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martes, 16 de noviembre de 2021

El arte de colocar libros


Desde su fundación, allá por el año 2007, la editorial Fórcola viene ofreciendo a los lectores un amplio surtido de publicaciones en torno al libro como objeto y sujeto de interés. Son ya muchos los ensayos editados por este sello que han abordado la esencia y significado que transciende de lo que supone la existencia del libro en nuestra vida y en nuestra cultura. En sus colecciones de Periplos y Singladuras encontramos interesantes reflexiones sobre ese tema, como, por ejemplo: Libros, buquinistas y bibliotecas (2014), un libro que recoge un buen puñado de artículos de Azorín alrededor de los libros, las lecturas y las bibliotecas, o este otro de William Blades, Los enemigos de los libros (2016), un opúsculo que encarna una desenfrenada apología y encendida defensa del libro impreso contra aquellos que perturban y cercenan su existencia. Más reciente, encontramos también la publicación de un librito insólito y curioso, obra de Massimo Gatta, bibliotecario y erudito en la historia de la edición, titulado Breve historia del marcapáginas (2020), una apasionante exaltación de este objeto tan práctico y entrañable que todos usamos como marcador de nuestras lecturas.

Llega ahora el turno de El desorden de los libros (2021), del mismo autor napolitano, que es una provocadora apología de cómo organizar nuestra biblioteca, bajo la traducción y cuidado de Amelia Pérez de Villar. En esta ocasión, Gatta hace valer su experiencia como lector y vigía de libros para acercarnos a un modo particular de desorden capaz de desentenderse de ese horror vacui que siempre nos acompaña, de ese miedo a perder y no encontrar los libros dentro de nuestra propia casa. Con gracia y desparpajo considera la biblioteca particular como una estructura pensada para que no nos encasille en modos preestablecidos de orden fijado. Dice que “el desorden no es algo que surja espontáneamente: hay que inventárselo”. Considera que no debe ser el orden el objetivo principal de una biblioteca personal, sino que su verdadera función es instrumentar la manera de encontrar fácil y rápidamente el libro que se quiere leer, consultar o releer.

Cita a ilustres escritores para extraer consideraciones y detalles sobre ese tesón del orden que él contrapone y, especialmente, pone en tela de juicio sobre la esencia de lo que significa poseer una biblioteca disponible para un buen uso. De Umberto Eco toma esto: “Una biblioteca doméstica no es solo un lugar en el que se guardan libros que se coleccionan: es también un lugar que los lee en nuestro nombre”. O esto otro de Roberto Calasso: “¿Qué es el orden? El orden perfecto es imposible, sencillamente porque existe la entropía. Pero sin orden no se puede vivir. Con los libros, como con todo lo demás, es necesario encontrar un término medio entre estas dos afirmaciones”.

Para Massimo Gatta, el significado de urdir una biblioteca no precisa de una arquitectura perfectamente ordenada, sino que podría ocurrir que en el propio desorden de nuestros libros, en esa aparente anarquía se revele otra manera de establecer una disposición que, de alguna manera, proyecte como espejo el universo del propietario de esos libros, sus constelaciones y satélites, sus rotaciones y agujeros negros, contrario a ese mandato de imponer un orden universal y rígido para colocar los libros. El autor manifiesta con orgullo libertario la paradoja de quien persigue desbordar las normas, de quien prefiere que lo convencional no se erija en incuestionable y así permitir que el libro se asiente en la balda o en el suelo a su aire, sin etiquetado preestablecido.

