viernes, 28 de diciembre de 2018

Todo lo que queda por decir


La emoción de las cosas, la memoria y las palabras aglutinan el espíritu que concierne a Nada que no sepas (2018), la nueva novela de María Tena (Madrid, 1953), ganadora del XIV Premio Tusquets Editores de Novela, autora también finalista en 2003 del Premio Herralde de Novela con su obra Tenemos que vernos. Las tres citas que la escritora toma al principio de su reciente libro, proceden de Antonio Machado, John Updike y Virginia Woolf, y resumen esa idea de destellos, sentimientos y recuerdos que cruzan todo el relato, para poner en antecedentes al lector de que lo que se va a encontrar en el libro, y que, al final del mismo, dará sentido a toda la verdad literaria que contiene el texto, gravita en torno al amor, sus silencios y las obsesiones de los personajes que protagonizan esta historia.

Alguien dijo que es muy difícil escribir más allá de uno mismo. Puede que sea cierto. Porque eso que llamamos la experiencia personal está impregnando siempre lo que hacemos y lo que imaginamos, tanto para confirmar lo que somos, como para alimentar la impostura de nuestras fabulaciones. Desde la nada hay poco que contar, pero, cuando se trata del amor de los padres y del amor propio, hay un hilo de la madeja por donde tirar. Aquí subyace eso que decía Lacan de que el amor solo existe en el uno por uno. Posiblemente, nadie sabe qué es el amor, y es precisamente desde esa perspectiva desde la que arranca la novela de Tena, desde ese cometido de indagación, el lugar desde el que la narradora quiere rearmar la historia de sus padres, su vida en pareja, sus entradas y salidas. Pero también el relato de su propia vida como hija y, ahora, como mujer en apuros. Por eso vuelve a Montevideo al cabo de mucho tiempo: para saber qué le pasó a su madre, y qué fue lo que acabó con su matrimonio.

La narradora, que atraviesa una profunda crisis de pareja, retorna al episodio determinante que marcó el final de una época feliz: el accidente mortal de su madre en Uruguay a finales de los años sesenta y el regreso de su hermano y ella a España. Llega de nuevo hasta allí para encontrarse consigo misma, para buscar sus raíces en el pasado y así poder entender mejor su presente azaroso. Regresa al lugar de su infancia para destapar secretos familiares y comprobar que la vida de pareja tiene esa condición de vulnerabilidad e insuficiencia que ella padece ahora, que se hacen necesarias las manos del otro, la presencia del otro para preservar la vida, para protegerla, para sustraerla de la posibilidad de la caída, del desorden sentimental y del abandono. “Uno también se viste con las ideas, con los miedos y con todas esas trampas que a veces forman parte de una educación.” (pág.97).

Todo lo que sustenta Nada que no sepas son recuerdos vividos, materia prima de todo el relato que se va conformando en primera persona. Incluso aquellos que la narradora se formula involuntariamente, como diría Proust, sacados por el hilo la semejanza de un instante o de un episodio que pone cuño de autenticidad a lo que le está sucediendo en ese momento de su narración. Además, con ese impulso de volver a las cosas que pasaron, con una dosificación exacta de la memoria de unas y la estela de otras: “Un mundo fascinante para niños como nosotros, sin sentido crítico o sensibilidad social, y todavía sin ideas políticas.” Y así lo refleja: “Cómo cada persona vive su vida a través de los demás, de los que le rodean, pero también en que a veces la historia pasa por encima de nosotros y nos aplasta.” (pág. 139).

El reencuentro con Ana, una de sus amigas de la infancia, le irá desvelando cartas guardadas de su padre y de su madre que desentrañarán las claves de la extraña muerte de esta y del silencio acordado. La necesidad de reconstruir los secretos de aquella época de la infancia ya perdida quedará zanjada con la verdad que ansía satisfacer. Para ella, ahora su familia, ese pilar medular de su vida, casi siempre presente en la literatura, con sus secretos y misterios, sus silencios y su hermetismo casi sagrado, encuentra mejor encaje moral en su memoria. Sin embargo, sabe que la existencia de la verdad posee esa categoría moral que no se puede obviar. Existir, buscar la verdad, tomar conciencia de ello la obligó a hacer lo que tuvo que hacer: volver al pasado.

Todo el relato está ceñido a una privacidad de un mundo de afectos y engaños remotos, contado desde la perspectiva femenina de una narradora a la que el lector, seducido por su voz, la acompaña en su búsqueda de la verdad para ser testigo excepcional de una revelación de aquello de lo que nunca se habló en su casa y fuera era un secreto a voces, de las heridas y huellas que marcaron aquel hogar de buena apariencia donde el amor se resquebrajaba.

El resultado de esta obra que María Tena nos entrega es una novela entrañable, emotiva y amena, escrita con ese difícil don de la sencillez que tanto nos gusta a los lectores hambrientos de buenas historias. Los libros que nos deleitan nos recorren las venas y establecen vínculos con nosotros con una familiaridad insólita. Nada que no sepas se insinúa así, con esa capacidad seductora de atraparnos, gracias a la eficacia de su prosa, capaz de mostrarnos una verdad literaria sobre la familia, el destino y, sobre todo, una indagación del pasado recóndito. Y es que, como dice Landero, el pasado nunca acaba de pasar.

jueves, 20 de diciembre de 2018

Un libro de ideas


Al escritor todo le vale para aprender, porque la literatura en cualquiera de sus géneros puede aprovechar hasta el menor resquicio de la experiencia, de los años vividos, para darse a valer. Y, lo que es más importante, el aprendizaje, como dice César Aira, le sirve, “porque siempre está a tiempo de escribir algo más”, desde dentro, con el único afán de escribir lo que debiera ser escrito, no tanto para salvarse a sí mismo, como para salvar algunos muebles.

El nuevo libro de Luisgé Martín (Madrid, 1962), El mundo feliz (Anagrama, 2018), va por ese cauce de referir algo más acerca de esta idea, y en esta ocasión bajo la forma de un ensayo muy bien armado, contundente y provocador, en el mejor sentido de agitador, de quien incita a la reflexión sobre la aspiración a la felicidad que subyace en nuestra existencia. Por tanto, en esta oportunidad, el escritor y autor de novelas como Los amores confiados (2005), La mujer de sombra (2012), La vida equivocada (2015) o el libro autobiográfico El amor del revés (2016) deja a un lado la fabulación para preguntarse en el contexto de la no-ficción si es posible la felicidad.

El título de su ensayo es un guiño notorio a la obra de Huxley, y dice que, en realidad, el mundo feliz suyo lleva adherido “una apología de la vida falsa”, un oxímoron que le vale como subtítulo a los textos que reúne en su obra, “un libro de ideas” lo llama, un centón podemos decir en el que cabe incluso el elogio de la derrota. Dicen los especialistas que el ensayo es la pieza literaria que se escribe antes de escribirla, cuando se encuentra el tema. En ese sentido, Luisgé Martín lo encontró en la película Matrix, en el mito de Sísifo, en el imperativo categórico de Kant y también en otras lecturas de pensadores como Camus, Rousseau o Cioran, y en el teatro de Shakespeare, en las novelas de Dostoiveski, así como en el Eclesistés o en El tartufo de Moliere.

