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martes, 22 de abril de 2025

A medida que pasa el tiempo


Me atrevo a decir que la condición elemental de un libro de aforismo es la que le permite prescindir de la fecha en que fue concebido para seguir produciendo emociones, alegría, perplejidad o calambre. Los buenos libros de aforismos son espejos del mundo de cualquier época, porque están hechos de horizontes. El mundo es la plantación donde surge la fotogenia del aforismo. Que la mayoría de nosotros no seamos capaces de ver más que lo evidente no significa que lo extraordinario o misterioso no esté en otras muchas partes, como escondido al paso del tiempo, a la espera de ser captado. En esta sensación de desvelamiento de uno mismo en las palabras de otro y de hacernos pensar, es cuando mejor se palpa que la raíz del verbo leer proviene de recolectar el fruto de una siembra.

Por eso mismo, conviene no olvidarse de que lo que importa en la literatura, en cualquiera de sus géneros, son los resultados. Estamos viendo ahora que el aforismo español vive un auge gozoso. Responde, ciertamente, al ámbito global de nuestro tiempo y a la visión personal de los envites que nos acechan. El escritor de aforismos persigue seducirnos, creando ese velo idiomático de naturaleza reflexiva con aire de persuasión. De ahí que, tras la lectura de un buen libro de aforismos, nos reconforte recordar la punta afilada de muchos de ellos y releer lo subrayado por nosotros mismos. No encuentro mejor recompensa que verme inmerso en ambas tareas, confirmando el interés que el aforismo despierta en mí, siendo el género que menos tiempo me lleva leer, pero, en muchas ocasiones, el que más tiempo me lleva entender su alcance.

El tiempo todo lo oscura (Siltolá, 2025), el nuevo libro de aforismos de Ricardo de la Fuente (Sacramenia, Segovia, 1956), transita por este sentir que obliga al lector a pararse y a afilar el lápiz para el subrayado de un buen número de miradas que tratan de explicar la vida cotidiana desde la reflexión, la perplejidad y el humor. Brevedades que requieren ser leídas, poniendo una atención especial en aspectos como el tono, la cadencia, el estado de ánimo, la ambigüedad y la inventiva verbal entre lo literario y lo filosófico que pone de relieve el autor. El lector que se anime a leer estas miniaturas encontrará, antes que ejercicios de ingenios o frases felices, un afinado compendio de pensamientos intensos que, de forma sencilla y con animado sentido del humor, sacuden mucho de lo que damos por sentado.

Entre su amplitud temática, encontramos sentencias y epifanías sagaces que nos sacan media sonrisa, incluso, sonrisa y media, valga este primer aforismo del libro y otros que siguen con su misma chispa y agudeza: Qué sabiduría la de la presbicia que nos obliga a alejarnos para ver mejor; Han refinado tanto el juego de la gallina ciega que todos creemos que es el otro el que lleva la venda puesta; Le diagnosticaron una ex mal cicatrizada; Hay días que mi ego se pasa a la competencia. De la Fuente despliega su agudeza dejando entrever cómo el aforismo tiene mucho de juego, ingenio y desafío, sacándole partido a la observación de lo cotidiano, como muestran estas tres brevedades suyas: Para cuando uno aprende a mover las fichas por el tablero de la vida, el juego ha perdido interés; No moverse es la forma más frecuente de huida; No hay época de mayor juventud que la alegría.

Tampoco le importa constreñir sus aforismos en miniaturas más sintéticas, como balbuceos de una filosofía minimalista que, tras leerlos, dan para más conjeturas de la realidad retratada. Valgan estos ejemplos: Madurar es aceptar los yos sobrevenidos; Conocer conforta, saber inquieta; Ideas fáciles, ideas frágiles; Todos tenemos un precio de rebajas; No quiero que me sobren años... Le importa mucho a Ricardo de la Fuente resaltar que su fascinación por lo escueto, como ya dejó plasmado en su anterior libro, Andar en la niebla (2017), se halla en combinar con tino la hondura de la sencillez y la expansión de lo fugaz, consciente, como decía Bergamín, de que el valor supremo de un aforismo consiste en que sea certero.


