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jueves, 30 de abril de 2020

Herido de amor

Hay escritores que no necesitan presentación. Dickens es uno de ellos. Después de Shakespeare, el autor de Oliver Twist representa el más más alto valor de la literatura británica a nivel universal. Dickens fue ante todo un luchador, un hombre dispuesto a enfrentarse contra la adversidad, contumaz en el esfuerzo y en el sacrifico, que no se dejó vencer por la situación que la vida le deparó como hijo de una familia encabezada por un padre pródigo y derrochador, pésimo ejemplo para cualquier niño. Pero, como cuenta Peter Ackroyd en su biografía, también capeó con un misterioso sentimiento de pérdida, que no le privó de venturosas y libertinas escapadas nocturnas en compañía de su amigo Wilkie Collins. Dickens llevó una vida amorosa, digamos tan complicada y poco convencional como la de cualquiera de otros tantos hombres ilustres de su época.

Casado con una mujer apocada, de carácter radicalmente opuesto a su capacidad de trabajo e instinto creativo, se divorció al cabo del tiempo en un contencioso que transcendió el ámbito del hogar, siendo objeto de escarnio en muchos mentideros de Inglaterra. Una indicación de la crisis matrimonial que se avecinaba ocurrió en 1855, cuando Dickens acudió al encuentro de su primer amor, que también andaba como él, unido en matrimonio. Pero en aquella cita, ella se había mostrado mucho más alejada del recuerdo romántico que Dickens aún guardaba vivo de aquel otro encuentro primero sucedido en 1830, veinticuatro años antes, que derivó en un amor a primera vista y que, muy a su pesar, no contó con el consentimiento de los padres de su amada.

A principio de 2011, el editor Javier Jiménez le ofreció a Amelia Pérez de Villar hacer la traducción de un epistolario en el que se recogía el meollo de esa historia de amor, que derivaría, posteriormente, en un ensayo biográfico. Se trataba de la correspondencia de juventud de Dickens con una muchacha llamada Maria Beadnell en la que también se mencionaban otras cartas que cruzó con un amigo, Henry Kolle, que le hizo de enlace en sus idas y venidas amorosas. Unas cartas rescatadas del olvido y la censura familiar, que fueron publicadas en 1908 en una edición limitada para los miembros de la Sociedad Bibliófila de Boston. Pero entre todo el material aparecido, poco más de una docena de cartas, las únicas que se conservaban eran solo las que Dickens había escrito.

Dickens enamorado (Fórcola, 2020), es un texto que ya fue publicado cuando se celebraba el bicentenario de su nacimiento en 2012, que vuelve a la actualidad en una hermosísima edición a la que no le faltan ilustraciones de grabados y fotos. Se trata pues de un libro ameno y revelador en el que se cuenta la forma en que influyeron en la vida y en la obra del gran novelista victoriano el amor inusitado de una joven inalcanzable. El escritor se empeñó en ello, pero ni él lo consiguió ni ella se deshizo de las ataduras sociales y familiares que se lo impedían. Y así como en la ficción la historia reparte a diestro y siniestro secretos, afinidades y chispeantes deseos, en cuyo desarrollo la vida también prende todo lo que se revuelve en los sentimientos de cualquier persona herida de amor. Surgió la llama de María Beadnell y su lumbre le inspiró el personaje de Dora en David Copperfield y, en un reencuentro de madurez, el de Flora Finching, de La pequeña Dorrit. Pero también surgieron Catherine Hogarth, con la que estuvo casado 20 años y tuvo 10 hijos, y la actriz Nelly Ternan, con la que pasó la última década de su vida.

Gracias a las cartas que Dickens intercambió con María se ha podido desvelar de su novela más autobiográfica, David Copperfield, que los amores referidos del protagonista y Dora, en realidad, son los de su creador y la menor de las hermanas Beadnell. Es aquí, en su mejor obra, donde el escritor plasma, como en ninguna otra, sus sentimientos más personales y donde cuenta detalles, más propio de su enamoramiento que de su inventiva, y es aquí, también, donde mejor recrea su deleite y pasmo sentimental reflejándolos en la joven Dora, con todas las características que, a sus ojos, provenían de ese amor cautivo de siempre.

Amelia Pérez de Villar ha sabido encauzar la curiosidad del lector en su obra, registrando detalles de la vida privada de Dickens y recordando otras más públicas, como los entresijos de algunas de sus obras, sus viajes a los Estados Unidos, su periplo por Italia o sus duras jornadas de trabajo para obtener recursos para la educación de sus hijos y solventar los gastos de sus propiedades, además de atender económicamente a sus padres y ayudar a un hermano negado al trabajo.

