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lunes, 16 de octubre de 2023

El yo del poeta y su mundo


Leer poesía se me antoja un pasadizo, un camino que hay que recorrer en solitario, sin mapa, ni lazarillo. En cada lectura, en ese diálogo con el poeta, nos convertimos en confidentes de su verdad más íntima, de su razón estética o revelación dada. Cada poeta lo hace a su manera, con su tono y cadencia particulares. Y el misterio de su poética, esto es, su biografía emocional, cobrará sentido para nosotros en lo que proponga, más que en sus motivos. Cada poeta tiene un recorrido propio y, aunque los recorridos son infinitos, lo que persigue no es más que encontrar esa forma particular de manifestar la vivencia personal de su realidad. Alejandra Pizarnik decía que la poesía viene a ser el lugar donde todo sucede y, por tanto, se desentiende de lo que no es su libertad o su verdad.

Dice Eloy Sánchez Rosillo (Murcia, 1948), en la nota preliminar de El sueño cumplido (Tusquets, 2023), que la primera parte del libro “ofrece mis escritos en prosa más cercanos a lo que se entiende por «poética». Yo prefiero llamarlos «escritos sobre poesía»”. Esta aclaración, necesaria para él, poeta fiel a sí mismo, le vale como invitación al lector para que le acompañe a un selectivo despliegue de reflexiones personales sobre la creación poética y su correspondencia con la vida, dejando al descubierto el relato de su experiencia y su manera de ejercer el oficio, como misión de entendérselas con el mundo. Resalta, desde estos mismos postulados, el sentido de la vida como fuente de inspiración para su quehacer poético, y subraya que la poesía “depara al hombre conciencia del mundo, de su persona y del tiempo completo de su vivir”.

El libro avanza por esos derroteros, en un testimonio confesional y explícito, como de estar en un diván, dispuesto a compartir su pensamiento en torno al género. Pero también transita coloquialmente por diferentes entrevistas mantenidas a lo largo del tiempo en las que el poeta da cuenta de su oficio y el desafío que entraña. En ellas le importa destacar que el yo del poeta es quien se hace mundo y carne: “Al referirme a la poesía –dice– nunca hablo de construcción ni de invención; hablo de revelación, de manifestación de ella misma, a la que yo contribuyo en lo que puedo”. Se podría decir que, aunque el libro no nació ex profeso para ser publicado, se fue formando al hilo de todo el material disperso que obraba en su poder, como fuente propicia que aglutinaba textos declarativos y glosados a lo largo de los últimos veinte años, y a los que también añade una selección de poemas sobre la propia poesía.

Sánchez Rosillo no pone reparos en mostrarnos su gabinete creativo para que descubramos los entresijos y materiales de su poesía: aventura, emoción, oficio y misterio. Al poeta le importa que estos ingredientes impulsen el sentido del poema, que las palabras den voz a la realidad para que esta se manifieste. Para él, el poema no precisa ser comprendido de la manera que el autor lo comprende. Lo que importa es que trascienda su sentimiento al lector, lo suficiente para entrever su misterio. Proclama que “escribe desde sí, aunque poniéndose en el lugar de todos. Somos muy diferentes y a la vez muy parecidos”. Es consciente y así lo transmite en más de una entrevista de que “la poesía nos acerca a la vida en el sentido profundo, depara al hombre conciencia del mundo, de su persona y del tiempo completo de su vivir”. También busca oro como lector incansable de Homero, el más grande y emocionante para él, Keats, Emily Dickinson, Jorge Manrique, Garcilaso, Machado o Juan Ramón: “La voz de un escritor se forja con la mezcla indiscriminada de todo lo que ha leído, y de cuanto ha vivido”.

En El sueño cumplido encontramos todo lo indispensable para descubrir cuándo, cómo y porqué encontró el autor su destino, el sueño cumplido de su vida: ser poeta, poeta auténtico que se transforma lentamente en un arco de tiempo amplio, no de un día para otro. Asegura que: “Nadie que no se dedique a estos menesteres podría imaginar la cantidad de ilusionada energía y de atentísima paciencia que ha de emplear el poeta para hacerse con el poema, ni la satisfacción que siente cuando por fin lo alcanza y sabe que ese bien lo acompañará ya para siempre”. El poeta auténtico, según nos dice, sabe que no siempre encuentra tesoros a diario, que la poesía es un bien escaso: “La poesía es una aventura. Si conociéramos con antelación cómo se va a desarrollar, dejaría de serlo”.


Este libro ofrece, por tanto, el ideal poético y el itinerario vital de Eloy Sánchez Rosillo, ámbitos bien esparcidos a lo largo del volumen, sin ninguna pretensión ensayística, tan solo como testimonio propio de su experiencia y pasión por la poesía. Este sueño cumplido que alude el título contiene los pormenores de una dilatada vida vocacional, un libro de lectura luminosa, inteligente y persuasivo sobre la naturaleza de la poesía, el sujeto poético y su mundo, pensado para entenderse con todo tipo de lector con ganas de curiosear. Quien se disponga a adentrarse en su lectura se encontrará con unas páginas veraces, entretenidísimas y gozosas.



martes, 2 de agosto de 2022

La vida íntima de lo vivido


Por regla general, se podría decir que los seres humanos se dividen en dos rangos: los que encajan la vida según como viene y los que no. Como todo el mundo puede deducir, la vida se presenta muchísimo más ligera y fácil para los que la encajan con arrojo y desenfado. La gente te acepta, puedes ser uno más de la pandilla. Ahora bien, si no encajas los golpes, en el mejor de los casos, te postulas como un incomprendido y te sientes fuera de sitio. En el peor, acabas marginado por completo. Por eso, si has mantenido la singularidad de sentirte diferente al resto sin oprobio, parece que te irá mucho mejor en la vida, o, al menos, validará el hecho diferencial como verdad íntima de la razón de vivir.

La escritora turca de lengua alemana, Tezer Özlü (Kütahya, 1942 - Zúrich, 1986), hija de maestros, niña musulmana, educada en colegio extranjero de monjas alemanas de Estambul, pertenece ciertamente a esa primera categoría de personas exigentes a la hora de afrontar la vida con desparpajo desde muy pronto, sobrellevando constantes internamientos en hospitales psiquiátricos. La literatura supuso para ella un lugar acogedor, un destino para encontrar la plenitud y el entendimiento de su propio sentir. Los libros de los grandes maestros rusos Tolstoi, Dostoievski y Chèjov, así como autores franceses y alemanes como Zola, Camus, Goethe o Rilke, leídos todos ellos en alemán, le sirvieron de acicate para iniciarse en la escritura.