Al fin y al cabo, lo que sacude El desorden de los libros es si debemos aceptar el caos o maniatarnos a un orden. Tal vez tengamos que sopesar o rebatir lo que el libro posee de incendiario. Contamos para ello con nuestra propia experiencia, así como con las palabras de Luigi Macheroni en el prólogo del libro, buen conocedor del poder invasivo de los libros en nuestras casas. Llega este a decirnos que, si aceptamos que la vida misma es tortuosa y confusa, por qué no hacerlo con nuestros libros. Ahora bien, es rico y sugerente el contrapunto del que hace gala José Luis Melero en el epílogo del libro, a la hora de entender la recreación literaria y hasta festiva que Gatta exhibe respecto al desorden de los libros, algo que, como señala Melero, también lo hacía y propiciaba Azorín. Y sin querer polemizar con ninguno de ellos, proclama su credo: “El orden es absolutamente indispensable si queremos disfrutar de una biblioteca operativa”.


Uno termina de leer este jugoso libro, bien servido de abundante bibliografía y notas adicionales, con el regusto de haber asistido a una disertación fascinante sobre el arte de colocar los libros que a tantos lectores nos cautiva. El desorden de los libros es todo un envite para quien se plantee cómo organizar su biblioteca doméstica. Quizás nos convenga situarnos en el fiel de la balanza, guardando equilibrio entre orden y desconcierto, para que a los que nos gusta tanto asociarnos con los libros sigamos haciendo acopio de ellos con la ligereza y libertad acostumbradas.

Por eso mismo, siendo prácticos y conscientes de la limitación del espacio y de la envergadura de nuestras bibliotecas, bien nos vale tener en cuenta la idea que transita por este ensayo y acoplarla a nuestra realidad, destacando la libertad y el disfrute de los libros, por encima de cualquier orden, agrupándolos a nuestra conveniencia y gusto, disponiéndolos para romper fila en cualquier momento. A ese plan, yo sí que me sumo.


miércoles, 6 de noviembre de 2019

Elogio de las librerías y bibliotecas


En un artículo recientemente publicado en El Cultural, su autor, el crítico Ignacio Echevarría, da cuenta de lo que toda crítica literaria debe indicar y no es otra que a qué lector va destinado el libro. Desarrolla su texto partiendo del esclarecimiento de un apunte que el escritor Paul Valéry hizo en torno a esa misma idea: «El crítico no debe ser un lector, sino el testigo de un lector, quien lo contempla leer y permanecer mudo. La operación crítica capital es la determinación del lector». De ahí que sostenga Echevarría que una crítica que se dirige al lector en general difícilmente resultará eficaz, si no tiene en cuenta que el crítico debe hacerla como si fuese una especie de farmacéutico que recomienda la lectura del libro en función de la complexión y el humor de quien lo va a tomar en sus manos, tal como aludía también Valéry.

Retomando la idea de esta interesante teoría, cabe preguntarnos para qué tipo de lector está pensado este libro que traemos ahora aquí. Contra Amazon (Galaxia Gutenberg, 2019), de Jorge Carrión, un título, sin duda, contundente, provocador y vindicativo, podría llamar la atención y hacerse eco en la conciencia de un amplísimo espectro de lectores, al fin y al cabo, la mayoría conocemos esta plataforma tecnológica, este almacén inmenso donde encontrar cualquier cosa que se nos antoje.

Jorge Carrión (Tarragona, 1976) publica su nuevo ensayo consciente de que la realidad es difícilmente combatible, el dominio de la era digital engloba a todo el mercado de consumidores, y se dirige, desde luego, a ese colectivo amplio de gente interesada por los libros, lectores entusiastas e iniciados para que no olviden que los mejores espacios públicos, donde mejor moran y conviven los libros, son las librerías y las bibliotecas, para que no cambien de hábito y sigan poniendo su mirada y su interés en ellas, lugares vívidos y necesarios donde mejor nos convoca la cultura a encontrar reposo y hallazgos sobre la memoria escrita.

