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miércoles, 3 de julio de 2024

Miradas y reflejos


Digamos que cuando definimos un texto como literario, nos estamos refiriendo a que lo que se dice en él debe interpretarse en función de cómo se dice. Es, en palabras de Terry Eagleton, «el tipo de escritura en la que el contenido y el lenguaje utilizado para expresarlo forman una unidad inseparable». Además, el propio lenguaje forma parte de la realidad o la experiencia, en lugar de ser un mero vehículo para transmitirlas. Por eso mismo, un texto literario requiere ser leído poniendo atención especial a todo lo que incumbe al lenguaje, como el tono, la cadencia, el género, la sintaxis, el ritmo, la estructura narrativa, el estado de ánimo, el contexto, la puntuación y, en definitiva, todo lo que podríamos considerar su forma. Toda lectura implica una ambientación considerable alrededor de estos fundamentos.

Qué duda cabe que la seducción conforma también uno de los aspectos más destacables de todo texto literario. Lo sabemos bien los que acostumbramos a tener siempre un libro entre las manos, los que frecuentamos librerías y nos dejamos persuadir por los universos que las historias de otros nos descubren e insinúan, por las palabras de otros en las que encontramos pensamientos propios y ajenos, atisbos y destellos buscando el porqué de las cosas. El libro Notas de campo(s) (Ediciones del Genal, 2024), de Álvaro Campos Suárez (Málaga, 1981) transita a merced de estos menesteres. Son textos breves que aparecieron en la revista Manual de Uso Cultural entre el 2014 y 2024 en los que encontramos un buen compendio de artículos que reflejan el alma de un lector avezado que aborda distintas confluencias de la literatura, desde su bagaje cultural y su fascinación por los libros, hasta su constante apelación a la cultura y al pensamiento como acicate de la vida.

Son veinticinco escritos de una página de extensión que abordan especialmente la lectura como acto acumulativo, en el sentido de que todos los textos leídos a lo largo de una vida van dejando su poso y señuelo, sumándose, más que a lo que el lector ha leído antes, a lo que ha entendido y sacado de provecho de todo este proceso. Hay textos que se bifurcan por la creación artística, por la poesía, por la órbita del universo y sus utopías, “porque en la vida, todo es soñar”. El sentimiento literario no deja de estar presente y de manifestarse de forma continuada, aunque el tiempo se muestre desapacible, como así nos dice: “Nunca hace frío en compañía de un buen libro”. En otros, se convierte en resquicios para entender un poco mejor el mundo o para pensarlo de otro modo, especialmente cuando se pone a hablar del viaje y de los viajeros, dejando ver que “la tarde en un café observando el comportamiento ciudadano, tomando el pulso a la ciudad apostado en una plaza, puede ser más rentable para los sentidos que la visita apresurada a cinco museos”.

Notas de campo(s) conforma en sí un cuaderno de pensamientos, vivencias y soledades en el que cabe una amplia mirada del mundo desde la esencia de los libros y de sus autores, a través de una percepción impregnada de significados e ideas. Se afana Álvaro Campos en destacar su entusiasmo por los libros que, como lector, no quiere solo que estos le complazcan, sino que también aspira a ser comprendido en ellos. Deja entrever que no hay pautas sabias para la lectura, tan solo atrevimiento y curiosidad afectiva: “Son mi compañía, y sospecho que, de algún modo, también yo soy la suya. Nos cuidamos mutuamente”. Detalles, vislumbres y remansos se conjugan en estos artículos donde lo particular esconde semillas de un aprendizaje de decir más de lo que dice, de experiencia acumulativa de contar y contarnos lo vivido, como refleja esta luminosa reflexión suya: “La vida es, sí, un ejercicio de supervivencia, pero en nuestro tránsito del existir también habita la amistad, la luz, la alegría”.


Toda lectura siempre apareja un compromiso de perseverancia. Esta observación nada baladí la revierte Álvaro Campos en los textos reunidos en el libro, y repara en la importancia de la lectura como compañía, pero también como experimentación sobre uno mismo, como desafío que conduce inexorablemente hacia la propia subjetividad. Estas notas suyas están repletas de encuentros, miradas y reflejos que avivan dicho sentir y propósito.

Uno, que lleva toda la vida leyendo, llega a la conclusión, como así queda dicho en este jugoso librito de apenas sesenta páginas, que el fin último de la buena literatura es “divertir, sí, pero también hacer reflexionar a un lector que, como ser humano, vive sus días en la eterna contradicción, propia y ajena”.


viernes, 14 de junio de 2024

Desiderátum


Uno encuentra sintonía y entendimiento con algunas voces que interpelan y ponen de manifiesto esa carga sentimental y ética que da sentido a las palabras, sin pretensiones académicas, que vivifican la literatura desde la propia soledad, con algo de conjuro sobre el paso del tiempo, desde su universo próximo y cotidiano para darse a entender. En una de las entradas de Diario de K., dice lo siguiente Karmelo C. Iribarren, que viene a subrayar esta consonancia con la que algunos nos vemos identificados: «La literatura, mi afición a leer, me ha salvado de necesitar esos amigos que no lo son, de tener que llevar una vida social de ciudad pequeña que para mí hubiese sido un castigo insufrible. A cambio, la soledad. Una soledad, eso sí, poblada a mi gusto».

En la literatura suelen abundar las referencias, las alusiones, las intenciones más cultas o más populares y, quizá por eso mismo, las más ocultas, misteriosas y personales de las que el escritor dispone a la hora de contarnos lo que en verdad bulle por su cabeza, lo que siente y palpa, lo que le gusta y decepciona. Ocurre a veces que el oficio o el arte de escribir se escurre en su intento de encontrar símbolos para lo inefable. Y por eso mismo, el escritor tiene la obligación de elevarnos, de ampliar nuestros horizontes, de alentarnos, de rastrear en los pormenores de las cosas. El poeta y ensayista Javier Sánchez Menéndez (Puerto Real, Cádiz, 1964) es un escritor beligerante y crítico en ese sentido, al que no le importa arriesgarse y bajar a la arena de la realidad, desde la subjetividad de una mirada profundamente comprometida con la verdad y con la literatura.

