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martes, 13 de mayo de 2025

Relatos pasmosos


Verdaderamente no me imagino qué sería del hombre si no tuviera dentro de sí, escondidos, superpuestos, sumergidos, adyacentes, provisionales, inquisitivos, a otros muchos yoes que no solo no sustituyen o destruyen su personalidad, sino que la constituyen al ampliarla, repetirla y hacerla posible de adaptación a las más variadas circunstancias de la vida. No cabe duda de que quien escribe se lee únicamente él, pero al hacerlo seguramente se siente desdoblado, acompañado y examinado, incurriendo en contradicciones, como le ocurre al propio lector que oye mientras lee sorprendido las respuestas que surgen de su profundidad más íntima, de esa zona de uno mismo de la cual no tomaba conciencia, y estaba ahí pendiente de ser reconocida.

Parece como si la lectura de Pústulas (Talentura, 2025), de Raúl Ariza (Benicàssim, Castellón, 1968) me hubiese sacudido en esa tesitura descrita más arriba mostrándome que la vida es un relato incierto de constante insistir, de múltiples facetas suspendidas en un argumento en el que los desenlaces vienen de algún otro yo recóndito que nos conforma. Porque, ciertamente, las historias que transitan por aquí están protagonizadas por seres desdoblados de su apariencia, responsables de los nudos por deshacer y por hacer en el presente desatado de sus vidas. Diría que, entre los planteamientos y desenlaces que cada relato plantea, hay un amplio espectro de presagios y quebrantos que salen a la superficie como una tajada en el tiempo. El lector se verá llevado hacia un vertiginoso catálogo de cuentos ácidos y, por qué no, pasmosos.

Ariza plantea doce relatos feroces y duros asomándose a muchas ventanas que dan a diferentes mundos de la condición humana. Por sus resquicios surgen historias ungidas de realidad y de un imaginario nada complaciente. Hay cuentos que hablan muy fuerte, y otros, en cambio, que bajan la voz y perturban por igual. Cada uno saca a la luz las intenciones y los motivos que sus protagonistas quisieron llevar a cabo: su mundo, su honra, su controversia, su conciencia o venganza. Todos, a su manera, reflejan también su campo de transformaciones, su laboratorio desde donde la realidad configura su molde de misterio, de conciencia, de lenguaje y de voluntad. En la misma medida, bajo ese mismo manto de extrañezas, se esconde igualmente la conflictividad existencial de sus personajes y la desazón que rodea a sus vidas.

En el primero de ellos, titulado En el nombre del padre, uno de los más destacados, nos encontramos con un relato demoledor de un padre postrado en un hospital. Un hijo le acompaña en sus últimas horas, mientras el pasado ronda por la habitación reviviendo lo que aquel maltratador y canalla, ahora de cuerpo ajado y maltrecho, hacía de su vida personal y familiar: arrebatarles a todos el bienestar del hogar. Le sigue Aquellos zapatos, una historia de mal de amores en la que una joven lucha por superar un amor imposible que le acaba de abandonar. La joven desvalida solo sobrevive a su desazón a través de versos trastabillados que le sacuden de su fatal destino. En el siguiente relato, narrado desde una comandancia policial, quedamos aturdidos por esta historia de francotiradores protagonizada por un anciano que tiene que dar cuenta de cómo mató a bocajarro a su compañera.

No parece que la buena literatura case bien con la inquina de quien se aprovecha de la candidez de alguien que se deja seducir, tal vez, pensando, que se le presenta una ocasión propicia para el lanzamiento de su libro. Es eso, precisamente, lo que encontramos En Verso a verso, una historia mezquina en la que una aspirante a poeta sucumbe a la manipulación de su mentor. En otro cuento de título sugerente, Poesía caníbal, somos testigos de una conmoción sentimental que muestra cómo su protagonista se las tiene que apañar, pese a la presencia impertinente y amenazadora de su madre que interfiere en sus andanzas amorosas, una y otra vez. También encontramos mucho humor en algún que otro cuento, incluso momentos de cortar y subirse a otro tren de vida, como sucede en La hora imprevista, o, en otro de los relatos más intensos e implacables del libro, La vida desde mi ventana, hallar un lugar para recobrar el ánimo perdido.


Llegados ya al final del libro, diría que Raúl Ariza urde, con brillante eficacia, una trama variada y singular por la que confluyen sus hilos narrativos en un nudo final del que suelen quedar destellos turbadores y silencios con los que el lector tendrá que jugar durante un tiempo a engarzarlos y a ahondar en las capas de su piel. En estos cuentos, el pulso narrativo y el tono se relacionan con el punto de vista desde el cual el autor cuenta la historia y, aunque en algún caso nos increpe con un adjetivo pretencioso, el resultado es que su estética narrativa reluce y conforma un imaginario, eso sí, de enfoque crudo e infame, en el que se encarnan vivencias de unos personajes que proyectan ese sesgo escogido de asuntos ajenos que nos hace pensar como si fueran pesadillas nuestras.

viernes, 4 de abril de 2025

La espera de lo inesperado


En el microcosmo de San Cayetano, territorio del imaginario de la escritora
Maite Núñez (Barcelona, 1966), ocurren historias insólitas y mundanas de las que está impregnada la existencia entera de un barrio. Por este espacio merodean los sentimientos de angustia y desacato que empujan a sus protagonistas a enfrentarse al conformismo de lo que acontece en sus vidas, con la esperanza de querer ver y llegar más lejos, de tratar de comprender en profundidad lo que les rodea para engrandecer su espíritu. En cada una de sus historias sus protagonistas no se dejan confundir por los rigores y las crudezas de la vida. Sus vivencias se entrecruzan al propio tiempo que agudizan el oído. Cada relato posee la ternura de la receptividad en un intento de encontrar un asidero, un rumbo.

En su anterior libro de relatos, Todo lo que ya no íbamos a necesitar (2017), el drama de sus protagonistas andaba sacudido por las pérdidas y contrariedades sobrevenidas, por las desesperanzas, las incertidumbres y los miedos, con la intención de relegar todo a un segundo plano. Ahora, en cambio, los doce relatos reunidos en Esta espera que lo envenena todo (Editorial Base, 2025) percuten en la esperanza, apuestan por las posibilidades que toda espera vincula y, a su vez, une con la proximidad y con el trato de lo que nos importa. Sin embargo, esperar también les irrita, es una lata, pero es consustancial a las historias que aquí se narran, y a ella se atienen igualmente muchos de sus protagonistas. La espera, para ellos, también genera calor y frío interior.

