Mostrando entradas con la etiqueta Memoria Histórica. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta Memoria Histórica. Mostrar todas las entradas

lunes, 31 de mayo de 2021

Orgullo y libertad

En el discurso y relato que conforman la esencia de Castellano (Destino, 2021), el nuevo libro de Lorenzo Silva (Madrid, 1966), hay un propósito, convertido en logro, de ceñirse a lo que la historiografía ha documentado en sus textos sobre la revuelta comunera surgida en Castilla entre la primavera de 1520 y la de 1522. En ese marco histórico, el autor trenza el sustrato de su narración, que, como advierte en el prólogo de su obra, no es propiamente una novela histórica convencional, ni un ensayo, pero que participa de ambos géneros. También es un viaje personal y colectivo en el tiempo y en el espacio, mediante una apuesta estructural que le permite ir y venir del pasado al presente, desplazarse a los orígenes de Castilla y regresar al siglo XXI para ver qué queda de aquel espíritu comunero, o echar una mirada al siglo XIX para saber cómo leyeron los liberales aquellos sangrientos episodios. Todo este cómputo narrativo orilla en unos hechos históricos relevantes que proclamaron el carácter de un pueblo henchido de orgullo y deseoso de libertad.

Esta es la línea narrativa marcada por Silva, ceñida a textos contrastados como los que corresponden a José Antonio Maravall o al trabajo del historiador francés Joseph Pérez, titulado La revolución de las Comunidades de Castilla, sin menoscabo de una complejidad, que recoja y sintetice, con la mayor honestidad y solvencia posible, unos acontecimientos determinantes que pudieron haber cambiado el rumbo de gran parte de nuestra historia: “En ese relato histórico se mezclan y alternan los recursos literarios y la vocación de transmitirle al lector una idea cabal de los hechos, a través de una información suficiente y dándole cuenta de su origen y fiabilidad, labor esta que quizá se juzgue más propia de un oficio que no tengo, el de historiador”. No podemos dejar de señalar que, además, el texto comparte capítulos escritos en primera persona sobre vivencias propias del autor que, de alguna manera, reflejan una conciencia entusiasta y ponderada de su identidad castellana.

Silva aborda, desde lo documental, la sustancia narrativa propicia para que la materia histórica encaje sin fractura en un relato potente, que, aunque no excluye la conjetura, se asienta en una buena puesta en escena de personajes fascinantes. Juana la Loca es liberada por los comuneros para investirla de legitimidad, pese a que ella nunca quiso actuar contra su hijo Carlos. Siguiendo con la galería de personajes, aparece Adriano de Utrecht, obispo de Tortosa, virrey de Castilla y hombre de confianza del rey, que acabó siendo coronado Papa con el nombre de Adriano VI. A lo largo de los capítulos aparecen con mucha visibilidad Juan Bravo, Francisco Maldonado y Juan de Padilla, los tres capitanes impulsores de la revuelta que finalmente fueron ajusticiados. Además de estas ejecuciones acabaron en el patíbulo el obispo Acuña, Pedro Maldonado y hasta un total de veinte procuradores de la Junta de Tordesillas.

Por otro lado, un papel importante en el relato es el que otorga el autor a la esposa de Padilla, María Pacheco, quien, después del fatídico final de su marido, acabó gobernando Toledo durante bastantes meses. Su figura había ganado popularidad al son de su grito, pregonando que ella luchaba para dejar de cobrar el dinero que le correspondía como noble procedente de los impuestos reales abusivos que se obtenían de la gente. Siguiendo la ruta por la que esta mujer luchadora continuó sus pasos, el libro la sitúa en Portugal, concretamente en Oporto, al cabo de diez años de la revuelta, muy delicada de salud. En aquella huida que la lleva a la Puerta del Cambrón por la cuesta de Santa Leocadia, Silva recuerda que “los portugueses nunca la entregaron, como pedía el emperador, ni siquiera después de que este se casara con la infanta Isabel de Portugal”.