Todas estas intenciones son motivos suficientes para seguir escribiendo y pulsando la realidad, algo que en Sánchez Menéndez es primordial para seguir confiando en ella como fuente de inspiración de su pensamiento y del imaginario de su literatura, de hacernos pensar que la realidad se compone de cosas y personas concretas, más que de ideas e intereses generales. Las guardas (Siltolá, 2024) contiene un buen repertorio de señales y razones de escritos sobre libros, poesía, autores, actualidad y cultura, dispuestos sin cortapisas, con aire de libertad, apuntando la mirilla sobre la realidad de lo que verdaderamente importa. El libro reúne una selección de artículos suyos publicados en el Diario de Córdoba, entre el 2013 y 2024, que ponen su foco e ideas, más que para sacarnos de dudas, para entrar con más tino en ellas: “La realidad es indivisible -dice, pero algunos se empeñan en partirla a trozos. La apariencia es conveniencia, y se funciona con apariencia por mera conveniencia”.

Encontramos elogio de la lectura, de los buenos libros, al igual que lamentos de una cultura menguante, tan necesitada de estímulos: “La ausencia de cultura nos dejará un hueco insalvable en nuestras vidas”, advierte. Pero también, por otro lado, festeja su confianza en los clásicos, en sus poetas celebrados y queridos con semblanzas y reseñas entusiastas, como las que firma sobre Ángel González, María Zambrano o Nicanor Parra, al igual que sobre otros poetas vivos por los que siente admiración, como Karmelo C. Iribarren, Juan Cobos Wilkins o Antonio Carvajal. En otra de sus piezas, que lleva por título Naturaleza, se para en resaltar su fervor por la lectura como alimento y consciencia, y matiza: “Pero no solo la lectura es alimento, la mera contemplación de la naturaleza puede enseñarnos infinitos matices... Que el ser humano madure en armonía es fruto de la naturaleza y del cuerpo de lecturas. Pero los libros hay que elegirlos con inteligencia, con la sabiduría de la propia elección”.

Las guardas despliega 82 textos, cada una de ellos nominado con el mismo título con el que apareció en la columna del diario, por donde transitan reflexiones, sentencias y reflejos de la realidad del momento vinculados al discurrir de la cultura, la edición de libros, los premios literarios, las librerías... No pretenden menoscabar lo que hay de verdad en todo ello, sino apuntar y apuntalar sus lances. Lo que le importa a Sánchez Menéndez es sacudir al lector y animarle en busca de la literatura de verdad, aquella “que está por encima de los criterios, y de los registros, y de los tonos, y de las entrevistas”. Y desde luego, insistiendo en que leamos a Cervantes, “que un buen libro es un compendio infinito de magia enriquecedora”.


Es lo bueno que tiene la literatura, en cualquiera de sus géneros y formatos, dar motivos al lector para probar nuevos incentivos. Y, desde luego, un buen libro de artículos, como este, se presta a ello, a desentrañar como piedra de toque lo que está pasando, a tamizar lo que importa, para seguir atento, para seguir siendo un poco más desconfiado. Las guardas es un libro afilado, lúcido y nada complaciente, que invita a una lectura participativa, a través del valor que suscitan sus páginas, desde el propio pensamiento y aceptación de que, aunque la literatura y los libros no nos salvan de nada, ni resuelven los verdaderos enigmas de la existencia, sin embargo, nos dan placer, nos abren cauce, aspiración y deseo de lo que aún no se ha cumplido.


sábado, 22 de enero de 2022

Sacando punta


La mirada sagaz y perpleja del periodista Guillem Martínez (Cerdanyola del Vallés, Barcelona, 1965), autor de un buen puñado de libros, entre los que destacan Grandes Hits (1999), Barcelona rebelde (2009) o Caja de brujas (2019), vuelve a dejarse ver de nuevo con la publicación de Los domingos (Anagrama, 2021). Dice el autor al final del libro que cuando empezó en 2016 a escribir los artículos que recogen este volumen no existía otra intención más allá que hablar de lo que había detrás de todo lo que escribía entre semana en su tarea periodística, una suerte de ejercicio que continúa todavía haciéndolo como parcela literaria: “Los escribo los lunes y, a lo largo de la semana, los voy reduciendo y depurando, hasta que el domingo son, en ocasiones, un suspiro”.

De la mano del crítico literario Ignacio Echevarría, prologuista y antólogo del libro, nos encontramos ante un compendio de más de cien piezas seleccionadas en el que aflora una poética periodística que deja ver en primera persona el contrapunto de todo lo que fluye en el día a día de alguien fajado en la noticia e implicado con la información, privilegiando sobre estas el carácter personal, susurrante y autobiográfico de ese yo espectador que anda inmerso en el texto. Un domingo con Martínez, como así se llama la sección en la que aparecen sus colaboraciones en la revista digital Contexto y Acción (CTXT), concita al lector al análisis y desmitificación, como subraya Echevarría, de la compleja realidad social y política que irrumpen en la vida cotidiana, pero con ese pálpito lírico necesario para que germinen y trasciendan en una epifanía con alma filosófica, proveniente del fondo de un periodismo de la experiencia.

Los textos escogidos en la obra andan dispuestos a desvelarnos algo sobre hechos inquietantes, confesionales o autobiográficos de Guillem Martínez más que a mirar por la ranura de la actualidad política. Cada uno de ellos encabezado con su título precedido de la preposición “sobre”, a modo de predisposición insinuante y sigilosa. Ejemplos de persuasión lo encontramos en Sobre la gran aventura, referido a la Cuba de Fidel, así como en este otro Sobre la teoría de los fluidos, uno de los más breves y sentenciosos que nos hace recordar que estamos rodeados de fluidos y, por tanto, todo lo vemos a través de fluidos. También resplandece la socarronería en Sobre el mono, del que no nos apartamos en su ánimo ancestral de ser repetitivo, como también se deja ver en Sobre el sexo y su correspondencia con liberar tensión, utilizando el humor.

A lo largo de sus páginas, Martínez exhibe su mirada literaria sobre asuntos variopintos entresacados de la realidad cotidiana. Por aquí asoman preludios de la soledad, de lo incomprensible, de la traición, de la memoria, de la infancia, de la proporción áurea, del amor o del destino. Todo un corolario al que atenerse, escrito con la agudeza de quien mira lo traspuesto, anticipando que todo pensamiento y recuerdo no son más que una forma de resurgir en el presente. Son también una suerte de biografía afectiva urdida en trazos, un menú sazonado con vivencias tan próximas como equidistantes en el tiempo, todo un cónclave personal y cultural en el que se dan cita tanto lo vivido y experimentado, como lo anhelado. En muchos de ellos se deja ver el contexto histórico familiar y el propio espíritu anarquista del autor.

