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sábado, 6 de febrero de 2021

Vidas maltrechas

Si hay una razón poderosa que sostiene lo insólito de Revancha (Anagrama, 2021), la nueva novela de Kiko Amat (Sant Boi de Llobregat, Barcelona, 1971) es la extraordinaria verosimilitud con la que engarza su trama desde la situación inicial hasta el desenlace de la misma. Parece entenderse bien a su término esa evidencia de que la verosimilitud es una cuestión de efecto, más que de hechos, algo que lo tiene muy en cuenta Amat, llevando al lector a donde se ha propuesto, atento al desarrollo de los personajes, a su ambiente y a la atmósfera por el entramado de la historia que quiere contarnos. Para llevarlo a cabo, el método utilizado no es otro que situar una vez más su relato en el escenario sórdido del extrarradio de Barcelona, ese que también ya dio a conocer en algunas de sus novelas anteriores, aunque ahora lo hace a través de unos personajes más radicales en su aspecto, comportamiento, palabras y acciones, lo que convierte su lectura en una sacudida más vertiginosa, de más intensidad, tensión e intriga.

Revancha es un thriller trepidante y adictivo cuya lectura no escapa de ese tinte de género policiaco en el que la adrenalina se hace notar hasta el final. Esta es una novela torrencial, emocionante y sobrecogedora, rebosante de violencia y venganzas, llena de desaprensivos cabezas rapadas y, desde luego, una novela muy bien armada narrativamente. Amat construye un artificio en el que alterna la acción con remansos cotidianos para hablarnos y dar a conocer aspectos íntimos, mundanos y secretos de los dos personajes sobre los que centra el peso de su relato. Y lo hace mediante un mecanismo que, a mi juicio, le da frescura y versatilidad gracias al uso de dos voces narrativas que se intercambian por capítulos y fijan la manera de proceder de sus dos protagonistas: la segunda persona que encarna el relato sobre Amador, y la tercera que lo hace sobre César.

Esta combinación de voces narrativas propician un paralelismo de la acción y la trama que el autor aprovecha para acrecentar el desarrollo de la historia que se va desmadejando. A todo ello incorpora, además, una variedad de registros léxicos y jerga abundante. Al principio este recurso o juego literario sorprende al lector. Sin duda es algo intencionado, como advertencia de que le espera entrar en un ámbito coloquial desconocido, pero a medida que transcurre el relato ese habla se irá haciendo más entendible y persuasiva. A través de ese ámbito del lenguaje, el suspense y la atmósfera en la que se desarrolla la novela vamos descubriendo el mundo torticero de ambos personajes, un mundo que, en el fondo, denota orfandad y que permanece abierto toda la noche para perpetrar revanchas y ajustes de cuenta.

Fran Amador es el lugarteniente de una organización criminal de ultras del FC Barcelona llamada Lokos, capitaneada por Alberto, El Cid, un skinhead histórico y pijo cuyo comportamiento delictivo y narcisista se aproxima al de un psicópata. El otro es César Beltrán, alias Jabalí, un sicario a sueldo que, en su juventud, fue un prometedor jugador de rugby y que proviene del entorno duro y despiadado de un barrio barcelonés de la periferia. Allí también creció Amador quien, entre otros muchos conflictos sociales y personales, tiene que ocultar su homosexualidad para evitar consecuencias graves en su círculo de amigos de contienda. Sus vidas se entrecruzan por un azar casi inevitable, una circunstancia que marcará el rumbo de sus respectivas existencias.

Ningún lector diría de Amador que no es un canalla o de César que no es un justiciero cruel durante la mayor parte de la novela. Sin embargo, a cada uno de ellos le surge un resquicio de redención final, y en buena medida obedece a ese desamparo y dolor acumulados desde la infancia y que les ha estigmatizado de por vida. Esto, inevitablemente, produce una cierta clemencia involuntaria en el sentir del lector. Porque, en verdad, quienes transitan por Revancha son seres dañados que se revuelven contra el orden del mundo, seres ofendidos y humillados acostumbrados a que lo vil y lo injusto les haya marcado impunemente. De ahí que aun siendo una novela de violencia y odio, también posee amor y ternura en sus márgenes, aunque solo aparezcan en un entorno estrecho de empatía muy reducido.

