viernes, 27 de mayo de 2016

El arte amordazado

Shostakovich fue el primer compositor de reconocida talla internacional que surgió del régimen soviético ruso. Aunque muchas de sus composiciones musicales se inscriben abiertamente en los logros y sucesos políticos de la era estalinista, el oscuro pesimismo de su obra más tardía se enfrenta por completo al ideal soviético del arte optimista pensado exclusivamente para ensalzar al hombre común: el proletario.

Su primera sinfonía, escrita a los diecinueve años, fue acogida con entusiasmo y ampliamente difundida como propaganda y como producto brillante del régimen; una obra importante, pero muy ortodoxa y claramente ecléctica, según los expertos. Sin embargo, esta luna de miel con las autoridades rusas terminó en 1936 cuando su opera Lady Macbeth de Mtsensk, que tuvo una buena acogida musical, fue denunciada por denigrante y desmontada con alevosía por la crítica adepta al régimen oficial.

A partir de este incidente, Dimitri Shostakovich continuó componiendo, pero bajo la sombría influencia patriótica impuesta desde arriba y también propiciada por su propia tibieza, prefiriendo entregarse a una causa moralmente ajena a sus principios, antes que enemistarse con el asfixiante poder establecido.

Con El ruido del tiempo (Anagrama, 2016), título del nuevo libro de Julian Barnes (Leicester, 1946), el escritor británico rescata la figura sombría de este genial compositor ruso para contarnos la lucha interna del hombre timorato que encarnaba el papel de protector de su familia, y que sucumbió ante los designios del totalitarismo implacable que le acechaba permanentemente para que abrazara la causa comunista. En aquella Rusia dirigida por el terror no había sitio para que un compositor escribiese con garra lo que su alma artística le soplara. Desde la cruda realidad política de aquella época aciaga, solo habría dos clases de artistas: los que seguían vivos y asustados y los que estaban recluidos en un gulag o muertos sin más. Optar por lo primero fue el calvario que tuvo que pagar en vida para sobrevivir y salvaguardar a su familia de las garras de Stalin.

El libro comienza con ese misterio e incertidumbre que toda buena narración impone y que hace entrar al lector en trance con una atmósfera inquietante. Shostakovich aguarda nervioso en el rellano del ascensor de su casa a que los agentes soviéticos vengan a por él en la noche, después de que su opera fuera denostada en el periódico Pravda. Está convencido de que con aquel implacable editorial vendrán a por él y prefiere esperar a las autoridades en pie, fuera del hogar, a que lo saquen de la cama en presencia de su mujer. La imagen del compositor refleja la tensión y el drama del momento. Desde aquí, el novelista, por medio del monólogo interior de su personaje y la tercera persona del narrador omnisciente que dirige la historia, propiciará el desarrollo del devenir de los acontecimientos.

Las dos grandes cuestiones planteadas en la novela son tan claras como complejas: la debilidad del carácter de Shostakovich y su relación con el régimen soviético, el “Poder”. Otra característica destacable del libro viene dada por el tono irónico de la narración, una manera de autoprotección que utiliza el propio compositor en su defensa, como artimaña para reponerse del atosigamiento permanente y darse así amparo y pausa a tanto desasosiego reiterativo. “La ironía te permite imitar la jerga del “Poder” –dice–, leer discursos vacíos escritos en tu nombre”. “Había llegado a comprender –subraya– que la ironía era tan vulnerable a los accidentes de la vida y el tiempo como cualquier otro sentido”. No es un héroe. Su respuesta habitual ante la presión externa la solventa con la evasión y la ironía. Al final de sus días, la desazón y la derrota se apoderarán de él, sin remisión, hasta malograr su existencia transformada ya en sarcasmo.

El ruido del tiempo es una brillante narración como novela y como retrato de un artista, una historia real y conmovedora de un ser aturdido y acosado, fiel reflejo de una época oscura y abyecta en la que el arte amordazado y la cobardía intelectual de aguantar los desmanes del sistema eran también difíciles apuestas de resistencia para muchos artistas, una ingente proeza cuestionada desde la propia conciencia, un deseo legítimo y consustancial de cada uno por sobreponerse y sobrevivir a tanta persecución e ignominia.

