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miércoles, 7 de junio de 2023

Derribar el estigma


“Mi padre era un borracho, aunque sé de sobra que la palabra «borracho» no significa casi nada. Sirve para clasificar, para separar a los que beben mucho y mal de los que beben poco y bien, y, según Aristóteles, clasificar es un medio necesario para alcanzar el conocimiento, de la misma manera que hablar, aun con palabras decadentes, es la única cuerda que tenemos para sujetar todo esto”, confiesa la narradora de Material de construcción (Random House, 2023), que no es otra que Eider Rodríguez (Rentería, 1977), autora de cinco libros de relatos: Carne (2007), Y poco después ahora (2007), Un montón de gatos (2010), Bihotz handiegia (2017) y Un corazón demasiado grande (2019) que, ahora, por vez primera, se sumerge en una novela intimista para ahuyentar el silencio del drama que marcó para siempre a su propia familia y hablarnos de su padre.

Ya, desde sus inicios, el lector se da cuenta de que asiste a un despojo sentimental honesto, transformado en una carta al padre en la que quien habla es la hija para explicar su rabia contenida y su dolor prolongado e implacable durante años, y que, ahora, desde el poder de la escritura, la empuja a desatarse del pasado y recuperar la memoria mediante la escritura para sobrellevar mejor las vergüenzas, el peso de lo real y, tal vez con ello, derribar el estigma. Trasciende aquí la puerta oculta que toda vida familiar tiene, ese laberinto propio de silencio, de pasillo sellado. En el seno de este núcleo familiar persiste un infierno en ascuas, un sentimiento de culpa indeleble en el alma de quien habla, de quien sabe que, aunque están muy cerca unos de otros, conforman un archipiélago de seres separados por un cerco infame que impiden que conecten.

Dice la narradora que anda necesitada de simular el silencio para que, de una vez por todas, las palabras tengan el significado que deben tener para entendérselas tras la muerte del padre, para intentar comprender a ese padre ausente y desconocido que fue en vida. Eso es, en esencia, el asunto central del libro: conocer quién era el padre, dentro y fuera de su alcoholismo. Y ese mismo discurrir llevado también a una indagación en torno al lenguaje sobre cómo narrar la experiencia individual y conducirla al territorio de lo indecible, de lo execrable de un comportamiento que termina en lacra y en vergüenza: “La vergüenza es una emoción asociada a la moral y a la conciencia. A la censura, a la mirada ajena, a la duda si una es digna de ser querida. Su símbolo es la mancha, aquella que no se puede limpiar y que es objeto de todas las miradas”.

Material de construcción es un título que reúne distintas consideraciones. No es solo un epígrafe referido al negocio familiar de los padres de la narradora, un almacén de cementos, azulejos, lavabos, mamparas o griferías dispuestos para la venta en Rentería, sino que, a su vez, infiere en un juego simbólico referido a los materiales de los que estamos hechos y nos conforman como seres humanos. Cabe decir que, en ese juego de palabras, está presente también cómo se ha ido construyendo la novela: en capítulos largos y cortos, bajo la forma de diario, y en la que además aparecen cartas del padre. Digamos que ofrece diferentes perspectivas por donde se cuela la memoria de la narradora para contar la realidad, con nombres y apellidos, de quienes han conformado el mundo circundante del padre: vecinos, compañeros de trabajo, amigos y familiares.

También queda retratado el ambiente de aquellos años duros de los ochenta en Euskadi, una época combativa, de violencia, drogas, batallas callejeras, bajada de persianas, miedo y tensión política. Todo transcurre desde un punto de vista en el que a menudo entra la mirada de una niña, de una adolescente o, de una mujer madura que habla desde su interior: “Dejo que las palabras hagan su trabajo. El silencio no existe, es hablar hacia dentro. Creía que era una manera de desaparecer, de guardar las palabras solo para mí, sin calcular que, además de las mías, las palabras de los demás también se me quedarían dentro. Por el contrario, hablar es en ponerse en peligro”.

Eider Rodríguez pone voz además a una madre, la suya, que lleva para adelante el negocio familiar al propio tiempo que se sobrepone de las recaídas y asperezas de su marido: “Hablo por teléfono con mamá. Le digo que estoy escribiendo sobre papá. Le digo que ella sale. Creo que no le gusta, pero es mi manera de decir la verdad”. En ese ir hacia la madre en busca de consuelo tras la muerte del padre, queda fuera lo que supuso ese acercamiento: descubrir a una mujer sufrida y sacrificada, contrapunto de un padre desvalido y menguado, una madre que supo rearmarse calladamente. Todo este sentir de madre e hija sobre el padre queda bien resumido en esta entrada del diario que dice tanto en una sola línea: “Estabas dispuesto a morir por nosotras, pero no estuviste dispuesto a vivir por nosotras”.


