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domingo, 3 de agosto de 2025

Relatos en miniatura


Decía Ribeyro en sus Prosas apátridas que para escribir no veía necesario ir a buscar aventuras: La vida, nuestra vida, –señalaba– es la única, la más grande aventura. Es la soledad del escritor, una soledad imprescindible sin la que lo escrito no se produce. Sobre esta realidad reflexionaba, igualmente, Marguerite Duras en su libro Escribir que “si se supiera algo de lo que se va a escribir antes de hacerlo, antes de escribir, nunca se escribiría. No valdría la pena”, sentenciaba. Lo importante, o mejor dicho, la condición esencial de la literatura consiste en seguir produciéndonos emociones, alegría, diversión o una sacudida que, de algún modo transforme nuestra visión del mundo que nos rodea. El escritor se obliga a ello con su habilidad para poner una palabra detrás de otra en un orden eficaz y persuasivo.

Para Fernando León de Aranoa (Madrid, 1968), guionista y director de películas muy celebradas, como Barrio, Los lunes al sol o El buen patrón, entre otras muchas, el cine, según confiesa, ha sido el eslabón que ha tenido siempre para entrelazar su imaginario con la realidad. Refugiado en la aventura de vivir, de la que extrae sus ficciones, escribir guiones le permite entenderse con el mundo con libertad y desenfado. Autor también de dos libros de relatos: Contra la hipermetropía (2010) y Aquí yacen dragones (2013), con los que abordó su incursión narrativa, con muy buena acogida por parte de la crítica, que destacaba su habilidad para crear historias que conectan con lo cotidiano, la profundidad emocional y el humor sutil que utiliza para abordar temas complejos, así como la naturalidad de su estilo y su enfoque en la relación entre la realidad y la ficción, donde lo improbable puede ser tan poderoso como lo real.

En los cien cuentos reunidos en Leonera (Seix Barral, 2025), su nuevo libro, encontramos el mismo espíritu narrativo que refleja pensamientos, recuerdos y soplos de ese imaginario suyo que merodea en la realidad confusa del vivir y la finitud de las cosas, el transcurrir del tiempo y cómo la vida va pasando a medida que uno también va cambiando. León arranca con una cita de Ray Bradbury, como portal de entrada, para destacar la necesidad de escribir para seguir vivo y no estar muerto. Le sigue un epílogo, colocado como introducción, según explica, que “responde a la necesidad de poner cierto orden en mi leonera”, con la intención de mostrar el propósito de “inventar al sprint”. Declara que estos cuentos cortos, extraídos, a medias, de la realidad cotidiana y de su imaginario, están escritos para “encontrarse uno mismo en lo ajeno” o quizá mejor, para “entender que lo ajeno no existe”.

Resalta especialmente el  humor, también, las pérdidas, entre parques y barras de bar. Hay, por tanto, un interés por el escenario en observación, al igual que por el lenguaje, cuando se vuelve sombrío o inoportuno. Hay también pequeños hallazgos o epifanías en lo cotidiano, tratando de localizar lo que hay de excepcional en ellos, dándoles forma de cuento inesperado que brota en ese instante. En esa forma de pequeño relato, de una o dos o páginas, encontramos una extrañeza por aquí, una celebración por allá, o una paradoja que tal vez expliquen la lógica misteriosa de las cosas, incluso exprimidas en afinados aforismos, como estos: “Certeza: Con los ignorantes, nunca se sabe”; “Coherencia: La novia del guionista es puro conflicto”; “Sospecha: ¿Y si el cielo fuera, en realidad, un falso techo?”; “Pájaro: ¿Sigue el pájaro siendo pájaro aun cuando no vuela?”

En Leonera la ficción y el manejo de sus herramientas están muy presentes. Bien es cierto que hay algunos cuentos algo más despojados, donde la ficción se constriñe por su transformación en breve pensamiento, donde parece que tienen menos elaboración narrativa. O, por decirlo de otra manera, como si un requiebro se apoderara del cuento y se antepusiera el yo pensante al yo ficcional. Pero lo que sí se evidencia es que la mirada de León recala en todo lo que escribe, ya sean guiones, películas o cuentos. Una muestra más de que su ficción, al fin y al cabo, no es más que una herramienta que está ahí al pairo de la propia realidad, para ser interpelada y aspirar a alcanzar alguna conclusión, alguna revelación o alguna paradoja luminosa destacable que recale en el lector.

El paso del tiempo, el amor, la juventud, la muerte, son temas que se entrecruzan por estas piezas narrativas que exploran la condición humana y adoptan la forma de relatos mínimos, para decirnos que la vida pasa por nosotros y nos demuestra, una y otra vez, que la memoria es, casi siempre, más engañosa que la imaginación. Dada la naturaleza cambiante, poética y abierta de estos microrrelatos, son muchos los temas que en ellos convergen, a menudo salpimentados con gracia y sentido del humor. Muchas de sus cuentos se ambientan en un hotel, en una habitación o en un parque infantil, una sucursal bancaria o en ciudades como Nueva York o Atenas, incluso en territorios conflictivos. Entre los personajes destaca la presencia de las novias de los boxeadores, tan vivarachas que encarnan el gozo de vivir, más allá de lo ocurrido en el ring. También resalta en Las despedidas, un cuento con aire machadiano, el saludo esperanzador de sus dos personajes, un miliciano y un campesino, que toman caminos opuestos en sus vidas inciertas.


Y por eso mismo, los que hemos leído estas minicontiendas narrativas también hemos percibido el sentido de su escritura como reto del lenguaje que da opción a otra mirada, a otra vuelta de tuerca, y si es menester, a ponerlo todo del revés. Fernando León da lugar a ello, al recrearnos unos relatos chispeantes, jugosos y hasta descerebrados, temerarios, diría yo, capaces de trasladarnos a un mundo de historias cercanas, dictadas bajo su prisma constreñido, empeñado en mostrar que la literatura nunca debe dejar de ser el lugar en el que se disputa la forma de cómo se va a escribir una historia. Aquí en Leonera encontramos un buen repertorio de relatos en miniatura. Aquí lo imprevisible nos pellizca y nos hace sentir vivos y disfrutones.

domingo, 20 de noviembre de 2022

Imaginario verbal


La literatura posee esa demarcación agreste donde el lazo entre quien escribe y quien lee es misterioso y, en cierto modo, inexplicable. Para un escritor curtido en el ejercicio de la escritura, como es el caso de Manuel Longares (Madrid, 1943), esa conexión entre la escritura y la lectura cobra sentido, más si cabe, cuando la palabra, o mejor dicho, el lenguaje encuentra su competencia y alcanza al lector para entenderse con él, con su realidad o con otra que estaba oculta e, incluso, alentándolo a escapar de sus límites. El mundo de la literatura, en definitiva, viene a decirnos que el poder de persuasión de la palabra es alto, ambiguo y frágil. Y por eso mismo, los que hemos leído a Longares también hemos percibido en sus libros el sentido de su escritura como reto del lenguaje que da derecho a otra mirada, a otra vuelta de tuerca, y si es menester, a ponerlo todo del revés.