El libro pone en valor esa idea de Albert Camus de que «vivir no es resignarse». Por eso mismo, todas las citas preliminares del mismo resaltan el valor de la esperanza, como estas palabras de Ovidio Paredes: «La vida es una continua espera»; estas otras de Pizarnik: «De esto moriré, de espera oxidada, de polvo aguardador»; o estas, tan resolutivas que también cita la autora de Javier Marías: «Y lo que me hace levantarme por las mañanas sigue siendo la espera de lo que está por llegar y no se anuncia, es la espera de lo inesperado...» Y así, entrando en las entrañas del primero de los relatos, Si todo va bien, nos encontramos con una súbita estridencia en el hogar ocasionada por el aleteo de un pájaro en la campana de la cocina, una anomalía que llega a alterar el orden establecido en sus quehaceres del cuidado de la casa.

Núñez nos da pie a resaltar que lo que importa en la escritura no son las palabras, sino lo que hay entre ellas, lo que sacude, como vemos en el segundo de sus relatos, una historia en la que la muerte de una paciente en el hospital convierte el suceso en un diálogo de dos enfermeras en prácticas que sacan a la luz los sentimientos que una de ellas muestra sobre el desaliento de estar sola en la vida ante la muerte y después de la muerte, y también sale a la luz cómo los objetos cuando se nombran nos cuentan historias de los que están y de los que se van para siempre. No le importa a Núñez apartarse de la imaginación para ver algo más en sus personajes extraídos de la propia vida cotidiana, consciente de que las cosas que surgen de allí mismo son siempre más de lo que son cuando solo aparecen como son.

Las esperas que por aquí transitan son el fermento de la vida de cualquiera, desde el azar al desconcierto, desde lo repentino a lo indecible. Es lo que transcurre por ¿A quién se lo vas a contar?, una historia en la que se aviva lo que los hijos, a veces, son capaces de desarmar el alma de los padres. En este relato conmovedor, una madre aterida por el informe médico recibido sobre su estado de salud, tiene que acudir ese mismo día, con su acuciante diagnóstico, a la tutoría del colegio de su hijo de seis años, por un asunto de comportamiento, y sin tener a nadie a quien contárselo. En Baratijas, en cambio, nos encontramos con un historia de esperanza más íntima, un cuento breve en el que el amor se perpetua entre el desconcierto del abandono y el paso del tiempo.


Hay más cuentos de amor no correspondidos, como el de Amuleto, que aborda la inconsistencia de llenar el vacío de lo que no se puede llenar. La esperanza, como certeza de algo, tiene sentido, al margen de cómo salga luego aparece en Calor de hogar, que cuenta la historia de un hombre acabado que se revuelve para sostener su empleo de vendedor inmobiliario, sin poder desligarse de sus demonios tanto del pasado como los del momento en el que vive. Llegamos, finalmente, al relato que cierra el libro para asistir al verdadero escenario de la existencia y asumir las derrotas cuando ya está todo perdido, sin ser un derrotista. Pero un milagro, como el título del cuento, no estaría mal que ocurriera.

Esta espera que lo envenena todo es un emotivo ahondamiento en la indagación del vértigo y la fragilidad de la cotidianidad de vivir por medio de un buen ramillete de relatos que expresan, cada uno a su manera, las contingencias visibles e invisibles de vidas sencillas y apuradas. El resultado es un volumen conmovedor y muy bien urdido, un vislumbre narrativo en el que todas las piezas encajan y se entrelazan alrededor del valor de la espera y de lo inesperado, auténtico leitmotiv del libro, dejando ver que el arrebato de vivir siempre es más amplio que la espera de nada.

jueves, 6 de marzo de 2025

Subsistir


Le atrae a Pilar Adón retar al lector de sus relatos a romper sus convenciones y para tal fin le interesa escribir con cuidadosa lupa que tome nota del detalle o del pequeño gesto, de tal manera que tengan cabida en sus historias esas pequeñas anécdotas y mínimos detalles para que aparezcan reflejos y resonancias de asuntos más grandes para que generen imágenes vívidas en la mente del lector más allá de la realidad. Para ella, el secreto de todo es ser capaz de convertir ese primer embrión en una historia que sea perceptible, visible, que alcance esa necesidad de experimentar y comprender algo que el lector, en su subconsciente, le demanda. De este empeño no se aparta Adón para que sus cuentos se vuelvan plásticos, vivos, y a la vez simbólicos, sin olvidarse de que para conseguirlo hay que tener en cuenta ese lado insospechado, no solo de lo extraordinario, sino también de los sucesos corrientes, los objetos humildes, los gestos cotidianos y el tiempo suspendido.

Todos estos atisbos y convicciones conforman el trasunto de los dieciocho relatos de Las iras (Galaxia Gutenberg, 2025), un volumen en el que sus personajes femeninos, niñas y jóvenes, son seres atrapados en busca de una libertad acuciada por la conciencia abrumada de cargar con un horrible secreto y una culpa insondable. Pero aquí el extrañamiento de sus criaturas también se manifiesta a través de ese mundo turbador que las atrapa. Lo importante para la escritora es reflejar la inquietud, su ritmo y ambigüedad, y las circunstancias difíciles por las que atraviesan sus personajes. Porque de lo que se trata es de la supervivencia de cada uno de ellos, de ponerle voz a personas atrapadas en una existencia inquietante, y de permitirle modular sus miedos y sus anhelos, sus arrebatos y sus angustias, buscando zafarse de ellos, como así refleja en el primero de los relatos su protagonista: “Intento repetirme que no hay de qué preocuparse, que lo que sucede ahora no es lo que va a suceder siempre, pero no me resulta fácil estar aquí”.

Estos cuentos de Adón proponen, además, una mirada distante de la realidad, porque no todo lo que ocurre alrededor de la vida visible de sus personajes es visible, ni está presente, ni acaso se explique con la única ayuda del sentido común. En Las iras están palpables los temas que tienen prioridad en su universo literario. Me refiero al aislamiento, a lo singular y, desde luego, a lo espiritual por encima de lo corporal o físico, sin olvidarse de que sus personajes andan inmersos en la naturaleza, más allá del mero jardín hogareño. La inquietud no se aparta en la forma de cómo está conformada cada historia, en concordancia con la propia edad de sus protagonistas, seres nada conformistas que aspiran a ser únicos y que, a su vez, anhelan ser queridos y aceptados: “Todos necesitamos pensar que los demás nos quieren, que nos miran con los ojos del cariño”, como sostiene la narradora del relato Empieza dulce mundo.

En la misma medida, se esconde, igualmente, la conflictividad existencial de quienes transitan por estas historias, así como de la incertidumbre y el miedo inquietante que habilita su presencia. Todo este encomio perdura a lo largo del libro en las diferentes historias que van surgiendo. Nada queda indiferente, más bien inalcanzable, de difícil aprehensión en muchos casos, haciendo hincapié en la mirada curiosa y ávida tan propia del alma femenina, como deja ver las palabras de la narradora de Roca blanca, fondo azul: “Lo primero que hace una mujer cuando llega a una tierra que es suya pero no lo ha sido hasta entonces es medirla... Hacerla suya con la certeza de que lo será para siempre... Aunque la abandone... Y no porque sea una idealista o una arrogante, sino porque es necesario. Lo hace para conocerla y asimilarla”.