Habría que esperar a 1980 para conocer la publicación de Las frías noches de la infancia, que ahora, en 2022, rescata la editorial Errata Naturae bajo la traducción de Rafael Carpintero Ortega, un libro de culto en el que la autora, en apenas cien páginas, escribe un relato retrospectivo demoledor de su propia existencia, haciendo hincapié no solo en su vida individual, sino también en el bagaje de su personalidad. Özlü se vale de su propia historia para hablar de la realidad que la rodea, sin dejar de acudir tanto a la vida privada como a su vida interior, y tampoco sin dejar de mirar los dilemas existenciales, sus creencias, aspiraciones, el absurdo y la paradoja en la que vive como ser humano. Deja constancia de todo esto en muchos pasajes, como así lo muestra en el capítulo dedicado al colegio donde se instruye: “La vida es algo que nos plantan delante como un cuerpo extraño que, por ahora, hay que aceptar y entender. Sólo más tarde podremos vivirla y descubrir su verdad”, pág. 32.

A Tezer Özlü la enfermedad no la convirtió en escritora, ya lo era en ciernes desde que quedó hechizada por los libros que su hermano poseía en su cuarto de la casa de sus padres en Estambul. Allí comienza, a hurtadillas, a sumergirse en el rumor del mundo apasionante de la literatura. Su melodía supone un salto importante para ella, al tiempo que afronta un reto mayor: sobreponerse a la exaltación de su esquizofrenia y al terror de su tratamiento. Lo lleva de la mejor manera posible, consciente de que el espanto de su enfermedad puede ocultarlo en el seno de la vida cotidiana. Le obsesiona la idea de la muerte, pero, igualmente, le parece que la existencia es más hermosa fuera, entre el bullicio de la vida, con otra gente.

Estructurada en cuatro capítulos, toda la novela, intensa a rabiar, deja ver la inconsistencia de la vida que la sostiene, una existencia nada amable: la vida sentida por la autora, cuya voz exaltada clama por su liberación, más allá del hogar, de la escuela y los muros de los sanatorios donde ingresaba cada dos por tres. Todo ese clamor liberador, impulsado por su afán de huir, culminará con su exilio a Alemania, hasta llegar más tarde a París, la ciudad anhelada en la que vivió unos buenos años, aunque no fueron suficientes para mitigar la nostalgia de su tierna infancia y juventud que, en su caso, fue una época estigmatizada por la evidencia de una realidad palpable: nadie cree en las aspiraciones de una persona enferma.


Desde su Arcadia frente al Bósforo y la plaza Taskin, la compleja realidad del país y la anomalía de su salud, Özlü mantiene su rebeldía y compromiso hacia sí misma. Lo hace como autora, narradora y protagonista de un texto tan revelador y punzante como este, al filo de la locura, desmigajando en él el pálpito de unos años primordiales de su existencia, cuyos días y noches, allá en su lejana infancia y juventud la marcarían para siempre.

La experiencia y la invención se entrelazan a lo largo del relato de manera sobria y conmovedora, sin alardes, con la fuerza suficiente para calar en la piel del lector. Las frías noches de la infancia pone a tono la memoria y la imaginación de su autora con suma naturalidad. Diría que ambas encuentran su encaje en el lenguaje del testimonio descrito, dando pábulo a la vida. La vida, al fin y al cabo, es el camino de llegada, no de salida, como así también sucede con la literatura.


miércoles, 19 de febrero de 2020

Virginia Woolf revisitada


Hay una cita preciosa de una conferencia que dio la escritora estadounidense Ursula K. Le Guin en un ciclo literario en el año 2000 que dice que «por debajo de la memoria y la experiencia, por debajo de la imaginación y la invención, por debajo de las palabras hay ritmos ante los que la memoria, la imaginación y las palabras se ponen en marcha; la tarea de quien escribe es ahondar lo suficiente para sentir ese ritmo y dejar que ponga en marcha la memoria y la imaginación para que estas encuentren las palabras». Y añade que eso lo aprendió de Virginia Woolf, expresado de forma bellísima en una carta a su amiga Vita Sackville-West, en la que explica que el estilo es ritmo, «la onda en la mente», lo que hace en verdad que las palabras encajen.

En la mente de Ginés S. Cutillas (Valencia, 1973) este pálpito de encajar las palabras del que habla la escritora británica y otras consideraciones personales dentro y fuera del ámbito de la escritura están muy presentes en su nuevo libro Mil rusos muertos (Silex, 2019), un texto cuya génesis es fruto de la investigación previa a una conferencia que tuvo que impartir en mayo del 2007 en torno a la mujer y el microrrelato. A Woolf también le encargaron en 1928 una charla sobre la mujer y la novela y, como señala el propio autor “resultaba inevitable establecer similitudes entre los dos encargos de conferencia”. En ese sentido, toma como punto de partida Una habitación propia, una relectura atenta del ensayo en el que Woolf explora ese espacio literal y ficticio de difícil acceso para las escritoras de su época, en el que enlaza paralelismos con el trabajo que se proponía.

Cutillas es conocido, sobre todo, como escritor de relatos y de microrrelatos, género este último en el que se le reconoce como a uno de los teóricos más representativos del panorama literario actual de nuestra lengua. Es autor de los libros de relatos La biblioteca de la vida (2007) y Los sempiternos (2015); de la novela La sociedad del duelo (2013); de los libros de microrrelatos Un koala en el armario (2010) y Vosotros, los muertos (2016); y del ensayo Lo bueno, si breve, etc. (2016) Parte de su narrativa se ha publicado también en diferentes antologías de relatos y microrrelatos, como Por favor, sea brece 2 (Páginas de Espuma, 2009), Velas al viento (Cuadernos del vigía, 2010) o Antología del microrrelato español (1906-2011) (Cátedra, 2012). Actualmente es profesor en la Escuela de Escritores y forma parte del Consejo de Redacción de la revista literaria Quimera.

Enlazando con lo que dejamos dicho anteriormente, diremos que, de la memoria, de la propia escritura y, desde luego, del hilo conductor de Una habitación propia, Cutillas construye la trama ensayística de Mil rusos muertos, y, conforme van apareciendo las perplejidades que el propio análisis va presentando, el texto gira dando paso a una parte ficcional que relata la propia experiencia del autor cuando decidió dejar su trabajo de ingeniero informático para dedicarse por completo a la literatura. Cuando Woolf habla de la necesidad de espacio y dinero, como condición imprescindible para que una mujer se dedique en cuerpo y alma a su labor literaria, Cutillas responde que, para él, y más en estos tiempos que corren, son tiempo y dinero los dos factores esenciales. Nos falta tiempo para compaginar vida y literatura, según él, porque el trabajo-yugo se impone.