En La escala social (Galaxia Gutenberg, 2022) nos encontramos con un nuevo reto de Longares, en esta ocasión, ejerciendo de fotógrafo narrativo, tomando instantáneas de perplejidades que le vienen de la realidad para verterlas en el molde comprimido de su propia invención. El libro se presenta concebido bajo esa idea: un álbum de sesenta microrrelatos distribuidos en cinco capítulos de doce historias cada uno. Aclara el autor en el arranque de su nueva entrega que: “No existe entre ellas relación argumental y ninguna supera las doscientas palabras. Son requisitos que, además de singularizar este proyecto, influyen en el desarrollo de la idea, el suceso o la intriga que sustentan el entramado de la fabulación”. A su vez, en todos ellos, destaca el empleo de la síntesis y de la elipsis, como factores determinantes y fundamentales del objetivo empeñado en esta su última andanza literaria.

De sus rasgos formales, como son: la ausencia de complejidad estructural, la mínima caracterización de los personajes, la condensación temporal y espacial, la importancia del título, también se aprecia su carácter experimental, es decir, encaminado a reducir el texto a su mínima expresión, en un solo párrafo. En esa depuración máxima suya encontramos, a su vez, una intencionalidad fulgurante para que el lector se incorpore activamente al texto, desde el inicio de cada pieza hasta su punto final, para resolver el enigma que se plantea, para rastrear en el puzzle narrativo propuesto por el propio autor y encajar las piezas que percuten en él y esconden pasajes, anécdotas, estampas teatrales y carnavalescas escritas con sumo desparpajo.

Por aquí transcurren episodios de la vida corriente, algunos con aire del marqués de Santillana. También se deja ver la presencia de una humilde mujer a la que llaman la santa en el barrio de Salamanca, así como calles disfrazadas de carnaval, con lances esperpénticos de caballería, en un Madrid del siglo XIX. En otra estancia observamos a un profesor en un aula instando a sus alumnos a escribir un cuento, sin olvidarnos del relato del perrito que acompaña a su dueña, una anciana, a la que le regala placentera compañía. En muchas otras piezas lo sepulcral, el costumbrismo, la temperatura ambiental, el disimulo, la mitología y el propio extravío de sus protagonistas se hacen eco de lo insólito y caprichoso de sus historias. En resumidas cuentas, todo un friso social de mini contiendas narrativas jugosas siempre abiertas a la parodia, al humor y, también, al asombro y a la tristeza.

Longares ofrece un conjunto de historias incitantes, encapsuladas en una suerte de arte poética que le brinda el microrrelato. Son piezas ambientadas bajo el mismo escenario de un Madrid del siglo XX, llevado,a veces, al de hace dos siglos, que representan ese inefable momento en el que se dan a conocer. En La escala social se aprecia un inquebrantable fervor por la literatura. Se examina el ambiente social de forma perspicaz e irónica, por medio de una argucia que permite al autor hilar pequeñas tramas a través de fragmentos narrativos a modo de estampas que insinúan el pálpito de una ambientación propicia, más que los de una historia con final desafiante y revelador.

La literatura tiene mucho que enseñarnos sobre la vida, la muerte y el discurrir de lo que existe a nuestro alrededor, pero también refleja el poso de la memoria, de la Historia, de lo vivido e imaginado y de lo que todavía no ha llegado a ser, pero que se sueña. De todo esto saca punta Longares, narrador de larga trayectoria, para estampar en pocas líneas, por ejemplo, una epifanía surgida desde el seno de la vida de dos gemelos, desde un campanario de una catedral, o le vale igual, desde lo acaecido en la esquina de su ciudad, destapando el misterio de ciertos murmullos de la noche de Madrid, escenario de sus ficciones.


Manuel Longares sabe desde qué ángulo presentar sus historias y anécdotas en esta nueva tentativa narrativa, valiéndose del sesgo poético y experimental de una escritura que parte de la realidad, espolvoreada con un lenguaje de soplo irónico e incisivo, sin apenas maquillaje. Es en esa demarcación desconcertante y subversiva donde se ajustan las hechuras de su libro, como juego literario de un imaginario verbal que es, al fin y al cabo, lo que distingue a la buena literatura.


lunes, 11 de octubre de 2021

Extrañamientos y perplejidades


La escritura es control. Los escritores, sin embargo, van más allá: toman esa masa informe de perplejidad que les viene de la realidad y la vierten en un molde de su propia invención. De ahí que la escritura sea siempre resistencia y acople a un formato. Y, tal vez por eso mismo, requiera de un amplio repertorio de formas posibles para dejarse ver. Sobre el papel disponen de epígrafes, saltos de línea, elipsis y silencios para dar forma a un texto con el que contar algo en donde el espacio y el tiempo se doblegan a su voluntad.

El microrrelato conforma ese espacio de literatura cuántica, podríamos decir, en el que la hiperbrevedad y narratividad se ajustan al máximo. Es decir, en el microrrelato, el empleo de la síntesis y de la elipsis es tan determinante como fundamental. Respecto al cuento, más que hablarse de una diferencia cuantitativa, habría que hablar de su diferencia cualitativa, de sus rasgos formales, como son: la ausencia de complejidad estructural, la mínima caracterización de los personajes, la condensación temporal y espacial, la importancia del título. Todo ello encaminado a reducir el texto a su mínima expresión.

Son estos ingredientes discursivos de los que participa Un koala en el armario, de Ginés S. Cutillas (Valencia,1973), un referente de todo lo que tiene de depuración y de quintaesencia el género y que, merecidamente, vuelve a publicarse, después de años descatalogado, rescatado por Pre-Textos. Una muestra más del interés y de la vitalidad que el microrrelato sigue teniendo en nuestra literatura, tanto por su diversidad, como por el gusto por el experimento y lirismo bien medido.

Un koala en el armario reúne cincuenta y dos minicuentos donde, en un entorno generalmente fantástico en el que no faltan lo insólito, la perplejidad, los laberintos de lo cotidiano, lo inexplicable, los espectros o el estallido imprevisto de una aparición, cada uno de ellos al servicio de una trama paradójica y sorprendente con la que captar las extrañezas de la realidad inmediata. La intención de Cutillas es abarcar un amplio abanico de situaciones intensas, ingeniosas y sugerentes. Para llevar a cabo su propósito, se vale mayormente de un narrador en primera persona que no cambia de tono, por extraño que sea lo que nos está contando, un artificio que ayuda a que el lector acepte con naturalidad contenida lo que el narrador se propone: sorprendernos.