En resumidas cuentas Revancha es un libro vibrante y nada complaciente, un texto, a su vez, de mucha acción e intensidad narrativa. Kiko Amat nos sorprende con un relato que engancha sobremanera, de prosa vivísima, provista de una jerga inventada que funciona y realza su artificio, sin parecer impostado. Una historia llevada a buen término que, francamente, me ha cautivado.


jueves, 13 de diciembre de 2018

Un encargo irresoluble


La verosimilitud siempre sale malparada del choque entre el tiempo y el espacio. Este es el motivo por el cual cuanto más exageradas o delirantes son las premisas de un relato, más literales y exactas deberán ser las consecuencias que se desprendan de ellas. Esta paradoja, si nos atenemos a la novela de espías, novela negra o policiaca, consiste, según apunta Chandler, en que su estructura no suele aparecer cuando la examina de cerca una mente analítica. Es evidente que existe un tipo de lectores sedientos de crímenes, de la misma manera que hay lectores más preocupados por la tensión narrativa, por la psicología, por la pasión o por la irrupción del sexo. Si sumamos toda esta tipología podríamos acercarnos a encontrar ese lector de mente perspicaz y entusiasta del thriller, o lo que es lo mismo, predispuesto al suspense, a lo inesperado.

Con estas pretensiones se debe acometer la lectura de la novela Las discípulas (Sitara, 2018) del escritor Mateo de Paz (Santurce, 1975), su debut en el género, un libro que encaja en ese propósito en el que confluyen el misterio, la aventura, la indagación, la violencia y el fracaso, bajo el denominador común del montaje, desde la creación literaria, de una narración policiaca, que da por sentado que la trama es la que organiza la intriga. Y es desde esa disposición la que nos permite encauzar mejor el sentido de su novela, la que nos conduce a un casi permanente estado de vigilia, de investigación y de descubrimiento de todo lo que acontece, mirando la realidad a través del propio filtro del narrador.

¿Quieres saber cómo empezó todo?”, es el arranque de la novela, que parte de una deliberada reflexión del narrador sobre la existencia del azar y sus consecuencias en el mundo real. Quizás esa pregunta vaya dirigida al lector o apunte a sí mismo, a la madre, a algún otro familiar o allegado para revelarle aquel encuentro azaroso que tuvo con Hugo, un antiguo alumno suyo del taller de escritura creativa que, tras la muerte del padre, le entrega la novela inacabada que este había comenzado para que la termine. A partir de aquí la trama del relato va tomando razón de ser a través de las tres voces narrativas que conforman la historia: Jacob, Hugo y el narrador que autentifica todo lo sucedido. En esa autenticidad, el lector encuentra que la voz del narrador que mueve los hilos es poco fiable, engaña y se engaña a sí mismo en la búsqueda de la verdad, que es a la vez la búsqueda de la ficción, la búsqueda del relato que empieza ya a ser el suyo propio.

Se van sucediendo pasajes en los que la realidad y la ficción se rozan hasta confundirse. La misión encomendada se topa con el trasvase de la propia creación literaria. Imágenes, voces, personajes, vivencias y sucesos ajenos, que entran en acción, van participando del desarrollo de un proceso creativo que funciona y se alimenta, precisamente, de todo eso que lo rodea. “La ficción no es lo contrario de la verdad, sino una manera de verla y descubrirla”, confirma el narrador, que sabe, además, que “en todo escritor obsesivo hay un ser empeñado en encontrar la verdad”. Por eso mismo, no solo desconfía de lo que lee, sino también de lo que vive y le sale al paso.

En este libro hay mucho trasvase de soledad, crueldad y fingimiento. Por un lado, el narrador se encuentra en medio de una investigación a través de un cuaderno sobre el que tiene que armar un relato de una novela inacabada que, a su vez, promueve una delirante trama de caza y captura en la que los personajes femeninos aúnan la mayor fuente de deseos y de misterio. Hay en todo ello un hilo conductor existencialista que no rehúye en plantear el problema moral de la violencia y la amenaza terrorista que caldea toda la novela. Por otro lado, hay una intencionalidad, tal vez la misma que siente el narrador, de provocar confusión y desasosiego en el lector sobre lo que va aconteciendo, si es o no real, como también cuestiona si los papeles de Jacob es tan solo una impostura para ocultar la verdad y, por tanto, un encargo irresoluble.

