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lunes, 7 de febrero de 2022

Chesterton revisitado


Uno de los empeños más notorios de este cascarrabias que medía 1,93 metros y pesaba 120 kilos llamado Gilbert Keith Chesterton, en muchas de las buenas páginas que escribió a lo largo de su vida, era refutar la perspectiva moderna, pero de raíces clásicas, que describe el mundo con tintes lúgubres y pesimistas. “Para Chesterton –como subraya Savater en un artículo publicado hace unos años en El País–, la verdadera herejía moderna no es haber rechazado o ignorar a Dios, sino rechazar o ignorar en qué consiste la alegría”. A Chesterton le importaba el sentido tragicómico de la vida y, por eso mismo, no se cansaba de esparcir en sus textos ráfagas humorísticas como paradojas de la propia existencia, tocando asuntos trascendentales con sumo desparpajo para provocar la discusión y alentar el sentido crítico de la vida.

Aunque es evidente que le chiflaba la diversión dialéctica, no buscaba tanto sorprender o desconcertar, como hacernos pensar dos veces y desde un ángulo menos trillado de lo que se supone tan obvio. Para Chesterton, la literatura es ese ámbito casi milagroso en el que tiene lugar el uso del lenguaje que, traducido en palabras suyas: “donde una persona dice realmente lo que quiere decir”. El autor de El hombre que fue jueves fue alguien desbordante, apasionado y ocurrente, que no rehuía de la polémica y, por tanto, no dudaba cuando se le presentaba la ocasión de arremeter contra aquellos a quienes juzgaba de andar equivocados.

Ricardo Moreno Castillo (Madrid, 1950) nos trae de nuevo a la palestra la personalidad de este prolífico escritor que cultivó todos los géneros literarios y que destacó especialmente en el periodístico, con un librito mordaz, fresco y jugoso de conversaciones en el que el autor y el genio se sientan a debatir sobre asuntos candentes de siempre. Qué hay de nuevo, Chesterton (Fórcola, 2022) es una especie de ensayo que brota de los propios textos del escritor londinense, una manera inventiva de plasmar con gracia y frescura conversaciones insólitas de un apasionado lector sobre el pensamiento literario e intelectual de Chesterton, cuya figura irónica y perspicaz se presta como pocos al debate de lo que acontece en los tiempos que corren.

El lector curioso encontrará, mucho más que un juego libresco e imaginario, un deliberado encuentro entusiasta, culto y divertido con alguien que, como se dice en la introducción del libro, “sólo intenta reproducir algunas de las polémicas y las conversaciones que tantas veces mantuve mentalmente con él. Y polemizar con Chesterton no es tarea fácil porque a veces usa argumentos que no convencen pero cuya brillantez le deja a uno sin respuesta”. No estaría mal recordarnos aquello que afirmaba Borges de que no hay página de Chesterton que no contenga un deslumbramiento. Lo mismo podríamos decir que, de aparecer hoy, que es lo que trata de decirnos este libro, su paradoja no solo encaja en el pasado por haber sabido identificar aquellas cuestiones de entonces, sino que presenta su validez ahora.

Inmune a las tendencias de antaño, el pensamiento de Chesterton suena perenne. Esa cualidad suya, viene a decirnos Moreno Castillo, se deja colar en nuestros días. Y a esas ganas de difundir sus palabras y controversias se presta, porque entiende que no dejan de lucir frescas y provechosas hoy por hoy, ya sea si habla de animales, de convenciones, de dinero, de educación y modales, como si se tercia desentrañar los entresijos de la felicidad o de la filosofía, o sencillamente si de lo que se trata es de opinar acerca de la vanidad de muchos de los conceptos aceptados mayoritariamente por las élites, de los propios intelectuales, de los libros y los lectores, de la tradición y la democracia, de la fe o de la sencillez, como aquí queda dicho: “Porque la humildad es madre de los gigantes. Uno ve las grandes cosas desde el valle. Desde la cumbre sólo se ven las pequeñas”.

La gracia del libro está en la entente cordial dialogada que se establece entre el autor y el genio, en sus resonancias morales y en la chispa que resulta de ese fluir contagioso que dimana de la conversación fértil y ventajosa que lo agita. Y es desde ese engranaje donde surge uno de sus momentos estelares en el que el autor rescata de Chesterton su verdadero sentir sobre los libros y la literatura, una declaración ferviente que firmaría cualquier lector que se precie de serlo: “...Los seres humanos no pueden ser humanos si no tienen un campo para la fantasía o la imaginación, alguna vaga idea de lo novelesco de la vida... Cualquier persona necesita, alguna vez, nutrirse de ficción tanto como de realidad. Porque la realidad es algo que el mundo le da, mientras que la ficción es algo que ella le da al mundo”.


Moreno Castillo sabe hurgar en el pensamiento y en el alma de Chesterton, dejando su poso, entreabriendo lo que le importa de su manera de entender la historia y su discurrir por el tiempo, como parte fundamental del conocimiento y del aprendizaje. Esto, por otra parte, apuntala la idea que tenía el británico de entender lo esencial de la democracia, que, para el bien de todos, no es más que alcanzar lo que tienen en común los hombres y no lo que los separa.

Una vez más, Moreno Castillo acredita con suma audacia su carácter persuasivo al incitarnos a la lectura de los clásicos, algo que, en esta ocasión, lo hace, como indica Ignacio Peyró en el prólogo del libro, con una maravillosa antología chestertoniana, o lo que es lo mismo, con un pequeño compendio de buena parte de su universo personal que responde a un fecundo artificio de lectura ágil, perspicaz y amena para el sosiego y disfrute del lector.


lunes, 24 de mayo de 2021

Profeta de la posmodernidad

Siempre he leído las entrevistas con placer. En verdad, es un género que cuando se hace bien se convierte en una breve biografía o semblanza de la que obtenemos de primera mano lo más hondo y privado del testimonio del otro interlocutor. En estas conversaciones reunidas en Vivir en tiempos turbulentos (Tusquets, 2021) que Peter Haffner, periodista y ensayista suizo, mantuvo con el filósofo y sociólogo Zygmunt Bauman (Poznan, Polonia, 1925- Leeds, Gran Bretaña, 2017), uno de los intelectuales europeos más influyentes de nuestra época, el lector se va a sumergir en una suerte de diálogo vívido y jugoso que culminará en un final abierto a la reflexión. Un final, como corresponde a un libro que se precie, en el que no hay respuestas definitivas, pero sí un pálpito recurrente de la realidad que, en palabras de Bauman, estaría dentro de todo lo que significa el marco de vivir en una época de incertidumbres, de tiempos líquidos donde nada es del todo indiferente, donde nada permanece indemne y sin contacto: “La única entidad cuya esperanza de vida se ve hoy incrementada es la entidad individual... Nosotros nos mantenemos estables en el marco de un contexto que cambia de forma constante”.