Los domingos es un libro hermoso, de esa belleza persuasiva que además invita a pensar. Guillem intuye que el día que consigues producir belleza es un día logrado, un día para sumar en la agenda, porque en esa jornada se alcanzó un rasgo de verdad vivida. Los domingos es también un libro político, que habla de la pesadumbre ideológica, del poder, de la izquierda y de la pobreza. Pero es, sobre todo, un caleidoscopio de interpretaciones e imágenes sin arrebatos ni artificios, de las cosas cambiantes y de lo que permanece siempre como tal. “Llevamos esa posibilidad de cambio en nuestro interior –escribe en Sobre el destino–. Es posible que la evolución no responda tanto a estímulos externos como a una fuerza interna imparable e indialogable. Es una fuerza tan innegociable que se solidifica en nuestro primer hueso cuando apenas somos nada”.


Guillem Martínez tira de lecturas, de mitos, de historias y descubrimientos, del sentimiento de la vida para delimitar sus textos. Habla del inquietante mundo que le rodea y de sus percepciones, de afectos, de su belleza y de sus contradicciones, de la cultura y las costumbres. Habla de la pasión por la vida, de la fidelidad y sus desconciertos, sobre la pareja, la pérdida de confianza en cualquier ámbito de la vida, los amigos, el tiempo, el olvido... Nada se le escurre. De todo escribe con certera observación, con una prosa eléctrica y contenida a la que tampoco le falta fineza lírica. Es eso mismo lo que le pedimos a la literatura, su extraordinaria forma de acercarnos al conocimiento de lo que llamamos realidad como instrumento insustituible para poner en orden ese mundo real, que es en sí mismo esencialmente caótico.

Y es eso mismo lo que transmite en sus artículos: identificarse con ese orden oculto existente en lo grotesco y en lo absurdo del mundo. Se puede decir, por tanto, que Los domingos transitan por esa senda literaria que toca el mundo y sus detalles y, sobre todo, por la cartografía de lo humano que es, justamente, una de las funciones más genuinas del ejercicio periodístico, la que se vuelve testimonio de cultura, es decir, la que contempla y cuenta lo complejo y singular del mundo sacándole punta.


domingo, 9 de enero de 2022

Cronista de nuestro tiempo


Entre este arranque: “La vida cambia deprisa. La vida cambia en un instante. Te sientas a cenar y la vida que conocías se acaba”, y este otro pensamiento, casi al final del mismo libro que cautivó a tantos lectores: “Somos seres mortales imperfectos, conscientes de esa mortalidad incluso cuando la apartamos a empujones, decepcionados por nuestra misma complejidad, tan incorporada que cuando lloramos a nuestros seres queridos también nos estamos llorando a nosotros mismos, para bien o para mal. A quienes éramos. A quienes ya no somos. Y a quienes no seremos definitivamente un día”, cabe el alma y el sentido de una vida consumada que estuvo siempre entregada a la escritura. Nos referimos a El año del pensamiento mágico (2015), el vehículo utilizado por la escritora norteamericana Joan Didion (Sacramento, 1934) para reinventarse y mantenerse a salvo de un derrumbe trágico familiar.

No cabe duda de que para la escritora y periodista estadounidense la redacción de este memorable libro, de esta crónica desgarradora, fue algo inevitable y necesario. Tenía que hacerlo. Tenía que contar las secuelas que le dejaron la muerte de su marido, el dolor por su pérdida, desde el impacto hasta su duelo negro y prolongado durante tantos días de ausencia. Lo hizo con exquisitez, elegancia y resignación, enfrentándose al abatimiento del duelo con dignidad, sin recrearse ni renunciar a ello, confiada en el paso del tiempo como escuela de aprendizaje y superación de toda desgracia.

Joan Didion falleció estas navidades a los 87 años, en su casa de Nueva York, a causa de la enfermedad de Párkinson que sobrellevaba desde hacía tiempo. Nacida y criada en California, su carrera periodística y literaria estuvo siempre ligada a esta idea suya plasmada en uno de sus artículos más famosos, titulado Por qué escribo, resumido en estas líneas: “Escribo estrictamente para averiguar qué estoy pensando, qué estoy mirando, qué veo y qué significa. Para averiguar lo que quiero y lo que me da miedo”. Todo empezó para ella a los veinte años, cuando se mudó a Nueva York. Allí inició su carrera periodística, en 1961, colaborando en la revista Vogue. Allí tomó impulso su vocación y su vínculo indefinido con la narrativa y la crónica social.

Dos años después volvería a la Costa Oeste con un libro ya publicado y con ganas de despuntar y convertirse muy pronto, como así ocurrió, en una de las cronistas más brillantes y lúcidas de su generación, una figura emergente del Nuevo Periodismo americano, de la misma estirpe que Tom Wolfe, Hunter Thompson, Truman Capote o Gay Talese, escritores con los que compartía esa manera de dar una vuelta de tuerca a los artículos que firmaban mediante el empleo de técnicas narrativas propias de las novelas. Y así, año tras año, Didion ha ido dejando, además de sus novelas, memorias y ensayos, un buen repertorio de artículos y crónicas, piezas breves e incisivas con las que resaltar su carácter y compromiso con el sentido de sus ideas, centradas en la búsqueda de la verdad y atención al detalle de lo que sucede en la calle, en su parcela personal y, cómo no, en el ámbito político.

Su vida y su oficio se han visto bien reflejados en todas sus colaboraciones y comparecencias, tanto en prensa como en revistas. En una ceremonia celebrada en Washington en 2012, el presidente Barack Obama le otorgó la medalla nacional de Humanidades y dijo de ella: “Es una de las mentes más brillantes y una de las observadoras más respetadas de la política y cultura estadounidense”. Precisamente, muchas de sus interesantes observaciones han quedado recogidas en Lo que quiero decir (Random House, 2021), la última publicación de Didion editada en nuestro país, un recopilatorio de textos que fueron redactados en sus inicios como periodista, en los que nos traslada su mirada y estilo, doce escritos que van desde el sentido que la escritura tiene para ella hasta el reportaje social y político del momento.