Es cierto que Carrión irrumpe con un manifiesto con siete razones poderosas contra el poderío creciente de Amazon en el mercado del libro. Sin embargo, lo que el lector se va a encontrar en sus entrañas es algo más rico que este contratiempo. Lo que encierra dentro es una jugosa recopilación de textos suyos procedentes de distintos medios y revistas como Jot Down Magazine, The New York Times en Español, El Páis Semanal o Revista de Libros, en los que la conversación, la crónica, la semblanza y los viajes realizados por su autor giran en torno a sus vivencias con los libros y sus autores, las librerías y las bibliotecas. Los libros, nos viene a decir Carrión, contienen puertas invisibles, caminos y pasajes que conducen a otros libros y lugares. Esta inercia, como ya dio cuenta en su anterior y exitosa obra Librerías (2013), sigue estando presente aquí, pero en esta ocasión más volcada hacia el significado de la búsqueda del libro en el recinto en el que mejor se encuentra, biblioteca o librería, el lugar propicio en el que, para él, el lector conforma su propia tela de araña de lecturas, libros y autores, que si bien se tocan en un espacio contiguo, cada uno de ellos guarda su carácter y diferencia estética, sin tener que ver con la proximidad de su vecino.

Ese laberinto que todo lector va conformando en su casa con sus lecturas y adquisiciones, proviene, en palabras suyas, de estos espacios: “gracias o por culpa de las librerías, a imitación de las bibliotecas que desde la infancia hemos frecuentado”. De ahí que toda esa memoria libresca conforme en el tiempo su propia extensión y reto: “Convivir con una biblioteca personal significa saber que no te rindes, que siempre tendrás ante ti menos lecturas realizadas que lecturas por venir, que los libros en compañía son cadenas de significados, contextos mutantes, preguntas que cambian de entonación y de respuestas. Una biblioteca tiene que ser heterodoxa...”

El libro destaca por la diversidad de textos, como por ejemplo la jugosa entrevista con Alberto Manguel, director de la Biblioteca Nacional de Argentina, un apasionado de los libros y las bibliotecas, un entusiasta convencido del valor del libro en la vida: “Toda mi vida he vivido entre libros –confiesa–, he pensado acerca de libros, he reflexionado sobre bibliotecas y librerías y sobre el acto de la lectura”. Relevante también es la conversación que mantiene en Seúl con Han Kang, la autora de La vegetariana, con la que pasea por algunas de las librerías de su ciudad y desvela algunos de los misterios que la llevaron a escribir su obra más conocida y galardonada.

Carrión toma su equipaje y desembarca en distintos puntos del planeta para tomar el pulso a las librerías y bibliotecas de Buenos Aires, Miami, Tokio, o Seúl para hacernos partícipes del pálpito de sus locales, de sus estanterías y de las historias que atesoran. Sobre esa inercia espacial y temporal que describe la órbita del universo de los libros, allá donde se encuentren dispuestos, es sobre lo que verdaderamente se ocupa su libro. Todo lo que transita por sus diecisiete capítulos es eso, un viaje errante en pos del libro, una continua indagación en la que desvelar esa idea de movimiento y trayecto que da sentido al espíritu aventurero que toda biblioteca y librería invoca e induce allá donde se erijan.

Contra Amazon es un elogio al libro, una sagaz reflexión en el tiempo, que también clama por esa cierta banalización reinante de la cultura, pero que pone su punto de mira en algo más encomiable y hermoso: señalar y avivar las historias que se entrelazan en medio de ese laberinto de coincidencias, oportunidades, revelaciones, hallazgos, conexiones perdidas y reencontradas que en toda librería y biblioteca afloran.


jueves, 14 de diciembre de 2017

Los libros y la vida

Uno, como lector, nunca regala su atención a un libro de forma gratuita. Lo hace cargado de esperanzas, con la idea de recolectar su fruto. Asumir ese riesgo es la aventura a la que se está siempre dispuesto a correr cada vez que decidimos leer un libro, confiados en una recompensa final. Cuando el resultado esperado se confirma, entonces el regocijo no es disimulable. Es lo que me acaba de ocurrir con la lectura de este libro, y no reparo en declarar mi gratitud hacia su autor, que hizo posible que así sucediera.

