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miércoles, 12 de marzo de 2025

Memoria avivada


Conviene no olvidarse de que la literatura, en cualquiera de sus géneros, siempre es una cuestión de punto de vista. No hay tema que se repita si se cuenta de otro modo. Por eso mismo, lo importante de la confesión que expone la escritura autobiográfica no es tanto validar que lo que se cuenta es verdadero, como destacar el funcionamiento de dicha confesión en el artefacto narrativo, como subraya el escritor uruguayo Sergio Blanco, esto es, «la forma como opera y se articula la historia que se cuenta». En otras palabras, el narrador autobiográfico, como apunta Manuel Alberca, pide al lector que confíe en él, que le crea, porque se compromete a contarle la verdad de su vida tal como la ha memorizado y así la traslada al texto, siendo consciente de que lo escrito «lo va a poner a prueba» frente al pasado, frente a los demás y frente a sí mismo.

En Una historial particular (Alfaguara, 2024), Manuel Vicent (Vilavella, Castellón, 1936) acomete un relato autobiográfico, que es también un retrato de toda una generación, una crónica implícita del siglo XX, en la que se constata que estamos hechos de recuerdos y de silencios, de experiencia y memoria. La prosa de la vida está aquí impregnada de historias propias, a través de una mirada perspicaz, evocadora y genuina de un autor de semántica tallada como es su escritura, en línea estilística con Azorín, su escritor predilecto. Para Vicent, la memoria no mira hacia atrás ni hacia adelante; mira simplemente al tiempo. La memoria de la que está hecha este libro no pretende repetir lo vivido, sino interpretarlo, interpelarlo. Deja ver que, quizá, lo que aquí va a encontrar el lector es que quien recuerda no debe olvidar que está interpretando su legado, que se está interpretando a sí mismo.

Ya en el prólogo deja dicho que solo le gusta contar lo que ha visto, lo que ha conocido y los sucesos que ha presenciado: “Pero, sin duda, a la hora de escribir lo más inquietante es lo que uno tenía sumergido en la memoria, tal vez en el inconsciente”. Es eso lo que le seduce, lo que esconde la memoria y no salta a la vista, pendiente de desvelar: “Cada historia particular –escribe– está compuesta por un millón de nudos a merced del azar”. El escritor sabe que el pasado está abierto y desde ese pasado que no está clausurado nos habla de su infancia, juventud y madurez, de lo importante que para él han sido siempre los libros, como así deja dicho: “Hace ya mucho tiempo que tuve conciencia de que leer y comer son dos formas de alimentarse y también de sobrevivir”. Tampoco se olvida del cine. Su afición al séptimo arte, confiesa, siempre nutrió su imaginación.

Su actitud literaria queda explícita en el libro, y no es otra que fijarse en los detalles y abordarlos de forma evocadora, sin tratar de discernir lo auténtico de lo ficticio, valiéndose de una prosa sencilla y diáfana. Vicent, tanto en las columnas que escribe en El País, como en sus libros, se decanta por la fuerza vital de su estilo, provisto de esa inteligencia e intuición afilada de mirar tan suya, y no solo sobre lo que está pasando ahora mismo, sino que mira un poco escéptico hacia dentro, hacia lo que pasa cuando la gente no ve lo que está pasando, sin tener que abandonar esa ironía que tan bien domina. Ahora toca contar aquí qué fue su vida, sus trasiegos y avatares, sus buenos momentos y sus decepciones humanas y políticas, sus muchas lecturas, desde Baroja a su celebrado Azorín, desde Sartre a Grahan Greene, Ortega y Gasset, Camus o a lectura de Joyce a trompicones, acompañado de vinilos de música de jazz.

Sobre sus influencias, podríamos atenernos a lo que decía Azorín sobre la particularidad de las influencias literarias: «¿Quién podrá conocer y explicar todas las influencias que obran sobre el escritor? Influye el escritor en el escritor; influyen las obras en las obras; influyen las cosas». Vicent nos acerca a sus lecturas memorables, a su mundo libresco para que el lector repare en sus gustos y descubra a los autores clásicos que desde su juventud más emociones literarias le inculcaron: Montaigne, Dostoievski, Tolstoi, Flaubert, Virgilio, Dante, Borges, sin olvidarse de Azorín. Para el escritor castellonense, la escritura es voluntad y es imaginación. Por eso mismo, entiende que la memoria es una invención permanente.

En verdad, no hay placer más gratificante e inmenso para un lector que acometer una obra bien concebida, abordada desde la honestidad y escrita con total solvencia. En Una historia particular fisgoneamos tras la puerta del alma de un hombre que a la altura de su edad pone en valor sus vivencias, con pasajes novelados de su vida, de sus perros y de sus coches, unidos al lance de su oficio de escritor, sin nostalgia, tan solo con una cierta melancolía, con la voluntad de resaltar aquello que dice Annie Ernaux: «La memoria es un proceso en curso de escritura».


Poco más que decir de este estupendo libro, una autobiografía llena de jugosos episodios y anécdotas. Manuel Vicent muestra su talento de hábil cronista, de radical libre con instinto de conversación, que lleva décadas ejerciendo su oficio con la maestría y elegancia de los grandes, un escritor que sigue cautivándonos con la agudeza y claridad de su pluma. Un deleite de escritura, precisa y pulida.


miércoles, 9 de octubre de 2024

Explorar el abismo


Hay un desafío literario para todo escritor cuando postula que recordar es inevitable y tal vez necesario. Pero si el escritor añade a esa historia lo más íntimo y lo expone en público, el desafío es aún mayor. Todo depende del modo y del grado en que se lleve a cabo, pues la intensidad y la forma van unidas a la literatura autobiográfica, que, al fin y al cabo, como indica Manuel Alberca en su ensayo La máscara o la vida, “pretende ser literatura de lo vivido y conocimiento de lo humano”. Todo depende, como en cualquier texto literario, del qué y del cómo. De que lo que se cuenta sirva para alumbrar la vida de los lectores, y de que se haga de una forma acorde con lo contado. Importa especialmente que el texto no enmascare la verdad, sino, al contrario, que la reproduzca con destreza narrativa, mediante un conjuro implícito de cercanía y complicidad del autor con el lector.

Ese es el reto que mueve a Neige Sinno (Vars, Francia, 1977) a escribir Triste Tigre (Anagrama, 2024) y tiene que ver con toda esa idea de encontrar un cauce propicio para contar lo indecible y que encuentre resquicio, comprensión y acogida en el lector para hacérsela vivir con la máxima intensidad y, de paso, que entrañe un gesto de insumisión ante la violencia sexual y, en concreto, ante los abusos sexuales a menores. Sinno, que ahora vive en su casa de Guéthary, en el País Vasco francés, tras haber dejado atrás su estancia en Estados Unidos y sus casi veinte años en el Estado de Michoacán, en México, y que, ella misma es la traductora de su libro al castellano, explora con mucha valentía su descenso al abismo, sin caer en sentimentalismos, para contarnos cómo su padrastro, de veinticuatro años, comenzó a abusar de ella cuando apenas tenía siete años.