Los textos más jugosos, como bien destaca Elvira Navarro en el prólogo del libro, son los que se sumergen en su oficio, en los entresijos de la escritura. En Contar historias, Por qué escribo y Últimas palabras encontramos el reducto de su poética, de su manera de concebir y entender la literatura y de cómo trasladarla a la prosa de una manera eficaz: “Fue en Vogue –cuenta– donde aprendí en cierto modo a sentirme cómoda con las palabras, una forma de contemplar las palabras ya no como espejos de mi propia incapacidad, sino como herramientas, juguetes, armas que utilizar de forma estratégica en la página”. El libro reúne también textos de algunos perfiles de personajes, como el que brota tras una somera visita a Nancy Reagan siendo la mujer del gobernador de California, o la encendida semblanza sobre Hemingway, admirado maestro suyo, un artista que, según ella, vivió, como pocos, entregado en cuerpo y alma al rigor y expresividad del uso del lenguaje.


En cada uno de sus textos destaca, por encima de todo, su mirada conspicua, su capacidad de interpretar lo que acontece y depositarlo por escrito, sin ambages, por medio de una prosa literaria incisiva y eficaz, capaz de colarse en la realidad del momento y calar dentro del lector. Didion selecciona y disecciona lo inevitable, aquello necesario de desmenuzar para ponerlo delante de los ojos del lector, como algo hipnótico que requiere análisis y reclama atención. Esas fueron sus señas de identidad y su modo de proceder: escribir bajo el predominio de una prosa sensitiva capaz de conmover y hacer saltar por los aires todo lo que hay de crónica en su propia realidad, la que anda fuera y dentro de sí misma.

En Lo que quiero decir, el lector se va a encontrar con los ecos luminosos de una escritora desdoblada en su propia obra, un icono que seguirá teniendo reconocimiento duradero en los lectores por mucho tiempo. «Didion –como señala Rodrigo Fresán en el obituario que le dedicó días pasados– finalmente acabó siendo lo que todos sospechábamos que era: el mejor y más profundo personaje de Joan Didion».



viernes, 3 de abril de 2020

Destellos cotidianos

La buena literatura es una extraordinaria forma de conocimiento de lo que llamamos realidad, un instrumento insustituible, según Vargas Llosa, para poner en orden ese mundo real, que es en sí mismo esencialmente caótico. El escritor, el verdadero escritor, afirma Claudio Magris (Trieste, 1939), es el que logra identificar un orden oculto en lo grotesco y en lo absurdo de la existencia. Se puede decir que la literatura es por lo tanto exploración del mundo y sus detalles y, sobre todo, de los abismos de lo humano, y es, justamente en esta peculiar función donde el ejercicio literario, como sostienen estas dos grandes figuras de las letras, se vuelve cultura, es decir, se convierte en visión y representación del mundo.

En su libro Microcosmos (1997), Magris insiste en que el mundo es una cavidad incierta, en la que la escritura se adentra perpleja y obstinada. Es más, escribir para él significa saber que no estamos en la Tierra Prometida y que no podremos llegar nunca allí, pero sí hay motivos suficientes para continuar en esa dirección, aunque sea a través del desierto. Le importa al escritor triestino dejar sentado que el mayor logro de un libro hay que encontrarlo en esa idea de reconciliación, tanto en la vida, como enn la literatura. Por eso mismo alerta, tomando estas palabras que dice uno de los huéspedes alojados en el Hotel Herberhof en el Tirol: “¿Cómo, otra vez escribiendo? Escribir, escribir siempre... no es bueno. Un poco, vale, pero no demasiado. Mejor escribir un poco menos y pensar un poco más”.

Claudio Magris, escritor bien conocido, catedrático de literatura germánica en la Universidad de Trieste, ensayista y traductor de Ibsen, Kleist y Schnitzler, entre otros, Premio Príncipe de Asturias de las Letras en 2004, es una figura indiscutible de la literatura italiana contemporánea que nunca ha dejado de exponer su enfoque literario a la hora de interpretar su forma particular de entender la escritura y la vida. Para él, esta correlación existente entre la escritura y la vida sucede en el propio escenario de un lugar o bajo el influjo de un pensamiento sagaz donde  acudir a rastrear el significado de las personas que lo habitan. Las cuarenta y ocho piezas reunidas en Instantáneas (Anagrama, 2020), su último libro publicado en nuestro país, van en esa línea literaria suya que viene de lejos, la de reflejar los destellos cotidianos que van sucediéndose en sus viajes, en sus lecturas y en las reflexiones de los instantes vividos o sobrevenidos desde el recuerdo.

Este es un libro recopilatorio de pequeños textos publicadas en el diario Corriere della Sera desde abril de 1999 a julio de 2016, un variado reportaje en el que el autor de Danubio (1988) hace hincapié, con su punto de vista, en el detalle concreto o en algún asunto simbólico de carácter histórico cuyo conjunto revela una denuncia o un apunte social. Uno, leyendo estas esquirlas de su genialidad creativa, asiste a un fresco luminoso de la realidad contemporánea en el que la agudeza de su autor también denota melancolía y desencanto, solapados bajo un sabio tono burlón, con sensibilidad suficiente para contarnos, en unos breves trazos, lo que está presente en la ciudad, en el ambiente, o en el discreto curso de los días.

Magris nos muestra el mundo que lo rodea como espacio compartido. No importa si el fotograma que le lleva a la reflexión lo motiva una situación ingrata o feliz, una anécdota insignificante o, al contrario, elocuente y rebosante. Ya sea un festín caníbal protagonizado por unas palomas en una fuente de una plaza; una taberna donde se habla de la guerra; una sala en Budapest donde se celebra un congreso literario; un momento insólito protagonizado por una visitante en la galería de Leo Castelli en Nueva York; una airada discusión de pareja; los banqueros de los que se descubren sus prácticas ocultistas y satánicas; una modelo rusa que mata de una cuchillada a un perro callejero que amenazaba a su mascota... Son muchas escenas en las que su mirada perspicaz trasciende a un simbolismo social, mundano y político.

Muchas anotaciones del libro forman parte de la historia misma de Trieste, así como también hay evocaciones de personajes de la historia y la literatura centroeuropea, como la referida a Thomas Mann cuando nadie le avisa del estallido de la Segunda Guerra Mundial mientras se hallaba ajeno, encerrado en su escritorio; o la anécdota de Sissi emperatriz y los poemas que decía susurrarle en secreto Heine, a través de un médium. Lo dicho: un amplio reportaje de momentos perdurables que van de lo aparentemente irrelevante a la crónica sagaz protagonizada por gentes que pusieron sus señas de identidad en el devenir de la historia.

