jueves, 27 de junio de 2013

Sin vida no hay literatura



El pasado sábado, día 22, falleció el escritor aragonés Javier Tomeo (Quicena, 1932 – Barcelona, 2013), maestro del cuento y de un mundo de criaturas extrañas. No pretendo ofrecer una necrológica, ni algo parecido a un obituario periodístico. De esto hablaron la mayoría de los rotativos españoles días pasados. Juan Manuel de Prada dijo en ABC, en su habitual columna, que el rostro del escritor maño era “totémico, con algo de ariete embestidor y algo de mascarón de proa”, para concluir con su semblanza descubriendo un anhelo de ternura en ese rostro, “como suele ocurrirles a los ogros buenos”. A mí, de forma similar, se me antoja que Tomeo representa un rostro poliédrico, que podría haber nacido en la isla de Pascua, misterioso y protuberante. En El País, en la página dedicada a las esquelas, se escribió que Tomeo forjó un estilo personalísimo, del absurdo, del regusto kafkiano. Juan Casamayor, de Páginas de Espuma, recordó en El Heraldo de Aragón al desaparecido Javier con palabras como: “Hay escritores, como sus criaturas, que caminan sobre los márgenes, subterráneos. Hay escritores que prefiguran su universo desde las esquinas... Y uno, como editor se cruza con ese gigante, habiendo tenido la suerte de ser su lector antes que cualquier otra cosa”. Jorge Herralde, presidente de Anagrama, afirmó que “Tomeo fue un novelista considerado “de culto”, con un número de lectores muy fiel y que contaba con las mejores críticas literarias”.

Dicho lo anterior por voces tan acreditadas del panorama literario nacional, yo me uno, pero desde el homenaje particular de un lector fiel a su producción artística. Para mí, Javier Tomeo fue un feliz hallazgo desde que leí El castillo de la carta cifrada. Después vinieron otras fábulas como La rebelión de los rábanos o Cuentos perversos, sobre hortalizas y criaturas solitarias. Y otras tantas, más tarde. Pero de forma especial llegó Historias mínimas (Editorial Anagrama), quizás la obra más entrañable y a la que Tomeo más arropó en vida, y que subtituló como Microteatro psicopático. Son cuarenta y cuatro psicodramas. En estas escenas, a modo de teatro, el escritor de Quicena despliega su universo. Todas sus criaturas se desparraman para mostrar lo atávico y lo antisocial que llevan dentro, sobre todo, lo que tienen reprimido. Y así desfilan por sus páginas curiosos personajes de circo, extraños animales, sucesos en vagones de tren, relatos mínimos en la inmensidad del mar y otras inquietantes criaturas “nacidas, como diría Tomeo, en la infinita grisura del realismo social”. “En estas páginas está su esencia, dice Andrés Neuman sobre Historias mínimas, y añade: Primero te ríes a carcajadas y luego te quedas pensando de qué te ríes”. El humor negro de estos relatos mínimos ocupa un lugar predominante en todo el texto. Un festín divertido e inquietante, donde los personajes juegan con el absurdo. Unos protagonistas solitarios, perdedores, que salen a escena y, mayormente, hacen mutis por las bambalinas de un teatro fingido.



Historias mínimas es el trabajo más genuino suyo, porque en él se muestra claramente el universo contradictorio del autor de Amado monstruo, y es aquí donde lo animal y lo raro se humanizan. El gran tema monográfico del escritor aragonés es la incomunicación y la soledad del individuo. Ahí afloran las angustias de sus protagonistas excéntricos: el miedo al otro, la fobia al sexo y a la muerte.

Sin vida no hay literatura, sin ironía no existe la farsa, ¿y sin Javier Tomeo? No sé si a partir de su ausencia sus lectores, ahora huérfanos, encontraremos otros seres literarios tan extraños y queridos como los suyos. Quizás lo superemos volviendo a leer su universo póstumo.

martes, 25 de junio de 2013

Un muchacho en el vendaval de la historia


Hace tres meses, recien nacido este cuaderno de bitácora, comenté un libro de Heinrich Böll (Colonia, 1917 – Langenbroich, 1985), se trataba de una de sus obras más famosas, El honor perdido de Katharina Blum. Böll pertenece al grupo de escritores de la llamada literatura de los escombros” o Trümmerliteratur que surgió inmediatamente después de la Segunda Guerra Mundial, herederos de un mundo derrumbado y marcados por un realismo insobornable. 