Bajo la traducción de Lorena Silos Ribas, nos vamos a encontrar a lo largo de estos diálogos con un Bauman que habla con mucha naturalidad y soltura sobre su obra y su vida. Cuatro conversaciones, una en febrero de 2014, las otras tres en abril de 2016, que abordan también aspectos candentes de la sociedad, como son la responsabilidad del individuo, la experiencia, las circunstancias del presente y el desafío de un futuro cargado de incertidumbres. También se reflexiona en ellas sobre pasajes cruciales de la historia polaca y europea, así como sobre el sentido del amor y la búsqueda de la felicidad. Además, nos brinda un buen puñado de luminosas ideas que constituyen el núcleo de su pensamiento: la modernidad líquida, el trato a los desfavorecidos de la historia, el auge de los fundamentalismos o la ambivalencia del carácter y destino del individuo a la hora de conformar su compromiso con una vida moralmente humana. Persiste mucho en esto último, y por eso recalca que: “Saber tomar no solo una decisión correcta, sino también una incorrecta, es el mejor terreno para la moral”.

El libro está estructurado en diez epígrafes que conforman, a modo de capítulos, la esencia de los contenidos que van surgiendo a lo largo de las preguntas que el entrevistador va engarzando ágilmente conforme se suceden las respuestas de Bauman. Y así, por ejemplo, descubrimos, en la que lleva por título Intelecto y compromiso, su sentir y actitud intelectual respecto a la escritura y a la política. Para él, la tarea del intelectual consiste en observar lo que sucede en la sociedad en la que vive, “un cometido que va mucho más allá de los intereses personales y profesionales”. Por eso considera fundamental que el deber de los intelectuales no sea otro que “servir al pueblo” y, desde luego, “salvaguardar los valores que no dependen de los vaivenes de la escena política”. Respecto a la pregunta de para qué escribe, Bauman contesta que en el por qué lo hace es donde encuentra el verdadero sentido de su oficio. Sencillamente, un día sin escribir para él es un día perdido, una traición a su vocación genuina. “Para vivir, no he aprendido nada más que a escribir”, concluye.

Por otro lado, en el planteamiento del autor de Tiempos líquidos, la búsqueda de la identidad es la tarea y la responsabilidad vital de toda persona, y esta empresa de construirse a sí mismo constituye al mismo tiempo la última fuente de arraigo. Además de este enfoque, alude a la precariedad de tanta gente desfavorecida. La felicidad, otro de sus temas estelares, se ha transformado, de aspiración ilustrada para el conjunto del género humano, en deseo individual. Aunque es consciente de que su búsqueda no alcanzará una circunstancia estable, porque si la felicidad puede ser un estado, solo puede ser un estado de excitación espoleado por la insatisfacción.

Conforme vamos escuchando su voz, sus respuestas y referencias, llegamos a la conclusión de que Bauman no ofrece teorías o sistemas definitivos, se limita a describir nuestras contradicciones, las tensiones, no sólo sociales, sino también existenciales que se generan cuando los humanos nos relacionamos. Para él, la identidad en esta sociedad de consumo se recicla. Es ondulante, espumosa, resbaladiza, acuosa, tanto como su persistente metáfora preferida: la liquidez. Lo «líquido» de la modernidad, nos viene a decir, se basa en la contraposición entre sólidos y fluidos: mientras que los primeros se mantienen fijos y estables en su forma, los segundos, por el contrario, fluyen, están sometidos a continuas transformaciones. Surge así la asociación de manera inevitable, vinculando lo sólido con el mundo de ayer, mientras que lo líquido vendría a representar la modernidad, nuestro presente más inmediato.

Vivir en tiempos turbulentos es un libro abierto y ameno que capta la experiencia fragmentada de un hombre armado de luminosos argumentos del mundo circundante, un intelectual de largo recorrido que acuñó la terminología de definir la modernidad como “un tiempo líquido”, un pensador que dio cuenta, con precisión y altura de miras, del tránsito de modernidad “sólida”, esto es, estable, repetitiva, a una “líquida”, flexible, voluble, en la que las estructuras sociales ya no perduran el tiempo necesario para solidificarse, porque son más instantáneas, escurridizas y caprichosas. Este es un libro que contagia tanto por su claridad de exposición, como por su frescura, y por todo lo que muestra del pensamiento y del perfil humano de Zygmunt Bauman.

La grandeza de un libro, da igual el género al que pertenezca, estriba en ver si creó el espacio suficiente, incluso en pocas páginas, para que resuenen dentro de ellas una continua cascada de ecos que conciten al lector a la emoción y al pensamiento. A todo esto, lo mejor que se le puede pedir a un libro es su final, no tanto por lo que tenga este de sorprendente, brillante o redondo, sino porque, como subraya Enrique García-Máiquez, acaba y seguimos. Es decir, por lo que sus palabras, sus ideas, sus frases, su tono y latido logren penetrar en nosotros. De una manera sutil, los buenos libros nos enseñan que más allá de su punto final hay mucho desafío, pensamiento y vida por delante.


lunes, 25 de enero de 2021

Hacia la literatura

Se dice de Enrique Vila-Matas que es un personaje excéntrico y genial, algo que, en todo caso, acrecienta su carácter y le acarrea fama de un raro de la literatura. No son muchos los que conocen a fondo su manera de volcarse en su oficio de escritor y saben de su disciplina de trabajo diario, de su minuciosidad con la que acude cada mañana para meterse de lleno en esa manera singular tan propia de entender la narrativa. Vila-Matas se asemeja a sus novelas. Eso nos parece. Hay mucha correlación en sus textos entre vida y literatura, como si habláramos de un descendiente de esa saga reconocible a la que pertenecen Borges, Kafka o Pessoa. Nos bastaría leer al azar un párrafo cualquiera de una página suelta de alguna de las obras de uno de ellos para identificar su firma.