Aquí hay que tener en cuenta que el interés que suscita Castellano no depende solo del tema tratado, sino del modo en que está urdida la narración. Este es un libro sobre la identidad como sentimiento personal, en la medida en que su autor la ve, como una forma de relacionarse con el mundo. Y esto podría ser el eje que vertebra el sentido del relato. Según nos cuenta Silva, la identidad castellana es un buen epítome para eso, porque Castilla representa una lengua universal, una lengua que para hablarla no se precisa haber nacido en Castilla, y donde surge un sentimiento que está presente en la propia revolución comunera, que se podría resumir en la aversión al vasallaje de un emperador, señor de Europa, que viene a usar como súbditos a los castellanos sin tener en cuenta sus intereses.

Este libro nos recuerda que la novela es, sin lugar a dudas, el más dúctil de los géneros literarios. Independientemente de su formato, la novela se nutre de la vida, de sus pasiones, sus horrores, sus glorias, sus convulsiones, sus desacatos, y lo mismo puede echar mano de la realidad que de la fantasía, de la verdad, que de su negación, de la ficción, que de la historia. Silva hace lo propio compaginando la fuente de los hechos con escenas narrativas que hilan una historia intensa, veraz y, a la vez, conjugando lo personal con lo que debió ser dicha verdad histórica, escrita con esa pulsión literaria que la convierte en vibrante y que tanto nos gusta a los que nos acercamos a la Historia con inusitada curiosidad. Aquí, desde luego, trasciende un latido de empatía que el lector celebra agradecido.


sábado, 1 de mayo de 2021

Secretos de un lugar

La memoria suele marcar en la piel la huella frágil de alguna verdad. Se podría decir también que la memoria es una suerte de búsqueda civil de la verdad. Y en todos los lugares hay una memoria colectiva que alude a esa verdad secreta que permanece silenciada por algún motivo. Es la literatura, gracias a su capacidad de visualización, la que, en gran medida, construye la memoria del mundo que nos rodea, la que nos nombra e interpela como habitantes de cualquier lugar. Por eso la literatura es un testimonio de la vida y persigue siempre revelar más que mitigar lo callado. Toda narración, por tanto, es una indagación, un artificio en busca de esa meta, la cual no es otra que desvelar una experiencia personal o colectiva, presente o pretérita. Es tarea del escritor salir al mundo a descorrer cortinas para mostrar otra mirada de la realidad, algo sorprendente, algún misterio que pide ser contado.

Los ojos cerrados (Galaxia Gutenberg, 2021) rastrea ese ámbito delimitado por la historia de un lugar y los secretos de sus habitantes. En esta nueva novela, Edurne Portela (Santurce, 1974) nos traslada al imaginario de Pueblo Chico, una aldea de montaña, para bucear en la memoria de un lugar agreste y recóndito que sobrelleva calladamente su historia más reciente, marcada por la guerra civil, una historia que aglutina tanto a víctimas como a verdugos y a testigos silenciosos. En ese mismo enclave, además de Pedro, un anciano distante y misterioso, conviven otros personajes singulares de los que se nos cuentan pasajes de sus vidas presentes, intercalados con otros más oscuros del pasado.

Todo lo que vamos a saber nos viene inducido por la voz detonante de Ariadna, una joven escritora que acaba de perder a su padre y llega al pueblo con su pareja a instalarse, sin más motivo que apartarse un poco del mundanal ruido, darse un respiro y, al mismo tiempo, con la mirada y los oídos bien atentos para recordar su infancia y, como no, para saber todo lo necesario sobre la vecindad y la relación de los habitantes del lugar con su familia y entre sí, ya que allí también vivió su padre. Entre ella y Pedro se establecerá una conexión equidistante y misteriosa pendiente de un hilo que, llegado el momento, propiciará un buen motivo para reescribir lo que aún permanece callado en la historia del pueblo. Mientras se produce ese encuentro entre el pasado y el presente que representan ambos y que conformará el eje sobre el que se sustenta la novela, la voz narradora nos desvela que “a Ariadna no le importaría que se le apareciera algún fantasma de esos que habitan la sierra, los desaparecidos de antaño, y le explicaran unas cuantas cosas que ella, por muchas vueltas que le dé, no consigue entender”.

El padre de Ariadna apenas le contó nada de su pasado, de su infancia y adolescencia en Pueblo Chico, y de aquella época tan trágica y violenta que le tocó vivir hace cuarenta años. Una vez allí, no le queda otra que indagar a través de los personajes que van apareciendo en escena el pasado de un pueblo que, si bien ha marcado el semblante de muchos de los vecinos, sin embargo, a medida que transcurre el relato se atisba una cierta posibilidad de esperanza, la que muchos de ellos claman por aceptar la memoria en la que se esconde el silencio, la vergüenza y la culpa de su historia pasada. Piensa ella que hay motivos suficientes para la reconciliación y para entender lo que su progenitor nunca quiso revelarle.

