lunes, 18 de enero de 2016

Ver vivir

Hay una frase de Julián Marías, que resume en buena medida su trayectoria intelectual y su manera de entender cualquier oficio, que dice lo siguiente: “vocación y entusiasmo son dos cualidades esenciales para emprender algo valioso en la vida”. Para el pensador vallisoletano, la vida humana no nos viene dada, sino que va aconteciendo y se la va descubriendo. Por esto mismo solo se puede entender lo humano mediante su acontecer, determinado por el carácter convivencial, social, histórico y representativo que la vida del hombre significa. En una de sus obras fundamentales, La educación sentimental (1992), puntualiza sobre esto último, fijando su atención en la relación que guarda el hombre con el cine: “El cine acapara en nuestro tiempo gran parte de ese potencial educador de la sociedad”. Y explica que esta dimensión universal se debe a su eficacia didáctica y, sobre todo, a su extraordinario poder de entretenimiento. El cine en su conjunto, según él, ha hecho posible la visión del mundo lejano y tiene, además, esa posibilidad ilimitada de trasladar al espectador a una convivencia virtual sin parangón con los personajes fugaces que desfilan por la pantalla.

La editorial Fórcola publica un interesante ensayo sobre la relación de este intelectual con el séptimo arte a cargo del escritor Alfonso Basallo (Zaragoza, 1957), experto periodista y colaborador de diversas revistas culturales, además de gran entusiasta del cine y admirador de la obra de Julián Marías sobre el que presentó su tesis doctoral en la Universidad de Navarra.

Bajo el título de Julián Marías, crítico de cine y como subtítulo: El filósofo enamorado de Greta Garbo, el periodista maño se adentra en el excitante mundo del celuloide, que tanto entusiasmó al filósofo, a través del estudio y análisis de los casi 1500 artículos que escribió y publicó el gran discípulo de Ortega y Gasset en Gaceta ilustrada y en Blanco y Negro. No sería excesivo añadir que este minucioso y sesudo trabajo conforma el corpus de lo que Marías sostenía hace veinticinco años sobre este arte: “el cine es el instrumento por excelencia de la educación sentimental en nuestro tiempo”. Para un pensador como él, uno de los baremos fundamentales para conseguir calibrar una película se halla en la inteligibilidad del filme, porque, precisamente, el cine es el “ejemplo claro de la comprensión visual, del pensar con los ojos”.

El texto de Basallo disecciona todos los entresijos de los artículos sobre cine publicados por Marías, llegando a la conclusión de que estos pertenecen a un autor híbrido, a partes iguales, entre crítico y filósofo. Más bien –señala el autor– el cine descansa en la realidad de los actores y para juzgarlos exige que el papel encarnado por ellos sea el de una persona única e insustituible, y no un estereotipo. Se pregunta el periodista cuál es el criterio utilizado por el pensador para calificar o para descalificar películas. Sin duda, para una mente acostumbrada al rigor y a la argumentación como la de Marías, su método se encamina a lo que considera imprescindible a la hora de juzgar una película: visualidad, carácter personal e imaginación, sin los cuales el cine no sería fiel a su vocación.

Los siete capítulos que componen este ensayo conjugan y acomodan el sentir y razonar del pensador y ensayista, un análisis que Basallo va extrayendo de la riqueza de todos sus artículos de prensa. Antes que nada, deja claro que Julián Marías se considera, por encima de todo, espectador entusiasta. No hay prácticamente, género, director o actor relevante sobre los que no haya trazado algunas líneas en los casi treinta y cinco años que dedicó a esta experiencia periodística. En la sección quinta, el libro se detiene en la forma que tiene el filósofo de estructurar, como crítico, sus reseñas cinematográficas. Las huellas de la literatura y de la filosofía también están presentes cuando valora tanto a los directores como a sus intérpretes, los actores, en un capítulo que nos revela su bagaje literario y el conocimiento exhaustivo que poseía sobre las grandes obras de la literatura, y, no digamos, del pensamiento. Sin duda, sus artículos en prensa no solo hablaban de películas y actores, sino que en ellos sus lectores encontraban, además, una fuente continua de conocimientos literarios y apuntes filosóficos. El libro se complementa con un apartado extenso de notas aclaratorias y un magnífico índice de 347 películas, clasificadas por orden alfabético, desde Adiós, muchachos, de Louis Malle, hasta Zorba el griego, de Michael Cacoyannis, una interesante lista, nada desdeñable, para revisar la historia del cine a través de sus mejores películas y directores.

Marías continuó viendo y escribiendo sobre cine hasta el final de su vida. Todas sus reseñas, juicios y pensamientos sobre el cine siempre se encaminaron a una forma reflexiva de ver más como espectador entusiasta, que como crítico formal.

Alfonso Basallo firma un riguroso trabajo ensayístico, en el que nos desvela al detalle todo lo que el filósofo enamorado de Greta Garbo gozó como espectador en las salas de cine, cómo lo trasladó después, con honradez intelectual, a cientos de artículos e hizo partícipes de ellos a sus lectores.

Cualquier lector curioso de hoy, el aficionado al cine, y no digamos el cinéfilo, no debería perderse este estreno literario ya en cartelera.