Se nos antoja afirmar que el territorio literario es un campo de transformaciones, un laboratorio desde donde la realidad se configura en moldes de misterio, de conciencia y de lenguaje. El agente capaz de llevar a cabo estas transformaciones es la palabra, el orden de su disposición y, desde luego, su inventiva. Y en esa voluntad se conjura todo el discurrir de estos cuentos de Pilar Adón, una escritora que cuenta con una imaginación sutil conformada de tiempo e inventivas. La intervención del tiempo no es gratuita, la hace necesaria y fundamental. El tiempo es el motor que vuelve operativo al mito de sus relatos, el que contribuye a resaltar y reinventar su misterio. Es la dimensión que apela a contar la realidad del mundo de quienes las llevan a cabo, sus rarezas y sus abismos.


La literatura de Pilar Adón está apartada del realismo de lo más cercano, se adentra en ese mundo que le interesa tanto a la propia escritora, esto es, el de la fantasía y lo simbólico, el de la imaginación. Sus personajes se parecen más a muchos de los antiguos cuentos: abandona la protección del hogar para internarse en las sombras, en sus entresijos, pero sin la protección de la magia, sin príncipes ni duendes que los amparen, sin mediadores que vengan a salvarlos de su encierro. En sus historias destaca su relación con la madre Naturaleza tan poderosa y causal. Lo que sorprende más es ver cómo las mujeres que protagonizan estas incursiones sean frágiles y vulnerables, sensibles y valientes, sin miedo a arrojarse desde su propio desamparo a la búsqueda de la verdad, sin garantía de encontrarla.

En suma, diría que los encierros y redenciones que andan sueltos en este estupendo libro, de mucho tono lírico y atmósfera hipnótica, se sitúan en un contexto con aire de extrañamiento, un mundo inquietante en el que sus protagonistas entran en conflicto con la exigencia de vivir, más con ellos mismos que con los demás, todos en busca de consuelo y de una una subsistencia libre de ataduras.

martes, 28 de enero de 2025

Un coro de voces


Estoy de acuerdo con los que dicen que los lectores debemos apelar a hacer lecturas más horizontales y menos verticales. Conviene, por eso mismo, tener precaución con esa jerarquía atronadora y autoritaria marcada por el canon literario. La lectura constituye una tarea de largo recorrido, lo suficientemente lenta como para atreverse y dejarse persuadir por la propia intuición. Tal vez sean los libros los que deban revelarse por sí mismos a nuestra ingente curiosidad. Al menos, yo no me aparto de que así suceda. El hallazgo forma parte de mi condición lectora, el mismo que ha permitido acercarme a autores desconocidos, escritores y escritoras que me han dejado señuelos y regusto literarios suficientes para seguir probando suerte, sabiendo que uno no quiere perderse el placer de leer otros libros, otras historias de alguien que anteriormente le encandiló sobremanera.

Por eso mismo, vuelvo confabulado a Emma Prieto, escritora que hace unos años me dejó perplejo con su libro de relatos Mecánica terrestre (2021), cuentos breves e intensos que me hablaron con palabras sencillas, pero hondas, sobre el reverso de la vida y la complicada suerte de compartir destino con los demás y con las cosas del mundo. Vuelvo, como digo, a una manera de escribir que, aparte de la invención, por debajo de lo que cuenta, hay ritmos ante los que la memoria, la imaginación y las palabras se ponen en marcha, como diría Úrsula K. Le Guin. En esa tarea se afana su escritura, impulsando ese ritmo para poner en marcha la memoria y la imaginación hasta encontrar su decir. En Días de luces y cactus (Eolas, 2024), su nuevo libro de relatos, comparte esa misma aspiración y dinámica, poniendo su enfoque en historias que transitan entre lo introspectivo y el mundo exterior, entre lo cotidiano y lo singular, con ese toque lírico tan característico suyo, pero que huye de cualquier estridencia.

Cada pieza posee su trayectoria narrativa, su forma de entendérselas con el lector, pero su fraseo, sus palabras siguen un ritmo subyugante común que armoniza el conjunto. Estos Días de luces y cactus conforman un buen puñado de historias que tratan de un sinfín de situaciones, cada una con su entresijo particular. En Islas a punto de hundirse, el primero de sus relatos, nos encontramos con la historia conmovedora y desasosegaste ante una niña de trece años que sale de su casa en busca de una aventura incierta con un hombre mayor; es también la historia de unos padres hundidos con su desaparición que buscan agarres ante la adversidad que les sobrevino: “Cada uno mastica su dolor”, por separado. En el siguiente, bajo el título de La fragilidad de las metáforas, somos testigos de la fragilidad de las parejas: “el amor flirtea con el abandono”, nos dice el narrador. Aficionarse a los cactus no es una solución en ese desierto sentimental que aquí se cuenta, pero tal vez un empeño de compañía y de afinidad.

Ternura y crueldad alternan en la mayoría de estos relatos, como la vida misma, a veces iluminan y otras pinchan hasta herir, como nos deja ver la narradora de El lento fluir de la sangre, que pasa por un momento inestable y extraño. Lo pasa mal lo mismo cuando tiene que definir algo como cuando tiene que sacarse sangre. Siente que todo se repite: el mundo, la vida y los días. Siente que “todos somos peregrinos en busca de consuelo”. En otro cuento, una mujer escribe recordando su niñez cuando jugaba con su hermano con los soldados. “Dónde encontrar los descampados de la infancia?, se preguntaba Agota Kristof, citada en el epígrafe del relato. Escribe, sobre todo, porque para ella es una forma de resistir. Escribe sabiendo que dudar forma parte del proceso de escritura, de poner el punto final de lo que se quiere contar. El relato que continúa, Brad, pone en entredicho lo difícil que es saber que lo que le ocurre a alguien, aunque sea una estafa, no proviene de una necesidad de sentirse tenido en cuenta.

A lo largo de los diecisiete relatos la invención y la realidad se entremeten y comparten epifanías y quehaceres, como la de una madre que supervisa el relato que su hijo tiene de tarea escolar, o la de las consecuencias de un accidente doméstico en una mujer que hace que bajo un casco protector discurra su mundo. En Maneras de quedarse, una educadora social de esos barrios marginales de miseria y droga nos cuenta la vida torcida de un joven y su fatal desenlace. Evoca su figura para ensalzar lo importante que es poner música al desgarro de la propia vida. Hay lugar también para aproximarnos a un relato fantástico cuyo protagonista es el mar. El mar, que todo lo invade se hace presente como génesis de todo, de la vida y de su suerte. Hay cabida, igualmente, para dar protagonismo a un repartidor a domicilio y encontrar consuelo en compañía de una langosta, como también resquicio para unos sopladores de hojas, en uno de los relatos más tremendo, perverso y vengativo, como es el de La generosidad necesaria, con su sentencioso final: “No deja de ser un consuelo que al menos al final existiera un poco de brillo en algún lado”.