Sinno fabula Triste tigre sin otros límites que lo que le dicta su conciencia creadora y la coherencia de su memoria, como respuesta a una necesidad de escribir sobre un lastre personal y, también, sobre el alcance de lo vivido como proyección colectiva. Aunque la autora, durante mucho tiempo, permaneció callada, ya que había decidido no poner por escrito esta experiencia, hasta que un día lo acabó haciendo, consciente de que su historia es una historia difícil de contar a los demás, pero que había llegado ya el momento de darle visibilidad. Según ella misma cuenta: “Eso no quiere decir que la palabra, o la literatura, haga el papel de una terapia. Al contrario, la escritura solo puede surgir cuando el trabajo ya está hecho, o al menos una parte del trabajo, la que consiste en salir del túnel”. Hay, por tanto, en el libro una tensión permanente entre la experiencia vivida, el recuerdo de la misma y la interpretación de los hechos desde el presente, dirigido a un lector y a una sociedad dispuestos a escuchar y a discernir lo que había sufrido.

Por eso mismo y por la razón que la propia narradora destaca en asumir que “Un hecho se vuelve real cuando se puede retomar a través del lenguaje”. Neige Sinno desvela que lo que la mueve a escribir este libro no encaja en presentarse como víctima, sino que propone una catarsis: estar dispuesta a elegir qué hacer con lo que nos han hecho: “Escribo este libro en busca de la verdad. Una verdad difícil de determinar, difícil de formular, una verdad más allá de las apariencias”. Y todo eso lo consigue subrayando que “La depredación sexual no tiene tanto que ver con el poder físico como, sobre todo, con una relación de dominación, es decir, con el poder”. Conmueve leer cómo el hecho de vivir a diario consiste en aprender a vivir, en entrenarse para vivir, en cómo procurar encontrar la forma, la manera de hacerlo pese a cualquier despropósito: “Crecí en la mentira –nos dice. Esa mentira me constituye. Incluso está relacionada con el descubrimiento de mi identidad... Descubrí mi identidad al mismo tiempo que tenía que ocultar lo que me ocurría”.

Triste tigre es un libro punzante de no ficción y al mismo tiempo plenamente literario, entre la autobiografía y el ensayo (calificado por algunos como libro-acontecimiento), un texto armado de franqueza y talento narrativo, bajo la esencia y dignidad de una mujer que se presenta ante el lector con respeto, dignidad y frescura: “¿Por qué pensar que solo la ficción puede aventurarse en el territorio de lo indecible? El testimonio es una herramienta de análisis. Pero una herramienta bien afilada llega al hueso. Y, cuando se llega al hueso, el arte nunca está lejos”. Todo el libro en sí es una conversación interior con un interlocutor imaginario que está ahí presente todo el tiempo. Quizás para Neige Sinno alcanzar dicho objetivo obedezca a lograr una confabulación con el lector, como forma de entendérselas con ese obsesivo sentimiento que ronda por la cabeza de la víctima de hacerse preguntas, de saber: ¿Por qué lo hizo? ¿Por qué a mí? Preguntas que, con los años, ha de asumir y que no siempre tienen respuestas.


En suma, lo que destila Triste tigre es un ejercicio narrativo admirable y descarnado, guiado por la veracidad, convertido en un implacable espacio de verdad con sus entresijos literarios, tan potente y cercano como personal. Este es un libro inteligente y nada condescendiente, que se lee con intensidad, con una prosa de muy buena hechura y muy bien armado literariamente, un relato que sacude por lo que cuenta y cómo lo hace quien lo ha escrito, una autora que realza el hecho de que la literatura nace de la vida y es inseparable a ella, aunque lo que se cuente sea terrible.

martes, 2 de agosto de 2022

La vida íntima de lo vivido


Por regla general, se podría decir que los seres humanos se dividen en dos rangos: los que encajan la vida según como viene y los que no. Como todo el mundo puede deducir, la vida se presenta muchísimo más ligera y fácil para los que la encajan con arrojo y desenfado. La gente te acepta, puedes ser uno más de la pandilla. Ahora bien, si no encajas los golpes, en el mejor de los casos, te postulas como un incomprendido y te sientes fuera de sitio. En el peor, acabas marginado por completo. Por eso, si has mantenido la singularidad de sentirte diferente al resto sin oprobio, parece que te irá mucho mejor en la vida, o, al menos, validará el hecho diferencial como verdad íntima de la razón de vivir.

La escritora turca de lengua alemana, Tezer Özlü (Kütahya, 1942 - Zúrich, 1986), hija de maestros, niña musulmana, educada en colegio extranjero de monjas alemanas de Estambul, pertenece ciertamente a esa primera categoría de personas exigentes a la hora de afrontar la vida con desparpajo desde muy pronto, sobrellevando constantes internamientos en hospitales psiquiátricos. La literatura supuso para ella un lugar acogedor, un destino para encontrar la plenitud y el entendimiento de su propio sentir. Los libros de los grandes maestros rusos Tolstoi, Dostoievski y Chèjov, así como autores franceses y alemanes como Zola, Camus, Goethe o Rilke, leídos todos ellos en alemán, le sirvieron de acicate para iniciarse en la escritura.

Habría que esperar a 1980 para conocer la publicación de Las frías noches de la infancia, que ahora, en 2022, rescata la editorial Errata Naturae bajo la traducción de Rafael Carpintero Ortega, un libro de culto en el que la autora, en apenas cien páginas, escribe un relato retrospectivo demoledor de su propia existencia, haciendo hincapié no solo en su vida individual, sino también en el bagaje de su personalidad. Özlü se vale de su propia historia para hablar de la realidad que la rodea, sin dejar de acudir tanto a la vida privada como a su vida interior, y tampoco sin dejar de mirar los dilemas existenciales, sus creencias, aspiraciones, el absurdo y la paradoja en la que vive como ser humano. Deja constancia de todo esto en muchos pasajes, como así lo muestra en el capítulo dedicado al colegio donde se instruye: “La vida es algo que nos plantan delante como un cuerpo extraño que, por ahora, hay que aceptar y entender. Sólo más tarde podremos vivirla y descubrir su verdad”, pág. 32.

A Tezer Özlü la enfermedad no la convirtió en escritora, ya lo era en ciernes desde que quedó hechizada por los libros que su hermano poseía en su cuarto de la casa de sus padres en Estambul. Allí comienza, a hurtadillas, a sumergirse en el rumor del mundo apasionante de la literatura. Su melodía supone un salto importante para ella, al tiempo que afronta un reto mayor: sobreponerse a la exaltación de su esquizofrenia y al terror de su tratamiento. Lo lleva de la mejor manera posible, consciente de que el espanto de su enfermedad puede ocultarlo en el seno de la vida cotidiana. Le obsesiona la idea de la muerte, pero, igualmente, le parece que la existencia es más hermosa fuera, entre el bullicio de la vida, con otra gente.