En Los ojos cerrados nos encontramos con un relato de prosa sencilla e incisiva en el que se entrelazan dos voces narrativas, una en primera persona que cuenta hechos acaecidos en el pasado y otra voz en tercera persona que ofrece todo lo que le acontece a Ariadna en el presente mientras se va relacionando con esos mismos vecinos que siguen sujetos y agazapados a esa parte sombría de la historia viva de Puerto Chico. Los personajes de esta novela mueven sus silencios cotidianos en un ámbito de soledades compartidas, en complicidad con la niebla compañera del lugar. Esta historia imaginada, como apunta su autora al concluirla, “bien pudiera haber ocurrido en cualquier pequeño pueblo de nuestra España desmemoriada”.

Portela firma una novela escabrosa e intensa, de lectura ágil, en la que, conforme avanza su narración, la atmósfera se expande sigilosamente tomando la delantera, creando una dosis más de suspense y tensión al relato, sumando su protagonismo al misterio de los personajes. Ahí está lo más sugerente del libro, en ese aire consentido que transita por todo el texto, un recurso bien urdido para romper con ese mundo cerrado y todos sus secretos.


jueves, 3 de diciembre de 2020

El pasado sucede en algún sitio

Cuando uno encuentra bajo su tierra, en su propio suelo, un cuerpo enterrado, sospecha que no está solo; de alguna manera, quien halla un cadáver teme o imagina que otros cuerpos aguardan inmóviles a la espera de su turno. Los terrenos de una comarca no pueden mirarse igual tras el hallazgo del primer muerto, porque ya no parecen paisajes floridos, sino camposantos”.

Con esta manera espléndida, inquietante y hasta fantasmal, arranca esta historia que se presta a contarnos lo que le aconteció al narrador nada más llegar de su lugar de origen a unas tierras lejanas en las que había fijado sus ilusiones para dejar atrás un pasado aciago y enterrar allí el drama que llevaba consigo. Centroeuropa (Galaxia Gutenberg, 2020), la obra ganadora del XIII Premio Málaga de Novela, del poeta, crítico literario y profesor Vicente Luis Mora (Córdoba, 1970), es un emotivo relato de un hombre que confirma cómo la Historia marca el camino de los pueblos y pone sus objeciones al albedrío de quienes la ignoran o no la tienen en cuenta. Es también autor de varios libros, entre los que destaca su novela Fred Cabeza de Vaca (2017) y La huida de la imaginación (2019), un afilado y valiente ensayo sobre el peso de lo real en la narrativa.

Centroeuropa está ambientada en una pequeña localidad a orillas del río Oder, a medio camino entre Berlín y Kostrzyn llamada Szonden que es el lugar donde Redo Hauptshammer, el protagonista y narrador de la novela, se instala para rehacer su vida. El origen de este relato, como cuenta en una entrevista el propio autor, surgió de la lectura de Antes de la tormenta de Theodor Fontane, un hallazgo que supuso una anticipación que le llevaría a aventurarse a narrar esta historia en la que retrata la transformación que sufre la vida de un hombre motivada por un hecho fortuito desde las propias entrañas de aquella época convulsa y prerrevolucionaria que fue la Europa de mediados del siglo XIX. Mora aprovecha las posibilidades que le brinda el género para trazar inolvidables perfiles humanos de personajes representativos de todas las capas sociales, a los que describe con sutileza y fina ironía. Al propio tiempo descorre un escenario histórico lleno de detalles de lo que fue el poderío de Prusia en aquellos años, para desvelarnos también sus secuelas y los sedimentos que dejó en la Europa que vino después.

Entre las muchas virtudes de esta novela destaca su prosa cuidada. El autor vigila las palabras que hacen posible el relato para que se ajusten a las mismas que en el siglo XIX andaban registradas por escrito, pero que suenen naturales, en consonancia con la idea de plasmar un léxico intemporal, de coexistencia entre un lector de entonces y uno de ahora. Pero lo sustancial de Centroeuropa es lo que suscita el protagonista, un joven dispuesto a rehacer su vida en otra tierra y que, sin proponérselo, será el hilo conductor de lo que persigue la idea y el espíritu concebido por el relato: la indagación y el conocimiento del pasado de una Europa marcada por la herencia de sangre tan vinculada al deseo de expansión de las naciones.