Por otra parte, estamos ante el libro más personal de su autor. Por sus páginas recorren testimonios de su vida y nos explica cómo cambió su destino cuando decidió dedicarse a la literatura por completo. Viene a decirnos que el escritor no es alguien envuelto en una pátina inspiradora que maneja el tiempo a su antojo, sino que necesita ponerse a ello todos los días, cualesquiera que sean las circunstancias o los sentimientos. Por eso considera que todo trabajo fuera del campo creativo es algo insoslayable para muchos escritores de atenuar su precariedad, pasando la creación a un plano secundario, sometiéndola a arreones de fines de semana y a unas vacaciones encerrados en una habitación para poder escribir. El libro indaga sobre toda esta realidad y nos interroga sobre la importancia de saber si estamos empleando nuestro tiempo en lo que verdaderamente deseamos.

Cuenta Cutillas que, por aquel entonces, cuando recaló en Barcelona en 1999, no lo tuvo nada fácil para dedicarse a la escritura: “Escribir cuento, novela o ensayo en aquellos años era poco menos que impensable, porque cualquier proyecto se hubiera malogrado con toda seguridad. Sin embargo, la pulsión por escribir encontró alivio en los microrrelatos, sin darme cuenta de que simplemente estaba aprendiendo a postergar la vida para cuando se presentaran unas condiciones mejores para la creación”.

Mil rusos muertos es, por todo ello, un libro testimonio, un texto híbrido que encaja en ese género de novela-ensayo, que se lee con sumo interés, porque el libro transmite, sin impostura, lo que tiene de trasunto. Cutillas se pone cerca del lector y le habla con la calidez argumentativa de todo el teje maneje que envuelve a ese binomio llamado literatura y vida, desde ese yo narrativo en el que se funden las señas de identidad de quien lo hace apartado y con entrega absoluta. Seguramente con la misma sintonía con la que se dirigía Virginia Woolf, también en otra carta, a su amigo Gerald Brenan: «es el precio que hay que pagar, hundirse hasta el fondo del mar y vivir en soledad con las palabras».


martes, 20 de febrero de 2018

Enfermedad y literatura


Susan Sontag, en su libro La enfermedad y sus metáforas (1980), habla del reino de los sanos y del reino de los enfermos, un destino propio de todo ser humano al nacer. Todos nacemos, según la escritora norteamericana, con ese doble pasaporte de vida. Henning Mankell, por otro lado, en Arenas movedizas (2015), viene a decirnos que la identidad se tambalea cuando tenemos que adoptar una postura determinada ante cuestiones complejas. Y mucho más cuando uno se enfrenta a una enfermedad grave: “el cuerpo se paraliza y sientes que el tiempo se detiene”.

En el interior de la solapa de la contraportada de El desconcierto (:Rata_, 2017) podemos conocer lo que supone para su autora, Begoña Huertas (Gijón, 1965), ese binomio representado por la literatura y la enfermedad. Estas son sus palabras: “Entiendo la literatura como la puesta en común de asuntos universales que nos competen a todos, en este caso la enfermedad y la identidad, el desorden (el desconcierto) que provoca lo primero en lo segundo”. Y qué bien le quita solemnidad al asunto: “El valor de la literatura es precisamente ese, que uno no tiene que arrancarse los ojos, ya lo hace Edipo en su lugar”.

El desconcierto es un testimonio conmovedor, nacido desde las entrañas de la literatura, que se adentra en los inestables movimientos emocionales y físicos provocados por el cáncer. Escrito en primera persona, como corresponde a la esencia de su género, su autora apuesta por proponernos un texto que no se quede atrapado en las garras del dolor, ni que tampoco se quede relegado a la mera tarea de relatar el proceso incierto de tratamiento y curación, sino que aspire a tomar vuelo, desde la propia experiencia dolorosa y desconcertante de la enfermedad a una creación literaria que de valor y sentido a lo narrado. La historia de este libro la protagoniza una reflexión, o varias, según se mire, sobre un ente abstracto, como asegura su autora, o no tan abstracto: la enfermedad. “Yo era como un barril con cuatro agujeros por los que salía el líquido interior a través de unos tubos que iban a parar cada uno a otras tantas bolsas a los pies de mi cama.”

Ante la enfermedad en la que se ve envuelta la protagonista, se suceden, consecutivamente, el impacto, el pavor y la parálisis. Estos hechos los compara con un manotazo repentino a las piezas de ajedrez que conforman el tablero de su vida. De esta manera explicará ella misma cómo la vida tiene que ver con una partida de ajedrez donde las piezas tienen su misión de avanzar en sus escaques, en un plan, más o menos preconcebido, hasta que irrumpe la enfermedad y hace saltar por los aires las ataduras de un cuerpo acostumbrado a funcionar de una forma establecida. “La enfermedad –dice– es una pérdida repentina de la estabilidad, la estabilidad del yo al que estabas acostumbrado”.

Dividido en ocho capítulos, el libro conforma una estructura que encauza al lector a un territorio literario en busca de un sustento que apuntale los cimientos por donde transcurre el sentir y los miedos propios de un devenir incierto, inmerso en esas arenas movedizas a las que se refería en su libro el novelista sueco. “Qué otra cosa ha sido la literatura sino el relato de los miedos y el intento por ordenar el caos”, se pregunta la escritora asturiana. Desde la propia naturaleza literaria le gusta apuntalar su relato con citas y referencias lectoras sobre textos de Proust, Kafka, Mann, Woolf, Tolstoi, Sacks o Zorn entre otros muchos escritores, autores que irradiaron en sus obras la fuerza centrípeta causada por la enfermedad en el escritorio donde cada uno de ellos, a su manera, sorteaban sus envites. A esto se añade también, en forma de epílogo, dos textos a cargo de Natalia Carrero y Javier Azpeitia, respectivamente, que destacan el carácter decidido de Huertas para escribir fuera de ese marco positivista de encarar la enfermedad y de apostar, en todo caso, por un texto escrito por alguien, más que nada, enfermo de literatura, que aborda física, anímica e intelectualmente un trayecto complicado y duro por las latitudes del mal que está pasando.

Begoña Huertas firma un texto convincente con muy buenas hechuras, que, sin escapar del valor confesional de todo el material vivo de sus páginas, destila mucha literatura y pasión, sin tener que apartarse de “mirar la vida desde la enfermedad de la literatura”. Y subraya: “Una enferma de literatura no es capaz de hacer un texto sano, porque la paciente sufre una serie de procesos mentales, probablemente provocados por las lecturas compulsivas a las que la lleva su enfermedad”.