Magris es un pensador sin fronteras que bien sabe que la escritura y la lectura tienen esa particularidad de trascender desde lo particular a lo universal. En sus Instantáneas encontramos reflejado ese trayecto y espíritu en el que la actualidad y la vida se dan cita estando muy presentes en sus escritos. En estas crónicas, escritas con provocación y destreza, hay una voz que infiere en el lector dándole el material y el rescoldo necesarios para prender su curiosidad y entendimiento.

Por eso nos interesa Magris, porque sabe cómo expresar la utilidad de su experiencia intelectual y sentimental, incluso en textos mínimos. Este es un libro que se lee con deleite, un libro cargado de inteligencia y sensibilidad, que apareja un compromiso de perseverancia por los detalles de la vida. Jugoso.

viernes, 22 de febrero de 2019

Dentro del laberinto


Cuenta Ignacio Peyró en su monumental libro Pompa y circunstancia (2014) que Gerald Brenan (Sliema, Malta, 1894 – Málaga, 1987) llegó a España sin más aspiraciones que pensar que “la vida resultaría barata”. Acababa de recibir una condecoración por los servicios prestados en la Gran Guerra y, también, una herencia familiar que le permitió abandonar Inglaterra y pasar sus horas leyendo a Spinoza bajo naranjales. Cuando se dejó ver por primera vez por la Alpujarra granadina contaba veinticuatro años y “llevaba consigo miles de libros y muy pocas libras”.

Volvió a Inglaterra en 1924 y, al poco tiempo, regresó a Yegen (Granada), el pueblo que le cautivó y en el que pasaría una buena parte de su vida. De esta población alpujarreña reflejó muchas de sus vivencias en las páginas de Al sur de Granada (1957), una de sus obras más significativas. Posteriormente se instaló en el barrio malagueño de Churriana y después en Alhaurín El Grande, donde vivió las últimas décadas de su vida. Sin embargo, su obra más mítica, El laberinto español, vio la luz mucho antes, un libro muy valorado, cuando fue editado, por los sectores progresistas del país en el que analizaba minuciosamente los antecedentes que determinaron la Guerra Civil. Fue un libro importante, una síntesis admirable de la España del siglo XX, una obra vetada por Franco, pero que la editorial Ruedo Ibérico pudo publicar en París en 1943.

De todos los viajeros e intelectuales anglosajones que pasaron por España, quizá sea Brenan el que más hondo caló en los españoles. Conoció bien a fondo nuestra historia, cultura y literatura, como así se refleja en la cantidad de artículos que publicó en distintas revistas inglesas y norteamericanas. La editorial Fórcola acaba de publicar Cosas de España, un volumen que lleva como subtítulo Ensayos, Artículos y Crítica Literaria, en el que se reúne una buena colección de textos bajo el cuidado, selección y prólogo de Carlos Pranger, albacea del legado de Brenan y gran estudioso de su vida y de su obra.

El libro contiene veintiséis piezas del más variado interés entre las que destacan dos artículos sobre la vida y la poesía de San Juan de la Cruz, a quien admiraba profundamente y del que resaltaba su experiencia de místico practicante, el ritmo y el valor simbólico de las imágenes de sus versos, que profundizaría más en un estudio y biografía posteriores dedicados al autor del Cántico espiritual; otro de sus artículos sobresalientes se lo dedica a Cervantes, de quien glosa su figura, la invención literaria de El Quijote y, especialmente, su maestría en el arte del diálogo; y también es digno de destacar otro artículo titulado La escena española, que es una aproximación magistral a las claves de su obra cardinal El laberinto español.

Brenan reivindicó con ahínco a Galdós como uno de los grandes novelistas europeos, y lo pone a la altura de Balzac, Dickens y Dostoievski. De él afirma que “escribió de manera soberbia y objetiva acerca del mundo, de su visión, y no se asociaba con ningún otro de sus personajes”. También le dedica unas encendidas palabras a su amigo Arturo Barea, autor de La forja de un rebelde, en un sentido artículo que titula Un hombre honesto. Hay otras incursiones del hispanista británico recogidas en esta selección en ambientes más folclóricos y localistas, como por ejemplo su estancia en la Romería del Rocío de la que habló maravillas y que se quedó con ganas de volver a repetir.

Debemos mucho a este excéntrico y torrencial escritor, como se dice en el prólogo: “Brenan fue un escritor a su manera que se caracterizó por ser libre”, una cualidad que supo mantener en el tiempo, algo que lo llevó a cabo de la mejor manera que supo, con gratitud hacia el país de adopción que lo acogió con los brazos abiertos, en el que pone su mirada crítica y al que admira con sus luces y sombras. “Brenan y España se confunden en un original y delicioso juego de espejos, o de fragmentos por reconstruir”, subraya Pranger al referirse a la diferente temática que abarcan los textos reunidos por él en el libro y que nos dan una aproximación bastante clara de todo aquello que le interesaba y le llamaba la atención de nuestro país: su gente, su historia, sus letras y sus costumbres.

Cosas de España es un libro que nos permite conocer a Don Geraldo, como le llamaban sus convecinos de Alhaurín el Grande, en muchas de sus facetas intelectuales de crítico literario, cronista, memorialista e investigador de la Historia, que supo combinar su talante inglés con la vida campechana de la gente de Andalucía, “una tierra mucho más viva que Castilla”, apostillaba. Brenan rehuía de ese tópico de considerar a los andaluces gente frívola, sino todo lo contrario.

A todo su quehacer le dedicó tiempo, lecturas y mucha vida solitaria. En este libro se aprecia bien ese sentir y las razones estéticas e intelectuales de un hombre de fuera que aportó su mirada y reflexión para escribir con libertad, con ese estilo suyo tan ligero y vívido, sobre España y su gente, como paso previo al entendimiento de sus entresijos sociales y su cultura.

Brenan se resiste a desaparecer.

domingo, 15 de octubre de 2017

Un literato periodista

La literatura política española de los años treinta y posteriores lustros, leída hoy, resulta en general indigerible. Es rarísimo que nadie lea con gusto ni las lucubraciones de Ledesma Ramos ni las exaltaciones fascistas de Giménez Caballero o los discursos de Sánchez Mazas, viene a decir Andrés Trapiello en el prólogo de su ensayo Las armas y las letras (1994).

