martes, 26 de marzo de 2019

Escoger cómo vivir


La lección que se extrae de las enseñanzas de los filósofos es que la felicidad, en efecto, es el mayor bien, pero un bien que exige esfuerzo, paciencia, perseverancia y tiempo. Por eso hay que insistir en que la felicidad es, más que nada, una búsqueda. No es una tarea fácil ni una especie de destino que nos aguarda y llegará inevitablemente […] La felicidad es la búsqueda de la mejor vida que está a nuestro alcance”. En estas líneas se encierra el núcleo del contenido de La búsqueda de la felicidad (Arpa, 2019), el nuevo libro de Victoria Camps (Barcelona, 1941), filósofa, articulista, catedrática de Filosofía moral y política de la Universidad Autónoma de Barcelona y miembro actual del Consejo de Estado.

Camps se ha centrado mucho últimamente en abordar los sentimientos como factor importante en la toma de decisiones del ser humano, tratando de aminorar esa visión del hombre como un ser muy marcado por lo racional que echa a un lado los dictados del corazón. Esa visión del ser, requiere para ella un enfoque, no únicamente como un ser racional sino teniendo en cuenta su dependencia como ser emocional. Además de estos estudios, son muchos los grandes temas filosóficos que la catedrática barcelonesa ha tratado en libros y revistas a lo largo de su dilatada carrera, desde el interés por la religión, la filosofía del lenguaje y todas las vertientes de la ética, hasta la utilidad de la filosofía para aprender a dudar y, en definitiva, para aprender a vivir.

Ahora, con La búsqueda de la felicidad, rescata un asunto milenario sobre el que los filósofos griegos pensaron con mucha insistencia. Para ellos, la palabra que con más exactitud expresaba el concepto de felicidad era eudaimonía, que quiere decir buen destino, buena suerte, que viene a determinar el sentido y el fin de la existencia. De esta idea parte este ensayo, pero lo que se destaca es cómo la vida, con sus contratiempos pequeños, medianos y realmente grandes, que surgen a cualquier hora del día, con esa manera de aparecer y pillarnos desprevenidos, frustrando cualquier planificación, lleva de manera clara su sello argumentativo de algo de lo que ya no deberíamos apartar nuestras ganas, aunque resulte difícil, de manejarnos en esa aspiración de saber escoger cómo vivir.

¿Cómo es posible que no nos hayamos percatado antes de ello y no nos hayamos dejado convencer de que la vida está ahí para disfrutarla con agradecimiento y que el hombre existe para ser feliz? Antes bien, nos viene a decir, estos percances se presentan como algo destinado a despertarnos y asumir que la vida es una acumulación de tareas por resolver. Subraya Camps que “hoy corresponde a los poderes públicos de los estados de derecho esforzarse en poner las condiciones que hagan posible para todo individuo la felicidad”. Y añade inmediatamente que llegar a ella requiere una cierta actitud; podría ser inútil si uno no sabe aprovechar la oportunidad. El arte de vivir, nos dice, es un aprendizaje. Supone aceptar que somos seres limitados, “que somos contingentes”, que no todo depende de nosotros, y, por tanto, que el devenir es incierto.

Esa es la razón que está en el centro de estas páginas: ¿cómo se consigue una vida feliz? ¿A qué es necesario renunciar para alcanzarla? ¿Qué hay que cambiar de nuestra conciencia individual para ponernos en el camino? Camps recuerda que la búsqueda de la felicidad es una empresa individual y que no es un estereotipo universal aplicable a todas las personas. Sin embargo, insiste en que el estado del bienestar tiene que estar por la labor de propiciar la mejora social para que el individuo salga de esa precariedad que le produce angustia y, en consecuencia, debe poner en marcha las medidas para que este pueda llevar una vida propia que le permita que ese deseo de vivir felizmente no se desvanezca.