Las discípulas es una novela intensa, ambiciosa y compleja, con un juego literario en el que está presente el sentido creativo del relato y la filosofía mítica de imaginarse a un Sísifo feliz en su quehacer, un libro arriesgado que obliga al lector a interpelar y desvelar los problemas que van formulando sus personajes y, en especial, Marcelo, el narrador y hacedor del relato. Todas las historias insertas, las matriuskas, están filtradas por su mirada, por lo que escucha de sus personajes y por el devenir de los acontecimientos, hasta llegar a un desenlace con dos finales. ¿Estamos condenados como dice Camus sobre ese mito existencial del mal, la crueldad, el fracaso? ¿O somos hijos del azar, o de un destino trágico, como sostiene Unamuno?

El lector atento no quedará a la intemperie, porque, aunque no se identifique con Jacob, Hugo, ni Marcelo, las tres voces de este artefacto literario, lo que sí conectará es con su espíritu libresco y la misión por la que ha sido concebido y escrito: esa tarea procelosa de su creación, que no es otra que la vida reflejada en la literatura.


martes, 11 de abril de 2017

El mal oculto

El escritor de suspense puede mejorar su suerte y la reputación de este género, escribe Patricia Highsmith, autora de referencia de la novela negra, utilizando en sus libros las cualidades que siempre han hecho que la novelas sean buenas: intuición, carácter, y apertura de nuevos horizontes para la imaginación del lector.

Canción dulce (Cabaret Voltaire, 2017), galardonada con el Premio Goncourt de 2016, reúne esas características señaladas por la maestra norteamericana del género, un thriller psicológico muy bien construido donde lo aciago lo pervertirá todo en tragedia. Su autora, la escritora y periodista Leila Slimani (Rabat, 1981) aborda en este estupendo libro de suspense los entresijos de un hogar habitado por una pareja de jóvenes casados y con dos hijos: un bebe y una niña pequeña, que buscan denodadamente una niñera para el cuidado de sus pequeños y, así, poder dedicarse sin límite al trabajo que ambos profesan. Paul es agente y productor musical y Myriam, de origen marroquí, ejerce de ayudante de un prestigioso bufete de abogados. Después de algunas entrevistas, habiendo descartado de común acuerdo cualquier prototipo de niñera de origen africano o magrebí, la pareja decide contratar los servicios de Louise, una candidata de tez blanca, de apenas cuarenta años y aspecto juvenil, cuya aparición milagrosa les encandila totalmente a los dos. El destino parece que les ha complacido y los niños lo celebran igualmente.

Desde el primer momento Mila simpatiza con la niñera y el pequeño Adam parece aceptar con regocijo la presencia de la intrusa que sus padres han traído a casa. Louise, por su parte, no solo se dedica a los cuidados precisos de los niños, sino que atiende con diligencia y primor los menesteres propios de la casa, como la comida y la limpieza del hogar. Saca tiempo para arreglar los desperfectos domésticos e, incluso, se atreve a trastocar el orden establecido de las cosas para extrañeza y júbilo del matrimonio, sin echar cuenta del horario ni del dinero pactado. Poco a poco, la narradora irá desvelando secretos íntimos de la niñera. Nadie sospecha a qué obedece esa pena oculta que guarda dentro de sí, esa insatisfacción que la inunda. Louise recela de su entorno. Enviudó hace tiempo y su hija de veinte años anda perdida y alejada de su vida. En el apartamento donde vive, el desorden es un hecho aceptado y la desolación su misma consecuencia. El lector está preparado para todo lo que puede venir porque ya conoce desde el inicio de la novela el crimen perpetrado. Slimani juega con la intriga y la administra eficazmente para que se vaya conociendo mejor la mente criminal que encierra el alma de su personaje y, consecuentemente, Louise ya no pondrá reparos en dar rienda suelta a su lado oscuro, hasta precipitar su delirio al abismo de la fatalidad que se le aproxima.

Esta es una novela que atrapa y se lee casi sin aliento, un relato implacable que sobrecoge. Contrariamente a lo que estamos acostumbrados como lectores en el desarrollo de una novela negra, aquí no hay investigación que se lleve a cabo, porque el crimen está servido desde el principio. A partir de esa terrible presentación, la autora hábilmente utiliza como vuelta al pasado el recurso del flashback para desarrollar la trama narrativa establecida.