Al igual que ocurrió en Madrid en las primeras semanas de guerra, los escritores que en Barcelona estuvieron a favor del levantamiento o se sumaron a él o trataron de salir de la ciudad, o se quedaron camuflados como decía Orwell “en espera de tiempos mejores”, tampoco estuvieron a la altura para que en la actualidad se les pueda leer con un mínimo de complacencia. Entre los primeros, los que trataron de amparar y extender la rebelión, los más notables fueron los falangistas Luys Santa Marina y Félix Ros. Entre los que salieron, hay que hablar de Pla e Ignacio Agustí.

El escritor y articulista Ignacio Agustí (Llissá de Vall, Barcelona, 1913 – Barcelona, 1974) inició su carrera periodística antes de la Guerra Civil colaborando en cuatro de las publicaciones catalanas más significativas de la época: La Veu de Catalunya, L'Instant, La veu del vespere y Mirador. A partir de 1937 dejó de escribir en catalán para hacerlo en castellano. Tras la guerra, se dedicó a continuar por la senda del periodismo pero, también se volcó en la literatura, su vocación más secreta y apasionada, donde destacó con su saga La ceniza fue árbol, llevada, posteriormente, en 1976 a una serie televisiva, a la que pertenecen sus novelas más importantes: Mariona Rebull (1944), El viudo Rius (1945) y Desiderio (1957). También sobresalieron Diecinueve de julio (1965), y Guerra civil (1972), estas dos obras dedicadas por completo a la guerra civil española.

La editorial Fórcola recupera la figura de Agustí, escritor que ocupó un lugar destacado en la prensa de su época, con una nueva edición de una antología de sus artículos a cargo de Irene Donate, investigadora y profesora universitaria, licenciada en Filosofía Hispánica, bajo el título Ningún día sin línea, un volumen publicado con anterioridad, en 2013, conmemorando el centenario del nacimiento del escritor y periodista catalán. Donate destaca en el prólogo del mismo y en el capítulo dedicado a la biografía del autor de la saga de la familia Rius, la clara preferencia que Agustí mostró por los géneros periodísticos más cercanos a la literatura, el artículo y la columna, especialmente, en los que se aplicó y mostró una entusiasta voluntad de estilo. Como afirma la propia investigadora, “fue un escritor que siempre se acercó al periodismo con la actitud de un literato”, y así fue considerado también por sus coetáneos.

A lo largo de su dilatada trayectoria periodística, Agustí escribió más de un millar de artículos en los que su experiencia cotidiana conformaría el hilo conductor de sus columnas. La observación y la curiosidad sobre cualquier acontecer de la ciudad, un paseo por las calles o el comentario sobre una noticia leída, darían pie y sustancia a ese modelo periodístico de entonces al que González Ruano había contribuido con maestría: la presencia del yo del articulista, la divagación personal y el costumbrismo sobre noticias de la actualidad.

El lector curioso que se acerque a los artículos y crónicas literarias reunidos en Ningún día sin línea obtendrá como recompensa una visión histórica y sentimental de una época marcada por el lastre de una guerra y la imposición de un régimen autoritario que ocupó todas las capas de la sociedad, sobre todo la prensa escrita, un soporte por el que transitó la vida intelectual de algunos escritores que aceptaron la imperiosa realidad para seguir su senda literaria e impulsar proyectos periodísticos, revistas y galardones literarios. Agustí fue un colaboracionista del régimen, más que franquista, pero dada su condición burguesa y conservadora, se consideraba monárquico y tradicional. Se empeñó en cuerpo y alma tanto a su profesión periodística como a una labor cultural incesante. Fue cofundador del Premio Nadal de novela en 1944. Propagó la moderación como ideal de vida, defendiendo siempre el orden y la paz de su casa, de su ciudad y de su patria. El fondo de la mayoría de sus artículos desvela este sentir, donde se resalta la sencillez y la discreción como modelo social y personal, un ideal claramente burgués.

Irene Donate ha reunido un buen puñado de artículos intimistas y otros de carácter cultural, humanista y político de un digno representante del catalanismo español de aquellos años en los que el periodismo y la literatura conjugaron su influencia en el terreno de lo políticamente posible. Más allá de esta limitación, lo que legitima el valor de esta edición, enmarcada en una época gris de nuestra literatura, precisamente es que en ella es donde se gestó las bases de una forma de hacer periodismo todavía vigente.

Lo interesante de Ningún día sin línea viene dado por esta salvedad y por los diferentes textos seleccionados adscritos a un periodo opaco política y culturalmente de nuestra historia, en el que no faltó gente emprendedora en la literatura, en la cultura y en el fenómeno del columnismo, como es el caso de Agustí, uno de los más genuinos periodistas que formó parte de la llamada “literatura en periódicos”, como así la denominó en su momento González Ruano y que después de 1975, con la transición democrática en marcha, no se interrumpiría.


domingo, 22 de enero de 2017

Una vida intensa

En cuestión de lecturas, diría que soy nómada y omnívoro, una especie de viajero que hoy hace fonda en el cuento y pide el menú degustación, y que mañana continúa alegremente su camino buscando otro albergue, tras los pasos de la novela o de la poesía. Incluso, cuando en ese deambular se originan encrucijadas, tampoco rehúyo de un retiro más prolongado a merced del ensayo. Además me gusta, en ese periplo por los géneros, no estar sujeto a ningún canon, ni a estereotipos literarios en boga, sino a la diversidad seductora de las librerías, a la luz placentera de la sorpresa, a la dinámica propia de saber que los libros te abren las puertas de otros.

Vivo por tanto, como lector y desde siempre, en una alocada soltería en cuanto a géneros literarios. A todos los encuentro suficientemente atractivos y a ninguno, en particular, le debo fidelidad extrema. De hecho, en los últimos años, los libros de poesía y de no-ficción comienzan a engrosar mi biblioteca a un ritmo mayor que los de narrativa.

El espíritu del libro que traemos hoy a esta bitácora de lecturas, La importancia de no entenderlo todo (Círculo de Tiza, 2016), es otro añadido más a esa dinámica referida y, en este caso particular, se debe, en gran parte, a la personalidad de su autora. Si ya con sus cuentos Grace Paley (Nueva York, 1922 – Vermont, 2007) nos deslumbró con esa manera particular suya de fusionar las convicciones políticas con las ideas y las experiencias personales a través de las historias de sus personajes, gente emigrante, mujeres y niños apurados que transitan por los barrios y avenidas de la Gran Manzana, con los artículos reunidos en este volumen, la narradora, crítica, poeta y activista americana combina su talento literario con sus sentimientos más profundos en el compromiso cívico y en la lucha política.