La seducción es un arte, qué duda cabe. Lo sabemos los que acostumbramos a tener siempre un libro entre las manos, los que frecuentamos bibliotecas y librerías y nos dejamos persuadir por esos mundos que otros nos descubren. Alberto Manguel (Buenos Aires, 1948), lector, ensayista, antólogo, novelista, traductor y, desde hace dos años, director de la Biblioteca Nacional de Buenos Aires, se caracteriza por eso precisamente, por esa enorme calidez seductora, sinuosa y pujante hacia la lectura, y por ese afán exultante de transmitirnos, como verdadero hombre de letras, su amor irresistible a los libros.

Mientras embalo mi biblioteca (Alianza Editorial, 2017) es un libro nacido al hilo de unas circunstancias personales de traslado de domicilio, con mucha carga de melancolía, que le llevaron a tener que desmontar su oceánica biblioteca, que lucía bien erguida en un antiguo presbiterio en Francia. Se trata de un ensayo envolvente e íntimo, traducido del inglés por Eduardo Hojman, en el que el escritor argentino-canadiense relata todo lo que supuso su biblioteca como recipiente de vida donde reposa el tiempo y su experiencia lectora, en unas circunstancias bien distintas a cómo lo contó en 1931 Walter Benjamin en su breve texto Desembalo mi biblioteca: el arte de coleccionar, en el sentido de reflexionar, mientras sacaba los libros de sus cajas, de los privilegios y compromisos que todo lector deposita en sus estanterías. Dice Manguel que embalar y desembalar son dos caras del mismo impulso, y que sus libros han conseguido conformar a lo largo de su vida bibliotecas esparcidas por diferentes lugares, a modo de autobiografía sucesiva, donde cada libro guarda su chispa del momento en que fue leído.

Lo que ya nos dijo en Una historia de la lectura (1998) de que leer es un poder otorgado al lector con las palabras de otro, para interpretar el mundo, aquí se sostiene igualmente, y se añade lo que subrayaba Kafka en una de sus cartas: “Leemos para hacer preguntas”. Manguel lo mantiene y es persuasivo en ese sentido, hasta el punto de ampliarlo: leer para situarse, para saber cómo y dónde está uno parado, leer para descifrar, además de inquirir.

Este es un libro definido como elegía por su autor, por todo lo que le supuso de dolor abandonar para siempre tierras galas, con ese sentimiento de desamparo, de horror vacui de no poder disfrutar del lugar en el que se había instalado su monumental biblioteca, que tanto tiempo le había llevado reunir, y cuyos libros se amontonaban en cajas bajo sus pies. A pesar de ello, para consuelo suyo, esta circunstancia pondrá más en énfasis su propia sabiduría para animarnos a todos a darnos cuenta de que el verdadero centro de la vida literaria está en la disposición de leer, como actitud mental y solitaria, más allá de donde esté depositado todo libro. Además de esto, hace un repaso por aquellas referencias literarias que significaron su despertar entusiasta por los libros y que insuflaron su pulsión lectora imparable.

Se podría afirmar que Manguel trajo en vena el alma de las bibliotecas. Su madre trabajaba como secretaria en una de ellas. De muy niño se trasladó a Israel al ser nombrado embajador su padre y allí tuvo sus primeros escarceos con la literatura de la mano de su niñera, una joven letrada checoslovaca que le enseñaba canciones y poemas de Schiller y Goethe. Después, al regresar a Argentina, continuaría con más descubrimientos literarios. Las mil y una noches fue uno de sus libros de cabecera. Con apenas dieciséis años empezó a trabajar en Buenos Aires en la librería Pigmalión, y allí se aficionó a leer a los autores anglosajones. Los clientes de la librería eran todos los grandes escritores argentinos del momento. Bioy Casares le recomendó leer a Conrad. Después llegaría Borges que le despertó la curiosidad por Kipling, Stevenson y Henry James.

