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lunes, 22 de noviembre de 2021

Y el Sur se hizo Norte


En la vida de la argentina Clara Obligado hay dos rasgos determinantes que han marcado su escritura a lo largo de los años: el exilio y el idioma. Aunque lleva más de cuarenta años viviendo en Madrid, desde que en 1976 huyó de Buenos Aires tras el golpe militar, su condición de extranjera sigue latente en su vida, encontrando motivos para llevarla de una manera secreta y explícita, en su memoria y en sus textos, fruto de un diálogo interior permanente, como rasgo característico de su identidad y manera de estar en el mundo. Pero nada de esto sería sostenible sin el apego a la palabra, al idioma que hace posible nombrar las cosas, en complicidad con la escritura y la lectura, con todo aquello que da cuenta del desplazamiento y de la pérdida, y que encuentra abrigo en alguien próximo o lejano, como así deja dicho en su ensayo Una casada lejos de casa (2020): “Mi escritura no sucede ya a la intemperie, tengo amigos en una y otra orilla”.

Su nuevo ensayo, Todo lo que crece (Páginas de Espuma, 2021), actúa, según la propia autora, en espejo con el anterior y, sobre todo, marca un dilatado sentimiento de leer la naturaleza, como si a través de ella se ocupara de revelarnos lo que ella misma contiene de Edén, libertad, conciencia y sentido práctico en la que confiar nuestro destino. Este es un libro nacido de la memoria y del presente en tiempos del confinamiento a mediados del pasado año, en plena pandemia del covid, que vierte un relato por el tiempo, un trayecto poblado de recuerdos y coyunturas, un vagar que invita al encuentro, al examen del tiempo, a la libertad de detenerse en la memoria, esto es, en ir tras los pasos y sentido de una vida en el exilio. Este es, también, un libro de experiencias y bagaje, de travesía por el campo o el bosque, por la esencia de las palabras, un regreso a los espacios naturales.

Bajo este predominio de vivencias y analogía entre la naturaleza y la prosa, la autora nos invita a dar un paseo y percatarnos de cómo la naturaleza concita a encender el pensamiento, a reverberar la memoria e, incluso, ponernos más incisivo con preguntas como estas que la propia narradora lanza: “¿También se recicla la infancia? ¿A dónde se va? ¿Somos parte de un mismo árbol, copias de un tronco original? ¿Cómo permanecen en nosotros las ramas que nos cobijan, los relatos que nos dieron sombra?” Uno, como lector, quiere responder a estos envites y mirar a través del propio hilo conductor que mueve el sentido de lo que Clara Obligado transmite, libro adentro, para tener respuestas o tan solo para saber que “quien escribe recicla los recuerdos, se apropia de los restos, los revive, los corrige”, como la vida misma, como un paisaje en el que cada instante es resonancia.

Todo lo que fluye por aquí viene a confirmarnos que mucho de lo que revelan sus páginas no es solo una indagación de alcance del yo de la autora, sino más bien una interpelación sobre cómo las consecuencias de hablar de los caminos por donde transita su literatura y su memoria se perpetúan en la vida real y presente. Para ello, Clara Obligado se vale de notas, lecturas, recuerdos y hallazgos de palabras para hablarnos del pasado, del presente y de la naturaleza, para leernos como si fuera un libro, con esa idea de aspiración, como quería Clarice Lispector, de “ser leída en los renglones vacíos”. Además de la escritora brasileña, encontramos también guiños y ecos de otros autores, como John Fowles, Emerson, Steiner o Thoreau.

De alguna manera, hay un déjà viu en la lectura de este libro: ese reconocerse en un exilio, en una identidad periférica entre dos hemisferios, como así se estructura el volumen: Sur y Norte, algo ya insinuado en otros textos suyos. Esa sensación se deja sentir y no se pierde, porque hay un empeño decidido de la autora de que no nos despeguemos del asombro y gratitud que dan sentido a sus historias, con la esperanza de regresar a una lectura ligada a un testimonio propio, como señas de identidad y eslabón de su escritura.


Somos historias, nos dice, y no hay un único sentido que dé razón de lo que es vivir. A diferencia de lo que es el mundo, que viene ya conformado, una vida no tiene por qué asumir las circunstancias dadas. Subyace en el texto esa herencia de historia colectiva que todos llevamos con nosotros, pero, como es su caso, toda exégesis personal puede contradecir la versión común. Las circunstancias de cada cual contienen una historia en la que cabe un mundo. Por tanto, salirse de lo establecido es un proceder condicionado por muchos factores, como los que la autora aquí relata, otros caminos, incluso llegando a pensar un día que hay que huir de tu tierra para salvar el pellejo.

