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domingo, 31 de mayo de 2020

Melanina luminosa

"Envejecer consiste en contarse, pero mi piel de monstruo no relata el pasado, sino el futuro. Se va muriendo para enseñarme lo que seré, no le interesa lo que he sido. Anticipa la degradación biológica, el regreso a una forma embrionaria, amorfa y sanguinolenta, que cierra el círculo de la vida y demuestra que nunca hubo ni habrá alma que me sublime: sólo células, escamas, pólvora, sangre seca, cuerpo puro".

En estas palabras enfáticas que anteceden se encuentra el esbozo de lo que Sergio del Molino (Madrid, 1979) se propone con su nuevo libro, La piel (Alfaguara, 2020), dejar por escrito a su hijo un texto en el que refleje su "línea de la vida" en la que aparece compartiendo con otros personajes las vicisitudes y contratiempos de una misma afección cutánea que él mismo sortea cada día, la psoriasis, contado como un viaje por ese territorio tan personal y delimitado que conforma la piel, la verdadera patria de uno.

Y como ocurre con los buenos libros de viajes, La piel nos traslada también a lugares sorprendentes, a épocas y espacios en los que la experiencia personal y la ajena se aúnan en un relato que, a su vez, deja testimonio y recado de lo que al propio narrador le importa recrear. El libro, por otro lado, aborda además el papel social de la piel. Lo hace como metáfora de frontera e identidad. La piel, como forma de mostrarse al mundo, en toda su vertiente y significado, con sus afecciones y estigmas.

En su recorrido, la enfermedad, la infancia, la paternidad, la muerte o el racismo están presentes como correlato y esencia de lo que la piel, como único órgano que está directa y permanentemente abierto al exterior, lleva escrito y tatuado a lo largo de toda la vida de cualquiera. La piel protege el cuerpo y ayuda a mantener su temperatura adecuada, además de que gracias a ella podemos disfrutar del sentido del tacto, del contacto humano. De ahí que, como trasciende Del Molino, sea tan importante su atención y la protejamos frente a cualquier adversidad: "Es la piel y sólo la piel lo que nos identifica como seres humanos, por eso su estado es la medida de nuestra humanidad".

Por los capítulos del libro aparecen gente muy conocida y personajes ilustres de las letras que han sufrido en sus propias carnes la contingencia crónica de tener una piel enferma. Stalin escapaba de vez en cuando a Sochi a darse baños termales para aliviar los picores de su piel. El escritor norteamericano John Updike, por la misma razón, viajaba lejos a sumergirse en playas antillanas desiertas para encontrar consuelo a su resecada piel blanca. En otro capítulo aparece Vladimir Nabokov hablando de "el griego", como así llamaba a la picazón de su piel, en las cartas sucesivas que enviaba a su esposa Vera desde París. De una de ellas, escrita el 1 de Febrero de 1937, Del Molino recoge el sentir del escritor ruso como antesala de su libro: "Todo estaría de maravilla, de no ser por la maldita piel".

A estos nombres también se suman la presencia de la cantautora estadounidense Cyndi Lauper y el famoso narco colombiano Pablo Escobar, ambos no escaparon de la precariedad de tener que convivir cada uno en sus diferentes latitudes y vidas asimétricas, con el denominador común de compartir una piel maltrecha por la psoriasis. Otro capítulo de interés es el que lleva por título Brevísima historia del racismo, donde se habla de El Negro de Banyoles, un hombre momificado que se exponía al público en una vitrina, en dicha localidad pirenaica, y que acarreó polémicas por eso de que la raza, o lo que es lo mismo, el color de la piel, sigue siendo fuente de conflicto y estigma.

La piel discurre con una fluidez narrativa que hace agradable su estancia lectora, porque escribir sobre la enfermedad no tiene por qué ser una travesía de pesadumbre ni de fatalidad insalvable. Conversaciones con un rey de piedra conforma el capítulo del libro que encuentro más emotivo. En sus páginas, el autor de La hora violeta, despliega un halo más íntimo y reflexivo que disimula con una suerte de humor, el suficiente para escapar de la condición tremenda que imprime la enfermedad: "Se puede vivir como padre, como enamorado, como profesional de esto o de lo otro, como atleta, como rico, como pobre, como guapo o como aficionado del Real Betis Balompié. Como enfermo, en cambio, nadie sabe vivir".