Lo cierto es que este libro está muy bien escrito y argumentado, es rebelde y persuasivo, sin apartarse del pesimismo que lo envuelve. Viene a decirnos que vivir es ir perdiendo y perdiéndose para al final perderlo todo y perderse uno del todo. Nuestro quehacer y nuestro sentir, el recordar y el pensar son formas de aferrarse a la vida, y todo lo que el tiempo deshace no es nada sin el tiempo. "La vida es hermosa. Pero, ¿y si solo lo parece?", reflexionaba Chéjov. Este es un libro radical y nihilista. Martín piensa que todo se escurre por el sumidero de la infelicidad, y cree que le hemos dado mucho pábulo a la autenticidad. Por eso se pregunta con ironía si no sería mejor vivir en Matrix o en el mundo feliz de Huxley.

Juzgar si la vida vale o no la pena vivirla, nos dice, equivale a responder a una de las claves filosóficas de nuestra existencia. Cuando se es joven, uno está expuesto, a menudo, sin saberlo con claridad, a dos posibles tendencias a la hora de tomar partido en la vida. Estas dos tentaciones podrían resumirse así: o bien la pasión de quemar la vida como venga, o bien la pasión de construirla. En ese trayecto nada parece tener un efecto duradero, el tiempo lo devora todo en la lucha de estas dos pasiones: el deseo de una vida que se consume en su propia intensidad y el deseo de una vida que se construye piedra a piedra.

En este libro, Martín tiene conciencia de que su andadura reflexiva nunca llegará al final del camino, pero tiende a esbozar el inconformismo que la promueve, así como el de esa idea nacida dentro de nosotros en la que se conforma la relación de nuestra mente con el mundo: “Sabemos que los éxitos serán fugaces y los afectos, si los hay, interesados o escurridizos; sabemos en suma, que la vida será un sumidero de mierda o un acto ridículo”. Y más adelante subraya una cita bíblica sobre lo terrible de la verdad que dice: “Donde abunda sabiduría, abundan penas, y quien acumula ciencia acumula dolor”. Todo lo que nos rodea, apunta, parece que está siempre estimulado por la insatisfacción constante y por la carencia. La propia observación del mundo en que vivimos, nuestra familia, amigos y vecindario apuntan en esa dirección, para enfrentarnos con la hipótesis de que la naturaleza humana sea incompatible con la felicidad.

Cuando un libro invita al subrayado, incita a la reflexión, sin ánimo de solemnidad, pero dispuesto a la controversia, con esto quiero decir que estamos hablando de un texto con acopio de inteligencia, madurez y observación suficientes que al lector inquieto les valen para pararse a pensar en la importancia de lo que se cuece en la vida. Este es un ensayo nacido de la reflexión personal, del diálogo entre amigos, de ideas inquisitivas y perspicaces que escribieron otros y siguen vigentes, un libro escrito, no para eruditos, sino para hacerse entender por todos, y en el que está muy presente aquella famosa máxima de Gracián que dice: “Hay mucho que saber, y es poco el vivir, y no se vive si no se sabe”.

En El mundo feliz de Luisgé Martín la idea de felicidad sigue siendo, como antaño, un afán descomunal e inagotable de búsqueda, un espejismo que retrocede según avanzamos con la edad, pero también es una maravillosa argucia de la inteligencia para mantenernos en vilo y en vuelo. Lo cierto es que todos los hombres queremos ser felices, pero como bien decía Séneca: “lo difícil es saber lo que hace feliz a la vida”.


jueves, 13 de diciembre de 2018

Un encargo irresoluble


La verosimilitud siempre sale malparada del choque entre el tiempo y el espacio. Este es el motivo por el cual cuanto más exageradas o delirantes son las premisas de un relato, más literales y exactas deberán ser las consecuencias que se desprendan de ellas. Esta paradoja, si nos atenemos a la novela de espías, novela negra o policiaca, consiste, según apunta Chandler, en que su estructura no suele aparecer cuando la examina de cerca una mente analítica. Es evidente que existe un tipo de lectores sedientos de crímenes, de la misma manera que hay lectores más preocupados por la tensión narrativa, por la psicología, por la pasión o por la irrupción del sexo. Si sumamos toda esta tipología podríamos acercarnos a encontrar ese lector de mente perspicaz y entusiasta del thriller, o lo que es lo mismo, predispuesto al suspense, a lo inesperado.

Con estas pretensiones se debe acometer la lectura de la novela Las discípulas (Sitara, 2018) del escritor Mateo de Paz (Santurce, 1975), su debut en el género, un libro que encaja en ese propósito en el que confluyen el misterio, la aventura, la indagación, la violencia y el fracaso, bajo el denominador común del montaje, desde la creación literaria, de una narración policiaca, que da por sentado que la trama es la que organiza la intriga. Y es desde esa disposición la que nos permite encauzar mejor el sentido de su novela, la que nos conduce a un casi permanente estado de vigilia, de investigación y de descubrimiento de todo lo que acontece, mirando la realidad a través del propio filtro del narrador.

¿Quieres saber cómo empezó todo?”, es el arranque de la novela, que parte de una deliberada reflexión del narrador sobre la existencia del azar y sus consecuencias en el mundo real. Quizás esa pregunta vaya dirigida al lector o apunte a sí mismo, a la madre, a algún otro familiar o allegado para revelarle aquel encuentro azaroso que tuvo con Hugo, un antiguo alumno suyo del taller de escritura creativa que, tras la muerte del padre, le entrega la novela inacabada que este había comenzado para que la termine. A partir de aquí la trama del relato va tomando razón de ser a través de las tres voces narrativas que conforman la historia: Jacob, Hugo y el narrador que autentifica todo lo sucedido. En esa autenticidad, el lector encuentra que la voz del narrador que mueve los hilos es poco fiable, engaña y se engaña a sí mismo en la búsqueda de la verdad, que es a la vez la búsqueda de la ficción, la búsqueda del relato que empieza ya a ser el suyo propio.

Se van sucediendo pasajes en los que la realidad y la ficción se rozan hasta confundirse. La misión encomendada se topa con el trasvase de la propia creación literaria. Imágenes, voces, personajes, vivencias y sucesos ajenos, que entran en acción, van participando del desarrollo de un proceso creativo que funciona y se alimenta, precisamente, de todo eso que lo rodea. “La ficción no es lo contrario de la verdad, sino una manera de verla y descubrirla”, confirma el narrador, que sabe, además, que “en todo escritor obsesivo hay un ser empeñado en encontrar la verdad”. Por eso mismo, no solo desconfía de lo que lee, sino también de lo que vive y le sale al paso.

