martes, 11 de junio de 2013

Literatura del yo


Félix de Azúa (Barcelona, 1944) repasa en Autobiografía de papel (Edit. Mondadori) la evolución personal de la literatura en sus últimos cuarenta años, cuando se estrenó como poeta, hasta como es ahora, que vive volcado en el periodismo de opinión. El barcelonés continúa con una trilogía ya iniciada hace dos años con Autobiografía sin vida donde se sumerge en la memoria para invocar la experiencia estética a través de un viaje por los momentos más intensos del arte, la historia y la literatura. Azúa sostiene que la obra de arte es evidente por sí misma y no hace falta que la defienda nadie.

En esta segunda entrega de la trilogía iniciada, Autobiografía de papel, en cuya página final se promete una pronta tercera entrega dedicada, no tanto al Arte y la Literatura, sino como dice el autor: “Ya que el final casi lo conozco, me queda ahora explicarme a mí mismo cuál fue mi principio. Mi Génesis. Quede para más tarde”.

Félix de Azúa lleva tiempo escribiendo sobre la denominada literatura del yo. Nos podemos remontar a su Historia de un idiota contada por él mismo, aparecida en 1986 o su Diario de un hombre humillado, galardonada con el Premio Herralde de Novela en 1987. Ahora en esta Autobiografía de papel, Azúa afirma en la página 19, que no va a ofrecer “el discurso del yo, sino el de su caso”. En este libro, por encima de todo, Azúa describe y evalúa su trayectoria intelectual, pero como caso, más que como acento particular. No hallamos, ciertamente, anécdotas de su vida, pero sí personajes reales que compartieron momentos de su adolescencia y juventud artística, hasta llegar a una madurez, quizás desencantada y, en cierta forma, con argumentos de decepción. Encontramos en sus páginas una semblanza bastante generosa sobre la figura de Juan Benet, de quien se considera discípulo, aunque irreverente. Azúa trata de explicar lo que denomina “la decepción” que ha sufrido al comprender que “las medicinas que nos venden agravan la enfermedad que padecemos” y se lamenta cuando afirma que “los libros se sitúan en el mercado gracias a la publicidad y no a la crítica”, (pág. 17).


Azúa considera inicialmente la poesía como la forma más pura de la expresión literaria. Sin embargo, abandona este género para instalarse en la novela hasta llegar al remanso del ensayo. Crítico con todo lo anterior, el autor de Cambio de bandera, aterriza finalmente en el periodismo que afirma ser “el único género que exige un conocimiento superficial, pero lo más extenso posible, del mundo”, (pág. 155).

Nos encontramos ante un libro testimonio de una vida literaria interesantísima, con un capítulo final lúcido que desmiente, de alguna manera, el tono crepuscular y nostálgico que Azúa despliega por sus páginas, y donde habla, no tanto de sí mismo, como de la cultura de su época. Es lo que Andrés Trapiello define como “el tono Azúa”, lo mismo que existe un “tono Savater” o un “tono Ferlossio”. ¿Te atreves?