La fecha del 30 de enero de 1939 es la elegida por Hindenburg, el presidente de la República de Weimar, ya caduco y manipulado, para designar canciller a Hitler. Böll tenía entonces quince años. Pero, ¿qué será de este muchacho? es un testimonio de un adolescente de Colonia. Un texto escrito por el novelista de Renania en 1981, nueve años posterior a la obtención del premio Nobel de Literatura, en el que narra cómo vivió aquellos años de incipiente juventud bajo el régimen nazi. Aunque el autor de Opiniones de un payaso pone más énfasis en su vida cotidiana: su desapego a la escuela no le resta interés por el Latín y las Matemáticas. Adoraba la lengua de Juvenal. Las aventuras para conseguir cigarrillos de contrabando las compaginaba con sus primeras experiencias con chicas. Pero lo que realmente marcaría su destino fue pasión, cada vez mayor, por los libros. Así, en una mirada retrospectiva, cuando sucede la designación de Hitler al directorio de Alemania, este adolescente está en cama, afectado por una fuerte gripe. Es un compañero de clase quien le trae la noticia a la cama, mientras leía a Jack London. Posteriormente, el joven Böll se sumergió en otras lecturas de escritores europeos, como Mauriac, Bernanos, Chesterton, Dickens y Dostoievski.

Böll, en apenas cien páginas, retrocede en el tiempo para contarnos con grandes dosis de ironía, sin caer en sentimentalismos, cómo fueron sus años adolescentes, sin resquemor, poniendo, incluso, un poco de humor para contrarrestar una de las épocas más convulsas del pasado siglo. La escuela le sirve de referente y excusa para describir el contexto en el que se desarrolló su pubertad. En el hogar, el lector percibe la alergia de sus miembros a todo lo relacionado con los nazis, la familia se postula como católica convencida, hostigada por las estrecheces económicas que asola a toda Alemania, refutando el llamado milagro alemán tan en boca de sus dirigentes.



Pero ¿qué será de este muchacho? es un libro fragmentario, breve y ajustado, que da testimonio del devastador ascenso del nazismo, desde la vivencia de una familia normal de aquella Colonia burguesa, a través de la mirada de un muchacho inmerso en el vendaval de la historia, que luego llegaría a ser el escritor necesario para contárnoslo.

sábado, 22 de junio de 2013

La caducidad de nuestros cuerpos


Mi experiencia lectora con el escritor francés Michel Houellebecq (Reunión, 1956) se remonta a la lectura, hace diez años, de Las partículas elementales, una novela panfletaria y demoledora sobre la sociedad después de Mayo del 68, sobre los damnificados de la revolución sexual y el hastío al que los llevó tanto exceso. Después, en septiembre del 2011, me sumergí en El mapa y el territorio, Premio Goncourt, escrita magistralmente de principio a fin, una novela corrosiva que fluye y despierta sensaciones y sentimientos, con un epílogo extraordinario.

Ahora acabo de concluir lo último publicado en nuestro país por este novelista galo transgresor y polémico, un volumen, editado en Anagrama, que reúne su producción poética, (Sobrevivir, El sentido de la lucha, La búsqueda de la felicidad y Renacimiento) en un  formato bilingüe, que siempre se agradece. Una poesía muy moderna y rupturista, con mucha correlación con su obra narrativa, en la que el escritor de la isla Reunión despliega temas recurrentes a la caducidad del amor y la vida, las amarguras de la soledad, el desencanto...

Houellebecq inserta en sus poemas las escenas cotidianas que derivan de un universo convencional, como un paisaje en la montaña, un recorrido en tren, un hipermercado marginal... De lo cotidiano, Houellebecq extrae una interesante tarea de análisis que no pasa desapercibido al lector de estos poemas, trenzados por medio de un lenguaje fresco y conciso.

Dice Houellebecq, en una entrevista extensa realizada el pasado año en el París Review: “La lucha entre poesía y prosa es una constante en mi vida. Si uno obedece al impulso poético, corre el riesgo de volverse ilegible, si se lo desobedece, uno está preparado para iniciar una carrera de honesto contador de historias”. Creo que con esta declaración, el denominado enfant terrible actual de la literatura francesa pone el punto sobre las íes en su aporte de autenticidad poética, en la que indaga y desentraña una desesperación existencial profunda. En sus poemas, igualmente, cita a sus filósofos de cabecera que le dan soporte y cimiento a su razón analítica: Kant, Pascal, Schopenhauer. En cierta ocasión, Houellebecq afirmó acerca del universo poético que: “en la poesía no son únicamente los personajes los que viven, sino las palabras. Parecen envueltas en un halo radiactivo. Reencuentran de golpe su aura, su vibración original”.



