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miércoles, 5 de abril de 2017

Dolor irradiado

Siempre hay algo que nos duele, y todo dolor es irradiado, apunta Trapiello en El arca de las palabras. Todo dolor y toda enfermedad tienen algo de ajeno a nosotros, sostiene Siri Hustvedt en La mujer temblorosa, e implica una sensación y pérdida de control que se evidencia en el lenguaje que utilizamos para referirnos a ellos. Marta Sanz (Madrid, 1967) afirma en su último libro que su dolor es entre otras cosas: Nudo, corbata, calambre, ausencia, hueco invertido, vacío de hacer al vacío, blanco metafísico, succión, opresión, mordisco de roedor... carga, mareo, ardor, bola de pelusa, sabor a sangre y metal, electrocución, disnea o boca árida.

Clavícula (Anagrama, 2017) es un viaje interior a ese umbral del dolor, un libro fragmentario e íntimo, henchido de autobiografía, bajo una narración obsesiva, en el cual el miedo al dolor lo inunda todo, hasta el punto de que la escritura se convierte en el auténtico paliativo del malestar descrito por la voz de la autora y narradora, fustigada por los desajustes hormonales propios de su edad y por las estrecheces económicas que atraviesa su vida familiar. Dice Unamuno en Niebla que el hombre no hace sino buscar en los sucesos, en las vicisitudes de la vida, alimento para su tristeza o para su alegría nativas. La vida es la única maestra de la vida, no hay pedagogía que valga. Sólo se aprende a vivir viviendo. A Sanz le gusta asumir riesgos y en esta ocasión prosigue con esa filosofía unamuniana desde la propia experiencia, desde su yo, la palabra tajante que decía Canetti, desde ese yo doliente del que trata de superarse o, al menos, gestionar su deriva para no hundirse.

Al igual que en su anterior libro, La lección de anatomía (RBA, 2008, nueva edición en Anagrama, 2014), la novelista se desnuda en esta ocasión, más si cabe, para que el lector la mire y la calibre. En ambas obras el cuerpo se convierte en el texto que contiene su biografía. Sin embargo, aquí en Clavícula, no se echa la vista atrás, sino que el relato se ciñe sobre el presente acuciante en la edad madura de una mujer expuesta a los estragos del dolor, la soledad y el desamparo, como bien anuncia la narradora en los prolegómenos del libro: Voy a contar lo que me ha pasado y lo que no me ha pasado. La posibilidad de que no me haya pasado nada es la que más me estremece.

El escritor, en palabras de Grace Paley, no es una especie de historiador hipócrita que va por ahí uniendo cabos sueltos e inventando para responder a las preguntas del mundo. Marta Sanz, en este libro tan personal, no pretende más que cuestionar su revés íntimo, su rechazo a lo que le pasa, tanto con su dolor corporal como con el que proviene fuera de su ser. Escribir sin ambages sobre el dolor y el malestar interior no llevará a la autora a resolver su desasosiego, pero sí que la pondrá en el camino de entenderlos, como si acudiera a aquello que decía Antonio Machado en uno de sus proverbios de que conviene saber que los vasos son para beber, pero que no debemos olvidar para qué sirve la sed.

Este es un libro que explora cómo la literatura es capaz de convertirse en bálsamo para entender mejor qué diablo nos duele. Clavícula es una novela extraña en su hechura, más cerca de un diario o de un viaje introspectivo al epicentro del dolor físico y su irradiación al ámbito social, un texto ávido de respuestas ante el insólito fracaso de dominar ese miedo al dolor y a la enfermedad, tan propios de la especie humana, que viene impulsado tras muchas consultas médicas, escenas familiares, amigos e incluso la presencia importante de un marido cómplice y presto en sus malos momentos. También el amor tiene cabida en sus páginas, el amor como barandal que protege del abismo.

Los lectores necesitamos escritores incendiarios, impertinentes e intrépidos, que nos saquen de nuestras casillas, del confort y de la rutina, que nos sometan un tiempo al desacato, a la incomodidad, a la intransigencia, y que nos muestren el lado menos amable de la vida, ese que también nos es afín a todos. En ese sentido, este es un texto propicio que encaja con esa línea literaria comprometida y exigente, un libro inteligente y veraz, de escritura ágil y eficaz, que lleva al lector al terreno indómito de la experiencia del dolor y de sus inmensos desajustes.