Sin embargo hay algo más que destila esta poderosa historia, algo que mantiene su vibración, más allá de lo aparente. Lo que promueve Centroeuropa, y esto sí que es un acierto de la novela, no es exponer un relato histórico, sino sociológico que, al mismo tiempo, trata de buscar los ecos de aquella Europa beligerante para mostrarnos lo que perdura aún de ella en nuestros días. Algo que, a mí juicio, consigue. Todos los personajes que desfilan por la novela para acercarse a los cuerpos encontrados por Redo muestran su perplejidad e intentan dar una interpretación, desde el alcalde Altmayer, el historiador Jakob, jueces y demás prebostes, hasta la gente más sencilla. El peso que en ellos ejerce el pasado reciente se hace ver como un algo presente que los paraliza, como si el hallazgo insólito de aquellos soldados muertos no les concerniera. Por decirlo de alguna forma, como si lo que no sale a la luz perviviera de otro modo más liviano.

Lo que callan algunos sobre lo que pasó, condiciona lo que están viviendo y pesa en su memoria colectiva. Incluso, la última instancia, el rey, lo confirma: “En tierra de muerte hay también alimento... Una nación no puede sobrevivir con la verdad a la intemperie”. De ahí que el libro suscite que el pasado es presente que se desdice, que el pasado continúa vivo pese a su silencio. Sucede y se encuentra en el terreno que pisamos, aunque aparentemente esté oculto. Ese es el suelo histórico descrito por Jakob, el personaje más lúcido e interesante de la novela: “La tierra es como los libros: una vez abierta, también sabe hablar”. Para él, ni siquiera en la soledad de la tierra baldía estamos solos: los ausentes andan por ahí. Hay todo un mundo que no vemos y que la narración apunta a la voz callada de los muertos. En esta novela parecen mostrarse como los más congruentes, aferrados con uñas y dientes a sus tumbas al abrigo de la verdad de la Historia.

Este es un libro poderoso, punzante y perspicaz, como representa también su cubierta, un óleo del pintor alemán Gaspar David Friefrich titulado El mar de hielo (1823-1824), una novela con páginas brillantes y conmovedoras concebidas para que pensemos, un relato de testimonio, fuga, memoria, herida y clamor en todo eso que la gente no quiere saber ni tampoco mirar: “Somos olvido compacto... Que la guerra pone a los hijos en el disparadero... Estos cuerpos son los cimientos sobre los que se construyen los imperios y, como los cimientos de un edificio, alguien ha decidido que deben estar bajo tierra. Si el horror no es visible, no existe el horror”.

Centroeuropa es una novela emocionante desde el comienzo hasta la última página, una escritura en trance continuo que representa todo un atlas narrativo en la que podemos leer los entresijos y conexiones de un relato que pone voz a una Europa que sigue buscándose a sí misma. Un libro que confirma lo que la literatura nunca debe dejar de ser: el lugar donde se disputa la forma de escribir una buena historia.


lunes, 2 de noviembre de 2020

Ciudades marcadas

La historia no está escrita como ha sido experimentada, y eso debería estar también presente. “El historiador es el guardián de la verdad histórica que es la verdad de los hechos”, nos recuerda Hannah Arendt. Quizás por esto hacemos lo imposible por querer saber otros muchos detalles no revelados que pongan más luz al hecho histórico conocido. La Historia, en general, condiciona nuestra mirada sobre los hechos ocurridos del pasado. Por eso conviene acudir a los hechos para examinar la verdad, teniendo en cuenta la voz de quienes vivieron aquellos momentos y hoy siguen siendo testigos del ayer.

Algunos libros van por ese camino de aproximación. Libros que se interesan por el testimonio de los propios protagonistas de un hecho histórico. Su objetivo es indagar y saber cómo era para ellos vivir por aquel entonces en el lugar en el que transcurrió la historia que se pretende contar. Y el resultado viene a confirmar cómo determinados episodios de la historia reciente han llegado a convertirse en símbolos y sentimientos para mucha gente que, por eso mismo, han condicionado la realidad existente de esas mismas ciudades que hoy en siguen marcadas por el peso y significado de su pasado.

