domingo, 20 de noviembre de 2022

Imaginario verbal


La literatura posee esa demarcación agreste donde el lazo entre quien escribe y quien lee es misterioso y, en cierto modo, inexplicable. Para un escritor curtido en el ejercicio de la escritura, como es el caso de Manuel Longares (Madrid, 1943), esa conexión entre la escritura y la lectura cobra sentido, más si cabe, cuando la palabra, o mejor dicho, el lenguaje encuentra su competencia y alcanza al lector para entenderse con él, con su realidad o con otra que estaba oculta e, incluso, alentándolo a escapar de sus límites. El mundo de la literatura, en definitiva, viene a decirnos que el poder de persuasión de la palabra es alto, ambiguo y frágil. Y por eso mismo, los que hemos leído a Longares también hemos percibido en sus libros el sentido de su escritura como reto del lenguaje que da derecho a otra mirada, a otra vuelta de tuerca, y si es menester, a ponerlo todo del revés.

En La escala social (Galaxia Gutenberg, 2022) nos encontramos con un nuevo reto de Longares, en esta ocasión, ejerciendo de fotógrafo narrativo, tomando instantáneas de perplejidades que le vienen de la realidad para verterlas en el molde comprimido de su propia invención. El libro se presenta concebido bajo esa idea: un álbum de sesenta microrrelatos distribuidos en cinco capítulos de doce historias cada uno. Aclara el autor en el arranque de su nueva entrega que: “No existe entre ellas relación argumental y ninguna supera las doscientas palabras. Son requisitos que, además de singularizar este proyecto, influyen en el desarrollo de la idea, el suceso o la intriga que sustentan el entramado de la fabulación”. A su vez, en todos ellos, destaca el empleo de la síntesis y de la elipsis, como factores determinantes y fundamentales del objetivo empeñado en esta su última andanza literaria.

De sus rasgos formales, como son: la ausencia de complejidad estructural, la mínima caracterización de los personajes, la condensación temporal y espacial, la importancia del título, también se aprecia su carácter experimental, es decir, encaminado a reducir el texto a su mínima expresión, en un solo párrafo. En esa depuración máxima suya encontramos, a su vez, una intencionalidad fulgurante para que el lector se incorpore activamente al texto, desde el inicio de cada pieza hasta su punto final, para resolver el enigma que se plantea, para rastrear en el puzzle narrativo propuesto por el propio autor y encajar las piezas que percuten en él y esconden pasajes, anécdotas, estampas teatrales y carnavalescas escritas con sumo desparpajo.

Por aquí transcurren episodios de la vida corriente, algunos con aire del marqués de Santillana. También se deja ver la presencia de una humilde mujer a la que llaman la santa en el barrio de Salamanca, así como calles disfrazadas de carnaval, con lances esperpénticos de caballería, en un Madrid del siglo XIX. En otra estancia observamos a un profesor en un aula instando a sus alumnos a escribir un cuento, sin olvidarnos del relato del perrito que acompaña a su dueña, una anciana, a la que le regala placentera compañía. En muchas otras piezas lo sepulcral, el costumbrismo, la temperatura ambiental, el disimulo, la mitología y el propio extravío de sus protagonistas se hacen eco de lo insólito y caprichoso de sus historias. En resumidas cuentas, todo un friso social de mini contiendas narrativas jugosas siempre abiertas a la parodia, al humor y, también, al asombro y a la tristeza.

Longares ofrece un conjunto de historias incitantes, encapsuladas en una suerte de arte poética que le brinda el microrrelato. Son piezas ambientadas bajo el mismo escenario de un Madrid del siglo XX, llevado,a veces, al de hace dos siglos, que representan ese inefable momento en el que se dan a conocer. En La escala social se aprecia un inquebrantable fervor por la literatura. Se examina el ambiente social de forma perspicaz e irónica, por medio de una argucia que permite al autor hilar pequeñas tramas a través de fragmentos narrativos a modo de estampas que insinúan el pálpito de una ambientación propicia, más que los de una historia con final desafiante y revelador.

La literatura tiene mucho que enseñarnos sobre la vida, la muerte y el discurrir de lo que existe a nuestro alrededor, pero también refleja el poso de la memoria, de la Historia, de lo vivido e imaginado y de lo que todavía no ha llegado a ser, pero que se sueña. De todo esto saca punta Longares, narrador de larga trayectoria, para estampar en pocas líneas, por ejemplo, una epifanía surgida desde el seno de la vida de dos gemelos, desde un campanario de una catedral, o le vale igual, desde lo acaecido en la esquina de su ciudad, destapando el misterio de ciertos murmullos de la noche de Madrid, escenario de sus ficciones.


Manuel Longares sabe desde qué ángulo presentar sus historias y anécdotas en esta nueva tentativa narrativa, valiéndose del sesgo poético y experimental de una escritura que parte de la realidad, espolvoreada con un lenguaje de soplo irónico e incisivo, sin apenas maquillaje. Es en esa demarcación desconcertante y subversiva donde se ajustan las hechuras de su libro, como juego literario de un imaginario verbal que es, al fin y al cabo, lo que distingue a la buena literatura.


jueves, 10 de noviembre de 2022

La vida en jaque


Azar, destino, arrojo, la vida tiene mucho de juego en relación a estos términos que, por otra parte, dependiendo de cómo se combinen entre sí, el resultado puede convertirse en atropello. La pregunta sobre qué es vivir nunca tiene una respuesta fácil, porque toda explicación es una reducción, una simplificación. La vida en jaque. Así, en estas cuatro palabras, podríamos resumir lo que encierra Sobrejuegos (Huerga&Fierro, 2022), el nuevo libro de Itziar Mínguez Arnáiz (Baracaldo, 1972), poeta, aforista, narradora y guionista de televisión, su estreno como novelista, es una historia que escarba en la complejidad de lo real y que trasciende en redescubrir lo que el propio narrador constata en su alegato final: que vivir es intentar cambiar el rumbo de lo establecido, que “ganar o perder es puro trámite, pero el trámite es lo emocionante”.

Sobrejuegos arranca con una cita de Juan Carlos Onetti que augura, en buena medida, por donde tira el misterio que desencadena su trama: “Se dice que hay varias formas de mentir, pero la más repugnante de todas es decir la verdad, toda la verdad, ocultando el alma de los hechos”. ¿Cómo lo lleva a cabo su protagonista? La verdad de los hechos que aquí se narra se irá desvelando bajo su propio testimonio, en primera persona, consciente de lo mucho que hay en juego, pero no le importará. Para él, un cartero de vida anodina, el destino irrumpe en su vida para trastocarlo todo, de manera fortuita, de la mano de Pablo, un desconocido que lo atropella con su vehículo a la altura de un semáforo, y también de la mano de Nuria, la enfermera que le auxilia tras el percance.