Es malo sufrir, pero es bueno haber sufrido, decía Agustín de Hipona, y ahí está la buena literatura para hacerse eco de ello. Clavícula sigue esa senda, y lo hace con valentía y autocrítica, un libro en el que la autora ni se ruboriza, ni se contiene frente al lector, como tampoco camufla el lado patético de su propia vida.

lunes, 30 de noviembre de 2015

Un remake incendiario

Decía Nabokov, en uno de sus muchos ensayos dedicados a la creación literaria, que, a la hora de ponerse a leer un libro, cuando tomemos asiento en nuestro rincón favorito del salón, después de apartarnos de las preocupaciones que nos puedan distraer, debemos dejar nuestra mente en blanco para entregarnos a su lectura. “Si vamos a leer –advertía–, hagámoslo con la médula espinal”. Al fin y al cabo se trata de colocarnos como espectadores ante un escenario en el que el escritor desarrollará una historia para engatusarnos, para vivirla desde nuestra perspectiva, saborearla en sus variados matices, disfrutar de su relato o, sencillamente, cuestionar su valía.

La reciente novela de Marta Sanz (Madrid, 1967), que viene con el galardón del Premio Herralde de Novela, nos propone dejar, del mismo modo, nuestra mente a un lado y trasladarnos al mundo insólito que conforma el teatro más allá del escenario. Farándula (Anagrama, 2015) es una historia sobre la resistencia y los miedos de los actores a perder el lugar en el cartel de la fama, ese espacio inerme y solitario, tan equidistante entre la cima y el derrumbe. El mundo de los actores es un universo al que la autora madrileña le gusta volver. Ya lo hizo con su anterior novela Daniela Astor y la caja negra (2013), editada también en Anagrama, en la que hablaba de la época del destape del cine español. Ahora, con Farándula, despliega una historia sobre los actores de teatro, un remake literario de aquella pieza magistral, Eva al desnudo, pero en versión española. Natalia de Miguel aspira a convertirse en actriz y alcanzar la fama en los escenarios. En ese empeño, se las ingenia para introducirse en un grupo de actores de teatro y hacerse amiga y confidente de Ana Urrutia, gran dama del teatro, mujer de armas tomar, ya anciana y decrépita. El deseo de actuar y las ambiciones desmedidas de la joven promesa la consumen hasta el punto de estar dispuesta a lo que sea con tal de escalar hacia el éxito. Daniel Valls, estrella internacional, entra en escena y es quien adivina lo que se esconde tras su dulce apariencia, solo él es capaz de ver y valorar lo que mastica esta desafiante Eva. En ese trayecto pedregoso se cruzarán otros personajes como Valeria Falcón y Lorenzo Lucas, ella una actriz consagrada y curada de espantos, él un actor libertino y frívolo perdidamente enamorado de Natalia.

Farándula, como todos los libros de esta interesante escritora, lleva su sello, ese tan divertido y crítico, de claro contenido ideológico, que no oculta las mezquindades del sistema. Marta Sanz despliega su talento para ofrecer al lector una meticulosa observación del mundo del teatro desde la perspectiva de sus personajes. Lo que no se ve en el espectáculo es lo que trasciende, la desnudez fuera de escena de los actores, sus anhelos, sus fracasos. Este libro interviene en la realidad y formula preguntas, aunque muchas de ellas no tengan por qué responderse, en todo caso, será el lector quien se ocupe de ello.

Sanz es una escritora puntillosa e intrépida que, a su vez, exige lectores arriesgados e impertinentes que completen el texto. Este afán crítico, tan propio suyo, viene de lejos en su trayectoria literaria, en especial lo encontramos de manera palpable en su libro de ensayos No tan incendiario (Periférica, 2014), un texto brillante y demoledor sobre la cultura y lo que rodea al mundo literario. Para ella, convencida de que toda cultura encarna un posicionamiento político, no desaprovecha el momento para afirmar por boca de un personaje secundario de Farándula que “el teatro hoy es más político que nunca solo por el hecho de seguir siendo teatro”, (pág. 216).