Cita a Aristóteles, a Montaigne, a Séneca, a Cicerón, a Nietzsche, y a otros muchos ilustres escritores que, a pesar de haber sido desgraciados, fueron hombres en pos de la felicidad, pensadores sabios que asumían que la realidad es a veces un cúmulo de desgracias a las que no nos queda más remedio que afrontar con dignidad. Todos llegan a una misma conclusión: en la vida hay cosas cuyo cambio depende de nosotros y otras que no. Para saber afrontar esta evidencia, acude la autora a esa idea de Spinoza de perseverar en el ser, dar de sí todo lo que se puede para lograr alegría, el gozo sostenido de vivir y no cesar en el empeño.

La búsqueda de la felicidad es un ensayo bien armado de argumentos, un texto breve y jugoso, expositivamente claro y al alcance del lector de a pie, escrito con sencillez y destreza en el que se nos viene a decir que esa idea de anhelo de felicidad consiste, básicamente, en saber escoger el sentido que le demos a la vida. Y a lo que muchos filósofos dijeron al respecto, como que, en ese camino de libertad, la amistad es fundamental y la educación es prioritaria. Victoria Camps añade la cultura, como verdadera autoayuda y esperanza. Para no perdérselo.


sábado, 23 de marzo de 2019

La velocidad de las cosas


Fangio sugiere que ganar es más que un mero asunto de velocidad, que ser veloz es más que un mero asunto de velocidad. Que la clave reside, ante todo, en el arte de elegir los momentos de lentitud y la menor lentitud para cada uno de ellos. Como si el rol de un piloto no consistiese en saber cuándo puede pisar el acelerador, sino al revés: cuándo y cuánto es necesario y útil dejar de pisarlo. Una velocidad ideal, construida y salvaguardada por medio de reticencias, por obra de sabias desaceleraciones”. Así refiere el joven narrador de Faster (Impedimenta, 2019), la nueva novela de Eduardo Berti (Buenos Aires, 1964), cómo Juan Manuel Fangio, el gran mito de Fórmula 1, ganador de cinco títulos mundiales, encendía el motor de sus recuerdos y narraba sus sensaciones a bordo de su monoplaza.

Correr es la vida. Todo lo que sucede antes o después no es más que esperar”, cuenta más adelante el narrador esto que bien podría haber salido de la boca del campeón argentino, pero que, en verdad, fue dicho por Steve McQueen en la película Le Mans del año 1971, un guion que se inspira en la legendaria carrera de resistencia 24 Horas de Le Mans, para desvelarnos que mucho de lo que encierra esta novela breve no es más que un compendio de recuerdos fugaces y vivencias de la memoria, en la que el tiempo no es elástico pero el recuerdo sí que lo es, y la velocidad de las cosas no hacen más que dar prueba de ello.

Todo lo que impulsa al narrador de este entretenidísimo relato es el recuerdo de una tarde azarosa en la que él y su amigo Fernán, dos chicos de apenas catorce años, se proponen crear una revista y lanzarla con un primer número en el que incluirían una entrevista con el gran Fangio, una leyenda viva de las cuatro ruedas, cuya figura, incluso, en su retiro siguió agigantándose. Ese día ambos colegas van a su encuentro al concesionario de coches que regentaba. Esta iniciativa dará pie, no solo a forjar la vocación periodística de ambos, sino también a estrechar la amistad de uno con el otro. Ambos son entusiastas de los Beatles, y, en especial, de George Harrison, gran apasionado a los coches y fan del corredor Emerson Fittipaldi.

Con estas mimbres, Berti nos entrega una novela plena de emoción bajo el hilo conductor de aquella incipiente revista que, al cabo del tiempo, rescatada de la buhardilla del narrador, nos llevará a los años juveniles de Fangio, que marcarían su apego e ilusión por los motores: “Yo, a los quince años, era prácticamente un mecánico. Era ajustador de autos. Y desde los diez u once años iba al taller, después de la escuela, a limpiar piezas y cosas por el estilo. Como me gustaba mucho todo eso, fui aprendiendo cada vez más. No había libros en esos tiempos y todo era práctica”.