A partir de aquí, todo el encaje de lo sucedido en su vida particular se irá hilando y recomponiendo hasta convertirse en una inusitada y aparatosa realidad que pondrá en entredicho y trastocará para siempre los soportes vitales en los que la normalidad del personaje se asentaba: el trabajo, la soledad, su desconexión intermitente con el mundo y con los demás. Después de lo sucedido, ya nada será igual, incluida la relación que mantenía con el viejo Ventura, su compañero de oficina de correos al que nunca le llevaba la contraria. Fue él quien le enseñó a ver las montañas de cartas del trabajo como si fueran pasajes de la vida, con sus secretos guardados. Fue él quien le contó la historia de las cartas cruzadas, dos misivas que coinciden por un instante en un mismo montón, cada una de ellas con su pregunta y respuesta secretas, como paradoja de la vida. La perplejidad de aquella metáfora le vino a reforzar el sentido de lo acaecido ahora en su vida y de lo que, inevitablemente, desencadenaría.

Itziar Mínguez deja entrever en esta historia oscura destellos de luz por donde se incrustan la consciencia de ser, la vida como atropello y, cómo no, el alma de los hechos que la refutan. El narrador de su novela no se imagina sin sus agarraderas de siempre, sin sus rutinas. Qué difícil sería para él acometer cada jornada sin su concurso. No se imagina fuera de su alcance, porque la rutina le facilita las cosas. Es su forma de superar lo anodino dentro de lo cotidiano. Tampoco siente apego, ni cariño, ni dependencia por la gente. Por el contrario, lo que sí siente es aprecio por las cosas. Los objetos le procuran más confort y compañía que nada, nos cuenta. Hasta que tras aquel fatídico día surge lo imprevisto y todo salta por los aires. Es a partir de ahí cuando todo se precipita. Toca suelo, y confirma que nadie puede ignorar el abismo que lo aísla del resto. Y, entonces, la culpa se deja ver en su vida y en la de los que se le entrecruzan por delante. Toma en cuenta que vivir y arriesgar son dos caras de una misma moneda.

Mientras la narración avanza, y vamos viendo la transformación del personaje, esta se va intercalando con las preguntas con las que el inspector Márquez le presiona durante el interrogatorio dispuesto por la policía para encausarle como sospechoso de un crimen. En esa indagación puesta en marcha, las palabras que salen de su boca atisban consignas que acaban siendo una manera reconocible de autoindulgencia para salir indemne del atolladero en el que se encuentra metido y mantenerse en el cauce legítimo de la defensa de su verdad: “–¿Cuál era el juego? / –Ninguno, Inspector. / –¿Entonces? / –Me limité a perder”. Es precisamente esa conclusión arrebatadora la que dispensa a su causa, la de jugar con su inocencia, sin tener que doblegarse a la evidencia, sin calcular la endeblez de sus palabras, sin arrepentirse tampoco: “Jugué a revolver el destino plenamente consciente de que revolvía dos vidas”.


El juego, el peso del azar, el amor y el desacato a la vida están presentes en Sobrejuegos, un libro que guarda cierta empatía con Lo que pudo haber sido (2019), un poemario en el que la autora vasca fija sus versos en lo que sucede y lo que dejamos en el camino, conformando una baraja de cartas en la que cada baza pone en juego no solo conflictos, culpabilidad o desatinos, además de poner al descubierto el deseo, el amor y el arrebato para hacer de las suyas.

El resultado final es que Itziar Mínguez ha sabido articular, en este primer salto al género una novela existencial, urdida con buenas hechuras, tanto en su tono como en su prosa, mediante un relato de sesgo policial que, de manera sobria y conmovedora, nos lleva, por un corredor de vivencias y reflexiones, a descubrir la mente de un hombre anónimo entregado a una causa sobrevenida que pondrá en jaque su propia vida.


jueves, 3 de noviembre de 2022

Asuntos comprimidos


Como apego y defensa de lo cotidiano, los aforismos reunidos en Una galaxia imperfecta (La isla de Siltolá, 2022), de Benito Romero (Santa Cruz de Tenerife, 1983), contemplan y reflejan las paradojas del mundo vistas por alguien dispuesto a examinarlas desde su globo racional e imaginario, al cerca y al lejos, de frente y de soslayo, sin reglas ni decretos, tan solo con la idea de prender alguna chispa que dé que pensar. Por ese discurrir transitan los pensamientos cortos que lo pueblan, como significados para provocar o manifestar algún tipo de perplejidad, juicio o paradoja de lo que supone un existir autoobservado, de aquello que nos roza e importa, del tiempo de puertas afuera y de las horas de puertas adentro.

Estas miniaturas de ahora conforman una cierta filosofía minimalista de ver el mundo y vernos a través de él, para escucharnos también como refugio, como necesidad de huir del ruido exterior que habitamos, para pensar y reírnos, sin tener por ello que rasgar las vestiduras, como se dice en esta licencia íntima: “En privado nos desprendemos del traje del individuo y vestimos el chándal de persona”. Es esta línea embaucadora la que persigue Benito Romero a lo largo de sus tentativas aforísticas, más de cuatrocientos conatos para dar que pensar y conjugar, para deleitar o subvertir el orden imperante. Le importa que sus disquisiciones aspiren a una búsqueda sintética y concreta de respuestas, una búsqueda que se agudiza, como sabemos, con el paso de los años cuando uno cree estar de vuelta de casi todo.

Una galaxia imperfecta es, en su conjunto, una recopilación de ideas y esbozos donde el pensar, en cuanto proceso inacabado, da lugar a todo un repertorio de fragmentos verbales diseminados entre intervalos participa de un aluvión incesante de asuntos y vivencias de toda índole. Aquí el aforismo no se presenta como proclama, sino que, simplemente, se plantea o se propone, reclamando la colaboración del lector. Esa es la idea del autor, como también la de no obligarnos a pensar esto y lo otro. Tampoco ofrece la solución de un problema embutido, sino que exige el esfuerzo interpretativo del lector para que lo haga suyo o complete a su manera. Y como muestra, aquí van estos preludios: “Se acercaba al abismo para inspirarse”; “No viajar lo convirtió en un excelente observador”; “Hasta para frecuentar sus propios pensamientos se le exigía coger cita previa”; “Solo cuando comenzaron a escasear, saboreó cada ocasión como si fuera la última. Incluso las más irrisorias”.

De las cinco partes en la que está dividido el libro, la que lleva por título Gavetas, me parece la más original y chispeante de todas. Está concebida como un minúsculo cofre, un inventario ingenioso de términos por donde discurre toda una cartografía de ese yo universal que todos llevamos. Una especie de diccionario personal dispuesto con suma naturalidad, agudeza e ironía, como vemos en estos ejemplos: “«Adulto». Caballo que tira del carro donde se transportan las preocupaciones; «Amigo». Trébol de cuatro hojas encontrado por casualidad; «Ego». Material inflamable; «Humor». Lubrificación del ánimo; «Limitación». Chasis del ser humano; «Vivir». Insólito atrevimiento”. Y así hasta ochenta y tres entradas, un compendio sintético y socarrón de lo que somos y aparentamos.