Estructurada en cuatro capítulos, toda la novela, intensa a rabiar, deja ver la inconsistencia de la vida que la sostiene, una existencia nada amable: la vida sentida por la autora, cuya voz exaltada clama por su liberación, más allá del hogar, de la escuela y los muros de los sanatorios donde ingresaba cada dos por tres. Todo ese clamor liberador, impulsado por su afán de huir, culminará con su exilio a Alemania, hasta llegar más tarde a París, la ciudad anhelada en la que vivió unos buenos años, aunque no fueron suficientes para mitigar la nostalgia de su tierna infancia y juventud que, en su caso, fue una época estigmatizada por la evidencia de una realidad palpable: nadie cree en las aspiraciones de una persona enferma.


Desde su Arcadia frente al Bósforo y la plaza Taskin, la compleja realidad del país y la anomalía de su salud, Özlü mantiene su rebeldía y compromiso hacia sí misma. Lo hace como autora, narradora y protagonista de un texto tan revelador y punzante como este, al filo de la locura, desmigajando en él el pálpito de unos años primordiales de su existencia, cuyos días y noches, allá en su lejana infancia y juventud la marcarían para siempre.

La experiencia y la invención se entrelazan a lo largo del relato de manera sobria y conmovedora, sin alardes, con la fuerza suficiente para calar en la piel del lector. Las frías noches de la infancia pone a tono la memoria y la imaginación de su autora con suma naturalidad. Diría que ambas encuentran su encaje en el lenguaje del testimonio descrito, dando pábulo a la vida. La vida, al fin y al cabo, es el camino de llegada, no de salida, como así también sucede con la literatura.


jueves, 11 de febrero de 2021

El fardo de la vida


El fardo de la vida, por utilizar una feliz expresión de
Luis Landero (Alburquerque, Badajoz, 1948), es lo que vamos a encontrar en su nuevo libro, una novela de memoria de la infancia y juventud que acaba de publicar en el mismo sello en el que inició su carrera literaria hace ya treinta años. El huerto de Emerson (Tusquets, 2021) es una ocasión más de sumarse a ese otro empeño autoficcional suyo, surgido después de haber llevado una fructífera trayectoria novelística iniciada con Juegos de la edad tardía y continuada con Caballeros de la fortuna, El mágico aprendiz o Absolución, entre otras, con un resultado literario sobresaliente. Acudir a la memoria le ha permitido pulsar también la chispa de inspiración de su narrativa, esa misma que alcanzó con El balcón en invierno, La vida negociable y Lluvia fina, su último éxito.

El huerto de Emerson se aferra a la idea de cultivar “la tierra siempre fértil de la memoria”. Landero remueve la cepa narrativa de la memoria, de lo vivido, que tantos detalles y entresijos proporciona. En todo caso, el mérito se deba más a su magisterio estilístico, ese ejercicio pulido en el uso del lenguaje que hace que la emoción evocadora del relato nos conduzca, sin sobresaltos y con delectación, por lo indecible de su vida de escritor, la que exhibe por medio de un orden establecido en las palabras escogidas; la palabra hecha manifiesto. El escritor extremeño así lo expresa al principio: “Deja que las palabras fluyan, no las obligues ni aún menos las maltrates, haz con maña y dulzura tu oficio de pastor, y deja que ellas busquen los mejores pastos”. Lo que le importa es encontrar las palabras adecuadas: “la lascivia de la exactitud”.

Y así desde las mismas entrañas del lenguaje, de la palabra y su colocación en la frase, Landero es capaz de contarnos su vida, de traducir la emoción de sus recuerdos en palabras. Así aprendió a imaginar en sus muchas lecturas del Lazarillo y el Quijote, confiado en el inmenso poder del lenguaje para plasmar, recreada, la propia realidad en un cuaderno. En ese cuaderno nos muestra lo que le enseñó la lectura de Schopenhauer de cómo “el arte habla en el lenguaje ingenuo e infantil de la intuición”. De igual forma, y pensando en los clásicos, se presta a escuchar “el rumor de las palabras que vienen rodando a través de los siglos”, para concluir en el valor y en la trascendencia de ellas: “palabras que nos sobrevivirán y hablarán por nosotros cuando hayamos muerto”. Y rememora a Emerson, a Nietzsche y a Antonio Machado que aconsejaban cuidar el huerto del tiempo, pararse a escuchar las cosas y saber esperar.

A lo largo de una estructura establecida en breves capítulos, un total de quince, Landero nos cuenta cómo sus lecturas le ayudaron a reafirmar su identidad como escritor. Verla confirmada en los textos de otros fue muy importante, nos dice. Dejarse empapar por todo ese cúmulo de lecturas fue el comienzo de anudar su compromiso con la literatura en unos gustos e intereses que le sirvieron para perfilar su estilo. Landero sabe combinar con gracia en este libro la memoria y la fantasía que contiene todo recuerdo, acudiendo a ese caudal de obras de las que obtuvo un inmenso provecho, como lector, escritor y profesor. Evoca a aquellos autores a los que todavía, como entonces, sigue leyendo con deleite. En su despliegue encontramos a dramaturgos, como Shakespeare y Sófocles, a poetas, léase Pessoa, Cernuda o Juan Ramón, ensayistas como Montaigne y Emerson, novelistas de la talla de Cervantes, Lampedusa, Proust, Kafka o Ferlosio y pensadores como Platón, Adorno o Spinoza.

Digamos que todo este lance literario le vale a Landero para mostrarnos que la literatura y la vida en un escritor conforman un binomio difícilmente despegable, y más desde la propia experiencia de quien habla de cómo las lecturas y relecturas han ido depositando en su memoria tanto entusiasmo y amor por las palabras y sus significados. En este libro pasamos de la reflexión más sesuda de algunos de los autores citados a las humoradas de algunos episodios de la vida cotidiana de su Alburquerque. El capítulo Donde Pache es un buen ejemplo de ello. En aquel boliche se junta parte del pueblo a comprar, beber, charlar, dirimir asuntos de cacería o contar historias extraordinarias. En el siguiente capítulo, otro de los más divertidos, nos relata el cortejo amoroso de Floren y Cipri, que definen lo largo que se hacía un noviazgo en el mundo rural de aquellos años cincuenta. Y así enlaza con otros capítulos que recalan y soplan por la infancia y juventud de su vida, con ese cuidado de no manosearla con un exceso de análisis.