Y mientras se sucede la entrevista y se desvelan las sensaciones del viento en carrera, la llegada a la meta y el recuerdo de otros grandes corredores, la presencia de George Harrison se hace hueco en el relato, cuando se evoca sin nombrarlo a Ronnie Peterson, piloto sueco fallecido en Monza en 1978, al que el cantante inglés, al año siguiente, le dedicó su canción Faster y que Berti toma para poner título a su historia nacida de aquel viejo episodio juvenil en el que el autor y un amigo procedieron a jugar a periodistas.

Por la novela transcurre una atmósfera que mezcla, sin estridencias, lo sentimental y lo nostálgico que se intercalan entre las revelaciones del corredor y las confidencias que el narrador va soltando de su amigo Fernán y algunos miembros de su familia. El relato va alternando fragmentos de la vida del mítico campeón de automovilismo y las inquietudes de estos dos aprendices de periodistas que vienen a confluir en la paradoja inexorable del paso del tiempo, como la velocidad de un bólido en un circuito.

Faster se presenta bajo ese prisma metafórico, como si después de un acelerón en recta diera paso a una curva que requiere quitar el pie y pisar el freno. Transita por ese juego narrativo de giros al pasado y vueltas al presente, como los coches que compiten en carrera, pasando una y otra vez por línea de meta. La novela va girando, como lo hace un vinilo y las ruedas de un monoplaza, sin salirse del surco ni de la trazada, de tal manera que permite que el lector se acople en la trama del relato con suma facilidad y frescura, aleccionado por las palabras del narrador que le advierte que en esta historia “lo fundamental es cierto, los detalles son inventados”.

Llegados a este punto final, diremos que Berti vuelve de nuevo a hablarnos de la vida y de los afectos por medio de dos de sus temas favoritos: la auto-ficción y la memoria, y lo hace con esta hermosa novela, ligera e intensa, con tanto vuelo, como pausa, que acredita su imaginación y valía.


lunes, 18 de marzo de 2019

Todavía estamos a tiempo


Somos un territorio lleno de vida. De personas, de historias, de oficios, de comunidades. Somos pastoras, jornaleras, agricultoras, arrieras, aceituneras, ganaderas. Somos la mano que cuida y que ha hecho posible que los lugares que hoy se consideran parques nacionales y naturales de este país lo sean. Por la acción de los pastores con sus rebaños. Por la ganadería extensiva. Por tantos hombres y mujeres que trabajaron en el campo y crearon un vínculo único y tan especial como el de animal, persona y medio. Y los que nos dedicamos a la tierra sólo formamos una parte de la diversidad del medio rural”.

Así se explica María Sánchez (Córdoba, 1989), a modo de justificación y tributo, sobre la gente que habita el medio rural, especialmente, sus mujeres, que son las que conforman la génesis de este estupendo libro suyo, Tierra de mujeres (Seix Barral, 2019), un ensayo inteligente que aborda el papel de las mujeres en el campo y en el que se da respuesta a esa idea de la España vacía, apostando, más que por un rescate de la mano de la literatura, por el reconocimiento y recuperación de la voz de quienes hacen posible su persistente existencia. “Quiero que este libro se convierta en una tierra donde poder asentarnos todos y encontrar el idioma común”. Y añade: “Una tierra donde sentirnos hermanos, donde reconocernos y buscar alternativas y soluciones”.

Sin la mano que cuida, sin la voz que ordena, comportamiento y especie están destinados a desaparecer”, dice uno de los muchos e intensos versos de su libro Cuaderno de campo (2017), un poemario luminoso que sacude la verdad de lo que importa en el campo: la tierra, su ámbito y los que la cuidan. Podemos decir que este nuevo libro de Sánchez surge de las brasas de aquella obra, con la idea de continuar y desmadejar ese hilo nada complaciente de la realidad del campo y adentrarse más allá de sus márgenes para darle visibilidad y señalar la ausencia clamorosa e inexplicable que ha tenido de siempre la mujer en lo que se hace, se cuenta y se sabe en este ámbito, una verdad ineludible que exige una visualización y una reparación inmediatas.