No me olvido de Criaturas marinas, un microrrelato lírico que toca el alma del narrador que lee de soslayo en el asiento del vagón lo que escribe en el móvil aquella mujer, mejor dicho, aquella sirena mientras viaja en el metro. Ni tampoco me olvido de Geometría de hospital, una pieza emotiva en la que tropezamos con una cuidadora que encuentra un móvil abandonado en el pasillo de una planta del hospital y del que se vale para comunicarse con diferentes personas del planeta. Estas llamadas tienen una repercusión favorable en la salud del enfermo al que presta sus cuidados. Llegamos a Zona de expurgo, el último de los relatos del libro, un cuento diferente al resto, un relato patchwork, dice la narradora, que no es otra cosa que voces que se alzan. Quizá, el texto más filosófico y enigmático de todos, donde la creación literaria se funde con lo leído, con el latido e impulso de escribir.


En suma, Emma Prieto firma un estupendo libro, un conjunto de historias reveladoras en las que la brevedad de su confección reclama una mirada serena para acaparar sus variados entresijos y poder destilar la esencia concentrada de sus líneas. En Días de luces y cactus hay un mundo de sobriedad y contención que oscila entre lo complejo y lo básico y viceversa, como una revuelta urdida entre lo sencillo y el embrollo de vivir. Este es un libro de seres apasionantes e inconformistas que exudan algo profundo y revelador, que nos llegan de la mano de una escritora de oficio admirable y sin límite para observar e interrogar la experiencia de vivir, por medio de un coro de voces que refieren lo que hay de mágico y misterioso en el mundo tal y como es y que se nos muestra entre el azar y el orden que lo conforma. Un libro gozoso que logra emocionarnos, un libro que destaca el buen hacer de una escritora que apetece seguir teniendo en cuenta.

miércoles, 11 de diciembre de 2024

Conexiones y apeaderos


Muchas veces llegamos a los libros de manera inopinada. En general, no contamos con alguien que nos lleve de la mano, lo hacemos, simplemente, porque nos salen al paso. Como dice Gustavo Martín Garzo, en eso consiste leer, en llegar inesperadamente a un lugar nuevo: “un lugar que, como una isla perdida, no sabíamos que pudiera existir, y en el que tampoco podemos prever lo que nos aguarda. Un lugar en el que debemos entrar en silencio, con los ojos bien abiertos, como suelen hacer los niños cuando se adentran en una casa abandonada”. Pertenecemos a la única especie que explica las cosas del mundo con historias. Por eso mismo leemos, porque andamos necesitados de historias que despierten nuestras emociones. Somos seres entretejidos de relatos, de pasajes fragmentarios y accidentados con conexiones y apeaderos que nos unen y acercan a los demás, que nos hacen pensar.

Llegué a descubrir a Pedro Ugarte (Bilbao, 1963) hace ya más de diez años, bajo este mismo denominador común expresado más arriba, referido a los libros que salen a nuestro paso de manera azarosa. Lo conté en su día en esta misma bitácora de lecturas. Viajaba en el Alvia a Madrid para asistir a la Feria del libro. En el trayecto, mientras alternaba la lectura de un libro con la prensa del día, recuerdo que me ajusté los auriculares que ofrece el servicio del tren para cambiar de actividad en el momento justo en el que en uno de los canales se emitía un relato suyo que me sobrecogió sobremanera durante unos minutos. Recuerdo el título: Mañana será otro día, una historia inquietante en los límites de una tragedia doméstica, donde el frágil equilibrio de una pareja se pone a prueba con la presencia de un huésped que no tiene intenciones de marcharse del apartamento donde ocurren los hechos. Me gustó tanto que se convirtió en el inicio de una estancia lectora de su obra que no ha cesado desde entonces.

Cuando uno hace de la literatura su costumbre, es difícil apearse de los hábitos que impone. Y subrayo esto tras la lectura de Un lugar mejor (Páginas de Espuma, 2024), el nuevo libro de relatos de Ugarte, que parecía estar ahí esperándome tras su reciente publicación, construidos desde la libertad más absoluta que alimenta la vida y su épica, verdadero privilegio, condición y destino que toda escritura literaria promueve. Diría que el ámbito de lo privado prevalece en el conjunto de estos relatos plagados de personajes singulares, cuyas situaciones cotidianas y círculos familiares, laborales o amistosos conforman un punto de enfoque de tragicomedia, aunque también hay lugar para el sarcasmo y la parodia. Las palabras de todos estos elementos decantan el conflicto que soportan. En la mayoría de estas historias, extraídas de la vida cotidiana de la gente que habita en nuestras ciudades, hay una conciencia indisimulada de sus protagonistas por sobrevivir y sobreponerse a sus tropiezos en el acontecer de sus vidas.

Son historias que descargan su atención en el lado íntimo de sus personajes, seres tan frágiles como reconocibles en la realidad de diferentes ámbitos de la vida, hombres que no precisan decir demasiado en público, porque en sus silencios hablan consigo mismos tanto de sus sentimientos y deseos como del vacío de sus existencias. Dividido en cuatro partes, Un lugar mejor reúne doce cuentos que transitan por la memoria, la soledad, la mentira y las intermitencias de los reencuentros familiares. En el primero de ellos, Éramos felices, la enfermedad pone a prueba el hogar de una familia bajo el resquicio inesperado de que la felicidad, o algo parecido, se cuele en su seno: “Por alguna razón, todas las familias acaban consumidas en un invisible altar de sacrificios”. En otro, bajo el título de Ulises y los mapaches, la realidad del presente pone en entredicho el pasado de un grupo de amigos que se ha reunido para celebrar tal vez lo poco que queda ya de aquel entonces, poniendo en evidencia que ya solo perdura la insistente e ingrata irrealidad de uno de ellos, ajeno al paso del tiempo que sus amigos comparten.

