martes, 9 de septiembre de 2014

Otras rarezas


El microrrelato es un género idóneo para navegar por aguas turbulentas y charcas solitarias, burlando el reloj y modificando el mapa del tiempo. Eduardo Berti (Buenos Aires, 1964) conoce bien ese microcosmo, ese organismo vivo inserto en la narración hiperbreve que a veces es escurridizo y se escapa de las manos a la menor ocasión; un género en el que vale tanto lo que se dice como lo que se oculta; un género en el que, muy amenudo, se telegrafía , sobre todo, lo que se esconde.

La vida imposible (Páginas de Espuma, 2014) nos propone, en esta nueva edición corregida y ampliada, recorrer el territorio malévolo del escritor argentino, por medio de una colección de microrrelatos que transitan por otras realidades, entre lo monstruoso y lo fantástico, pero atemperadas por la compañía de una sutil ironía.

Berti se despacha a gusto en estas microficciones con reiterada osadía, bajo distintas formas pero con similares resultados, casi siempre asombrosos, inesperados y cómicos. Eduardo Berti siente predilección narrativa por atender las jugadas del azar, para que éste haga de las suyas y den un giro en la vida de los protagonistas que deambulan por este catálogo de La vida imposible; noventa y dos historias mínimas convertidas en golosinas narrativas para cualquier lector ávido y entusiasta de estas estructuras reducidas. Pero, aunque sus textos pocas veces superan la página y media de extensión, este libro minimalista aspira a convertirse en un puzzle de micropiezas conectadas a un ascensor invisible que sube y baja entre sueños, reflexiones y sucesos extraños, bajo el mantra susurrante de una vida imposible, la que todos vivimos de alguna manera.

Este catálogo de rarezas narrativas tiene de particular sus escenarios. Cada pieza ocurre aleatoriamente en cualquier rincón del mundo, fruto del azar: un extraño reloj de arena se demora a su antojo en un pueblo de Guatemala, un desconocido pintor recibirá honores en Viena, en Holanda un director de cine es inculpado de asesinar a ocho actores, en Alemania la policía trabaja con dos ancianos mellizos en leer huellas de sangre, en una aldea de Madagascar la justicia se imparte con códigos fuera del uso común... Sucesos que recorren todo tipo de realidad: hombres con doble vida, mujeres con voces multiplicadas, pianistas con manos asimétricas, existencias reincidentes, pintores e impostores, las trampas de un tahur, dos hijos obcecados en intercambiar sus respectivas familias, marcos sin cuadros, hombres que buscan sus otros parecidos, amantes idénticos, anestesias imperfectas o las crueldades de una escuela perpetua.

Eduardo Berti contempla y explora todas las posibilidades de la vida hasta la frontera de lo imposible, quizá con un trasfondo de burlarse de la vida corriente, de la normalidad cotidiana. Se percibe una huella de Borges en lo fantástico, más allá de una simplicidad aparente, en la constante aparición del doble que se repite en estas miniaturas narrativas: Doble vida, Amantes idénticas, Dos reinas... Berti, además de entusiasta lector de Cortázar, Virgilo Piñera y de Ana María Shua, es un apasionado de la greguería y, por tanto, de Gómez de la Serna, al que tributa un extenso homenaje con más de doscientas ramonerías, como él las llama, al final del libro.

El resultado final que tiene uno tras leer La vida imposible es haber asistido a un festival de rarezas bajo la mirada extraña y el adjetivo inquietante que reina y se postula en todas sus páginas. El gran desafío de estos microrrelatos reside en hacer que la ficción se vuelva verosimil en el contexto de la vida rutinaria que ocupa nuestra común existencia. Berti, con una prosa concisa y vigorosa, lo logra gracias a la artillería utilizada a base de imaginación, fantasía y humor.