Digamos que hay escritores que destilan literatura a raudales, como los que hemos señalado, no solo por sus libros y su apariencia física, sino hasta por la manera de vivir y sentir su propia existencia, que se desdoblan en un yo físico y en un yo metafórico, formado de palabras, de frases y de citas reales o inventadas. Vila-Matas pertenece igualmente a este grupo reducido de artista, un hombre libro, literato, egregio y gran embaucador que transita liviano por el mundo de las letras con la única ambición de escribir siempre, y que no puede dejar de hacerlo, que sabe que escribir significa detenerse, demorarse, deshacer, repetir, que escribe para escribir, no para haber escrito y publicado.

Todo ese universo literario que rodea al escritor barcelonés está muy presente en Ese famoso abismo (Wunderkammer, 2020) un libro en el que recoge las conversaciones que la filóloga, escritora y periodista Anna María Iglesia (Granada, 1986) mantuvo con él durante varios meses, con muchas revelaciones curiosas, cuando no sorprendentes. Una de las más llamativas para Iglesia se refiere a que Vila-Matas sea un escritor que está en la literatura para saber quién es e indagar sobre sus propios límites, con la voluntad de aventurarse a nuevos terrenos para experimentar. Terrenos complejos y arriesgados que le han supuesto explorar desde el vacío hasta el abismo, eso sí, con una advertencia: “No nos engañemos, escribimos siempre después de otros”. Desde sus comienzos literarios él se ha planteado con frecuencia el viaje interior a sí mismo, un trayecto que nos lleva a su Ítaca, su mundo literario, como una infinita excursión circular.

A lo largo de estas conversaciones descubrimos sus gustos y simpatías literarias por autores tan grandiosos como minoritarios, de la talla de Perec, Walser, Bolaños o Pitol. Ningún artista soporta la realidad, y menos Vila-Matas. Los lectores fieles a su singularidad tenemos una oportunidad más de comprobar en estas conversaciones tan vívidas que Anna María Iglesia sostiene con el autor de Bartleby y compañía cómo la imaginación y la inventiva de la que hace gala el escritor catalán nos empujan a creer, como auto de fe, en su obra literaria y nos concita a una pregunta retórica: ¿Y si todo lo escrito por Vila-Matas pasara? Lo mismo que la mejor ficción, tal vez ofrezca otra posibilidad más compleja y ambigua. La creación vilamatiana es un experimento y una creencia. Otra de sus convicciones que no deja de resaltar es “el esmero en el trabajo”. Para él es “la única convicción moral del escritor”.

Ese famoso abismo es un libro ágil y sugerente, estructurado en ocho capítulos muy llamativos. En el primero de ellos, Por qué escribir, encontramos esta revelación de Vila-Matas sobre el tipo de narrador que le gusta, que no es otro que aquel que baja al ruedo y prolonga “aquello que siempre ha estado en juego en la literatura, la exploración de ciertos abismos”. En otro titulado La poética del fracaso pone el acento en la impostura como trama novelesca, un asunto que destaca en su novela Doctor Pasavento, o en Aire de Dylan, donde el concepto de fracaso va de la mano de la figura indolente de Oblomov, como una manera de apartarse del mundo.

En el meollo del libro se condensan dos de sus apartados más determinantes del volumen y del sentido literario de la escritura de Vila-Matas: Escritura bisagra y El arte de desaparecer. En el primero destaca la importancia de introducir citas en el texto. “Las citas –confiesa– de algún modo me servían para dar cuerda al reloj que estaba en el fondo de cada una de mis novelas”. En el otro, muy presente en su novela El mal de Montano, se incide en la propia cita de Blanchot con la que abre el libro que dice: “¿Cómo haremos para desaparecer?”, como le ocurre también al doctor Pasavento que aspira a desaparecer, pero vive anclado en el texto, incapaz de salir de él.

Se dice que la realidad imita a la literatura, y uno, que se deja seducir por todos esos buenos libros que están en la vida, encuentra en este formidable texto dialogado de Iglesia un canal jugoso hacia la literatura de Vila-Matas para conocer mucho del engranaje y significado de su obra. Ese famoso abismo nos muestra su abrumador universo literario, valiéndose además del resorte inapelable de lo mucho que se parece la escritura a la vida, un mestizaje de identidad e impostura, que habla mucho del secreto literario de su autor y del misterio de la imaginación que lo provoca.


lunes, 27 de enero de 2020

Literatura, familia y caza


Si el ensayo es el centauro de los géneros literarios, como diría el escritor mexicano Alfonso Reyes, un libro de entrevistas, de conversaciones, es una suerte de tentativa proteica. Ya de por sí, su nomenclatura incluye una identidad muy particular: entrever, ver entre, mirar a través de. Su función sería, según su criterio, dar testimonio de lo que acontece en un espacio verbal y en un tiempo determinado para quien se presta al diálogo. Un libro de conversaciones no tiene el rigor hermético de un ensayo. En su favor, la conversación cobra un interés inusitado cuando, bien dirigida, alcanza límites que llegan a sobrepasar las expectativas del lector.

Javier Goñi (Zaragoza, 1952), licenciado en Literatura Hispánica y Ciencias de la Información, periodista cultural y crítico literario desde 1976, publicó en 1985 este interesante libro de conversaciones en torno a la figura de Miguel Delibes que traemos hoy a estas páginas, con la idea de centrar su escritura acorde a ese proceder de mostrar sin ambages al lector un retrato próximo en el que reflejar la personalidad de este ilustre escritor castellano, así como sus secretos y su testimonio vital, con el propósito de acercarnos a conocer su visión del mundo y palpar una particular interpretación de su obra en marcha y, de paso, enterarnos de las cosas más relevantes que sacuden su existencia y de algunos otros pasajes más prosaicos, como su miedo a volar en avión. Se acaba de reeditar en Fórcola el libro aludido, dentro de la colección Singladura, bajo el mismo título con el que se publicó hace treinta y cinco años.

Cinco horas con Miguel Delibes vuelve a las librerías con la misma frescura con la que apareció en su día, y ahora, que se cumplen diez años de su muerte y cien del nacimiento del creador de El hereje, regresa también como un claro homenaje a su figura. Sus libros, su talante equitativo e independiente y su relación con el mundo que le tocó vivir eran a todos los efectos uniformemente coherentes, al menos muchos de los que le conocieron, como el autor de este libro, mantenían que nunca los excesos, ni las interferencias eran propias de su carácter. Delibes era un hombre sobrio y ponderado, amable, caballeroso y circunspecto, como así también lo describía Caballero Bonald en el libro de semblanzas Examen de ingenios, provisto de una dignidad profesional intachable.