Todo lo que subyace en esta novela, políticamente incorrecta, es una metáfora del mundo del teatro, de esa farsa sociocultural, que no es más que otra impostura por donde discurre la precariedad y la incertidumbre que azotan no solo a este gremio, el de los actores, sino que también lo hace extensible a todos los sectores de nuestra sociedad.

Nada de esto es gratuito al referirnos al libro que acaba de firmar una de las voces más en forma del panorama actual de nuestras letras. Para Marta Sanz, que como todo buen artista no soporta la realidad, todo lo que nos rodea es escurridizo, por mucho que el mundo esté demasiado encima de nosotros, como diría Saul Bellow.

Lo que se cuenta y muestra en esta novela divertida y triste a la vez, de prosa ágil e incisiva, no es ni más ni menos que literatura comprometida con la realidad, aunque, en este caso, la ficción se instale en la banalización de la farándula y sacuda desde allí la médula espinal del lector-espectador. ([Reseña núm. 254]


viernes, 11 de abril de 2014

Ni tan académico


Al comienzo de No tan incendiario (Periférica, 2014), habla Marta Sanz (Madrid, 1967) que el lector se encontrará con un ensayo que aspira a manchar de tinta al que lo agarre entre sus manos, como el papel del periódico, y aunque diga que el texto no está pensado para la discusión, invita irremediablemente a ello. Porque ni la claridad, ni la transparencia de las cuestiones y dudas formuladas en sus páginas por la escritora madrileña, evitarán que las partículas radicales y vivas, reunidas en este librito tan lúcido y afilado, impida la polémica.

Y es que al igual que el profesor Nuccio Ordine se preguntaba sobre la útil inutilidad de la literatura, tan necesaria para vivir como lo es respirar, Marta Sanz, en su manifiesto incendiario, se pregunta por qué leemos y para qué leemos, qué tiene la cultura de utilidad y se cuestiona el papel ideológico de la cultura. Muchas preguntas y reflexiones, en apenas 178 páginas, para insistir que la cultura no es sólo un pasatiempo o un artefacto lúdico para ocupar los momentos de ocio. Sería insuficiente si no va acompañada de una actitud beligerante frente a ese espectáculo de entretenimiento que solo persigue aliviar las tensiones de nuestra alienación cotidiana. Sanz mete el dedo en la llaga cuando señala que la cultura no es algo universalmente bonito, ecuménico, sino que, desgraciadamente, está al alcance del que más posee: la cultura, en nuestra sociedad, se compra y no todos tenemos el mismo poder adquisitivo (pág. 69).

No tan incendiario es un breve ensayo que descubre a la Marta Sanz más asertiva y menos correcta, que afila su lápiz para desplegar un manifiesto donde proclama que la palabra, la literatura, compromete. Reclama, no denuncia, la restauración del vínculo necesario entre la cultura y su dimensión educativa y formativa, con un ejemplo bien sabio de su admirado Antonio Machado que advertía: “Es bueno saber que los vasos son para beber, pero no deberíamos olvidar qué es la sed”, e incluso apunta más alto y señala que hay que posicionarse sobre las condiciones éticas de los políticas culturales frente a las industrias impulsoras del negocio de la cultura.

La autora de Black, Black, Black (Anagrama) propone, además, escribir textos que golpeen la laxitud del momento, que duelan, frente a la opción de edulcorar la realidad, y señala que para ello se precisa también la correspondencia de un lector impertinente e intrépido que desconfíe de aquellos que le dan la razón como a los locos (pág. 65-66).

No tan incendiario es un libro con vocación subversiva, con una intencionalidad ideológica de huir del conformismo y que, en definitiva, logra agitar nuestra conciencia acomodada en el escapismo y en la demagogia cultural de un mundo que no ha cambiado tanto como pretenden hacernos creer.