En este libro hay mucho trasvase de soledad, crueldad y fingimiento. Por un lado, el narrador se encuentra en medio de una investigación a través de un cuaderno sobre el que tiene que armar un relato de una novela inacabada que, a su vez, promueve una delirante trama de caza y captura en la que los personajes femeninos aúnan la mayor fuente de deseos y de misterio. Hay en todo ello un hilo conductor existencialista que no rehúye en plantear el problema moral de la violencia y la amenaza terrorista que caldea toda la novela. Por otro lado, hay una intencionalidad, tal vez la misma que siente el narrador, de provocar confusión y desasosiego en el lector sobre lo que va aconteciendo, si es o no real, como también cuestiona si los papeles de Jacob es tan solo una impostura para ocultar la verdad y, por tanto, un encargo irresoluble.

Las discípulas es una novela intensa, ambiciosa y compleja, con un juego literario en el que está presente el sentido creativo del relato y la filosofía mítica de imaginarse a un Sísifo feliz en su quehacer, un libro arriesgado que obliga al lector a interpelar y desvelar los problemas que van formulando sus personajes y, en especial, Marcelo, el narrador y hacedor del relato. Todas las historias insertas, las matriuskas, están filtradas por su mirada, por lo que escucha de sus personajes y por el devenir de los acontecimientos, hasta llegar a un desenlace con dos finales. ¿Estamos condenados como dice Camus sobre ese mito existencial del mal, la crueldad, el fracaso? ¿O somos hijos del azar, o de un destino trágico, como sostiene Unamuno?

El lector atento no quedará a la intemperie, porque, aunque no se identifique con Jacob, Hugo, ni Marcelo, las tres voces de este artefacto literario, lo que sí conectará es con su espíritu libresco y la misión por la que ha sido concebido y escrito: esa tarea procelosa de su creación, que no es otra que la vida reflejada en la literatura.


martes, 4 de diciembre de 2018

Cuando la historia era presente


En literatura es fundamental el punto de vista que se adopte a la hora de acometer una obra. Uno se puede ir acercando más y más a la realidad, pero nunca puede acercarse lo suficiente, porque la realidad es una sucesión infinita de pasos, de niveles de percepción, de circunstancias y de falsas apariencias, y por ende, inextinguible, inalcanzable en todo su ámbito.

Cuando nos acercamos a la lectura de narraciones que abordan la violencia en el conflicto vasco nos arriesgamos a posicionarnos porque el tema nos toca de cerca, nos afecta, nos sobresalta, no nos deja indiferentes. Dice la escritora Edurne Portela que ser lector de ese tipo de libros, si nos toca profundamente, nos hace en definitiva vulnerables. Y añade que “es desde esa vulnerabilidad donde tal vez podamos entender la vulnerabilidad del otro, mirarle a los ojos, y verlo”.

Iban Zaldua (San Sebastián, 1966), escritor y profesor de Historia en la Universidad del País Vasco ha conformado la mayor parte de su obra narrativa en torno a la complejidad de la violencia en ese conflicto al que él denomina “la cosa”, como así ha quedado reflejado en los cuentos de Mentiras, mentiras, mentiras (2000), La isla de los antropólogos y otros relatos (2002), Itzalak (2004), Etarkizuna (2005), Biodiskografiak (2011), y también, cómo no, en sus novelas Si Sabino viviría (2005) y La patria de todos los vascos (2009).

El nuevo libro que acaba de publicarse bajo el título Como si todo hubiera pasado (Galaxia Gutenberg, 2018) recoge cuarenta y dos relatos escritos entre 1999 y 2018 extraídos de sus obras anteriores y de su último libro de cuentos publicados en euskera este mismo año, muchos de ellos inéditos en castellano. Todos abordan historias de un período extenso y muy convulso de violencia y radicalización en Euskadi, y cada uno de ellos escrito desde una mirada y una situación distintas. Y es esa perspectiva, con los diversos puntos de vista, precisamente, desde donde toma relevancia su literatura. Lo que se permite Zaldua con sus relatos es posibilitarse una mirada multiforme, o lo que es lo mismo, hacerlo desde un caleidoscopio para ocuparse de la realidad y sus matices: la multiplicidad de visiones. Es a ese nivel cuando, según él, la literatura puede tener algo que decir de una manera más ajustada y menos bifronte.

Los relatos de Zaldua deben su vitalidad a la presentación sin dramatismo de cada una de las piezas que recorren el texto de principio a fin y, cómo no, a las perspectivas y singularidad de los personajes que aparecen en cada una de las situaciones que, pese a lo anómalo del contexto, se muestran con un cierto aire de normalidad, por absurdo que parezca, más próxima a la realidad cotidiana que a cualquier otro escenario melodramático que pruebe la tensión política y la dimensión trágica del conflicto: puede ser un miembro de un comando interrogado por la policía, una ama de casa que escribe cartas a su hija encarcelada, un ertzaina infiltrado en un centro de enseñanza de euskera, un simple ciudadano de a pie que acude a una manifestación contra el terrorismo, una empleada de una empresa de trabajo temporal obligada a limpiar la oficina de los ataques constantes de encapuchados, dos amigos de toda la vida con secretos y discrepancias políticas, un secuestrador y su víctima hablando de sus gustos musicales en una animada conversación, o el fantasma reincidente de una chica que se le aparece al narrador en diferentes conciertos en el Velódromo de Anoeta.

En Como si todo hubiera pasado el lector encontrará un amplio despliegue narrativo donde el sentimiento de sus protagonistas, evocado por los mismos fantasmas del miedo y de la violencia, enmudece ante tanto ruido orquestado y consentido. El silencio personal y colectivo discurre transversalmente por cada una de sus piezas, está presente en la oficina de trabajo, en el dormitorio de la casa, en las aceras de las calles o en la mesa de un bar, agazapado, y posee una capacidad espantosa para aclimatar el ambiente. Zaldua pone voz y volumen ajustados a esa implacable realidad, para que la desmemoria no se incruste en ese silencio tan rotundo, sino que la memoria selectiva de sus relatos repare en ello y trascienda.

Este es un libro que condensa un terrible y triste periodo de nuestra historia reciente, un buen puñado de relatos que nos acercan a la realidad vivida por sus protagonistas, escritos con pulso contenido, bajo ese tono irónico y distante que hace que la escritura sea más porosa y reveladora. Cada historia que se cuenta merece su atención particular y el autor, que es consciente de que la literatura no está concebida para entender los hechos históricos, sino para traducir su densidad y los matices de la realidad y la verdad que se posan en el tiempo, pone voz a una amplia selección de personajes para que encarnen sus propias vivencias.