La poesía de Houellebecq es mucho más clásica en las formas, que no en los temas, que sus novelas, aunque el fondo de su escritura es más veraz. El poeta es menos polémico que el novelista, no solo en su relación mediática, sino también respecto a sus lectores, a los que se presenta como un hombre caduco y moribundo que trata de vivir en el naufragio de sus contradicciones o en el alambre de sus intimidades. Una lectura que no pasa desapercibida, muy al contrario, su estela es feroz, sobre todo, cuando el verso habla de la caducidad de nuestros cuerpos.

jueves, 20 de junio de 2013

Animales soterrados


Los cuentos de El matrimonio de los peces rojos (Edit. Páginas de espuma) de la escritora mexicana Guadalupe Nettel (Ciudad de México, 1973), son espacios entre el mundo animal y el universo humano, magistralmente construidos, en donde se cuecen decisiones existenciales entre sus protagonistas, surgidos en la convivencia de las parejas y rodeados por la presencia de un mundo animal doméstico que proyecta lo anómalo y secreto en la vida de sus habitantes.

Cinco relatos en los que hay un juego de espejo entre los seres humanos y los animales. Todos los animales que escoge la autora tienen que ver con la vida doméstica, viven en las casas con sus habitantes: los gatos, los peces, las cucarachas y también los hongos, que no son animales pero habitan en nuestro propio cuerpo. Animales que están, de alguna manera, soterrados: los peces viven bajo la superficie del agua, las cucarachas en los márgenes y esquinas de las casas, evitando que se les ataque con todo tipo de venenos, los gatos se mueven de una forma sigilosa por ventanas y habitáculos... En este escenario, los protagonistas, en un momento determinado, deberán tomar una gran decisión que tiene que ver con sus impulsos internos y silenciosos y, también, cómo estas circunstancias van a determinar la realidad exterior de sus vidas. Así, por ejemplo, una pareja de peces betta, en el agua de una pecera, representa todas las tensiones que hay en un matrimonio. Una gata joven, pero exultante, refleja las dificultades de un embarazo inopinado. Las odiosas cucarachas, quizás, retratan el marco de la lucha de clases en una sociedad emergente. Por otro lado, los papilomas, esos hongos genitales, interpretan las ingentes infidelidades amorosas.

Nettel, que ya sorprendió con El cuerpo en que nací, una novela inspirada en su infancia, escrita a modo de soliloquio, donde el mundo infantil se presenta mucho más ominoso de lo que a simple vista parece, aquí con estas historias naturales, recogidas en El matrimonio de los peces rojos, se revela como una excelente narradora de cuentos que la ha hecho merecedora del Premio internacional de narrativa breve Ribera del Duero y advierte, al principio del texto, con una cita de Plinio El Viejo con la siguiente particularidad: “Todos los animales saben lo que quieren, excepto el hombre”. Cada historia de este libro está contada por la voz de un narrador testigo. Con este recurso, la mexicana logra dar más énfasis de verosimilitud a cada uno de sus inquietantes relatos. Nettel se apoya en una escritura de frases construidas sin subordinadas, dando preponderancia a la frase corta y, sobre todo, a la metáfora sustancial. Guadalupe Nettel despliega una atmósfera turbadora en estos relatos, sostenida por una tensión narrativa fuerte y sutil. Su calidad literaria ha tenido encendidos elogios por parte de Enrique Vila-Matas, presidente del jurado que le concedió el premio.


El Matrimonio de los peces rojos es un volumen de relatos de calidad, muy interesante, en el que lo anómalo irrumpe en la vida cotidiana a través de una trama bien construida, por medio de una escritura pulcra y efectista.

martes, 18 de junio de 2013

Dos jugosas lecturas


Nos encontramos ante dos textos que se devoran en un suspiro, pero que demuestran que la buena literatura no tiene por qué tener concordancia con grandes extensiones ni desarrollos narrativos de centenares de páginas. Me refiero a Una biblioteca de verano, de Mary Ann Clark Bremer (Nueva York, 1928- Ginebra, 1996), editada en Periférica, y Antón Chéjov, vida a través de las letras, de Natalia Ginzburg (Palermo, 1916- Roma, 1991), publicada en la editorial Acantilado. Dos escritoras coetáneas, lastradas por las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial.

Una biblioteca de verano, es una novela breve que sorprende por su concisión y belleza. Un texto escueto, pero grande en calidad literaria. La protagonista de esta novela ha perdido a sus padres al acabar la guerra. Corre el año 1946 y, también, ha sufrido la pérdida de su tío Marcel, un personaje relevante en su vida, que la educó en el amor a los libros. Las tropas alemanas destruyeron la biblioteca de su tío en el pequeño pueblo francés, y ella se ocupará de restablecer la nueva biblioteca bajo la sombra protectora del tío Marcel. Una biblioteca de verano es una narración memorialista que describe la vida de su autora desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta 1956, cuando concluye el libro. Mary Ann Clark habla de su pasión por los libros, por los autores favoritos de su tío y por los ejemplares que sus vecinos retiran de la biblioteca para leer. 

Mary Ann nos abre, sin grandes pretensiones, una puerta poética desde su corazón para mostrarnos la luz literaria de su interior, un lugar de refugio y remedio: la nueva biblioteca. Es aquí donde la protagonista pasará a limpio la lista adjetivada de los autores preferidos del tío Marcel: el poderoso Stendhal, el arrebatador Verlaine, George Eliot, la delicada escritora británica, o el inteligente Flaubert.