Hay momentos, como ocurre con el relato que pone título al libro, que cruzamos la frontera entre lo posible y lo imposible, un rasgo característico en la mayoría de sus historias, consiguiendo que el lector no salga de su asombro. Esa extrañeza inherente en ellas da cabida a un sinfín de sensaciones y perplejidades. Por ejemplo, en el microrrelato Marcha atrás, una evocación bíblica, el lector pasa de reírse a contemporizarse. En otro titulado Las manos, es inevitable no sentir un escalofrío ante la cruda realidad. En Una historia doméstica, en Mascarada o Los mutilados quedamos atrapados por la lógica y el estremecimiento que encierran sus historias.

Asistimos, en medio de una fecunda invención de escenarios, a la recurrente aparición de lo inexplicable en la normalidad cotidiana, unas veces de forma inesperada y bien tratada con humor y otras bajo un ingenioso titubeo. En cada pasaje o historia somos testigos de desdoblamientos, reflejos, dislocaciones del espacio y el tiempo, y toda una suerte de extrañas conexiones entre la vigilia y el sueño, entre la rutina y lo excepcional, entre lo real y lo imaginario. Son historias que zarandean y pellizcan el lado recóndito de sus protagonistas mostrando aspectos insólitos de sus vidas.

Desde ese lado es donde nace la perplejidad de la que se vale Cutillas para contarnos todo un universo disímil, fijándolo en el espacio y en el tiempo con un conjunto de historias mínimas que, en su brevedad, no rehúyen del resorte de lo que acontece en un momento del día, ni de la vacilación inusitada del narrador, ni de su descreimiento, porque en todo su devenir fantástico no solo se pone en duda la realidad palpable, esa que el ojo percibe vagamente, sino que trasciende a otro enfoque distinto e increíblemente veraz cuando la invención la empuja, con aparente naturalidad, a lo que pudiera haber sido.


Un koala en el armario es una jugosa colección de piezas narrativas engatilladas sobre la brevedad de hechos insólitos, extraños e irrisorios. Cada título es una minicontienda, un enigma de aparente sinsentido que sumerge al lector en la incertidumbre y el desconcierto. Algunos dan indicios de lo que viene, otros solo equívocos, la mayoría, eso sí, ocultan la gracia de su misterio. Nada parece dejar escapar su autor para engatusarnos, ni el cuidado y levedad de su prosa, ni su afán por arrancarnos una sonrisa o captar la atención del más descreído lector. Por esto y por más razones indecibles, este koala sorprende y se hace querer.


martes, 17 de marzo de 2020

Sueños y prodigios

Decía Julio Cortázar que podríamos llegar a un consenso general de que “el cuento, como género literario, es un poco la casa, la habitación de lo fantástico”. Ciertamente hay novelas con elementos fantásticos, pero son siempre un tanto subsidiarios; el cuento en cambio, como fenómeno bastante inexplicable, según él, ofrece una casa más habitable para lo fantástico, encuentra la posibilidad de instalarse con más acomodo en un relato de las características que corresponde a lo que se considera literatura fantástica.

El escritor vive en una especie de realidad doble: la normal en la que están todos y la suya particular, en la que las historias fluyen a gran velocidad o se ralentizan. Tenemos vidas reales pero, curiosamente, nos atrapan las vidas irreales. La literatura, ya se ha dicho muchas veces, no se ocupa del mundo real. Las buenas historias viven fuera de la lógica, y en ocasiones sitúan al lector en la esfera de lo inquietante, desconocido, insólito o inexplicable, a través de una narrativa instalada en mundos extraños, enigmáticos o irreales, donde se rompe el perímetro de lo normal, la vigilia y la lógica, para alcanzar otros límites en los que la ensoñación, lo monstruoso y el desvarío conforman un agujero negro que dan vida a la otredad, al absurdo y a lo sobrenatural.

Todas estas consideraciones y su embalaje fantástico se encuentra muy presentes en los cuentos de Ángel Olgoso (Cúllar Vega, Granada, 1961), autor de numerosos libros de relatos entre los que sobresalen Nubes de piedra (1999), Cuentos de otro mundo (2003), Los demonios del lugar (2007), Astrolabio (2007), La máquina de languidecer (2009), Los líquenes del sueño (2010) y Breviario negro (2015). En sus historias, los sueños, los prodigios, lo insólito, lo obsesivo y hasta lo descabellado, como decía Cunqueiro, son ingredientes necesarios, para acometer el pulso narrativo que, según el propio Olgoso, exige el relato fantástico, al que considera que el surrealismo doméstico le aporta, así mismo, muchas ideas. A todo esto, se suma, por otro lado, el mundo onírico y mimético nacido de esa luz oscura e intermitente de nuestra conciencia que cuestiona al mundo real, incapaz de revelarnos todo lo inefable.

Se acaba de publicar en Reino de Cordelia una hermosímima edición de Astrolabio, quizá el libro más representativo del universo fantástico de Olgoso, y que, en esta ocasión, cuenta con la participación de la pintora chilena Marina Tapia que ilustra el volumen con una veintena de alucinantes dibujos. Este libro compendia todas las variantes que representan el universo fantástico de su autor. Aquí, en Astrolabio, se alternan microrrelatos que tienen ese porte de relato gótico, como también aparecen otros de aspecto romántico o detectivesco, de terror lovrecaftiano, bestiario o surrealismo mágico. Dentro de esa categoría de extrañeza e inquietud, cada una de las cuarenta y tres piezas que conforman el volumen crea su propia realidad desde lo extraordinario e inopinado en la que hay un espacio sin límites, un séquito de fantasía donde ocurren cosas sorprendentes.

No importa el espacio para sugerirnos un mundo. “Escribí un relato de tres líneas y en la vastedad de su espacio vivieron cómodos un elefante de los matorrales, varias pirámides, un grupo de ballenas azules con su océano frecuentado por los albatros y los huracanes, y un agujero negro devorador de galaxias”, así comienza el libro con este inicio tan expansivo del primero de sus relatos. Después, como anteponiéndose a esta magnitud, continúa con otro que se detiene en algo más minúsculo, El papel, que encarna la pequeñez y vislumbre de cualquier particularidad vital: “No hay en el mundo otro corrosivo equiparamiento al de la curiosidad”, señala el narrador. En otro, de título El lamento del dinosaurio, hay un grito de desazón de un hombre cautivo sobre el conocimiento incompleto del mundo...