Lo bueno de este libro es que está escrito con una madurez literaria que sorprende. Cuando alguien tan joven y con ese talento narrativo, de prosa fluida y mirada poética, aborda el género ensayístico con tanta decisión y se implica tan de lleno en su testimonio, al lector no le queda más remedio que, encandilado, ponerse a ras del suelo y dejarse llevar por ese sendero lúcido y riguroso tan bien trazado. Y eso es lo que ocurre con este texto, cuya pericia radica en que desde el primer momento su autora se despoja de todo artificio y convoca al lector a conocer su biografía, su familia, su casa y su pasión por la literatura. Hija y nieta de veterinarios, también ejerce la misma profesión que ellos: “Soy lo que soy gracias a mi infancia. Desde pequeña, siempre supe que quería ser veterinaria de campo, como mi abuelo”.

Desde la realidad de sus vivencias, María Sánchez nos desvela su mundo familiar para ahondar en la vida de todas las mujeres silenciadas que se entregaron a las labores del campo con igual empeño que al cuidado y educación de sus hijos, en contraste con los hombres que, por tradición, heredaron el gobierno de la labranza y su dominio. En ese sentido, irrumpe en la conciencia de la mujer y del hombre para no olvidar de dónde venimos, quiénes fueron nuestras madres e interpelarnos para poner el acento en más protagonismo femenino y cambiar algunos conceptos atribuidos al designio. Tierra de mujeres es un ensayo íntimo y personal que tiene también espíritu de manifiesto, de arenga feminista y, desde luego, de análisis del rol de la mujer y de su cometido en la aldea, sea agricultora, ganadera, peluquera o ama de casa.

Para María Sánchez es su presente y su realidad quienes le despiertan la necesidad de su escritura que aquí se presenta en forma de ensayo, pero que, a su vez, es una crónica, un relato vivencial, un ejercicio de profundo conocimiento y quemazón, de querer aferrarse al medio rural, “un territorio lleno de vida”. Dice que cada día tiene más claro por qué escribe y mucho tiene que ver con ese apego innato suyo a la tierra: “Nuestro medio rural morirá si no sabemos transmitir a los que vienen su importancia y su cuidado. Y no sólo nuestro medio rural, sino toda la biodiversidad que vive en él, nuestros pueblos, nuestras costumbres, nuestras historias”.

Lo que viene a confirmar, como decía Ribeyro, que “para escribir no es necesario ir a buscar aventuras. La vida, nuestra vida, es la única, la más grande aventura”. Tierras de mujeres es justamente eso, una aventura vindicativa, un alegato de la vida, una manera de meter la vida en un libro y tomarle medidas al tiempo.


martes, 12 de marzo de 2019

Libro de horas y deshoras


La rutina tiene muy mala fama pero gracias a ella seguimos adelante, dice Karmelo C. Iribarren. Quizás el diario sea un género propicio para extraer de la vida de quien lo inicia lo inesperado y raro que acontece fuera de esas lindes repetitivas que se van sucediendo en el devenir diario. La escritura de un diario sirve como resistencia al paso del tiempo y, además, responde a esa idea de que escribirlo arroja luz, razón y sentido a la memoria, porque una vida sin memoria no sería vida en sí misma.

El periodista, escritor y crítico teatral Marcos Ordóñez (Barcelona, 1957), autor de libros como Una vuelta por el Rialto (1994), Big Time: la gran vida de Perico Vidal (2014) o Juegos reunidos (2016), cambia de registro y nos entrega un libro urdido bajo las coordenadas del diario que, en gran medida, bascula a partes iguales entre una postura literaria y una razón vital. Un dietario se escribe por diversas razones. Las suyas quedan dichas al principio del libro y son estas tres: “tratar de sujetar lo que escapa del paso de los días, pensar con un poco de calma, y correr en libertad, jugando con tonos y géneros”.

