sábado, 22 de junio de 2013

La caducidad de nuestros cuerpos


Mi experiencia lectora con el escritor francés Michel Houellebecq (Reunión, 1956) se remonta a la lectura, hace diez años, de Las partículas elementales, una novela panfletaria y demoledora sobre la sociedad después de Mayo del 68, sobre los damnificados de la revolución sexual y el hastío al que los llevó tanto exceso. Después, en septiembre del 2011, me sumergí en El mapa y el territorio, Premio Goncourt, escrita magistralmente de principio a fin, una novela corrosiva que fluye y despierta sensaciones y sentimientos, con un epílogo extraordinario.

Ahora acabo de concluir lo último publicado en nuestro país por este novelista galo transgresor y polémico, un volumen, editado en Anagrama, que reúne su producción poética, (Sobrevivir, El sentido de la lucha, La búsqueda de la felicidad y Renacimiento) en un  formato bilingüe, que siempre se agradece. Una poesía muy moderna y rupturista, con mucha correlación con su obra narrativa, en la que el escritor de la isla Reunión despliega temas recurrentes a la caducidad del amor y la vida, las amarguras de la soledad, el desencanto...

Houellebecq inserta en sus poemas las escenas cotidianas que derivan de un universo convencional, como un paisaje en la montaña, un recorrido en tren, un hipermercado marginal... De lo cotidiano, Houellebecq extrae una interesante tarea de análisis que no pasa desapercibido al lector de estos poemas, trenzados por medio de un lenguaje fresco y conciso.

Dice Houellebecq, en una entrevista extensa realizada el pasado año en el París Review: “La lucha entre poesía y prosa es una constante en mi vida. Si uno obedece al impulso poético, corre el riesgo de volverse ilegible, si se lo desobedece, uno está preparado para iniciar una carrera de honesto contador de historias”. Creo que con esta declaración, el denominado enfant terrible actual de la literatura francesa pone el punto sobre las íes en su aporte de autenticidad poética, en la que indaga y desentraña una desesperación existencial profunda. En sus poemas, igualmente, cita a sus filósofos de cabecera que le dan soporte y cimiento a su razón analítica: Kant, Pascal, Schopenhauer. En cierta ocasión, Houellebecq afirmó acerca del universo poético que: “en la poesía no son únicamente los personajes los que viven, sino las palabras. Parecen envueltas en un halo radiactivo. Reencuentran de golpe su aura, su vibración original”.



La poesía de Houellebecq es mucho más clásica en las formas, que no en los temas, que sus novelas, aunque el fondo de su escritura es más veraz. El poeta es menos polémico que el novelista, no solo en su relación mediática, sino también respecto a sus lectores, a los que se presenta como un hombre caduco y moribundo que trata de vivir en el naufragio de sus contradicciones o en el alambre de sus intimidades. Una lectura que no pasa desapercibida, muy al contrario, su estela es feroz, sobre todo, cuando el verso habla de la caducidad de nuestros cuerpos.