La vida en la oficina, sus rutinas y confluencias: “donde cada día es un combate de supervivencia, y la venganza una práctica frecuente” queda reflejada en varias historias del libro. La vida en la oficina donde suceden quebrantos y ofrendas, y “todos acaban enredados en nuestra narcótica maraña de días lánguidos e iguales” nos dice el narrador en otro de los relatos destacados del volumen. Pero si tenemos que mencionar al más revelador, al cuento más triste y emotivo, debemos señalar a Un lugar mejor, hermoso título que vale para resumir el conjunto de la obra, y que aquí, con más énfasis, se convierte en un relato esperanzador, regido por la dura realidad que vive su protagonista, un hombre dedicado a cuidar de su mujer enferma, un hombre que aspira a imaginar que se enamora cada día de una mujer en el metro, secretamente, a escondidas, consciente de que “cuando se abrieran las puertas y ella se fuera del vagón” todo se desvanecería hasta una nueva ocasión: “La vida como un tren en el que viajas profundamente solo, recluido en un vagón donde hace frío, pero albergando la esperanza de que, a pesar de todo, te lleve a un lugar mejor”.


Definitivamente, en Un lugar mejor no solo se habla del lado intrínseco familiar. Aquí hay historias que hablan también de la conciencia personal, de las clases sociales, del bienestar de los jóvenes, de las relaciones padres con hijos, de los caprichos del amor, de las cosas que nos rozan y arañan, de la fragilidad de la vida, del peso del pasado y de la mentira, como es el caso de Arantxa, otro de los cuentos destacados del libro, que narra un encuentro azaroso en un club deportivo de dos parejas que se dan a conocer y que llegarán a establecer una relación, revestida de apariencias, que les conducirán a un final desconcertante. 

Las buenas historias viven en lo sencillo que nos rodea, y de esto mismo se alimentan, pero, curiosamente, lo hacen dentro y fuera de toda lógica y, en esto, Pedro Ugarte es un consumado fabulador, cuyo imaginario tiende siempre a favorecer la tensión del relato, propiciando que sus historias conviertan al lector en cómplice de su mirada y partícipe de un juego narrativo donde “la realidad a veces es patética y extraña”, los deseos casi nunca se cumplen, y la esperanza, si llega, se presenta como un atisbo o una resonancia que aspira a establecerse, quién sabe, en un lugar mejor.



jueves, 3 de octubre de 2024

Contar lo extraordinario


Uno no lee cuentos para soñar y evadirse a otro mundo, sino que lo hace para descubrir todo lo que en el mundo y en la imaginación de quien lo cuenta permanecía escondido, para ver donde antes no se veía. A eso aspiro cuando tengo un libro de relatos entre las manos y, de paso, a sorprenderme con lo leído. Porque uno no lee porque quiera escapar de la realidad del mundo que le ha tocado vivir, ni lo hace para sustituirlo por otro hecho a nuestra medida, sino para sentirnos más reales y reconocibles, aunque lo que leamos sea extraño y fantástico. Es algo consabido que trato de tener siempre presente como lector, para tratar de recrear ese mundo imaginario que el escritor pone a mi disposición y convertirlo en un mapa de hallazgos propiamente mío. Poder encontrar esa fascinación excepcional y trascendencia es la mejor forma que entiendo para identificarme con la magia de la literatura, con la posibilidad de que me alcance, siempre que el narrador logre contarme lo extraordinario con solvencia y pericia, hasta atraparme.

Todo lo dicho anteriormente me sirve de preámbulo para destacar mi lectura de La versión de Judas (Talentura, 2024), el reciente libro publicado de Manuel Moyano (Córdoba, 1963), una colección de diez relatos que, según nos cuenta el propio autor al final del mismo, muchos de ellos aparecieron de forma individual en distintas publicaciones a lo largo de los últimos veinticinco años y que ahora convalida con otros de nueva creación, en su vuelta al cuento. Autor curtido en colecciones de relatos, entre los que destacan El oro celeste (2003) y El experimento Wolberg (2008), también en novelas, como La coartada del diablo (2006) y El imperio de Yegorov (2014), finalista del Premio Herralde de Novela, además de algunos ensayos y obras de no ficción, entre las que sobresalen sus tres libros de viajes: Travesía americana (2013), Cuadernos de tierra (2020) y La frontera interior: viaje por Sierra Morena (2023), regresa a la narración breve con un jugoso repertorio de cuentos en los que sobresalen lo fantástico y lo extraordinario.

Moyano, escritor de gusto por lo insólito como válvula de escape para abrirse a otros tiempos y lugares, recurre a este territorio narrativo tan exigente y propicio para sus fantasías, que, generalmente giran a través de una idea inquietante, con palabras medidas que avanzan con la misión de sorprender, a la vez que busca interpretar la realidad, en su afán de que el mundo real ceda al que ha imaginado. Le importa resaltar esto y, por eso mismo, lo deja dicho en la antesala del libro con esta cita de Luis Buñuel: «La realidad, sin imaginación, es la mitad de la realidad». Entramos en el primero de los cuentos que nos habla de una historia sobre la muerte absurda de un oficinista, una fatalidad proveniente de una incomprensible beligerancia de las naciones que se movilizan para adueñarse de los nombres de las constelaciones del cielo. El relato nos conducirá a discernir la falacia de supremacía de sus dirigentes. El segundo relato es una historia surrealista, con aire de comicidad, que sucede en un tren donde el tiempo y el espacio devienen en una broma infinita, una pesadilla en la que un ingeniero viaja aturdido, sin lógica ni certezas.

Hay relatos como La ciudad soñada, sorprendente y con reminiscencia de las Mil y una noches, pero que también posee un punto de realismo mágico en su atmósfera y armazón. Algo parecido ocurre en el siguiente relato, La casa de la calle Ulloa, uno de los cuentos más sobresalientes del libro: la historia de un hombre solitario que entabla amistad con un perro vagabundo que le llevará a un lugar misterioso donde una extraña criatura se oculta al acecho. Moyano deja ver en muchos de sus relatos la esencia del hombre como el más misterioso de todos los seres, debido precisamente a la conciencia de existir y de saber también que dejará de existir. Y pese a esta certeza de provisionalidad, sus relatos reflejan ese otro empeño tan incierto como humano de trascender y perdurar.

Y es así cómo desarrolla Moyano los puntos de inflexión de sus historias, escapando de lo consabido, dando paso a lo insólito para que entre en acción con su correspondiente vuelta de tuerca a lo razonable, por medio de una voz narrativa que no solo tiene que ver con la posición adoptada del narrador, su tono y sus recursos, sino también con el binomio de lenguaje y sentido, de oficio y seducción propia, como ocurre con el relato de El libro, un conjuro para perpetuar su existencia y evitar su olvido, o lo alegórico cifrado en el cuento que cierra el volumen y que pone título al mismo, una historia reveladora cuyo cónclave de gente poderosa y simbólica persigue “la salvación del hombre”, “la felicidad universal”.


