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viernes, 3 de febrero de 2017

La realidad y la ficción

Siempre nos contamos una historia. Nos movemos en la ficción de ser y no ser. Nos apañamos con la inventiva que otorga esa verdad emocional que siempre va con nosotros a todos lados. Dice J.M. Coetzee que “cuando nos inventamos nuestra autobiografía estamos ejerciendo la misma libertad que tenemos en los sueños, donde imponemos sobre los elementos de una realidad recordada una forma narrativa que es nuestra, por mucho que esté influida por fuerzas que apenas entendemos”. La lección, según se deriva de lo expuesto, es que no podemos escapar del pasado, ni somos libres de reinventarnos.

El nuevo libro de la escritora francesa Delphine De Vigan ( Boulogne-Billancourt, 1966), Basada en hechos reales (Anagrama, 2016), bajo la traducción de Javier Albiñana, viene a constatar lo dicho anteriormente por el escritor sudafricano, incluso abundando en la idea de que la novela como género parece tener un interés fundamental en afirmar que las cosas no son lo que parecen, que nuestras vidas aparentes no son nuestras vidas reales. Queda claro que el lector que se sumerja en esta novela descubrirá, como diría Nietzsche, que ningún artista soporta la realidad. De ahí que uno de los debates más candentes hoy en día en los círculos literarios se ciña sobre los límites de la ficción. Quizás seguir discutiendo sobre la realidad y la invención conduzca a un terreno pedregoso y resbaladizo si ignoramos que toda historia contada se habilita por medio de un lenguaje creativo que genera ficción por sí mismo, por el solo hecho de juntar palabras.

Precisamente, Basado en hechos reales se implica de lleno en el asunto de la autoficción hasta inmolarse. La novela de De Vigan arranca tras un periodo creativo estéril por el que atraviesa la escritora, como afirma la narradora, su alter ego, en la primera frase del libro: “Pocos meses después de que apareciera mi última novela, dejé de escribir”. La novelista se refiere a un paréntesis de laxitud y desgana que le sobrevivo tras el éxito de Nada se opone a la noche (2012), un tiempo incómodo a causa del aluvión de críticas que le llegaron desde muchos frentes, motivado por el retrato perturbador y brutal que la autora hizo de su madre y de su familia, un relato calificado por muchos de despiadado y reprobable.

La narradora, que lleva el mismo nombre que la autora, su mismo oficio y también la misma sequía creadora, conoce a una agradable admiradora suya en un bolo literario. Este encuentro, aparentemente fortuito, conformará el inicio de una relación de amistad que promete continuidad. La vida personal y artística de ambas, dos almas aferradas a la escritura y al mismo mundo circundante que las oprime en sus respectivas carreras, darán cuenta del estado de ánimo y de la crisis existencial que sobrellevan como almas gemelas. A partir de aquí, la relación de estos dos personajes se estrecha cada vez más hasta alcanzar unas cotas de intriga y desasosiego que pondrán en peligro su futuro, como ya se anuncia en las primeras páginas del libro. La entrada en escena de L., la amiga de la que solo conocemos la inicial de su nombre, una mujer culta, delicada y sofisticada desquiciará por completo a la escritora, hasta absorber insidiosamente su vida diaria.

Escrita con esa fuerza que imprime al texto la voz narrativa en primera persona, el lector se deja llevar, incluso con la sensación embarazosa de ser testigo del desgaste de una relación punzante y angustiosa en la que nada parece demasiado disfrazado, pero sí bastante inquietante e incierto. La novela permite varios niveles de lectura, ya que a la vez que contiene una absorbente y entretenida trama en clave de intriga, invita a ir más allá de la mera ficción para explorar la pugna y el juego entre realidad y ficción que aflora en los diálogos, cuestiones metaliterarias que están muy presentes en las intervenciones de sus protagonistas a lo largo de todo el texto.

