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sábado, 23 de marzo de 2019

La velocidad de las cosas


Fangio sugiere que ganar es más que un mero asunto de velocidad, que ser veloz es más que un mero asunto de velocidad. Que la clave reside, ante todo, en el arte de elegir los momentos de lentitud y la menor lentitud para cada uno de ellos. Como si el rol de un piloto no consistiese en saber cuándo puede pisar el acelerador, sino al revés: cuándo y cuánto es necesario y útil dejar de pisarlo. Una velocidad ideal, construida y salvaguardada por medio de reticencias, por obra de sabias desaceleraciones”. Así refiere el joven narrador de Faster (Impedimenta, 2019), la nueva novela de Eduardo Berti (Buenos Aires, 1964), cómo Juan Manuel Fangio, el gran mito de Fórmula 1, ganador de cinco títulos mundiales, encendía el motor de sus recuerdos y narraba sus sensaciones a bordo de su monoplaza.

Correr es la vida. Todo lo que sucede antes o después no es más que esperar”, cuenta más adelante el narrador esto que bien podría haber salido de la boca del campeón argentino, pero que, en verdad, fue dicho por Steve McQueen en la película Le Mans del año 1971, un guion que se inspira en la legendaria carrera de resistencia 24 Horas de Le Mans, para desvelarnos que mucho de lo que encierra esta novela breve no es más que un compendio de recuerdos fugaces y vivencias de la memoria, en la que el tiempo no es elástico pero el recuerdo sí que lo es, y la velocidad de las cosas no hacen más que dar prueba de ello.

Todo lo que impulsa al narrador de este entretenidísimo relato es el recuerdo de una tarde azarosa en la que él y su amigo Fernán, dos chicos de apenas catorce años, se proponen crear una revista y lanzarla con un primer número en el que incluirían una entrevista con el gran Fangio, una leyenda viva de las cuatro ruedas, cuya figura, incluso, en su retiro siguió agigantándose. Ese día ambos colegas van a su encuentro al concesionario de coches que regentaba. Esta iniciativa dará pie, no solo a forjar la vocación periodística de ambos, sino también a estrechar la amistad de uno con el otro. Ambos son entusiastas de los Beatles, y, en especial, de George Harrison, gran apasionado a los coches y fan del corredor Emerson Fittipaldi.

Con estas mimbres, Berti nos entrega una novela plena de emoción bajo el hilo conductor de aquella incipiente revista que, al cabo del tiempo, rescatada de la buhardilla del narrador, nos llevará a los años juveniles de Fangio, que marcarían su apego e ilusión por los motores: “Yo, a los quince años, era prácticamente un mecánico. Era ajustador de autos. Y desde los diez u once años iba al taller, después de la escuela, a limpiar piezas y cosas por el estilo. Como me gustaba mucho todo eso, fui aprendiendo cada vez más. No había libros en esos tiempos y todo era práctica”.

Y mientras se sucede la entrevista y se desvelan las sensaciones del viento en carrera, la llegada a la meta y el recuerdo de otros grandes corredores, la presencia de George Harrison se hace hueco en el relato, cuando se evoca sin nombrarlo a Ronnie Peterson, piloto sueco fallecido en Monza en 1978, al que el cantante inglés, al año siguiente, le dedicó su canción Faster y que Berti toma para poner título a su historia nacida de aquel viejo episodio juvenil en el que el autor y un amigo procedieron a jugar a periodistas.

Por la novela transcurre una atmósfera que mezcla, sin estridencias, lo sentimental y lo nostálgico que se intercalan entre las revelaciones del corredor y las confidencias que el narrador va soltando de su amigo Fernán y algunos miembros de su familia. El relato va alternando fragmentos de la vida del mítico campeón de automovilismo y las inquietudes de estos dos aprendices de periodistas que vienen a confluir en la paradoja inexorable del paso del tiempo, como la velocidad de un bólido en un circuito.

Faster se presenta bajo ese prisma metafórico, como si después de un acelerón en recta diera paso a una curva que requiere quitar el pie y pisar el freno. Transita por ese juego narrativo de giros al pasado y vueltas al presente, como los coches que compiten en carrera, pasando una y otra vez por línea de meta. La novela va girando, como lo hace un vinilo y las ruedas de un monoplaza, sin salirse del surco ni de la trazada, de tal manera que permite que el lector se acople en la trama del relato con suma facilidad y frescura, aleccionado por las palabras del narrador que le advierte que en esta historia “lo fundamental es cierto, los detalles son inventados”.