Reserva otro capítulo para la escritura bajo el título Territorio. En él despliega un buen arsenal de secuencias, obsesiones y astillas propias del oficio, dando puntadas a diestro y siniestro. Apostilla que “el escritor que se limita a escribir lo imprescindible no existe”. Por eso mismo, y en relación al género que nos ocupa, deja dicho que “los mejores aforismos son zarpazos que lamemos con gusto”. En el apartado denominado Impresiones, tal vez el más persuasivo, Romero balbucea, refuta y cimbrea su propio caudal de titubeos, ya sea en lo inasible de la vida o en lo más cercano, donde cabe cualquier indicio de comprensión: “Algunos optan por el desencanto como la forma más honesta de huida”; “Hay alardes que pringan el suelo de tal manera que cuesta lo suyo no resbalarse”; “Tampoco deberíamos ensañarnos con la estupidez humana; al fin y al cabo, ella es quien nos ha traído al mundo”.

Por todos los rincones temáticos de Una galaxia imperfecta se deja ver ese mismo aire existencialista nada complaciente que encuentra mundos dentro de los mundos, con el propio empeño de escrutar indicios y reflexiones a los que obliga la exigencia de vivir, en sintonía con Horizontes circulares (2018) y Desajustes (2020), los dos libros de aforismos que le preceden.

Benito Romero firma otro libro fecundo en estas lides, con una buena ristra de aforismos certeros, dispuestos a preguntarnos sobre la filosofía del porqué de las cosas y sus vacíos, incluso para interpelarnos con regocijo, o si es menester, para sopesar que “no tener nada que decir también genera su pequeña dosis de placer”.


lunes, 31 de octubre de 2022

Atisbos personales


“Me consuelo diciéndome que la verdad sobre las personas tiene poco que ver con lo que escriben sobre sí mismas. Aunque mucha gente cree que al escribir uno se desnuda, yo sé que en realidad uno se disfraza. Se pone otras caras, se vuelve a hacer de un modo en el que se mezclan la culpa, la frustración y el deseo, y el resultado es un personaje perfectamente despojado y honesto. Y eso no tiene ninguna solidez real. Una construcción así solo es posible dibujarla en papel”.

A la narradora de La encomienda (Anagrama, 2022), de Margarita García Robayo (Cartagena, Colombia, 1980), una joven de treinta años que vive bastante alejada de su madre y hermana, nada menos que a cinco mil kilómetros de distancia, no le importa rasgarse las vestiduras cuando examina lo que está escribiendo en el portátil que le acompaña a todas partes. Lleva una vida laboral precaria, realizando encargos esporádicos para una agencia de publicidad, al tiempo que tramita una beca para irse a Holanda a escribir un libro, un diario o, tal vez mejor, una novela, sin menoscabo de compaginar sus afectos con la gata que le da compañía y con el fotógrafo con el que mantiene una relación sentimental intermitente.

Le asalta esta reflexión central del libro, acerca de la escritura, cuando aparece de repente un día su madre y le cuenta que a ella también le gustaba escribir, y que lo hacía con inusitado interés. Se pregunta quién sería su madre por aquel entonces, cuando volcaba sus palabras en aquel diario del que habla. ¿Sería la misma que ahora prepara comida en su pequeño apartamento para que no le falte en la semana? ¿O sería otra inventada, dispuesta a vivificar sus conjeturas personales por medio de la escritura? Este mismo arrebato inquisitivo la incumbe también a ella. Nota que este asalto sobre el sentido de la escritura no para de arremeter en su vida cotidiana con inusitada facilidad. Incluso se cuela en las videoconferencias que mantiene cada quince días con su hermana, la que le manda encomiendas, paquetes que incluyen comida, dibujos de sus sobrinos o alguna sorpresa, como una vieja fotografía familiar.

La protagonista trata de reconciliar la verdad de su mundo, es su intención, compartir con el lector las vicisitudes de su día a día, compaginándolas, a retazos, con pequeños momentos de su infancia y juventud. Hay cabida para que otros asuntos se dejen ver y rompan lo acostumbrado: “Con qué rapidez se hace pedazos la cáscara de una rutina”, se dice. Porque aquí irrumpe también lo excepcional e inesperado, como en cualquier vida. Aquí hay objeciones que avivan el aturdimiento que arrastra su protagonista desde hace tiempo. ¿Qué hay de real y qué hay de ilusión en una mente tan agitada como la suya? ¿A qué obedece?

Digamos que La encomienda es una novela escrita en primera persona, cargada de sentimientos y sensaciones, llena de aristas e inquietudes, con muchas frases para la reflexión, dispuestas con sutileza y brío. Y siendo eso verdad, en este libro lo que más le incumbe a su autora no es otra cosa que ahondar en los modos de conectarse con la intemperie de su imaginación y con los hechos del pasado que conforma su vida, para traerlos al presente, como materia vívida de lo que importa tener en cuenta. Hacia allí pone rumbo su aventura narrativa, en torno a sí misma y a su extrañeza en aspectos como la identidad, la soledad, el parentesco, la infancia, el amor o el destino, sin alejarse de lo que pasa en la rutina de sus días así como de las vidas ajenas que la rodean: “Nadie está tan cerca de nadie. Nadie puede ignorar el abismo que lo aísla del resto”.


En La encomienda hay un sesgo de perfidia e ingratitud entrelazado con mucha perspicacia. La narradora, a todo esto, tampoco oculta lo que le molesta y, al mismo tiempo, habla también, aunque no la escuchemos, de lo que no dice, de sus silencios y de sus resquicios secretos. Afirma que “a veces el silencio es una forma de esconder lo frágil”. Tal vez sea ahí donde se sacude lo más importante de la novela, que no es más que lo suspendido entre líneas, dispuesto como si lo callado reclamara el altavoz del lector.

Podríamos concluir que lo que más interesa discernir entre lo que se vislumbra en este vibrante relato, tal vez tenga mucho que ver con lo que la narradora haya podido, o no, desprender de sus propios pensamientos y divagaciones, de lo que le pasa en su interior más que de lo que acontece afuera o está por llegar y surtir.


miércoles, 26 de octubre de 2022

Queriendo saber todo


Se diría que no hay personaje de ficción que no herede algo de la mano de quien escribe, como tampoco existe un yo autobiográfico que no invente o imagine más allá de la realidad. Se escribe de fuera hacia dentro y viceversa. Desde la realidad hacia la ficción y vuelta a la realidad, como subraya Marta Sanz. También se escribe –nos dice– desde el misterio de un dolor íntimo. El lector interpretará si para expresar ese dolor que aqueja al narrador sus palabras actúan como metáfora, o, por el contrario, y gracias al poder del lenguaje, estas intentan imbuirnos en los contornos de alguna verdad afín a la vida de cualquiera de nosotros.