En esta línea narrativa de no ficción, tan propia suya, Del Molino da turno a su nuevo libro con un conjunto de piezas que surgen del pozo de la experiencia, de la indagación ensayística y de ese imaginario personal recóndito. Desde ese triángulo compositivo construye su inventiva como claro exponente y promotor de estas prerrogativas literarias suyas que le impulsan a escribir, y que, en esta ocasión, se centra en su enfermedad, nada ajena a sus hipérboles y espasmos, ni tampoco al miedo de aceptarla tal como es ante los demás.

Como decía el profesor Ricardo Senabre, "la literatura es una forma y no una sustancia", algo así es lo que se formula en la escritura de Sergio del Molino, que para ser más preciso se encuentra en el cuidado de la sintaxis y en la elegancia de su prosa.

miércoles, 30 de agosto de 2017

La vida como propósito

La literatura española de este siglo tiene en Sergio del Molino (Madrid, 1979) a uno de sus talentos más prósperos, sólidos y brillantes. En poco menos de cinco años, su creación literaria ha dado títulos trascendentes, de mucho calado y eco, tanto en la crítica como en un amplio sector del público lector. Libros como La hora violeta (2013), un testimonio conmovedor y hermoso, escrito con una prosa tersa y punzante, donde se narra una historia de amor y de luto, o como el que vino inmediatamente después, Lo que a nadie le importa (2014), otro testimonio de ámbito familiar, bellamente contado, un relato entre la memoria y la autoficción que desvela toda una metáfora sobre el silencio de los supervivientes de una generación marcada por la Guerra Civil, han hablado por sí mismos del oficio literario tan asentado y maduro que profesa este joven autor.

En esta línea narrativa de no ficción tan propia suya, Del Molino da turno a su nuevo libro, La mirada de los peces (Random House, 2017), una historia que justifica a la literatura como retrospección, como medio de ponderar la vida pasada desde la experiencia personal y colectiva. Aquí en esta novela no está sólo la voz de Antonio Aramayona, un activista beligerante, un profesor carismático y reivindicativo que representó la vanguardia en pos del derecho a una muerte digna y de la defensa a ultranza del laicismo y de la educación pública, ni tampoco la voz del narrador que rescata su vida y mensaje, sino que también se expone la voz de un colectivo que exhibe los asideros de su realidad, gente joven que habita un espacio intentando dar sentido a sus vidas precarias e inciertas.

Del Molino pone historia y geografía a su novela bajo la moral implícita de Aramayona, profesor suyo de instituto en Zaragoza, para trazar un tiempo generacional e interpelarlo a través de la figura y de los ideales de este hombre cabal y comprometido socialmente. Y como toda historia, La mirada de los peces trata también de detalles, luchas de una u otra clase que terminarán, como le ocurre a tantas otras historias, en victorias y derrotas simultáneas. Todo se dirige a un final, a una determinación que exige un resultado. A todo final de una novela, y esta no es menos, se le confiere una suerte de libertad que la vida acostumbra a negarnos obstinadamente.

Para el escritor aragonés sus novelas surgen del pozo de la experiencia vivida, y desde ese imaginario personal construye su inventiva. La tarea del escritor, como diría Susan Sontag, es hacernos ver el mundo tal cual, desde su óptica, lleno de muchas reivindicaciones diferentes, papeles y vivencias. En este sentido, Del Molino es un excelente promotor de estas prerrogativas literarias. Aunque, por supuesto, la tarea más importante del escritor sea escribir bien, no se queda sólo ahí, sino que precisa la complicidad del lector, hasta el punto de que este es el que determina si lo que lleva entre manos merece la pena o conviene abandonarlo. Un buen narrador como él sabe que no se escribe para uno mismo, sino para otros y, por tanto, cuida de acaparar la atención del lector para que reflexione sobre ideas y problemas morales: sobre lo justo y lo injusto, lo mejor y lo peor, la vida y la muerte, lo lamentable y lo que inspira alegría e ilusión. Detrás de La mirada de los peces hay un narrador serio que tiene muy en cuenta los problemas morales de un modo práctico. Relata una historia, narra unos episodios para evocar una común hermandad con la que poder identificarnos, aunque las vidas expuestas puedan ser distantes y ajenas a las nuestras.