Dickens enamorado es una aventura literaria, una curiosidad indagatoria de “un hombre que no sabía hacer nada a medias: apasionado en todo, que llegaba hasta el final en todo lo que emprendía”. Su idilio fallido, que, a juicio de Pérez de Villar, ha sido ninguneado en sus biografías, es el hilo conductor de este ameno e interesante texto que arroja un punto de luz nuevo y particular de Dickens, no solo por lo que desvela del personaje público y del hombre dedicado plenamente a la escritura, sino por lo que también volcó de todo esto en sus creaciones, en las tramas amorosas de algunos de sus personajes más entrañables de sus obras que siguen vivos en nuestro imaginario.

viernes, 3 de mayo de 2019

Amor y respeto


Dice Simon Leys que “el traductor debe saber más sobre la obra de lo que sabe el propio autor, pues este, arrastrado por la inspiración, puede ceder a veces a la embriaguez de las palabras. Ese desvarío le está prohibido al traductor, que debe mantenerse siempre sobrio y lúcido. El trabajo de traducción lo pone todo al descubierto implacablemente: vuelve la obra del revés, retira el forro, expone las costuras”. Traducir persigue esa pasión. Sin embargo, la paradoja a la que el traductor se enfrenta con su exigente tarea reside en que no está entregado a crear una pieza artística que proclame su talento, sino que está, por el contrario, esforzándose por borrar todo rastro que denote su presencia. Su éxito estriba en pasar desapercibido.

El traductor siempre ha sido ese sujeto invisible y casi nunca nombrado. Bien es cierto que, últimamente, se menciona la traducción en muchas de las reseñas que se publican, aunque las opiniones vertidas suelen referirse más al texto en español que a su relación con el original. Es difícil pensar, como subraya el traductor Ramón Buenaventura, que el crítico lea el libro dos veces, una en versión original y otra traducido, para valorar con conocimiento el trabajo del traductor.

Algo muy propio de su servidumbre es que el traductor siempre va de tapado, pero poco a poco el sector del libro ha ido tomando conciencia de la actividad crucial que tiene la traducción con el propósito de proteger su labor y ponerla en valor. Al hilo de esto, el editor Jaime Salinas contaba en una entrevista que prácticamente ese problema siempre estuvo latente en la edición en general, y que era necesario darle mayor visibilidad. Su compromiso con el gremio de los traductores llegó a otorgarles esa consideración merecida hasta poner a continuación en la portada de los libros que editaba en Alfaguara el nombre del traductor, lo que, a su juicio, pudo contribuir a acrecentar la complicidad de este con la obra, así como lograr que el traductor cobrara también sus derechos de autor, antes de ser reconocidos por ley.

Amelia Pérez de Villar, escritora, filóloga, ensayista, novelista y, sobre todo, traductora prolífica de autores como Edith Wharton, Stevenson, James, Kipling, D'Annunzio o Buzzati acomete en Los enemigos del traductor (Fórcola, 2019) todos estos entresijos y problemas adheridos al complejo oficio que representa, en una apasionante y comprometida reflexión sobre el carácter vocacional de dicho oficio y sus obstáculos que ha de vencer, consciente de que, aunque algo se ha mejorado en consideración, como apuntaba Salinas, todavía hay lastres de antaño y otros nuevos que se avistan en el horizonte de la profesión.

Este es un ensayo hecho con alma, corazón y vida (recordando la canción) como se vislumbra y constata en el subtítulo del libro, Elogio y vituperio del oficio, en su advertencia inicial: “Esto no es un libro de traductología”, y en lo más íntimo de la introducción donde esgrime la importancia, grandeza y amplitud del oficio: “Nos permite ensanchar las fronteras del conocimiento, del ocio y de la imaginación, y que se siga leyendo por entretenimiento”. A estas palabras determinantes cabe añadir las que revela sobre su vocación. Para ella, la única receta válida para alcanzar una buena traducción consiste en pensar que el lector de una obra traducida debiera tener la sensación, al leer el texto traducido, de que va a experimentar las mismas sensaciones que el de la obra original, en el país y en la época que fue escrita. Lo que importa es que en ambos casos los dos textos transmitan lo mismo.

El libro de Pérez de Villar encarna, a su vez, una encendida defensa del oficio del traductor contra todo lo que todavía cercena su valor: la invisibilidad persistente, el intrusismo o la precariedad laboral, una apología concienzuda sobre una labor que “no es una falacia, ni un acto heroico, ni un milagro”, sino que se ejerce como un oficio que requiere disciplina, esfuerzo y estilo, “un empeño complicado y sutil, donde no sirve el ábaco y, a veces, tampoco el camino recto”. En todos los capítulos de la obra se aprecia ese desvelo, expuesto con claridad y sin tapujos, de todo aquello que depara su significado e interés, esto es: creación y artesanía en busca de las palabras justas y de las frases equilibradas. Al final del libro, llega uno agradecido de entender de forma clara esta tarea tan llena de aristas, desafíos y paradojas.