La vida se compone, por lo general, de azares y de adversidades que se cruzan en nuestro camino. La enfermedad no es un hecho premeditado, sino una anomalía, dicen los expertos. Para la inmensa mayoría de las personas del planeta, la vida es supervivencia elemental. Para otros, como Begoña Huertas, sufrir una enfermedad grave es haberse extraviado en el propio cuerpo, en el que sucede algo que uno, si no puede controlarlo, tal vez convenga mejor que tenga a mano una buena dosis paliativa de literatura. Muy buen libro.

jueves, 14 de diciembre de 2017

Los libros y la vida

Uno, como lector, nunca regala su atención a un libro de forma gratuita. Lo hace cargado de esperanzas, con la idea de recolectar su fruto. Asumir ese riesgo es la aventura a la que se está siempre dispuesto a correr cada vez que decidimos leer un libro, confiados en una recompensa final. Cuando el resultado esperado se confirma, entonces el regocijo no es disimulable. Es lo que me acaba de ocurrir con la lectura de este libro, y no reparo en declarar mi gratitud hacia su autor, que hizo posible que así sucediera.

La seducción es un arte, qué duda cabe. Lo sabemos los que acostumbramos a tener siempre un libro entre las manos, los que frecuentamos bibliotecas y librerías y nos dejamos persuadir por esos mundos que otros nos descubren. Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948), lector, ensayista, antólogo, novelista, traductor y, desde hace dos años, director de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, se caracteriza por eso precisamente, por esa enorme calidez seductora, sinuosa y pujante hacia la lectura, y por ese afán exultante de transmitirnos, como verdadero hombre de letras, su amor irresistible a los libros.

Mientras embalo mi biblioteca (Alianza Editorial, 2017) es un libro nacido al hilo de unas circunstancias personales de traslado de domicilio, con mucha carga de melancolía, que le llevaron a tener que desmontar su oceánica biblioteca, que lucía bien erguida en un antiguo presbiterio en Francia. Se trata de un ensayo envolvente e íntimo, traducido del inglés por Eduardo Hojman, en el que el escritor argentino-canadiense relata todo lo que supuso su biblioteca como recipiente de vida donde reposa el tiempo y su experiencia lectora, en unas circunstancias bien distintas a cómo lo contó en 1931 Walter Benjamin en su breve texto Desembalo mi biblioteca: el arte de coleccionar, en el sentido de reflexionar, mientras sacaba los libros de sus cajas, de los privilegios y compromisos que todo lector deposita en sus estanterías. Dice Manguel que embalar y desembalar son dos caras del mismo impulso, y que sus libros han conseguido conformar a lo largo de su vida bibliotecas esparcidas por diferentes lugares, a modo de autobiografía sucesiva, donde cada libro guarda su chispa del momento en que fue leído.

Lo que ya nos dijo en Una historia de la lectura (1998) de que leer es un poder otorgado al lector con las palabras de otro, para interpretar el mundo, aquí se sostiene igualmente, y se añade lo que subrayaba Kafka en una de sus cartas: “Leemos para hacer preguntas”. Manguel lo mantiene y es persuasivo en ese sentido, hasta el punto de ampliarlo: leer para situarse, para saber cómo y dónde está uno parado, leer para descifrar, además de inquirir.

Este es un libro definido como elegía por su autor, por todo lo que le supuso de dolor abandonar para siempre tierras galas, con ese sentimiento de desamparo, de horror vacui de no poder disfrutar del lugar en el que se había instalado su monumental biblioteca, que tanto tiempo le había llevado reunir, y cuyos libros se amontonaban en cajas bajo sus pies. A pesar de ello, para consuelo suyo, esta circunstancia pondrá más en énfasis su propia sabiduría para animarnos a todos a darnos cuenta de que el verdadero centro de la vida literaria está en la disposición de leer, como actitud mental y solitaria, más allá de donde esté depositado todo libro. Además de esto, hace un repaso por aquellas referencias literarias que significaron su despertar entusiasta por los libros y que insuflaron su pulsión lectora imparable.

Se podría afirmar que Manguel trajo en vena el alma de las bibliotecas. Su madre trabajaba como secretaria en una de ellas. De muy niño se trasladó a Israel al ser nombrado embajador su padre y allí tuvo sus primeros escarceos con la literatura de la mano de su niñera, una joven letrada checoslovaca que le enseñaba canciones y poemas de Schiller y Goethe. Después, al regresar a Argentina, continuaría con más descubrimientos literarios. Las mil y una noches fue uno de sus libros de cabecera. Con apenas dieciséis años empezó a trabajar en Buenos Aires en la librería Pigmalión, y allí se aficionó a leer a los autores anglosajones. Los clientes de la librería eran todos los grandes escritores argentinos del momento. Bioy Casares le recomendó leer a Conrad. Después llegaría Borges que le despertó la curiosidad por Kipling, Stevenson y Henry James.

Los libros siempre han conversado conmigo –dice– y me han enseñado muchas cosas tiempo antes de que esas cosas entraran materialmente en mi vida, y los volúmenes físicos han sido para mí algo muy similar a criaturas vivientes que comparten mi cama y mi mesa.”

Mientras embalo mi biblioteca es un hermoso conjuro literario, un homenaje a las bibliotecas, una declaración de amor y un sincero manifiesto que reivindica la necesidad de ellas. Manguel es un erudito prestigioso de la literatura, un gurú de la lectura que nos devuelve la fe en el poder, misterio y deleite del mundo de los libros.


martes, 4 de julio de 2017

No hay consuelo

Hay personas, como diría Unamuno, que parecen no pensar más que con el cerebro, o con cualquier otro órgano que sea el específico para pensar; mientras otros piensan con todo su cuerpo y con toda su alma, con su sangre, con el tuétano de sus huesos, con su corazón, con sus pulmones, con su vientre y, en definitiva, con su propia vida. Piedad Bonnett (Amalfi, Antioquía, 1951), poeta, dramaturga, ensayista y novelista, puso corazón, vida, piel y mente cuando pensó que tenía que escribir Lo que no tiene nombre (Alfaguara, 2013), el libro dedicado a la vida, a la muerte y a la memoria de su hijo, un joven de apenas veintiocho años que decidió poner fin a su existencia arrojándose al vacío.

Este libro andaba huérfano de lectura en mi biblioteca desde hace unos años y el azar me llevó a su rescate merecido, inducido por la reciente lectura del último poemario publicado por la escritora colombiana. Los habitados (Visor, 2017), como se dice en el reverso del libro “es también un conjunto de poemas que se acerca al duelo, con la serena tristeza del que sabe que debe conformarse con las migajas de la memoria, y que la palabra es un instrumento de recuperación que, aunque a veces precario, merece nuestro agradecimiento”. Precisamente aquí, cuatro años después de la tragedia, se rememoran pasajes y acontecimientos en los que está presente el hijo ausente, su maleta pesada y vacía, sus últimos instantes, sus cuadernos y apuntes, el análisis concluyente del psicoanalista que venía a decir que “el salto al vacío es, en forma simbólica, un regresar al vientre de la madre”.