La literatura casi nunca consiste en hacer literatura”, subraya con cautela el narrador (autor) en el primer párrafo del segundo capítulo, para después, en el siguiente capítulo, advertirnos que: “la vida se vuelve insoportable si no se pone en forma de novela”. La nobleza de las reflexiones dispuestas en estas citas, y en el conjunto de la narración, encaja perfectamente con la nobleza del estilo directo que la impulsa. Estamos ante una pieza narrativa que da una idea novedosa de una vida interior plagada de ambiciones, interrogantes y libertades, frente al canon establecido de la sociedad estática y conformista española de aquellos años finales del siglo pasado y principios del siguiente. Declara el autor: “no me interesa la dimensión política del personaje, pero sí me intriga la forma en que la disfrutaba”, (pág. 117). En cambio, la muerte sí le interesa y mucho, “porque las muertes nos son propias y todas las muertes de los que queremos son también la nuestra”, (pág.197).

Sin duda, Sergio del Molino nos entrega la novela más desnuda, más política y más comprometida socialmente de su producción. La piedra de toque para esta afirmación también se halla en el lenguaje utilizado. No hay rastro en el texto de ningún escrúpulo lingüístico, de tal manera que la autoficción discurre con maestría probada por ese relativismo de verdad y admiración por quienes enseñaron a mirar el mundo de otra manera, y por el sentido de análisis basado en la experiencia vivida. La vida son dilemas y hay que resolverlos de alguna manera, se dice en sus entrañas, y no puedes inhibirte, ya que estos son insoslayables.

La mirada de los peces es un testimonio resuelto con eficacia, un relato generacional contundente, a la vez que tierno, que no escapa de la controvertida interpretación de la realidad, de sus hipérboles y espasmos, y de la porosidad de los recuerdos que convergen en un diálogo de la memoria con los latidos del presente.

lunes, 11 de julio de 2016

Cartografía ibérica

Decía La Rochefoucauld que, probablemente, lo que damos con mayor generosidad suelen ser consejos. De ahí que ese mismo orgullo de darlos nos haga censurar los defectos de los que nos creemos libres y que nos lleve a defender las buenas cualidades de las que carecemos. Pero cuando se trata de conectar con el extrarradio de las ciudades, de los pueblos de la periferia que se han quedado al margen y que se han convertido en lugares inhóspitos, en aldeas en las que nunca pasa nada, y que solo saltan a los noticieros del país cuando se produce alguna tragedia, entonces uno no sabe si rasgarse las vestiduras o acudir de nuevo a las máximas y sentencias del francés para entender mejor, no solo el mundo que nos rodea, sino para saber cómo somos, sin tener que escandalizarnos del país en que vivimos.

El escritor y periodista Sergio del Molino (Madrid, 1979) acaba de publicar un libro soberbio, que profundiza en esos márgenes nombrados anteriormente, y que desentraña la España desierta y desdibujada que conforma más de la mitad de la superficie de su territorio: La España vacía (Turner, 2016), un ensayo sobre la España interior y mesetaria en el que se analiza el continuo éxodo rural y, por otro lado, se desmontan los mitos lastrados por sus habitantes, sin tener por qué esconder los iconos tradicionales que siempre les acompañaron. El autor nos propone un viaje histórico, imaginario y sentimental por un país que nunca fue, como subraya él mismo al completar el título de la obra, que la convierte para el lector en una experiencia reveladora y bien documentada de lo sucedido en los últimos cincuenta años en una buena parte del territorio español.

Del Molino cataliza y mira en los rincones de la España despoblada de la que procede gran parte de nuestra historia oculta y el mundo perdido de nuestros abuelos y bisabuelos. Da pábulo también a las historias violentas y recientes surgidas en las pequeñas comunidades, como el crimen de Fago, que vivió como cronista. Allí, en aquel municipio de Huesca, vive gente, apenas treinta habitantes, pero hasta que un vecino no asesinó al alcalde, nunca había ocupado un lugar trascendente en la prensa ni en la radio. La España vacía de la que nos habla es esa España interior formada por las dos Castillas a las que se unen Extremadura, Aragón y La Rioja.

Es en esos límites donde sucede el gran éxodo que dejó deshabitadas para siempre las zonas rurales de estas comunidades. A este trasiego migratorio lo llama el autor “el Gran Trauma”, una carga generacional que arrastra todavía un lastre sentimental y político considerable. La España actual es un país en gran parte deshabitado. Ya lo detectaron los viajeros románticos del siglo XIX e, incluso, lo contaron emisarios extranjeros en épocas anteriores. España es el país de Europa menos poblado y, a su vez, el que más bruscamente cambia la decoración de su paisaje urbano, pasando de una superpoblación al puro desierto de sus aldeas. Estas alteraciones radicales de la cartografía ibérica vienen bien sopesadas y analizadas en este ensayo histórico, que tiene mucho de crónica de viajes a lo largo del tiempo y de recorrido en coche por carreteras secundarias en la España de ahora.