La protagonista y narradora de la novela Llego con tres heridas (Caballo de Troya, 2022) refleja ese sentir de mirarse en el espejo, por reflejo incondicionado, dejándonos conocer quién nos habla desde el otro lado del mismo. Ese alguien no es otro que la voz de su autora, Violeta Gil (Hoyuelos, Segovia, 1983), dispuesta a descorrer las claves de un pasado, revisarlo, mirarlo y hacérnoslo sentir, afrontando un reto narrativo que se sustenta en querer saber todo lo indecible acerca de su padre y de su desaparición: “En cada generación hay una pérdida –escribe–, y eso es lo que diferencia a una generación de la anterior. Pienso en cuál puede considerarse nuestra pérdida. Cuál la de ellos. Pienso en cómo hablar de la propia biografía abriendo caminos hacia lo común, lo que se puede compartir. A los cinco años de comenzar la comunidad en el pueblo, mi padre se mató, yo tenía tres meses. Y esa ausencia iba a marcar muchas cosas”.

En cada página de esta sorprendente novela hay tiempo y rescoldos de su ausencia. Tiempo pasado y presente en pos de escuchar lo que quedó en suspenso, pendiente de entender y asumir. Gil se afana en explorar con naturalidad y desnudez lo que ha ido creciendo a lo largo de los años y permanecido en su memoria, en la frontera en la que la muerte y la vida precisan que conecten, para entender todo lo que quedó sin decirse en las intermitencias del silencio familiar. Todo el relato se ciñe a una privacidad de un mundo contado desde la perspectiva femenina de una narradora a la que el lector, seducido por su voz, la acompaña en su búsqueda de la verdad, para ser testigo excepcional de una revelación de aquello de lo que nunca se le confió, un secreto a voces que la narradora necesita examinarlo para comprenderlo en toda su extensión.

El libro va despojando su tránsito narrativo en tres partes. En cada una de ellas, la autora establece un viaje indagatorio por lugares diversos de la península, acompañándose por diferentes miembros de su familia. Con ellos establece conversaciones singulares sobre muchos asuntos: el campo, la vida en comunidad, los libros leídos, las cartas, la muerte, los apegos, la relación colonial con Guinea Ecuatorial, la Transición, el dolor de las pérdidas, las ausencias, el amor... Habla con su abuelo, con su madre, y con ella misma, pero, sobre todo, habla de una necesidad imperiosa: la de romper el silencio de los vivos, trayendo a escena a su padre hasta imaginarlo en conversación animosa con ella.

Nada le falta ni le sobra a esta emocionante narración de supervivencia. En ella se urde una biografía que deja ver alguna herida sangrante, que no cauteriza porque estaba esperando airearse, para dejarse ver, para liberar esa verdad callada que guardaba en su seno. “La muerte es parte de mí desde que llegué a la vida”, confiesa. A eso aspira su escritura, a sacudirla de sus fantasmas y esclarecerla, necesitada de construir ese algo importante y proscrito de la historia familiar, para dolerse, eso no le importa, y entender, definitivamente, la existencia de un padre al que no conoció, con el propósito de “poder mirar la muerte sin tragedia, pero sin ligereza”.

Digamos que lo eminente y lo mínimo se pasea y trasciende por este libro de Violeta Gil, un relato cargado de materiales íntimos que ahondan en el vínculo familiar, ese que aparentemente nunca o casi nunca desaparece de nuestras vidas, como si estuviésemos obligados a protegerlo tal como acostumbra la tradición. Aquí nada salta por los aires. Lo que interesa es poder hablar, recobrar lo inexplicable, volver a casa dejando ver las heridas, como en el poema de Miguel Hernández: la de la vida, la de la muerte, la del amor. Los buenos libros funcionan siempre mostrando los rasguños de sus protagonistas y, curiosamente, tratan siempre de lo mismo, de unas pocas cosas que no solo son las más importantes y pasan todos los días, sino que también son aquellas que cargan con nuestro pasado pendiente de respuestas.


Alguien dijo que es muy difícil escribir más allá de uno mismo. Puede que sea cierto. Violeta Gil no ha puesto freno en su debut a eso que llamamos la experiencia personal, dejando ver que todo se impregna de lo que hacemos y dejamos de hacer, de lo que fuimos y de lo que imaginamos, tanto para confirmar lo que hoy somos, como para evocar la impostura de nuestros fantasmas.

Llego con tres heridas es una novela que encandila, un relato de pálpito lírico y tono íntimo bien fraguado, que revela a una autora que ha elegido narrar una historia familiar sin eludir las contradicciones que encierra, con la rebeldía de remover lo zanjado, queriendo saber todo.


lunes, 10 de octubre de 2022

En pocas palabras

Crítico de arte, traductor, antólogo y poeta,
José Corredor-Matheos 
(Alcázar de San Juan, 1929) conserva a sus noventa y tres años esa lucidez depurada para que su poesía continúe asombrándonos. Pero no como mundo aparte, sino como una parte del mundo y de sus años vividos. Con ese sentido natural tan suyo y despojado de observar al detalle la realidad de las cosas, como señal luminosa desde donde la vida balbucea sus misterios, el poeta acude a su encuentro, con su manera de ser y estar en el mundo, con las palabras justas, consciente de lo que con ellas se nombra.

Con una trayectoria de inusitada coherencia, el poeta manchego ha ido confirmando a lo largo del tiempo su posición de poeta primordial de la generación del cincuenta. Concibe el poema como aprehensión necesaria y cabal del lenguaje, en la misma tradición de la poesía esencial y destilada que han cultivado otros poetas como Juan Ramón Jiménez, William Carlos Williams o Emily Dickinson. Al borde (Tusquets, 2022), su nuevo poemario, prosigue esa estela sutil y contenida en la órbita de sus tres publicaciones anteriores: Sin Ruido (2013), Un pez que va por el jardín (2007) y El don de la ignorancia (2004), que fue galardonada con el Premio Nacional de Poesía en 2005.

Dividido en tres partes, Al borde reúne cincuenta y seis poemas que recogen sensaciones de un instante de emoción, de un silencio desvelado, de un momento en soledad, de una búsqueda de algo a lo que agarrarse, de un saber encontrarse, del misterioso brillo de las sombras, del alcance de las palabras, de la fugacidad del presente... Cada uno de ellos entona una realidad percibida y trascendente en la que la mera existencia es razón suficiente para que el sujeto poético se interpele y contagie de cercanía a quien lo escuche y lea. Decía Lacan que hay poesía cada vez que un escrito nos introduce en un mundo diferente al nuestro, dándonos la presencia de un ser, que se hace nuestro también. A ese alcance reconocible se ciñe Corredor-Matheos, a esa idea de exploración y contagio.