En esta novela hay mucho más de lo que se capta en una primera lectura, y eso que Landero, como creador, no pretende ensancharse más allá de lo que cuenta. El huerto de Emerson es una novela concisa en su ejecución, hermosa en su forma, escrita con mucho gusto e imaginación, que viene a decirnos que la semilla de la escritura se encuentra siempre en el pasado y que todos somos únicos e irrepetibles, con nuestro terreno propio que cultivar. Pero, sobre todo, es una celebración de la vida, un alegato literario asombroso, de infinita gratitud y amor a las palabras en sí mismas, dispuestas al servicio de la frase y al encanto de su lectura.


lunes, 12 de octubre de 2020

Vidas marcadas

La literatura que se adentra en el territorio familiar, ya se sabe, no viene nunca trazada por donde sus propios miembros lógicamente esperaron que transitaran sus vidas, sino por curvas y vericuetos que les hubieran resultado inconcebibles. Escribir por esta senda exige hacerse un hueco en la memoria para dedicarlo a ese juego incauto de travesía en el tiempo en pos de descubrir algunos secretos de sus protagonistas para comprender mejor la apuesta de vida por la que ellos mismos optaron.

Precisamente la nueva novela de Gonzalo Celorio (México, 1948), Los apóstatas (Tusquets, 2020), reúne las características propias de la memoria y de la autobiografía, impulsada por el carácter envolvente de su prosa torrencial bien dispuesta en capítulos breves y dinámicos. Con este proceder narrativo y con la valentía de enfrentarse abiertamente a los fantasmas familiares, Celorio traza el relato íntimo de Eduardo y Miguel, sus dos hermanos mayores, una fascinante doble historia que transcurre sin límites por ese territorio fértil de certezas extraviadas y verdades huidizas centrado en la vida convulsa que ambos llevaron.

Ya en las primeras páginas del libro, el propio autor desvela el sentido de esta apasionante tentativa suya de culminar el círculo narrativo de su trilogía familiar iniciada con su primera obra en 2006: “A través de los años, la historia ancestral no dio origen, pues, a una novela total, como lo habían anhelado mis ensoñaciones de escritor en ciernes, sino a dos novelas bastante acotadas, referidas a la familia materna la primera, y a la paterna la segunda: Tres lindas cubanas y El metal y la escoria”.

Entrando en los entresijos del libro, nos vamos a encontrar episodios comprometidos y escabrosos, amores complicados también hay, al igual que un sinfín de secretos íntimos. Los apóstatas es un relato generoso en su concepción, una apuesta que trata de mostrar el alcance del desarrollo personal de dos hombres que cambiaron el destino de sus vidas, una novela urdida con ese atisbo de entendimiento que en todo momento refleja la voz narrativa que lo impulsa. Es un relato complejo, como corresponde a toda vida plasmada en escritura, y aún más si se trata de dos vidas vinculadas a una misma vocación religiosa incipiente.

Pero también es un libro valiente, rico en detalles, artificios, recursos narrativos y estilísticos de los que se vale el autor para dar a conocer a dos hombres apasionados que cambiaron de rumbo sus vidas a causa de su fe, y por esa misma razón, dos hombres expuestos y sometidos al juicio constante de los demás, incluida la propia familia. Por todo ese ámbito existencial desde el que ambos protagonistas guardan sus secretos más inconfesables, Celorio traza sus trayectorias personales adentrándose en sus vivencias. La vida que sus dos hermanos volcaron en una misma dirección religiosa, pero que al cabo de un tiempo, y por diferentes razones, cada uno de ellos acabará negando.

Esa ruptura con sus creencias religiosas les conducirá a abrazar de nuevo ese otro mundo de la calle, más terrenal y concreto que ahora ellos encuentran más excitante. Uno opta por la senda de la teología de la liberación, trabajando en poblados mexicanos indígenas, y más tarde comprometiéndose políticamente con el movimiento de liberación nicaragüense que acabó con la dictadura somocista. El otro hermano, tras dejar atrás su vocación, acometerá con mucho entusiasmo el estudio y magisterio de la arquitectura barroca mexicana, acabando posteriormente en una incontenible obsesión por el mundo satánico que llegará a cegarlo hasta los últimos momentos de su vida.

Cabe destacar, por otra parte, el carácter misceláneo que la novela va tomando conforme avanza el texto, un ejercicio constructivo por donde Gonzalo Celorio intercala memoria, autobiografía, datos, cartas y hasta una interesante reflexión teórica de cómo idear y escribir una novela que, como subraya el autor: “también recurre a la imaginación para iluminar las zonas oscuras del pretérito”. En todo ese engranaje, Los apóstatas viene a referirnos algo que es una prueba más de que las historias, por fantásticas e insólitas que sean, no son nunca inocentes.

Dicho de otra manera, jamás su autor pudo imaginarse lo que iba a descubrir cuando comenzó su andadura. “Maldita la hora en que se me ocurrió escribir esta novela”, sentencia en la primera página. Sin embargo, el resultado es espléndido. En argumento y las palabras en sí de esta emotiva novela, que vienen de la historia de una saga familiar, llegan a nosotros y nos interpelan con una fuerte carga reivindicativa y crítica, y eso se debe a que la verdad que esclarece se mantiene tan pujante y viva como en los tiempos en que transcurrieron los hechos, si es que no más.


martes, 31 de marzo de 2020

Impresiones viajeras

Viajar es trasladarse. Pero viajar no significa siempre desplazarse. Eso lo saben todos los grandes lectores. El viaje empieza también en una biblioteca, en una librería o en la estantería del salón de una casa. Los libros, como los viajes, son una experiencia que nos conecta con todo. Encontramos en su seno esa suerte de acudir a sus páginas, a los atlas, a los textos que, de cerca o de lejos, contribuyen al planteamiento, a la realización y a la singularidad de elegir un destino. Todos los rincones de una buena biblioteca ofrecen la posibilidad de conducirnos a un sitio predilecto o a un lugar insólito, a una aventura. Toda lectura actúa como rito iniciático. Por eso, todo libro de viajes vela y desvela una reminiscencia.

Uno mismo, nos dice Michel Onfray, es el gran asunto del viaje. Y hemos de dar crédito a esa afirmación y tenerla muy en cuenta puesto que cualquier trayecto viajero coincide siempre, en secreto, con búsquedas iniciáticas que ponen en juego la propia identidad. El viaje supone una experimentación sobre uno mismo. A su vez, viajar es un desafío que conduce inexorablemente hacia la propia subjetividad. En cada periplo, al igual que en cada lectura, uno acaba siempre por encontrarse frente a sí mismo. Tanto viajar, como leer, son siempre un trayecto, y no es casual que los libros tengan esa forma de maleta que hablaba el escritor ruso Dovlátov.

Julio Llamazares en el prólogo de Un andar que no cesa (Fórcola2020), el nuevo libro del escritor y crítico literario Ramón Acín (Piedrafita de Jaca, Huesca, 1952) comparte esa manera de entender el sentido de viajar y su correlación con la lectura ciñiéndose a las palabras que el propio autor expresa en sus notas de viaje: “viajar es ante todo encontrar y encontrarse, informarse, cartografíar, absorber, meditar, comprender y contar”. Añade Llamazares que Acín, como gran viajero “que lee y viaja a la vez”, también ha hecho de los libros su principal baluarte, instrumento y guía de conocimiento del mundo.