Los libros siempre han conversado conmigo –dice– y me han enseñado muchas cosas tiempo antes de que esas cosas entraran materialmente en mi vida, y los volúmenes físicos han sido para mí algo muy similar a criaturas vivientes que comparten mi cama y mi mesa.”

Mientras embalo mi biblioteca es un hermoso conjuro literario, un homenaje a las bibliotecas, una declaración de amor y un sincero manifiesto que reivindica la necesidad de ellas. Manguel es un erudito prestigioso de la literatura, un gurú de la lectura que nos devuelve la fe en el poder, misterio y deleite del mundo de los libros.


sábado, 3 de agosto de 2013

Bibliopatía


Hace unos días, mi amigo Jesús Marchamalo hizo una incursión fotográfica en Facebook sobre uno de sus libros escritos hace unos años. Al parecer, la editorial le había remitido algunos ejemplares de Las bibliotecas perdidas y ese hecho fue suficiente para evocarlo con nostalgia y satisfacción. Me uní al coro de sus seguidores y le di un like a la noticia.

Acabo de releer con gratificación renovada Las bibliotecas perdidas (Editorial Renacimiento), un libro-placebo para letraheridos. Todo un compendio de artículos seleccionados, que Jesús Marchamalo (Madrid, 1960), reunió de lo anteriormente publicado, entre el período transcurrido de 2001 a 2008, en el suplemento cultural de ABC. Un texto divertido y ameno a más no poder, y repleto de sorpresas y curiosidades. Toda una trastienda de libros en donde Marchamalo, un obsesivo lector, rastrea, para diversión del lector, en el lado menos conocido de algunos escritores universales: sus manías, rencillas y adicciones.

El libro desvela anécdotas y peculiaridades de autores como un breviario de momentos estelares y secretos, donde descubrimos instantes estrafalarios y obsesivos de los mismos. Las bibliotecas perdidas es un homenaje total a la Literatura, que se lee con soltura, que está muy bien enlazado, a modo de ¿sabías que...? Un juego apasionante de búsquedas e interrogantes sobre las vidas de estos seres únicos e irrepetibles, que son los grandes escritores, para nuestro deleite. En este texto encontraremos excentricidades, manías, peleas, secretos y demás peripecias de los autores mostrados. También nos habla de sus parejas: Simone de Beauvoir y Sartre, Zenobia y Juan Ramón Jiménez, Zelda y Scott Fitzgerald, o sobre la relación de la escritura con el tabaco, las relaciones tensas entre editores y escritores, sin olvidarse de las peleas y riñas callejeras entre ellos que degeneraron en odios eternos.

Si hay algo que destaca por encima de todo en Marchamalo es que habla de lo que más le apasiona, de los libros, y lo hace de manera adictiva, porque lo siente vívidamente. Ninguno de los capítulos de Las bibliotecas perdidas tiene desperdicio, todos brindan destellos personales de los mejores autores literarios. En todos encontraremos material biográfico tan sugestivo como singular de sus vidas. Jesús Marchamalo ha seleccionado muy bien sus reportajes y citas con acertados títulos. Así, por ejemplo, se despacha: Cartas marcadas, el secreter de la correspondencia entre escritores, Muertos y lustres, páginas de obituarios de celebridades literarias que testimonian al no menos célebre desaparecido. En El humo de las musas, se explaya en la constancia del tabaco en los escritores, como Onetti, Camus, Cabrera Infante, Chesterton o Marsé.



Las bibliotecas perdidas es un divertimento literario muy bien contado en 25 capítulos sabrosos de lectura agradable, salpicado de anécdotas jugosas que acaban en la recámara de nuestra memoria como fuente de esas historias privadas que tanto nos gustan a los lectores curiosos y que son la trastienda literaria de las celebridades.