No tan incendiario es un texto lleno de referencias literarias, que reivindica la cultura y la fiesta, pero que confía más en el ojo crítico de los agoreros que en los paralizantes cantos de sirena de los que ven el hecho cultural rebosante de alegría.

Marta Sanz ha escrito un ensayo valiente y oportuno sobre la cultura, la literatura, el lector y el autor, para reflexionar a base de interrogantes sobre la necesidad de recuperar el pensamiento crítico. Todo un desafío preñado de razones para combatir los males del mercado que solo trata de simplificar y no complicar al consumidor-lector. Un libro que no aspira a ser tan incendiario, ni mucho menos académico, pero que arde de anhelos y esperanzas sin malos humos.

lunes, 10 de marzo de 2014

La memoria del cuerpo


Conocí a la escritora Marta Sanz (Madrid, 1967) en unas jornadas organizadas por la Fundación Caballero Bonald, en su sede en Jerez de la Frontera, hace dos años, bajo el título: Transgresores y heterodoxos de la literatura española. El congreso se dejó resentir debido a algunas ausencias notables, principalmente la protagonizada por el veterano heterodoxo Juan Goytisolo, el mayor de los transgresores que flanqueaba el cartel de invitados. Sin embargo, a pesar de lo accidentado del congreso, las intervenciones de Marta Sanz y José María Ridao sorprendieron al auditorio; fueron lo más sobresaliente que desfiló por la sala aquellos tres días, aparte de la dedicatoria del libro Black, Black, Black (una novela negra sobre la violencia en el seno familiar) que Marta me autografió con ese toque de intriga que requiere el género: Para J., esperando que haya subido con placer hasta el final de esta escalera...

He vuelto al cabo de un tiempo a leer un nuevo libro de Marta Sanz: Daniela Astor y la caja negra (Anagrama, 2013), nada que ver con asesinatos y, mucho menos, con la presencia del peculiar detective Zarco de la novela anterior. Catalina es Daniela Astor, y la caja negra, la seductora crónica del momento. La historia de Catalina es una proyección de las famosas del momento, una evasión para convertirse en Daniela Astor, la actriz imaginaria a semejanza de aquellas otras que se exhiben por revistas y programas televisivos. Un retrato de época que transita entre la historia íntima de su protagonista y la historia pública que sucede en la realidad. Con esta novela de iniciación, Sanz rememora la fascinación por las revistas del corazón dando vida a una muchacha de doce años que juega imaginariamente a ser actriz del destape en la España de 1978. La narradora, que tiene cincuenta años intercala episodios de su adolescencia para explicar su paso a la madurez y, de camino, contarnos la trayectoria de las musas de la Transición (como Susana Estrada, Amparo Muñoz, Maria José Cantudo o la indomable Bárbara Rey) y sus tristes declives.

Marta Sanz advierte de la importancia que tienen en nuestras vidas ilusas las apariencias que ofrecen la vida de los famosos en la formación de nuestra personalidad, que no hay nada inocuo en esas vidas ajenas que son noticias por todo y por nada, y que llevan una carga de intencionalidad que obedece a intereses determinados. Sanz combina el testimonio histórico con el análisis que propone el libro: concluir que los años del destape es la punta del iceberg que oculta la degradación del deseo sexual como sometimiento machista.

Daniela Astor y la caja negra es una narración amena e hipnótica, donde se conjuga la ficción con el documental, como si fueran dos estratos de la misma historia, una estructura atrevida que añade originalidad a la novela; una historia que habla de mujeres, pero en un escenario de dominio del hombre que transita por una metamorfosis política de innegables consecuencias.


Marta Sanz abre una herida no cicatrizada de nuestro reciente pasado con este libro lleno de crítica, violencia y ternura, que destaca por su gran desparpajo y brillantez. Un relato sugerente, original y revelador, que contrapone lo público y lo personal. Daniela Astor y la caja negra encaja perfectamente en esa literatura de emergencia que lleva un trasfondo de denuncia y ajuste de cuentas.

Tengo la sensación de haber leído una novela con fuerte hálito feminista, muy meritoria y oportuna en estos tiempos de retrocesos sociales, que desvela la importancia que tiene en la vida la memoria del cuerpo.