Paley, hija de inmigrantes judíos rusos, exiliados a EE.UU., nacida en el Bronx y que estudió poesía con Auden, de quien aprendió que cada escritor tiene una voz y esta es única, vivió con espíritu combativo lo que sucedía en las calles, escuchando las voces de las mujeres que, como ella, se implicaron en la conquista de sus derechos. Su compromiso fue siempre social y antibelicista. Militó en primera línea en un feminismo incipiente que se fue abriendo paso cada vez con más fuerza por las avenidas, mujeres aguerridas dispuestas a todo, hasta ingresar en la cárcel. Allí también estuvo, defendiendo entre rejas sus derechos con resistencia pacífica y tenacidad, apelando, incluso, a la desobediencia civil.

La importancia de no tenerlo todo, bajo la traducción de Arturo Muñoz, y con un emotivo prólogo a cargo de Elvira Lindo, quien describe a Paley como esa gran madre a la que arrimarse para sentirse protegido y no perder el buen ánimo, recoge veintiocho textos con recuerdos familiares, episodios personales de su activismo, análisis político y apuntes literarios, todos ellos con hermosas reflexiones sobre la tarea de escribir. “Lo que le interesa al escritor –subraya en una de ellas– es la vida, la vida tal y como “casi” la está viviendo, lo que ocurre aquí o en el extranjero, en Nebraska, en Nueva York o en Capri”. “El escritor –advierte en otra al lector– finge ser un especialista en algo (la vida) sobre lo que no sabe nada. Si escribe es para poder explicárselo todo a sí mismo, y seguramente escribirá más cuanto menos sepa”.

Este volumen es el testamento vital de una mujer feminista que amaba a los hombres, entregada a la lucha por los derechos civiles de la mujer y enfrentada a la guerra, un testimonio que refleja mayormente su trayectoria social, conjugando igualmente sus preocupaciones literarias, sin abandonar su responsabilidad de madre y ama de casa inserta en los entresijos del hogar. Las piezas escritas abarcan una época convulsa en la vida intensa que llevó la escritora neoyorquina entre los años cincuenta a los noventa del siglo pasado, un período polarizado por las desigualdades sociales, la guerra de Vietnam y otros conflictos armados.

Para Grace, una mujer agitadora y comprometida con su tiempo, que alzó su voz frente a las injusticias y que usó la palabra para contar el pulso de la vida, la gran pregunta que hay que hacerse siempre es cómo tenemos que vivir nuestras propias vidas. En sus artículos, escritos con una prosa clara y eficaz, el lector encontrará la fuerza vital de una escritora directa, sencilla, enérgica y aguda, como diría de ella Susan Sontag.

En esta obra, profundamente analítica y lúcida, hay razones abundantes para sopesar cuestiones que siguen vigentes todavía, a pesar del tiempo transcurrido. Dice Paley que lo que encierra su libro es más que una mera recopilación autobiográfica, aunque ciertamente trate de su vida, de su gente y de la realidad de su mundo.

El lector encontrará en sus páginas pasajes apasionados y emotivos de la trayectoria vital de una mujer volcada en cuestionarse las cosas, un ser inconformista pleno de literatura y compromiso. Por suerte para el arte, como sentenció la escritora en una de sus notas, la vida es dura y misteriosa, difícil de entender e inútil. Este libro intenso y vivo da buena prueba de ello.


lunes, 8 de agosto de 2016

Huellas de una vida

Los bares y cantinas tienen un cierto cliché relacionado con la bohemia y la tertulia literaria. Ocurre con frecuencia que en esos cafés, tabernas o chiringuitos pegados al mar surgen poemas, historias y artículos endémicos contagiados por la influencia de su atmósfera. Pocos poetas, escritores y columnistas esquivan o deploran el magnetismo creativo que irradian estos locales complacientes, y también, sórdidos. La barra de un bar tiene un innegable poder de persuasión y convocatoria para hablar y contar historias, a veces sobrias, otras más turbias, a golpe de cervezas y copas de vino, tanto entre literatos como entre lugareños y amigos de toda la vida, convertidos en narradores ocasionales.

La realidad, como no se cansaba de recordarnos Nabokov, es la única palabra que no quiere decir nada si no va entrecomillada. Juan Tallón (Vilardevós, 1975), periodista, escritor y colaborador de El País, Jot Down, El Progreso y la Cadena Ser, conoce bien este aserto del novelista ruso-americano y sabe que en literatura, además, como en otras facetas de la vida, no conviene disponer de plan previsto. Seguramente los textos reunidos en Mientras haya bares (2016) tal vez no se concibieran para convertirse en un libro, sino para lo que fueron escritos en su momento, es decir, para ocupar su hueco en la columna habilitada de los periódicos condenados irremisiblemente a pasar al olvido. Sin embargo, el sello Círculo de Tiza rescata, para gozo de sus lectores, gran parte de sus mejores piezas, las que el escritor gallego firmó por distintos medios de comunicación, mediante una selección minuciosa, bien armada, y que ofrece un corolario completo de la prosa, fragmentaria y atenta al detalle, por donde transitan la literatura, el cine, la música y desde el paradero de muchos bares como refugio y, a su vez, como excusa desde donde contar la realidad.

Para Tallón, el bar reúne unas condiciones excepcionales para la experiencia literaria. El bar es ese rincón vital, ese espacio libresco que encarna toda una educación sentimental a lo largo de buena parte de nuestras ajetreadas vidas. Las entradas y, cómo no, las salidas de los bares –subraya en una entrevista– conforman parte del relato de nuestras vidas. Cada una de las piezas de este libro aglutina vivencias, lecturas y anécdotas insólitas, pero, sobre todo, por aquí desfilan muchas voces y figuras literarias como Fogwill, Borges, Fante, Kipling, Renard, Faulkner, Cheveer, Hemingway, Ribeyro, Fleur Jaeggy, Cortazar, Vila-Matas o su paisano Julio Camba, entre una lista inabarcable.

