martes, 4 de julio de 2017

No hay consuelo

Hay personas, como diría Unamuno, que parecen no pensar más que con el cerebro, o con cualquier otro órgano que sea el específico para pensar; mientras otros piensan con todo su cuerpo y con toda su alma, con su sangre, con el tuétano de sus huesos, con su corazón, con sus pulmones, con su vientre y, en definitiva, con su propia vida. Piedad Bonnett (Amalfi, Antioquía, 1951), poeta, dramaturga, ensayista y novelista, puso corazón, vida, piel y mente cuando pensó que tenía que escribir Lo que no tiene nombre (Alfaguara, 2013), el libro dedicado a la vida, a la muerte y a la memoria de su hijo, un joven de apenas veintiocho años que decidió poner fin a su existencia arrojándose al vacío.

Este libro andaba huérfano de lectura en mi biblioteca desde hace unos años y el azar me llevó a su rescate merecido, inducido por la reciente lectura del último poemario publicado por la escritora colombiana. Los habitados (Visor, 2017), como se dice en el reverso del libro “es también un conjunto de poemas que se acerca al duelo, con la serena tristeza del que sabe que debe conformarse con las migajas de la memoria, y que la palabra es un instrumento de recuperación que, aunque a veces precario, merece nuestro agradecimiento”. Precisamente aquí, cuatro años después de la tragedia, se rememoran pasajes y acontecimientos en los que está presente el hijo ausente, su maleta pesada y vacía, sus últimos instantes, sus cuadernos y apuntes, el análisis concluyente del psicoanalista que venía a decir que “el salto al vacío es, en forma simbólica, un regresar al vientre de la madre”.

Lo que tuvo continuidad en verso, antes se concibió en prosa. La poesía, como decía Pizarnik, es el lugar propicio donde todo sucede. A semejanza del amor, del humor, del suicidio y de todo acto profundamente subversivo, la poesía se desentiende de lo que no es su libertad o su verdad. Bonnett, cuando decidió escribir sobre la vida y muerte de su hijo tuvo muy en cuenta las palabras de la escritora argentina, pero sabía que esos recuerdos suyos sobre los últimos días de su hijo eran clave también en su propia existencia y precisaba contención narrativa para poder llevar a buen fin su propósito como escritora para contarlo públicamente. La poesía la podía desbordar y desvariarla hacia un territorio de autocompasión y sentimentalismo al que, de ante mano, renunciaba de pleno. Por ello, Lo que no tiene nombre acabó en una narración literaria profundamente intimista, en un testimonio conmovedor y valiente, tan breve como intenso.

Dice Joan Didion en su memorable libro El año del pensamiento mágico (2005) que el dolor por la muerte de un ser querido sigue siendo la más general de la aflicciones. Quienes han perdido a un ser amado tienen razones de peso para sentir lástima de sí mismos, y hasta una necesidad apremiante de compartirlo con los demás. Bonnett escribe como superviviente de una tragedia, intentando mantener con vida a un hijo malogrado, aun a sabiendas que para seguir viva llegará el momento de tener que superar la pérdida dejando en paz al muerto, dejándolo ir. El laberinto del duelo no es más que eso, estar solo ante un dolor intrincado que asfixia. Cuando el dolor cae sobre ti sin paliativos, escribe Rosa Montero en otro libro emocionante, La ridícula idea de no volver a verte (2013), lo primero que te arranca es la palabra.

Lo que no tiene nombre es un libro impactante con muchas preguntas dentro, escrito con un trasfondo poético conmovedor, alejado de cualquier lirismo vano, y apartado de los tentáculos de la autocompasión y del sentimentalismo, pero sin renunciar a hacerlo desde las vísceras hasta la cabeza, con todo el cuerpo y en pleno duelo, a los tres meses del suicidio de su hijo. El duelo para Bonnett ya venía de lejos, desde que diez años antes le detectaran al hijo una enfermedad mental incurable con la que libró etapas críticas de hospitalización y tratamiento que le fueron menguando psicológicamente.

Este libro le sirve a la autora para liberarse de ese dolor innombrable que le supuso la terrible pérdida de su hijo, y, al mismo tiempo para liberarse de tanto pesar, en una batalla personal que la redima con dignidad de la pena infinita que le ocasionó el verlo sufrir hasta el desgarro definitivo de su muerte.

Lo que no tiene nombre es un testimonio novelado tremendo, terrible y hermoso que se lee como historia de vida, narrada con una contención admirable que aborda el tema tabú del suicidio desde la perspectiva de una madre abismada en el duelo, que no pretende resucitar a su hijo, sino saber quién era en realidad, para entender mejor su fatal determinación, su irreparable vacío revertido hacia los suyos.

La vida es drama y contradicción, y en ningún caso un lugar para el conformismo. Esto también tiene su traslado en la literatura y, en ese sentido, siempre que leo lo hago con la idea preconcebida de obtener una recompensa. Con este libro el resultado obtenido es extraordinario, amplificado más si cabe, porque como dice Juan José Millás, citado en el texto: “la escritura abre y cauteriza al mismo tiempo las heridas”, y esto, desde el lado del lector, también se palpa y notas que te escuece.


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