Ateniéndose a esto, Una cierta edad (Anagrama, 2019) contiene una vida atravesada por la literatura, el teatro, la pulsión de narrar y por la necesidad de escribir, de apresar con la escritura el instante que se esfuma. En este libro, que abarca desde 2011 a 2016, encontramos a un hombre cercano en sus relaciones con los demás y también a un hombre contemplativo, al que le gusta zambullirse en el propio río de la vida, echando anclas a la realidad cotidiana, aproximándose a ella por medio de recuerdos, crónicas breves, apuntes, humoradas, citas luminosas o paradojas que la misma le depara.

A lo largo de las entradas de este cuaderno vemos que Ordóñez despliega su manera de captar vivencias suyas y ajenas, recuerdos de infancia y adolescencia, reminiscencias de lecturas, revelaciones de otros e ironías de la vida: “Escribo para fijarme. Para caer en la cuenta. Para fijarme en las cosas y en la gente..., para que el viento del tiempo no se lo lleve todo y a mí con él, y no todo se afantasme antes de hora. Y para llegar a fin de mes”. Pasea por las calles de Barcelona recién regada y, mientras lo hace, recuerda aquello que alguien le dijo: “que todo lo que hemos olvidado nos grita pidiendo ayuda a través de nuestros sueños”.

Y cuando llega a casa, por ejemplo, se pone a escribir y evoca a Umbral, Joan Didion u Onetti al pensar que “toda vida es una sucesión de vidas breves”, y al reflexionar sobre ello cae en la cuenta de que “el problema con las vidas breves es que cuando te parece que ya comprendes el libro de instrucciones de una, llega la siguiente y te pilla siempre sin manual”. Y entre pensar en ello y procurar no ponerse categórico, a Ordóñez le va la síntesis que corresponde a sobrellevar el tiempo que le ha tocado vivir y relativizar las cosas de este mundo: “La vida te pone en tu sitio: el de un aprendiz. Ahí está la gracia, aunque a veces maldita la gracia que tiene”, (pág. 136).

Tampoco se olvida de su pasión por el teatro. Por el escenario de estas páginas desfila gente notoria del teatro, como Nuria Espert, con su elegancia y belleza física, Enma Cohen, el incombustible Mario Gas, la mirada avispada y burlona del dramaturgo Alfredo Sanzol, que dice cosas como: “Hay que escribir para regalárselo a alguien. Para dar alegría a los días”; la gracia de Ángel Pavlovsky o la sabiduría de Peter Brook para quien “el teatro es un fugitivo destello de la vida, que nos recuerda que en el mundo nada es lineal, ni permanente, ni simple”. Tampoco se retrae Ordóñez al contestar cuando le preguntan por qué la gente va al teatro, y les responde: “porque, cuando es bueno, es uno de los escasísimos sitios donde nos van a decir la verdad. Mejor: es un lugar cuyo puro objetivo es la construcción de la verdad”.

Una cierta edad es una celebración de la vida, un diario literario divertido, vivaz y muy entretenido, forjado con textos dotados de vida propia y ajena, la vida transferida por su autor y la voz hecha de muchos, que interfieren en la nuestra con los hechos que se cuenta o simplemente con el sentir de sus palabras, desvelando, en parte, algún misterio, construyendo así fragmentos de un mundo que nos explica su vida anotada, al estilo de Ignacio Vidal-Foch e Iñaki Uriarte, dos diaristas actuales que admira y confía seguir haciéndolo, con los que comparte ese juego literario de explorar y curiosear la vida y el mundo por ver lo que sale.

Por este libro, tan aglutinador de instantes y recuerdos, también aflora un reguero de lecturas y escritores importantes. Ordoñez resalta la clarividencia de Salter, al que cita con profusión, saca lustre de la ingeniosidad y el ritmo vivaz de Stendhal, del poder de seducción de Flaubert, y de otros sesgos de escritores queridos como Larkin, Caparrós, Handke, Auden o Modiano, de los que destaca la vida reflejada por ellos en la literatura, fruto del silencio y el tiempo.

