lunes, 16 de mayo de 2016

A ras del suelo

La trayectoria del poeta, dice Antonio Colinas, va del sentir al pensar, de la emoción a la reflexión. El poema ideal, añade, sería aquel en el cual el poeta siente y piensa en igual medida. En ese camino literario trazado por el escritor leonés habría que advertir al lector de a pie de que hace falta trabajar mucho antes de conseguir que un poema exprese completamente lo que uno siente para llegar a calar en los demás.

A Karmelo C. Iribarren (San Sebastián, 1959) seguramente el ejercicio compositivo de sus poemas tiene mucha consonancia con lo referido por Colinas, pero para ser más exacto, en lo que de verdad repara el poeta donostiarra para escribir sus epifanías poéticas no es más que en aquello que signifique vivir en soledad con las palabras, ya sea en un bar tomando café, o paseando por las calles de su ciudad.

De estos paseos, esperas, sorbos de café, días lluviosos y noches de vigilia llega cargado su nuevo poemario. Haciendo planes (Renacimiento, 2016) es un título irónico en el que recoge cincuenta y ocho poemas breves que reflejan la desnudez de su mundo, una especie de minimalismo íntimo donde caben las preguntas, los recuerdos, las derrotas y los instantes melancólicos de la vida misma. Desde su primera publicación con Bares y noches (1993), hasta La piel de la vida (2013), Iribarren no ha dejado de proyectar esa fidelidad tan característica de su poesía sobre lo cotidiano, un territorio nada escurridizo para él en el que su voz encuentra el detalle y las perplejidades suficientes para contarnos con brevedad, sencillez y concisión las pequeñeces universales de esto que solemos llamar vida cotidiana de las personas corrientes.

En este libro, lo mismo encuentra el lector un poema por el módico precio de un café, como también la presencia de un insignificante gorrión que pueda dar origen al momento más importante del día. En otro de sus poemas cuenta el poeta que las hojas muertas son capaces de dar motivos suficientes para la esperanza, a pesar del mundo desquiciado en que vivimos. Mirar mucho rato la lluvia, subraya el poeta, sería peligroso si al final apareciera esa mujer que te dejó por otro. En este otro, que lleva por título El milagro de la vida, un desconocido, de forma inesperada, se cruza ante tu vista con buenos planes de futuro: tiene una vida, tiene alguien a quien amar y es correspondido. En La vida tiene que ser otra cosa, el poso de melancolía inunda el poema. La soledad es un poema hermoso, triste y conmovedor de seis versos intensos de dos y tres sílabas...

Al leer y releer los poemas de Iribarren uno experimenta una cierta sequedad amarga y melancólica, como si la derrota lo machacara todo, como si cualquier suceso, por insignificante que fuera, tuviera consecuencias sobre nuestra frágil existencia, cuando en realidad el poeta lo que trata de decirnos es que todo sucede siguiendo una pauta misteriosa, sencilla y cruel que, aunque nos cueste aceptarlo, no hay forma de esquivar, y aunque nos aferremos a sus designios, vivir conlleva complicarse la vida, implica seguir adelante sin más, y eso es una desgaste común a todos, un recorrido en el que nos vamos dejando siempre algo de nuestras ilusiones.

Reconozco mis limitaciones como lector en este arte tan complejo y mágico que envuelve a la poesía, pero lo interesante de leerla no es sólo lo que simboliza, sino lo que emociona y lo que te hace pensar. Quizás, los verdaderos artistas, como Karmelo C. Iribarren, y los lectores de verdad, tienen que procurar forjar su propio criterio y seguir su instinto individual a la hora de recrear e interpretar el mundo.

De nada sirve hacer crítica de poesía sin tener en cuenta además el análisis de las palabras. Como eso solo está al alcance de los poetas en activo, y uno no lo es, no queda otra que ponerse a ras del suelo, sin más pretensiones que dar cuenta de las propias sensaciones recibidas de este libro hermoso, íntimo e iluminador que nos interpela en cada verso, a veces con ironía y otras con ciertas dosis de asombro, sobre lo que acontece a diario por las calles bajo el sol, bajo la lluvia, y por el deambular de los seres que cruzan sus aceras revolviéndose desde el interior de los poemas.