Llegados a este punto final, diremos que Berti vuelve de nuevo a hablarnos de la vida y de los afectos por medio de dos de sus temas favoritos: la auto-ficción y la memoria, y lo hace con esta hermosa novela, ligera e intensa, con tanto vuelo, como pausa, que acredita su imaginación y valía.


martes, 9 de septiembre de 2014

Otras rarezas


El microrrelato es un género idóneo para navegar por aguas turbulentas y charcas solitarias, burlando el reloj y modificando el mapa del tiempo. Eduardo Berti (Buenos Aires, 1964) conoce bien ese microcosmo, ese organismo vivo inserto en la narración hiperbreve que a veces es escurridizo y se escapa de las manos a la menor ocasión; un género en el que vale tanto lo que se dice como lo que se oculta; un género en el que, muy amenudo, se telegrafía , sobre todo, lo que se esconde.

La vida imposible (Páginas de Espuma, 2014) nos propone, en esta nueva edición corregida y ampliada, recorrer el territorio malévolo del escritor argentino, por medio de una colección de microrrelatos que transitan por otras realidades, entre lo monstruoso y lo fantástico, pero atemperadas por la compañía de una sutil ironía.

Berti se despacha a gusto en estas microficciones con reiterada osadía, bajo distintas formas pero con similares resultados, casi siempre asombrosos, inesperados y cómicos. Eduardo Berti siente predilección narrativa por atender las jugadas del azar, para que éste haga de las suyas y den un giro en la vida de los protagonistas que deambulan por este catálogo de La vida imposible; noventa y dos historias mínimas convertidas en golosinas narrativas para cualquier lector ávido y entusiasta de estas estructuras reducidas. Pero, aunque sus textos pocas veces superan la página y media de extensión, este libro minimalista aspira a convertirse en un puzzle de micropiezas conectadas a un ascensor invisible que sube y baja entre sueños, reflexiones y sucesos extraños, bajo el mantra susurrante de una vida imposible, la que todos vivimos de alguna manera.

Este catálogo de rarezas narrativas tiene de particular sus escenarios. Cada pieza ocurre aleatoriamente en cualquier rincón del mundo, fruto del azar: un extraño reloj de arena se demora a su antojo en un pueblo de Guatemala, un desconocido pintor recibirá honores en Viena, en Holanda un director de cine es inculpado de asesinar a ocho actores, en Alemania la policía trabaja con dos ancianos mellizos en leer huellas de sangre, en una aldea de Madagascar la justicia se imparte con códigos fuera del uso común... Sucesos que recorren todo tipo de realidad: hombres con doble vida, mujeres con voces multiplicadas, pianistas con manos asimétricas, existencias reincidentes, pintores e impostores, las trampas de un tahur, dos hijos obcecados en intercambiar sus respectivas familias, marcos sin cuadros, hombres que buscan sus otros parecidos, amantes idénticos, anestesias imperfectas o las crueldades de una escuela perpetua.

Eduardo Berti contempla y explora todas las posibilidades de la vida hasta la frontera de lo imposible, quizá con un trasfondo de burlarse de la vida corriente, de la normalidad cotidiana. Se percibe una huella de Borges en lo fantástico, más allá de una simplicidad aparente, en la constante aparición del doble que se repite en estas miniaturas narrativas: Doble vida, Amantes idénticas, Dos reinas... Berti, además de entusiasta lector de Cortázar, Virgilo Piñera y de Ana María Shua, es un apasionado de la greguería y, por tanto, de Gómez de la Serna, al que tributa un extenso homenaje con más de doscientas ramonerías, como él las llama, al final del libro.

El resultado final que tiene uno tras leer La vida imposible es haber asistido a un festival de rarezas bajo la mirada extraña y el adjetivo inquietante que reina y se postula en todas sus páginas. El gran desafío de estos microrrelatos reside en hacer que la ficción se vuelva verosimil en el contexto de la vida rutinaria que ocupa nuestra común existencia. Berti, con una prosa concisa y vigorosa, lo logra gracias a la artillería utilizada a base de imaginación, fantasía y humor.