martes, 4 de diciembre de 2018

Cuando la historia era presente


En literatura es fundamental el punto de vista que se adopte a la hora de acometer una obra. Uno se puede ir acercando más y más a la realidad, pero nunca puede acercarse lo suficiente, porque la realidad es una sucesión infinita de pasos, de niveles de percepción, de circunstancias y de falsas apariencias, y por ende, inextinguible, inalcanzable en todo su ámbito.

Cuando nos acercamos a la lectura de narraciones que abordan la violencia en el conflicto vasco nos arriesgamos a posicionarnos porque el tema nos toca de cerca, nos afecta, nos sobresalta, no nos deja indiferentes. Dice la escritora Edurne Portela que ser lector de ese tipo de libros, si nos toca profundamente, nos hace en definitiva vulnerables. Y añade que “es desde esa vulnerabilidad donde tal vez podamos entender la vulnerabilidad del otro, mirarle a los ojos, y verlo”.

Iban Zaldua (San Sebastián, 1966), escritor y profesor de Historia en la Universidad del País Vasco ha conformado la mayor parte de su obra narrativa en torno a la complejidad de la violencia en ese conflicto al que él denomina “la cosa”, como así ha quedado reflejado en los cuentos de Mentiras, mentiras, mentiras (2000), La isla de los antropólogos y otros relatos (2002), Itzalak (2004), Etarkizuna (2005), Biodiskografiak (2011), y también, cómo no, en sus novelas Si Sabino viviría (2005) y La patria de todos los vascos (2009).

El nuevo libro que acaba de publicarse bajo el título Como si todo hubiera pasado (Galaxia Gutenberg, 2018) recoge cuarenta y dos relatos escritos entre 1999 y 2018 extraídos de sus obras anteriores y de su último libro de cuentos publicados en euskera este mismo año, muchos de ellos inéditos en castellano. Todos abordan historias de un período extenso y muy convulso de violencia y radicalización en Euskadi, y cada uno de ellos escrito desde una mirada y una situación distintas. Y es esa perspectiva, con los diversos puntos de vista, precisamente, desde donde toma relevancia su literatura. Lo que se permite Zaldua con sus relatos es posibilitarse una mirada multiforme, o lo que es lo mismo, hacerlo desde un caleidoscopio para ocuparse de la realidad y sus matices: la multiplicidad de visiones. Es a ese nivel cuando, según él, la literatura puede tener algo que decir de una manera más ajustada y menos bifronte.

Los relatos de Zaldua deben su vitalidad a la presentación sin dramatismo de cada una de las piezas que recorren el texto de principio a fin y, cómo no, a las perspectivas y singularidad de los personajes que aparecen en cada una de las situaciones que, pese a lo anómalo del contexto, se muestran con un cierto aire de normalidad, por absurdo que parezca, más próxima a la realidad cotidiana que a cualquier otro escenario melodramático que pruebe la tensión política y la dimensión trágica del conflicto: puede ser un miembro de un comando interrogado por la policía, una ama de casa que escribe cartas a su hija encarcelada, un ertzaina infiltrado en un centro de enseñanza de euskera, un simple ciudadano de a pie que acude a una manifestación contra el terrorismo, una empleada de una empresa de trabajo temporal obligada a limpiar la oficina de los ataques constantes de encapuchados, dos amigos de toda la vida con secretos y discrepancias políticas, un secuestrador y su víctima hablando de sus gustos musicales en una animada conversación, o el fantasma reincidente de una chica que se le aparece al narrador en diferentes conciertos en el Velódromo de Anoeta.

En Como si todo hubiera pasado el lector encontrará un amplio despliegue narrativo donde el sentimiento de sus protagonistas, evocado por los mismos fantasmas del miedo y de la violencia, enmudece ante tanto ruido orquestado y consentido. El silencio personal y colectivo discurre transversalmente por cada una de sus piezas, está presente en la oficina de trabajo, en el dormitorio de la casa, en las aceras de las calles o en la mesa de un bar, agazapado, y posee una capacidad espantosa para aclimatar el ambiente. Zaldua pone voz y volumen ajustados a esa implacable realidad, para que la desmemoria no se incruste en ese silencio tan rotundo, sino que la memoria selectiva de sus relatos repare en ello y trascienda.

Este es un libro que condensa un terrible y triste periodo de nuestra historia reciente, un buen puñado de relatos que nos acercan a la realidad vivida por sus protagonistas, escritos con pulso contenido, bajo ese tono irónico y distante que hace que la escritura sea más porosa y reveladora. Cada historia que se cuenta merece su atención particular y el autor, que es consciente de que la literatura no está concebida para entender los hechos históricos, sino para traducir su densidad y los matices de la realidad y la verdad que se posan en el tiempo, pone voz a una amplia selección de personajes para que encarnen sus propias vivencias.

Esta es una ocasión para el lector, subraya Edurne Portela en el estupendo prólogo del libro, de aproximarnos a aquellos años difíciles, como “ejercicio de memoria”, y acercarnos a lo que ha supuesto vivir en Esuskadi en un escenario tan complejo y complicado. Los cuentos de Iban Zaldua revelan esa realidad, su ambiente, la atmósfera de aquellos tiempos, sus esquirlas y el lenguaje íntimo de tanta gente achantada por no decir lo que se sabía, contándolo con imaginación, naturalidad y pericia.


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