No existe un modelo literario capaz de contener la complejidad de la realidad humana a la hora de emprender su escritura. Ninguno, y mucho menos un diario, puede escapar a la subjetividad del escritor, a su propia condición y a sus legítimas motivaciones. Y qué importa todo eso. A uno, como lector, cuando se encuentra en medio de un libro como este, que le hace sentir confortable y a gusto, nada le impide ponerse al lado del autor, caminar con él atento a verlas venir y confiar en una próxima entrega.


viernes, 8 de marzo de 2019

Un relato tomado de la vida


La memoria humana hace grandes esfuerzos por aportar pruebas que sustenten la manera de entender el mundo que hemos adoptado, por mucho que esta diste de la realidad. En ese sentido, las memorias y la autobiografía implican para el autor un esfuerzo de evocación de su pasado y la articulación de lo evocado en una narración próxima al entendimiento de la verdad. Dos procesos, el de la memoria y el de la escritura, que, inscritos en el presente, fluyen de manera interdependiente e inseparable; una memoria que escribe o una escritura que recuerda.

El autobiografiado que decide escribir su vida sabe o debe saber, como dice Manuel Alberca, que ese acto le va a poner a prueba frente al pasado, frente a los demás y frente a sí mismo. Las memorias se basan en hechos hasta cierto punto. Depende de lo que recuerda quien la elabora y de lo que recuerdan los otros: la familia, la gente a la que se recurre. A todo esto, dice Felipe Cid en Memòries inutils que: “Escribir sobre el pasado es un ejercicio interior enormemente inquietante. Hay que pensárselo bien antes de emprenderlo[...] aceptando el riesgo que implica publicar unas memorias en un país retorcido como un colmillo de jabalí”.

Los refugios de la memoria (Papelesmínimos, 2017), de José Luis Cancho (Valladolid, 1952) es un texto autobiográfico breve e intenso en el que encontramos mucho de estos impulsos del género: recuerdos y evocaciones mediante los que el escritor intenta exprimir a la memoria, jugando a la vez con ella. En este caso, su autor vaga por un tiempo de juventud a la deriva, sin anclajes, solo impulsado por un entusiasmo político y personal de transformación, con una vaga, pero constante sensación de amenaza y clandestinidad. Este es un libro que llegó a mis manos de manera inesperada y que con la lectura del primer capítulo, con ese final tan rotundo de “escribir desde la perspectiva de un muerto”, anunciaba una recompensa que no quería perderme, como así sucedió.

El propósito de la escritura de este libro se presenta, en principio, así, como rescate, como la posibilidad de restaurar e, incluso, de revivir el pasado, como una forma privilegiada de combatir el olvido y de rehusar la muerte. Tiene que ver también con lo que su autor desvela en el cuarto capítulo: “ahondar en ese yo secreto al que de tanto ocultar ni a mí mismo me resulta fácil acceder, en parte porque a estas alturas de la vida creo haberlo perdido”. Esta confesión, unida a la cita inicial de Tomas Tranströmer: “Dentro de mí llevo mis rostros anteriores, como un árbol lleva los anillos de la edad”, nos sitúan en una obra que viene a rendir cuentas, a dar un repaso a unos años tumultuosos y decisivos en su vida que, al paso del tiempo, derivaron en un presente más sencillo, escéptico y nómada. Pero también este es un libro que infiere mucho en la escritura como necesidad y refugio, como aceptación de la propia vida.