Hay relatos terribles y crueles como Caballero de los puentes, relatos tradicionales reescritos con una vuelta de tuerca, como El flautista mágico, una versión del famoso flautista de Hamelín, para decirle al lector que la realidad no es lo que parece, como también lo hace en El pez que no había oído hablar del agua, porque “lo que consideras la única verdad firme no es más que una sugestión”. Y Olgoso, así, va construyendo su maquinaria narrativa, partiendo casi siempre de situaciones irreales, a veces minúsculas, otras universales, reforzadas con apuntes mundanos para que el lector dude y se inquiete, con esa intención de que se trate de ver lo que no se ha visto o lo que no se ha pensado nunca.

Es, en esa fantasmagoría audaz, donde nace esa extrañeza de la que se vale Astrolabio para contar el mundo, de fijarlo en el espacio y el tiempo con un conjunto de historias enmaquetadas en una brevedad que no rehúye del resorte poético, ni de la perplejidad, ni del descreimiento, porque en este álbum fantástico se cuestiona la realidad palpable, esa que el ojo percibe vagamente y que resulta ser inesperada y sorpresiva, distinta e increiblemente veraz cuando la distorsión la obliga a que así sea.

Todo el leitmotiv que raspea por Astrolabio no es más que un rodaje narrativo para hacer posible lo imposible con todo su significado vital. Lo que aquí se cierne no es más que una obsesiva búsqueda de lo indecible a través del veneno de la realidad, del que, al parecer, seguimos inmunes. La realidad refleja muchas veces la incapacidad de asombro ante el universo y ante nuestra propia existencia de buena parte de los seres humanos y Olgoso expresa con imaginación y palabras bien bruñidas otras perspectivas más perturbadoras e insólitas para mostrárnoslas con nitidez. Un festín fantástico.

viernes, 31 de enero de 2020

Campos de batalla




La finalidad de la guerra no es matar, sino vencer. La humanidad, cuyos ideales progresan aunque su realidad siga siendo cruel, busca armas capaces de torcer el deseo o la capacidad letal del enemigo sin matarlo. Pero modificar la voluntad asesina de las personas es más difícil de lo que parece. Por fin se descubre un compuesto que, diluido en el agua, provoca una violenta crisis de pacifismo. Fuera de todo cálculo, el compuesto supera toda barrera, escapa a todo control, se expande por todo el mundo. El enemigo ha sido derrotado, pero es muy difícil recordar por qué o para qué, ahora que la guerra ha terminado”.

Antes que nada, hago un inciso para aclarar que este microrrelato lleva por título La finalidad de la guerra, y lo subrayo porque dicen, con mucho acierto, los teóricos del género breve que el título de un microrrelato es clave referencial, que sirve al lector para conjugar y cerrar después el significado del texto que acomete. De ahí la importancia del título, porque formará parte del embrujo que promete la narración que le sigue, hasta el punto de que en él se encuentra el destello que anuncia su misterio, que no es otro que provocar en el lector una expectativa que ha de llevarlo a alcanzar el final del texto, probablemente sea el género que mejor sabe guardar un secreto. El lector de microrrelatos, viene a decir Ginés S. Cutillas, suele leer dos veces el título: la primera al entrar en el texto, la segunda al salir de él.

Dicho esto, y volviendo al principio de esta página, tenemos que decir que la pieza pertenece a La Guerra (Páginas de Espuma, 2019) de la poeta y narradora Ana María Shua (Buenos Aires, 1951), un volumen que contiene, además de este, ciento treinta microrrelatos más de los que la escritora argentina se vale para mostrarnos un amplio corolario de historias mínimas que transitan por los campos de batalla, por las armas y las guerras de antaño, de ahora y de siempre. Todos los títulos que conforman el libro se aúnan en esa misma dirección. Muchos merodean por esas fronteras de someter al enemigo o de resistir a su ataque. Porque en una contienda todo vale, se lee en uno de ellos: “En la guerra y en el amor, todo vale. Vale embaucar y mentir: el arte de la guerra es el arte del engaño, dice Sun Tzu”.

Ana María Shua ha reunido una brillante colección de piezas narrativas engatilladas sobre el escalofrío que nos provoca toda acción bélica, divida en cuatro bloques: el arte de la guerra, guerreros, armas y estrategias. Cada epígrafe es un enigma a resolver por el lector, que tendrá que dirimir si está en uno de los bandos de una guerra justa, en territorio neutral, o simplemente es un mero espectador. Indudablemente hay una verdad que siempre trasciende: “la historia de un pueblo es la historia de sus guerras”. Algunas de estas narraciones dan indicios de la adversidad que se aproxima, otras solo equívocos, la mayoría, eso sí, ocultan su misterio y la retranca que el lector tendrá que captar. Este libro es todo un epítome, un sumario de todo lo que significa el microrrelato: omnívoro, claramente breve y elíptico, un género exigente para el escritor y para el lector que tendrá que resolver el misterio que el escritor suele dejar en suspenso.

Confiesa la escritora en una de sus entrevistas que el tema de la guerra siempre le pareció un asunto de interés que, en cierto modo, define mucho el tránsito de la humanidad a lo largo de la historia. Esto y las propias razones literarias de poder reunir en un libro distintas maneras de abordar la materia bélica, desde los antecedentes del conflicto hasta sus consecuencias, las víctimas, los agresores, los combatientes, las armas, el territorio ocupado, la memoria escrita y los libros sagrados, son parte del material que la han llevado a concebirlo y, concretamente, bajo el manto del microrrelato. El resto proviene de sus lecturas del mundo clásico, de la Biblia y, cómo no, de la inspiración e inventiva.

Digamos que este libro es eso, un arsenal de historias reducidas al ámbito bélico, intensas y maquiavélicas, salpimentadas con un humor negro y lapidario de las que el lector sale cariacontecido, con una mueca inquietante. Este es un libro nada amable y abiertamente beligerante con la guerra y sus artífices. En estos mariscales, guerreros, héroes y heroínas, en sus sinrazones históricas y aberraciones religiosas, en los vencidos y sus pérdidas, encontramos la sutileza de una escritura dispuesta a señalar las malas artes, la humillación y el espanto de sus acciones. Shua fija también su mirada en los mitos y leyendas levantados en torno a la guerra, desde diferentes prismas, partiendo del título de cada pieza hasta su lectura final, con la idea de comprometer al lector a resolver el enigma de cada relato o, al menos, de que rastree en su engranaje narrativo aquellos detalles no dichos.