Esta es una ocasión para el lector, subraya Edurne Portela en el estupendo prólogo del libro, de aproximarnos a aquellos años difíciles, como “ejercicio de memoria”, y acercarnos a lo que ha supuesto vivir en Esuskadi en un escenario tan complejo y complicado. Los cuentos de Iban Zaldua revelan esa realidad, su ambiente, la atmósfera de aquellos tiempos, sus esquirlas y el lenguaje íntimo de tanta gente achantada por no decir lo que se sabía, contándolo con imaginación, naturalidad y pericia.


martes, 27 de noviembre de 2018

Disquisiciones filosóficas


Consciente y atento al mundo material tan ligero y cambiante en que vivimos, el nuevo libro del poeta, ensayista, narrador y pintor José Mateos (Jerez de la Frontera, 1963), se para a pensar en ello, en esa ligereza del mundo de ahora, que coincide con un momento imparable de la tecnología avanzada, a la que día a día se exponen más nuestras vidas. Y lo hace con cierto aire de pesadumbre y nostalgia, señalando al consumismo como efecto y causa de un síntoma de desasosiego y malestar cada vez más extendido. Es desde este consumismo feroz donde el poeta irrumpe con sus consideraciones filosóficas y señala sus vínculos, su ligereza y distracción, que no parecen tener límites.

El ojo que escucha (Renacimiento, 2018) es un texto fragmentario e incisivo, acotado a una reserva íntima de reflexiones y preguntas sobre el progreso, el arte y la importancia de vivir a contrapié de ese escollo al que las máquinas nos someten, un libro que, a su vez, transita por esa senda literaria tan particular de su autor de aunar pensamiento y poesía. El estilo depurado con el que concibe su escritura responde a esa sutileza, a esa manera recatada que tiene el poeta de bucear en las profundidades de lo aparentemente visible, para llegar más lejos: “Tienes más de lo que necesitas porque lo que necesitas no lo tienes”, dice en uno de sus aforismos de Silencios escogidos (2013), una cita recurrente para la ocasión, que pone en alza la autonomía personal como valor a defender frente a esa inercia consumista que nos acosa, tan vaporosa y adictiva.

Una persona insatisfecha es mejor cliente para el sistema que una satisfecha. La desazón propia de esta evidencia es tan molesta para Mateos como repudiable. Renegar de ello es su propósito: no querer sentirse cliente, sino ciudadano: “No nos hacen falta más soluciones, más ideologías, más programas de futuro. Lo que necesitamos –subraya– son solo unas cuantas preguntas liberadoras: ¿qué vale realmente la pena? ¿Para qué vivimos? ¿En qué estamos gastando nuestra vida?” Y en estas consideraciones se pone a pensar sobre el arte, sobre el espectador o el lector habitual atareado en buscar nuevos alicientes que encaucen su vida precaria, como si huyera de algo, de un vacío, tal vez.

Por eso, un escritor, un músico, un pintor, lo que sea –dice–, si quiere tener éxito hoy, tendrá que acercarse a este hombre hueco, neurótico, desustanciado, para decirle: No te preocupes. Sé lo que te conviene. Apaga tu inteligencia y entra en mi juguetería: te voy a dar tu ración de olvido y entretenimiento”. Todo esto que dice hay que leerlo desde el punto de vista de la ironía, y, si me apuran, desde cierto escepticismo a la hora de afrontar la actitud del artista ante el materialismo en el que estamos inmersos. Este libro es un texto vindicativo, de resistencia íntima, de mantener viva la esperanza, de tener una respuesta más decorosa, otro modus vivendi, como el que Montaigne requería: “Es el gozar, no el poseer, lo que nos hace felices”.

La cultura, que es el foco omnipresente del libro, no es solo la suma de diversas actividades, sino “un estilo de vida”, como decía T.S. Eliot, una propensión del espíritu, una sensibilidad y “un cultivo de todo aquello que hace de la vida algo digno de ser vivido”. En este entrecomillado del poeta estadounidense cabe bien resumido el espíritu crítico de El ojo que escucha. El poeta, una vez más, expone esa comunión entre el silencio y su conciencia. El poeta que encierra al filósofo, y viceversa, sabe que solo escribiendo puede recomponerse, resistir, ser invadido por las preguntas claves de la vida, por la belleza, ser útil en tiempos difíciles.

Mateos viene a decirnos que el alma humana está impregnada de un anhelo de retorno a la belleza, a sus umbrales. Insiste en que la resistencia suele ser discreta y vive de la esperanza de tratar de alcanzar lo indecible: “Estamos hechos de tal manera que lo que más nos importa saber nunca lo vamos a saber”. Pensar en todo esto es una experiencia en sí misma, porque no deja las cosas como están, recobran otro sentido. En este hermoso libro, menudo y ancho, pensar es reflexionar, volverse hacia sí mismo y conectar con esa “verdad racional o interpretable” que viene de fuera, pese a su fragilidad.

Es cierto que los avances del mundo inciden en nuestras vidas y cambian nuestra forma de ver la realidad, de relacionarnos entre nosotros, y es por esto por lo que José Mateos ha escrito su ensayo, empujado por la realidad inasumible del mundo de hoy, tan atado a esa dependencia tecnológica, de la que difícilmente se puede escapar, pero a la que quiere inquirir y refutar con el pensamiento y la palabra para que los lectores reparemos en ello.

El ojo que escucha (qué título más persuasivo) es un texto de muy buena traza literaria, humanamente provocador, que apela a esa voluntad y a esa mirada reconocibles de una voz perspicaz que, más que decir, deja oír verdades que el hombre distraído de hoy prefiere ignorar.


domingo, 18 de noviembre de 2018

La consciencia del tiempo


Durante mucho tiempo fui de los que piensan que la poesía está en las cosas y que el poeta es quien la alumbra. Hoy prefiero pensar que la poesía está en el propio poeta y, justamente, son las mismas cosas las que se la provocan. Creo también que la poesía es como un órgano añadido al cuerpo del poeta, instalado en su vida secreta, a donde van a parar ideas y experiencias que, de forma espontánea, o al cabo del tiempo, dejarán de ser inefables.

Leer poesía es un pasadizo, un trayecto, un camino que hay que recorrer en solitario, sin mapa, ni lazarillo. Cada uno lo cruza con su secreto equipaje de sombras e inquietudes. En cada lectura, en ese diálogo con el poeta, nos convertimos en confidentes de su verdad más íntima, de su razón estética o revelación dada. Cada poeta lo hace a su manera, con su tono y cadencia particulares. Y el misterio de sus poemas, esto es, su biografía emocional, estará en lo que proponga, precisamente, su tono y su cadencia, más que en sus motivos.

La poesía de Antonio Jiménez Millán (Granada, 1954), catedrático de Literatura Románicas en la Universidad de Málaga, conduce al lector a una manera de interpretar su quehacer poético desde la biografía, la propia consciencia y la memoria, desde el diálogo de un hombre con su tiempo. Su obra es amplia y destaca entre sus libros La mirada infiel. Antología 1975-1985, publicada en 1987, Ventanas sobre el bosque, en el mismo año que la anterior, Casa invadida (1995), Inventario del desorden (2003) y Clandestinidad (2011). Es autor de estudios literarios y ensayos sobre la poesía de Rafael Alberti (1984) y sobre la de Joan Margarit (2005), y fue comisario de una estupenda exposición sobre Antonio Machado en 2009, un evento muy celebrado organizado por el Centro Andaluz de Las Letras.