Una biblioteca de verano es un breve e intenso texto minimalista escrito con modestia, profundamente lírico.



En la misma línea de brevedad e intensidad, Antón Chéjov, vida a través de las letras es un librito que se lee de una sentada y en el que se recrea toda la vida del artista ruso. Ginzburg, en apenas 83 páginas, logra contarnos la vida de Chéjov de manera recogida. Por esta biografía desfilan la escritura, la enfermedad, los desplazamientos y los personajes fundamentales que se cruzaron por la vida del escritor ruso, tan intensa y llena de vicisitudes. Chéjov vivió rápido, todo fue breve en su vida, en concordancia con sus relatos. Pero todo, vida y obra, lleno de coraje y pasión. Una de las características determinantes de esta biografía es que Natalia Ginzburg se ha llenado del espíritu chejoviano, y ha logrado, como si de un relato se tratara, sintetizar con maestría la vida y la obra del narrador ruso, incluso, acercándose al detalle del personaje: las secuelas de la peritonitis que sufrió a los quince años, por la que estuvo al borde de la muerte y cuyas secuelas arrastró para siempre, el tenso ambiente familiar, los traslados insufribles para tratarse la tuberculosis, e, incluso, la distancia obligada de su amada esposa Olga Knipper.

Al principio de sus publicaciones firmaba bajo el pseudónimo de Chejonte. Suvorin, director de la revista Tiempo Nuevo, le insistía para que usara su nombre, pero él rehusaba la sugerencia porque decía que en verdad era médico y que pronto dejaría de escribir. La medicina era su legítima esposa, y la literatura, su amante. Y añadía que no tardaría en abandonar a esa amante, (pág. 23). Afortunadamente para el resto de los mortales, no cumplió su promesa. Chéjov solía decir que cuando hablaba con Tolstoi caía totalmente en su poder, a pesar de que al autor de Guerra y Paz le parecía detestable el teatro de Chéjov, pero adoraba sus cuentos, tanto como los cuentos de Maupassant. En cierta ocasión le dijo a Chéjov: “Como ya sabrá, detesto a Shakespeare, pero las comedias que usted escribe son todavía peores”, (pág. 66).

La enfermedad hizo estragos en Chéjov. Su esposa Olga y el doctor Schwöhrer estuvieron presentes en los últimos momentos de su vida, allá en Badenweiler, una pequeña ciudad de aguas termales de la Selva Negra, donde falleció el 2 de julio de 1904, después de aceptar una copa de champán.

Estamos ante un hermoso libro, redondo y sugestivo, que es, a su vez, una larga semblanza del cuentista ruso por excelencia, Antón Chéjov.

sábado, 15 de junio de 2013

Pasión, intimidad y compromiso


La primera vez que tropecé con Juan Antonio Marina fue en 1992, hace ya veintiún años. Desde entonces, soy un ferviente seguidor de sus ensayos. Cuando leí Elogio y refutación del ingenio me pareció haber asistido a un ejercicio de investigación sobre teoría de la inteligencia, de la mano de un explorador entusiasta del pensamiento. Marina lleva años llamándonos la atención a través de magníficos y exitosos libros sobre el poder de la inteligencia. Pero, quizás, lo más atractivo de este pedagogo e investigador es su enorme amplitud de miras. José Antonio Marina ha sido un precursor de lo que los americanos han denominado como inteligencia emocional. A Marina le gusta tomarnos de la mano y, con amor, humor, sabiduría y paciencia, introducirnos en el fascinante camino que nos lleva a ese deseo motivador de la vida: aprender a aprender.

Desde hace unos años, el profesor Marina anda inmerso en un proyecto  denominado La biblioteca UP que forma parte de la Universidad e Padres, pensado para ayudar a padres y docentes en sus tareas educativas. En esta colección de libros amenos y reflexivos, el pensador toledano sostiene que educar a nuestros niños y adolescentes es una tarea alegre y no un martirio fatigoso, como muchas veces se piensa.

En esta quinta entrega, Escuela de parejas (Editorial Ariel), Marina aborda la relación de las parejas en la convivencia, y en él nos aclara que el tema no es el amor, sino la continuidad del amor, destacando que ese es el problema más difícil al que se enfrenta el ser humano. La cita de Oscar Wilde a las primeras de cambio es tan ingeniosa como significativa: “Cuando un hombre y una mujer se casan, concluye su novela y empieza su historia”.