Goñi nos presenta un texto dinámico muy bien estructurado en cinco capítulos, con prólogo y epílogo. El primero de ellos transita por la infancia. En el segundo, la conversación se convierte en un largo paseo por los caminos de Castilla. El tercero desvela los entresijos de su profesión periodística y las vicisitudes que tuvo que sortear con la censura como director de El Norte de Castilla. En el siguiente capítulo, Goñi se acerca al entrevistado con preguntas en torno a su faceta provinciana y burguesa. En el último se detiene para mostrarnos su alma ecológica. Para Delibes el cuidado de los recursos de la naturaleza es tan importante para el presente como vital para el futuro: «El progreso debería avanzar como andan los hombres prudentes. No dar el segundo paso antes de haber afianzado el primero».

Estamos ante un testimonio que nos acerca a un escritor que, según deja entrever el autor del libro, vivió sus inquietudes vitales y literarias más para adentro que para afuera, que se desentendió todo lo que pudo de exponerse al público. No estar del todo presente en el ambiente literario fue siempre una característica suya. Sin embargo, su apartamiento, unido a ese rasgo pesimista tan suyo de ver las cosas, le valieron para agudizar su perspicacia en el desarrollo de sus novelas. En estas conversaciones descubrimos a un Delibes nada disperso en el tratamiento de sus ideas y en los temas que más le importaban: «No me he considerado nunca un intelectual, que es un hombre que utiliza ideas y ensaya con ellas. Yo soy sólo un manipulador de personas», confiesa, refiriéndose a los personajes de sus libros.

Nos revela Goñi que Delibes es un buen conversador, un hombre bien precavido, que rara vez se arriesga a decir una vaguedad, que se encuentra mejor y más a gusto cuando habla a través de sus personajes, de lo que saben y comprenden. Aunque sus inicios de escritor fueron algo tardíos, su oficio como periodista le valió para desempeñar la sagacidad narrativa de sus obras con mayor soltura, al igual que su propósito de conocer Castilla, con la vivacidad de un cronista experimentado. Anduvo de aquí para allá, con la escopeta al hombro o como senderista, rastreando palabras, perdices, utensilios o costumbres lugareñas. Sus novelas alcanzaron un éxito inusual en su tiempo y muchas lo acrecentaron cuando se trasladaron al teatro o al cine. Algunas, como Las ratas o Lo santos inocentes son de una crudeza naturalista que coinciden con la aspereza de la literatura del socialrealismo. A esto se suma lo que más de una vez Delibes aireó refiriéndose a su tesis de que la ecología y la caza son perfectamente compatibles.

En fin, el nombre de Delibes ha venido a quedar indisolublemente ligado al de su tierra. Su narrativa está estrechamente vinculada con la geografía rural del territorio por el que transitó su vida y su obra. Javier Goñi ha sido capaz de resumir toda la vida de un destacado hombre de nuestras letras en apenas doscientas páginas, dándonos a conocer muchos detalles de la integridad personal de un escritor preocupado siempre por la pureza del lenguaje, la cercanía familiar y el deleite de la caza, que dio vida, a través de su prosa pulida, a un sinfín de personajes como El Mochuelo, El Nini, Paco “El bajo”, Menchu o Cipriano Salcedo, reconocibles y entrañables protagonistas que conectaron sus sentimientos con nosotros mientras leíamos sus historias.

El rescate editorial de un libro de interés literario y cultural como esta estupenda biografía dialogada es un acontecimiento a celebrar, no solo porque engrosa la coherencia del catálogo del sello que la edita, sino porque ofrece una nueva oportunidad al lector de hoy de acercarse a una figura entrañable de nuestra literatura, arquetipo de escritor honesto, que dejó una copiosa obra con marcado carácter castizo. Un disfrute.


domingo, 25 de agosto de 2019

Encarnar la verdad


Usted dice que le debemos a la literatura casi todo lo que somos y lo que hemos sido. Si los libros desaparecieran, la historia desaparecerá, y los seres humanos también desaparecerán. Estoy segura de que tiene usted razón. Los libros no son solo la suma arbitraria de nuestros sueños, y nuestra memoria. Nos dan también un modelo de la autotrascendencia. Algunos piensan que la lectura es solo una especie de evasión, una evasión del mundo «real» de todos los días a un mundo imaginario, el mundo de los libros. Los libros son mucho más. Son una manera de ser plenamente humano”.

El periodista Jonathan Cott (1942) recoge este breve texto, tan lúcido y emotivo que Susan Sontag (1933-2004) escribió en 1996 y que tituló Una carta a Borges, como colofón del prólogo que antecede al libro que ahora publica Alpha Decay, traducido por Alan Pauls, que contiene la entrevista completa que le hizo a la ensayista y novelista norteamericana en 1978 para la revista Rolling Stone, de la que él era un colaborador asiduo. Cuenta Cott que Sontag siempre intentó desafiar y derribar todo estereotipo social que pusiera límite al desarrollo del pensamiento y la creación artística de la gente, a la ética y estética, y, desde luego, a la conciencia y anhelo del individuo, independientemente de su tendencia sexual.

Lo que nos vamos a encontrar en esta entrevista es la pasmosa confianza de una intelectual dispuesta a encarnar la verdad de su vida a través de sus propios juicios, así como desvelarnos su extraordinaria avidez por las artes, especialmente por la música y las grandes obras literarias. Para Sontag hay obras para toda la vida, como La montaña mágica de Thomas Mann. Admira a los filósofos, principalmente a Platón, Nietzsche y Wittgenstein. Se muestra, como lectora y escritora, apasionada por los diarios y las cartas. La poesía, para ella, tenía que ser: exacta, intensa, concreta, significativa, rítmica, formal, compleja. Pero lo más significativo que se descubre en esta vívida entrevista es todo lo que nos aproxima a su sentido de la vida. Ella creía, por encima de todo, en la libertad de ser fiel a sí misma.