El paso del tiempo, la memoria remota y reciente, cada vez más susceptible por su fragilidad, son claves de su nuevo libro. En Biología, historia (Visor, 2018) está más presente que nunca su mundo vivido y evocado, al que acude como reconocimiento del sujeto ético propio, aún comprometido con la historia, pero sumido en un presente melancólico e inconformista. Constituye su obra poética más densa y en ella reúne cincuenta y dos poemas en los que mantiene un tono íntimo y confesional por donde discurre la vida de un hombre escéptico y metido en años, ya alejado de los sueños de juventud y de muchas de sus esperanzas, pero comprometido con la palabra y el sentido poético de añadir dosis de humanidad al hecho de vivir.

El volumen está estructurado en ocho partes con una sucesión de poemas, mayormente narrativos, por donde transitan vivencias, desilusiones, hastío y dolor, pero también gratitud a gente admirada y querida. En la primera de ellas, Partituras, hay un paseo por la juventud, la música y la ciudad de Granada: “Leer una ciudad es seguir una vida,/ recorrer lentamente las imágenes/ que el tiempo fue dejando de nosotros”. En La memoria y los días, un compendio poético de diez piezas, encontramos recuerdos, presentimientos, estancias y objetos que rastrean su memoria y nostalgia: “para esquivar el tiempo, su celada invisible”. En Desilusión sobresale el ámbito de lo político con su lenguaje envenenado, la batalla de las banderas y el descrédito de alguna gente de orden. En Homenajes conmemora la efusión sentimental de Gil de Biedma, la soledad de Kafka, el exilio de Antonio Machado, la muerte en los versos de Miguel Hernández: “No había que tomarse en serio la vida. /Y a uno mismo, tampoco”. En Carnets recopila unos textos en prosa para detenerse en la memoria, el olvido, el resentimiento, la identidad y las casualidades. En Pantalla son los ecos del cine, la pintura o las inscripciones del tiempo en la ciudad francesa de Aix-En-Provence los que se hacen visibles. En Rehabilitación, lo más presente del poeta: la enfermedad, el dolor, el hastío y la celebración de seguir vivo, aferrado a la vida. Y por último, Biología, historia, título y colofón del libro, una hermosa y sentida semblanza sobre su amigo y maestro Juan Carlos Rodríguez, fallecido hace dos años, y máximo exponente del movimiento poético la Otra Sentimentalidad, una corriente defensora de la utilidad social de la creación literaria, de la que se erigió la llamada Poesía de la Experiencia.

Biologia, historia es un hondo canto al hecho de vivir desde la dignidad de un poeta urbano, sin imposturas, un libro lleno de vibraciones morales que contiene la respiración íntima de lo vivido, con ese postulado claro de que el poeta debe dar testimonio del tiempo que le ha tocado vivir, atento a la experiencia y a la ligereza de la realidad.


martes, 13 de noviembre de 2018

Viajar pide compañía


La autobiografía, la memoria del yo y la auto-ficción contienen esa forma fronteriza y anfibia, a medio camino entre géneros diversos como la novela, el ensayo, la crónica o el diario de viajes, y se concibe hoy como la construcción escrita de la vida en pos de una verdad personal que es, precisamente, la que mueve a su autor a contarla. Una verdad que suele estar más allá de lo dicho, porque la vida pasada no está fija en ningún lugar, ni guardada en ninguna caja de seguridad que la preserve. Si acaso, se instala en una pantalla volátil que llamamos memoria. Cuando el recuerdo se hace patente en la escritura, cuando da paso a la palabra escrita, cuando el relato construye la vida vivida con pretensión de veracidad, de verdad personal, entonces puede surgir en el lector un vislumbre de celebración, de que lo leído sirve para alumbrar su vida. Dice Paul Auster: “El lenguaje no es equivalente a la verdad. Es nuestra manera de existir en el mundo”.

Las novelas de Vicente Valero, (Ibiza, 1963), se asientan en estas mixturas literarias a la hora de concebir y entretejer sus historias, que lo ponen a prueba frente al pasado, frente a los demás y frente a sí mismo. En poco tiempo, su tarea poética ha dado carta libre a una inusitada producción narrativa que se inicia en 2014 con su novela Los extraños, un debut que alcanzó el interés de un gran número de lectores y, también, el elogio de la crítica que ha destacado su estilo singular de contar, desde el ámbito familiar, cuatro historias, bajo una prosa limpia y precisa. Después le siguieron El arte de la fuga (2015) y Las transformaciones (2016), dos obras sobre las que vuelca sus lecturas y vivencias, escenarios y autores predilectos que le proporcionan simiente y lumbre a su creación literaria.

Con su nuevo libro, Duelo de alfiles (2018), Valero recurre a ese mismo proceder, un camino que, como quería Machado, se hace al andar, para ocuparse de cómo la literatura interfiere en la vida de quien escribe, y de cómo la memoria de otros autores acaba configurando un universo de citas y referencias que le sirven de sostén continuado, de aporte a la invención y de fructífera influencia. El título del libro desvela que hay un hilo conductor sobre el que pivota la novela: el ajedrez. El poeta ibicenco se sirve de su propia afición a este juego para entrelazar sobre su tablero narrativo una ruta para que el lector le acompañe por cuatro lugares de Europa, a través de la propia vivencia del viaje, cruzada con la presencia evocadora de cuatro escritores de gran significado y trascendencia de las primeras décadas del siglo XX.

Es muy difícil entender la vida de cada uno de ellos al margen de sus obras. Valero se maneja bien en esta concordancia y responde en cada tramo narrativo a lo que cada uno de ellos en aquel momento expuso en vida. En Svendborg, Dinamarca, se atisba la melancolía de Walter Benjamin bajo el amparo de su amigo Bertolt Brecht, en julio de 1934, cuando escuchaban el discurso que daba Hitler en el Reichtag; Nietzsche en Turín, aturdido por su locura, siguió prolongando su discurso filosófico de marginado de la Historia; Kafka viajando en solitario por Munich, en 1916, cargado con su manuscrito En la colonia penitenciaria, dispuesto a anular su boda con Felice y con la intención de establecerse en Alemania; el reflexivo Rilke en Berg am Irchel, un pueblo cerca de Zurich, allí, en 1921, el poeta encontraría la paz interior que tanto anhelaba.

Duelo de alfiles es un libro de viajes, pero también es un tablero uncido de ese espíritu benjaminiano que transita por el callejeo de la Historia de Europa y sus escaques, en compañía de estos significados protagonistas, escritores y pensadores que no depusieron su actitud crítica y de lucha ante el extravío de la época que les tocó vivir. El autor acompaña a sus personajes a modo de un flâneur, transitando por el presente para excavar en el pasado, buscando experiencias al borde de lo invisible, como diría Walter Benjamin, un autor con el que el escritor ibicenco se siente cercano en esa llamada literaria a la revelación como ejercicio del conocimiento.