Somos seres contradictorios, dice Marina, la rutina nos aburre, pero la libertad nos angustia, (pág. 11). Y afina un par de páginas más adelante: Este no es un libro de autoayuda. Es un libro sobre la inteligencia aplicada a la vida familiar, (pág. 13). Marina cuida la exposición didáctica y la estructura de cada volumen de esta colección, y logra con ello favorecer el desarrollo de sus teorías. Cada capítulo está dividido en tres partes: la primera es la explicación teórica, la segunda está dedicada a conversar con un experto en la materia y la tercera, dirigida a un taller práctico.

Dice Marina que la conversación en la pareja es vital: La conversación es la gran creación de la inteligencia compartida, (pág. 31), y abunda en el terreno del amor con la siguiente reflexión investigadora: Se enamora la inteligencia generadora, pero se casa la inteligencia ejecutiva, (pág. 37). Y más adelante afirma en una bonita metáfora relacionada con la navegación: Podemos elegir el rumbo de nuestra vida, pero no los vientos ni el oleaje, (pág. 40).


Marina concluye que, para conseguir que el amor perdure, la respuesta está en asumir que amar es una actividad, y en el núcleo de esa actividad amorosa está la acción de cuidar.

En estos últimos veinte años, José Antonio Marina ha marcado la pauta en el pensamiento innovador referido a la inteligencia creadora. Escuela de parejas es un libro ameno sobre el entendimiento de las parejas, donde el autor se aparta de lo categórico y normativo: Más que consejos lo que necesitamos es ánimo para poner en práctica lo que ya sabemos. El resultado de esta quinta entrega de la Biblioteca UP (Universidad de Padres) es maravilloso. Un texto muy actual y, por qué no decirlo, necesario, donde los pilares en que se sostiene, resume la esencia del amor, esto es: pasión, intimidad y compromiso

miércoles, 12 de junio de 2013

La secta de los cabezas vacías


La semana pasada viajé a Madrid en el talgo y durante el trayecto, mientras descansaba de lecturas y periódicos, me puse un par de veces los auriculares que ofrece el servicio del tren para cambiar de actividad. En una de las ocasiones escuché un relato que me sobrecogió durante unos tensos minutos. El título del cuento era Mañana será otro día, y su autor Pedro Ugarte (Bilbao, 1963), una historia que explora los límites de una tragedia doméstica, donde el frágil equilibrio de una pareja se pone a prueba con la presencia de un huésped que no tiene intenciones de marcharse. Me gustó tanto que no dudé en anotar en mi Moleskine el nombre del autor para localizar algún libro de cuentos suyo en la Feria del libro a donde me dirigía

Por la tarde, en El Retiro, pregunté en la caseta 292, Páginas de Espuma, si tenían algo de Ugarte y la librera me ofreció El mundo de los Cabezas Vacías (2011) con una seguridad que me conquistó: “Lléveselo, será un acierto. Son historias tratadas con ironía y comicidad, a veces con cierta acidez sobre el mundo habitado por tantas cabezas vacías”.

De regreso al hotel, abordé excitado las páginas de estos cuentos hasta rematarlos después de cenar.

Pedro Ugarte recoge en esta entrega las relaciones humanas desde la ironía, jugando con el lenguaje de sus personajes y llevando al lector por sorpresivas veredas que le conducirán, a un final inesperado. El humor, incluso, a veces, se convierte en una trampa desconcertante. Son doce relatos, o mejor, once, si apartamos el titulado Estación tierra que encierra el mensaje cáustico de un marciano que resume el propio autor como que la vida se encuentra llena de imprevistos.

Una característica común en estos relatos es la de que todos están narrados en primera persona y el protagonista es Jorge, aunque no es siempre el mismo. A veces es un hombre solitario y bien entrado en años, que solo mantiene contactos aislados con la vecina (Una comedia romántica). Otras veces, Jorge es un hombre maduro que descubre que en ocasiones no es buena idea ser sincero (El olor de la verdad). O es un joven aturdido, incapaz de cambiar la rueda de su coche (El invento de la rueda). Pero todos ellos tienen en común la mirada atenta de los hechos cotidianos en la familia, en el trabajo, la amistad y en las relaciones sentimentales, hasta acercarse al borde del esperpento. Los personajes se mueven como en un baile de máscaras en la distancia, y el resultado es que todo es quebradizo.

Ugarte afirmaba, en una entrevista en El País, hace un par de años, que El mundo de los Cabezas Vacíasson historias donde hay una pátina de humor que no siempre termina en el humor, en cambio, hay un camino más o menos irónico, humorístico, pero, en la mayoría de los cuentos, un golpe de timón al final lleva a un sitio muy distinto”.