No es fácil contar lo que aquí se cuenta. Hace falta arrojo y maneras. La literatura es un arma poderosa para cavar en los recuerdos, para atreverse a contar, con honestidad, la rabia y el desacato. Eider Rodríguez se atreve a ello. Su Material de construcción es un relato desnudo y descarnado que surge desde esa necesidad íntima de despojar aquellos recuerdos que la lastran y que le sirven como el desafío de una hija para hablar de su padre sin prejuicios, alguien muy lejos ya, que escapó de la responsabilidad de serlo en vida.


martes, 28 de diciembre de 2021

Cuentos oscuros


La literatura es un campo de transformaciones, un laboratorio desde donde la realidad se configura en moldes de misterio, de conciencia y de lenguaje. El agente capaz de llevar a cabo estas transformaciones es la palabra, el orden de su disposición y, desde luego, su inventiva. Para hacerlo posible, el escritor cuenta con su imaginación conformada de tiempo y de lapsus. La intervención del tiempo no es gratuita, se hace necesaria y fundamental. El tiempo es el motor que vuelve operativo al mito del relato, el que contribuye a resaltarlo y reinventar su misterio. Es la dimensión que apela a contar la realidad del mundo y sus rarezas como si sucediera por primera vez.

Esa proyección del tiempo es, propiamente dicho, el tesoro relevante de una obra literaria, el cauce indispensable para su buen fin. Diría que los trece relatos reunidos en De un mundo raro (InLimbo, 2021), de la escritora ecuatoriana Solange Rodríguez Pappe (Guayaquil, 1976) andan estrechamente vinculados a ese dictado en el que el tiempo y la tradición lo conforman todo, hasta lo indecible, pero aquí, de forma inquietante. Cada uno de sus cuentos, al igual que cualquier organismo vivo, desafía su tiempo dispuesto, a punto de mostrarse irrepetible por extraño que parezca. Son fábulas que vienen con un ropaje que medran para llevarnos desde lo secreto hasta el más allá de sus rarezas.

En la misma medida, bajo ese mismo manto de extrañezas, se esconde igualmente la conflictividad existencial de sus personajes, así como la incertidumbre y el miedo inquietante que rodean a sus vidas. Quienes transitan por estas historias son seres atrapados en sus soledades y anhelos, residen en esa constante contradicción que supone vivir una existencia insólita, con sus apegos y distancias, pero, sobre todo, sin apenas notoriedad. Los relatos de Solange Rodríguez contienen un universo habitado por esa clase de seres de aparente vida inane, ocultos tras la realidad en la que moran, en la frontera con lo desconocido. Cada uno de ellos anda ocupado en lo que le ha tocado en suerte, con cierto aire de fatalidad y de pasmosa resignación.

En el primero de los relatos, el narrador comparte con otros personajes el sentido de contar historias desde la propia vida, desde la tradición como fuente de inspiración. Asevera que “la literatura es una convocatoria a fuerzas ingobernables que no terminamos de entender”, una declaración luminosa que, en los siguientes cuentos, se hacen eco con más ímpetu. Como así ocurre en Noches de difuntos o en Compañeros de viajes, dos relatos inquietantes que intercambian experiencias con la muerte y sus fantasmas. La presencia de animales, como perros, gatos, ciervos, extraterrestres y otras especies forman también un buen número de historias que propician anomalías e, incluso, desastres domésticos.

En la mayoría de ellas, y así lo deja entrever Giovanna Rivero en el prólogo del libro, Solange urde, con brillante eficacia, una trama variada y singular por la que confluyen sus hilos en un nudo final del que suelen quedar destellos turbadores con los que el lector tendrá que jugar durante un tiempo a engarzarlos. De un mundo raro es un libro de atmósfera hipnótica, con voces narrativas cercanas e íntimas, absorbidas por lo que están contando. Da igual que el cuento esté narrado en primera persona o en tercera, porque lo que le interesa a su autora es la virtud de esa voz singular, su capacidad de provocar el desconcierto en el lector, transitando por el secreto de las vidas retraídas y desamparadas de sus protagonistas, seres de vida nada común, sobrecogidos por el capricho y por la fiereza del destino.


Son cuentos oscuros que seducen y asustan por igual, sí, pero atisban un sesgo recóndito de esperanzas. Uno termina de leerlos y queda arrobado por lo que poseen de intuitivo y pavoroso, por su ritmo intenso y estilo expresivo que abarca todos los sentidos, un libro escrito desde la tradición de la invención, mediante un lenguaje vívido que subyuga al situarse más allá de lo verbal. Por eso engancha, por su embrujo.

martes, 14 de diciembre de 2021

Una sombra que se desentiende


En el fondo, la literatura es ciega, pero antes, el escritor ha tenido que haber visto y guardado en su memoria una infinidad de cosas para poderlas contar. Por eso, el lector cauto debe tener en cuenta, cuando se pone delante de un texto, que toda trama o argumento es banal si el escritor no encuentra la manera propicia de contarlo y darle vida propia, de un modo que dé la sensación de que tenía que expresarse así y no de otra manera, provisto de ese juego de palabras y en ese mismo orden. Y es que, además, la literatura tiene mucho de simulacro. Todo su secreto, por otra parte, está en que toda esa disposición formal sea convincente y contagiosa.

