martes, 24 de octubre de 2017

Vivir para adentro

La escritura es una trampa mortal para el escritor. Todos los escritores que de verdad lo son, y viven como tales, saben que escribir es un oficio, que para llevarlo a cabo, han de hacerlo con la vida en contra. El confort es, por lo general, ajeno a su trajín cotidiano. Andan solos, con escasez de medios, con la economía ajustada, con las inseguridades propias y, a veces, imprevistas más azarosas, privándose de hacer cualquier otra labor más tentadora o placentera. Y, para colmo, sin tener ninguna garantía de que su tarea llegue a buen puerto. El escritor ni siquiera sabe con certeza si lo que lleva entre manos merece la pena publicarse. La literatura se lo exige todo, le obliga y le aprieta tiránicamente. Este es el precio y las condiciones que hay que aceptar: cuánta vida propia hay que entregar a la literatura y cuánta no. Por lo general, es sabido y notorio, que, a este respecto, el escritor es un rehén que sobrelleva con dificultad su aparente e ilimitada libertad.

A Aurora Bernárdez (Buenos Aires, 1920 – París, 2014) no le supuso sacrificio alguno entregarse en cuerpo y alma a lo que más amaba, la literatura y Julio Cortázar, y poco le importó ser rehén de las circunstancias y limitaciones que suponían vivir al lado de un escritor tan afamado. Brillante traductora, mujer inteligente y culta, nada de ello le impidió llevar a cabo su intensa labor literaria, en muchos casos, colaborando, incluso, con su esposo en importantes proyectos de traducción al castellano de grandes autores. Junto al autor de Casa Tomada vivió en París aquellos años gloriosos y efervescentes de la vida cultural de la ciudad, entre los años sesenta y setenta del pasado siglo. Inmersa en la literatura, la música y el arte, la compañía del gran cronopio fue, a la postre, tan necesaria como determinante en su vida. Vivió junto a Cortázar gran parte de sus mejores y provechosos años volcada de lleno a las letras y a traducir entre otros a su admirado William Faulkner. Optó vivir a la sombra de su marido, de cuyo legado se hizo cargo a su muerte. Quizá no le resultara fácil llevar a cabo ese papel discreto, pero lo gestionó con orgullo, empeño y destreza, tal vez sintiéndose privilegiada de ser la primera lectora del genial escritor que vivía bajo su mismo techo, un rol fructífero que asumió plenamente y con entusiasmo prolongado, incluso después de su separación matrimonial.

Aun así, Aurora escribiría en secreto y en el anonimato de sus horas más íntimas. Una parte de esos textos escritos, que la traductora fue recopilando a lo largo del tiempo, acaban de salir publicados en Alfaguara hace apenas unos meses. El libro de Aurora (2017) es una feliz idea que se les ocurrió al compositor musical y cineasta francés Philippe Fénelon y a la editora argentina Julia Saltzmann felizmente interesados en que el lector cortazariano conozca también las mimbres literarias de la mujer que más influencia tuvo en la vida del autor de Rayuela y, de paso, descubra notas personales sobre libros, viajes y críticas referidos al universo particular y literario de Cortázar, desvelados por quien mejor lo conocía, como persona y como autor.

El libro de Aurora contiene poesía, fragmentos de diarios suyos, relatos y apuntes de cuadernos de literatura y viajes que ella fue conservando durante muchos años. Fénelon presenta este conjunto de escritos de Bernárdez haciendo su semblanza, destacando su inteligencia y cultura, pero especialmente su capacidad lectora, una tarea precoz y constante en su vida. Le confesaba estar hecha de papel. La conoció en París en la década de los años ochenta y con ella forjó una amistad inquebrantable. Compartió junto a otros amigos vacaciones estivales y periodos apacibles de invierno en la casa que esta tenía en Mallorca. La finalidad de este libro no es otra, según se lee en el prólogo, que “escuchar la voz más personal de Aurora”, a pesar de que ella nunca pretendió publicar sus escritos. En la última parte del volumen, Fénelon incluye una jugosa y extensa entrevista con Aurora filmada en París en 2005, y que, posteriormente, se convertiría en un documental bajo el título de La vuelta al día, un texto intimista que, entre otras cosas, desvela el trabajo entusiasta y corrector que la escritora llevó con mucho celo sobre los borradores que su marido le entregaba a diario.

Estamos ante un libro testimonio que nos acerca a una escritora secreta que vivió más para adentro sus inquietudes literarias que para afuera, que se desentendió, por tanto, de exponerse al público. No estar del todo presente fue siempre una característica suya, y lo expresa muy bien con sus propias palabras: “No estar del todo no quiere decir lo que parece querer decir, o sea, desentenderse, no, no. Es reconocer que hay eso y hay otra cosa siempre”.

Aunque resulta una publicación algo alambicada en su concepción, los textos reunidos poseen un valor histórico-literario encomiable, por lo que se atisba sobre la mujer de letras culta, inteligente y discreta, de mundo interior rico, que fue, además de excelente traductora de Flaubert, Camus, Calvino o Salinger, entre otros muchos, una escritora fronteriza entre la realidad y la imaginación, que apostó por el amor y la literatura en la misma proporción.

El libro de Aurora es una edición póstuma que engrandece la figura y singularidad de su autora y que muestra sus dotes literarias ocultas hasta ahora, arrojando más luz y justicia poética a su vida y a su obra.