Los poemas inaugurales del libro arrancan con una exaltación de la escritura bajo la noche expectante, para continuar con un canto a la mañana en el siguiente poema. Y en esa tarea de enlazar sensaciones, el poeta en los siguientes veros se contempla y refuta: “Estás sólo, entre sombras, / como una sombra más”. De ese modo, el libro deja ver sus lances indagatorios y razones, a veces, en forma de haiku: “Lo duro que es vivir / es la razón / de que sigas viviendo”. Ser un pájaro, ser un árbol, ser un perro o ser un Odiseo sin haber llegado a Ítaca son evocaciones sucesivas que el poeta vuelca en sus poemas para zarandear la multiplicidad de maneras de ser. Corredor-Matheos es capaz de entrar en un soplo poético, tan solo con doce palabras, para que esa pluralidad incontestable se proclame plena de sencillez y hondura: “Ser solo es no ser. / Ser en el Otro, / el vivir / verdadero”.

Tras la lectura del libro, uno tiene la sensación de haberse quedado sumido en una calma gozosa. El poeta emociona, con esa capacidad de ir más allá de lo dicho, deshojando las paradojas de la vida con asombrosa claridad. Es su literatura materia viva y la palabra del poeta la que entona esa vida. Diría que Corredor-Matheos, en ningún momento, lo hace como ceremonia sagrada. Pero, desde lo indecible a la grandeza, su poesía es un claro territorio emocional en el que habita todo un corolario que cruza lo épico y lo cotidiano, desde lo fuera de sí al arrobo, desde el asombro a la impasibilidad, desde la angustia al sosiego, desde la sombra a la luz, desde la elegancia e inteligencia a la efectividad del silencio.


Durante bastante tiempo fui de los que piensan que la poesía está en las cosas y que el poeta es quien las alumbra. Hoy en día, tal vez siendo un lector más experimentado por estas estancias, prefiero pensar que la poesía está en el propio poeta y, justamente, son las mismas cosas las que se la provocan. Creo que la poesía reunida en Al borde refleja ese sentir y, también, una cartografía esencial del poeta, de su vida y manera de ver el mundo, de “saber que tú eres nada, / acaso siendo todo”, a donde van a parar palabras, ideas y experiencias, atisbos para dejar de ser inefables.

Cada poema suyo, por breve que sea, abre un diálogo con el lector, nos convierte en confidentes de su verdad más íntima, de su razón estética o revelación dada. Corredor-Matheos lo hace con el fulgor de la sencillez de lo cotidiano que transcurre a la vista de todos. Y es allí mismo, en su biografía emocional, donde encontramos el misterio de sus poemas, en su lenguaje, tono y cadencia, más que en sus motivos. Un libro admirable.



viernes, 7 de octubre de 2022

Exaltación de ser y estar en el mundo


Como diría Jules Renard, entramos en un libro como si lo hiciéramos en un vagón de tren, con miradas atrás, vacilaciones, el fastidio de cambiar de asiento y de ideas, preguntándonos cómo será el viaje, cómo será el libro. Con parecida precaución entré en las páginas de Agua y jabón (Anagrama, 2022), aunque, para ser sincero, había leído interesantes críticas del libro de la periodista y escritora Marta D. Riezu (Terrassa, 1979) que presagiaban, por su tono e impresiones, que el libro, anotado en mi lista de deseos, iba a proporcionarme una lectura amena y de mi gusto, como así ha sucedido.

La propia autora se adelanta, a modo de saludo, a descorrer la cortina de sus textos e invitarnos a leerlos a nuestro libre albedrío, por cualquier página que se nos antoje. Señala, a su vez, que “lo recogido en Agua y jabón es el resultado de una trayectoria intuitiva y desordenada” y, por eso mismo, constata que su libro “no es un libro de imaginación, sino de observación”. Su título así lo expresa en sus prolegómenos, un epígrafe que alude y apunta hacia lo sencillo, la gracia, el carisma, el duende, eso mismo que el fotógrafo y modista británico Cecil Beaton llamó “agua y jabón”, como estilo de vida distinguida. Incorpora a esa idea lo sencillo, como modo de estar en el mundo, como gusto espontáneo, alegre y discreto del saber vivir. Es eso mismo a lo que remite el subtítulo del libro: Apuntes sobre elegancia involuntaria, un cuaderno de notas en el que caben personas, objetos, lugares y hasta un pequeño diccionario sugerente y mordaz de afinidades.

Marta D. Riezu reúne en su cuaderno un compendio sobre todo aquello que tiene como requisito alguna perplejidad en la que caben citas, pasajes de la vida, experiencias literarias y opiniones que vienen a conformar un caleidoscopio acerca de lo que rodea al hecho de vivir. Son apuntes y flashes volcados con desparpajo, intuiciones, vivencias y pensamientos personales sobre la realidad más próxima y común, como, por ejemplo: la ropa y la moda, la cultura y la rutina, los libros y el ajuar o las hojas de laurel, sobre lugares como los hoteles, el cine y el teatro, la vida en el campo, la arquitectura de las ciudades... Y, desde luego, notas que ofrecen una estancia provechosa en la soledad como “puerto pacífico”, en el silencio y la rutina, cobijo de estabilidad: “Aprender a estar, para años después poder ser”, entona.

Agua y jabón es una miscelánea bien surtida de textos breves que exudan gracia e ingenio sobre asuntos variadísimos. A Riezu le interesa casi todo: la ropa, la arquitectura, los objetos, los lugares, los recuerdos de su biografía, los cómics... Pero si hay que destacar lo que ocupa más espacio en este libro tenemos que señalar que quien se lleva la palma es la literatura. Los libros, dice ufana, nos despiertan. Ellos fueron su primera compañía y no han dejado de serlo a lo largo del tiempo. Llegaron para quedarse como referentes. A los nombres de siempre, como Homero, Cervantes, Shakespeare, Montaigne, Flaubert, Proust o Dostoievski se añade también su fervor por Faulkner y Zweig, por Ginzburg y Sontag, por Rilke, Baroja, Pla y Delibes: “Estos son, sin orden ni concierto, algunos nombres a los que vuelvo una y otra vez”, resalta.

No es difícil para el lector establecer empatías con muchas de las entradas que se van sucediendo en este ameno cuaderno de apuntes. Riezu, además, no disimula su sensibilidad y su sentido del humor sobre tantos asuntos cotidianos y domésticos como trata en el libro. Y eso mismo ayuda a expandir y a compartir algo significativo muy suyo, algo de ese tiempo suspendido en el que la realidad se condensa en lo pequeño, en pasajes de su vida dispuestos tanto para nuestra curiosidad como para nuestra sorpresa. Son muchos los momentos en los que la escritora se interpela también con ese mecanismo de evocación de la experiencia vivida, consciente de que cuando lo hace no se puede quitar de en medio sin más.