A pesar de tanta tropelía, “¿qué podría oponerse al ruido del tiempo?” –se pregunta el protagonista– Sólo esa música que llevamos dentro –la música de nuestro ser– esa que algunos transforman en auténtica música se convertirá en el verdadero susurro de la historia, como así lo hizo, pese a todo, Shostakovich, uno de los grandes compositores de la herencia clásica que dio el pasado siglo XX.


domingo, 22 de mayo de 2016

Espejo de enigmas

Siempre he sostenido que el buen lector debe definirse como omnívoro, tener un buen estómago que, además de estar en buena disposición para saciar su apetito sin hacer remilgos a cualquier plato, digiera el cocinado de los textos, algo esencial para el auténtico poseído por la pasión literaria. El lector de un solo género, o incluso de un solo libro, no mostraría el buen color que proporciona una amplia dieta lectora. Se le vería con ojeras y un poco amarillo de tez. Ser omnívoro, comiendo de todo, con gusto y delectación, y estando dispuesto a saborear cada género según su propia gama de matices, sin tener por qué incurrir en el refinamiento, ni acudir al socorrido fast food o a la pesadez del cocido, es algo que se aprende tras aventurarse a la lectura de textos variados. Con todo, un cierto toque de preferencia es inevitable, ni siquiera el lector más ecuánime se libraría de ello. Cada cual está marcado por esa individualidad y, a veces, por qué no decirlo, a ciertas inclinaciones que su estómago caprichoso demanda y ansía.

Los libros de aforismos, y eso lo saben bien los entusiastas del género, tienen esa particularidad culinaria de abrir el apetito en cualquier momento del día. Un buen aforismo, como una exquisita tapa, es la síntesis lograda de una idea que alimenta. El aforismo se nutre de observaciones de la materia cercana, de la realidad, y con ellas sacude al lector, subvierte el significado habitual de las palabras que andan ocultas tras los hechos e incita a la reflexión. El aforismo es un ejercicio propio del subrayado para resaltar lo que merece ser apreciado.

La escritora y poeta Ana Pérez Cañamares (Santa Cruz de Tenerife, 1968) acaba de publicar un compendio de aforismos bajo el título de Ley de conservación del momento (La Isla de Siltolá, 2016), un menú de más de trescientas confituras literarias persuasivas y sugerentes para que el lector se anime y se entere de qué van sus pequeñas fugas de pensamiento. En esta obra, dividida en cinco secciones, confluyen los temas más importantes sobre la existencia y el hecho de vivir que la autora quiere mostrar en cada una de ellas.

En Yo soy yo y tus circunstancias aparecen sentencias formuladas desde la intimidad y el diálogo interior como estas: “Limar mi exceso de mí: ser más ventana que pared, más solar que casa”; “El Camino Verdadero suele ser un desvío”; “Me hubiera gustado que gustar no me gustara tanto”; “En las peleas conmigo misma, siempre me identifico con la que pierde”...

Alrededor de Dios es por lo menos dos surgen cuestiones trascendentales y minucias cotidianas sobre asuntos domésticos: “Sólo lo sencillo nos presta amparo”; “El placer más exquisito es la pereza compartida”; “Si el asombro es auténtico, nada hay que se repita”; Dios es humor”...

En La poesía, eso qué es, la escritora tinerfeña ahonda más en la esencia de su oficio y le dedica más aforismos que en ninguna otra parte para acercarnos a su poética: “Escribir es pensar más hondo y sentir más claro”; “El poeta escribe con bolígrafo, bisturí y venda”; “La poesía es la búsqueda de palabras que nos traigan de regreso al silencio”; “Del poema son responsables el poeta y el lector”; “Leer un libro que ha sido antes subrayado es darse un paseo por lo más íntimo del anterior lector”; “Vivir es reescribir. Escribir es revivir”...

En la cuarta sección del libro, Política somos todos, Pérez Cañamares se moja con sutileza en el enunciado: “En política se habla mucho de lo imposible, pero nunca de lo verdaderamente importante: lo intolerable”; “Al Capitalismo, “bastante” nunca le parece suficiente”; “Las mentes también se colectivizan”; “A oídos sordos, palabras recias”.

Por último, en el apartado final, El tiempo es para el tiempo, la poeta canaria acude a la importancia de la dimensión filosófica del tiempo, su devenir y su enseñanza: “Madurez, divino tesoro”; “La serenidad consiste en caminar al ritmo del tiempo”; “Gestionar la vida, sí; pero a partir de cierta edad gestionar la vitalidad”...

Si tuviéramos que ubicar los aforismos de Ana Pérez Cañamares podríamos convenir que se encuentran en las lindes de la literatura y la filosofía, entre la prosa de pensamiento y la poesía, donde confluyen, además, diferentes fórmulas personales de expresión, a veces con sentencias, otras con posturas morales y, las más de ellas, con la estética surgida de la experimentación poética y del alumbramiento de la frase escueta e intensa.