Del Molino abunda en su libro sobre los mitos que adoban esa extensión vacía que conforma la España despoblada a través de la literatura y del cine. El documental de Buñuel sobre Las Hurdes está presente con todo su significado de denuncia social o de testimonio, como la película Surcos de 1951, dirigida por José Antonio Nieves Conde, considerada una muestra del neorrealismo español, en la que se refleja la dificultad de adaptación del campesino a la vida urbana. El mundo rural y su visibilidad política vienen a colación en obras literarias como: Tiempo de silencio, de Martín-Santos, El disputado voto del Sr. Cayo, de Delibes, Viaje a la Alcarria, de Cela o La lluvia amarilla, de Julio Llamazares. Todas ellas resumen esos mitos domésticos donde La España vacía no sólo aparece en el cine y en la literatura, sino también en el estado mental de sus propios habitantes.

La España vacía es un texto valiente, intenso y brillante, escrito en un tono donde el reportaje y la narración se convierten en una crónica ensayística de indudable calidad literaria, que pone luz y voz al campo, esa otra mitad del país, despoblada y ninguneada por un destino político, arbitrario y áspero donde viven, casi desperdigados, más de cuatro millones y medio de paisanos en un mar extenso de páramos y mesetas.


miércoles, 5 de noviembre de 2014

Memoria imaginada


En una novela lo que da sentido a la historia no es la historia misma, sino la manera de contarla. Por eso traigo a esta bitácora de lecturas el último libro de Sergio del Molino (Madrid, 1979), porque Lo que a nadie le importa (Random House, 2014) es un relato íntimo y bello que posee la virtud infrecuente del cultivo de la metáfora inesperada y sorprendente, afilada y hermosa que tanto subyuga al lector. Aunque su título parezca una evasiva, en el fondo de esta novela hay un descalabro, una derrota que se convierte metafóricamente en esperanza, en indagación, en diálogo de un silencio brillantemente narrado.

Para un joven de dicisiete años, en plena efervescencia de saberlo todo, escuchar la frase terrible de su abuelo en el lecho de muerte que le lanzó a su afligida abuela: Calla, que de ti no quiero ni que me cierres los ojos, es todo un enigma escalofriante que incita a averiguar qué amargura y resentimiento hay en esa última frase tremenda y sobrecogedora de un moribundo. Sergio del Molino trata de rellenar lo que hay detrás de esa frase con su libro Lo que a nadie le importa, un relato donde el autor explora qué había pasado en la vida de aquel anciano, su abuelo, para sentenciar lo que dijo, algo que le da pie para reconstruir la historia de José Molina y buscar lo escondido o silenciado de su pasado. Por ese camino transita la novela que el escritor maño de adopción traza para comprender a su abuelo y reparar en él mismo, como un juego de espejos que se miran, en un diálogo narrativo que nunca existió entre ambos.

Lo que a nadie le importa es una historia que contiene elementos biográficos, ya que mayormente la personalidad del protagonista, José Molina, está construída sobre la memoria de un allegado directo del propio autor. La semblanza que dibuja el narrador sobre su ascendiente no es nada simpática ni amable, porque, según vamos conociendo al personaje, un herido que nunca se recuperó en vida de los estragos de la Guerra Civil, es un hombre rancio, austero y solitario, más preocupado en hilvanar el día a día de una dura posguerra que olvidar lo imposible de su memoria, a pesar de haberle tocado  el bando de los vencedores. José Molina solo era un superviviente más que tenía que sobreponerse a la cruda realidad de unos años muy difíciles, un hombre apocado y empeñado en sobrevivir sin estridencias y sin asomo de mostrar sentimentalmente debilidad ante su familia.

Desde su anterior obra, La hora violeta (Mondadori, 2013), del Molino se instala en una literatura narrativa anclada en la no-ficción, primero con aquella conmovedora historia personal de la que como lector salí trastornado, una experiencia memorable de sentir el dolor de un padre por la pérdida de un hijo de dos años. Después, en Lo que a nadie le importa aflora también la confesión personal del narrador que, además, relata la historia de su familia y, principalmente, la de su abuelo, José Molina. Los hechos personales y familiares, en ambos libros, son un trasunto donde su autor se encuentra cómodo escribiendo, a pesar de que para del Molino “la literatura se parece más a un accidente geológico que a un oficio artesano. Los libros son estalactitas maduradas letra a letra, hasta que la acumulación de sedimento fabrica una roca. Un escritor -subraya- está hecho de paciencia, su trabajo consiste en perseverar la cueva que gotea” (pág. 58).