Basa en hechos reales posee esa atmósfera frágil e inestable que subyuga. De Vigan ha escrito una novela intensa, opresiva y eficaz para atrapar al lector con un relato perturbador de suspense psicológico, que mira al abismo de la realidad y de la ficción, que reflexiona sobre el poder de la literatura. Mucha gente, como dice la narradora, sabe que nada de lo que escriben los escritores les es del todo ajeno. Saben que hay un hilo conductor, algún motivo que los vincula a la historia que se cuenta. Pero aceptan que se trastoque, que se condense, que el texto se disfrace, o sea, que se reinvente, nos dice. Y en eso estamos de acuerdo. Puede que las historias que nos contamos sobre nosotros mismos no sean verdad, como también subraya Coetzee, pero son lo único que tenemos.

Delphine De Vigan, de la misma manera, ha querido plasmarlo así en otra de sus historias, con esta estupenda novela en la que se sopesa la realidad y la ficción, un trasunto que alcanza el interés del lector dispuesto a dejarse llevar por la propia experiencia y por la deriva de una historia angustiosa que explora la vida como sustancia literaria.


martes, 17 de septiembre de 2013

La conciencia del abismo


Son muchas las razones que justifican el éxito de Nada se opone a la noche para que se convirtiera en la novela más galardonada en Francia en 2011, con cinco premios, y en la más vendida. El pasado año, Anagrama se apuntó un merecido tanto con la publicación de esta desgarradora novela-testimonio de Delphine de Vigan (Boulogne-Billancourt, 1966). De Vigan reinterpreta a su familia, no solo contando su historia, sino que el mismo libro se convierte en un auténtico espejo donde se refleja el alma emocional de su familia. De Vigan ahonda en ese dolor profundo y rastrea en el mismo para desatar los secretos estremecedores de su linaje. Ahora, el sello que dirige Jorge Herralde acierta de nuevo con la edición de la primera novela de Delphine de Vigan, publicada anteriormente en el país vecino.

Días sin hambre es también una novela autobiográfica, escrita bajo el pseudónimo de Lou Delvig, por razones familiares, que relata el ingreso hospitalario de una joven que sufre anorexia: el frío instalado en su piel, la alimentación por sonda, el descubrimiento de otros pacientes y un episodio desgarrador protagonizado por la madre que había bebido bastante cerveza hasta orinarse encima, configuran el inicio del diario que Laure va escribiendo como paciente, sin analizar, solo exponiendo el tratamiento, y ahí radica su fuerza narrativa, merced a la sinceridad conmovedora de la narradora. Días sin hambre describe con claridad y con sensibilidad los impulsos mentales que azuzan a la joven Laure a pensar que su enfermedad no es más que un triunfo de su vida: “Laure se miró en el espejo del cuarto de baño, no vio nada, ni la muerte en su rostro, ni sus hombros puntiagudos como picos helados. Había dejado de verse. Se había vuelto inaccesible al miedo y a la rebeldía. Se sentía bien. Mucho más ligera. No quería morirse, solo desaparecer. Esfumarse. Disolverse” (pág. 53). “Es la historia de un pez sin escamas, de una tortuga sin caparazón, de una princesa de pacotilla que no podía renunciar a su dolor”,(pág. 92). De Vigan nos presenta un relato desde la conciencia propia del abismo, desde el límite de lo posible: una joven de diecinueve años, de treinta y seis kilos y un metro setenta y cinco de estatura. Sin embargo, es una historia concebida para el renacimiento desesperado hacia la vida, desde la sombra esquelética de un cuerpo vapuleado. Una historia que esconde una ternura solapada, una confesión sobria y esperanzada que llega a decirnos que desde el infierno también hay salida, a pesar del peso abrumador de cargar con un alma apaleada.

La novela se lee de un tirón gracias a la vigorosa y lacónica narración, no exenta de angustiosos pasajes, pero muy certera al analizar que el origen de la enfermedad hay que buscarlo en el seno de la familia. En literatura hay dos razones indiscutibles: solo llega al corazón del lector lo que sale del corazón del que escribe, y depende del tono de su escritura. La historia es importante, pero si no se acierta en el tono, el asunto se tambalea. Dias sin hambre logra con éxito estas premisas narrativas gracias a su estilo sencillo y directo, carente de artificios e intencionadamente escueto.



Delphine de Vigan nos regala una buena novela, un extraordinario testimonio que merece la pena leerse, no solo por el tema tratado, sino, principalmente, por la escritura sobria que va en concordancia con la exigencia de la propia historia.