Valero posee ese don singular de compartir la ilusión de un idioma privado en forma íntima con el lector, al que siempre tiene en cuenta y procura orillar con el trazo de una prosa pulida y eficiente. Todos estos episodios tejen su fresco histórico en el que el enigma, el misterio y los secretos de sus personajes trascienden paradójicamente en un escenario común, a modo de expedición literaria que lo convierte en un libro exquisito e intemporal, poblado de signos y de huellas en el que se indaga con afán de entretejerlo en un contexto común europeo, en un relato de contención vívido y provechoso.


lunes, 5 de noviembre de 2018

La vida es demasiado corta


A medida que uno prosigue acumulando experiencias no solo de lo que le acontece, sino también de lo que ocurre en la vida de los demás, se es más consciente de la fugacidad de la vida. Con los años se pueden ver las cosas con mayor perspectiva y contemplar la historia de uno como algo vivo y vivido, algo imposible de vislumbrar cuando se es más joven. Cuentan que una espléndida mañana de primavera paseaba Samuel Beckett con un amigo por París, y este le dijo: “En un día como el que hoy luce, ¿no se alegra de estar vivo? A lo cual Beckett contestó: “Tampoco hay que exagerar”.

Quizá el autor de Esperando a Godot más que mostrar escepticismo o indiferencia, quiso poner distancia, consciente de la condición temporal de la vida, de su limitación, de su destino y finitud. Esta anécdota conforma una realidad de cómo se puede afrontar la vida cotidiana, aún la más elemental y rutinaria, por tanto, sin excepciones, en lo que se podría llamar vivir con menos atadura a los años, o mejor dicho, alejados de ese vano empeño e intento furibundo por vivir cada vez más y más.

Sobre esa desmesurada vigilancia y alerta vital por alargar nuestra existencia, el nuevo libro de Barbara Ehrenreich (Butte, Estados Unidos, 1941), Causas naturales (Turner, 2018) examina con ojo crítico esa tendencia inusitada y extendida, cada vez más implosiva, y que a todos nos alcanza, de pensar que si nos cuidamos, si vigilamos nuestra alimentación, si hacemos ejercicios diarios y llevamos un estilo de vida saludable, podemos sortear la muerte y retrasar por mucho tiempo su inevitable llegada.

Ehrenreich, bióloga y doctora en inmunología celular ha volcado toda su carrera y su trayectoria profesional en la dirección de activar la conciencia social por medio de sus aportaciones divulgativas sobre la salud, medicina y sanidad principalmente. En su anterior libro, Sonríe o muere (Turner, 2012) se muestra igualmente beligerante y radical contra ese pensamiento positivo tan falaz e inconsistente que enarbolan tantos libros de autoayuda. Para esta activista social no hay mejor ayuda que llamar a las cosas por su nombre y vivir los contratiempos, con cierto estoicismo, sí, pero asumiendo la realidad con dignidad y arrojo. Ahora, en esta nueva entrega suya, que lleva como subtítulo: Cómo nos matamos para vivir más, disecciona todo lo que supone ese afán de perseverar en controlar la salud a cada instante, para desmontar todas esas manías infinitas de revisiones médicas, dietas de moda y castigo diario en gimnasios para vivir mucho más y mejor.

Nos dice su autora que nuestro sistema inmune está resuelto a combatir y protegernos de virus y bacterias. Pero la paradoja es que, aun así, a veces, el sistema inmune nos la juega y favorece el crecimiento y la diseminación de un tumor imprevisto. Una de las razones, nos explica, que tiene que ver con esta anomalía, la provocan las células “macrófagas”, que significan “grandes comedoras”. Por mucho que queramos y nos esforcemos, no todo lo que fluye bajo nuestra piel es susceptible de estar bajo control. El cuerpo-mente, leemos en la introducción del libro, es una confederación de partes: células, tejidos, patrones de pensamiento, incluso, que pueden querer actuar en provecho propio, signifique eso o no la destrucción del todo.

A todos nos gustaría vivir una vida más larga y saludable, la cuestión que se nos plantea en todo esto y que Ehrenreich destaca es “qué porción de nuestra existencia deberíamos dedicar a ese proyecto, habida cuenta de que todos, o al menos la mayoría de nosotros, a menudo tenemos cosas más importantes que hacer”. Ahí radica la importancia de este ensayo al igual que despejar esa ingrata carga de culparnos de nuestras enfermedades e, incluso, de nuestra propia muerte.

Está claro que no siempre somos responsables de nuestra propia salud y tampoco de nuestros destinos. Ni siquiera una medicación intensiva, o un sobrediagnóstico compulsivo nos dará garantía de prevenir cualquier fatalidad fortuita en nuestra salud. Somos una paradoja ambulante y azarosa, como esas células móviles, los macrófagos, de impredecible destino y de incierta armonía, lo que no quita a que, pese a tener alta nuestra esperanza de vida y buena salud, llegue el momento de que una de estas células comedoras decida por su cuenta ponerse del lado de un tumor invasivo.

He ido leyendo un capítulo cada día y he marcado a lápiz muchas de sus revelaciones. Causas naturales es un libro soberbio, escrito con increíble hondura ética y con transparencia, algo poco común en tantos tratados científicos que se publican, que viene a decirnos que la vida es sencillamente una enfermedad mortal, y pensar en eso nos hace más humanos y realistas. Llegar al final de su lectura ha hecho que me sienta de igual manera por toda su verdad expuesta, y que bien podría resumirse en que nada vivo es inmune al paso del tiempo, todo se malogra, antes o después.

No encuentro otra mejor manera de concluir mi reseña que tomar prestadas para tal fin las palabras que la propia autora dice al acabar su libro: “Sigo evitando la atención médica innecesaria y yendo al gimnasio... A parte de eso, como lo que me apetece y no me privo de mis vicios, desde la mantequilla hasta el vino. La vida es demasiado corta para renunciar a estos placeres, y sin ellos sería demasiado larga”. Lo comparto y recomiendo.


martes, 30 de octubre de 2018

Microbiología de la estupidez


Una de las observaciones que el historiador Carlo M. Cipolla dejó bien plasmada en su ensayo Las leyes fundamentales de la estupidez humana se refiere a subestimar el potencial nocivo que conlleva tratar o asociarse con individuos estúpidos, algo que parece difícil de evitar y, peor aún, casi imposible de eliminar de nuestras vidas.

La persona inteligente –dice Cipolla–, sabe que es inteligente. El malvado es consciente de que es un malvado. El incauto anda muy imbuido del sentido de su propia candidez. Pero el estúpido, al contrario que todos estos personajes, no sabe que es estúpido. Y ahí reside el mayor de sus peligros. Esto contribuye poderosamente a dar mayor ímpetu, incidencia y resultado a su inconsciencia devastadora.

Si nos fijamos en la portada del libro que ahora publica Ricardo Moreno Castillo (Madrid, 2018), titulado Breve tratado sobre la estupidez humana (Fórcola, 2018), vemos el famoso cuadro de El Bosco que lleva por título Extracción de la piedra de la locura, una alegoría burlesca y jocosa sobre la estupidez humana, en el que se plasma con suma intencionalidad su poder peligroso y maléfico. La temática del cuadro retrata la creencia de un antiguo dicho holandés que afirmaba que si una persona es estúpida se debe a que tiene incrustada una piedra en la cabeza.