Saber elegir nuestras lecturas es tan importante como aprender a sumergirse en ellas. Este libro es una estupenda oportunidad para ello, una ocasión para inmiscuirse, de la mano de una maestra del género, en todo el despliegue argumental de lo indecible de cualquier guerra, la palabra más gruesa, maldita y lamentable de la que la humanidad ha hecho uso en todo tiempo y lugar. Lo que aquí se cuenta no deja de ser un deleite, un goce literario, aunque al cerrar el libro la actualidad del mundo nos devuelva a la cruda realidad, nada libre de amenaza.


martes, 5 de septiembre de 2017

Cuentos radicales

Javier Salvago (Paradas, Sevilla, 1950) ocupa, desde hace tiempo y por méritos propios, un lugar destacado entre el grupo selecto de la poesía española actual. Con más de una decena de libros de poemas publicados desde aquellas Canciones del amor amargo (1977), pasando por Volverlo a intentar (1989), con el que obtuvo el Premio Nacional de la Crítica, hasta su poemario último, Una mala vida la tiene cualquiera (2014), el escritor andaluz representa, además, a uno de los más significativos integrantes de la poesía de la experiencia, nacida entre la década de los ochenta y noventa, que tantas alegrías y savia nueva trajeron al panorama lírico de nuestro país en las postrimerías del siglo pasado. Pero a esta vocación y a su inclinación poética intensa también se unen dos amplias facetas: de un lado su producción narrativa expuesta en dos volúmenes de memorias, y de otro su extensa tarea en el campo de la radio y la televisión como guionista, a la que hay que añadir su labor de articulista durante mucho tiempo en varios periódicos, como lo hizo en su día en Diario 16 y más recientemente en Diario de Sevilla.

Salvago no pone freno a su actividad retándose a sí mismo. Ahora toca otro palo cambiando de traje literario. No sueñes conmigo (La Isla de Siltolá, 2017) viene a ser un cambio de registro en su producción artística, ya que se trata de una colección de cuentos y microrrelatos de carácter vengativo, fantasmagórico y paranormal donde lo inexplicable tiene un punto de inflexión con la realidad cotidiana de los seres que la habitan. En esta nueva singladura hacia este territorio narrativo tan poco conocido en su trayectoria literaria hasta ahora, como es el cuento, un género que por su brevedad y exigencia nunca descartó, según cuentan algunos de los que le conocen bien en su pueblo, Salvago no parece flirtear como un mero diletante, sino que se exhibe con destreza y oficio, apoyado en un humor negro nada desdeñable y provocativo con el que construye un conjunto de historias concisas y bien armadas en un volumen estructurado en dos partes, la primera con diecisiete cuentos y la última con veinticinco microrrelatos.

Inmerso en ese imaginario de los relatos extraordinarios que conforman No sueñes conmigo, uno quiere entrever las obsesiones del autor que, hábilmente, cuida no mostrarse intrusivo en sus historias con consideraciones morales, esto lo deja mejor para el final del volumen en las que da rienda suelta a sus miniaturas narrativas para que deriven, sin menoscabo, incluso, hacia el género aforístico. En cualquier caso, la peripecia narrativa de estos cuentos se encuentra entre las propias esquirlas del texto y la elipsis que buscan su propia justicia y razón en sus argumentos.

Salvago no es cruel, pero tiene claro quién es el malvado en un cuento, y no muestra ningún interés en comprenderlo, aunque en ocasiones esté del lado del protagonista. Desde el primero de dichos cuentos, surgido de un tormento premonitorio, No sueñes conmigo, que pone título al libro, pasando por Lo que ha de ser, siguiendo con Terrores nocturnos, hasta finalizar con Dioses y demonios, la maldad, la venganza y sus consecuencias fatales se esparcen por cada una de sus piezas, como una característica que define por completo al personaje que encarna la historia y al que el autor no trata de justificar ni moral ni psicológicamente. Para que exista el bien ha de existir el mal, eso queda probado. Para que haya un vencedor tiene que haber un vencido. Y el autor también tiene claro que, para provocar inquietud en el lector, ha de poner a sus personajes en situaciones extremas.

En No sueñes conmigo hay seres impávidos, canallas, arrogantes, despreciables, gente corriente con oscuros sentimientos o trastocados por vicios y perversiones, así como espectros, con sus luces y con sus sombras, para darle a cada relato un aire de misterio necesario hasta conseguir un resultado final meritorio. Cuentos que parecen fantásticos, pero surgen del tamiz de la propia realidad. Cada una de sus piezas desvela sus secretos, sus ruidos extraños, sus sombras no exentas de terror y hechizo, un mundo atormentado bajo la mirada de seres humanos que no paran de interpretar los sueños y la realidad como resultado de la zozobra en la que están inmersas sus vidas. Y, por poco empeño e imaginación de que dispongan, ven signos por todas partes: premoniciones, fantasmas de gente querida, ajustes de cuentas, miedo a la locura, celos, francotiradores apuntando a sus víctimas, caídas al vacío, muertes...

Con un estilo directo, elocuente, preciso, vivo, seco y salpicado de humor, No sueñes conmigo es, en su conjunto, un buen puñado de cuentos radicales en la que el lector encontrará a gente que palidece, incluso haciéndose el muerto por un tiempo, gente con intención de devorar al más pintado que se le acerque. No son criaturas informes, ni extravagantes, surgen de la propia reminiscencia del tiempo, pero, en cuanto se acercan a nosotros con su plan de acción, el narrador, con maestría, deshace el olor a azufre que traen consigo, disolviéndolo en la nada, y por un instante, nos sentimos confiados y a salvo.

Parafraseando a Ambrose Bierce, si estos relatos pasmosos de Javier Salvago fueran ciertos es para volverse loco; si solo imaginarios, es para estarlo.



miércoles, 8 de febrero de 2017

Efímeras existencias

Al igual que sucede con el cine, una obra literaria contiene numerosos efectos especiales (recursos narrativos y estilísticos) que un lector avezado detecta y aprecia. El lector curioso que se acerca a un libro de microrrelatos se pone en la misma posición que hace un buen aficionado al cine cuando se sienta frente a una pantalla a ver unos pases de cortometrajes: la concentración y el detalle sobre la acción filmada del espectador y el libro que toma entre sus manos el lector, conformarán toda una tarea para no perderse ningún detalle del guion ni de la historia narrada y, además, ser capaz de interpretarla.

Como bien dice Juan Pedro Aparicio, veterano escritor y consumado entusiasta del género breve, el microrrelato está sujeto a leyes distintas de las que gobiernan las otras formas literarias. Se diferencia del cuento clásico no sólo en el tamaño y la concisión, sino, sobre todo, en su naturaleza elíptica, que es lo que verdaderamente conforma su esencia. En el microrrelato lo que se sugiere y presupone, lo que se calla y no se nombra, tienen mayor resonancia que lo que se dice o se muestra a los ojos del lector.