A esta perspectiva tomada en el lugar y en el tiempo se deben las historias recogidas en Guardianes de la memoria (Fórcola, 2020) del escritor y periodista Álvaro Colomer (Barcelona, 1973), un libro de crónicas de unos lugares en los que en su realidad cotidiana laten aún sentimientos de reconciliación, de dolor, de fatalidad, de miedo ancestral o de clamor religioso dependiendo de la ciudad a la que se refieren. Así mismo, es también un libro de viajes dirigido al corazón de unos territorios históricos a los que el autor incorpora el testimonio fresco de quienes fueron partícipes de los acontecimientos o simplemente nacieron después y se encontraron con su legado.

Rodeado de un halo de misterio, el lector se va a encontrar, por tanto, con un texto que rinde homenaje a cinco ciudades o regiones muy marcadas por su determinante sino histórico. El propósito de la obra queda dicho y aclarado en el prólogo: “Este libro está dedicado a los habitantes de las ciudades que soportan el peso de la Historia. Son nuestros «guardianes de la memoria», hombres y mujeres que cedieron su futuro para que nosotros tengamos un pasado[...] Y lo han hecho para que nosotros tengamos un lugar al que ir cuando queramos recordar de dónde venimos”.

El libro señala un periplo que recorre cinco enclaves. Nos vamos a encontrar con ciudades como Gernika, Auschwitz o Chernóbil que vivieron estremecedores acontecimientos grabados para siempre en la memoria colectiva. También hay lugar para la singularidad, como la que representa la población de Lourdes, que no deja indiferente al viajero que se acerca a su término municipal y comprueba la emoción que despierta la peregrinación de miles de personas a su santuario mariano. Como también hay un capítulo reservado al inframundo de los vampiros de la enigmática Transilvania. No podemos evitar un cierto escalofrío cuando oímos hablar de esta región rumana con su castillo y el nombre de aquel conde Drácula creado por Bram Stoker.

Todo lo que fluye por cada uno de estas historias viene a confirmarnos que mucho de lo que revelan sus páginas no es solo una indagación de alcance de lo que sucedió en unos territorios, sino más bien una interpelación sobre cómo las consecuencias de los hechos históricos se perpetúan en la vida real y presente de la población. Para ello, Colomer se vale de datos, notas, entrevistas, anécdotas y viejas historias. Nos cuenta cómo eran estos lugares antes y después de entrar en la leyenda, sus ecos y cicatrices que han sido claves en la reciente historia de Europa.

Álvaro Colomer nos entrega un ensayo escrito con inteligencia y sentido ético, que reflexiona sobre la visibilidad de los grandes acontecimientos de la historia a través de un recorrido por unos territorios que siguen desafiando su legado con estrépito. Las ciudades se comen a los hombres y por eso es posible perderse en ellas. Recuerdo un pasaje de Inre Kertész en Diario de la galera que aborda el lamento del hombre perdido, ahogado en las cicatrices de su ciudad y clama que “pensar sobre la vida equivale a cuestionarla”. Es esa idea la que sostiene este trabajo ensayístico, la búsqueda de la verdad sin apartarse ni un ápice de la idea de que todo saber, como la propia vida y la Historia, está sujeto a revisión.

¿Qué es un libro sino una forma del paso del tiempo? Guardianes de la memoria es un gran título para un libro que comprime tiempo y memoria a través de las experiencias viajeras de su autor. Un texto apelativo que también es una suerte de señal de cómo el flujo del mundo de ayer en lugares referentes de nuestra historia común se perpetúa y refleja en el presente. Quizás sea siempre así.


jueves, 1 de agosto de 2019

Contra la amnesia y el olvido


La nave de la historia tiene mucho que ver con la nave de la literatura y la de la cultura. La nave de Ulises surca los más preclaros distritos de la cultura occidental, su ruta concierne, desde luego, al recorrido de nuestra civilización. Entre el fondo del Mediterráneo y sus costas adyacentes caben los fundamentos de lo que los europeos hemos sido, de lo que hemos llegado a ser y también va a marcar lo que seremos. Cada una de las hazañas del rey de Ítaca, cada uno de los cantos del poema homérico, simbolizan nuestras propias andanzas culturales más profundas.