Creo, en definitiva, que esta vuelta al cuento de Manuel Moyano es una celebración bienvenida, que confirma su talento y oficio de enfrentarse al género, dando paso a un juego de impactos y perplejidades que narra, con palabras sencillas, pero hondas, la complicada suerte de compartir destino con el resto de los seres vivos, llevando a sus personajes hacia un mundo de sombras y extrañezas, obligando al lector a obrar como testigo. Un pulso extraordinario entre escritor, lector y personajes, que confirma que las buenas historias también viven fuera de la lógica.


miércoles, 26 de junio de 2024

Surgidos de la naturaleza


La realidad no solo es lo que es, sino también el modo en que la miramos. Y es sabido que el modo de mirar, ya en sí, transforma las cosas. En cualquier caso, conviene no abandonar la actitud de seguir aprendiendo a mirar lo que tenemos delante de nuestro ojos, la tierra de donde hemos surgido, que siempre tiene algo de ejemplar que ofrecernos. Hay un endecasílabo en un poema de Eloy Sánchez Rosillo que trata sobre esa aspiración de la naturaleza de eternizar el presente: «Cuanto existe, existió y será después». De alguna manera, el hombre es un ser necesitado de un jardín. Somos también naturaleza. Los árboles nos protegen de la intemperie, son fuentes de vida para otros seres vivos como nosotros. Y la vida, como también diría Dickinson, consiste en mirar fuera como se mira dentro, mirar fuera desde la soledad de quien crece identificando las raíces sobre las que se levantan las ramas en las que se apoya la vida.

Al escritor, periodista y profesor de escritura creativa Javier Morales (Plasencia, 1968) le importa e inquieta la naturaleza y el papel determinante que el hombre juega en el medio ambiente. En sus textos sobresale una suerte de impulso ético ligado a la tierra en la que aprender a recordarnos que estamos para prestar atención a la tarea que más nos importa, que no es otra que amar y proteger este mundo que nos da sustento, y mantener la validez de la vida trenzada por cada uno con la vida pausada de la naturaleza como espacio de complicidad y refugio. Su literatura no se aparta de esa conexión. En Monfragüe (2022), su anterior libro, una novela intimista, de recuerdos e indagación introspectiva, deja escrito esa singularidad suya: “Escribo sobre la naturaleza, aunque mi vida se acaba colando siempre en los libros, no sé por qué [...] La cultura y el medio ambiente han sido los dos ejes que han definido mi trabajo y mi vida”.

Escribir la tierra (Tres Hermanas, 2024) confirma este mismo hechizo de explicar el mundo y sumergirnos en la naturaleza, en el lugar del otro, con historias que albergan espejos donde mirarnos para poder parecernos a la verdad que reflejan o, al menos, reconocernos. Son cuentos ambientados en Extremadura, un paisaje vinculado a esa arcadia memorable de la infancia del autor. Conforman, como dice Javier Morales, los anillos de un mismo árbol: “Las raíces de este árbol se han ido expandiendo a lo largo de mi vida en busca de preguntas y de respuestas sobre nuestro paso por este mundo y nuestra relación con los otros seres vivos que nos rodean, con una naturaleza de la que formamos parte, aunque se nos olvide”. Dentro de estas páginas hay un sentir que nos habla de que somos seres entretejidos de relatos, de historias que nos conectan con la tierra y su fragilidad, que nos confía una y otra vez un mismo mensaje: la literatura, la naturaleza y la vida tienen motivos para reivindicarse.

El libro arranca con esta cita de Mary Oliver, autora de La escritura indómita: «Todas las ideas importantes tienen que incluir a los árboles, las montañas y los ríos». En esa tesitura perfila Morales el propósito de su libro, resaltando que los relatos que lo forman provienen “de una mirada hacia el mundo rural exenta de cualquier romanticismo e idealización”. Le importa que los cinco cuentos reunidos reproduzcan su sentir como un manifiesto literario de la escritura de la tierra, “desde la fraternidad y el reconocimiento de todos los seres vivos que habitan la tierra”. En El matadero, el primer relato del volumen, este clamor se agudiza y despliega el talento del autor al contarnos el devenir de un pueblo abocado a una incierta transformación con un proyecto hotelero, pese a la oposición de Berta, la maestra y única vecina contraria a dicha iniciativa.

La segunda parte del libro reúne, bajo el título Otros cuentos de la montaña, cuatro relatos entrañables, escritos desde una voz en primera persona. Son historias de soledades y secretos, de vidas sencillas y erráticas, envueltas en trabajos rutinarios del campo y de la montaña con cierto aire de melancolía. Hay en ellas un tránsito de recuerdos de amores de antaño, de aspiraciones y reencuentros. En el marco de cada una de ellas, la naturaleza se observa y se respira lo mismo en un cementerio, en el monte o en un secadero de tabaco. Estas historias que muestran a personajes que no parecen estar por encima de la vida que les ha tocado en suerte, aunque, eso sí, cada uno sobrelleva sus secretos y extrañezas con dignidad, aferrado a sus tareas y limitaciones en busca de preguntas y respuestas.


Escribir la tierra es un libro hermoso que concita a ver el mundo rural, la naturaleza y los seres vivos como existencias plurales de entendimiento, de saber que nada puede existir en el mundo sin una relación de dependencia, de coordinación y de atisbos entre sí. Estos cuentos de Morales están escritos por una necesidad de verdad, de belleza y de discernimiento, para hacer verosímil lo extraordinario que nos resulta nombrar el mundo. De ahí que sus historias se vinculen a ese propósito que postula el conocer la naturaleza como la mejor forma de protegerla. Una encomienda que también propicia la literatura al permitirnos revivir hitos seculares y pensamientos desde la aparente incertidumbre que otorga la ficción.


lunes, 5 de febrero de 2024

Relatos confesionales


Sergi Pàmies (París, 1960), con igual soltura y eficacia que en sus obras anteriores, centra buena parte de los diez relatos de su nuevo libro A las dos serán las tres (Anagrama, 2024) en resaltar la realidad y lo que esta misma nos muestra tanto en sus menudencias como en sus excesos de expectativas. Pàmies viene a decirnos que cuando lo narrado tiene mucho que ver con las experiencias personales y el propio devenir de ser escritor, hay que asumir que todo lo que nos sucede es susceptible de convertirse en fabulación, en parodia o en artificio autobiográfico. Es por esos contornos donde se cruzan estos relatos confesionales que acaban de publicarse, llevándolos al límite de su esencia, derivándolos a memorias emotivas en las que la vida no deja de mostrarse como material literario.

Y es así como Pàmies asume su voz propia, por medio de una voz narrativa que no solo tiene que ver con la persona del narrador, su tono y sus recursos, sino también con el binomio de lenguaje y sentido, de oficio y seducción propia. Ya desde su primer relato, que lleva por título La segunda persona, el escritor barcelonés, utilizando la virginidad como metáfora genuina de la escritura, refiere, con ese desenfado tan propio suyo, que, “salvando las distancias, el oficio de escribir sigue una lógica similar de expectativas y de voluntad de seducción”. También se predispone a contestar por qué escribe, o mejor dicho, lo que le importaría resaltar: “Que para mí escribir nunca fue la consecuencia de ninguna predestinación sino de una carambola de tiempo libre y equilibrio entre esfuerzo, facilidad, azar y satisfacción”.