En este ejercicio de apelar al pasado, Cancho, no solo recaba datos, sino se pone en disposición de recordar con la voluntad de hacerlo, evocando e invocando esos recuerdos que no llegan solos, a veces tira de fecha para contarnos, por ejemplo, cómo cayó desde una de las ventanas del tercer piso de la comisaría de Felipe II de Valladolid en enero de 1974, tras ser detenido y torturado en los interrogatorios por la Brigada Político-Social de la policía: “¿Me tiré yo en un último intento desesperado de escapar de aquella situación? ¿Me tiraron ellos porque pensaron que se les había ido la mano y me habían matado?” Cancho parte de este episodio, el más significativo de su juventud, cuando militaba como miembro destacado de la Joven Guardia Roja, para abordar con honestidad unas memorias en tono confesional, alejadas de aparecer en ellas como un héroe, sin más añadidura que la propia realidad sufrida en carne y hueso, sin truculencias épicas, tan solo con la verdad vivida por un sobreviviente de aquellos años setenta del tardofranquismo que estuvo a punto de cegar su vida.

En Los refugios de la memoria el lector se va encontrar con un testimonio de primera mano, un vívido y constreñido relato tomado de la vida de su autor: su militancia antifranquista, la prisión, la enseñanza, los viajes, su nomadismo, la amistad y su vocación tardía, la escritura. Por estas páginas se erige un hombre cargado de memoria por donde se cruzan la lucha por la vida y sus contradicciones, la conciencia, la soledad y el anonimato, y todo ello bajo la mirada atenta de quien es consciente de lo efímero de la existencia y contempla sin nostalgia cómo pasa el tiempo tan deprisa: “No he podido dominar mi pasado, sin embargo he procurado reconciliarme con él”.

Toda obra literaria tiene una situación y una historia. En esta de José Luis Cancho impera la idea de un yo implicado con la verdad de su experiencia, al que le importa más el sentido de lo ocurrido que lo que le sucedió exactamente. Le importa más el aspecto del mundo y el sentir del presente que soportar su realidad. Para sobrellevarla le añade, con aire socarrón, este marcado final: “Cada vez me gusta más esta vida en la que participo cada vez menos”.


lunes, 4 de marzo de 2019

Ejercicio de la concreción


El impacto del género breve se ha colado de manera exponencial en nuestras vidas de usuarios de las redes sociales. La gente no para de leer y remitir a sus amigos y conocidos continuas greguerías, ingeniosas frases y twitters recurrentes que se hacen pasar por aforismos y que circulan a la velocidad del rayo por las pantallas de los móviles y de las tablets. Como muy bien subraya Manuel Neila al respecto, esta modalidad expresiva está de continuo bajo sospecha. Por eso nos conviene apartarnos de esa avalancha ruidosa de meras ocurrencias y simplezas, y estar atentos para que no nos den gato por liebre.

A los que nos gusta el género y frecuentamos su prosa sugerente sabemos que los aforismos poseen un carácter proteico, ensayístico y meditativo, que no son juegos de palabras, sino todo lo contrario. Tampoco el aforismo aspira a un mero ayuntamiento de conveniencia entre lo filosófico y lo poético. Digámoslo con rotundidad: el aforismo no es una ocurrencia, pero sí una forma filosófica en su justa medida, cuya rotundidad reside en el trabajo del pensamiento, algo que defendía a ultranza Wittgestein. Para él todo aquello que podía pensarse con palabras podía ser dicho claramente y sin ambages en un lenguaje lógico y conciso. En ese sentido, el aforismo es un vehículo todoterreno, como la filosofía, un medio apto para examinar lo concreto, lo cotidiano y, también, cómo no, lo trascendente y metafísico.

El poeta Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, 1964) en su nuevo libro de aforismos Concepto (La Isla de Siltolá, 2019) abunda en desmenuzar todo ese ser y sentir que van adheridos a este género literario que, ante todo, significa para él “un ejercicio de la concreción”. Viene a decirnos con esto que un buen aforismo no es más que la síntesis lograda de una idea, de un concepto que incita a la reflexión: “Aforismo es concepto –subraya–, y el concepto es calidad y esencia”. Lo suyo es un trascender desde dentro el lenguaje, pero permaneciendo en él, una invitación a la aventura del pensamiento y a lo que la vida en sí propone y dispone.