La importancia del legado griego pervive en muchísimos términos de las lenguas europeas y ha orientado con audaz impulso nuestros modos de pensar y estar en el mundo. No es exagerada la afirmación del poeta romántico Shelley de que “todos somos griegos”. Si nos ponemos a pensar en él, podemos ver lo que trasciende, pues aún tenemos mucho de los antiguos griegos en nuestra manera de ver el mundo y enfocarlo, su pertenencia cultural es evidente, su aire familiar se percibe, a veces, casi sin advertir que nos demos cuenta de ello.

Estas consideraciones están muy presentes en el ensayo Una lección olvidada (Tusquets, 2019), Viajes por la historia de Europa, como lo subtitula su autor, el periodista Guillermo Altares (Madrid, 1968). “Cualquier viaje por Europa –nos dice– debe transitar las páginas de Homero, debe recorrer el relato fundacional de nuestra literatura y de nuestra mitología compartida y tratar de entender qué nos ata desde hace siglos al relato de sus héroes...” El libro promueve esa génesis histórica al mismo tiempo que aborda otros hechos relevantes que asentaron la construcción de la Europa que hoy conocemos y de sus valores, la que nos ha llevado hasta el momento presente a compartir una historia común y unos valores, pese al contratiempo de muchos excesos y tragedias. Solo se puede entender Europa –subraya Altares–, si tenemos en cuenta que siempre está en movimiento (pág. 89).

Cada uno de los veinte capítulos del libro esboza un episodio destacado de la historia del continente. Da igual en qué lugar ocurre. Lo importante es su significado, lo que trasciende para el resto. Los diferentes sucesos narrados van desde el descubrimiento de la cueva Chauvet, en Francia, un extraordinario acontecimiento que permitió a los estudiosos reconsiderar el inicio de la prehistoria europea y la presencia del homo sapiens, hasta la tormenta de los Balcanes, que propiciaría la desintegración de la antigua Yugoslavia.

Entre esa equidistancia en el tiempo, Altares despliega una amplia selección de sucesos históricos de diversa índole, como el que dedica a la Roma en llamas en tiempos de Nerón; o aquel otro que nos traslada al año 1391 en Sevilla, un lugar y una fecha clave para entender el trágico destino de los judíos europeos; como también el capítulo que nos conduce al terrible terremoto acaecido en Lisboa en 1755, un cataclismo que sacudió por igual a la Iglesia y a las monarquías absolutas que ya empezaron a cuestionarse en muchas naciones.

El libro sigue avanzando en el tiempo hasta llegar al Moscú estalinista de las terribles purgas, al Berlín en ruinas de mayo de 1945, a los restos de la guerra civil de aquel Madrid de 1936, al Bucarest del megalómano matrimonio de los Ceaucescu o a la apacible Estocolmo donde se produciría el asesinato a quemarropa de Olof Palme en aquel fatídico mes de febrero de 1986. Todos estos sucesos jalonan un recorrido propicio al que su autor le dedica su antecedente y su oportuna explicación, poniéndonos en buenas manos por medio de libros y autores claves que alumbraron con sus textos el pálpito de la sociedad en aquellos momentos, como se vislumbra en El nombre de la rosa, de Umberto Eco, Los miserables, de Victor Hugo, Bucarest, de Paul Morand, El mundo de ayer, de Stefan Zweig, La forja de un rebelde, de Arturo Barea o en La quinta mujer, de Henning Mankell.

Una lección olvidada es una lectura fértil, un libro reflexivo y ambicioso sin dejar de ser ameno, que pone la mirada presente en lo que se fue conformando desde el pasado europeo, por diferentes escenarios y épocas, hasta constituir la Europa del momento, la que hoy conocemos, con la idea de relacionar su entramado histórico, el que une todos estos hilos de identidad colectiva y milenaria a los que pertenecemos.