En resumen: Sergio del Molino ha escrito un relato de memoria y auto-ficción intenso y jugoso, una metáfora sobre el silencio de los supervivientes de una generación marcada por la Guerra Civil. Lo que a nadie le importa es la obra de un narrador brillante, con un léxico preciso y hermoso que confirma la trayectoria ascendente de un escritor que promete todavía más.

martes, 1 de julio de 2014

El laberinto del dolor


El cine está lleno de imágenes dramáticas y desgarradoras, hasta el punto de no saber decir con cuántas películas he llorado literalmente. Recuerdo que la película dirigida y protagonizada por Roberto Benigni, La vida es bella, fue una de las más audaces en arrancarme algunas lágrimas sentidas. Aquel padre, aturdido ante la barbarie de los nazis, no deja de velar por la existencia de su hijo con la ocurrencia de procurarle una versión diferente de lo que sucede en el campo de concentración, todo un alegato de amor y entrega al pequeño Giousuè que acaba creyéndolo todo, gracias a la convincente historia que le cuenta éste y a su propia inocencia... Sin embargo, con los libros casi nunca he llorado, aunque me haya emocionado infinidad de veces con sus historias.

Esta mañana concluí la lectura de La hora violeta (Mondadori, 2013), un libro conmovedor con el que, al llegar a la última página, acabé sollozando. La hora violeta, de Sergio del Molino (Madrid, 1979) es una historia de amor y luto de un joven padre por la pérdida de su hijo. Dice el autor que la hora violeta es la hora que ninguno querríamos vivir, y sin embargo, el dolor que transita por las páginas del relato consigue que el lector la viva hasta el final con el propio narrador. Hay tanto corazón puesto en el texto que la palabra escrita palpita desde el primer párrafo hasta el punto final. Nos encontramos ante una novela de las denominadas de pérdida, en la que el protagonista es el autor, un padre que ve morir a su hijo, un suceso tremendo que no ha vivido mucha gente, una pérdida que para algunos solo es posible retener si escribes sobre el ser querido malogrado. Ése es el sentido de las novelas sobre la pérdida, un empeño de no olvidar ni aceptar las preguntas que nunca podrán ser contestadas, como nos recordaba Francisco Umbral en su memorable Mortal y rosa. Un género íntimo que en los últimos años ha tenido muy buenas propuestas narrativas, como Tiempo de vida, de Marcos Giralt Torrente, una confesión valiente y hermosa, o La ridícula idea de no volver a verte, de Rosa Montero, un libro inclasificable y estremecedor sobre el dolor que produce la muerte de los seres más queridos.

La hora violeta es, por tanto, un libro que encaja en este género. Lo que narra el periodista Del Molino no es más que el año fatídico de la vida de Pablo, su hijo de apenas dos años, desde que fue diagnosticado de una rara y mortal leucemia. Sergio y Cris ponen toda la piel en el asador en la lucha angustiada por la curación de su hijo Pablo y no desfallecerán en su empeño hasta la mala hora del desenlace fatal.

La lectura de esta obra íntima y conmovedora es una experiencia que deja huella y a mí, personalmente, me ha emocionado sobremanera. Del Molino describe como pocos lo que encierra la vida en una planta hospitalaria de oncología infantil, donde los niños enfermos juegan por los pasillos ante las miradas tristes de sus familiares, y es capaz de atajar esta atmósfera sobrecogedora con mucha belleza literaria sin caer en un vano dramatismo. La hora violeta es un viaje al dolor y al amor, una reflexión sincera sobre la enfermedad y la condición humana. Es el libro más íntimo y reflexivo del escritor madrileño afincado en Zaragoza que, además, asegura que su obra no es el resultado de ninguna escritura de terapia, y eso no quiere decir que el libro no le haya reportado algún tipo de sanación al transformar su rabia en amor.

Resumiendo: Sergio del Molino irrumpe con maestría con una novela en donde el llanto y el desconsuelo se eleva literariamente gracias a una prosa tersa y punzante. La hora violeta no es un libro fácil de reseñar, porque el fondo del asunto se sobrepone a la forma, y esto quiebra la mirada crítica necesaria, al ligarte irremediablemente al desconsuelo del narrador, pero esta justificación nada resta a la calidad literaria de este libro impactante y estremecedor que recomiendo vivamente.