Se supone que el propósito de tan extravagante operación no es otro que liberar a la persona de esa estupidez que se aloja en su cuerpo de manera tan ostensible y perversa. El embudo invertido que luce el cirujano en su cabeza, un grotesco capirote, nos indica lo inconsistente de su método científico. Hay también una crítica implícita a esa fe ciega de antaño en los curanderos, unida a un ataque al clero que se desentiende de la víctima, dejándole como único recurso un vago consuelo de confiar en dios todopoderoso.

Al igual que el cuadro simboliza no solo una farsa popular, sino un indiscutible fresco social que encarna esa proliferación histórica de tontos, necios e idiotas, en este tratado, Moreno Castillo, licenciado en matemáticas y doctor en filosofía, viene a presentarnos un trabajo ensayístico escrito con mucho desparpajo y perspicacia, cuyo título proclama ese maleficio abundante que, tanto antes, como ahora, nunca ha dejado de ser un agente activo y muy frecuente del que jamás hemos podido librarnos. Este librito se apoya en esa casuística histórica y lo hace desde un pensamiento crítico y argumentativo. La estupidez, nos viene a decir, es estruendosa y temeraria, y hasta más dañina que la maldad. El porcentaje de estúpidos se mantiene constante a lo largo de la historia, en gran medida por ese cúmulo de ideologías dedicadas a fomentar la estupidez: “Las ideologías sirven para disimular la ausencia de ideas, como las pelucas a los calvos”.

El libro en sí es un centón avispado por donde se enumeran muchas afirmaciones y citas bien ajustadas al caso, para sostener la afrenta que su autor lleva a cabo contra la estupidez, como por ejemplo esta de Girolamo Cardano, filósofo renacentista: “Ten presente ante todo que la estupidez consiste, enteramente o casi, en tener un concepto exagerado de sí mismo”. Y en esa misma línea, esta otra cita de Montaigne que viene a hacer hincapié en lo mismo: “Nadie está libre de decir estupideces, lo malo es decirlas con énfasis”.

A lo largo de todo este tratado en miniatura, Moreno Castillo, como anticipa en la introducción, pone en juego ese principio de Hanlon, según el cual no se debe atribuir a la maldad lo que pueda ser explicado por la estupidez. De ahí que el propio autor afirme que solo la estupidez se alista a otro orden contrario al entendimiento. “Si pudiéramos suprimir la maldad –dice–, el mundo sería un poco mejor. Pero si pudiéramos suprimir la estupidez, el mundo sería muchísimo mejor”. En otro lugar del libro incide en eso mismo, señalando que la imposibilidad de alcanzar una sociedad completamente justa no vendrá tanto por la maldad humana, como por la estupidez humana: “Si para Unamuno no hay tonto bueno, para Sócrates no hay inteligente malo”.

Decía Einstein que el universo y la estupidez son lo más expansivo que se conoce. Moreno Castillo propone en su epílogo, cuidando de no pasarse de listo, un recetario para combatir ese determinismo histórico expansivo de la estupidez, pese a que no confíe en el éxito de sus propuestas. Sin embargo, leer, leer y leer, según él, puede que sea el filón y el refugio necesarios para tener la mente despierta y la cabeza en su sitio: libros de toda índole, de ficción, de humor, de filosofía, de historia.

Este breve tratado es un alegato contra la estulticia, un ejercicio inteligente e incisivo para descifrar e interpretar su lado opuesto, el del conocimiento. Hay, por tanto, mucho de instrucción e inquietud en el mismo, que cobra rabiosa actualidad, y que su autor expone con mucha audacia y tino. Somos víctimas de la estupidez y convivimos con ella sin remedio.


miércoles, 24 de octubre de 2018

Ganarse otra vida


En estos días toda la prensa internacional destaca la marcha kilométrica de migrantes de países más al Sur que se adentra por México. Una columna de miles de personas, principalmente hondureños, avanza decididamente hacia Estados Unidos. Mujeres y niños encabezan la travesía, destacan los reporteros. Hay cansancio en sus rostros. Algunos no han comido desde hace días. Huyen del desamparo que les provoca el caos que arrasa a sus países. No les importa lo que dejaron tras de sí. Saben que vivir es perder cosas, pero su indignación y desesperación les empujan a buscar una salida, a mantener encendida, aunque no se den las mejores condiciones, la antorcha de la esperanza.

El nuevo libro de Juan Pablo Villalobos (Guadalajara, México, 1973) retrata, a la vez que denuncia, la actualidad de Centroamérica con esa travesía angustiosa que muchos niños afrontan para alcanzar las tierras americanas del norte en busca de sus padres, que ya lograron poner pie al otro lado de la frontera mexicana, y les esperan. En ese viaje de los niños centroamericanos a Estados Unidos, Villalobos escribe un puñado de historias sobre ese sueño, bajo la perspectiva desnuda del reportero, consciente de que la realidad no solo es lo que es, sino también el modo en que sus protagonistas la miran, la viven y la cuentan. Y es sabido que el modo de oír y de contar las cosas ajenas puede llegar a helar nuestras acomodadas conciencias. La realidad de estos niños que aquí toman la palabra nos conmueven y llegan hasta avergonzarnos de nuestra condición humana.

Yo tuve un sueño (Anagrama, 2018) es un título sacado de aquella mítica frase que Martin Luther King pronunció en 1963 en su memorable discurso sobre la igualdad racial. Medio siglo después, Villalobos la rescata para su libro, porque lo que nos cuentan sus protagonistas, niños entre diez y diecisiete años, procedentes de Guatemala, El Salvador y Honduras, tiene mucho que ver con esa aspiración, con esa esperanza de alcanzar los sueños que cada uno de ellos lleva dentro, sin importarles los peligros que tendrán que sortear por el paso fronterizo entre México y EE.UU.

Tal vez, tenga mucha razón el cineasta italiano Nanni Moretti cuando confesó en una entrevista aquella frase tan luminosa de que “una infancia pobre es una riqueza que dura toda la vida”. En este libro de Villalobos, las criaturas que transitan por sus crónicas son también pobres e inocentes que, pese a su precariedad, mantienen con orgullo su procedencia y su fe en alcanzar su tesoro más anhelado, reunirse con los suyos, sentirse en familia.

Solo si la prosa de un escrito logra tener vida, nervio y sangre, un entusiasmo, diríamos, dicho escrito puede llegar a seducir al lector y que sienta esa vida, esa garra y esa sangre tan propias de una buena crónica. El escritor de no ficción se faja en contar los hechos vívidos de seres reales, sin poder acudir a la libertad que permiten los libros de ficción. Los testimonios que se recogen en estas historias tienen esa fuerza reveladora de verdad y vida, de eficacia aterradora, gracias a ese lenguaje directo, sin viruta, que pone su autor en el texto haciéndose invisible, para que sean los niños quienes hablen con su propia voz.