En Un andar que no cesa se edifica un tránsito viajero, una autobiografía, desde el cimiento de contar la experiencia de un escritor que reúne un conjunto de textos para conformar un relato propio en el que se impone el sentido de reflejar un crónica donde verter los asombros encontrados por los lugares visitados en sus diferentes expediciones viajeras. La vida del viajero, se deduce del texto, consiste precisamente en ese paso del tiempo experimentado, en el cambio, en la alteración que provoca todo trayecto. Lo que hay en este libro no es solo una historia personal, sino, además, un reflejo del significado de lo que decía Paul Theroux y que dentro del mismo se cita: “El viaje sólo tiene glamour cuando se lo mira con retrospectiva”.

En esa retrospectiva se hace notar la mayoría de los destinos que transcurren por el libro, cada uno con su tono pasional y revelador. Todos ellos, con inusitado interés e impacto personal, quedan descritos en un extenso vagar por Sicilia, Egipto, Bélgica o Normandía. También aparecen otros emplazamientos vívidos del interior de España, marcados por la Guerra Civil, así como un relato paisajístico y minucioso de la obra artística de Goya por Aragón. En otro capítulo, el autor toca la memoria y huellas de los libros para fijar su mirada en el paisaje y sus mil caras. Pero en todo su periplo, lo que trasciende de la lectura es, sobre todo, un sentir explícito que el autor esclarece por medio de una de sus frases más felices: “Si la vida es viajar, los viajes son su aliento”.

Para Ramón Acín, viajar es dialogar con uno mismo ante espacios, gente, lugares y la propia historia. Este es un libro que se deja leer gratamente porque contiene esa salsa picante que tanto gusta al lector curioso de redescubrir ciudades, detalles históricos y, al propio tiempo, perspectivas particulares, a través de la mirada e impresiones de alguien propenso al asombro. Es la voz del viajero quien propone andar con los ojos bien abiertos, y lo hace con las palabras justas y necesarias para acompañarlo en sus hallazgos por los distintos emplazamientos y recorridos que aquí se hacen notar.

La literatura siempre es una cuestión de punto de vista. Por eso todos los libros tienen su peripecia y su historia que contar. Pero la de este, además, no deja de ser especial y recóndita. Aquí sobresale la crónica sentimental y, también, la conciencia histórica para constatar que el pasado tiene voz y significados. El autor del libro recuerda ese aspecto en sus andanzas como viajero para rastrear el pasado y prestar atención a las historias de los viejos habitantes de cada lugar, además de disfrutar del encanto de lo que se conserva y permanece en el mismo.

Un andar que no cesa recoge ese cómputo de significados y ese espíritu de discernir lo que todo viaje, como la vida, propone: enfrentarse a lo desconocido, conocerlo y comprenderlo a la vez que ensanchar la experiencia personal de quien lo acomete. Ramón Acín firma un cuaderno de viajes fecundo y perspicaz, con el propósito de contarnos una travesía personal emotiva por los paisajes y el tiempo, un libro hecho de nombres, impresiones, vislumbres y memoria. Y nos viene bien, más aún, en un momento como este en el que evadirnos es justo lo que más necesitamos.

miércoles, 25 de marzo de 2020

Entre hojas del tiempo

Confieso, como lector, que cada vez tengo más predilección por la literatura autobiográfica. Y digo más, casi todo lo bueno de este género que cae en mis manos lo encuentro abierto al mundo con una curiosidad y un empeño tan intenso que pocas veces veo en otras aproximaciones literarias de ficción que tanto frecuento. Y en ese sentido, coincido con la observación de Sergio del Molino que hace referencia a esto mismo y a esa urgencia que tiene el narrador por encontrar al otro o a los otros, y que aquí tiende más a fijarse en lo que le rodea y en lo que va más allá de su perímetro, tomándose el propio narrador como punto de observación e, incluso, dejándose llevar por los pasadizos de la memoria que le conduzcan a lugares sorprendentes e íntimos, con conexiones constantes entre el espacio y el tiempo.

Lo que quiero decir con esto es que lo importante de la confesión que expone la escritura autobiográfica no es si lo que cuenta es algo que es verdadero o no, sino el funcionamiento de dicha confesión en el artefacto narrativo, como subraya el escritor uruguayo Sergio Blanco, esto es, “la forma como opera y se articula la historia que se cuenta”. En otras palabras, el narrador autobiográfico, como apunta Manuel Alberca, pide al lector que confíe en él, que le crea, porque se compromete a contarle la verdad de su vida tal como la ha memorizado y así la traslada al texto, siendo consciente de que lo escrito “lo va a poner a prueba” frente al pasado, frente a los demás y frente a sí mismo.

A corazón abierto (Seix Barral, 2020), de Elvira Lindo, es una íntima indagación familiar que encaja en esta articulación narrativa que, por otra parte, como afirma su autora, ha tenido su largo tiempo de gestación. Lo confiesa, y así se hace ver en su lectura, un deseo que queda bien dispuesto en su voluntad de escribir sobre el padre, al cabo de unos años después de su muerte, con un propósito desvelado de alejarse de todo aire nostálgico y sentimental con el que suele caerse en este tipo de escritura, y con una intención de hacerlo con ese espíritu de observarlo con naturalidad, tratando de entender su comportamiento cambiante y particular que, como personaje, va mostrándose a lo largo del libro.

Como digo, en esta emotiva indagación familiar está el relato de un amor apasionado, de una trágica muerte, de una niñez efervescente y bulliciosa, y, también, está muy presente la difícil reconciliación con la figura paterna. Manuel, el padre de la narradora, aparece como un hombre de carácter fuerte, auditor de empresa, que porta en su interior el archivo de una historia muy dura, la suya propia: hijo de guardia civil, a los nueve años, en 1939, todavía en plena guerra civil, su madre le envía a Madrid a casa de una tía, bajo un escenario terrible e incierto donde la lucha por sobrevivir era lo único importante.

Desde este punto histórico con el que irrumpe el primer capítulo del libro, partiendo de la habitación del hospital en el que convalece, ya de mayor, con una insuficiencia respiratoria que viene de lejos, la narradora va dando cuenta de su relación con sus padres, recorriendo toda una larga época en la que trata de esclarecer el trayecto de su familia desmaquillado, mostrarlo y entenderlo desde el ámbito del hogar en el que no faltan indiferencias, incomprensiones, dolor y silencios.

En su libro, Lindo utiliza una voz en primera persona para hilvanar los hilos sueltos del recuerdo de su niñez y juventud y, a partir de su propia mirada, teje un relato de catarsis personal, a base de perseguir esos trazos pretéritos, valiéndose de la memoria que, a fuerza de evocarla, también produce fantasmas. Todo un rastreo para que emerja el pasado familiar por los distintos escenarios y etapas que conformaron la vida y las voces de sus padres, como así lo pone de manifiesto la narradora, con este sentir nada pretencioso y sereno que resume, en buena medida, el alma que lo anima: “Ahora, trato de imaginar lo que no sé, todo aquello que se me revela como un misterio, la vida llena de incógnitas de mis padres, y camino entre algunas certezas y muchas incertidumbres”.