Hacía tiempo que no leía un libro que me sumergiera, con tanta pericia e interés, en los engranajes de la historia de Europa. Esta crónica europea que firma Altares posee esa gracia narrativa de entrecruzar una serie de hechos históricos determinantes en los que el autor no rehúye arriesgarse dando su opinión. Este es un libro vindicativo, con intención de refrescar la memoria, que ofrece un recorrido heterogéneo por las diferentes culturas y latitudes de nuestro continente, pero que, en todas ellas, aparece esa diversidad colectiva que llamamos Europa y que, hoy por hoy, como afirma su autor, conforman más que nunca “un proyecto con los mismos movimientos, los mismos anhelos y las mismas decepciones” que desde Grecia emanaron hace ya tantos siglos y que siguen vigentes.


jueves, 14 de julio de 2016

Olvidar es imposible

Es nuestra imaginación la que construye en gran medida el mundo que nos rodea, nuestra mirada le da vida y nuestra inventiva una determinada forma en función de las propias inquietudes y de los muchos interrogantes, aún sin respuestas, que nos acompañan. Pero qué ocurre cuando uno acude a la memoria para buscar la verdad del pasado en nuestro foco familiar cercano y, a la vez, secreto, ávido de preguntas sobre qué paso en realidad con el destino de algunos de nuestros seres queridos a los que extrañamos y a los que por algunas circunstancias trágicas tuvieron que desplazarse, proscritos, a otros confines, hasta darlos por desaparecidos. Todo lo que conservamos de su memoria no continúa invariable. El recuerdo es mutable y no sabemos si lo que contamos sobre ellos fue cierto o nos llegó modificado.

Todas las familias tienen algún miembro enigmático o extraño del que se conserva solo un puñado de noticias dispersas y al que se alude en diferentes circunstancias por algún misterioso suceso, por su peculiar oficio o sencillamente por su singular carácter, lo que los obligó a separarse del núcleo familiar y al que todos citan o silencian elocuentemente por algún motivo.

Pablo Aguayo de Hoyos (Ronda, 1964), informático, escritor y guionista, se enfrenta a esta terrible paradoja. Tiene entre sus manos una historia familiar que contarnos, un relato que recomponer para dar sentido a las piezas rotas de la vida de un viejo republicano, masón, sastre y exilado en México que permanece olvidada en el cajón del silencio.

Un traje nuevo para el abuelo (Uno Editorial, 2016) es un relato conmovedor que desvela el estigma del olvido y rescata de la memoria a esa clase de gente comprometida con unos ideales y a la que la sinrazón de una guerra fratricida la abocó a una penosa huída dejando atrás familia, amigos y profesión.

El autor desvela en su dedicatoria que le debe a su abuela, “testigo de tantas idas y venidas familiares”, el origen y posterior impulso de su manuscrito. A continuación, en una sobria introducción, reivindica la reparación de la memoria colectiva que se les debía a tantos hombres y mujeres que lucharon por la libertad, que fueron perseguidos y muchos aniquilados impunemente.

Aguayo cuenta en esta novela breve las indagaciones llevadas a cabo por Feliciano sobre la vida de su abuelo Fernando a través de un narrador omnisciente. Ambos personajes conforman el eje de la historia: de un lado, un joven inquieto e insatisfecho sobre lo poco que conoce del entorno familiar, dispuesto a arriesgarse y a sumergirse en el pasado, y de otro, la historia de un hombre olvidado, intrépido y artesano que sucumbió ante los acontecimientos de una guerra incivil, pero que, como buen masón, no renunció a trasladar sus ideales solidarios de fraternidad al exilio mejicano que lo acogió, como a tantos otros cientos de compatriotas, con los abrazos abiertos. Llegaron con el dolor y la desazón de haber abandonado a su familia y siguieron luchando desde la lejanía, desde su otra nueva patria, con la esperanza de volver algún día a reunirse con los suyos.

Un traje nuevo para el abuelo es una historia amena y emotiva por donde transita el testimonio de una voz que representa al colectivo de refugiados y exilados que siguen vivo en la memoria de muchos corazones, una novela sentimental con la pujanza de incidir en la necesidad de rescatar del olvido la historia personal y colectiva aún presente de muchos, tantos que, como dijo Max Aub, olvidarlos resulta imposible.


domingo, 14 de diciembre de 2014

Entre la verdad y la vida


Ahora que empieza el juego de tronos de los libros más destacados del año 2014, conviene empeñarse, cada vez más, en que hay que leer con mucha exigencia, sin ningun prejuicio ni condición a priori, ni a favor ni en contra. A veces, lo muy celebrado en la prensa puede no ser bueno, o puede no entusiasmarle a uno, y el gusto es un derecho soberano.