Qué sería de nosotros, lectores entusiastas de Dostoievski, Kafka, Sándor Márai, Isak Dinesen, Edith Wharton y tantos otros escritores, si no hubiéramos contado con la traducción de sus obras a nuestra lengua común. Este libro de Amelia Pérez de Villar es una declaración de amor y respeto, como también una invitación para seguir confiando en los profesionales de la traducción. Resulta ser un ensayo ameno, revelador y nada complaciente, un altavoz agudo y vindicativo sobre la realidad y la exigente naturaleza de su oficio, una tarea que sigue dándonos amplitud de lecturas, entretenimiento y transmisión de saberes que nos llegan de más allá de nuestras fronteras.


viernes, 6 de mayo de 2016

No hay vuelta atrás

Decía Virginia Woolf que el escritor tiene que luchar por conseguir un ritmo adecuado y, una vez que lo consigue, “es imposible equivocarse con las palabras”. Para la escritora británica, el ritmo va mucho más allá de las palabras, origina una escena, una emoción, un recuerdo, que a su vez produce una ola en la mente mucho antes de que las palabras aparezcan para interpretarla.

Amelia Pérez de Villar, filóloga y ensayista, traductora prolífica de autores como Edith Wharton, Robert Louis Stevenson, Gabriele D'Annunzio o Dino Buzzati, ha puesto en su primera novela ese ímpetu apasionante en el que el ritmo narrativo hace posible una lectura imparable gracias a Lola, el personaje motor del monólogo intenso de la historia de este libro, una mujer atribulada y sumida en la desesperación. Su vida rota hace que se sienta desahuciada y viene precedida por ese sentimiento de mujer desprotegida a causa del desamor y de las desatenciones de su marido. Su vacío interior ha distorsionado irremisiblemente su relación con la realidad en la que vive y con quienes la rodean. Incapaz de sobreponerse a la adversidad de lo que le acontece y al desinterés del hombre ausente que convive con ella, trata de proyectarle la identidad que por sí misma ya no tiene.

Si en Cinco horas con Mario, de Delibes, la protagonista Carmen Sotillo representa a una mujer apasionada, víctima de su época, y en La mujer rota, de Simone de Beauvoir, tanto Monique como Murielle representan a dos personajes femeninos que cometen el mismo error de no emanciparse de la dependencia del hombre con el que conviven, en El pulso de la desmesura (Fórcola, 2016) Lola es el prototipo de mujer actual, emprendedora y atractiva, pero carente de atenciones. Ha sido una modelo que, ahora de casada, se dedica a las artes plásticas. Vive en una zona residencial lujosa. Su marido es un ejecutivo de una importante empresa. Se odia porque lo tiene todo para nada, porque se siente sola: “La gente vulgar se quiere, se busca y se necesita. Y yo me estoy consumiendo. Esperándote cada día... Llamándote cada día... Deseándote cada día... Y te dejaré”. Para un ser abatido como ella, que sobrevive tratando de poner orden al desencanto amoroso, que soporta un desarreglo terrible como mujer enamorada al que intenta sobreponerse, ya sólo le queda no perder la ilusión de mantener vivo lo más leve e insignificante de las cosas, esas pequeñeces que hacen posible que la vida tenga sentido cuando aquellas ilusiones más importantes le han dado la espalda.

Hacia el final de la obra, Lola se decide a tomar una determinación definitiva. Lo hubiera hecho antes si él le hubiera dicho que se estaba distanciando emocionalmente de ella. Su decisión no se halla motivada por un cambio de planes, sino que es fruto del miedo a la soledad y a la desesperación de sentirse alienada.

Nadie diría que estamos ante una opera prima, aquí hay todo un trabajo literario sesudo que viene adherido a esa estirpe creativa propia de todo buen traductor. Pérez de Villar hace una apuesta narrativa muy original y atrevida, escrita en una modalidad estilística compleja que acredita la audacia de su autora, que sabe que este proceder literario requiere, sobre todo, persuasión y empatía con el lector. Como también sabe del artificio de evitar frecuentemente la utilización de signos de puntuación para no romper el flujo de ideas que van saliendo del desbordamiento del personaje. Sin embargo, lo más original que aporta la escritora madrileña en la presentación del libro es la disposición visual del texto, su apariencia formal de poema en prosa: las frases se muestran rotas como la protagonista, o incompletas como su amor. Hay interrupciones repentinas y vuelta a empezar repitiendo frases obsesivas ya dichas anteriormente, hasta conseguir, y de manera solvente, contarnos la historia como a modo de escritura automática.

Para escribir esta historia, Amelia Pérez de Villar ha puesto la garra y el ritmo trepidante que se precisa para mostrar, por medio de una prosa lírica y emotiva, la vida desgarrada de una mujer que se siente perdida e inmersa en la vana soledad de un hogar sin alicientes. Los miedos y las agarraderas que la sostienen viva serán el detonante para rearmarse y sentir el deseo de ilusionarse y romper sus ataduras, un empeño sin vuelta atrás.


El pulso de la desmesura es un libro inquietante, una historia de latidos que no da tregua alguna para la pausa, escrita con mucho caudal poético, apasionado e intimista; una novela intensa de la que no se sale indemne fácilmente. Sorprendente debut que no conviene dejar pasar.