Ginés S. Cutillas (Valencia, 1973), como buen teórico del género, hace acopio en su libro Lo bueno, si breve, etc. Decálogo práctico del microrrelato (2016) de todas las particularidades que caracterizan toda la narrativa breve, un género que, en estos momentos, parece recobrar mayor auge creativo, como se aprecia en el incremento de publicaciones de autores curtidos en el cuento, así como en las nuevas voces afines al género chico que están surgiendo y que animan el panorama, en gran parte, por la amplitud de su eco en las redes sociales. Ahora, al poco tiempo de la publicación de este más que interesante manual, Cutillas presenta un segundo volumen de microrrelatos, Vosotros, los muertos (Cuadernos del Vigía, 2016), que contiene cincuenta y ocho miniaturas literarias cuyo tema central gira en torno a la paradoja de la muerte en todas sus variantes: desde la aniquilación sentimental y mundana, el fallecimiento común y la pérdida de algún familiar, hasta el crimen atroz e impredecible de seres anónimos y extraños. Si en Un koala en el armario (2010), su primer volumen, la temática era de índole variada y menos constreñida, digamos más desinhibida, en esta nueva colección de microrrelatos, el valenciano centra, fija y apura sus historias, casi al completo, sobre el lado escabroso de la muerte y sus oscuras confluencias.

Los personajes desfilan por estas ficciones, casi de perfil, como la escritura jeroglífica, se aturden, se extrañan y emprenden acciones insólitas que sobrepasan lo esperado. El lector asiste a un entorno mortuorio que capta las extrañezas de los vivos y la fantasmagoría de los muertos. La piedra sepulcral, la arrogancia de la muerte y los nombres de quienes la suscriben conforman las escalofriantes historias de las voces de estos muertos. Aquí subyacen malentendidos en los nombres, familias que se deshacen de sus miembros con asombrosa naturalidad, gente que sin conocerse de nada saben los nombres de quienes acaban de encontrarse, seres confundidos en el habla, vivos sepultados que piden amparo, soldados muertos de miedo que batallan con chaquetas color de sangre, una máscara que otorga invisibilidad, el miedo de descubrir la respuesta a una inquietante pregunta a través del buscador de internet, la parca que se refleja en el grifo del cuarto de baño, la venganza de un grupo de desalmados divorciados sobre el mítico Cupido, las voces de nuestros desaparecidos, la vida como desdoblamiento, un vecindario del que desaparecen las puertas, la escalofriante puesta de largo de una joven, la aparición insólita de unas imponentes piernas de mujer en la pared de una casa, gente, en definitiva, desubicada, que trata de sortear la muerte mientras otros se desviven en convocarla...

Vosotros, los muertos es un arsenal de pequeñas historias, intensas y lapidarias, perversas y espeluznantes, salpimentadas con un humor muy negro, de las que el lector sale sobrecogido y con una mueca inquietante y una sonrisa en los labios de carácter amargo.

Cutillas ha reunido una brillante colección de piezas narrativas engatilladas sobre la brevedad de un escalofrío. Cada título es un enigma que sumerge al lector en la incertidumbre. Algunos dan indicios de lo que viene, otros sólo equívocos, la mayoría, eso sí, ocultan su misterio.

Uno termina la lectura de estas historias con la sensación de haber asistido a una convocatoria próximo al espíritu de las narraciones extraordinarias de Poe, al espectro mortuorio de Lovecraft, a los crímenes ejemplares de Max Aub o a los relatos sobrecogedores e insólitos de Roald Dahl.


Vosotros, los muertos tiene esas resonancias y ese hormigueo propio de lo fantástico, un libro nada amable y bastante inconformista alrededor de la muerte. De lectura muy recomendable.

martes, 27 de diciembre de 2016

Cuentos suspensivos

El microrrelato es un género que requiere concentración y cuidado intensivo por parte del lector. El lector distraído se perdería si lo leyera en un santiamén, al tratarse de un texto claramente elíptico. Precisamente ahí reside su misterio, y por eso exige que el lector se incorpore activamente al texto, desde el título de cada pieza hasta su punto final, para resolver el enigma que se plantea, para rastrear en el puzzle narrativo propuesto por el autor y encajar las piezas que pudieran faltar en el mismo. El microrrelato, como subraya Andrés Neuman, necesita de lectores valientes, es decir, que soporten lo incompleto.

En Voces para un tímpano muerto (Talentura, 2016), Miguel A. Zapata (Granada, 1974) parece advertirnos desde el título de su obra de que asistimos a un memorial narrativo complejo en los límites de la creación. El libro contiene un buen puñado de piezas en las que lo personal y lo universal alternan entre sí, a veces con rango surrealista, a veces con cariz enigmático, y otras muchas con absoluta intención desquiciante. El lector, por exigencia del guion, ha de estar dispuesto a padecer fiebre, ruido y mudez, pero también ha de estar atento a lo insólito y a las salpicaduras de humor negro en muchos instantes.

Zapata posee un extenso curriculum de cuentos y microrrelatos que se prolonga a toda una década dedicado a la narrativa breve. Destacan en su producción cuentística Ternuras interrumpidas (Fabulario casi naif) (2003) y Esquina inferior (2012). Es también autor de los libros de microrrelatos Baúl de prodigios (2007) y Revelaciones y Magias (2009), así como de la novela, Las manos (2014), una historia épica de un hombre con aspiraciones a héroe, que emprende un viaje homérico en busca de una misión extravagante: recuperar la Copa del Mundo de Fútbol que ha sido robada.

Su vuelta al género breve, un escenario por donde se mueve a sus anchas, es para sus lectores más fieles toda una celebración. En estas voces reunidas, el autor, además, incluye varios collages, obra de su padre, como separata de cada uno de los cinco bloques que componen el libro, un conjunto de ochenta y tres microrrelatos que encarnan historias mínimas del pasado, presente y futuro de la vida de su autor, plasmadas a golpe de espejismos y evanescencias.

El lector descubrirá que al escritor granadino le basta una imagen de partida para trazar su relato. La clave está en aprovechar esa instantánea imaginativa, mayormente enigmática, que propiciará el tono y el enfoque narrativo preciso a su epifanía.

¿Qué encontramos en estas Voces para un tímpano muerto?: un buen puñado de historias reducidas, desconcertantes, anómalas, microhistorias empapadas de reflexión poético-metafísica, bajo un lenguaje incisivo y pulido, donde la síntesis y la elipsis son sus ejes, dos aspectos que Miguel A. Zapata domina con solvencia. En este volumen tan poliédrico hallamos personajes con intentos heroicos de resistencia, con formas desusadas de amor y frágiles ante la carne. Vemos a una madre volcando su tiempo sobre una cuna amenazada por incontables peligros, igual que descubrimos peleas y reconciliaciones domésticas. Pero también nos topamos con el juego loco de un ser extraño que colecciona los ojos de la gente que ama. En otra pieza, el ansia felina de otro amante malogra su relación sentimental. También una divinidad fantástica llamada Sdoi, hacedor de seres y enseres, tendrá sus momentos de gloria, al igual que la estatua de la Libertad, vigilante del skyline de Manhatan, y protectora de los inmigrantes que se acercan a la bahía del Hudson...