En esa constelación de aforismos que ofrece el libro, todos, sin excepción, contienen la concisión precisa para ratificar lo que dicen, y todos, igualmente, reclaman la colaboración del lector, que participa inducidamente en el proceso de descubrimiento y de búsqueda que exige toda escritura fragmentaria.

El aforismo es un espejo de enigmas y no es solamente una forma de escribir, sino también una estrategia de lectura. Cada lector que subraye un libro luminoso como este se aproximará a su composición sintáctica, a su síntesis conceptual, a su hilo conductor, hasta el punto de sentirse por momentos aforista implícito del texto.


lunes, 16 de mayo de 2016

A ras del suelo

La trayectoria del poeta, dice Antonio Colinas, va del sentir al pensar, de la emoción a la reflexión. El poema ideal, añade, sería aquel en el cual el poeta siente y piensa en igual medida. En ese camino literario trazado por el escritor leonés habría que advertir al lector de a pie de que hace falta trabajar mucho antes de conseguir que un poema exprese completamente lo que uno siente para llegar a calar en los demás.

A Karmelo C. Iribarren (San Sebastián, 1959) seguramente el ejercicio compositivo de sus poemas tiene mucha consonancia con lo referido por Colinas, pero para ser más exacto, en lo que de verdad repara el poeta donostiarra para escribir sus epifanías poéticas no es más que en aquello que signifique vivir en soledad con las palabras, ya sea en un bar tomando café, o paseando por las calles de su ciudad.

De estos paseos, esperas, sorbos de café, días lluviosos y noches de vigilia llega cargado su nuevo poemario. Haciendo planes (Renacimiento, 2016) es un título irónico en el que recoge cincuenta y ocho poemas breves que reflejan la desnudez de su mundo, una especie de minimalismo íntimo donde caben las preguntas, los recuerdos, las derrotas y los instantes melancólicos de la vida misma. Desde su primera publicación con Bares y noches (1993), hasta La piel de la vida (2013), Iribarren no ha dejado de proyectar esa fidelidad tan característica de su poesía sobre lo cotidiano, un territorio nada escurridizo para él en el que su voz encuentra el detalle y las perplejidades suficientes para contarnos con brevedad, sencillez y concisión las pequeñeces universales de esto que solemos llamar vida cotidiana de las personas corrientes.

En este libro, lo mismo encuentra el lector un poema por el módico precio de un café, como también la presencia de un insignificante gorrión que pueda dar origen al momento más importante del día. En otro de sus poemas cuenta el poeta que las hojas muertas son capaces de dar motivos suficientes para la esperanza, a pesar del mundo desquiciado en que vivimos. Mirar mucho rato la lluvia, subraya el poeta, sería peligroso si al final apareciera esa mujer que te dejó por otro. En este otro, que lleva por título El milagro de la vida, un desconocido, de forma inesperada, se cruza ante tu vista con buenos planes de futuro: tiene una vida, tiene alguien a quien amar y es correspondido. En La vida tiene que ser otra cosa, el poso de melancolía inunda el poema. La soledad es un poema hermoso, triste y conmovedor de seis versos intensos de dos y tres sílabas...

Al leer y releer los poemas de Iribarren uno experimenta una cierta sequedad amarga y melancólica, como si la derrota lo machacara todo, como si cualquier suceso, por insignificante que fuera, tuviera consecuencias sobre nuestra frágil existencia, cuando en realidad el poeta lo que trata de decirnos es que todo sucede siguiendo una pauta misteriosa, sencilla y cruel que, aunque nos cueste aceptarlo, no hay forma de esquivar, y aunque nos aferremos a sus designios, vivir conlleva complicarse la vida, implica seguir adelante sin más, y eso es una desgaste común a todos, un recorrido en el que nos vamos dejando siempre algo de nuestras ilusiones.

Reconozco mis limitaciones como lector en este arte tan complejo y mágico que envuelve a la poesía, pero lo interesante de leerla no es sólo lo que simboliza, sino lo que emociona y lo que te hace pensar. Quizás, los verdaderos artistas, como Karmelo C. Iribarren, y los lectores de verdad, tienen que procurar forjar su propio criterio y seguir su instinto individual a la hora de recrear e interpretar el mundo.