En Todo lo que crece encontraremos una vida examinada por el recuerdo y la escritura, expuesta por medio de un ensayo de prosa cuidada y poética que reproduce un pasaporte reconocible del yo de Clara Obligado, un libro por el que fluye vida y estancia fundidas con la memoria y con la presencia de la naturaleza. Un crisol que alumbra y enseña a leer el mundo.


miércoles, 11 de marzo de 2020

Un libro de lectura reversible

“Al poco de llegar a Madrid, me fui a vivir a un piso en la calle de Lope de Vega, 2, en el Barrio de las Letras. No conocía a nadie y con algunos vecinos conformamos una curiosa familia que me ayudó a mitigar la soledad y comprender mi nuevo mundo”. Con estas palabras Clara Obligado nos abre las puertas de La biblioteca de agua (Páginas de Espuma, 2019), un volumen de relatos que cierra un proyecto narrativo que comenzó, como ella misma apunta en la antesala del libro, con El libro de los viajes equivocados (2011), un puñado de historias en donde el sentido del destierro y la diáspora están muy presentes. Después continuaría con La muerte juega a los dados (2015), un conjunto de relatos con determinados puntos en común en los que “lo fundamental no es la solución de los grandes enigmas, sino la vida de todos los días”, como subraya la mujer del detective O´Brien, uno de los personajes más fascinantes del libro.

Todo este marco narrativo guarda cierta similitud con los enigmas y las claves que contienen los mapas de las ciudades en los que, sin pretenderlo, abundan muchos de los secretos de sus habitantes. Reflejan el pasado, el presente y lo indecible de sus afanes: descubrimiento, curiosidad, vestigio, ambición, memoria y olvido. El lenguaje de los mapas de una ciudad resiste el paso del tiempo, tiene implícito la ubicuidad de nuestras fútiles vidas y, desde luego, forjan historias colectivas. Por eso los mapas nos fascinan, porque en ellos hay un espacio laberíntico poblado de leyendas urbanas, trayectos y memoria, pero, sobre todo, porque encierran logros y pérdidas personales vinculadas a sus plazas, calles y esquinas.

Lo que viene a representar La biblioteca de agua (Páginas de Espuma, 2019) es precisamente eso, un mapa narrativo cuya estructura obedece a un engarce de cuentos encadenados, en los que Madrid, y concretamente su Barrio de las Letras con sus continuos vaivenes, destaca como personaje principal del libro y abarca un periodo extenso que va desde 1976, fecha desde la que parte su autora, precisamente porque fue cuando llega a España procedente de Buenos Aires como exiliada política de la dictadura militar, hasta nuestros días, para contarnos historias entrelazadas con la suya que empiezan en el presente y fluyen hacia el origen de la ciudad valiéndose del artificio de la ficción.

Dice Clara Obligado que entrelazar cuentos le permite abrir mucho la lente, ir más allá de lo que una novela podría contar, tanto en el tiempo como en el espacio y añade que, en esta ocasión, su objetivo ha sido buscar un engranaje de relatos desde espacios periféricos a un presente y a un pasado en el que el lector pueda elegir leer a saltos, de principio a fin o cambiar de dirección y empezar de atrás para delante, a modo de un flâneur que avanza, retrocede o le da la vuelta al mapa mientras camina.

Hacía tiempo que no leía un texto narrativo en plan reversible, desde que lo hice con Rayuela. Por eso me propuse leerlo de ese modo, de atrás hacia delante, aceptando el envite que la propia autora nos ofreció al público asistente en la presentación del libro que tuvo lugar al final de septiembre en Jerez, en la Librería La Luna Nueva. Me lo tomé al pie de la letra y, francamente, la experiencia me ha parecido sorprendente y llena de perplejidades. Cada relato se superpone y arranca un hilo proveniente del anterior, como si fuera un nexo del tiempo y propiciara un encadenamiento afín al devenir de las cosas que se van sucediendo por las calles y casas de la ciudad, sin importar la dirección tomada.

De esa lectura que empieza con Génesis, el último relato, nos situamos en la piedra angular de donde parte el título del libro. Ese agua surgida del cosmos antes que se conformara lo que ahora es el planeta, que se enlaza con el siguiente, El Milagro, donde se nos cuenta cómo de aquel humedal que originó la ciudad de Madrid, gracias a un ser ancestral, una hembra de nombre Hispanotherium matritense, también surgió el lenguaje. Siguiendo esa ruta establecida en el relato que antecede, La mano, nos traslada a un convento en el que dos monjas, hijas de Cervantes y Lope de Vega, nacidas del amor furtivo de estos dos ilustres letrados sobreviven a un destino de retiro obligado. Llegamos a La biblioteca de agua, un relato fantástico en el que el agua que alimenta a la vida puede resultar tan letal como las llamas.