Magnífico cuentista que goza del don de la narrativa de calidad. El primer cuento que, además, da título a la obra, es el mejor. Un gran hallazgo que debo a Renfe y a la librera del stand 292 de la Feria del libro, y a cuyo autor voy a seguir leyendo con interés, sobre todo, porque después de disfrutar con estos relatos me quedo con la reflexión obligada, quizás por lo verosímil de estas historias, preguntándome con cierto rubor: ¿Perteneceremos también a esa secta de los cabezas vacías?

martes, 11 de junio de 2013

Literatura del yo


Félix de Azúa (Barcelona, 1944) repasa en Autobiografía de papel (Edit. Mondadori) la evolución personal de la literatura en sus últimos cuarenta años, cuando se estrenó como poeta, hasta como es ahora, que vive volcado en el periodismo de opinión. El barcelonés continúa con una trilogía ya iniciada hace dos años con Autobiografía sin vida donde se sumerge en la memoria para invocar la experiencia estética a través de un viaje por los momentos más intensos del arte, la historia y la literatura. Azúa sostiene que la obra de arte es evidente por sí misma y no hace falta que la defienda nadie.

En esta segunda entrega de la trilogía iniciada, Autobiografía de papel, en cuya página final se promete una pronta tercera entrega dedicada, no tanto al Arte y la Literatura, sino como dice el autor: “Ya que el final casi lo conozco, me queda ahora explicarme a mí mismo cuál fue mi principio. Mi Génesis. Quede para más tarde”.

Félix de Azúa lleva tiempo escribiendo sobre la denominada literatura del yo. Nos podemos remontar a su Historia de un idiota contada por él mismo, aparecida en 1986 o su Diario de un hombre humillado, galardonada con el Premio Herralde de Novela en 1987. Ahora en esta Autobiografía de papel, Azúa afirma en la página 19, que no va a ofrecer “el discurso del yo, sino el de su caso”. En este libro, por encima de todo, Azúa describe y evalúa su trayectoria intelectual, pero como caso, más que como acento particular. No hallamos, ciertamente, anécdotas de su vida, pero sí personajes reales que compartieron momentos de su adolescencia y juventud artística, hasta llegar a una madurez, quizás desencantada y, en cierta forma, con argumentos de decepción. Encontramos en sus páginas una semblanza bastante generosa sobre la figura de Juan Benet, de quien se considera discípulo, aunque irreverente. Azúa trata de explicar lo que denomina “la decepción” que ha sufrido al comprender que “las medicinas que nos venden agravan la enfermedad que padecemos” y se lamenta cuando afirma que “los libros se sitúan en el mercado gracias a la publicidad y no a la crítica”, (pág. 17).


Azúa considera inicialmente la poesía como la forma más pura de la expresión literaria. Sin embargo, abandona este género para instalarse en la novela hasta llegar al remanso del ensayo. Crítico con todo lo anterior, el autor de Cambio de bandera, aterriza finalmente en el periodismo que afirma ser “el único género que exige un conocimiento superficial, pero lo más extenso posible, del mundo”, (pág. 155).

Nos encontramos ante un libro testimonio de una vida literaria interesantísima, con un capítulo final lúcido que desmiente, de alguna manera, el tono crepuscular y nostálgico que Azúa despliega por sus páginas, y donde habla, no tanto de sí mismo, como de la cultura de su época. Es lo que Andrés Trapiello define como “el tono Azúa”, lo mismo que existe un “tono Savater” o un “tono Ferlossio”. ¿Te atreves?


miércoles, 5 de junio de 2013

Acta segunda del Club de Lectura Durango


Ayer martes,por la tarde, nos reunimos los miembros del Club de lectura Durango en el Mesón Juanito, el palacio de los caracoles, justo en los aledaños de la monumental plaza de toros, donde luce un mosaico en el pasillo de la puerta principal con la inscripción de una frase memorable, atribuida a Joselito “El Gallo” que dice: Quien no ha visto toros en el Puerto, no sabe lo que es una tarde de toros, y cerca del Colegio de San Luis Gonzaga, donde desfilaron ilustres alumnos de la talla de Juan Ramón Jiménez, Pedro Muñoz Seca o Rafael Alberti. Aquí, como digo, en este enclave gastronómico celebramos el cónclave para hablar del libro escogido: Réquien por un campesino español.

Mosén Millán fue el primer título de esta novela breve, publicada por vez primera en México en 1953, país donde se exilió Ramón J. Sender ( Alcolea de Cinca, 1902, San Diego, 1982)). Y en cierta lógica obedece al peso fundamental que tiene el personaje del cura que forma el eje de la construcción narrativa de la historia, como se matizó por uno de los intervinientes. Asistimos a dos historias que se cuenta de forma intercalada por un narrador omnisciente, comentó P.: una se desarrolla en el breve espacio de tiempo que transcurre en la sacristía de la iglesia donde espera Mosén Millán a que lleguen los familiares y los amigos de Paco el del Molino para comenzar la misa de réquiem (que como sabemos, apuntó J., se celebra un año después del aniversario de la muerte), y, la otra, la historia extendida a lo largo de veinticinco años, de la vida y muerte de Paco el del Molino, una serie de escenas rememoradas por el propio cura mientras aguarda el inicio de la misa.