Susan era también una mujer feminista, pero a menudo atizaba a sus compañeras feministas con despiadadas críticas, especialmente contra la retórica feminista, por encontrarla ingenua, sentimental y anti-intelectual. A este respecto subraya que el mejor libro feminista que se ha escrito es El segundo sexo, de Simone de Beauvoir. También dice de la escritora francesa que ha sido “la primera persona que se metió de veras con la significación de la vejez como fenómeno cultural”. No hay duda de que este asunto es de suma importancia y sale a relucir en la entrevista. Vivir, según ella, consiste también en convivir con el paso de los años y con laaceptación de la enfermedad. Por eso mismo, afirma que “no puedes enfadarte con la naturaleza, no puedes enfadarte con la biología. Todos vamos a morir; eso es algo muy difícil de soportar, y todos pasamos por ese proceso”.

Volviendo a su pasión lectora, compartía igual que Virginia Woolf su entrega a los libros. La lectura era para ella, como ya nos contó su nuera, la escritora neoyorquina Sigrid Nunez en su interesante libro de recuerdos Siempre Susan (2011), una idea del paraíso vital y, para vivir esa vida plenamente, leer era algo necesario y fundamental, y siempre con un lápiz entre los dedos para subrayar, dejar anotaciones o responder, por ejemplo, con esto otro tal como recoge la entrevista: “Leer es mi entretenimiento, mi distracción, mi consolación, mi pequeño suicidio. Cuando no puedo soportar el mundo, me acurruco con un libro y es como si una pequeña nave espacial me llevara lejos de todo”.

Susan Sontag. La entrevista completa de Rolling Stone es un libro ameno y lleno de interés, en el que se recogen no solo el pensamiento de la escritora y sus gustos artísticos, sino muchos detalles personales e íntimos, como esta confesión tan curiosa, y no menos extravagante, que hace del rock and roll: “Me encanta el rock and roll. El rock and roll me cambió literalmente la vida... De niña, no puedo decirte lo alejada que estaba de la música popular. No escuchaba otra cosa que crooners, y los detestaba. No significaban nada para mí. Y de pronto escuché a Johnnie Ray cantando Cry –fue en una rocola– y algo me paso en la piel... Para serte franca, creo que el rock and roll fue la razón de mi divorcio. Creo que Bill Halley y sus Cometas y Chuck Berry [risas] fueron los que me decidieron a divorciarme y dejar el mundo académico y empezar una nueva vida”.

Este es un libro cercano y fluido, como corresponde a una buena entrevista, para entendernos con el alma de una escritora comprometida con su trabajo intelectual, para acercarnos a conocer su mirada del mundo y palpar su particular interpretación de las cosas, de forma directa y clara, con esa legitimidad tan excepcional que otorga la coherencia de una vida dispuesta incluso a “establecer una relación agresiva y antagónica con la falsedad en todas sus formas... Sabiendo perfectamente bien, una vez más, que se trata de una tarea infinita, puesto que es imposible acabar con la falsedad o la falsa conciencia o los sistemas de interpretación”.

Un gusto haber disfrutado de sus remansos.


martes, 15 de enero de 2019

Una mujer admirable


Un libro de conversaciones no tiene el rigor hermético de un ensayo. En su favor, la conversación cobra un interés inusitado cuando, bien dirigida, alcanza límites que llegan a sobrepasar las expectativas del lector. Y eso solo ocurre si la conversación campea a sus anchas, expone la curiosidad del que pregunta, la frescura del que contesta y, además, tiene la virtualidad de expresar el instante de un estado de ánimo, de una manera de ver la vida en un momento concreto de la existencia.

Bruno Monsaingeon (París, 1943), director de cine, violinista de formación y escritor, ha realizado y producido documentales de temática musical, especialmente de intérpretes del siglo XX, de los que destaca uno dedicado a Glenn Gould. Igualmente, es autor de un libro sobre Sviatoslav Richter y este del que vamos a hablar dedicado a la profesora Nadia Boulanger, en forma de diálogo, bajo el título contundente y persuasivo de Mademoiselle, editado hace un par de meses en Acantilado y traducido del francés por Javier Albiñana.

Este no es un libro de conversaciones sin más. Dice Monsaingeon al principio del libro que con Nadia Boulanger no cabía armar guion alguno, y mucho menos para una mujer de su talla y valía. Tampoco es un libro de memorias ni, mucho menos, un ensayo sobre la figura de esta excepcional mujer, profesora por vocación. Lo que el lector se va a encontrar aquí es con un libro personal, fresco y expresivo sobre una mujer admirable y vitalista que se entregó en cuerpo y alma al magisterio de la música, un texto vívido y ágil por donde transcurren los mejores momentos de aquellos encuentros que el autor mantuvo con ella en París, a lo largo de los años.

Asistimos atónitos al testimonio de una mujer de arrebatadora personalidad, y al descubrimiento de una entusiasta lectora, muy experimentada en los clásicos griegos, en Shakespeare, en Montaigne, o en pensadores como Bergson y Cocteau, a los que cita con soltura. Boulanger (París, 1887-1979) había nacido en el seno de una familia de larga tradición musical. Era hija de un compositor y nieta de una cantante. Tanto ella, como su hermana Lili, se impregnaron de ese clima musical que ya ninguna de las dos abandonaría, cada una por su lado. Estudió con el gran compositor Fauré y empezó, desde muy joven a dar clases de piano elemental y acompañamiento al piano. Más tarde se inició en enseñar armonía, contrapunto, fuga y órgano, y ya desde entonces se instaló para siempre en esa parcela de la enseñanza de la música.

Dicen muchos de sus acreditados alumnos, como Menuhin, Bernstein o Berkeley, que su estilo era su propio método, o, mejor dicho, su método consistía en enseñar a partir de un estilo que la distinguía. No se trata de una técnica ni de un método, el estilo de Boulanger siempre fue la relación que mantenía y sabía establecer con lo que enseñaba, a partir de la singularidad de trasladar al alumno el deseo de saber e interpretar. Paul Valéry decía de ella: “Es la música personificada”, y, para el poeta, la música se coronaba siempre con la inteligencia.