Del primero al último de los relatos, o viceversa, el agua fluye con sus historias, y esa conexión fluida pone su guiño a la concepción borgeana, digamos laberíntica, que ha querido establecer la autora en la construcción de estos cuentos, un puzzle narrativo cuyo resultado final es una cartografía de personajes que deambulan por las calles, como lo hace en uno de sus cuentos la maja desnuda de Goya por los alrededores del Museo del Prado. En sus dos relatos más extensos: Lo que no se recuerda y Romanticismo, al igual que hay una historia de amor, el agua, los libros y la mirada también trascienden, y en ambos viene a decirse que el amor no entiende de código de honor porque es tan imparable como impredecible.

En síntesis, este es un libro que vierte una vida por el tiempo, un trayecto poblado de nostalgia y resistencia, un vagar que invita al encuentro, a la conversación, al examen del tiempo, a la libertad de detenerse en la memoria de la ciudad, esto es, en ir tras los pasos de quienes la construyen con sus historias. Este es, también, un libro lleno de fulgores, una travesía por los pasajes de un barrio y las palabras de quienes lo cuentan, una biblioteca sin fin, que escribe, en cada ocasión, un relato de las cosas, de antes y de ahora, de sus calles, que nos enfrenta a la memoria y a las conmemoraciones colectivas señaladas por placas, ruinas o monumentos. La biblioteca de agua es un invento hermoso.

jueves, 21 de abril de 2016

Belleza y memoria

En el ámbito de la tradición literaria, uno de los temas recurrentes de mayor relevancia es el viaje como representación de la misma existencia humana. Adquiere, por así decirlo, el estatus de símbolo o metáfora de la propia vida del hombre. En los textos literarios, el viaje simboliza una aventura y una búsqueda, como destino insalvable, inevitable para los personajes que protagonizan la historia. Se convierte en una necesidad que les obliga a huir de sí mismos y de sus propias realidades para enfrentarse a una nueva que les permitirá volver sobre ellos mismos y darles un sentido nuevo a sus vidas inciertas.

La escritora hispano-argentina Clara Obligado (Buenos Aires, 1950) rescata una novela que empezó en 2008 y terminó de revisar en 2015 y que parte desde ese eje iniciático propio del hecho de viajar, pero que se adentra, además, en la memoria, un asunto obsesivo en el quehacer literario de la artista. En Petrarca para viajeros (Pre-Textos, 2016), la dependencia del pasado, la imposibilidad de abdicar del ayer, está presente en todo el relato. En este viaje propuesto por la autora, el lector se encontrará en un trayecto que transcurre en un tiempo corto, que transita por la Europa mediterránea y que viaja por el interior de sus personajes principales: Andrés, un joven dibujante de diecisiete años en busca de futuro, y Noa, una mujer, joven y bella que cambia radicalmente su presente para experimentar el vértigo y la locura de una nueva vida. La historia del guardagujas, el tercer protagonista de la novela, posee el contrapunto especial de un hombre marcado por la memoria histórica. Su testimonio perpetúa el pasado y la conciencia de reconocerse sujeto a la memoria, porque sin esa atadura su identidad dejaría de tener sentido.

A través de la confluencia del pasado y el presente, la novela transcurre por una ruta ferroviaria sobre el Mediterráneo en busca de respuestas a través del arte y de la mirada de sus personajes que, en realidad, no dan satisfacción a las preguntas y a las observaciones que cada uno de ellos se plantea. El título conjuga la presencia de ese humanismo vivaz, en busca de la belleza, como anhelaba el poeta Petrarca, bajo el prisma e impulso de dos viajeros jóvenes que emprenden su aventura en pos de alcanzarla. Hay también en esta obra un parentesco notorio con los cuentos de El libro de los viajes equivocados (2011), en el que Obligado incide en esa diáspora del que emprende otro camino fuera de su tierra, desde el azar de cualquier lugar, hasta arribar incluso en la costa albanesa, en el Jónico, el mar de Ulises, donde naufraga poco antes de su regreso a Ítaca.

Todo viaje sugiere el retorno a otras épocas, como ocurre en Petrarca para viajeros, un periplo narrativo que trasluce buena parte de la historia europea con nombres propios de lugares, desde la estación de Angoulême, los campos de concentración de Mauthausen, el Sena, Florencia, Roma, el Adriático y Corfú, hasta el regreso a Ancona, un pequeño puerto italiano.