A corazón abierto es un estupendo testimonio narrativo sobre la pérdida que no hay que dejar pasar en vano, un relato que viene a decirnos que contar buenas historias dan sentido a la literatura, algo que agradecemos con entusiasmo los lectores, no tanto por sus semejanzas inevitables con la vida como por las diferencias inconmensurables que las hacen única y la convierten en especial, como sucede en todo lo vertido en este libro, de forma tan natural y entrañable.

Los libros que nos deleitan nos recorren las venas y establecen vínculos con nosotros con una familiaridad insólita, y este de Elvira Lindo late con fuerza, calidad literaria y cercanía desde la verdad de la memoria y la imaginación creativa del recuerdo.

viernes, 14 de febrero de 2020

Despliegue de desnudez


La playa, como el desierto, es un espacio desnudo, y es ese despojamiento radical –antes que un mayor o menor índice de primitivismo o de naturaleza– lo que la distingue de la selva u otros emblemas canónicos de la virginidad. La diferencia no es tanto natural como estética, o incluso de régimen de significación; que la playa –es decir, esencialmente, un territorio compuesto de mar, costa y arena– sea lacónica: la playa murmura y habla, sólo que en ella fondo y figura, soporte y trazo, parecen indistinguibles, como si estuvieran hechos de un mismo material y compartieran una misma naturaleza”.

En La vida descalzo (Random House, 2020), de Alan Pauls (Buenos Aires, 1959), un libro absolutamente personal que explora desde el recuerdo las múltiples vertientes de ese lugar tan desnudo y paradisiaco como es la playa, vamos a encontrar, en cada uno de sus diez capítulos no numerados, trazos, observaciones y epifanías de diversa índole, como esta que antecede entrecomillada, acerca del significado personal y colectivo de la playa que el autor va tomando en consideración. Los recuerdos de su infancia y juventud aparecen aquí como foco principal del texto, retazos de un tiempo feliz, una etapa importantísima en la que la memoria selecciona de manera nítida aquello que se marcó a fuego en esos años trascendentales de su vida. Con esta reedición de su obra publicada en 2006 el sello Random House inaugura su biblioteca de autor.

Pauls aborda esa parte de su biografía conectada con las playas de sus recuerdos donde pasó muchos veranos. En el libro hay toda una cartografía de vívidas playas, desde Argentina, Uruguay y Brasil, hasta el litoral de Cuba, como son Villa Gesell, Pinamar, Mar del Plata, Mar del Sur, Cabo Polonio o Copacabana en la costa atlántica, y Cozumell en la bahía caribeña. En todas estas arenas pasó días felices en los años 60 junto a sus seres queridos, en especial con su padre que fue quien trató de ganarse su cariño ejerciendo de compañero de viaje tras su separación. El libro comparte fotografías de su infancia que asoman por cada capítulo a modo de álbum narrativo de sus vivencias. Vivir en la playa exige una sola condición, y es misteriosamente cuantitativa: exige sumarse, dice en una de las partes del libro en la que mejor explora la mirada de los otros y la introspección respecto a las múltiples maneras de disfrutar del sol, de la brisa marina, de las sensaciones que producen la arena y la sal.

A lo largo del libro, el factor playa es el medio que tiene el autor para analizarse como individuo y su relación con ese hábitat. En ese sentido, Pauls ensaya con un lugar en el que la literatura no se ha detenido mucho en su fuerza evocadora, mientras que el cine sí ha dado suficientes muestras de filmar sus encantos. Dentro de estas circunstancias, vemos un despliegue por parte suya de reflejar el mundo que quedó tras de sí, los instantes de su niñez, la cercanía de su padre, todo ello acotado, con cierta nostalgia, bajo el arco extenso de la playa. El recuerdo es el hilo conductor y, como tal, representa un papel primordial, no solo porque evoca ya un mundo perdido, sino que recobrarlo es el propósito que como narrador se exige para sentir que lo efímero se convierte en infinito y maravilloso si uno se siente vivo.

Al recordar todo ese trayecto vital, Pauls reconstruye y examina, en apenas cien páginas, el cómputo afectivo que tuvo y la carga emocional que quedó alojada en su memoria cuando todavía la inocencia era un sueño en marcha y la vida atajos inciertos por venir. Para ello, se limita a un escenario como la playa, tan evocador y mítico, para “habitarla como objeto de pensamiento”, y no tanto como espacio para comunicarse con la gente que camina o se tira en la arena en busca de miradas y encuentros. La playa, nos dice, es ese lugar en el que la ropa se ausenta para dejar paso a la desnudez, la necesaria para sentirnos ligero, atento al rumor de las olas y a nosotros mismos.

Pauls, como buen amante del cine y las vanguardias, cree que la solvencia de un guion o de un relato consiste en la eficacia del artefacto. Desde esa perspectiva, La vida descalzo es un artefacto bifronte, y me explico: por un lado se acomete como una novela autobiográfica, por otro es, a su vez, un ensayo solapado en el que la playa, protagonista como el propio narrador de la novela, se presenta como campo de investigación y fundamento de análisis. Por eso, puede que al lector el fraseo de subordinadas, con el que el autor se vale en muchos pasajes, le obligue a modificar su mirada, a corregir su ritmo y su atención cuando el texto deriva intencionadamente a la esfera natural del ensayo.

La vida descalzo es, en definitiva, un texto híbrido, una obra en la que el ensayo y la novela fraguan una escritura íntima por donde transcurre un recuento de experiencias que acaban con la presencia de un libro entre las manos del narrador para “hacer lo único que quiere hacer, quemarse los ojos leyendo”. Y en ese afán de revelarnos su verdadera vocación de escritor, Pauls pone fin a la obra con estas reveladoras palabras que funden todo su sentir del ejercicio literario que entrega al lector: “quizá no haya habido días en nuestra infancia más plenamente vividos que aquellos que creímos dejar sin vivirlos, aquellos que pasamos con el libro por el que más tarde, una vez que lo hayamos olvidado, estaremos dispuestos a sacrificarlo todo”.


martes, 3 de abril de 2018

Un hombre agradecido


La trayectoria literaria de Fernando Aramburu (San Sebastián, 1959) ha ido cimentándose durante los últimos veinticinco años en una fecunda tarea narrativa de creciente solvencia y, tras su fulminante éxito editorial sobrevenido por su monumental novela Patria (2016), más allá incluso de nuestras fronteras, le ha catapultado a la cima de los autores más leídos y estimados de las letras actuales españolas.

