viernes, 6 de mayo de 2016

No hay vuelta atrás

Decía Virginia Woolf que el escritor tiene que luchar por conseguir un ritmo adecuado y, una vez que lo consigue, “es imposible equivocarse con las palabras”. Para la escritora británica, el ritmo va mucho más allá de las palabras, origina una escena, una emoción, un recuerdo, que a su vez produce una ola en la mente mucho antes de que las palabras aparezcan para interpretarla.

Amelia Pérez de Villar, filóloga y ensayista, traductora prolífica de autores como Edith Wharton, Robert Louis Stevenson, Gabriele D'Annunzio o Dino Buzzati, ha puesto en su primera novela ese ímpetu apasionante en el que el ritmo narrativo hace posible una lectura imparable gracias a Lola, el personaje motor del monólogo intenso de la historia de este libro, una mujer atribulada y sumida en la desesperación. Su vida rota hace que se sienta desahuciada y viene precedida por ese sentimiento de mujer desprotegida a causa del desamor y de las desatenciones de su marido. Su vacío interior ha distorsionado irremisiblemente su relación con la realidad en la que vive y con quienes la rodean. Incapaz de sobreponerse a la adversidad de lo que le acontece y al desinterés del hombre ausente que convive con ella, trata de proyectarle la identidad que por sí misma ya no tiene.

Si en Cinco horas con Mario, de Delibes, la protagonista Carmen Sotillo representa a una mujer apasionada, víctima de su época, y en La mujer rota, de Simone de Beauvoir, tanto Monique como Murielle representan a dos personajes femeninos que cometen el mismo error de no emanciparse de la dependencia del hombre con el que conviven, en El pulso de la desmesura (Fórcola, 2016) Lola es el prototipo de mujer actual, emprendedora y atractiva, pero carente de atenciones. Ha sido una modelo que, ahora de casada, se dedica a las artes plásticas. Vive en una zona residencial lujosa. Su marido es un ejecutivo de una importante empresa. Se odia porque lo tiene todo para nada, porque se siente sola: “La gente vulgar se quiere, se busca y se necesita. Y yo me estoy consumiendo. Esperándote cada día... Llamándote cada día... Deseándote cada día... Y te dejaré”. Para un ser abatido como ella, que sobrevive tratando de poner orden al desencanto amoroso, que soporta un desarreglo terrible como mujer enamorada al que intenta sobreponerse, ya sólo le queda no perder la ilusión de mantener vivo lo más leve e insignificante de las cosas, esas pequeñeces que hacen posible que la vida tenga sentido cuando aquellas ilusiones más importantes le han dado la espalda.

Hacia el final de la obra, Lola se decide a tomar una determinación definitiva. Lo hubiera hecho antes si él le hubiera dicho que se estaba distanciando emocionalmente de ella. Su decisión no se halla motivada por un cambio de planes, sino que es fruto del miedo a la soledad y a la desesperación de sentirse alienada.

Nadie diría que estamos ante una opera prima, aquí hay todo un trabajo literario sesudo que viene adherido a esa estirpe creativa propia de todo buen traductor. Pérez de Villar hace una apuesta narrativa muy original y atrevida, escrita en una modalidad estilística compleja que acredita la audacia de su autora, que sabe que este proceder literario requiere, sobre todo, persuasión y empatía con el lector. Como también sabe del artificio de evitar frecuentemente la utilización de signos de puntuación para no romper el flujo de ideas que van saliendo del desbordamiento del personaje. Sin embargo, lo más original que aporta la escritora madrileña en la presentación del libro es la disposición visual del texto, su apariencia formal de poema en prosa: las frases se muestran rotas como la protagonista, o incompletas como su amor. Hay interrupciones repentinas y vuelta a empezar repitiendo frases obsesivas ya dichas anteriormente, hasta conseguir, y de manera solvente, contarnos la historia como a modo de escritura automática.

Para escribir esta historia, Amelia Pérez de Villar ha puesto la garra y el ritmo trepidante que se precisa para mostrar, por medio de una prosa lírica y emotiva, la vida desgarrada de una mujer que se siente perdida e inmersa en la vana soledad de un hogar sin alicientes. Los miedos y las agarraderas que la sostienen viva serán el detonante para rearmarse y sentir el deseo de ilusionarse y romper sus ataduras, un empeño sin vuelta atrás.


El pulso de la desmesura es un libro inquietante, una historia de latidos que no da tregua alguna para la pausa, escrita con mucho caudal poético, apasionado e intimista; una novela intensa de la que no se sale indemne fácilmente. Sorprendente debut que no conviene dejar pasar.