No cabe duda de que el arte de deleitar, persuadir o conmover se expresa con más prontitud y con más frecuencia recurriendo a lo breve y simple antes que a lo más extenso y de mayor complejidad. A ese fascinante y silencioso mundo que reside en lo escueto, un arte antiguo y noble, se le ha nombrado de muchas maneras: proverbios, máximas, adagios, epigramas, aforismos, una infinidad de nomenclaturas y de apariencias para afinar en la concisión de ideas, “para transmitir un mínimo sonido con un máximo de sentido”, decía Mark Twain. Lo que propone Sánchez Menéndez con sus artilugios, como así llama a sus brevedades, sería algo así como si los concibiese sobre las ideas y el sentido común que sacuden a las cosas importantes.

En Concepto el lector se va a encontrar con un compendio filosófico, moral y estético dividido en seis partes pobladas de sorprendentes agudezas, divagaciones e ideas. En la primera de ellas, que ocupa la mitad del volumen, reúne ciento cincuenta aforismos bajo el título de Nuevos artilugios, por donde transita un universo de sentido y pensamiento analítico, entre el ingenio conceptual, la reflexión filosófica y el apunte literario al que no le falta esa capa de ironía y descreimiento inconfundible de su autor.

Por estos artilugios navega el espíritu de Platón, Dante y Rilke, la lectura, los libros y la escritura, la atención a la vida y sus perplejidades, las falsas creencias, la verdad y la poesía: “La escritura es el hijo menor de la lectura”, señala en uno de sus primeros aforismos para enlazar inmediatamente con este otro: “La lectura es la lumbre que no cesa”. También se acerca al anhelo de no dejar de creer en el hombre: “La mayor aspiración del ser humano es comprender al ser humano”. De la verdad dice mucho y aclara: “Nunca es tarde si la verdad decide”. Insiste, volviendo su mirada a la literatura, para llegar a la conclusión de que “sin verdad no hay ficción”.

El siguiente apartado, el más breve de todos, propone un decálogo descreído, pero necesario, para seguir viviendo, en el que arremete contra el incauto que no ve lo efímero de la vida y la insignificancia de la existencia. En Morales y amorales, Sánchez Menéndez pone a prueba nuestra agudeza al proponerse examinar todo lo que concurre alrededor de la vida y su aprendizaje: el respeto, la gobernanza, la pasión, el gozo, la educación y la cultura, la moralidad, o cómo acometer el devenir del tiempo: “El tiempo es el juez de la palabra”. En Concepto dedica un buen puñado de aforismos dispuestos con los que pretende desvelar la esencia de su significado, que no es otro que aspirar a no ser relativo: “Un aforismo es un ejercicio del dilema”, nos dice, señalando a continuación en otro que “Un aforismo no nace por arte de magia, nace por la magia del arte, que es el misterio de la creación”.

Los dos capítulos finales con que cierra su glosario aforístico, son El espejo que tiene el marco verde y Palabras para un joven lector-editor. En uno invita a mirarnos y a reconocernos frente al espejo: “Del espejo nace el principio de causalidad” y “el espejo es la otra vida”. En el otro evoca, con pretensiones de calar en el lector, la idea de no seguir el canon establecido, de crear el canon propio, pero sin dejar de leer a los clásicos: “Tu canon es tu criterio, y tu criterio nace de las lecturas mediante tu sentido común y tu capacidad”, porque “la verdadera escritura es universal y atemporal”.

Necesitamos reflexión, perspectivas y vida intelectual que nos complete de lo rutinario. Necesitamos del pensamiento, del lado moral y estético de las cosas, su otro lado, sus complejidades. Somos seres plurales, necesitados y, al tiempo, condenados a desaprender. Hay mucho de toda esta dependencia en el libro de Sánchez Menéndez, como también de instructivo e incendiario, autor tan proclive a describir como a prescribir, una manera deontológica de interpelar al lector predispuesto a batirse el cobre.