Lo que tuvo continuidad en verso, antes se concibió en prosa. La poesía, como decía Pizarnik, es el lugar propicio donde todo sucede. A semejanza del amor, del humor, del suicidio y de todo acto profundamente subversivo, la poesía se desentiende de lo que no es su libertad o su verdad. Bonnett, cuando decidió escribir sobre la vida y muerte de su hijo tuvo muy en cuenta las palabras de la escritora argentina, pero sabía que esos recuerdos suyos sobre los últimos días de su hijo eran clave también en su propia existencia y precisaba contención narrativa para poder llevar a buen fin su propósito como escritora para contarlo públicamente. La poesía la podía desbordar y desvariarla hacia un territorio de autocompasión y sentimentalismo al que, de ante mano, renunciaba de pleno. Por ello, Lo que no tiene nombre acabó en una narración literaria profundamente intimista, en un testimonio conmovedor y valiente, tan breve como intenso.

Dice Joan Didion en su memorable libro El año del pensamiento mágico (2005) que el dolor por la muerte de un ser querido sigue siendo la más general de la aflicciones. Quienes han perdido a un ser amado tienen razones de peso para sentir lástima de sí mismos, y hasta una necesidad apremiante de compartirlo con los demás. Bonnett escribe como superviviente de una tragedia, intentando mantener con vida a un hijo malogrado, aun a sabiendas que para seguir viva llegará el momento de tener que superar la pérdida dejando en paz al muerto, dejándolo ir. El laberinto del duelo no es más que eso, estar solo ante un dolor intrincado que asfixia. Cuando el dolor cae sobre ti sin paliativos, escribe Rosa Montero en otro libro emocionante, La ridícula idea de no volver a verte (2013), lo primero que te arranca es la palabra.

Lo que no tiene nombre es un libro impactante con muchas preguntas dentro, escrito con un trasfondo poético conmovedor, alejado de cualquier lirismo vano, y apartado de los tentáculos de la autocompasión y del sentimentalismo, pero sin renunciar a hacerlo desde las vísceras hasta la cabeza, con todo el cuerpo y en pleno duelo, a los tres meses del suicidio de su hijo. El duelo para Bonnett ya venía de lejos, desde que diez años antes le detectaran al hijo una enfermedad mental incurable con la que libró etapas críticas de hospitalización y tratamiento que le fueron menguando psicológicamente.

Este libro le sirve a la autora para liberarse de ese dolor innombrable que le supuso la terrible pérdida de su hijo, y, al mismo tiempo para liberarse de tanto pesar, en una batalla personal que la redima con dignidad de la pena infinita que le ocasionó el verlo sufrir hasta el desgarro definitivo de su muerte.

Lo que no tiene nombre es un testimonio novelado tremendo, terrible y hermoso que se lee como historia de vida, narrada con una contención admirable que aborda el tema tabú del suicidio desde la perspectiva de una madre abismada en el duelo, que no pretende resucitar a su hijo, sino saber quién era en realidad, para entender mejor su fatal determinación, su irreparable vacío revertido hacia los suyos.

La vida es drama y contradicción, y en ningún caso un lugar para el conformismo. Esto también tiene su traslado en la literatura y, en ese sentido, siempre que leo lo hago con la idea preconcebida de obtener una recompensa. Con este libro el resultado obtenido es extraordinario, amplificado más si cabe, porque como dice Juan José Millás, citado en el texto: “la escritura abre y cauteriza al mismo tiempo las heridas”, y esto, desde el lado del lector, también se palpa y notas que te escuece.


viernes, 27 de enero de 2017

Trayecto sin retorno

Contar historias es una de las prácticas comunes de la vida social. Siempre se han contado historias y se seguirán contando, escribe Ricardo Piglia en sus Conversaciones en Princeton, y si pensamos en el futuro, “estoy seguro de que la narración persistirá porque es el gran modo de intercambiar experiencias”. Nos hacemos mayores, pero no cambiamos, en el fondo seguimos siendo criaturas que esperan ansiosamente que les cuenten otra historia, y la siguiente, y otra más. De ahí se explica que haya hombres con cierto ardor dispuestos a contar su vida, sin haber sido ejemplar, tan solo por el hecho de tener un puñado de verdades en el hueco de la mano, como diría Pío Baroja, para esparcirlas a todos los vientos y que otros las escuchen.

El profesor de Derecho Internacional en la Universidad del País Vasco, Juan M. Velázquez (San Sebastián, 1964), autor del libro de relatos Secundarios de lujo (2006) y de las novelas Hombres sin suerte (2010) y Algo que nunca debió pasar (2012), pudo constatar que lo dicho por el novelista vasco y el escritor argentino se perpetúa, incluso de manera insólita. En abril del 2013, cuando presentaba la última de sus novelas en San Sebastián, en la biblioteca de la prisión de Martutene, al final del acto se le acercó uno de los reclusos asistentes, cargado con una enciclopedia abierta por el lugar donde se hablaba del asalto al Banco Central de Barcelona en el año 1981 y se destacaba el nombre del cabecilla: José Juan Martínez Gómez, conocido en las fichas policiales y en la prensa de la época como El Rubio, el mismo que portaba el tomo, el mismo que se presentaba ante sus ojos. Así se conocieron el autor y el narrador de lo que se avecinaba. A partir de aquel encuentro, según se cuenta en el epílogo de la obra, la historia a escribir ya no se hizo esperar.

Algunos me llaman El Rubio (Arte Activo Ediciones, 2016) es el testimonio novelado de un hombre que eligió ser un delincuente, un fuera de la ley, una vida escapista contada por él mismo, un relato que propone una verdad por boca de su personaje: una verdad huidiza, profunda, ambigua, contradictoria, irónica y elusiva, una verdad, en todo caso, moral y propia de la existencia de un ser sin atributos, nacido para la aventura, el riesgo y la huida, dispuesto a saltarse las normas establecidas hasta jugarse la vida por ello.

El Rubio cuenta que la realidad que ha vivido desde su infancia era un territorio ingrato que no le aportaba ilusión y, aunque confiesa que el camino emprendido por él no proviene de ningún desarraigo familiar, reconoce que quizás todo tiene que ver con su animadversión a las normas establecidas y por un deseo irrefrenable de aventura y una cierta actitud anarquista, en oposición a lo que el sistema impone.