Canción dulce, por otra parte, es un relato poderoso y ameno, bajo una traducción primorosa a cargo de Malika Embarek, escrito con una prosa seca, desnuda y precisa en el que se describe también, con sutileza, el lado equivocado del funcionamiento sociológico de cualquier matrimonio moderno y pequeño burgués cuyos miembros andan enredados y sujetos a la dependencia y subordinación de sus carreras profesionales. En medio de un escenario parisino y de aparente normalidad, tan propio de los tiempos que corren, la novela analiza las contradicciones y prejuicios de la sociedad actual a través de una historia pavorosa protagonizada por una niñera atormentada y asesina.


Leila Slimani firma un brillante relato de intriga que da oxígeno a un subgénero literario tan prolífico en la actualidad y, a su vez, tan denostado y cuestionado por la crítica y un sector importante del público entusiasta de la novela negra, debido a la reiteración argumentativa y a la dudosa calidad artística de muchas de sus propuestas, lo que viene a confirmar que, cuando la calidad literaria se impone, no hay razón alguna para desconfiar del género, algo que siempre agradece el lector exigente, tan contrario a que le den gato por liebre.

martes, 7 de enero de 2014

Un palíndromo policial


Leí hace dos años Campo de amapolas blancas, una novela breve y extraordinaria de Gonzalo Hidalgo Bayal (Higuera de Albalar, 1950), una historia conmovedora escrita en primera persona donde lo más importante es el tono tan original en que está contada. A partir de ese primer encuentro con el escritor extremeño me sumergí en Conversación, un libro de relatos repleto de confidencias y secretos.

Acabo de culminar La sed de sal, lo último de la producción narrativa de Bayal, publicado en Tusquets, el mismo sello editorial de sus anteriores obras. En esta ocasión, Hidalgo Bayal propone con este sorprendente título una novela de intriga en la que un hombre llamado Travel inicia un viaje hacia la región de Murania tan solo con una mochila sobre sus espaldas. Y en ese periplo por los alrededores de Murania es cuando surge el pasado que nunca se va y es cuando el protagonista inicia un relato que a todas luces se traduce paradógicamente en una pesadilla kafkiana, en el que Travel se ve inculpado en un crimen que no cometió. Bayal recrea con solvencia la situación desesperada de la detención de su personaje, un hombre atribulado por el pesimismo y la desdicha.

Aparece como un leit-motiv cinematográfico el sentido lingüístico característico de Gonzalo Hidalgo que gusta de la frase hecha para evocar las situaciones de soledad y desasosiego de su protagonista, incluso con tintes humorísticos: “rimes y diretes”, “nosotros, vosotros, losotros”, “etcé, eceté”, o cuando se refiere a la expresión duplicada de la conciencia con esta contundencia: “somos seres viceversos”, lo mismo que lo son otros personajes dispares que aparecen a lo largo del relato, como Zotalito o Noel León (otro palíndromo caprichoso) para dar juego a ese fingido guion de cine que supone esta novela aguda y brillante. La sed de sal tiene una envoltura de novela negra y un trasfondo existencial que transcurre en el calabozo de un pueblo y que se mantiene con fuerza entre las manos del lector gracias a su prosa elevada y a la incertidumbre de la trama. Y es esa incertidumbre reflexiva del protagonista la que urde un entramado sobre la condición humana y sus consecuencias.



Bayal refleja una prosa intensa y poética, como si tamizara las palabras buscando la concordancia del sonido, hasta que la frase suene bien. En ese culteranismo clásico es donde se encuentra la fortaleza de la escritura del cacereño y, quizás también, su punto débil. Gonzalo Hidalgo Bayal es un narrador que desarrolla su quehacer literario con una personalidad bien diferenciada, especialmente en lo relativo al cuidado de la prosa y la reflexión, pero con una tendencia especial a la paradoja.

La sed de sal es un thriller que más bien trata sobre la exculpación de un inocente. Bayal es un escritor que busca la excelencia en la escritura e invita a la lectura reflexiva, como lo hace con garra y convicción el narrador al concluir su desventura: Sólo la sed mueve al mundo. Tenemos sed y no sabemos de qué. Por eso somos infelices.