En otros bloques narrativos del libro descubrimos las mutaciones de algunos miembros de una familia que entran en un cuarto oscuro y se transforman unos en otros, o la música envolvente que expande una madre por la casa para disfrute de todos los que la habitan, o los encuentros emocionantes de un niño con sus muñecos desmembrados y desperdigados por toda la casa, o la extraña sensación de sentir una grieta en la cabeza de uno por donde se escapan los recuerdos de la infancia...

En Voces para un tímpano muerto no faltan presagios apocalípticos, ni rondas de poetas dispuestos a encontrar el poema imposible, ni laboratorios cósmicos para mostrar los productos oníricos de los sueños y las vigilias de los hombres, ni tampoco faltan pasajeros obcecados en agotar el billete del tren de su vida, ni invitación solícita al pecado, o a tomar el té de las cinco de diferentes formas, hasta acabar en un microrrelato final apoteósico y revelador, bajo los compases de una música gregoriana.


Miguel A. Zapata firma un libro lúcido, claramente perturbador y nada complaciente, un conjunto de fábulas alucinantes y complejas, pese a su brevedad, en las que el gusto por el lirismo y la experimentación conforman su verdadera esencia narrativa. Literatura sin anestesia, en definitiva, literatura para atrevidos.

jueves, 7 de julio de 2016

Minicontiendas

No es lo mismo lo breve que lo corto –subraya Andrés Neuman–: lo breve calla a tiempo, lo corto antes de tiempo. El microrrelato es un género omnívoro, claramente breve y elíptico en el que el lector es parte activa del texto y deberá resolver el misterio que se le plantea completando lo que no está escrito.

Como decía Monterroso, “en literatura no hay nada escrito. Lo que puedas decir con cien palabras dilo con cien palabras; lo que con una, con una. No emplees nunca el término medio; así, jamás escriba nada con cincuenta palabras”.

Todo es susceptible de convertirse en literatura, y a la hora de plasmarlo, más allá de las indicaciones del escritor guatemalteco, no hay género ni medida que se le resista.

Javier Puche (Málaga, 1974) viene a constatar con Fuerza Menor (La isla de Siltolá, 2016) la notoriedad que va adquiriendo en los últimos años esta forma narrativa, como es el microrrelato, algo parecido al auge repentino del aforismo. Y es que el género breve tiene ahora, más que nunca, esa irrupción imparable, acorde con la nueva era tecnológica del twitter y del whatsapp, en la que la concisión y la hiperbrevedad a la hora de comunicarnos forman parte del vertiginoso trasiego de nuestras ajetreadas vidas.

En esta ocasión, al lector de este libro no le va a quedar más remedio que leer dos veces el título de cada historia, la primera antes de entrar en el cuento y, después, al salir de él. Quizás sea lo que conviene al leer cualquier libro de microrrelatos. Puche reúne una colección de cien minificciones estructurada en dos bloques: cuarenta cuentos mínimos, que requieren esa pauta de lectura señalada anteriormente, y sesenta “seísmos”, que son historias diminutas escritas en seis palabras. En la primera parte del texto encontramos relatos cortos de hechos insólitos en los que incertidumbres y fantasías se conjugan con insectos, mascotas y animales acuáticos, infiernos y obstinaciones o con la posibilidad de conseguir una formidable máquina de abrazos para sobrellevar la soledad de seres extraños. En la otra parte, consagrada al microrrelato de una sola línea, su concisión y síntesis verbal producen aún más inquietud y pasmo que sus predecesores. El autor sabe unir lo estridente con lo bello, la ironía con lo siniestro. Los textos enseñan sus huesos, unas veces nos hacen vacilar y otras nos sacan la mueca de una sonrisa:

Nació el bebé con dentadura postiza.

Sonríe el ciego ante la stripper.

No vio la hormiga el precipicio.

Llora en la celda el inmortal...

El lector de estas minicontiendas narrativas se encontrará en un campo abierto a la parodia, al humor y a la metaficción por donde transita un cazador furtivo, sin plomo, armado de un amplio arsenal de invenciones que le invitará a asistir a un espectáculo reducido, microscópico, en el cual caben pocas palabras pero trascienden para nuestra sorpresa . Fuerza menor es, por decirlo en seis palabras: un artefacto insólito, pequeño y delicioso.



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viernes, 8 de abril de 2016

Cuántica literaria

La lectura, decía Ezra Pound, es un arte de la réplica. Ricardo Piglia nos lo recuerda en el prólogo de su interesante libro El último lector (2005). Ocurre a veces que los lectores vivimos en un mundo paralelo e imaginamos que ese universo se acostumbra a entrar en nuestra propia realidad. Sin embargo –nos advierte el escritor argentino– hay que saber leer entre líneas para encontrar el camino. Lo que podemos imaginar siempre existe, en otra escala, en otro tiempo, nítido y lejano, igual que en un sueño.

El último libro de relatos de Ángel Zapata (Madrid, 1961) viene a trasladar al lector esa chispa reinterpretativa en la que el lenguaje narrativo propone una lectura sintética y perspicaz, necesaria para colmar lo escrito. El libro Materia oscura (Páginas de Espuma, 2015) es un artefacto complejo en el que abunda las imágenes, la luz del pensamiento y una apariencia de física cuántica orbitando sobre un compendio de brevedades narrativas por donde discurren hipótesis existenciales e insólitas desvanescencias microscópicas que su autor ampara, bajo unos relatos conceptuales, para complicar al lector, poniéndole en un brete a la hora de descifrar el mensaje narrativo, aforístico o filosófico que dichos relatos llevan implícitos. Son textos ávidos de libertad y requieren de una sagacidad sutil interpretativa, debido a ese halo surrealista que exhiben sus piezas. Todo esto da pie a lo que el propio autor anuncia al lector cauto en la cita inicial a cargo de Paul Válery: En el lenguaje auténtico, la palabra tiene una función que consiste no en representar, sino en destruir...