José Juan Martínez Gómez hizo de su vida una novela épica, sin tener que acudir a la mentira, aceptando ser quien es, un delincuente consumado, con más de cuarenta años entre cárceles y reformatorios, y que empezó a conocer motu proprio el valor del dinero y la importancia de obtenerlo a golpe de asaltos. Acabó viviendo lo que había imaginado, acabó convertido en un atracador al servicio del mejor postor, un ladrón preocupado por robar en serio, enfrentándose a la policía, siendo perseguido y golpeado por ella, un hombre sin rutinas ni horarios y sin adicción a las drogas, solo apegado al dinero contante y sonante. “El dinero, así de simple –nos dice en una de sus escaramuzas–, no hay otro lenguaje más sencillo que recibir y pagar, el resto son subterfugios, rodeos, palabrería. Los favores que se piden a los amigos también se pagan tarde o temprano”.

Más allá del gran golpe al Banco Central en el que hubo algún herido, el asalto más espectacular perpetrado a una entidad financiera en la historia de nuestro país, que duró treinta y siete horas, con casi trescientos rehenes, y que puso en jaque, no solo a la policía, sino a todo un gobierno, debido a la trascendencia y a las extrañas circunstancias que rodearon el caso, presuntamente auspiciado por los servicios secretos, las fechorías de El Rubio, a pesar de haber sido innumerables por distintos lugares de España y Francia, nunca causaron muertes, un empeño que siempre le caracterizó.

Estamos ante un estupendo relato, un libro confesional de corte realista contado sin excesos y muy bien pertrechado, gracias a esa fuerza narrativa que imprime la voz en primera persona de su narrador, capaz de encandilar al más desconfiado de los lectores.

Flaubert lo decía de una manera muy explícita: “Un autor en su trabajo debe ser como Dios en el universo, presente en todas partes y no visible en ninguna”. El libro que firma Juan M. Velázquez lleva esa magia literaria apuntada por el maestro francés que tanto nos gusta a los que no paramos de leer historias de vidas azarosas y apuradas hasta que el aliento nos dure. Este relato de El Rubio posee esa gracia que engancha.


jueves, 28 de enero de 2016

El Gran Cronopio

Descubrir que uno de tus autores literarios preferidos, ya desaparecido, haya coincidido en los gustos musicales que tú mismo has ido cultivando a lo largo de tu vida: la ópera, el tango y el jazz, y que, además, haya sido un entusiasta irredento del boxeo, es todo un hallazgo que obedece a esa clase de coincidencias del capricho matemático que se da ocasionalmente entre dos personas escogidas al azar. Pero si a esa casualidad se añade además el compartir las mismas referencias musicales: Duke Ellington, John Coltrane, Charlie Parker o Benny Carter, músicos varones y trompetistas, o las voces femeninas de Bessie Smith, Ella Fitzgerald y Billie Hollyday, entonces se puede concluir que, con este sumatorio casuístico, uno forma parte de ese club especial que anda disperso por ese laberinto universal donde, al final, los cronopios siempre se encuentran, como afirmaba Julio Cortázar.

A veces el azar, la cabalística, lo inesperado se producen de igual forma entre dos escritores a los que, inevitablemente, les conducirá a un encuentro, porque así lo tenía previsto el destino, en el que surgirá una relación mutua que culminará en una amistad intensa, llena de complicidades y confidencias. Cristina Peri Rossi (Montevideo, 1941) desvela en Julio Cortázar y Cris (Cálamo, 2014) cómo conoció al autor de Rayuela en París, en 1973, y cómo aquel extraordinario acontecimiento supuso una experiencia vital única y alargada en el tiempo, más allá de la muerte del novelista argentino. En aquellos once años de amistad, de literatura y de vida entre París y Barcelona, cuenta la escritora, creció el afecto, el respeto y el amor mutuo que se profesaban, tanto en la distancia, en los momentos de compañía, que no faltaron, como en la correspondencia que mantuvieron de forma prolongada.

El testimonio literario es un género de gran tradición entre muchos escritores. A veces por devoción o admiración mutua. Leer sobre los escritores, pararse en sus grandezas y debilidades, en sus hábitos cotidianos, manías y desasosiegos, aporta una dimensión de su literatura que enriquece el bagaje cultural que uno lleva consigo como lector, con todos esos rasgos, a veces complementarios, a veces contradictorios, de la vida de ellos. Peri Rossi nos acerca al universo literario e íntimo de Cortázar, un tipo alto, al que ella llamaba cariñosamente “piernaslargas”, un ser nostálgico y melancólico que siempre necesitó el amparo del amor y por el que siempre apostó. En estas páginas también está presente el exilio. Ambos amigos lastran esa carga sentimental de expatriados que fluye en sus corazones, así como el devenir de los infortunios amorosos que completan esos exilios íntimos producidos por la ruptura de una relación. Aurora Bernárdez, Ugné Karvelis y Carol Dunlop fueron los tres amores del escritor que completaron un ciclo encadenado sentimental y tumultuoso de esposo, amante, divorciado y viudo respectivamente.

Cortázar le dedicó a la poeta uruguaya quince poemas de amor recogidos en su libro Salvo el crepúsculo (Alfaguara, 1984). Peri Rossi rememora estos versos en la segunda parte del libro y se explaya sobre las sutilezas de la poesía y sus destinos. La poeta se convertía inopinadamente en musa, un cambio de papel repentino que trastornaba su identidad. “Los leí, me emocioné, los rechacé, los quise –subraya sin contención–, no se los enseñé a nadie, me sentí tan incómoda como cercana, maldito Julio, ¿por qué me habías elegido a mí, una sentimental, una romántica, como el objeto de tu dolor?” El gran cronopio, como le gustaba nombrarle, hizo de las suyas: fascinarla con versos.

Si hay alguna cosa que defiende la autora de Habitaciones privadas (Menoscuarto, 2012) por sí misma, por la escritura, por la literatura y por todos los lectores, es el respeto y cariño, no solo por la memoria de su admirado amigo, sino por la soberana libertad que como gran escritor desplegó, según su conciencia y dignidad personal.