Mientras haya bares es un libro que aglutina vida y literatura a raudales. No hay ocasión desaprovechada en sus páginas para que aparezcan citas y más citas. Muchas de las piezas están armadas sobre frases conocidas y párrafos de novelas de autores célebres. Los libros que lee Tallón son fuente de sus columnas e impulso para el artículo. Sostiene que cuando un libro es bueno, te da algo y te obliga a parar en su lectura y a reflexionar continuamente. Después vendrá la necesidad de plasmar en la hoja su evocación ya transformada en experiencia lectora.

La literatura es el cómo –concluye el autor– y cuando uno no puede ser alguien mejor escribiendo, quizás baste conformarse con ser uno mismo antes de caer por debajo, como aquellos otros que no escriben como nadie, ni siquiera como ellos”.

Sospecho, como da a entender el propio escritor orensano, que es imposible cuantificar qué parte de la voz narrativa de una obra es deudora de otro escritor, pero si podemos convenir con él que todo escritor le debe algo a todos los que leyó con devoción y empeño.

El lector precavido que se embarque en este trayecto literario se irá liberando, a las primeras de cambio, de cualquier presentimiento molesto de haberse adentrado en las tierras movedizas que suelen esparcirse por este prototipo literario representado por el artículo periodístico, la crónica y el reportaje, y comprobará con satisfacción que cuando un libro es bueno, como es este que firma Tallón, no pasa en vano por sus manos, sin importarle algún que otro tropiezo o reiteración.

A los que les interesen los libros que se sitúan en la frontera entre distintos géneros, Mientras haya bares es una buena ocasión para experimentar que la buena literatura se nutre inevitablemente de literatura.


jueves, 12 de noviembre de 2015

El alcaloide del 98

Así llamaba el arrogante Premio Nobel de Literatura Camilo José Cela (Iria Flavia, La Coruña, 1916 – Madrid, 2002) al viejo Baroja. Pero en esta ocasión, el lenguaraz escritor gallego lo hacía con cariño, respeto y devoción. Cela no tuvo reparos en admitir públicamente que, entre los varios maestros que tuvo, la figura de su admirado Baroja, el oso vascongado, como le gustaba también nombrarlo, ocupaba un lugar predilecto en su trayectoria literaria. Y esto no fue una declaración puntual y grandilocuente del autor de La Colmena, sino que jamás quiso olvidarse de él, como se refleja en muchos textos y artículos que redactó sobre el creador de Las inquietudes de Santhi Andía. “Un pionero y maestro del género narrativo, el último gran novelista español que sigue vivo en la memoria de sus lectores”, estos fueron algunos de los elogios encendidos que Cela pregonaba a cal y canto tras la muerte del escritor vasco.

La editorial Fórcola acaba de publicar un hermoso libro sobre los distintos textos que Cela firmó sobre Pío Baroja, una cuidada antología preparada y seleccionada por Francisco Fuster bajo el título de Recuerdo de Don Pío Baroja, donde se recogen semblanzas, artículos de opinión, anécdotas y una entrevista, también, muy reveladora y curiosa sobre los gustos artísticos del escritor donostiarra.

Para el mundo de las letras y, especialmente, para los lectores barojianos, la figura de Don Pío, más allá de ser un escritor enorme e intemporal que se lee mucho o poco, es, sobre todo, un mito. Este librito viene a constatarlo de una forma testimonial, porque para llegar a ese estadio, Baroja no precisó exponerse a la vista de todos. “Es el arquetipo de individualismo a ultranza –subrayaba Cela–, un hombre distante que ve el universo desde su atalaya”. Pero no solo eso, sino que “ignora el mundo físico de los demás –añadía–, porque su inmenso y diáfano mundo literario le permite vivir sin él”. En ese sentido, Cela no le tuvo en cuenta al maestro que veneraba que este declinara prologar su novela La familia de Pascual Duarte. Su rechazo nada tenía que ver con la calidad de la obra, sino con la censura. El viejo escritor le espetó sin miramientos: “yo no le hago el prólogo, yo no tengo ganas de ir a la cárcel ni con usted ni con nadie”. Camilo siempre demostró ser un incondicional de Baroja, incluso escribió una carta al rey de Suecia promoviendo su candidatura al nobel de literatura. De joven fue un asiduo visitante de la casa de Ruiz de Alarcón, su última residencia. Allí también veló su féretro junto a Hemingway y a otros fieles allegados y, el 31 de octubre de 1956, cargó a hombros con sus restos camino del cementerio.

Pío Baroja, como escribió su sobrino Julio Caro Baroja, creía que la vida, empezando por la suya propia, aparte de ser una cosa amarga y dura, era irreductible, contradictoria, llena de vacíos y fiascos. Para él, la acción podía, en algunos casos, darle sentido a la vida, en cambio, la razón, casi nunca. Ante la muerte mantuvo una actitud siempre fría y distante, como una servidumbre más de la existencia. Julio agradeció a escritores como Cela, González-Ruano, Pérez Ferrero y otros la devoción inquebrantable que sintieron hacia su tío.

Recuerdo de Don Pío Baroja encierra un compendio de opiniones y semblanzas que Camilo José Cela desplegó sobre el autor de Desde la última vuelta del camino, y, aunque hay opiniones y párrafos que se repiten en algunos de los textos escogidos, algo común en el escritor gallego que echaba mano de ellos sin menoscabo, ni reparo, en nada desmerece su valor literario e histórico. Cela desgrana, por activa y por pasiva, su gusto y adicción por la obra barojiana, desvelando sus secretos estilísticos y el espíritu individualista e indomable que el escritor vasco siempre imprimió a las historias de sus novelas, ese valor tan suyo henchido de sinceridad y autenticidad. La novela de Baroja, a pesar de su estilo desaliñado, funciona, y, como decía Antonio Machado, no se le cae a uno de las manos, porque el lector descubre que los personajes hablan por su cuenta y se hacen dueños de la historia. Cela fue un continuador de esa estirpe de escritor de raza, egótico y displicente, quizá el último bastión del espíritu novelesco del 98, algo que llevó con desparpajo y nunca disimuló en vida.

Cuando uno descubre una nueva publicación en torno al autor que admira, como es el caso de este entrañable viejo cascarrabias, se da cuenta de que aquellas lecturas adictivas que inició hace ya mucho tiempo, como El árbol de la ciencia o Las noches del buen retiro, no fueron en balde, porque lo que nos contaba tenía alma y acción, vida e historia: Literatura, con mayúscula, y eso inevitablemente es lo que lo convierte en un escritor memorable e inmortal. [Reseña núm. 250]