Nadie puede enseñar a enseñar, al igual que nadie, en el fondo, puede enseñar a aprender, subraya el psicoanalista Massimo Recalcati. No se sabe cómo se aprende, no existe una técnica para el aprendizaje. Sin embargo, Nadia Boulanger pertenece a esa estirpe fascinante de elegidos poseedores de ese carisma capaz de transmitir el misterio del aprendizaje, de mostrar y facilitar el camino. Y en ese sentido, más que preocuparse de enseñar música a sus alumnos, se obstinaba por enseñar a oír. Insistía mucho en que la base fundamental de su pedagogía se resumía en: “oír, mirar, escuchar y ver”. Para ella, el enorme privilegio de enseñar consiste, precisamente en eso, en “incitar a quien se enseña a mirar abiertamente lo que quiere y a oír claramente lo que oye. Ello requiere un entrenamiento muy amplio de la vida: el conocimiento de las palabras”.

A lo largo del libro no ceja en volcar toda su sabiduría sobre el aprendizaje permanente de la vida: “Desde mi infancia estuve convencida de que había que mostrar curiosidad e interés, pues sin ambas cosas no existe conciencia posible de uno mismo”. Y añade más adelante: “Ignoro si es posible enseñar a alguien a mantenerse despierto. Lo único que sé es que toda persona que actúe sin sentir interés por lo que hace malogra su vida”.

Yo no diría que este es un libro de recreación de la vida y pensamiento de una extraordinaria profesora. Es mucho más. Por estas páginas recala el amor a la música y, a su vez, la pasión desatada por la vida, cuya clave reside en la pregunta que Nadia Boulanger nos lanza: “¿Somos capaces de desear algo y de mantener viva la capacidad de asombro?” Este es un libro hermoso, profundo y emocionante que amplifica el calado de estas dos ideas, un diálogo repleto de experiencias y pasajes de la vida transferida de una mujer brillante, un hallazgo que celebro y recomiendo.

miércoles, 25 de octubre de 2017

Vivir para adentro

La escritura es una trampa mortal para el escritor. Todos los escritores que de verdad lo son, y viven como tales, saben que escribir es un oficio, que para llevarlo a cabo, han de hacerlo con la vida en contra. El confort es, por lo general, ajeno a su trajín cotidiano. Andan solos, con escasez de medios, con la economía ajustada, con las inseguridades propias y, a veces, imprevistas más azarosas, privándose de hacer cualquier otra labor más tentadora o placentera. Y, para colmo, sin tener ninguna garantía de que su tarea llegue a buen puerto. El escritor ni siquiera sabe con certeza si lo que lleva entre manos merece la pena publicarse. La literatura se lo exige todo, le obliga y le aprieta tiránicamente. Este es el precio y las condiciones que hay que aceptar: cuánta vida propia hay que entregar a la literatura y cuánta no. Por lo general, es sabido y notorio, que, a este respecto, el escritor es un rehén que sobrelleva con dificultad su aparente e ilimitada libertad.

A Aurora Bernárdez (Buenos Aires, 1920 – París, 2014) no le supuso sacrificio alguno entregarse en cuerpo y alma a lo que más amaba, la literatura y Julio Cortázar, y poco le importó ser rehén de las circunstancias y limitaciones que suponían vivir al lado de un escritor tan afamado. Brillante traductora, mujer inteligente y culta, nada de ello le impidió llevar a cabo su intensa labor literaria, en muchos casos, colaborando, incluso, con su esposo en importantes proyectos de traducción al castellano de grandes autores. Junto al autor de Casa Tomada vivió en París aquellos años gloriosos y efervescentes de la vida cultural de la ciudad, entre los años sesenta y setenta del pasado siglo. Inmersa en la literatura, la música y el arte, la compañía del gran cronopio fue, a la postre, tan necesaria como determinante en su vida. Vivió junto a Cortázar gran parte de sus mejores y provechosos años volcada de lleno a las letras y a traducir entre otros a su admirado William Faulkner. Optó vivir a la sombra de su marido, de cuyo legado se hizo cargo a su muerte. Quizá no le resultara fácil llevar a cabo ese papel discreto, pero lo gestionó con orgullo, empeño y destreza, tal vez sintiéndose privilegiada de ser la primera lectora del genial escritor que vivía bajo su mismo techo, un rol fructífero que asumió plenamente y con entusiasmo prolongado, incluso después de su separación matrimonial.

Aun así, Aurora escribiría en secreto y en el anonimato de sus horas más íntimas. Una parte de esos textos escritos, que la traductora fue recopilando a lo largo del tiempo, acaban de salir publicados en Alfaguara hace apenas unos meses. El libro de Aurora (2017) es una feliz idea que se les ocurrió al compositor musical y cineasta francés Philippe Fénelon y a la editora argentina Julia Saltzmann felizmente interesados en que el lector cortazariano conozca también las mimbres literarias de la mujer que más influencia tuvo en la vida del autor de Rayuela y, de paso, descubra notas personales sobre libros, viajes y críticas referidos al universo particular y literario de Cortázar, desvelados por quien mejor lo conocía, como persona y como autor.

El libro de Aurora contiene poesía, fragmentos de diarios suyos, relatos y apuntes de cuadernos de literatura y viajes que ella fue conservando durante muchos años. Fénelon presenta este conjunto de escritos de Bernárdez haciendo su semblanza, destacando su inteligencia y cultura, pero especialmente su capacidad lectora, una tarea precoz y constante en su vida. Le confesaba estar hecha de papel. La conoció en París en la década de los años ochenta y con ella forjó una amistad inquebrantable. Compartió junto a otros amigos vacaciones estivales y periodos apacibles de invierno en la casa que esta tenía en Mallorca. La finalidad de este libro no es otra, según se lee en el prólogo, que “escuchar la voz más personal de Aurora”, a pesar de que ella nunca pretendió publicar sus escritos. En la última parte del volumen, Fénelon incluye una jugosa y extensa entrevista con Aurora filmada en París en 2005, y que, posteriormente, se convertiría en un documental bajo el título de La vuelta al día, un texto intimista que, entre otras cosas, desvela el trabajo entusiasta y corrector que la escritora llevó con mucho celo sobre los borradores que su marido le entregaba a diario.

Estamos ante un libro testimonio que nos acerca a una escritora secreta que vivió más para adentro sus inquietudes literarias que para afuera, que se desentendió, por tanto, de exponerse al público. No estar del todo presente fue siempre una característica suya, y lo expresa muy bien con sus propias palabras: “No estar del todo no quiere decir lo que parece querer decir, o sea, desentenderse, no, no. Es reconocer que hay eso y hay otra cosa siempre”.