Todos los libros tienen una peripecia, una historia que contar, pero la de este, además, no deja de ser especial y recóndita, una crónica sentimental de una amistad intensa que constata que las historias tienen dueño y destinatario. Las historias y la realidad, en definitiva, se mezclan para que el lector tenga la oportunidad de descubrir y compartir momentos únicos y reservados, como las revelaciones que despliega este hermoso testimonio, bajo un título tan íntimo y entrañable como Julio Cortázar y Cris, tan pletórico de literatura, poesía y vida.

jueves, 3 de diciembre de 2015

Historia de un desafío

En Memorias de un librero (Anaya & Mario Muchnik, 1994), del argentino Héctor Yánover, un libro hermoso y sorprendente, hay pasajes ilustrativos sobre la tarea tan absorbente que conlleva ser librero. Ya en sus primeros párrafos se planta ante el lector con una especie de decálogo para enunciarle lo que significa este oficio y dice: “Un librero casi es un libro. La mercancía que vende se ha metido tanto en su vida que le es difícil separarlas. Crecido entre libros, respiro polvo de libros, veo libros en todos los horizontes. La librería no está donde está, sino dentro de mí. Es un hombre que cuando descansa lee; cuando lee, lee catálogos de libros; cuando pasea, se detiene frente a las vidrieras de las otras librerías; cuando va a otra ciudad, otro país, visita libreros y editores”.

Han transcurrido ya dos décadas desde la aparición de estas curiosas memorias cuando acaba de publicarse un libro que discurre por esos mismos derroteros, pero en este caso bajo la pericia de una librera incipiente que toma, casi por asalto, en una subasta por internet, la compra de una pequeña librería en Viena. Para Petra Hartlieb (Múnich, 1967) su apuesta cambiará por completo su vida y la conducirá a una aventura temeraria y repleta de incertidumbres. Dejar su domicilio de Hamburgo y su trabajo de crítica literaria, arrastrar al nuevo proyecto a su marido, un ejecutivo de una importante editorial, dos hijos, sin casa establecida, sin experiencia sobre los entresijos de una librería, y, encima, con un préstamo oneroso que asumir, ahuyentaría a cualquiera, pero Petra no se amedrará porque está convencida de su acertada elección.

Mi maravillosa librería (Periférica, 2015) es la historia de una ilusión, del desafío y del empeño de una mujer tenaz y apasionada por realizar un sueño: tener una librería. Por la cabeza de esta mujer pragmática, tan vinculada al mundo de los libros, también había sitio para la locura, de manera que no iba a dejar pasar la oportunidad de regentar un local repleto de estantes de libros hasta el techo, con un público ferviente por todos los pasillos, como siempre había soñado. Los libros serán testigos de sus vicisitudes y contratiempos, compartirán sus momentos de gloria y otros menos buenos debido a esos caprichos informáticos cuando dejan de funcionar los ordenadores e interfieren en el mostrador de los pedidos.

Decía Claude Roy en El amante de las librerías, un delicioso texto sobre el amor a los libros y a las librerías que “el dinero no hace la felicidad, pero ayuda a comprar libros”. En el caso de Hartlieb, sus amigos y el banco prestaron el dinero necesario para otorgarle la felicidad al poner en marcha su anhelada apuesta: la librería soñada.

Cada librería condensa un mundo, no solo para el curioso que se adentre por sus puertas, sino para el mismo propietario del recinto, el único capaz de entender de antemano que aquel sitio es un centro cultural en el que su mercancía propicia la conversación y el debate, la amistad e incluso los escarceos románticos. Petra Hartlieb cuenta todo este hechizo y todo lo que acontece más allá de su horario de trabajo, con la naturalidad de quien confiesa una intimidad a un amigo. La historia de Petra y su librería es una narración que muestra su experiencia personal, un trayecto vital y empresarial cargado de entusiasmo y confianza, un testimonio literario fresco y honesto, sincero y sin alardes, escrito en un tono cercano y divertido.

Lo conseguido por esta insólita y emprendedora mujer está recogido en este estupendo libro. Creer en los sueños es perseguirlos, aunque nada es de color de rosa, como se palpa en sus páginas. Tener un sueño logrado, una familia unida, un perro y una librería no es nada baladí, más bien es un lindo logro que a muchos amantes de los libros nos habría gustado y no nos hemos atrevido a llevarlo a cabo. Iniciar una empresa así no es misión para timoratos. El desafío que se le presenta al librero en este siglo XXI es un trabajo duro y de mucho sacrificio, porque en realidad pintan bastos, y a los hechos me remito: no transcurre una semana en la que algunos de estos maravillosos locales cierren sus puertas estrangulados por las manos virtuales de Amazon y otros gigantes de internet.

Mi maravillosa librería no es solo un testimonio de una librera aguerrida y entusiasta, sino que también es, sin habérselo propuesto su autora, un homenaje a los lectores y amantes de las librerías, a los libros y a todo un gremio de supervivientes que siguen trabajando a destajo para que estos sagrarios cargados de libros continúen reconfortándonos. [Reseña núm. 255]


martes, 28 de julio de 2015

Todos enfermamos

Sin duda, la enfermedad es una catástrofe y un infortunio, peor aún, si no tienes a tu alcance unas manos compasivas en las que acogerte. Sobrevivir o no a un cáncer depende de multitud de factores, incluso responde a un algoritmo complejo en el que la acción humana resulta ser solo una variable más entre otras muchas. El cáncer coloca al enfermo en un territorio frágil y desconocido, sin mapa ni brújula que, según testimonio de algunos de ellos, les abre las puertas a la insensatez y a la necedad de sentirse injustamente excepcionales: ¿por qué yo?

De esto y de mucho más trata Mi cuerpo también, de la catalana Raquel Taranilla (Barcelona, 1981), licenciada en Derecho y doctora en Filología Hispánica, un libro en el que, de entrada, conviene destacar la extrema concisión de su prosa, tan valiente y penetrante, con la que sugiere al lector el valor extraordinario de la literatura, sobre todo, cuando esta se funde con el testimonio verdadero del escritor que no precisa acudir a los artificios sentimentales para conmovernos. Lo que se dice en ese relato y lo que queda latente, se conjuga, de tal manera, que los miedos, las incertidumbres y las dudas existenciales narradas en esta historia personal, nada le resta a la lucha emprendida por su protagonista, desde la conciencia y la serenidad de sentirse vulnerable ante un maleficio inesperado y amargo al que deberá combatir con dignidad. En ese sentido, el silencio del paciente se libera para hacer valer su voz en medio de todo ese protocolo médico puesto en marcha, y al que se somete al enfermo, de manera implacable, sine die. De ahí que el sentido profundo del título escogido transite, además del lado del tratamiento médico establecido en la clínica, por un derrotero poco común como es reivindicar que ese cuerpo protocolizado también le pertenece al enfermo y que su voz, por tanto, es tan legítima, como la de los expertos sanitarios. Una voz enferma, pero lúcida, que anhela ser curada, sin épica, y que quiere participar en la gestión de su enfermedad y de su liberación.