De nada sirve hacer crítica de poesía sin tener en cuenta además el análisis de las palabras. Como eso solo está al alcance de los poetas en activo, y uno no lo es, no queda otra que ponerse a ras del suelo, sin más pretensiones que dar cuenta de las propias sensaciones recibidas de este libro hermoso, íntimo e iluminador que nos interpela en cada verso, a veces con ironía y otras con ciertas dosis de asombro, sobre lo que acontece a diario por las calles bajo el sol, bajo la lluvia, y por el deambular de los seres que cruzan sus aceras revolviéndose desde el interior de los poemas.


viernes, 6 de mayo de 2016

No hay vuelta atrás

Decía Virginia Woolf que el escritor tiene que luchar por conseguir un ritmo adecuado y, una vez que lo consigue, “es imposible equivocarse con las palabras”. Para la escritora británica, el ritmo va mucho más allá de las palabras, origina una escena, una emoción, un recuerdo, que a su vez produce una ola en la mente mucho antes de que las palabras aparezcan para interpretarla.

Amelia Pérez de Villar, filóloga y ensayista, traductora prolífica de autores como Edith Wharton, Robert Louis Stevenson, Gabriele D'Annunzio o Dino Buzzati, ha puesto en su primera novela ese ímpetu apasionante en el que el ritmo narrativo hace posible una lectura imparable gracias a Lola, el personaje motor del monólogo intenso de la historia de este libro, una mujer atribulada y sumida en la desesperación. Su vida rota hace que se sienta desahuciada y viene precedida por ese sentimiento de mujer desprotegida a causa del desamor y de las desatenciones de su marido. Su vacío interior ha distorsionado irremisiblemente su relación con la realidad en la que vive y con quienes la rodean. Incapaz de sobreponerse a la adversidad de lo que le acontece y al desinterés del hombre ausente que convive con ella, trata de proyectarle la identidad que por sí misma ya no tiene.

Si en Cinco horas con Mario, de Delibes, la protagonista Carmen Sotillo representa a una mujer apasionada, víctima de su época, y en La mujer rota, de Simone de Beauvoir, tanto Monique como Murielle representan a dos personajes femeninos que cometen el mismo error de no emanciparse de la dependencia del hombre con el que conviven, en El pulso de la desmesura (Fórcola, 2016) Lola es el prototipo de mujer actual, emprendedora y atractiva, pero carente de atenciones. Ha sido una modelo que, ahora de casada, se dedica a las artes plásticas. Vive en una zona residencial lujosa. Su marido es un ejecutivo de una importante empresa. Se odia porque lo tiene todo para nada, porque se siente sola: “La gente vulgar se quiere, se busca y se necesita. Y yo me estoy consumiendo. Esperándote cada día... Llamándote cada día... Deseándote cada día... Y te dejaré”. Para un ser abatido como ella, que sobrevive tratando de poner orden al desencanto amoroso, que soporta un desarreglo terrible como mujer enamorada al que intenta sobreponerse, ya sólo le queda no perder la ilusión de mantener vivo lo más leve e insignificante de las cosas, esas pequeñeces que hacen posible que la vida tenga sentido cuando aquellas ilusiones más importantes le han dado la espalda.

Hacia el final de la obra, Lola se decide a tomar una determinación definitiva. Lo hubiera hecho antes si él le hubiera dicho que se estaba distanciando emocionalmente de ella. Su decisión no se halla motivada por un cambio de planes, sino que es fruto del miedo a la soledad y a la desesperación de sentirse alienada.

Nadie diría que estamos ante una opera prima, aquí hay todo un trabajo literario sesudo que viene adherido a esa estirpe creativa propia de todo buen traductor. Pérez de Villar hace una apuesta narrativa muy original y atrevida, escrita en una modalidad estilística compleja que acredita la audacia de su autora, que sabe que este proceder literario requiere, sobre todo, persuasión y empatía con el lector. Como también sabe del artificio de evitar frecuentemente la utilización de signos de puntuación para no romper el flujo de ideas que van saliendo del desbordamiento del personaje. Sin embargo, lo más original que aporta la escritora madrileña en la presentación del libro es la disposición visual del texto, su apariencia formal de poema en prosa: las frases se muestran rotas como la protagonista, o incompletas como su amor. Hay interrupciones repentinas y vuelta a empezar repitiendo frases obsesivas ya dichas anteriormente, hasta conseguir, y de manera solvente, contarnos la historia como a modo de escritura automática.

Para escribir esta historia, Amelia Pérez de Villar ha puesto la garra y el ritmo trepidante que se precisa para mostrar, por medio de una prosa lírica y emotiva, la vida desgarrada de una mujer que se siente perdida e inmersa en la vana soledad de un hogar sin alicientes. Los miedos y las agarraderas que la sostienen viva serán el detonante para rearmarse y sentir el deseo de ilusionarse y romper sus ataduras, un empeño sin vuelta atrás.


