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miércoles, 7 de septiembre de 2022

Los giros de la realidad



La literatura debe apelar a la imaginación. La imaginación es de hecho la carne y la sangre de la literatura, como diría Cynthia Ozick. Incluso va más allá: la literatura –sostiene la escritora estadounidense– no es más que un pacto necesario entre el lector y el escritor para crear un espacio de controversia e imaginación común, capaz de dar sentido al texto. Aun sabiendo que los seres humanos somos imponderables, y rara vez se nos puede aprehender solo con palabras. Sin embargo, los lectores descubrimos cada vez más que toda narración se hace de palabras y elipsis. Palabras y silencio que se encarnarán en personajes, en acciones que urdirán argumentos y tramas, en ideas acerca del mundo y en referencias a espacios y tiempos donde transcurrirá la historia imaginada, dispuesta para sorprendernos.

Si hay un género literario que encaja como ninguno en lo dicho y que siempre alimentó en mí el entusiasmo por la lectura, y sigue haciéndolo todavía, es, sin duda, el cuento. Precisamente el cuento, por lo que posee de laboratorio en su concepción, es pura dinamita, un género bien aquilatado para reflejar, en su brevedad, muchos de los contratiempos que la épica cotidiana nos reserva. Podríamos decir que un cuento es un acontecimiento dramático que implica a alguien que comparta con nosotros, los lectores, lo común de su condición humana en una situación inquietante, insólita e, incluso, cómica, tanto en su atmósfera, en su trama, en su lenguaje, tanto como en la complejidad de su desenlace.

Los cuentos reunidos en Quitamiedos (Talentura, 2021), de Trifón Abad (Murcia, 1979), su segundo libro de relatos tras Que la ciudad se acabe de pronto (2018), finalista del prestigioso Premio Setenil de Cuentos, surgen de nuevo bajo ese mismo dictado efectista y épico, con aire de apariencia invisible e insólita. Albergan un cierto orden temporal del que se proveen los personajes que lo habitan, apurando sus vidas cotidianas, pero estas se verán condicionadas por la irrupción de algo inesperado, sobrevenido, como quien no quiere la cosa: narraciones de apariencia insólita que recalan en lo cotidiano, historias que se sumergen a veces en lo fantástico y siempre acaban ofreciendo al lector un soplo de inquietud o miedo.

En los once cuentos de ahora, lo que le importa a su autor es la dosificación de la información y el crescendo reforzado de cada relato en el que, de una manera u otra, lo extraño, el miedo y lo controvertido de sus personajes conformarán el germen determinante de la historia. En esa misma idea de la que hablaba Poe, la de concebir el cuento como una esfera en la que los detalles que aparecen al principio de la narración ya contengan y vaticinen su final. En el primero de ello, que pone título al libro, narrado con precisión, atento a los detalles, un casco de moto parece estar implicado en un accidente mortal que esconde inquietantes conexiones. En Réplica, el segundo de los cuentos, punteado con imágenes y diálogos reveladores, el afán obsesivo de un padre, coleccionista de figuras de Star Wars, tensará al límite sus arrebatos hasta llevarlo a su propio aislamiento.

En los cuentos de Beneficencia, así con en Tapiyuka o en Antípodas, nos encontramos con tres situaciones que brillan por su realismo, que en el fondo, a lo largo de cada una de sus historias, se va colando con cierta incomodidad una incertidumbre que va trepando, como si algo ominoso respirara bajo la superficie de las palabras. Llegamos a Subterfugios, uno de los mejores relatos, en el que se cuenta cómo alguien es capaz de aislarse en plena pandemia dentro de su coche, encerrado en su propio garaje, como lugar de refugio, sin sospechar de los peligros del inframundo que allí mismo se ocultan.


En cada pieza del libro, Abad presenta la singularidad de un tema que entrelaza en su propia ambientación, sorprendiendo al lector por su pulso narrativo y variedad de situaciones: negocios con cadáveres, lugares paradisíacos en los que está proscrito hablar, plantas salvajes, impulsos obsesivos, magia negra, atropellos, adicciones bajo la presencia de un secreto misterioso. Las peripecias de Quitamiedos viven en una aparente sencillez, pero curiosamente esta se desdobla y se precipita hacia una anormalidad con un soplo cotidiano.