En el siguiente, Días históricos, nos cuenta en una misma pieza narrativa, partida en dos, vivencias de un periodo amplio de una existencia tumultuosa tras la muerte de Franco. El proceso de escritura aquí también está presente, dejando ver que estamos hechos de historias, y que seguimos en el mundo a través de las historias que oímos y contamos, y estamos, sobre todo, en el mundo a través de las historias de las que formamos parte. Por eso mismo intuye y subraya que la función de escribir o contar historias depende por completo de sus significados y de tener siempre muy presente que hay que “poner la ficción al servicio de la realidad”. Pàmies sabe que toda historia se hace solo de palabras, y que esas palabras se encarnarán en personajes, en acciones que urdirán argumentos y tramas, en ideas acerca del mundo, en referencias a espacios y tiempos donde el escritor difícilmente se puede quitar de en medio.

Hay un rastreo en la mayoría de estos cuentos por determinados ámbitos de su vida que aprovecha, con suma ironía y se vale de la astucia para mostrar esa cualidad de transformar lo autobiográfico en fabulación. Pàmies desentraña que uno se convierte en escritor tan solo cuando comprende que escribir significa decir las cosas de cierta manera, que escribir representa una búsqueda en pos de la propia identidad, porque ya somos conscientes de que la literatura es una revelación, aunque mediante ella solo se consigan atisbos para reinterpretar nuestras vidas. O también ocurre, como deja ver en el relato en el que coincide con su admirado Vázquez Montalbán, en unas jornadas literarias en Quebec de autores barceloneses traducidos al francés, que “hay momentos en la vida en los que todo adquiere un sentido que no te será revelado hasta muchos años más tarde”.

En Por qué no toco la guitarra deambula entre guitarras y guitarristas como Atahualpa Yupanqui, B. B. King, Django Reinhardt o Paco de Lucía para establecer una conexión entre las ganas de tocar y su sentido: “Tocar la guitarra no era solo una afición, sino una seña de pertenencia” [...] “Si las guitarras hablaran, contaría esa época”. Pàmies proyecta en sus personajes siempre sus circunstancias y la época en que les tocó jugar sus bazas, con sus atajos e inconveniencias, razones y sinrazones. Este entresijo de situaciones trasciende en Te quiero con meridiana claridad. La historia se cierne en una pareja que se conoce en los Juegos Olímpicos de Barcelona y treinta años más tarde descubre, a raíz de un regalo de bodas que sale mal, que las celebraciones proyectan muchas veces la frustración continuada de hábitos atávicos, por encima del entusiasmo propicio que debieran.


Todas estas servidumbres quedan bien retratadas en las historias de A las dos serán las tres, relatos que dejan ver que los deseos se cumplen de un modo imperfecto, y, solo con un poco de suerte, algunos logran la altura deseada. Pàmies, una vez más, vuelve a demostrar su talento y singularidad como fabulador, sin renunciar a su fantasía, valiéndose de una prosa ágil y concisa.

Las buenas historias viven en lo sencillo que nos rodea, pero curiosamente lo hacen fuera de la lógica y, en esto, Pàmies, con su gran capacidad de observación, es un maestro.


viernes, 12 de enero de 2024

Cuando el amor lo acapara todo


Siempre digo que una de las virtudes que debe tener un libro para quien lo toma entre sus manos es su hospitalidad. Sin ella, el lector, lo más seguro, buscará otra posada. La publicación de Amores patológicos, de Nuria Barrios, tuvo buena acogida entre los lectores y algún que otro reparo en la crítica, cuando apareció en 1998, tal vez por la impronta del lenguaje exhibido, donde la pasión y el sexo irrumpen sin cortapisa, ni medias tintas que suavicen el impacto de sus excesos. Precisamente por eso mismo, a muchos nos pareció una apuesta novedosa e insólita de contar historias carnales, repletas de adrenalina, por medio de un lenguaje vibrante y voraz para exponer el amor y la desmesura pasional que provoca.

Amores patológicos vuelve a editarse, al cabo de veinticinco años en Páginas de Espuma. Dice la propia autora en el prólogo del libro que “releer su primer libro (que fue su estreno literario) reveló ser un ejercicio de asombro, de humildad, de curiosidad, también de hospitalidad”. Cuenta Nuria Barrios, con detalle, lo que supuso “releer, reinterpretar, reescribir, revitalizar” el libro que, ahora, cobra de nuevo vida y que viene a confirmar para ella la responsabilidad de abrir puerta otra vez a una recreación que, inevitablemente, le vuelve a exigir una confabulación previa que no sospechaba que se fuera a dar nunca, pero que le ha permitido entender y vislumbrar que en literatura “ni pasado ni futuro están cerrados” a un reencuentro prometedor.

Una de las facetas más significativas que se va a encontrar el lector en Amores patológicos se encuentra en su estructura. Me refiero a esa conexión que mantienen los relatos entre sí a través de los personajes, algo muy novedoso en su día, un enlace que permite establecer vidas cruzadas entre ellos. En unos relatos son actores secundarios que, en otros, llegan a erigirse en protagonistas. Este esquema narrativo convierte al libro en un ramillete de historias entrelazadas con cierto alcance refractario por donde transita el sexo con sus desvaríos. El tiempo mismo cobra en dichos cuentos sentido interactivo, hasta ser un factor determinante para que salten las obsesiones entre los personajes y estallen, para convertirlo todo en un maremágnum azaroso y arbitrario.

En cada alcoba donde surgen todos estos conflictos es el propio individuo quien se dispone a explayarse en menudencias íntimas, mediante un juego de luz y sombras, de lo visible y lo escondido que, en paridad, no es sino una promesa de emociones carnales. Aquí cada protagonista queda determinado para aprovechar su momento, sin perder comba, sin ataduras (o sí), llevado por la corriente del juego amoroso y sus abismos, donde el tacto, el gusto y el olor corporal se exhiben a diestro y siniestro. Es el caso de Pablo, en el relato de Albóndigas afrodisíacas, que como cuenta la narradora “era antropófago. Quería comerme y se inventó un ritual... A Pablo le gustaba recorrer mi cuerpo hasta dejarlo cubierto de saliva y esperma, como el rastro transparente de un caracol”.

