su interés por intervenir en el futuro de estos seres frágiles expuestos al peligro exterior más allá del hogar. Todos saben lo que conviene a un niño, pero la realidad es que casi nadie les presta el cariño y la atención debida, como ya se advierte en el arranque del libro con una cita de Simona Vinci: “Es curioso, aunque conozcamos los mínimos detalles de un cuerpo, nunca, nunca poseemos el secreto de quien lo habita”.

Los personajes que transitan por las páginas de este libro viven allí donde lo reservado e íntimo confluyen con lo público, el amor con el deseo insano, la pertenencia con el sometimiento y los padres con el destino de sus hijos. Casi todos los cuentos tienen un narrador testigo, con ello, Andrea Jeftanovic pone en trance al lector, desafía su conciencia, sobre todo en el plano moral, a través de esta voz punzante en primera persona, con una prosa directa, sin artificios, mostrando el lado oscuro del hogar y sus habitantes.

No aceptes caramelos de extraños es un libro inteligente, profundo e intencionado que rompe el orden establecido. Aunque las historias son independientes unas de otras, todas guardan un nexo común que las entrelaza y las convierte en un universo cercano, duro y complejo. La familia, esa unidad concebida como emplazamiento propicio de protección y desarrollo de sus miembros, puede convertirse en el lugar más inquietante en el que las apariencias engañan.

Cuando recordemos la experiencia de la lectura de estas estupendas piezas literarias, nos vendrá a la memoria un despliegue continuo de imágenes sobre las vidas minúsculas de niños al pairo de la voluntad caprichosa de sus seres queridos; sentiremos estupor y, al mismo tiempo, desasosiego.