Hacer brotar una buena historia de asuntos corrientes tiene su miga. Tiene que estar muy bien contada para que nos seduzca y atrape a un tiempo. Ha de resolver su misterio con su dosis de aventura y anomalía. Trifón Abad sorprende por eso mismo, por su fuerza narrativa y, sobre todo, por su buceo en las emociones y rarezas de quienes las protagonizan. Los lectores, ya se sabe, amamos la épica, y en estos cuentos se notan sus latidos y sus giros.


viernes, 18 de julio de 2014

Perder lastre


Sobre la obra que hoy reseño en esta bitácora podríamos hacer un ejercicio periodístico con los siguientes titulares posibles: “Cuentos orondos”, “Memorias obesas”, “De básculas y endocrinos” o simplemente, ”Las heridas de una niña gorda”. Como de lo que se trata es de quitarse peso de encima, según se advierte en la contraportada del libro, hago lo propio y el asunto se puede zanjar con el titular que encabezo. Perder lastre es un ejercicio necesario y vital, una tarea que resume la esencia del secreto de La niña gorda (Páginas de Espuma, 2014).

La nueva propuesta narrativa de Mercedes Abad (Barcelona, 1961) es un menú de diez relatos que conectan entre sí. Todos los ingredientes contenidos en La niña gorda se condensan en las travesuras y vicisitudes protagonizadas por Susana Mur, principal personaje que aparece en todos los cuentos.

La autora de Felicidades conyugales logra recrear con acierto los problemas inherentes de una niña obesa desde la infancia hasta llegar a la edad adulta, pero sin dar lástima, porque, deliberadamente, la protagonista no está concebida para sentirse desgraciada por sus kilos de más. En los cuentos de inicio, la niña Susana va observando el mundo que le rodea y evoluciona pasando por situaciones incómodas y tristes hasta otras peores, más crueles.

El arranque de la historia de Susanita tropieza con el primer escollo que debe superar la niña: ponerse a dieta. La madre la lleva al endocrino para poner remedio al lastre del sobrepeso que arrastra su hija y que le impide ser una niña normal, como las demás. Una preocupación legítima de madre que desea que su criatura pueda elegir por ella misma a sus amigas y alejarse de un permanente estado de estar pendiente de aceptación por el grupo. En los primeros cuentos de La niña gorda aparece un narrador omnisciente y puntillista que se empeña en destacar los quebrantos y torpezas de la niña protagonista. Todo va girando y, a partir del relato Las hermanas Bruch, el más extenso de todos, hay un punto de inflexión en el desarrollo del libro: Susana toma la palabra en primera persona para contarnos desde el presente cómo debe desenvolverse en su nueva etapa. La narradora se esmera en proporcionar los detalles del mundo de las traiciones entre jóvenes, así como los márgenes estrechos que separan las verdades de las mentiras.

La niña gorda transita entre comidas, golosinas y atracones, en un popurrí de subtramas que hacen que estos relatos parezcan, a los ojos del lector, una novela fraccionada con savia de cuento sucesivo. Dice la autora que la concibió en una primera versión como novela, pero resultó caótica y al corregirla su conversión se ajustó mejor a lo que es, un libro de cuentos.

Mercedes Abad es una escritora salpimentada de constantes referencias a su maestro Saki, todo un adalid del perfeccionismo aplicado al género del relato corto. La autora catalana ha escrito un libro inteligente, con una prosa vivaz en la que destaca los detalles cómicos y mordaces que hacen que el personaje representado por Susana Mur se revele entrañable y cercano al lector.



La niña gorda es, en realidad, la historia de una rebelión, de cómo se construye una identidad, de ese tránsito de la infancia a la pubertad, de la adolescencia a la mayoría de edad, pero desde el dolor, la humillación y el rechazo. La agudeza narrativa de Mercedes Abad, una escritora con alma de gorda eterna, cala en la memoria del lector y logra que su metáfora  alcance a todos los que hemos sido diferentes en nuestra recóndita infancia: bajitos, tímidos, obesos o gafotas empollones, apartados cruelmente por la mayoría dominante de los normales. Por esto y por más razones inconfesables, la niña gorda se hace querer.