Hay voces literarias que vienen a decirnos esto, gracias a su singularidad y su manera misteriosa de involucrarnos con palabras en las que casi no nos reconocemos porque tienen su propia vida. La escritura de Luis Rodríguez (Cosío, Cantabria, 1958) se identifica con este estilo que provoca en el lector una forma insólita de leer. Autor de cinco novelas, entre las que destacan La herida se mueve (2015) y 8.38 (2019), todos sus libros ponen de manifiesto la voluntad de sus personajes de escucharse a sí mismos y estrechar lazos entre lo vivido y lo imaginado, para decirnos que, en realidad, el que escribe nunca está solo, que siempre lleva dentro ese «otro» que, como decía Proust, es el que sabe escribir de veras.

En los inicios de Mira que eres (Candaya, 2021), su nueva novela, uno de los personajes fabula sobre el vínculo de la literatura con la vida propia con esta analogía: “Me pasa con las personas lo que a un amigo con la escritura. Dice que escribe una frase, la corrige, la suprime, vuelve a escribirla y a corregirla, muchas veces. Al final la frase es, palabra por palabra, idéntica a la primera que escribió. Pero ya no es solo la primera frase: es una frase con mundo. Así deben ser mis opiniones de todo, parecen espontáneas, pero han viajado. Tienen mundo”.

Podríamos decir que en cada una de sus novelas está tácita la apuesta de asumir y trascender lo formal en su narrativa, a través de un juego literario en el que el trabajo novelístico contemple en su artificio el proceso creativo que, a su vez, refleje aspectos de la vida propia. En Mira que eres hay una recopilación de historias entrelazadas que dibujan la silueta de un personaje que podría identificarse con el lector. Para ello Luis Rodríguez se vale de un juego intermitente en el que se dan cita por igual contar y escuchar historias por medio de un repertorio de personajes que se confabulan y manifiestan a su aire, sin importarles el momento propicio para intervenir, dispuestos a desafiar y contrastar una de las preguntas claves del libro: “¿Para quién se escribe, para uno mismo, o para los demás?

El desfile de personajes es continuo y frenético, así como de autores de la talla de Flaubert, Nabokov, Faulkner, Foster Wallace, y otros muchos que acuden a lo que va aconteciendo con rastros de sus libros para completar o discernir cualquier pasaje de la novela. Encontramos a tipos obstinados con la literatura, impostores, convictos o actores que parecen negarse a dejar de representar a quienes interpretan. Todos ellos, partícipes de historias entrelazadas, lo hacen a partir de innumerables citas que vierten anécdotas que apuntalan ese punto de inflexión que tiene la literatura como lugar de encuentro para conectar con el mundo.

Es así como Luis Rodríguez nos hace partícipes del libro, incorporándonos a ese llamado de voces, no tanto como testigos de su manera de contar historias, descubriendo lo ya sabido por otros, sino participando en una fértil conversación literaria, entresacando de lo cotidiano ecos de otros escritores, con la intención de amplificar lo que respiran e intercambian los personajes que lo habitan. Digamos que a esta idea del libro se añade esta otra que consiste en situar al lector entre el narrador y el biografiado, sin ninguna certeza de que cuanto más te aleje de uno más cerca te pones del otro.


Para Luis Rodríguez, el lector es el oxígeno donde prende la literatura. Su único estilo para encender su interés lo encuentra en esa forma no lineal tan suya de narrar, cambiante y aparentemente desordenada. También lo encontramos en esa mezcla de historias paralelas que conforman en estratos su hilo narrativo por medio de la imaginación y de las lecturas recurrentes de las que extrae fraseos poderosos y requiebros literarios que no paran de señalar a la literatura como origen y objetivo de su obra, consciente de que, como ya quedó dicho en su novela anterior, citando a Don DeLillo: “Al término de cada frase aguarda una verdad, y el escritor sabe reconocerla cuando por fin la alcanza”.