Aunque resulta una publicación algo alambicada en su concepción, los textos reunidos poseen un valor histórico-literario encomiable, por lo que se atisba sobre la mujer de letras culta, inteligente y discreta, de mundo interior rico, que fue, además de excelente traductora de Flaubert, Camus, Calvino o Salinger, entre otros muchos, una escritora fronteriza entre la realidad y la imaginación, que apostó por el amor y la literatura en la misma proporción.

El libro de Aurora es una edición póstuma que engrandece la figura y singularidad de su autora y que muestra sus dotes literarias ocultas hasta ahora, arrojando más luz y justicia poética a su vida y a su obra.


martes, 23 de diciembre de 2014

Gratificar e instruir


Para un escritor y veterano periodista, como Juan Cruz (Puerto de la Cruz, Tenerife, 1948) escribir un libro sobre la figura de Beatriz de Moura, una de las mujeres más influyentes de la cultura española de las últimas décadas, es todo un hito en el díficil campo de la entrevista, máxime cuando una de las claves de la personalidad de la interlocutora es que sus respuestas suelen dar un giro de tuerca a las preguntas formuladas.

Por el gusto de leer (Tusquets, 2014) es una larga conversación sobre la trayectoria profesional y peripecia vital de la fundadora del sello Tusquets, una editorial que cumple cuarenta y cinco años de existencia. En este extenso diálogo se relatan los primeros pasos dados por Beatriz de Moura, desde la puesta a punto de su proyecto editorial, hasta la construcción del catálogo, su verdadera seña de identidad y la dificultad de sostenerlo bien arriba durante casi medio siglo. El libro de Juan Cruz revela las claves del éxito de esta editora inventiva y reputada, sus vicisitudes y tropiezos y, por otra parte, nos muestra la semblanza de una mujer extraordinaria, trabajadora incansable, una de las artífices destacadas de la historia literaria y cultural reciente de este país que es España; una emprendedora fuera de serie, como lo fue Carlos Barral, Mario Munick, Jaime Salinas o Jorge Herralde. Hoy el editor no es lo que fue y no volverá a ser, quizá, nunca lo que habría querido Beatriz de Moura, que logró tener una editorial equilibrada, supo conjugar géneros de calidad y, por tanto, sacar al público libros de mucho interés. Hoy los derroteros que van configurando el futuro editorial lo marcan un mercado cambiante que está derivando en grandes concetraciones empresariales en el sector de la edición. Mandan cada vez más los grupos y los medios de comunicación, que conducen el gusto del lector, no sólo a través de sus críticas y reseñas, sino a través de las listas de los libros más vendidos, que han convertido el consumo de libros en una carrera de obstáculos, en un objeto añadido al mercado perecedero de frutas y yogures. Hoy en día, el libro ha sido empujado a un mercado de vida breve y, como subraya Vargas Llosa en su ensayo La civilización del espectáculo, la banalización de las artes y la literatura es un síntoma de un mal mayor que aqueja a la sociedad contemporánea.

Beatriz de Moura repasa en estas conversaciones los hitos y anécdotas compartidas con autores en su periplo al frente de Tusquets, un sello que ha marcado a toda una generación de lectores y, gracias a ese empeño de vida entregada en cuerpo y alma a ese oficio de estirpe intelectual, aunque la brasileña niegue la mayor y afirme que ella no tiene nada de intelectual, que solo se considera una lectora, su legajo es un impecable catálogo que nos embaucó a muchos a devorar libros firmados por Beckett, Joyce, Gombrowicz, Milan Kundera, Woody Allen, Cioran, Marguerite Duras, Camus, Luis Sepúlveda, Semprún, Almudena Grandes, Landero, etc., etc.

Por el gusto de leer pone de manifiesto lo que ha imperado en el alma de una mujer esmerada en su oficio, entusiasta de los libros, impulsora de uno de los grandes sellos editoriales del siglo XX y que apuesta por el valor incalculable del libro: “cuando lees, escuchas, convives, compartes cosas; pero también confrontas, interrogas, discutes, excitas tu curiosidad. En fin, piensas” (pág. 46).

El libro publicado por Juan Cruz es una experiencia lectora interesante, que nos acerca al universo editorial, un mundo capital de la cultura, a través de una de sus figuras claves, una mujer apasionada fuera de lo común, promotora y editora literaria, empeñada en gratificar e instruir placenteramente a un público lector exigente. Beatriz de Moura no se pliega a planteamientos apocalípticos del sector editorial y, a pesar de que se retira de la dirección de Tusquets, después de toda una vida, insiste en que “de lo que estamos necesitados es de buenos lectores editoriales. Lectores con criterio suficiente para respetar las líneas editoriales en las que se insertarán los manuscritos que leen” (pág. 158). Dios te oiga, Beatriz.


sábado, 11 de enero de 2014

Todos somos artesanos


Al gurú del arte contemporáneo, Marcel Duchamp, personaje que nunca consideró el arte como solución de nada, que dejó de pintar y se dedicó a experimentar el arte bajo otra mirada, le gustaba afirmar que todos somos artesanos de nuestra vida cotidiana y, en última instancia, como espectadores, decidimos qué es la obra maestra. Duchamp decía que los museos lo hace el mirante, porque él es quien proporciona los elementos del museo. Cuando hizo acopio de su trayectoria artística, hasta alcanzar una vida sosegada de envidiable felicidad, se enclaustró en una inacción casi completa. Murió de forma repentina en su estudio de Neuilly, el 1 de octubre de 1968, a la edad de ochenta y un años.

Cuando leí Dietario voluble hace algún tiempo, quedé con la curiosidad de saber e indagar más sobre la vida y obra de Marcel Duchamp. En ese libro, Vila-Matas esbozó una frase que nunca olvidaría del artista francés y que cito literalmente: “Cuando veía a Marcel Duchamp jugando al ajedrez en el Café Melitón de Cadaqués, no sabía que aquel hombre se había retirado de la pintura y había convertido su vida en una obra de arte”. Siempre tuve una idea vaga sobre Duchamp y hasta que no he leído el libro de conversaciones de Pierre Cabanne, prestigioso crítico de Arte, no me enteré de lo ajeno que había estado a un hombre sabiamente liberado de todas las ataduras estúpidas del arte.