Hay que felicitar a Javier Cercas (Ibahernando, 1962) de la manera más calurosa porque viene a reinvindicarse con El impostor (Random House, 2014) como un sólido candidato a encabezar cualquier lista referida a los mejores libros publicados en este año que acaba. El escritor extremeño ya tomó carta de naturaleza como uno de los referentes imprescindibles de la narrativa española, y con esta última novela se subraya aún más.

Bajo el epígrafe de un título tan contudente, Cercas convoca al lector, con una doble pregunta, a ser partícipe de las cuestiones literarias que más le importa a la hora de escribir un libro como éste: ¿No son los libros imposibles los más necesarios, quizá los únicos que merece de veras la pena intentar escribir? ¿No es una noble derrota lo máximo a lo que puede aspirar un escritor? (pág. 54).

Enric Marco
El impostor nos cuenta la historia de un falsario, Enric Marco, un hombre que hizo de su vida una novela porque, según explica su autor, no aceptó ser quien era y tuvo la osadía y desvergüenza de reinventarse a base de mentiras, convenciendo a todo el mundo de que el Marco ficticio era el Marco real, y de que era un héroe surgido de la ciudadanía, pero como ocurre casi siempre, el énfasis en la verdad delata al mentiroso, porque todo énfasis es en verdad una forma de engaño con mucho de narcisismo. El impostor es una novela con dos personajes principales, uno es el narrador Javier Cercas y el otro es Enric Marco. El personaje Cercas se presenta como un hombre de orden que se topa con su antítesis, Marco, un hombre envuelto en un desorden de dudosas conductas y supuestas hazañas, un delirante que se ha inventado una vida paralela y que el narrador confunde con una mentira y tratará de desmontar esa impostura a base de investigación y celo. A partir de aquí, el personaje y narrador Cercas da un giro de tuerca y empieza a contrastar la vida real de Enric Marco con su delirio y se conjura en destruir ese montaje delirante llevando a cabo unas pesquisas minuciosas y documentadas para desmontar el engaño y desenmarcarar la vida inventada de Marco, un falso sobreviviente del campo de concentración alemán de Flossenbürg.

Javier Cercas regresa a la Guerra Civil, un pasado incómodo que ya trató con solvencia narrativa en Soldados de Salamina (2001), y a la Transición con otra de sus obras maestras, Anatomía de un instante (2009), una radiografía del 23F desde el interior del Congreso de los Diputados, para armar lo que él denomina una novela sin ficción en torno a la figura controvertida de Enric Marco, un nonagenario barcelonés que acabó presidiendo la Amical de Mauthausen sin haber sido víctima de ningún campo de concentración nazi como sostuvo durante años. Tuvo que transcurrir su tiempo hasta que en 2005 el profesor madrileño Benito Bermejo, gran investigador de los deportados españoles, desvelara la gran mentira.

El impostor rebosa de la pluralidad y libertad literaria que tiene el modelo narrativo anterior al XIX y que ya fue acuñado por Cervantes. Abarca todo el abanico de géneros: hay crónica, ensayo, historia, biografía, autobiografía; no hay ficción, sólo un supuesto diálogo entre los dos protagonistas de unas pocas páginas, pero es una extraordinaria novela. Un libro con resonancias literarias de la Metamorfosis de Ovidio, del Quijote, de A sangre fría de Capote o del coetáneo Carrère con su novela El adversario, la historia de otro inveterado impostor.

Javier Cecas
Cercas lleva años en la brecha literaria de los grandes a base de no ser un escritor normal, y no lo puede ser porque su escritura se aposenta en lo experimental y raro, fuera de ahí no se ubica. Pero lo mejor es que a pesar de esa rareza impar cada vez arrastra a más lectores seducidos por sus historias irresistibles. Si con Anatomía de un instante Cercas ganó el Nacional de Narrativa, con El impostor, una novela de prosa subyugante que se lee como un vendaval, el escritor cacereño es un firme candidato a repetir galardón.

En suma, El impostor es un artefacto literario de envergadura, un gran libro que transita entre la verdad y la vida, con un personaje saturado de ficción que eligió contravenir las reglas de juego de toda moral y normas de convivencia para dar sentido a su existencia y vivir una falsa épica. De lo mejor que he leído publicado este año.