Si tuviera que responder telegráficamente sobre un posible subtítulo de Autorretrato sin mí (Tusquets, 2018), su nuevo libro, se me ocurren varios, porque esta obra suya contiene una radiografía completa de su persona y, a medida que he ido leyendo las sesenta y una piezas que conforman la totalidad del texto, me han ido surgiendo epígrafes, nacidos de ese rango de extensa gratitud que el escritor vasco ha querido plasmar a lo largo de su compendio narrativo, por cierto, en una cuidada y hermosa publicación, y que nos habla del hecho del vivir diario de un “hombre de soledad y libros”, que afirma “pasar la vida naciendo”, procurando estar “a buenas con la vida”. Por eso he querido resaltar como título de la reseña lo que realmente el lector se va a encontrar en cualquier página del libro: estampas personales de un hombre agradecido.

En otros libros anteriores, Aramburu ya proponía fragmentos de su vida particular para mostrarnos el paisaje sentimental que fue creciendo en su deambular cotidiano, al mismo tiempo que mostraba su mapa literario, como se evoca ahora en Autorretrato sin mí, para reflejar, a través de la brevedad de estos textos, su buena pizca de ironía, el aprendizaje y la experiencia de vivir. Libros, como este de ahora, escritos lejos de su país: “Nunca le profesé tanto afecto a mi idioma –confiesa al final en El artista y su cadáver (2002)– ni me correspondió él tan generosamente como en el tiempo que llevo establecido en Alemania, adonde vine a vivir por gusto”.

Al igual que en Las letras entornadas (2015), Aramburu se define como un “disfrutador” de su oficio. La lectura de El hombre rebelde de Camus le afianzó en su compromiso vital de responder a la vida con sus acciones y con su palabra. Mucho le agradece al escritor francés que le enseñara a amar al hombre por encima de sus ideas. Así como agradece lo que recibió de la literatura, ese latido persistente de vivir definitivamente una soledad acompañada, y en ese sentido, todo lo que late en Autorretrato sin mí es gratitud extensa a la vida y a los libros, una suerte de confesión poética profunda e íntima, buscando un poco de verdad consigo mismo, como nunca lo había hecho con tanta desnudez y gozo.

Hay pasajes de canto y celebración por la vida, así como de enaltecimiento a la soledad y al recogimiento. “Es inútil concebirme sin mi concha de caracol –confiesa con gusto–. Si alguna esencia llevo adherida a mi esqueleto es esa dimensión personal que, a falta de otro nombre, llamo soledad. Yo no tengo más alma que estar solo. Desde niño la transporto a todas partes. Es mi reducto, la caja fuerte de mi personalidad, el sitio donde clavo mis flores y donde me dirijo la palabra mirándome a los ojos” (pág.89).

Aramburu se congratula de estar vivo a solas, igual que cuando lo está en compañía de sus amigos y seres queridos, se afana en proclamar por encima de todo que la vida le gusta, aun sabiendo que “a veces mancha y duele la vida, y uno se retira en silencio a un rincón de su desgracia a esperar que la vida amaine y se enciendan de nuevo las horas azules del gozo” (pág. 126). Nada le es ajeno al escritor donostiarra para esbozar pasajes íntimos en donde el lector también pueda reconocerse. La infancia, el hogar, los primeros escarceos amorosos, la enfermedad, los palos de la vida, la mirada al prójimo, son fuentes de provecho literario para alumbrar el paso del tiempo, poner valor al tránsito de la vida y reconciliarse con ella misma.

Autorretrato sin mí es todo una celebración, un texto con mucha densidad poética, escrito por el alma de alguien dotado de ese don especial para reverberar el sentido poético de la vida, un dietario vital por el que trascienden los asuntos esenciales y vívidos de su autor: la vocación, la identidad, la familia, el tiempo, los libros, la soledad, la memoria y la resignación por las pérdidas.

Aramburu firma la obra más poética y personal de toda su producción, un ejercicio de introspección por donde menudean secretos y secuencias vitales que nos acercan al hombre sereno y sencillo que aparenta ser y que, en verdad es, tan propenso al recogimiento como a la soledad que tanto le complace, un libro urdido con maestría bajo un lenguaje preciso, limpio y conmovedor. Bellísimo.

lunes, 29 de enero de 2018

Vivir, viajar, escribir


Escribir es procurar entender, es procurar reproducir lo irreproducible, diría Clarice Lispector. Escribir es, también, sentir la necesidad de contar algo relevante que anda fraguándose en el alma de todo escritor. La literatura es, en gran medida, causa de esa necesidad y espacio propicio de donde se surte el escritor para extraer recuerdos, realidad y sueños, por medio de los cuales tira del hilo de lo que se fue gestando dentro de sí mismo. Pero al escritor comprometido con su oficio lo que le interesa es que esa pulsión obedezca a una irresistible revelación, imposible de callar.

Los escritores, a su vez, disponen de diversos medios para orientar al lector sobre el sentido de su libro. El título es el más inmediato. Lo mismo pasa con las citas de otros autores que anteceden al texto. A todo esto, el lector ávido de signos y pistas celebra que algunos autores se preocupen de poner más referencias acerca de sus libros, añadiendo información en alguna página preliminar sobre lo que viene a continuación.

Marta Rebón (Barcelona, 1976), a la que debemos extraordinarias traducciones de grandes obras maestras de la literatura rusa, como Doctor Zivago, de Pasternak, Vida y destino, de Grossman o El Maestro y Margartita, de Bulgakov, entre otras, se acerca al lector por primera vez con un título sugerente al que acompañan dos citas reveladoras de Filipa Leal y Joseph Brodsky, que dan sentido al título elegido y a la forma de cómo se supone que fue concebido el texto, mientras los viajes, las lecturas y las traducciones se sucedían durante años en su quehacer diario.

En la ciudad líquida (Caballo de Troya, 2017), precioso epígrafe, cohabitan muchas voces y muchas vidas a lo largo de todos sus capítulos. Estamos ante un libro que es un viaje, una crónica, una biografía colectiva de grandes escritores rusos, pero escrito desde la experiencia de una vida entusiasta dedicada a la traducción, que pone voz y mirada propia al mundo que la rodea a través de sus vivencias literarias y desplazamientos por las ciudades líquidas que fluyen por sus páginas, desde la fría y moderna San Petersburgo, a la cálida y milenaria Tánger. El yo que sustenta al relato es sutil y modulado en su intimidad. Rebón comparte con su compañero de viajes estancias e instantáneas fotográficas que ilustran y ponen significado al libro, al tiempo y al espacio recorrido durante ese trecho importante de su vida dedicada a la lectura, a la traducción y a la escritura. En realidad, según cuenta ella misma, siempre vio “la traducción como antesala de la escritura”.

El traductor, nos dice, es un escafandrista al que le gusta enfundarse a diario el equipaje de buzo, “un hombre rana que, pertrechado de diccionarios a modo de linterna y de fusil submarino para alumbrar y cazar palabras, trabaja en las entrañas de un mar de letras, perdido en remolinos de frases o sumido en un pozo de dudas”. A Marta Rebón le gusta su oficio y la literatura que lo sustenta, y aquí se aúpa para contárnoslo en primera persona, desde los lugares donde forjaron sus vidas sus escritores predilectos y transcurrieron sus ficciones, para hablarnos de sus obras y de sus azoradas peripecias.