Mira que eres es un artefacto de los que predisponen al lector a estar atento frente a su mecanismo que aguarda el momento de la detonación, un libro con un sesgo literario inmenso por donde transcurre literatura desentendida de su sombra y apunta sobre las posibilidades que otorgan el irresistible deseo de escribir.


martes, 21 de abril de 2020

La realidad y sus percepciones

La literatura es la casa del matiz y la tarea del escritor, dice Susan Sontag en su libro Al mismo tiempo (2007), es hacernos ver el mundo tal cual, lleno de reivindicaciones diferentes, papeles y vivencias. Es esa la tarea del escritor, subraya más adelante la escritora norteamericana, la de representar las realidades. Eso significa que un escritor no es más que alguien que presta atención al mundo. Y para tal menester está la literatura, para contarnos cómo es ese mundo. Por eso, la literatura sigue siendo uno de los principales modos de acercarnos al entendimiento de todo aquello que nos rodea e importa.

Los cuentos de la escritora, ensayista y traductora Eider Rodríguez (Rentería, Guipúzcoa, 1977) se circunscriben a esa idea de entendimiento, y evocan una común humanidad con la que podemos identificarnos. Lo que uno aprecia en sus relatos es la sensibilidad y la destreza verbal con las que cuenta su autora para involucrarnos en las situaciones y en los temas en los que ha puesto su mirada y en los recursos de los que se ha valido para construir cada historia. Y el ámbito más propicio para desarrollarlos los obtiene de lo cotidiano, un recinto muy revelador y al alcance de la mano para extraer de él, como centro de emociones y conflictos, todo lo que la realidad refleja.

Un corazón demasiado grande (Random House, 2019) reúne veinte cuentos situados en ese contexto, seis de ellos pertenecen al libro que pone título al volumen y con el que obtuvo el Premio Euskadi de Literatura, y los restantes provienen de una selección de los textos publicados de sus tres libros anteriores: Y poco después ahora (2007), Carne (2007) y Un montón de gatos (2010). Todos ellos, como indica la propia autora en la cartulina impresa que se adjunta en el libro, “están inscritos en la cotidianidad, una cotidianidad de cuyas juntas emerge lo oculto, hasta impregnarlo todo”.

Los personajes que transitan por estas historias son seres fronterizos en sus soledades y deseos, residen en esa constante contradicción que supone vivir, con sus apegos y distancias, con sus gozos y fracasos. Los relatos de Rodríguez conforman un micromundo habitado por una clase media de aparente vida inane, oculta tras una normalidad simulada en la que sus moradores, en la frontera con el otro, revuelven los miedos con la rutina, su dependencia con la fragilidad, sus expectativas con la pérdida que les ha de llegar al final, lo dicho con lo silenciado. Cada uno de estos personajes vive una inquietante relación con el otro, en un constante sentimiento contradictorio de autonomía y dependencia.

El primero de sus relatos, uno de los más destacados y conmovedores, que pone título al libro, es la historia de una mujer que tiene que encargarse del cuidado de su exmarido, enfermo terminal, después de estar más de veinte años separados. Los sentimientos confusos de esa mujer, a veces tiernos, a veces descarnados, exponen lo que tiene de contradictorio los desapegos de las rupturas conyugales. En Gatos, otro de mis favoritos, narra la cotidianidad de dos personas. Es la historia, de hecho, de dos personas normales, dos vecinos mayores con vidas corrientes y, sin embargo, en sus quehaceres sencillos, también hay lugar para que surja lo insólito, una historia en la que sus dos mascotas pondrán el contrapunto a sus dueños que se niegan a relacionarse, por simple cobardía, dando rienda suelta al impulso  de sus ocultos deseos.

Carne es otro relato que aborda esa necesidad de relacionarse con el otro, de conectarse con la vida a través del contacto físico, como así trama el hombre que pasea por la playa nudista oteando posibilidades. En otros relatos hay lugar también para la esperanza, como en el que la hija regala unos pendientes de plata a su madre, como símbolo de su anhelo por abrirle nuevos cauces a su recóndito mundo. De igual manera, hay sitio para la ironía, como esa madre e hija que intentan huir de su precario origen social, una tratando de marcarse un nuevo estilo, la otra cultivando el intelecto.

En esa senda narrativa de Raymond Carver o Alice Munro, Eider Rodríguez se afana en que el detalle en sus relatos sea lo más sugerente para el lector, su hilo envolvente. Y esto no es solo un artificio narrativo, sino una manera de llegar al espacio evocado para decir mucho de cuanto quiere sobre las insuficiencias de la vida de la gente que transita por los lugares donde ella enmarca su obra.

Por Un corazón demasiado grande discurren seres aturdidos, expuestos con maestría a ser examinados por el lector a través de cómo miran y cómo gesticulan; seres necesitados de afecto y comprensión dispuestos a un viaje interior en el que desvelar algún extravío. Este es un libro escrito sin sentimentalismos, pero cuya llaneza nos aproxima al lugar y al momento donde se produce el contexto de cada suceso en la vida secreta de la gente dispar que por ellos asoma, gente sobrepasada por vacíos y malentendidos.