El pulso de la desmesura es un libro inquietante, una historia de latidos que no da tregua alguna para la pausa, escrita con mucho caudal poético, apasionado e intimista; una novela intensa de la que no se sale indemne fácilmente. Sorprendente debut que no conviene dejar pasar.

lunes, 2 de mayo de 2016

De un lado a otro

La contracubierta de Estrómboli (Impedimenta, 2016), el último libro de cuentos de Jon Bilbao (Ribadesella, 1972), termina diciendo que “el autor vuelve a demostrar su extraordinario pulso para desvelar lo perturbador que se oculta tras las historias más cotidianas”. Ese es el ámbito propio por donde suelen transitar los personajes creados por el escritor asturiano, cuyas vidas están marcadas por los miedos, las inseguridades y las insatisfacciones que se van propiciando por los distintos derroteros tomados por sus protagonistas: seres sometidos, casi siempre, a algún tipo de peligro o amenaza.

La fragilidad mostrada de estos personajes y su posterior debilitamiento, siempre latente en la narración, no impiden, a su vez, que sus vidas estén en procesos de cambio y vayan de un lado a otro. Lo que sucede en muchos de los ocho relatos reunidos aquí es que, además, hay un motivo fundamental en sus personajes que no es otro que el de superar sus conflictos internos, sus miedos y las insatisfacciones que arrastran. De hecho, las historias contienen elementos de lo más diverso, en las que el lector percibe ese ambiente perturbador por donde transitan los personajes. En el primer relato, Crónica distanciada de mi último verano, una pareja de jóvenes se ve acosada por una banda de motoristas en Reno, hasta el punto de derivar en una persecución con consecuencias impredecibles para su protagonista, quien no podrá evitar que todo vaya a peor. En el siguiente, El peso de tu hijo en oro, dos entusiastas buscadores de oro protagonizan los momentos terribles de un accidente fortuito en plena montaña que pondrá a prueba su amistad; se trata de un relato potente y estremecedor donde el peso de la culpa llega a atormentar y a desquiciar sin remedio a un padre descorazonado. La tercera historia del libro, Siempre hay algo peor, tiene como escenario la ciudad de San Francisco, y es uno de los relatos más extensos del libro. En esta historia, un tipo corriente se mete en unos problemas que le conducirán a una deriva llena de suspense e incertidumbre con un desenlace que dejará perplejo al lector, aderezado además con cierto halo de melancolía. En el ecuador del libro sobresale también el relato de Una boda en invierno, una historia coral e hilarante en la que diversos narradores se alternan para contar los entresijos de una celebración en la que el sexo y las acciones imprevisibles, no exentas de comportamientos extraños, se suceden entre algunos de los invitados.

Estos cuatro relatos, más el que cierra y pone título al libro, conforman lo mejor de la obra. Bilbao vuelve al cuento largo, en esa extensión en la que el escritor asturiano se siente muy a gusto. No hay ningún relato en Estrómboli donde el diálogo no esté presente y tenga su papel determinante. El autor quiere que el lector pise tierra firme, y para ello necesita que sus personajes actúen y hablen para darse a conocer por medio de sus propias palabras. En esa distancia de entre treinta y cuarenta páginas que tanto le gusta, un tramo que todavía no alcanza a lo que se conoce como nouvelle, hay espacio, según él, para construir una trama más compleja y para crear una atmósfera en la que los personajes desarrollen más sus acciones y sus propósitos. En la entrevista que le hizo Miguel Ángel Muñoz, en La familia del aire (2011), un ensayo amplio e interesantísimo sobre los autores más representativos del cuento actual español, ya abundaba sobre la particularidad de su estilo, concretándolo como sigue: “Me limito a seguir los pasos de los personajes, describir los lugares por los que pasan, mostrar lo que hacen y reproducir lo que dicen, y eso puede producir una impresión de narración cinematográfica”.

No parece extraño que mucho de lo que transcurre por su universo literario tenga reminiscencias de escritores americanos, llámense John Cheever, Raymond Carver, Tobias Wolff, David Foster Wallace..., u otras provenientes del celuloide, del cual es un gran aficionado. Sin tener que acudir a otros ejemplos, el relato que cierra la colección del libro, Estrómboli, es una buena muestra de esa consonancia con el cine. En esta narración se habla de esa costumbre de esconderse, de creer que huyendo uno se salvará de sus fantasmas y de su pasado, algo bien parecido a lo que ocurre en la película homónima italiana Stromboli.

Jon Bilbao firma un buen libro de relatos que prueba su acreditada voz narrativa y muestra lo mejor que tienen sus cuentos, que no es más que la impresión que causa al lector, además de la intencionada desazón e inquietud patente en sus historias, de que algo se le escamoteó a pesar de todo lo dicho y eso es, precisamente, lo que les confiere su misterio y, cómo no, su belleza.