Los recuerdos de Mosén Millán son fragmentarios y tampoco están trazados en un discurso ordenado en el tiempo, apuntó con agudeza M. En ese deambular por su memoria, el cura presenta al lector un retrato de Paco basado en una serie de escenas significativas, que va en consonancia con la intención del autor de ofrecer una novela corta, escogiendo detalles impresionistas de la infancia, juventud y desarrollo de la personalidad de Paco. Igualmente ocurre con la presentación del resto de los personajes.

La intención que Ramón J. Sender quiere dar a la novela es ofrecer una representación simbólica de la guerra civil española, de sus causas y de sus consecuencias. En esta afirmación coincidimos todos los asistentes y reconstruimos la alegoría que el autor aragonés quiso representar: En una pequeña aldea de Aragón viven Paco el del Molino, que representa al pueblo español y Mosén Millán, que representa a la iglesia española. Ambos han estado muy unidos, pero cuando el joven Paco madura y empieza a tomar conciencia de las injusticias se va separando del cura, sobre todo cuando la solución a sus inquietudes es la resignación y aceptación de la realidad establecida. Paco decide tomar parte en la política para buscar mayor justicia, favorecer a los necesitados y repartir las propiedades entre todos. Esta actitud provoca al poder establecido, la propiedad tradicional. Don Valeriano, el rico del pueblo, es además el prepresentante de las tierras del Duque, el capitalista que nunca viene por el pueblo ni se preocupa de sus habitantes, pero que les cobra por el uso de las tierras. El Sr. Cástulo, representante de la burguesía adinerada, primero intenta congraciarse con Paco, pero cuando estalla el conflicto se vuelve contra él y se alía con los poderosos del pueblo. Mosén Millán, la iglesia, contempla con alarma y cierta desconfianza las actividades de Paco, el pueblo, y se siente atacado por éste. Decide alinearse con los propietarios tradicionales, que además le han ayudado económicamente. El conflicto estalla cuando Paco determina dejar de pagar las tierras del Duque. Esto se podría denominar como el inicio de una reforma agraria. En julio de 1936 los señoritos entran en la aldea, asesinan a la población indefensa e imponen a Don Valeriano como alcalde, deponiendo por la fuerza de las armas al legítimo gobierno establecido. Antes de aquellas fechas, Mosén Millán, Don Valeriano y Don Gumersindo se habián reunido con frecuencia para dar el golpe. A esas reuniones secretas asistió también el Sr. Cástulo que siempre jugaba a dos barajas. Bajo el mandato de Don Valeriano comienzan los días de terror. El zapatero, artesano librepensador, es ejecutado por anarquista. El médico, que representa a la peligrosa ciencia, es encarcelado. El lugar de reuniones del pueblo, el Carasol, es ametrallado y la Jerónima, antes una figura importante en la aldea, queda relegada a una vieja enloquecida por el sufrimiento. Mientras la violencia se adueña de todo el pueblo, Mosén Millán se refugia en la iglesia y no hace nada por aliviar el sufrimiento de sus feligreses. La única protesta que se atreve a plantear es que otorguen a los condenados el derecho a la confesión. Para que la victoria de Don Valeriano sea completa es preciso la derrota total del pueblo representado por Paco el del Molino, y, el personaje clave para acabar con él es Mosén Millán, que lo traiciona y lo entrega para su ejecución. Esta traición no es olvidada y por eso cuando el cura quiere vover a restablecer los lazos con los vencidos por medio de una misa de réquiem, que nadie ha pedido, se ve sólo, acompañado, paradógicamente, de Don Valeriano, Don Gumersindo y el Sr. Cástulo, los enemigos y asesinos de Paco.



Esto es la alegoría que encierra esta extraordinaria novela corta, en la que Ramón J. Sender, de manera magistral y con un estilo directo y sencillo, puso gran empeño para explicar la tragedia que supuso el alzamiento nacional y sus consecuencias. Con estas conclusiones, amén de resaltar los destellos de humor que chispean por las páginas, especialmente por boca de sus personajes más populares, la Jerónima y el zapatero, concluimos la puesta en común de esta excelente obra y nos emplazamos para la próxima convocatoria que coordinará M. y nos comunicará en breve, siendo las 22 horas y cuarenta minutos del cuatro de junio del 2013 en la ciudad de El Puerto de Santa María.

sábado, 1 de junio de 2013

Las identidades y lo extraño


Hacía más de una década que no leía algo de Felipe Benítez Reyes, (Rota, 1960), y en estos últimos días me he sumergido en sus dos últimas propuestas literarias en las que el poeta y narrador andaluz se mueve como pez en el agua: el poema y el cuento.