Hace falta instinto, eso que llaman talento, para mirar ahí sin rubor, con arrojo, y técnica para saber contarlo. Barrios posee ese rango y esa capacidad para hacerlo de un modo significativo y que surjan aspectos oscuros e irritantes de la experiencias humana, compaginándolo con cierto aire de ternura y frenesí, como así se airea en este otro relato titulado, El olor dura más que el amor: “El sexo hay que olerlo antes de catarlo... No hay amor que dure con la nariz tapada [...] Después de todo, el olfato no es la máquina de la verdad, sino una forma distinta de conocimiento, más audaz, más íntima. No sirve solo para el amor de pareja. Las madres huelen a sus hijos, con los años los hijos huelen a sus padres, muchas amistades nacen en los cuartos de baño: oliendo al otro por dentro...”

Sus personajes son seres dispuestos a no apagar su pasión, cuyos deseos se imantan y se tensan en dirección a un haz de posibilidades, a veces contra el deseo de otros, algo incontrolable, proveniente de una patología, en ocasiones fetichista y pérfida, en otras, sentimental y afectiva. Seres que deberán enfrentarse o sobreponerse a esa fuerza opuesta de la que parecen destinados a no poder escapar. El centro de interés de la mayoría de estos cuentos se encuentra en la relación que mantienen sus protagonistas, lo que hacen y dicen, la influencia que unos tienen sobre los otros, sus ambiciones y secretos y, desde luego, la voluptuosidad que muestran.


Amores patológicos es un libro lleno de contrastes que acapara la intimidad de los seres que deambulan por sus páginas. Sus personajes viven situaciones de fragilidad hecho que les lleva a aliviar sus cuerpos mediante encuentros fogosos. Para todos ellos existe un anhelo recóndito de dar rienda suelta a sus fantasías, a pesar de sus muchas zonas de penumbra. Lo grotesco, el dolor invisible y las relaciones inciertas se suceden en cadena.

Nuria Barrios, con mucho oficio y coraje, deja latente en este libro suyo fascinante y corrosivo una intención más amplia y más profunda entre los bastidores de cada historia que, incluso, irrumpe en el ámbito de lo trivial y disparatado de todos nosotros, dando paso a un juego de impactos y perplejidades en las que el amor lo acapara todo: “Amores patológicos. ¿Y qué amor no lo es?”



martes, 24 de enero de 2023

Juego de espejos


Los escritores parece que viven con el detector de ideas siempre activado. Saltará la alarma en su interior, en cuanto tropiezan con una idea con posibilidades. Ideas que pueden llegar de muchas maneras: a través de un paisaje, de una conversación somera con un vecino, de las noticias de la prensa, de algo trivial del día a día o de su mismo interior, convocadas por la memoria. Le basta con observar su propia vida y proximidad, para que el escritor encuentre montones de acontecimientos susceptibles de ser convertidos en relatos: la pérdida fortuita de alguien, un recuerdo de la infancia, las propias relaciones familiares o, simplemente, una situación absurda.

Por estas lindes encuentran resquicios y ardor los nuevos relatos de José Ovejero (Madrid, 1958), Mientras estamos muertos (Páginas de Espuma, 2022) para desplegar su imaginación y hacer visible las inquietudes de quienes habitan sus historias, consciente de que armar un cuento es una labor digna de un artificiero, de tal manera que, al menor fallo, puede que el artefacto te estalle en la cara. Los cuentos de Ovejero no son del todo pólvora de fantasía, ni del todo material explosivo de la realidad. Se ajustan, como bien dice el propio escritor en el primero de sus relatos, a la idea de un credo que significa que “escribir es disfrazar las cosas para poder ver su rostro real”.

Son historias que transitan, en su mayoría, por el lado íntimo de sus protagonistas, seres tan imaginarios como reales, gentes que no precisan hablar mucho, porque en sus silencios hablan también de sus cosas, de sus recuerdos y de sus aspiraciones. Algo así, tan enunciativo, sobre la importancia y el valor del silencio en las personas, nos cuenta el narrador de Recuerdo del suicida, un relato trágico y familiar muy emotivo, con estas palabras tan determinantes: “Los silencios se parecen aún menos que la manera de hablar; basta con oír a una persona estar callada para saber mucho sobre ella”. Son historias que convocan a un destino de cercanías, que se insertan en las tensiones y conflictos de la vida de sus personajes que, en sus sencillas biografías, aparecen reflejos de sus vidas cotidianas y son resonancias de asuntos más grandes.

En los dieciséis relatos que forman el libro, el autor abre, con estilo directo y claro, el mapa de sentimientos y apegos individuales y colectivos que disecciona con un lenguaje urdido para que tras nuestra lectura, nuestra imaginación opere con él en sintonía a su poética: “Es lo bueno de escribir, que puedes ordenar el mundo aunque sólo sea durante unas páginas... Uno escribe sobre lo que se niega a marcharse de su cabeza”. Es el mapa de aquella España de los años setenta, de una época en la que las familias manejaban sus trincheras y apariencias con recelos de no verter hacia afuera sus secretos, con la sola aspiración de bienestar y mejores andanzas para los suyos.

Pero en Mientras estamos muertos no solo se habla del lado intrínseco familiar. Aquí hay historias que hablan también de la conciencia personal, de las clases sociales, de la violencia y la ternura, del amor, de las cosas que nos rozan y arañan, de la fragilidad de la vida y del peso del pasado, como es el caso de Él, ella, uno de los mejores cuentos del libro, quizá el más entrañable, revelador, original y audaz de todos, escrito bajo el desafío de narrar dos vidas en un mismo párrafo sin punto, durante dieciséis páginas, casi hasta el final, para abordar una historia conmovedora y desconcertante de lucha por la vida y por la memoria común.


En otros cuentos, Ovejero también deja entrever, a través del narrador, cómo escribir decanta y conjuga el verbo ser y el propio quehacer de quien lo ejercita como escritor, con reflexiones en torno a la literatura y su conjuro, como estas: “La vida hace añicos las certezas... No es posible escribir una obra autobiográfica sin hablar de lo que sucede a nuestro alrededor, porque todo lo que sucede a nuestro alrededor nos sucede a nosotros... No soy escritor porque me fascina la literatura sino porque me fascina la realidad... No es un refugio; es, por el contrario, un pasillo por el que acceder a las habitaciones cerradas de mi vida”.

Llegado al punto final del libro, uno no puede dejar de sentir que las historias leídas tienen mucho que ver con la vida y el fluir de quien las ha escrito, sus ecos se palpan, al menos así se nos insinúa e interpela. Diría que el libro es un juego de espejos en el que se palpa la piel de su autor, en el que queda impreso su yo refractado en muchas de las historias. Ovejero conmueve y lo hace con su libro más personal y fundido con su estirpe imaginaria, que pone rumbo a lo que el escritor sabe de antemano: “que la literatura no puede ser un sucedáneo de la vida”.