A principios del pasado año, la editorial This Side Up lanzó Conversaciones con Marcel Duchamp, justamente cuando se celebraba la Feria de Arte Contemporáneo en Madrid, un texto que aglutina las diferentes entrevistas que Cabanne realizó en 1966 al artista más fascinante del arte contemporáneo en su propio taller de Neuilly. Lo asombroso de estos diálogos es la primicia periodística que supuso para los lectores poder escuchar a un hombre alejado del público que aceptaba hablar de sí mismo y, sobre todo, explicar su pensamiento artístico y obras de una forma sencilla y profunda. Las conversaciones entre el crítico y el personaje derivan hacia el universo artístico por medio de un diálogo fluido y donde aparecen figuras de la talla de André Bretón que decía de Marcel: “uno de los hombres más inteligentes (y para muchos el más molesto) de este siglo”. El libro está cargado de respuestas valiosas sobre la mirada del artista y su pensamiento, sobresaliendo el descarte de un hombre apasionado del juego, que jugó con muchas cartas, hasta quedarse con la más valiosa: el comodín de su inteligencia creadora.

Duchamp era un artista sin apenas formación que todo lo aprendió motu proprio, con la maestría de su atenta mirada sobre las creaciones que otros exponían. Para Vila-Matas, lo más fascinante de este hombre singular e irrepetible, era que a sus setenta y nueve años decía haber tenido una vida obsolutamente maravillosa y parecía proponer un estilo ágil de conducta y de relaciones con el arte y con el mundo, a modo de lección magistral involuntaria.



Conversaciones con Marcel Duchamp es un libro vivo y ameno, en el que Cabanne logra hábilmente naturalizar la relación entrevistador y entrevistado para gozo de los lectores, gracias a preguntas sutiles y entusiastas sobre la órbita de este autor iconoclasta y provocador, que supo despertar con sus obras una suerte de ósmosis creativa en el espectador. Estas conversaciones son toda una lección ética sobre uno de los más sorprendentes artistas del siglo XX y, para curiosidad de los que se acerquen a este texto tan extraordinario, un intelectual que rompió moldes para alumbrar otras orillas en el orden creativo y vital.

En resumen: Pierre Cabanne ha escrito con brillantez las recapitulaciones de un artista, su pensamiento y sentir. Conversaciones con Marcel Duchamp es un retrato dialogado que logra acercar el personaje al lector hasta simpatizar con su sabiduría. Tengo la sensación inevitable de haber sido hechizado, y eso ha sido para mí una suerte extraordinaria.

lunes, 9 de diciembre de 2013

Autobiografía conversada


Lo que más valoro de los buenos escritores es el sentido literario que éstos dan a sus obras pensando siempre en la inteligencia del lector, evitando dar gato por liebre, algo que olvidan otros muchos que campan a sus anchas por el vertedero editorial, para desgracia nuestra. En la categoría de mis autores más leídos, reclamo la atención hacia tres de los escritores españoles del panorama narrativo actual que configuran, cada uno a su forma, ese rango literario necesario que los convierte en el grupo de los selectos: Trapiello, Muñoz Molina y Vila-Matas. El más convencional, sin duda, es Andrés Trapiello, diarista intenso y voraz bibliómano, que reconfirmó mi pasión por Galdós y Baroja, y que fue capaz de apasionarme por la escritura de Chaves Nogales. El andaluz Antonio Muñoz Molina es el más académico de los tres y, también, el más inclinado a la reflexión social. A mi paisano le debo el descubrimiento literario, entre otros, de James Salter. Sin embargo, el más raro, literaria y literalmente hablando, es Vila-Matas, el más influyente en mis lecturas, mi preferido. Gracias a los libros de Enrique Vila-Matas descubrí otros senderos donde me topé con autores tan grandiosos como minoritarios, de la talla de Perec, Walser, Bove, Bolaños o Pitol. Todo surgió inesperadamente con la lectura de Historia abreviada de la literatura portátil. A partir de este hallazgo me enganché como un adicto al universo literario que el escritor catalán sugería. Y ya no pude resistirme a viajar con Bartleby y su compañía: Montano, Pasavento y el resto de personajes que asomaron en sus publicaciones posteriores.

He acabado Fuera de aquí, editado en Galaxia Gutenberg, con la sensación de haber asistido a un tour por la vida creativa de Vila-Matas, pero en la variante de una extensa conversación con André Gabastou, su traductor francés. Gabastou recorre con la gestación de la obra del barcelonés y analiza en los veinte capítulos de esta jugosa entrevista todos sus libros. Vila-Matas es de esos escritores catalogados como más verdadero que serio, que llevan como señas de identidad una extraña forma de vida. Un literato que tiene la idea de que el mundo es una ilusión, un escenario en el que cada uno tiene frases que decir y un papel que representar. Fuera de aquí es un libro que emerge desde la razón literaria de un escritor en la plenitud de su madurez. Se editó en el 2010 en Francia, y ahora se publica en nuestro país, ampliado con fotos y textos del propio escritor que ayudan a situarnos en el contexto de una obra tan singular y exigente como la de este letraherido. Se trata de un texto imprescindible para entender las inquietudes literarias del escritor vivo más original y metaliterario de la narrativa española, quien concibe el acto de escribir poniendo tierra de por medio: “Para escribir sobre el mundo, ¿no es necesario separarse del mundo? Es una paradoja del oficio de escritor”, (pág. 11).

Enrique Vila-Matas (Barcelona, 1948) es un escritor que está en la literatura para saber quién es e indagar sobre sus propios límites, con la voluntad de aventurarse a nuevos terrenos para experimentar. Terrenos complejos y arriesgados que le han supuesto explorar desde el vacío hasta el abismo, eso sí, con una advertencia: No nos engañemos, escribimos siempre después de otros. Desde sus comienzos literarios él se ha planteado con frecuencia el viaje interior a sí mismo, un trayecto que continúa a su Ítaca, su mundo literario, como una infinita excursión circular.


Leer a este autor es como transformar las citas en experiencia e, incluso, los malentendidos de sus personajes se convierten en hechizo, a pesar del roce de locura y peligro mental que no falta en sus historias. Esas obsesiones de este insólito fabulador son las que hace que ese rango minoritario de incondicionales que le seguimos vayamos expandiéndonos como una secta amante de sus propuestas literarias.

Fuera de aquí es una autobiografía conversada, presentada en una edición preciosa e impecable, en la que el entrevistado es el personaje-narrador que cuenta la historia de su estilo, el estilo vilamatiano; un libro dirigido a lectores enfermos de literatura.