Agua y jabón está concebido como un breviario en el que caben todos esos filamentos de archivo desvelado y vida arremetida. La vida reflejada aquí no se conforma con la mera observación, sino que incide en sus detalles, para extraer el lado vívido de sus recuerdos, convirtiendo sus disquisiciones y motivos en el meollo de asuntos que son comunes a todos, ya sea ir a dar un paseo o pararse a resaltar contrastes: “En el amigo busco pequeñas virtudes: cortesía, gracia, destreza. En la pareja busco grandes virtudes: voluntad, generosidad, honestidad”.

Este es un libro jugoso y ameno, un festín donde se comparte no solo el vértigo de escribir, sino también el de disfrutar de los pequeños placeres, de los libros y de sus autores. Por aquí aparecen Pepys, Pla y Ribeyro, diaristas por los que Riezu siente predilección. También otros muchos, como Vila-Matas, Anaïs Nin o Iñaki Uriarte. Su muestrario es amplísimo. Sabe que leer aproxima a esa verdad literaria e imprescindible que otorga la curiosidad por la vida de los demás y que ayuda a entender el mundo. Leer para escuchar a los otros y, de paso, escucharse a sí misma y contarlo con chispa.


lunes, 3 de octubre de 2022

Aire de rebeldía y venganza


Somos las historias que nos narramos, y esos relatos no son nada inocentes. Por eso la ficción posee la virtud de moverse libremente en el tiempo: es memoria y es presente. De tal manera que la escritura que convoca el pasado también nos lo refuta, a veces, implacablemente, cuando el recuerdo se reviste de aspereza y pesadilla a merced del narrador. Digamos que la narración realista de algo presenciado resulta siempre inexacta, ya que todo testigo sostiene su visión parcial, sesgada y discutible, pero cuando el testimonio se sucede de forma circular en un mismo espacio a lo largo del tiempo, el relato viene a ofrecernos una narración casi irrefutable.

Lo inventado e imaginado por Layla Martínez (Madrid, 1987) en Carcoma (2021, Amor de Madre), su debut novelístico, viene a decirnos que seguramente sea el novelista el artífice que mejor puede contar una historia de violencias silenciosas sin atenerse a nada y sin objeciones o cortapisas ante los demás. Las dos protagonistas de su libro, una nieta y su abuela, cada una a su manera, nos irán contando los entresijos, secretos, rincones y fantasmas que encierra la casa familiar que habitan. En sus voces descubriremos los cajones, puertas y escondrijos que han sobrevivido al paso del tiempo y que continúan validando su existencia con el resto de las otras cosas de la casa, sus estancias e historias ocultas de mujeres ultrajadas que la ocuparon.

La casa expande sus ecos a través de las voces de cada una de las dos narradoras que desvelan sus hitos. De tal manera que esa alternancia permite ensanchar el tiempo, desenredando todo aquello que aconteció en el interior de la misma y aquello otro que trascendió fuera de ella, a la luz de los demás. Layla Martínez logra llevar consigo al lector al interior de la misma y hacerle ver, sin tener que pararse a descifrar, las expresiones de sus dos narradoras y sus gestos, hasta dejarnos oír los tonos de sus voces y sofocos, causados por los estigmas infringidos en el seno familiar: “Eso es la familia –dice la abuela–, un sitio donde te dan techo y comida a cambio de estar atrapada con un puñaíco de vivos y otro de muertos. Todas las familias tienen a sus muertos debajo de las camas, es solo que nosotras vemos a los nuestros, eso decía mi madre”.

Abuela y nieta van entreverando su relato concerniente a un hecho que se irá desvelando a medida que avanza la narración, partiendo de la memoria de cada una de ellas, de la de sus allegados, de la casa como escenario y núcleo central de todo, hasta llegar al momento presente. La autora, incluso, va más allá y transforma el lugar en personaje vivo que, a menudo, habla por los objetos que guarda de sus moradores dispuestos a capricho y convertidos en testigos, por tanto, del paso del tiempo y de los abusos de quienes rebajaron la convivencia del hogar a la infamia. Carcoma es todo eso, pero también un desacato verosímil que se entronca y remueve como larva por los rincones de una casa provista de los misterios indecibles de quienes la ocuparon. No se trata de un hogar extraño, ni lejano, sino similar a muchos otros domicilios rurales que lastran también sus sombras y vergüenzas.

Carcoma destaca por su ritmo narrativo, por lo que trasciende desde su espacio, el de una casa enclavada en un contexto y tiempo de violencias patriarcales y de clase dominante que no parece acabarse, sino que se resiste a desaparecer para seguir haciendo de la suyas. Y destaca también por el deseo consabido de una mujer dispuesta a vengar su papel femenino doblegado por esa familia representada por los Jarabo, a quienes la autora les reserva su punto enunciativo en la trama tan solo como afrenta de poder establecido, ya que la atención narrativa se centra en las cuatro generaciones de mujeres que habitaron la casa sobrellevando el lastre de una estancia ultrajada por gente como ellos que podían hacerlo impunemente.


Carcoma es un libro intenso, pese a su brevedad, un relato sombrío y estremecedor en el que se pone de manifiesto que el hogar es un decantador de conflictos e intrigas, y en ningún caso un lugar para el conformismo. Carcoma es, además, una novela escrita con mucha destreza narrativa para encajar una historia familiar terrible que mantiene al lector en vilo hasta el final, un relato larvado desde el interior de la casa común donde vivieron nietas, hijas, madres y abuelas, un lugar, como dice una de sus protagonistas, donde “los muertos viven demasiado tiempo y los vivos demasiado poco”.

Layla Martínez ha sabido articular en su primer salto al género una más que interesante novela rural en la que aborda el vínculo familiar, ese que aparentemente nunca o casi nunca desaparece en nuestras vidas y al que todos estamos destinados a proteger, sin menoscabo de que surjan mujeres valientes dispuestas a desenredar lo que durante tanto tiempo mortificaba sus vidas desde lo más profundo de su seno.


sábado, 24 de septiembre de 2022

Relatos inquietantes


Los libros de Eduardo Halfon (Guatemala, 1971) poseen un aire sutil, de soplo medido, que trasciende y sustenta su razón de ser como escritor. No conozco a lector alguno que haya leído por primera vez alguna obra suya y no vaya a buscar otras anteriores o saltar impaciente a correr tras el anuncio de una nueva publicación de su autoría. Halfon es un escritor que cautiva por su prosa fina y delicada, narrativamente sintética, una escritura que fluye desde el ático de su memoria, desde lo que ha visto y escuchado, desde lo que revolotea por sus recuerdos. Aclara y deja dicho en su Biblioteca Bizarra (2018), que le motiva escribir solamente a partir de lo que emerge de su memoria: desde ella y hacia adelante.