A los que nos gusta este género y disfrutamos con la inquebrantable voluntad de certeza, de concisa e intensa verdad, provocadora y persuasiva, que existe en la propia esencia del aforismo, nos recreamos en su travesía porque somos entusiastas de sus retazos y pulso, de su modo de preguntarnos por lo que nos rodea y de su forma de comunicarlo. En El tiempo todo lo oscura se vislumbra un jugoso conjuro sobre todo esto, un libro en el que el lector encontrará puntos de vista sobre la realidad, el tiempo suspendido, la imaginación, la vida reflejada y, también, confluencias personales: Dicho queda lo dicho sin la menor sombra de certeza.

martes, 20 de junio de 2017

Escribir con sacapuntas

Ricardo de la Fuente (Sacramenia, Segovia, 1956), catedrático de Sanidad Animal en la Facultad de Veterinaria de la Universidad Complutense de Madrid, autor de más de un centenar de trabajos científicos, ha tenido bien guardado durante mucho tiempo su secreta vocación literaria. Hace unos años se inició en la ficción narrativa en el taller de escritura creativa dirigido por Clara Obligado. Tal vez leer y escribir sea lo único que merezca la pena aprender, lo único que valga la pena enseñar a todo el mundo para honrar a nuestra especie. Leer y escribir son intentos de libertad, de ensanchamiento, de travesía y de experimentar nuevas emociones. La afición a escribir es incurable, decía Carlos Pujol, y aconsejaba no impedirlo, aun a sabiendas de que cada cual, en ese juego de palabras, escribe como puede y no como quiere; “porque se escribe lo que deciden las palabras”.

Este veterano profesor universitario confiesa que le gusta escribir con el sacapuntas y, ciertamente, parece que el diminuto afilador le acompaña de forma permanente en su manera de entender la escritura. Su debut literario irrumpe felizmente en un género que, engañosamente, parece estar al alcance de todos, como si el aforismo per se facilitara a cualquiera la gracia necesaria para indagar en ese sentido innato del hombre de apreciar la verdad, la eufonía y la resolución a las preguntas de la vida. Lo que el lector descubre en Andar en la niebla (Cuadernos del Vigía, 2017), galardonado con el Premio Internacional José Bergamín de Aforismos de este año, es que para concebir un libro de estas características se precisa un duende risueño, un talento especial que no incurra en la simple ocurrencia y nos conduzca a tomarnos un poco a broma la frase elevada o la máxima solemne. Ricardo de la Fuente posee esa gracia y sabe que escribir aforismos consiste, antes que nada, en tener en muy alta estima las condiciones de quien los va a leer.

Se dice que, a pesar de su tamaño, en el aforismo puede caber cualquier género literario, desde la poesía lírica y experimental, hasta el microensayo, pasando por la narrativa más sucinta, el pensamiento concentrado o la mordacidad humorística como se advierte, por ejemplo, en estos dos subrayados del libro: No destacarás impunemente; El corazón y la cabeza se entienden a nuestras espaldas.

Esta colección, que reúne doscientos setenta y cinco aforismos, está estructurada en cuatro epígrafes, cada uno de los cuales aglutina particularidades afines o metafóricas al título enmarcado, pero, en todos, el autor nos viene a decir que la valía del ser humano no reside en la verdad que uno posee o cree tener, sino en el sincero esfuerzo que pone para alcanzarla.

En la primera parte titulada Virutas, De la Fuente esparce sus breverías sin pretensiones de deslumbrar, sino de excitar y de mostrar la sencillez de las cosas que nos suceden: Nada se descubre sin salirse del sendero, dice en una de ellas; Cada día nos cambia el futuro, subraya en otra; Las virutas de una barra de hierro siguen siendo hierro, sentencia con el aforismo que pone fin a esta sección.

En Pasar página, hay muchos guiños a la lectura y a la escritura: No usarás el adjetivo en vano, advierte; ¡Cómo vas a saber lo que piensas de verdad si no te pones a escribirlo!, exhorta en otro anterior; Aprender a leer lleva décadas, avisa a los distraídos; Las palabras se van con los poetas porque las sacan de su rutina, atina en este henchido de lirismo

Estar a las dudas y Egometría conforman las dos partes finales del libro y en ellas el pensamiento y la introspección destacan como fundamento de los aforismos que los acompañan, como vemos en estos cuatro: Es tan corta la vida que no alcanza para atar cabo; Desear es fácil. Lo difícil viene después; Llega una edad en que uno puede permitirse el lujo de cambiar de defectos; Mis contradicciones no saben que les seré infiel con otras.

Andar en la niebla es un libro sabio, escrito con inteligencia e ironía, que refleja mucho la agudeza de su creador, un manifiesto ejercicio provocador de ingenio y alumbramientos en el que la sutileza y el humor acampan con regocijo por sus líneas y por sus silencios.


De la Fuente debuta, sorprendiendo a propios y extraños con este libro luminoso que repara en la vida y en sus detalles, con reflexiones en miniaturas, muchas de ellas de tan solo tres o cuatro palabras, las precisas para que el lector las ingiera con inmediatez y provecho, un estupendo texto para disfrutar en donde el lector encuentra algo de sí mismo que no sabía y agradece.