sábado, 11 de enero de 2014

Todos somos artesanos


Al gurú del arte contemporáneo, Marcel Duchamp, personaje que nunca consideró el arte como solución de nada, que dejó de pintar y se dedicó a experimentar el arte bajo otra mirada, le gustaba afirmar que todos somos artesanos de nuestra vida cotidiana y, en última instancia, como espectadores, decidimos qué es la obra maestra. Duchamp decía que los museos lo hace el mirante, porque él es quien proporciona los elementos del museo. Cuando hizo acopio de su trayectoria artística, hasta alcanzar una vida sosegada de envidiable felicidad, se enclaustró en una inacción casi completa. Murió de forma repentina en su estudio de Neuilly, el 1 de octubre de 1968, a la edad de ochenta y un años.

Cuando leí Dietario voluble hace algún tiempo, quedé con la curiosidad de saber e indagar más sobre la vida y obra de Marcel Duchamp. En ese libro, Vila-Matas esbozó una frase que nunca olvidaría del artista francés y que cito literalmente: “Cuando veía a Marcel Duchamp jugando al ajedrez en el Café Melitón de Cadaqués, no sabía que aquel hombre se había retirado de la pintura y había convertido su vida en una obra de arte”. Siempre tuve una idea vaga sobre Duchamp y hasta que no he leído el libro de conversaciones de Pierre Cabanne, prestigioso crítico de Arte, no me enteré de lo ajeno que había estado a un hombre sabiamente liberado de todas las ataduras estúpidas del arte.

A principios del pasado año, la editorial This Side Up lanzó Conversaciones con Marcel Duchamp, justamente cuando se celebraba la Feria de Arte Contemporáneo en Madrid, un texto que aglutina las diferentes entrevistas que Cabanne realizó en 1966 al artista más fascinante del arte contemporáneo en su propio taller de Neuilly. Lo asombroso de estos diálogos es la primicia periodística que supuso para los lectores poder escuchar a un hombre alejado del público que aceptaba hablar de sí mismo y, sobre todo, explicar su pensamiento artístico y obras de una forma sencilla y profunda. Las conversaciones entre el crítico y el personaje derivan hacia el universo artístico por medio de un diálogo fluido y donde aparecen figuras de la talla de André Bretón que decía de Marcel: “uno de los hombres más inteligentes (y para muchos el más molesto) de este siglo”. El libro está cargado de respuestas valiosas sobre la mirada del artista y su pensamiento, sobresaliendo el descarte de un hombre apasionado del juego, que jugó con muchas cartas, hasta quedarse con la más valiosa: el comodín de su inteligencia creadora.

Duchamp era un artista sin apenas formación que todo lo aprendió motu proprio, con la maestría de su atenta mirada sobre las creaciones que otros exponían. Para Vila-Matas, lo más fascinante de este hombre singular e irrepetible, era que a sus setenta y nueve años decía haber tenido una vida obsolutamente maravillosa y parecía proponer un estilo ágil de conducta y de relaciones con el arte y con el mundo, a modo de lección magistral involuntaria.



Conversaciones con Marcel Duchamp es un libro vivo y ameno, en el que Cabanne logra hábilmente naturalizar la relación entrevistador y entrevistado para gozo de los lectores, gracias a preguntas sutiles y entusiastas sobre la órbita de este autor iconoclasta y provocador, que supo despertar con sus obras una suerte de ósmosis creativa en el espectador. Estas conversaciones son toda una lección ética sobre uno de los más sorprendentes artistas del siglo XX y, para curiosidad de los que se acerquen a este texto tan extraordinario, un intelectual que rompió moldes para alumbrar otras orillas en el orden creativo y vital.

En resumen: Pierre Cabanne ha escrito con brillantez las recapitulaciones de un artista, su pensamiento y sentir. Conversaciones con Marcel Duchamp es un retrato dialogado que logra acercar el personaje al lector hasta simpatizar con su sabiduría. Tengo la sensación inevitable de haber sido hechizado, y eso ha sido para mí una suerte extraordinaria.