En una de ellas, quizá de las más intensas y emotivas, titulada El otro lado es el otro lado, se resume con minucioso detalle el clima de inseguridad y violencia que viven los habitantes más vulnerables de la región. Es el testimonio de un chico salvadoreño, de apenas catorce años, que regresa de la escuela por una de las calles de su ciudad, cargado con su mochila y entretenido por el camino con una bolsa de patatas fritas. Va comiendo a paso tranquilo, es gordito y hace calor, Viene ya con los deberes hechos de casa de un amigo. Al poco, le sale al paso un miembro de la Mara Salvatrucha, una de las bandas de jóvenes que controlan los barrios de Honduras, El Salvador y Guatemala, y le acusa de haber pisado aquella parte de la ciudad custodiada por la pandilla enemiga, la de Los Mierdas. Ambos saben que cruzar esa línea es estar dispuesto a recibir una paliza o un balazo, sin más. El chico le dice que viene de casa de un compañero de clase y que conoce al Yoni, uno de los jefecillos de la mara de esta zona, y proceden a comprobarlo. El Yoni lo confirma al tiempo que recibe un chivatazo de que la policía le anda buscando. Tras colgar el teléfono, le obliga a que lleve un paquete en su mochila y emplaza al pandillero a que acompañe al niño a su casa y vaya después de unos días a rescatar el contenido de la bolsa. Cuando regresa a casa del gordito, descubre que este ha huido a Estados Unidos y es su abuela la que le entrega el paquete sin cruzar ninguna palabra entre ellos.

En cada una de las piezas de este libro se concentra la vida palpitante de quien la cuenta, con su tono y vocabulario, como la que protagoniza la niña de Voy a dormir un ratito yo, una historia tremenda y conmovedora en la que cuenta cómo se las apaña en una celda abarrotada de indocumentados, sin hueco para sentarse, hasta la aparición de una desconocida que le ofrece su lugar para el descanso.

Parecen relatos, pero son crónicas. Parecen cuentos, pero son historias verdaderas de niños valientes. La clave está en cómo Villalobos trasciende esa lógica narrativa llevando al lector al lugar del otro que cuenta su vida, su desamparo, sus miedos y huida y, sobre todo, los vientos que lo empujan a ganarse la otra vida que merece. Un libro conmovedor e implacable, escrito con admirable pulso y nervio.

sábado, 20 de octubre de 2018

Deconstrucción


Bien es cierto que el término deconstrucción fue utilizado primero por Heidegger en su obra Ser y tiempo, hasta la llegada de Derrida que lo incorpora a su obra para abordarlo, no tanto en la medida de que se trata de la reducción a la nada, sino para mostrar cómo esta se ha abatido en el tiempo, en los significados de las etapas sucesivas de la experiencia, un planteamiento que también se mueve entre la negación y la afirmación de los signos.

La nueva novela de Isaac Rosa (Sevilla, 1974) parece concebida bajo esta subversiva envoltura retórica. Nos cuenta una ruptura amorosa, la descomposición de una pareja partiendo de un relato que comienza por el epílogo y termina con el prólogo, ensamblados por capítulos que van de atrás hacia delante. Sus dos protagonistas alternan la tensión de sus monólogos bajo la compostura racional de ese ego desvalido que ambos exhiben, sin poder evadirse de esa verdad universal acerca de la vida en pareja: ninguno de ellos puede cubrir la parcela del otro.

Cada pareja, cuando se enamora y se frecuenta y convive y se ama es única. Llegan a tener su propio lenguaje que solo pertenece a ellos dos. Ese habla propio e íntimo está poblado de inflexiones y sobreentendidos que incumben solamente a dos hablantes y que invalidan la inclusión de alguien ajeno a su vida en común. Pero cuando llega el momento en el que aparecen las desavenencias en una pareja, ninguno de los dos tiene en su mano la forma de evitar el riesgo de que esa feliz convivencia se acabe, porque todo amor humano implica siempre la exposición absoluta al otro, y nunca excluye la posibilidad de su apartamiento y desaparición. Y cuando llega la separación también muere ese idioma creado al uso del amor, ya que ha dejado de tener sentido.

En Feliz final (Seix Barra, 2018) Rosa aborda la volatilidad del amor, los errores de cálculo, su trasiego y desafío constante a través del relato confesional de Antonio y Ángela, padres de dos hijas a los que no les importa narrar su naufragio. Cada uno a su manera, constata que una ruptura es una brecha dolorosa y lleva su tiempo de desafectos, pero también una posibilidad de fuga. Cada uno de ellos examina al otro, hurga en sus discrepancias y engaños. Los dos hablan también del amor que se prometieron, de su admiración mutua, del placer de sus encuentros y de las esperanzas que se dieron: “Nosotros íbamos a envejecer juntos”, dice él en el epílogo, y lo mismo dice ella en el prólogo, sin predicarlo hacia afuera, por la sencilla razón de que esa aspiración se convirtiera con el tiempo al final en irrisoria y mezquina.

Hablar con agallas de la derrota es una necesidad fundamental de todo ser humano. Ahora, desmantelados del hogar común, después de trece años de amor y de sueños rotos, solo les queda recopilar justificaciones que ya no les valdrá para rearmarse como pareja. Ella dice que “enamorarse es acumular nostalgia para el futuro”. Él, en cambio, más teatral, sostiene que “enamorarse es construir un personaje”. En la suma de ambas apreciaciones encontramos su verdadera relectura, su reajuste y el confinamiento al que han llegado.

Tal vez, como dice Alain Botton, el matrimonio sea un poco como una sábana que nunca se llega a extender a la perfección: cuando conseguimos alisar un lado nos encontramos con más arrugas y pliegues en el otro. Aquí, en la novela de Rosa se llega a más. Nos muestra la piel que tapa esas sábanas, su carnalidad y deterioro, “su combustión acelerada”, pero con un contrapunto luminoso que resume muy bien el significado de liquidación del amor: “la pérdida de un relato común”.

En el amor, el final ni se espera ni se desea, aunque venga precedido de un desgaste del estado de bienestar que lo nutre y que parecía que nunca se iba a consumir. Solo el desamor rotundo anhela la llegada de un final liberador, pero no es fácil gestionar los meandros que llevan el curso de una ruptura. Feliz final afronta ese conflicto originado por la fractura de una relación matrimonial, un relato a dos voces, la de un hombre y una mujer que, como tantos otros, se enamoraron, vivieron una ilusión, tuvieron hijos, y sostuvieron un proyecto hasta que llegaron los problemas: silencio, celos, dudas, precariedad, que avivaron el desencanto, el apagón sentimental y su finiquito.

Todos leemos desde una inevitable conciencia y credo, y aunque queramos desvincularnos de estos principios cuando se trata de literatura, no es fácil escapar de ellos si lo que estamos leyendo se involucra tanto en hechos que conciernen a nuestras vidas. Entonces se complica la objetividad de lo leído escurriéndose hacia los sentimientos y experiencias personales. Este libro concita a ese sentir, porque es posible, como se destaca en su contraportada, que el amor sea un lujo que no siempre podamos permitirnos tan gratuitamente como habíamos pensado.