martes, 18 de junio de 2013

Dos jugosas lecturas


Nos encontramos ante dos textos que se devoran en un suspiro, pero que demuestran que la buena literatura no tiene por qué tener concordancia con grandes extensiones ni desarrollos narrativos de centenares de páginas. Me refiero a Una biblioteca de verano, de Mary Ann Clark Bremer (Nueva York, 1928- Ginebra, 1996), editada en Periférica, y Antón Chéjov, vida a través de las letras, de Natalia Ginzburg (Palermo, 1916- Roma, 1991), publicada en la editorial Acantilado. Dos escritoras coetáneas, lastradas por las consecuencias de la Segunda Guerra Mundial.

Una biblioteca de verano, es una novela breve que sorprende por su concisión y belleza. Un texto escueto, pero grande en calidad literaria. La protagonista de esta novela ha perdido a sus padres al acabar la guerra. Corre el año 1946 y, también, ha sufrido la pérdida de su tío Marcel, un personaje relevante en su vida, que la educó en el amor a los libros. Las tropas alemanas destruyeron la biblioteca de su tío en el pequeño pueblo francés, y ella se ocupará de restablecer la nueva biblioteca bajo la sombra protectora del tío Marcel. Una biblioteca de verano es una narración memorialista que describe la vida de su autora desde el final de la Segunda Guerra Mundial hasta 1956, cuando concluye el libro. Mary Ann Clark habla de su pasión por los libros, por los autores favoritos de su tío y por los ejemplares que sus vecinos retiran de la biblioteca para leer. 

Mary Ann nos abre, sin grandes pretensiones, una puerta poética desde su corazón para mostrarnos la luz literaria de su interior, un lugar de refugio y remedio: la nueva biblioteca. Es aquí donde la protagonista pasará a limpio la lista adjetivada de los autores preferidos del tío Marcel: el poderoso Stendhal, el arrebatador Verlaine, George Eliot, la delicada escritora británica, o el inteligente Flaubert.

Una biblioteca de verano es un breve e intenso texto minimalista escrito con modestia, profundamente lírico.



En la misma línea de brevedad e intensidad, Antón Chéjov, vida a través de las letras es un librito que se lee de una sentada y en el que se recrea toda la vida del artista ruso. Ginzburg, en apenas 83 páginas, logra contarnos la vida de Chéjov de manera recogida. Por esta biografía desfilan la escritura, la enfermedad, los desplazamientos y los personajes fundamentales que se cruzaron por la vida del escritor ruso, tan intensa y llena de vicisitudes. Chéjov vivió rápido, todo fue breve en su vida, en concordancia con sus relatos. Pero todo, vida y obra, lleno de coraje y pasión. Una de las características determinantes de esta biografía es que Natalia Ginzburg se ha llenado del espíritu chejoviano, y ha logrado, como si de un relato se tratara, sintetizar con maestría la vida y la obra del narrador ruso, incluso, acercándose al detalle del personaje: las secuelas de la peritonitis que sufrió a los quince años, por la que estuvo al borde de la muerte y cuyas secuelas arrastró para siempre, el tenso ambiente familiar, los traslados insufribles para tratarse la tuberculosis, e, incluso, la distancia obligada de su amada esposa Olga Knipper.

Al principio de sus publicaciones firmaba bajo el pseudónimo de Chejonte. Suvorin, director de la revista Tiempo Nuevo, le insistía para que usara su nombre, pero él rehusaba la sugerencia porque decía que en verdad era médico y que pronto dejaría de escribir. La medicina era su legítima esposa, y la literatura, su amante. Y añadía que no tardaría en abandonar a esa amante, (pág. 23). Afortunadamente para el resto de los mortales, no cumplió su promesa. Chéjov solía decir que cuando hablaba con Tolstoi caía totalmente en su poder, a pesar de que al autor de Guerra y Paz le parecía detestable el teatro de Chéjov, pero adoraba sus cuentos, tanto como los cuentos de Maupassant. En cierta ocasión le dijo a Chéjov: “Como ya sabrá, detesto a Shakespeare, pero las comedias que usted escribe son todavía peores”, (pág. 66).

La enfermedad hizo estragos en Chéjov. Su esposa Olga y el doctor Schwöhrer estuvieron presentes en los últimos momentos de su vida, allá en Badenweiler, una pequeña ciudad de aguas termales de la Selva Negra, donde falleció el 2 de julio de 1904, después de aceptar una copa de champán.

Estamos ante un hermoso libro, redondo y sugestivo, que es, a su vez, una larga semblanza del cuentista ruso por excelencia, Antón Chéjov.