Las identidades, editado en la Colección Visor de Poesía, es un poemario escrito entre 2006 y finales del 2012. La escritura poética de Benítez Reyes se podría encajar entre el homenaje, la parodia, el rigor y, por supuesto, la ironía. Estos distintos tonos forman el compendio de los rasgos que caracterizan la poesía del escritor roteño. Pero aquí, también, el poeta no ha podido dejar de mirarse en el espejo de la realidad cotidiana y ofrece su testimonio político de los convulsos acontecimientos de la actualidad: el precio de un soldado en la guerra, el ansia oscura del dinero, las pateras huidizas hundidas en la playa... Además de esta realidad amarga, el autor de Vidas improbables se pregunta a sí mismo, a modo de introspección, e incluso no se fía de la voz que le da las respuestas a sus preguntas al otro lado. El propio escritor, en una entrevista, dice que “para desconsuelo de quienes escribimos, las palabras sólo aciertan a tantear los grandes misterios, los sucesos decisivos y esenciales de cualquier existencia”.

Al leer y releer estos poemas, agrupados en tres episodios, he llegado a la conclusión de la necesidad de la poesía en estos tiempos, como piedra angular de lo que en más de una ocasión he oído afirmar a Luis García Montero, poeta y amigo de Benítez Reyes: “La poesía es un ajuste de cuentas con la realidad”. En la primera parte, el poeta nos sitúa en una serie de poemas repletos de dudas y de preguntas. En el segundo bloque, los versos parten de viajes y se expanden en postales y lugares que determinan espacios vertiginosos donde el autor se recrea. El poema de Lectura de Lisboa es un homenaje extraordinario y hermoso a Pessoa y una oda triunfal a esta ciudad repleta de símbolos y en Postal del Báltico nos acerca a la metáfora de la vida, como la navegación al secreto insondable de la razón. En la parte final, Entre sombras y bosquejos, Benítez Reyes se vuelve más reflexivo e intimista y nos habla de la enfermedad y la muerte, de las hogueras interiores, de la infancia, del circo, del miedo y los ecos del tiempo hasta llegar al final:


Todo va por el aire.
(¿Y todo es suyo?)
Del mundo ha de quedarte tan solo una leyenda.
Del tiempo, el eco anómalo
de unos pasos en fuga.
(Tu paso entre la fuga de las cosas,
las cosas en la fuga de sí misma.)
Todo va por el aire,
se posa en ti,
vuelve al aire.
¿Quién dice permanencia?
Tú roza el espejismo y sigue huyendo.


Felipe Benítez Reyes siempre ha desbordado emoción y talento en su producción poética, y en este hermoso libro da buena prueba de ello.


La segunda propuesta que traigo del escritor de la bahía de Cádiz es el libro Cada cual y lo extraño, recientemente publicado en la editorial Destino. En esta colección de doce historias, a modo de almanaque, Benítez Reyes despliega su oficio de narrador de cuentos con eficacia y con el recurso del humor como clara seña de identidad de su escritura. En unas declaraciones de hace unos días en el periódico ABC, el escritor admite que la explicación de escribir un cuento por cada mes del año se debe a que “quería darle un tipo de estructura, porque los libros de relatos tienden a diluirse, porque no tienen estructura interna, así que al final hice una especie de almanaque”. Una de las peculiaridades de estas historias es que todas ellas están contadas en primera persona, como hechos significativos que le suceden a cada uno de los narradores y, también, el tono narrativo es muy distinto, según el tipo de narrador que la cuente.

El libro se inicia con el relato de El mago y los ojos, que aborda de una manera irónica y autobiográfica la temática de los reyes magos, un asunto muy propio de nuestra infancia, lleno de incertidumbres y decepciones. Y así continúa el escritor como si nos condujera por un calendario vital: enero y los falsos reyes magos, febrero y las rebajas, marzo y los carnavales, mayo y los exámenes, junio y la noche de San Juan o noviembre y el Tenorio del geriátrico. Historias muy diversas en formato y escenario, pero con un clima en común a pesar de sus diferencias.

Bajo esta estructura de ciclo anual desfilan toda una panoplia de escenas familiares, viajes estivales, recuerdos infantiles, parejas rotas, noviazgos incipientes, un cuento también de la mili o la representación teatral en un asilo. La convivencia humana y sus entrañables personajes están presentes en este delicioso y sorprendente libro que constata la brillantez y perspicacia de este poeta y narrador.



A veces ocurre que las coincidencias editoriales sorprenden incluso al mismo autor y estos azares redundan en provecho del lector cuando lo publicado casi al mismo tiempo, como es el caso de Las identidades y Cada cual y lo extraño, son dos bocados literarios agradables al paladar y llenos de vitaminas que agradece nuestro cuerpo cuando se trata de buena literatura. Brindo por ello. Y a los que se dejen persuadir, ¡bon appétiv!