Hay toda una simbología latente y explícita en esta intensa nouvelle, de elipsis continuas, que conforman meridianamente el universo literario de Clara Obligado: la memoria, la pasión, el viaje, la identidad, la inmigración, el destino, la conciencia histórica. Cada una de ellas tiene su presencia en la trama y se intercala en la pericia narrativa para conducir al lector por una historia de fuerte calado compasivo. El sufrimiento y la empatía afloran hasta el punto de que la novela concluye con una epifanía humanística sobre la solidaridad de la mano de una inmigrante albanesa, capaz de conmoverse por la situación de otra persona necesitada de ayuda.

Aunque el lector de hoy en día sigue adherido a los encantos de la novela como género predilecto, el relato breve e, incluso más, la novela corta va calando de manera creciente en sus gustos, no solo por lo que abrevia su construcción narrativa, sino también, como le ocurre a Petrarca para viajeros, por lo mucho que insinúa y atesora entre líneas este formato, cosa que al buen lector le seduce mucho y agradece por su concisión y economía de tiempo en un mundo cada vez más rendido a las prisas.


 Quien se suba a bordo de este tren narrativo, de prosa ligera e intensa, infinita pese a su brevedad, que maneja con sutileza y hondura asuntos profundos de la humanidad, que se lee en una sentada, y que es capaz de condensar el trayecto propio de un convoy de largo recorrido en uno de cercanías, sentirá el deleite de haber viajado en un transporte sin demoras y la recompensa, a su vez, de una lectura perdurable.

viernes, 20 de marzo de 2015

La muerte juega a los dados, Dios no


Pedro Valverde Caramés

Que “Dios no juega a los dados” es una celebrada sentencia del físico Albert Einstein con la que expresaba la perplejidad que le producían los descubrimientos, que se estaban produciendo en su época, en el campo de la microfísica. Aquellos asombrosos hallazgos, a los que él había contribuido decisivamente, violentaban la interpretación clásica de la realidad y sus categorías de pensamiento (Weltanschauung) y ello irritaba profundamente al padre de la Relatividad.

La cita anterior procede aquí, no sólo por su parecido con el título del último libro de Clara Obligado (Buenos Aires, 1950), sino también porque perplejidad es lo que puede experimentar el lector cuando tras finalizar la lectura de un primer capítulo de factura clásica, en la línea del arranque de una novela de género policiaco, aborde el segundo, tan radicalmente diferente. Avisado queda.

Sobre una estructura de relatos de extensiones diferentes y temáticas variables, unos sobrios en su realismo, otros abiertamente imaginativos, incluso delirantes, la autora cimenta una novela que desgrana la historia de una saga familiar a lo largo de las décadas y en cuyo seno late el misterio de un asesinato nunca resuelto. Pero también se cuentan otras historias cuya ligazón con la trama general es, en general, menos evidente, más sutil; así, aparecen revoluciones, guerras, persecuciones, en las que diferentes personajes entran en escena, sorprenden al lector y salen para acaso no volver. Es como si la autora quisiera recordarnos que siempre suceden infinidad de cosas en paralelo a la acción principal y que, en última instancia, ésta lo es porque quien escribe decide significar unos sucesos, singularizándolos, sobre otros muchos.

Clara Obligado apuesta fuerte por un experimento literario que rompe moldes y categorías, y que traspasa esos compartimientos estancos en los que la literatura, por tradición o por desidia, o por falta imaginación, se estructura a sí misma: novela larga o corta, cuento, microrrelato, biografía

Decía Borges, en una conferencia sobre el género policiaco dada en 1977 que “los géneros literarios dependen menos de los textos que del modo en que éstos son leídos”, es decir, que no hay una esencia de los textos ni de los géneros, sino que sólo hay modos de leer. Eso mismo es lo que la autora le propone al lector, que lea en clave abierta y que la acompañe en un juego que va más allá de los cánones al uso. Es lo que ella define como literatura mestiza o de entrevero, como la llamaría yo.

Por otra parte, si hay algo que uno imagina en este libro es que Clara ha tenido que disfrutar construyéndolo; imaginando las historias, corrigiéndolas, dibujando en su mente personajes (tan) singulares, sincronizando las piezas que  componen trama y urdimbre hasta ajustar, en una labor de bordado meticuloso, este peculiar artefacto literario. Y esto es algo que a mí, personalmente, me gusta de ella: su enfoque natural, nada afectado y casi lúdico del hecho de escribir, alejado de esa visión entre dolorosa y traumática con la que otros muchos confiesan abordar la escritura. Será porque, como ella misma dice tantas veces, piensa en lo que va a escribir mientras prepara la cena.

En mi opinión, desvelar más sobre La muerte juega a los dados (Páginas de espuma, 2015) supondría dar demasiadas pistas a un futuro lector y con ello privarle del asombro de acercarse a esta apuesta radical. Dejemos pues que quien no lo haya leído se aproxime a este libro con el derecho a la extrañeza intacto y que juzgue, a fin de cuentas el lector es siempre soberano.