En ese ejercicio de querer rellenar los espacios vacíos de la memoria, aun sabiendo de antemano su imposibilidad, Halfon establece sus círculos gravitatorios en torno a ese empeño suyo concentrado en su país, su familia judía, su deambular por el mundo y, ahora con Un hijo cualquiera (Libros del Asteroide, 2022), añadiendo la experiencia de la paternidad y menester en los cuidados de su hijo. Lo hace, como acostumbra, sin abandonar el discurso breve y directo, además de íntimo y confidencial que caracteriza a su literatura. En esta ocasión nos brinda un conjunto de relatos palpitantes, algunos de ellos entrañables, que dan a conocer parte de ese enigma que supone entender el cambio emocional sobrevenido por la llegada de un hijo al hogar y por lo que dicho acontecimiento ha supuesto también en su travesía literaria en marcha, iniciada ya hace veinte años.

Con estos nuevos relatos viene a resaltar las claves que le han valido para seguir escribiendo en medio de tanto bullicio y maraña, recluyéndose para atar cabos, consciente de que no hay nada que se pierda en el día a día para alentar la memoria. Así, por ejemplo, en Historia de mis agujas, Halfon, además de hablar de sus alergias, pañuelos para la nariz y tratamiento de acupuntura, nos revela el momento crucial de asentir su conversión como lector, con la idea de que “la literatura, de una manera muy real, también podía ser una boya”. En Papeles sueltos, uno de sus relatos más destacados, cuenta su incursión lectora en la novela Hambre, del escritor noruego Knut Hamsun, una experiencia memorable y crítica que aviva la controversia existente entre la belleza de una obra artística y su correspondencia ética.

Hay piezas en las que la vida familiar y su hijo se convierten en relatos de misterio y revelación. En la primera de ellas, bajo el título de Un pequeño corte, recrea el parto y circuncisión del recién nacido, que le sirven al autor para examinarse y preguntarse el verdadero peso de ser padre frente a las contingencias sociales y tradición de su estirpe judía ante una decisión inapelable. Sobresale también La nutria verde, un relato hermoso y entrañable de vínculos a través de la inseparable compañía de un animalito de plástico que el padre pone en manos del hijo como regalo tras la vuelta de un largo viaje. En todos ellos, la memoria es siempre el germen y punto de partida, arropada, eso sí, por el contexto elegido como escenario de lo narrado.

Digamos que, en sus mimbres, en los relatos del libro se disecciona la pulsión de la memoria para contar lo sustancial de los recuerdos, epifanías y efervescencias que por allí surgen, impulsados por un fervor literario y humano indisimulables. No te deja impávido Beni, su fábula más estremecedora e impactante, y la más extensa, tal vez su mejor pieza, un relato que se adentra en la sombría historia de Guatemala vista a través de la figura de un hombre impune y despreciable que encarna la maldad del país. Tampoco se queda atrás El último tigre, un cuento extraordinario, asentado en las regiones orientales de Nepal, India y Mongolia con significado familiar premonitorio, que luego recala en territorio sentimental de un padre benévolo y susurrante.


Si hay algo notoriamente propio y distinguido de la escritura del escritor guatemalteco es la calidez de su prosa y la eficacia narrativa de sus libros para agarrar al lector hasta una prometedora estancia en el imaginario de su literatura. Estos relatos chispeantes que albergan Un hijo cualquiera es buen ejemplo de esto mismo, del aprovechamiento de esas facultades naturales que posee su autor. El pacto se establece no tanto con una realidad exterior fabulada, sino con esa voz suya sutil, persuasiva y, a la vez, indagatoria, que nos transporta a su mundo movidos por la curiosidad contagiosa que el narrador propicia.

Halfon sigue dándonos alegría con su literatura recia, con su proyecto narrativo en marcha, explorando en la memoria de su gente y en el presente familiar, como hijo y como padre, como miembro de una estirpe singular, y como escritor sucesivo para reencontrarse consigo mismo. Halfon es un autor que explica lo justo, apenas interpreta y jamás adoctrina. Simplemente cuenta, y lo hace con gusto y garbo.


jueves, 15 de septiembre de 2022

Un hombre privado de sentimientos


Todo editor anhela publicar libros que se vendan bien, que tengan aceptación amplia entre los lectores, pero también libros de los que además le hagan sentirse orgulloso de su oficio. Y si de una manera u otra no coinciden en los mismos títulos, procura crear un catálogo propio con el rédito obtenido por los primeros para probar suerte con aquellos otros de mayor calidad literaria, a sabiendas de que su impacto e interés no alcance a un público más amplio como debiera y merece.

La realidad editorial es esa y, en buena medida, persistente en ingeniársela a la hora de alentar el fomento de la lectura con propuestas más arriesgadas. Por eso mismo, algunos lectores seguimos atentos al eco de lo que algunos sellos editoriales han ido proponiendo en tal sentido, tratando de descubrir, entre otras motivaciones, a autores europeos bien traducidos a nuestro idioma. Libros que han sido bien acogidos por la crítica de su país, así como por lectores de amplio espectro para ponerlos a nuestro alcance: por ejemplo, la apuesta de Acantilado por la obra de Stefan Zweig, la de Tusquets por las novelas de Milan Kundera, la de Anagrama por los textos de Sebald o el decidido propósito de Salamandra en divulgar toda la obra del escritor Sándor Márai, tras el éxito obtenido con la publicación primera de El último encuentro en 1999.

Ciertamente fuimos una legión los que quedamos sorprendidos y encandilados con esta novela y así sucedió con todo lo que después continuó editándose de dicho autor. Estoy pensando en novelas como Divorcio en Buda (2001) o La mujer justa (2004) entre las más destacadas, así como en sus tres libros de memorias, Confesiones de un burgués (2004), ¡Tierra, tierra! (2006) y Diarios: 1984-1989 (2008). En todas ellas subyacen, como telón de fondo, hechos trágicos de la historia colectiva Centroeuropea, al mismo tiempo que un humanismo incontenible descrito en sus páginas como fiel reflejo del empeño de Márai por hurgar en lo recóndito del alma de sus personajes, así como de su propia vida.

Faltaba por descubrir su ópera prima que, para gozo de los lectores, acaba de publicarse hace unos meses, bajo la traducción de Mária Szijj y José Miguel González Trevejo. El matarife (Salamandra, 2022) es un rescate literario afortunado, una novela corta impactante en la que Sándor Márai hace un retrato brillante, a la vez que tremendo y pavoroso, de un hombre, matarife por gusto y soldado por obligación, privado de compasión y ternura. Otto Schwarz, su personaje, es un ser anómalo, despreciable y salvaje, concebido en una noche marcada por la violencia. Aquel día, en el circo al que acudieron sus padres como espectadores, una osa polar se comió de un mordisco la cabeza de su adiestradora.