Sin embargo, estas microficciones continúan por la senda explícita concebida por un autor de lenguaje nítido y sencillo al que le preocupa mayormente utilizarlo como instrumento revelador, sin tener por que ser hermético. Igual que no le interesan los finales sorpresivos y cerrados. Para Zapata, lo mismo que para Piglia, la clave está en la historia secreta del cuento y eso que no se ve mantendrá la tensión narrativa sin alcanzar nunca una resolución. Al autor lo que le importa es que el relato fuerce al lector a que despierte e indague. El cuento, además, ha de ir en la dirección azarosa de la propia vida de no parecerse a lo predecible. No se trata tanto de escribir una historia, como ya apuntó en el epílogo de Las buenas intenciones (2001) –qué gran libro de relatos– sino cómo inscribir aquello que la interrumpe.

En las cuarenta y tres epifanías de la obra, hay cuentos que vindican otras interpretaciones a los textos bíblicos, otros transcurren por el hálito de lo inesperado. Hay torbellinos de usura, casualidades y causalidades del destino. Muchos otros transcurren entre la Vía Láctea y los laboratorios de las universidades. No faltan evocaciones irónicas a la muerte y a los confines de la naturaleza del hombre. En todos hay una conversación interior que acapara un misterio, sin olvidarse del humor, pues para un escritor de la estirpe de Zapata, el humor nace y se proyecta desde una conciencia en rebeldía, en desafío y en ruptura, cualquier cosa puede pasar y puede activarlo.

En Materia oscura encontramos un universo desafiante, pleno de energía, creado mediante conceptos e imágenes de un absoluto libre albedrío narrativo, casi en ruptura con el mismo, escrito por un narrador que no se considera en la órbita del surrealismo, sino que, como él mismo ha apostillado en una de sus entrevistas, un surrealista que escribe.

Sobre el trasfondo de Materia oscura, un término científico que determina a una substancia indetectable por medios científicos y que solo puede detectarse a posteriori por sus efectos gravitatorios, gira toda una conmoción crítica y social. Por analogía, los microrrelatos de Zapata andan habilitados por un mismo elemento afín, extraño y múltiple que propone cierta diversidad para interpretar la realidad misma por medio del deseo, como pulsión humana insaciable.

Este es un libro al que se suma un estado de sensibilidad de aparente sinsentido. El lector que se apresure a experimentar desde el laboratorio por donde transita este material narrativo, no podrá evitar sus efectos radiactivos al comprobar, por más que lo que cuenta o vislumbra pueda tener bifurcaciones extremas de significados, las dudas e incertidumbres de los estados de ánimo narrados que han de darle mucho que pensar.


sábado, 10 de octubre de 2015

De niños extraños

Muchos de los males y sufrimientos que padecemos provienen de nuestra incapacidad para liberar tensiones y fuerzas extrañas que existen dentro de nosotros mismos. Cuando alguien nos rechaza, por ejemplo, nos rebelamos por dentro y, de alguna manera, nos aferramos a ese rechazo. Esto genera una tensión muscular que, si no se desbloquea a tiempo, puede producir una alteración que afecte a nuestra percepción de lo que ocurre en el mundo que nos rodea y, lo que es peor, puede arrastrar dolencias desde la infancia. Los cuentos reunidos en El cuerpo secreto (Páginas de Espuma, 2015) de la escritora Mariana Torres (Angra dos Reis, Brasil, 1981) tienen mucho que ver con los males, las rarezas y las tensiones que desde la tierna infancia llevan sobre sus espaldas o en el interior de sus cuerpos muchos de los niños que se mueven por las historias que transcurren en la sorprendente ópera prima de esta joven autora.

Son treinta y cuatro relatos (igual que los años que cuenta su creadora) escritos en formato breve. La mitad de ellos, microrrelatos. Pero todos ellos revestidos de esa sencillez, intensidad e imaginación que hacen que la magia del cuento produzca esa doble alternancia propia del género: si es real parece inventado para el lector y, si es inventado, parece real. Uno de los rasgos más significativos de esta colección de cuentos de Mariana Torres es, precisamente, que más que narrar historias las esboza con pinceladas fantasmagóricas y surrealistas. Es en el ámbito sensorial por donde transitan sus personajes, la mayoría de ellos niños extravagantes que huelen diferentes al resto, comen otros alimentos o sienten otros pálpitos, mayormente para echar afuera el dolor que llevan consigo: en Esos niños que lloran se airea el grito ancestral de las catacumbas; en El monstruo está despierto, uno de los relatos más extensos, el miedo se disipa entre los huérfanos de una casa, siguiendo el ritual que la madre ausente dispuso y que aprendieron de memoria; el destino previsto para El niño pera es descorazonador; en otro relato, al pequeño Óscar le toca en suerte comerse una semilla que le germinará en su interior hasta convertirse en un árbol esplendoroso y dejarlo extenuado; después, en Pólvora o en Época de muda, dos de los microrrelatos más meritorios del libro, la acción no es lo más sobresaliente, lo que importa es el cauce de las palabras y sus efectos en el lector.

Los cuentos de Mariana Torres son historias intermitentes que nacen del sueño, flashes visionarios e imágenes poéticas protagonizadas en su mayoría por niños que, progresivamente, conforme avanzan los cuentos, se van convirtiendo en adolescentes y adultos. En cualquier etapa por donde transcurra el relato, se comparten soplos literarios intensos, perturbadores y extraños que desencadenan un friso de naturaleza onírica en el conjunto de todos ellos. Todo parece asociarse entre el cuerpo y el espíritu de esos seres que aparecen por sus páginas arrastrando algún lastre adquirido anteriormente.

En esta primera incursión de la escritora brasileña en la narrativa breve hay alma y cuerpo, magia y terrenalidad, dolor y gozo, muerte y vida en comunión con la naturaleza, hasta el punto de sentirla como un trasunto de sus personajes fundidos con el escenario por el que deambulan. La voz narrativa es fresca, ligera y atinada, con una prosa poética llana, alejada de hermetismo, que se caracteriza por transmitirnos la emoción y la sensibilidad que ponen sus protagonistas al fijarse en las cosas que les rodean. Lo único que le corresponde al lector es trasladarse sin prejuicio a vivir el texto de manera parecida a sus personajes, sintiendo en su cuerpo las consecuencias del miedo, ese miedo que nos protege, nos avisa, y que quizás, incluso, nos ayuda a soportar lo insoportable.

El cuerpo secreto totaliza una treintena de inquietantes miniaturas que suman sin restar atributos a esta nueva voz narrativa, invitándonos a seguir de cerca sus pasos y tener en cuenta su trayectoria en este difícil y exigente género de la narrativa breve en los próximos años, un resquicio que ya ha solventado con holgura en su debut.

El sello Páginas de Espuma afina con la publicación de este libro, una novedad literaria que encaja adecuadamente en esa extensa nómina de su catálogo, donde conviven clásicos y maestros del género con nuevas promesas, como Mariana Torres, que irrumpe en la actualidad literaria con este imaginario de niños extraños cargado de calidad, frescura y empuje. [Reseña núm. 244]