Mi cuerpo también (Los libros del lince, 2105) no es un texto de autoayuda, ni un relato de superación sobre el cáncer, sino una propuesta, lejos de toda moraleja al uso, que se propone ser un trabajo veraz y riguroso, equiparable al del historial clínico, una especie de manifiesto político, en el sentido más amplio del término, donde se cuenta un recorrido vital que deambula por el espinoso camino del diagnóstico de la enfermedad, su terapia y los mitos que envuelven la maldición de esta palabra áspera y negra que es el cáncer. “Es evidente –subraya la autora en una extensa conversación con Fernando Clemont en la revista Quimera– que mi texto bebe de otros textos sobre el cáncer, como el de Susan Sontag (La enfermedad y sus metáforas) y el de Audre Lorde (Los diarios del cáncer), entre algunos otros...”

Desde la experiencia del dolor, Raquel Taranilla conforma este relato de su historia personal, evocando a poetas, filósofos y escritores, empujada a desmitificar la enfermedad y, especialmente, el culto exacerbado al cuerpo, acentuando que la salud es solo una pura presunción. Nadie está protegido contra cualquier accidente genético y, mucho menos, puede sentirse extraño ante una inesperada enfermedad. Lo mismo que surgen los conflictos, la violencia social o las dudas existenciales, todos enfermamos de un modo imprevisto. Nadie se libra de ello y, por eso, conviene dejar claro que “lo que le pasa a uno –insiste la joven escritora– no es excepcional”, sino un episodio más de esa fragilidad que supone vivir rodeados de peligros invisibles que nos acechan cada día.

Nada coarta la voluntad de Taranilla, ni siquiera haber sorteado una grave enfermedad, para que se implique hasta la extenuación, escribiendo un relato tan potente y crudo como este, al que también podríamos calificarlo de crónica adversa, testimonio íntimo o ensayo riguroso; en definitiva, una reflexión crítica y profunda sobre la enfermedad desde diferentes ámbitos: los profesionales sanitarios, los medicamentos, la ciencia, la sociedad, la enfermedad y, por supuesto, el enfermo.

Resumiendo, Mi cuerpo también es un texto singular que posee las claves necesarias para entender el discurso actual y verdadero sobre el cáncer, un libro inteligente y nada piadoso que, además, está muy bien escrito.


martes, 24 de febrero de 2015

La vida continúa


En la literatura, como en la vida, la muerte se suele ver asistida por una aparente irrelevancia o todo lo contrario. Nunca pensamos que la muerte puede ocurrir. Nos aferramos a nuestros quehaceres cotidianos para tener la ración diaria de aire fresco. Dudamos al elegir qué ropa coger, con qué amigo quedar y dónde reunirnos. Nos ponemos en camino, el día entero se abre ante nosotros, breve, porque deseamos volver no muy tarde a casa para recibir la visita de algún otro conocido o familiar. Y, cuando se cumplen nuestras expectativas, esperamos que al día siguiente haga también buen tiempo, sin sospechar que la muerte, que camina junto a nosotros, nos acecha permanentemente. A Millena Busquets, (Barcelona, 1972) de pequeña, le contó su madre un cuento sobre la paradoja inevitable de la muerte en las horas siguientes a la irreparable desaparición de su padre. Ahora, en También esto pasará (Anagrama, 2015), Milena (Blanca, en la novela) nos narra, en apenas ciento setenta páginas, la continuación de aquel remoto cuento de la infancia, porque quien ha muerto es su madre y este libro, precisamente, es un testimonio de amor y homenaje a ella, la persona más influyente y querida de su existencia.

Me gusta acercarme a la lectura de un libro sin condiciones a priori. Lo mejor es entrar en él sin ningún prejuicio, ni a favor, ni en contra. A veces, lo muy celebrado en la prensa puede no ser excelente, o puede acarrear decepciones. Con estas premisas me puse a leer la novela de Milena Busquets, un libro que ha acaparado elogios y reseñas encendidas en distintos suplementos culturales, además de ser la sensación editorial de este inicio de año y que también viene precedida de cierta algarabía originada en la última edición de la Feria de Fráncfort donde, al parecer, ha logrado sustanciosos contratos.

La narradora de También esto pasará, una mujer de cuarenta años, asiste al entierro de su madre, fallecida después de una prolongada y penosa enfermedad. Del dolor por su pérdida la protagonista trata de protegerse desplazándose al Cadaqués de su niñez con sus dos hijos pequeños de sendos matrimonios, invitando a sus exmaridos, citándose con un amante casado y departiendo diálogos morales con dos buenas amigas. Este es el marco escogido por la narradora para llevar a cabo ese ajuste de cuentas que tiene pendiente con su madre. La ausencia materna es el verdadero revulsivo que provoca una revisión biográfica y existencial de su vida para aliviar esa pena.

Mis conclusiones sobre También esto pasará tienen aspectos destacables y otros menos elogiosos. Busquets ha escrito un texto íntimo al que no le falta desparpajo ni cierta malicia, lleno de frases ácidas y reflexivas que abordan el mundo personal de la narradora, ese camino que transcurre entre la juventud y la madurez hasta el momento álgido de la ausencia de su madre, una mujer incisiva y determinante, y el recuerdo, también, de lo vivido y aprendido a su lado. Entre esa carencia y la memoria redivida hay una constante evocación de vivencias personales que se alejan de ese peregrinar por la senda del duelo y dan presencia a otros asuntos: los hijos, la amistad, el sexo, los amantes..., aunque, como afirma la narradora, “vivir con ligereza y alegría no es nada fácil”. Sin embargo, hay tropiezos narrativos que rompen ese aparente discurso literario sincero y ponen en evidencia su naturalidad y originalidad, quizá lo más meritorio de la novela. Al mencionar dichos tropiezos narrativos, me estoy refiriendo especialmente a ese artificio que la autora barcelonesa utiliza cuando entremete en la voz de la protagonista aforismos encadenados para dar amplitud argumentativa. Estas reflexiones, que para algunos pueden parecer lo que mejor sostiene a la novela, no dejan de ser un recurso efectista que emplea la autora para elevar el tono del discurso y que llegan a ser una rémora poco eficaz.

A pesar de lo anteriomente señalado, También esto pasará es un libro interesante, ameno y valiente. Milena Busquets, con su prosa elegante y seductora que parte de lo íntimo, ha dado con la tecla justa para que su auto-ficción propicie la simpatía suficiente en el lector que se siente atraído por la literatura testimonial. Ahí radica lo mejor de esta novela, ya que la escritora catalana trata en su inventiva de no engañarnos y dejarnos el recado de que toda ligereza alivia, como el sexo, a soportar ausencias, porque vivir no es más que acostumbrarse a perder casi todo lo que más se quiere.