Otto no tardaría mucho en convertirse en un hombre para quien matar animales en un desolladero berlinés, o liquidar soldados enemigos en el frente, no le supondría ninguna repulsa, ni carga moral alguna, sino una suerte de oficio y aptitud sin más. Márai ha querido reflejar en sus páginas, a través de la figura de su personaje, la desquiciante situación y el trastorno mental que desencadenó también la Primera Guerra Mundial, con la ironía y equidistancia precisas y propias de un cronista de la realidad del momento, consciente de que resultaría imposible pensar que alguien pudiera salir indemne de aquella confrontación, excepto Otto, un ser frío y desaprensivo al que poco o nada le importaba el sentir ajeno.


En El matarife, Sándor Márai describe con brillantez, hondura y tono desapasionado hasta qué punto un ser humano es capaz de modificar su propia naturaleza social asolada bajo los estragos no solo de su insólito comportamiento, sino también de una guerra de naciones tan cruenta y terrible como la que estaba llevándose a cabo. Con mucha sutileza y análisis de los acontecimientos y el alma humana, Márai fija su mirada en el detalle de la conducta indiferente de su personaje para contarnos, sin extravagancias ni recato, una ficción encarnada en la maldad seca de un hombre desprovisto de sentimientos que se mueve por la vida como en campo de batalla, por terreno minado.

Márai es un maestro en la indagación del alma. Entrar en las páginas de sus novelas es rebuscar en los corazones de sus personajes para encontrar sus fisuras y momentos claves que definieron sus vidas. Su prosa concisa, afilada y a veces gélida logra que resulten devastadoras sus historias por las verdades que pone al descubierto. Con esta de El matarife, escrita a sus veinticuatro años, comenzó su bagaje y forja de estilo. Se lee de una sentada y no sin escalofríos.



miércoles, 7 de septiembre de 2022

Los giros de la realidad



La literatura debe apelar a la imaginación. La imaginación es de hecho la carne y la sangre de la literatura, como diría Cynthia Ozick. Incluso va más allá: la literatura –sostiene la escritora estadounidense– no es más que un pacto necesario entre el lector y el escritor para crear un espacio de controversia e imaginación común, capaz de dar sentido al texto. Aun sabiendo que los seres humanos somos imponderables, y rara vez se nos puede aprehender solo con palabras. Sin embargo, los lectores descubrimos cada vez más que toda narración se hace de palabras y elipsis. Palabras y silencio que se encarnarán en personajes, en acciones que urdirán argumentos y tramas, en ideas acerca del mundo y en referencias a espacios y tiempos donde transcurrirá la historia imaginada, dispuesta para sorprendernos.

Si hay un género literario que encaja como ninguno en lo dicho y que siempre alimentó en mí el entusiasmo por la lectura, y sigue haciéndolo todavía, es, sin duda, el cuento. Precisamente el cuento, por lo que posee de laboratorio en su concepción, es pura dinamita, un género bien aquilatado para reflejar, en su brevedad, muchos de los contratiempos que la épica cotidiana nos reserva. Podríamos decir que un cuento es un acontecimiento dramático que implica a alguien que comparta con nosotros, los lectores, lo común de su condición humana en una situación inquietante, insólita e, incluso, cómica, tanto en su atmósfera, en su trama, en su lenguaje, tanto como en la complejidad de su desenlace.

Los cuentos reunidos en Quitamiedos (Talentura, 2021), de Trifón Abad (Murcia, 1979), su segundo libro de relatos tras Que la ciudad se acabe de pronto (2018), finalista del prestigioso Premio Setenil de Cuentos, surgen de nuevo bajo ese mismo dictado efectista y épico, con aire de apariencia invisible e insólita. Albergan un cierto orden temporal del que se proveen los personajes que lo habitan, apurando sus vidas cotidianas, pero estas se verán condicionadas por la irrupción de algo inesperado, sobrevenido, como quien no quiere la cosa: narraciones de apariencia insólita que recalan en lo cotidiano, historias que se sumergen a veces en lo fantástico y siempre acaban ofreciendo al lector un soplo de inquietud o miedo.

En los once cuentos de ahora, lo que le importa a su autor es la dosificación de la información y el crescendo reforzado de cada relato en el que, de una manera u otra, lo extraño, el miedo y lo controvertido de sus personajes conformarán el germen determinante de la historia. En esa misma idea de la que hablaba Poe, la de concebir el cuento como una esfera en la que los detalles que aparecen al principio de la narración ya contengan y vaticinen su final. En el primero de ello, que pone título al libro, narrado con precisión, atento a los detalles, un casco de moto parece estar implicado en un accidente mortal que esconde inquietantes conexiones. En Réplica, el segundo de los cuentos, punteado con imágenes y diálogos reveladores, el afán obsesivo de un padre, coleccionista de figuras de Star Wars, tensará al límite sus arrebatos hasta llevarlo a su propio aislamiento.

En los cuentos de Beneficencia, así con en Tapiyuka o en Antípodas, nos encontramos con tres situaciones que brillan por su realismo, que en el fondo, a lo largo de cada una de sus historias, se va colando con cierta incomodidad una incertidumbre que va trepando, como si algo ominoso respirara bajo la superficie de las palabras. Llegamos a Subterfugios, uno de los mejores relatos, en el que se cuenta cómo alguien es capaz de aislarse en plena pandemia dentro de su coche, encerrado en su propio garaje, como lugar de refugio, sin sospechar de los peligros del inframundo que allí mismo se ocultan.


En cada pieza del libro, Abad presenta la singularidad de un tema que entrelaza en su propia ambientación, sorprendiendo al lector por su pulso narrativo y variedad de situaciones: negocios con cadáveres, lugares paradisíacos en los que está proscrito hablar, plantas salvajes, impulsos obsesivos, magia negra, atropellos, adicciones bajo la presencia de un secreto misterioso. Las peripecias de Quitamiedos viven en una aparente sencillez, pero curiosamente esta se desdobla y se precipita hacia una anormalidad con un soplo cotidiano.

Hacer brotar una buena historia de asuntos corrientes tiene su miga. Tiene que estar muy bien contada para que nos seduzca y atrape a un tiempo. Ha de resolver su misterio con su dosis de aventura y anomalía. Trifón Abad sorprende por eso mismo, por su fuerza narrativa y, sobre todo, por su buceo en las emociones y rarezas de quienes las protagonizan. Los lectores, ya se sabe, amamos la épica, y en estos cuentos se notan sus latidos y sus giros.