Por estos pasillos literarios transitan clásicos fundamentales de la literatura rusa como Tolstói, Dostoievski, Chéjov o Nabokov, pero también nos cruzamos con otros nombres grandes de las letras soviéticas como Tsvietáieva, Tsypkin, Dovlátov o Chukóvskaia, un amplio elenco, que parte de San Petersburgo y que se trasladan con ella a otros escenarios como Quito, Oporto, Moscú y Tánger, con el propósito de trazar un relato de vida y experiencia personal a través de la lectura de sus obras.

En la ciudad líquida se edifica un tránsito, una autobiografía, desde el cimiento de una vida iniciada en las trincheras del mundo de la traducción hasta desplegar el sueño de contar la experiencia de escribir un relato propio, de sentirlo reflejado en una historia alentada por esa facultad arrebatadora e imparable que posee la literatura para interpretar los asombros cotidianos de la vida, como si no bastará con lo que uno se apura en hacer cada día. La vida, se deduce del texto, consiste precisamente en el paso del tiempo, en el cambio, en la alteración de lo que rodea a su autora. Lo que hay en este libro no es solo una historia, es un microcosmos significativo de otras muchas vidas reflejadas por quien las ha escrito en estado de gracia.

Lo que hay, en definitiva, En la ciudad líquida son vivencias, lecturas y viajes que nos revelan esa condición de nómadas que solemos llevar íntimamente. Leer es siempre un trayecto, y no es casual que los libros tengan esa forma de maleta que hablaba Dovlátov. Pero también, leer no es simplemente leer. Leer es interpretar lo que se lee. A veces, otros lo hacen por ti. Marta Rebón pertenece a esa estirpe, y aquí, lo hace desatadamente, con mucho talento y buen gusto, reinterpretando su mundo y la literatura que le es afín, en este libro sorprendente de hermosa edición.


jueves, 21 de septiembre de 2017

Lo que guarda el silencio

Al final de la novela, o mejor dicho, de la no-novela de La mirada de los peces (2017), de Sergio del Molino, dice el autor, en el apartado de gratitudes, que entre ese puñado de personas que le influyeron en la manera de mirar las cosas que se relatan en las páginas de su libro se encuentra Edurne Portela (Santurce, 1974), pues en su obra El eco de los disparos (Galaxia Gutenberg, 2016) le enseñó que “el relato generacional nunca está en los blancos ni en los negros, sino en esa maraña inmensa de grises donde todos somos culpables e inocentes a la vez”. Esta declaración tan soberbia y contundente de Del Molino me pareció suficientemente seductora para subrayarla y no olvidarme que iría de inmediato al rescate del libro de la escritora vizcaína para su posterior lectura.

Precisamente hoy hablamos en este diario de lecturas de El eco de los disparos, un libro híbrido que lleva como subtítulo Cultura y memoria de la violencia, una nomenclatura que aglutina a su vez relato, pasajes autobiográficos, crónica, memorias y ensayo, un texto reflexivo y comprometido que aborda el lenguaje de la violencia y del silencio de parte de nuestra historia más reciente en la que las acciones terroristas de ETA y sus consecuencias causaron tantas víctimas y dolor en el País Vasco y, también, más allá de sus fronteras.

Nadie opina acerca del silencio, porque el silencio es una ausencia, dice uno de los personajes de La historia del silencio (1994), una novela de Pedro Zarraluki que indaga sobre toda esa nebulosa que envuelve el significado del silencio. “¿Por qué se dice romper el silencio y no liberar el silencio, o acallarlo, que sería más poético y nos remitiría a ese zumbido en los oídos, que tan incómodo nos resulta?”, se pregunta el propio narrador. Quizá el silencio sea solo eso, un ruido continuo e interior al que nos hemos habituado. Pero hay silencios que no podemos perdonar o consentir, ni tampoco debemos olvidar. Solo tienen interés si nos afectan de alguna manera, sean reales o imaginarios. El silencio, ciertamente, puede ser personal o colectivo, está en el dormitorio de nuestras casas y en las aceras de las calles, agazapado, y posee una espantosa capacidad para devorarlo todo.

Edurne Portela, especializada en estudios de la violencia en distintos marcos históricos, dirige, en esta ocasión, su mirada crítica al lugar donde nació y creció: Euskadi, y abre un cauce analítico e indagatorio sobre lo cotidiano de la violencia, metabolizada en el seno de la sociedad vasca durante décadas en las que la amenaza, la extorsión y el miedo se adueñaron de la atmósfera de la calles, como si la condición de víctima y verdugo la tuvieran otros, ajenos al resto. Lo que debe hacer la literatura, desde cualquier género, según despliega la propia autora, y en palabras de Milan Kundera, es “mostrar la complejidad de la realidad”. Hacia esa dirección apunta su trabajo, consciente de que el silencio, en el ámbito social vasco, ha sido en gran medida el caldo de cultivo del odio, el resentimiento y la indiferencia, esa misma que, como se subraya en el libro, “nos aísla y nos protege del sufrimiento ajeno”.

En El eco de los disparos el lector encontrará mucho de ese sentimiento ajeno y a la vez propio, evocado por los mismos fantasmas del miedo y de la violencia que impregnaron el ambiente de la sociedad en la que la autora creció. Aquí se analizan documentos literarios y cinematográficos que ayudan a entender y reflexionar sobre el conflicto vasco tratando de sacudir la comodidad de la indiferencia y el silencio de muchos. Muchos de los relatos, películas y exposiciones fotográficas desmenuzadas por Portela puede que incomoden, pero nos acercan a la complejidad de esa realidad por la que muchos optaron impunemente y otros tantos se inhibieron.

Este es un libro que no trata de hegemonizar ningún relato acerca de la lucha ni de la resistencia sobre el terrorismo, de verdugos ni de víctimas, sino que procura acercarse a ambas orillas desde una óptica ética y civil en busca de comprender sus entresijos, más allá del discurso político y mediático acostumbrado.

El eco de los disparos es en sí mismo un relato generacional de mucho alcance moral, un ensayo, aunque desigual en su estructura, brillante y bien documentado que incide en la verdad perniciosa del silencio y sus contradicciones, así como en el terrorismo y la contaminación del lenguaje que lo ampara. Es un libro que nace de la necesidad de entender sus consecuencias y mostrarnos el lado menos amable de la indiferencia pasiva general, un libro armado de razones que duelen y sonrojan.


Dicen que los buenos libros te llevan a otros. Si Patria (2016) de Aramburu ya nos dio razones de asumir sin prejuicios el drama colectivo del terrorismo con un relato denso, conmovedor e impecable, El eco de los disparos añade otras perspectivas para examinar con detalles el mismo asunto en el que culpables e inocentes tuvieron su protagonismo activo o pasivo, según su rol adoptado, a la hora de compartir un mismo espacio de convivencia minado por tanto resentimiento, hostilidad y dolor.